Hoy nuestra
palabra se silencia, porque no podemos sustraernos al deber y
a la alegría de escuchar aquellas palabras que retumban
en el reino del espíritu.
Unas son éstas:
«Oh Espíritu Santo, que vienes a mi corazón,
y por tu fuerza me arrastras a ti, Dios, y me concedes caridad
con temor. Protégeme, Cristo, de todo mal pensamiento:
caliéntame e inflámame con tu amor más dulce,
para que la pena de hoy me parezca más ligera. Santo Padre,
mi dulce Señor, ayúdame desde ahora en mi ministerio.
Amor de Cristo. Amor de Cristo. Amen».
Es la voz
de Santa Catalina de Siena, cuya festividad retorna hoy.
Esa voz virginal de la santa, mística y política,
toda de Cristo, toda de la Iglesia y toda del mundo de amar y
de salvar sufriendo, se agita igualmente en la atmósfera
pascual, y todavía nos encanta, como si fuese pronunciada
hoy por la espiritualidad y por la paz del mundo presente.
Debiera ser
reescuchada, en su amplio mensaje humanista y piadoso, para nosotros
los italianos especialmente, encomendados, como somos, a su protección.
Y la otra
voz, que hoy nos distrae y nos atrae, en un fragmento desconocido,
suena así: «Cada profesor intenta ser lo más
exacto y lo más bien informado posible en la disciplina
que le es propia. Pero él está llamado a servir
la verdad de un modo muy profundo. El hecho es que ha sido llamado
a amar la verdad primero que todo, como a lo absoluto, al cual
está enteramente dedicado; si es cristiano, es Dios mismo
a quien ama».
¿Quién
habla así? Es Jacques Maritain, muerto ayer a Tolosa.
Maritain, de verdad un gran pensador de nuestros días,
maestro en el arte de pensar, de vivir y de orar. Muere solo y
pobre, asociado a los Hermanitos de Jesús del Padre Foucauld.
Su voz y su figura permanecerán en la tradición
del pensamiento filosófico y de la meditación católica.
No nos olvidamos de su presencia, en esta plaza pública,
en la clausura del Concilio, para saludar a los hombres de la
cultura en el nombre de Cristo maestro.