El
padre dominico Réginald Garrigou-Lagrange, especialista
en Santo Tomás, fue el catalizador que, en las primeras
décadas del siglo, supo orientar en Francia a un grupo
de intelectuales y pensadores católicos que siguen siendo
una luminaria para toda Europa, el mayor cenáculo intelectual
del viejo continente. El teólogo dominico influyó
también en la conversión de Jacques Maritain.
Aquel cenáculo
fue --como decía el cardenal Pietro Parente «un extraordinario
intento de 'hegemonía católica' en la alta cultura
humanística europea, asediada por las ideologías
del fascismo y del comunismo».
En torno a
Jacques y Raïssa Maritain, entre 1922 y 1938, se reunieron
un grupo increíble de «grandes amistades»:
intelectuales, artistas y músicos, escritores y poetas,
filósofos y científicos, creyentes y no creyentes.
Entre los huéspedes del matrimonio francés --convertido
al catolicismo (Raïsa era judía) gracias a otro intelectual
católico, Leon Bloy--, en su casa de Meudon, se reunían
para reflexionar sobre la filosofía del ser, Charles Journet,
Nicolás Berdiaev y Etienne Gilson; Jean Cocteau e Igor
Stravinsky; Georges Rouault y Gino Severini; Louis Massignon y
Emmanuel Mournier; Lourié, Satje, Marc Chagall, Paul Claudel
y Francois Mauriac. Por si fuera poco, en 1932, en un congreso
internacional tomista, Maritain debatió apasionadamente
con una destacada filósofa tomista: Edith Stein, luego
carmelita y ahora santa.
Piero Viotto,
prologuista de un libro de Raïssa, indica que «el perno
sobre el que gira la cultura europea del siglo XX no es la pareja
Simon de Beauvoir y Jean Paul Sartre, sino la pareja Raïssa
y Jacques Maritain». En torno a ellos se gestó y
desarrolló un verdadero movimiento espiritual de renacimiento
católico en la investigación filosófica,
bíblica, estética, pastoral y ecuménica.
Aquel movimiento, nacido en la iniciativa de los Maritain, creó
las premisas para que, en los años sesenta, la renovación
del Vaticano II pudiese cambiar las relaciones de la Iglesia con
la modernidad.
En 1939, se
produce la ocupación alemana de Francia. Los Maritain no
se hacen ilusiones ni sobre el racismo alemán ni sobre
las graves compromisos de la Francia moderada que acepta la ocupación
germana. En aquellos años, antes de emigrar a Estados Unidos,
la pareja lanza el grito de alarma sobre al antijudaismo.
Los dos intelectuales
suscitaron serias «cuestiones de conciencia». La posición
de los católicos ante el nazismo y el comunismo. La guerra
de Etiopía. La guerra de España. La persecución
contra los judíos y los gitanos en toda Europa. Todas estas
manifestaciones eran, para Jacques Maritain, el imperio del mal
de las dos cabezas, denunciado en escritos y asambleas públicas.
Jacques Maritain reflexionó profundamente sobre el misterio
y el papel del pueblo hebreo y se definió muchas veces
«judío por elección afectiva», identificándose
con su mujer.
Mucho años
después --con Raïsa, una auténtica mística
del siglo XX, vivió una profunda espiritualidad trabajada
en la oración--, afirmaba que la contemplación está
en la base de la vida espiritual y de la acción cristiana.
Aquí está la gran actualidad de los Maritain. Es
justamente esta búsqueda de radicalidad evangélica
una de las espiritualidades más ajustadas a una sociedad
poscristiana como la nuestra.