O señor
y señorita, pues el nombre Raïssa me sorprende y me
desconcierta, sabed que he quedado en extremo conmovido con vuestra
carta tan sencilla y afectuosa.
Nada me
cuesta confesar que los veinticinco francos han sido bienvenidos.
Esa mañana me había visto forzado a pedir prestada
una pequeña suma a mi peluquero para el almuerzo de mi
mujer y de mis niñas.
No hay
presunción en el hecho de esperar mi amistad. Si sois almas
vivientes, como supongo, este viejo hombre doloroso, os ama ya
y se alegrará de veros.
En la lista
de libros míos que decís haber leído, no
observo 'El Mendigo Ingrato' ni 'Mi Diario'.
Tengo el
placer de poder ofrecéroslos y el correo os los llevará
sin duda mañana por la mañana.
Notaréis
que ambos libros forma una trilogía con 'Cuatro Años
de Cautiverio'.
Es la narración
ininterrumpida de doce años de mi pavorosa vida.
Leedlos
por tanto y decidme vuestras impresiones. No tengo casi otro salario
sino ése: el apoyo de algunos seres amados por Dios, que
vienen a mí.
Dentro
de un mes tendré 59 años y en realidad todavía
estoy buscando mi pan; pero, a pesar de todo, he consolado y socorrido
almas, y esto forma un paraíso en mi corazón.
Vuestro
LEÓN
BLOY
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París,
23 de Junio de 1905.
Queridos
amigos:
A pesar
de nuestro gran deseo de veros, mi mujer y yo nos vemos obligados
a deciros que la cita para mañana, sábado, es completamente
imposible. ¿No podríais venir el domingo a cualquier
hora de la tarde? En este caso, no es necesario que escribáis.
Con toda seguridad nos encontraréis.
Por supuesto
que hemos recibido con emoción los 50 francos. Ahora tenéis
la explicación de mi extraordinaria vida.
Viviendo
en una época enemiga del Arte y del Pensamiento, privado
por consiguiente del salario de mis trabajos, me veo forzado a
subsistir de lo que Dios me da por una especie de continuo milagro.
Así hemos vivido desde nuestro casamiento, en 1890. ¡Ah!
pero no sin angustias de muerte.
Lo veréis
leyendo mi diario, en tres volúmenes. Mas sabemos que el
sufrimiento, y a veces hasta el dolor extremo, es bueno para nuestras
almas. Mi arte de escritor es una flor en un remolino. "Cada
uno de mis libros es una confesión arrancada por la tortura".
(Prefacio de 'Mi Diario', p. X)
Un libro
como 'La Mujer Pobre' ¿podría haber sido
escrito por un hombre feliz?
Por ello
puedo influir en algunas almas semejantes a las vuestras. Estas
almas van volviéndose infinitamente escasas en estos tiempos
de deporte y de automóviles. Cuando quedan una o dos se
apresura Dios a enviármelas. Así es, seguramente,
como nos hemos conocido nosotros, mis queridos amigos.
Venid pues,
el domingo, o cualquier día próximo que os plazca.
Sois esperados con amor.
Vuestro
LEÓN
BLOY
Itinerario:
Tomando el ómnibus del Odeón a Clichy, descended
en la plaza Clichy. Desde allí seguid en combinación
hasta la plaza Saint-Pierre donde se halla el funicular que en
cinco minutos os dejará en el Sagrado Corazón. Una
decena de escaleras, atravesad la explanada de la Basílica,
y ya estáis en el n° 40 de nuestra calle.
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El 25 de Junio
de 1905, dos jóvenes de veinte años subían
la escala sempiterna que conduce al Sagrado Corazón. Llevaban
en sí esa angustia que es el único producto serio
de la cultura moderna, y una especie de desesperación activa,
iluminada solamente, aunque sin fundamento aparente, por la seguridad
interior de que un día se les mostraría la verdad
de que tanta hambre tenían, y sin la cual les era imposible
aceptar la vida. Sosteníalos débilmente, una especie
de moral estética, cuya idea del suicidio, tras el fracaso
de algunas experiencias, demasiado bellas para tener éxito,
parecía ofrecer la única solución.
Mientras tanto,
gracias a Bergson, depuraban sus espíritu de las supersticiones
cientifistas de que la Sorbona los había llenado, pero
sin ignorar que la intuición bergsoniana sólo es
un refugio demasiado inconsciente contra el nihilismo intelectual,
lógicamente preparado por todas las filosofías modernas.
Por otra parte,
juzgaban a la Iglesia, que sólo conocían a través
de ineptos prejuicios y por la apariencia de muchas gentes religiosas,
como un antemural de ricos y poderosos, cuyo interés sería
mantener en los espíritus las "tinieblas de la edad
media".
Iban hacia
un extraño mendigo, que despreciando toda filosofía
proclamaba sobre los techos la verdad divina, y católico
íntegramente sumiso, condenaba su tiempo, y a cuantos tienen
su consuelo aquí abajo, con más libertad que todos
los revolucionarios del mundo.
Tenían
horrible miedo de lo que encontrarían, pues todavía
no habían frecuentado los genios literarios y cosa muy
distinta buscaban. No había en ellos sombra de curiosidad,
sino el sentimiento más propio para llenar el alma de gravedad:
la compasión para con la grandeza sin refugio.
Atravesaron
un jardincito de antaño, entraron luego en una humilde
casa de muros ornados de libros y hermosas imágenes, y
se encontraron en primer lugar con una especie de gran bondad
blanca cuya apacible nobleza impresionaba, y que era la señora
de León Bloy; sus dos hijitas, Verónica y Magdalena,
los contemplaban con grandes ojos asombrados.
León
Bloy parecía casi tímido, hablaba poco y muy bajo,
tratando de decir a sus jóvenes visitantes algo importante
que no los decepcionara. Lo que les descubría no puede
narrarse; la ternura de la fraternidad cristiana, y esa especie
de temblor de misericordia y de temor que sobrecoge frente a un
alma que lleva el sello del amor de Dios. Bloy se nos mostraba
lo contrario de los otros hombres, que ocultan bajo el maquillaje
cuidadosamente mantenido de las virtudes de sociabilidad, faltas
graves en las cosas del espíritu, y tantos crímenes
invisibles. Lejos de ser un sepulcro blanqueado como los fariseos
de todos los tiempos, era una catedral calcinada, ennegrecida.
El Blanco está dentro, en el hueco del tabernáculo.
Franqueado
el umbral de su casa, todos los valores quedaban desplazados como
por un trinquete invisible. Se sabía, o se adivinaba, que
sólo hay una tristeza, la de nos ser santos. Y el resto
tornábase crepuscular.
JACQUES
MARITAIN
* León
Bloy. 'Cartas a sus ahijados, Jacques Maritain y Pieter
Van Der Meer de Walcheren'. Prólogo de Jacques
Maritain. Ediciones Desclée, de Brouwer. Buenos Aires.
1948.