Gabriela Mistral
me ha escrito en diversas ocasiones diciéndome que usted
tenía interés de conocer los antecedentes de cierta
polémica que se ha provocado alrededor de su persona y
escritos. Me agrega que podía escribirle en castellano,
pues usted lo entiende perfectamente. Por estas razones me atrevo
a hacerlo, porque si bien he estado en Francia, asistí
a alguna de sus clases, no me atrevería a escribir en francés.
Además, pensaba que usted recibirá una correspondencia
muy abundante y no quería molestarlo, distrayéndolo.
Pero ya que parece que puedo serle útil, me apresuro a
hacerlo, y no sin gran emoción, porque usted ha tenido
una influencia decisiva en mi pensamiento y orientación
ideológica, como en el grupo de mis amigos, que lo consideran
como yo, un querido maestro y amigo lejano con el cual comparten
una comunidad de ideas y esperanzas, que se reafirman con el sentido
que el cristiano le puede dar a esta verdadera misión renovadora
que usted ha sabido defender y propagar.
El canónigo
señor Luis A. Pérez, que tengo entendido lo conoció
en Francia, dio hace algún tiempo una conferencia para
atacar sus enseñanzas y doctrinas, refiriéndose
a las tesis políticas. En ese ataque quería destruir
o colocar en posición difícil a un movimiento político
que nosotros hemos lanzado y, en general, a toda la juventud que
sigue sus ideas. Pero no fue sólo esto. Varios sacerdotes
y algunos seglares le pidieron actuara en Roma para hacer ver
lo pernicioso de su influencia en la juventud. De ahí nació
su viaje. Tengo entendido que la misma actitud han adoptado ciertos
grupos argentinos y tengo referencias de lo que dicen y hacen
los españoles. Pero de ello sabrá usted más
que yo. Me concretaré al caso de Chile.
Ya durante
la guerra española, aquí hubo polémicas respecto
a su posición, posición que compartía la
casi totalidad de la juventud católica chilena. Le envío
algunos números de la revista Estudios, donde
van esos escritos. Nosotros pensábamos como usted y se
reafirmó nuestro pensamiento al conocer numerosos representantes
de la España nacionalista venidos en misión de propaganda,
que revelaban un orgullo nacionalista, una feroz intransigencia,
ningún espíritu de caridad cristiana, y muchas veces
hasta una vida moral no recomendable, como era el caso de Eugenio
Montes, el célebre periodista. No podemos aceptar que esta
gente se erigiera en una especie de cruzados y que arrastrara
al catolicismo, o quisiera obligar a todos los católicos
a pensar como ellos. No estábamos con los rojos, pero no
podíamos simpatizar con su posición violenta y casi
diría "sanguinaria" para con los adversarios.
Ya eso provocó dificultades alrededor de su nombre.
Sin embargo,
había y hay algo más de fondo.
Se ha producido
en Chile un fenómeno universal: un divorcio profundo entre
nuestra generación y la antigua. Formada la nuestra en
la Acción Católica, difiere fundamentalmente de
la otra en su formación, en su sensibilidad, en un sentido
de las cosas y en concepción de lo que debe ser el cristiano
en este mundo. El catolicismo en Chile se ha refugiado en la burguesía
y en la aristocracia. Es la religión de los poseedores
de la tierra, de la gente bien. La Iglesia aparece unida a esta
"clase" y de ahí que la pequeña burguesía
sea hoy radical y socialista y el pueblo completamente antagónico,
si no a la idea cristiana, a la Iglesia como organización
material. Usted ha visitado la Argentina, no puede imaginarse
hasta qué punto Chile se parece a Francia. Es un país
más pequeño, pero más homogéneo y
evolucionado como raza, como Estado, como sociedad política
que la Argentina. Los fenómenos que observa Pierre H. Simon,
en su libro Los católicos, el dinero y la política,
son exactamente iguales, guardando las debidas proporciones.
Un partido,
el Conservador, representaba políticamente a los católicos.
Usted sabe la importancia que en estos pueblos pequeños
tiene la política. Debo advertirle que nosotros llevamos
más de cien años sin revoluciones y con juego de
partidos parlamentarios perfectamente organizados, haciendo excepción
al resto de la América. Sólo hemos conocido cuatro
años de dictadura en ciento seis años. Todo el resto
del tiempo ha habido parlamento y elecciones con sufragio universal.
Pues bien,
nuestra generación no se sentía ligada de manera
alguna con ese Partido. Lo considerábamos liberal en lo
económico, unido al capitalismo en todas sus formas, formado
por una clase y con espíritu de clase, con la pretensión
de representar a la Iglesia y a los católicos. No aceptamos
su tutela ni ingresamos a él. Trabajamos en la Acción
Católica y en Acción Social pura, pero tanto nuestro
propósito, como el estudio de las posibilidades nos llevó
a formar un movimiento, no un partido, de INSPIRACIÓN EN
LA FILOSOFÍA CATÓLICA. No pretendíamos, ni
queremos hacer un partido católico y reclamamos el derecho
de afiliarse de los católicos en cualquier partido que
no se oponga a las enseñanzas de la Iglesia. Felizmente
como tenemos muy buen clero y obispos, éstos en los últimos
años han tenido el carácter de separar totalmente
a la Iglesia de la Política. Podría decirse que
el Arzobispo de Santiago y muchos obispos han inspirado su línea
de conducta en la del cardenal Verdier.
Sería
tal vez muy largo hablarle de Falange Nacional (que desgraciadamente
lleva el mismo nombre que la Española, a la cual nada nos
une). Está allí prácticamente toda la juventud
católica de Chile. La que pasa y está en la Acción
Católica. Y hemos querido hacer una acción política
que verdaderamente refleje lo que debe ser la actitud del cristiano
en esta hora. Hemos sido anticapitalistas, antimarxistas y antifascistas
y hemos colocado estos errores en un mismo plano en todas nuestras
palabras, escritos y actitudes. Pero hemos sido más constructivos
que anti, hemos tratado de mostrar la posibilidad de construir
un orden social cristiano en medio de todas las imperfecciones
inherentes a una obra terrenal. En los métodos hemos condicionado
siempre la idea que defendemos y hemos preferido cualquier cosa
a caer en maniobras y por bueno que sea el fin, hemos renunciado
a él si no se llega por medios igualmente cristianos.
Claro está
que podemos haber cometido errores, pero esta ha sido nuestra
firme intención y voluntad.
Felizmente
esta idea se ha abierto camino en el pueblo y la clase media.
No puede usted imaginarse hasta qué punto hemos visto deshacerse
una serie de prejuicios contra la idea católica, disminuir
la odiosidad religiosa, lo que es una consecuencia refleja y aumentar
las posibilidades de desenvolvimiento o mejor de nacimiento (a
largo plazo, sin duda) de un orden social más cristiano.
Cuando estábamos
en pleno trabajo se produjo la elección presidencial que
conmovió profundamente al país. Por un lado iba
el candidato de las derechas, don Gustavo Ross, que hoy vive en
Francia, apoyado por los conservadores, liberales, la alta banca,
la gran burguesía y el gran capitalismo internacional que
explota poderosos yacimientos mineros. Frente a él se levantó
la candidatura de don Pedro Aguirre Cerda, apoyado por radicales,
socialistas y comunistas, que formaron el Frente Popular. La situación
se condensó muy claramente. El señor Ross era ferozmente
odiado por el pueblo, en una forma inimaginable para usted que
está fuera de nuestro ambiente tan pequeño. Representaba
para el pueblo todo lo peor de la plutocracia. Era un hombre muy
orgulloso, despreciativo, no ocultaba su altanería, y hasta
hizo declaraciones en que sostenía que al pueblo había
que manejarlo con látigo. Vivía fastuosamente, la
mayor parte de su vida la pasa en Europa, etc. No podía
darse una persona más inadecuada. En cuanto a ideas religiosas,
era incrédulo.
¿Podíamos
nosotros comprometer nuestra idea, nuestros esfuerzos, la simpatía
que habíamos ganado en el pueblo hacia la idea de un orden
social cristiano, en una campaña por un hombre que no era
católico, que se negó a hacer ninguna declaración
siquiera favorable a los principios sustentados en las encíclicas,
que estaba rodeado de la alta banca y que era odiado por la gran
masa del país, aunque tuviera condiciones de financista?
Estimamos
en conciencia que no y nos negamos a apoyarlo con gran escándalo
de parte de ciertos católicos que han visto siempre a la
Iglesia unida a un feudalismo económico que cada día
despierta mayores resistencias. Por otra parte, tampoco podíamos
apoyar al candidato del Frente Popular apoyado en el marxismo.
Nos abstuvimos, a pesar de todas las críticas. Como había
sido nuestro pronóstico, triunfó el candidato frentista.
Desde ese momento tomamos una determinación: reconocer
la autoridad legítima y decirle que mientras se mantuviera
dentro de la ley se la apoyaría con independencia.
Nuestro pensamiento
era evitar a toda costa la repetición en Chile del caso
español, de que mucho hablaba la Derecha, y colocar a los
católicos en una posición muy similar a la que tuvieron
en Francia durante el Gobierno Blum. En esto hemos tenido pleno
éxito, al punto que con motivo del terremoto (24 de enero
de 1939) hemos obtenido en la Cámara que socialistas apoyen
un proyecto nuestro de dar cuarenta millones para la reconstrucción
de las iglesias destruidas. La verdad es que la Iglesia ha gozado
del mayor respeto y de nada puede quejarse. Al contrario, el Presidente
y sus ministros en toda ocasión reafirman su deseo de paz
religiosa. Numerosos obispos, y especialmente el Arzobispo primado
de Chile, han mantenido una actitud tan cristiana y fiel a las
instrucciones de Roma en cuanto a la prescindencia política
que han facilitado grandemente la situación y no se ve
la posibilidad de ningún conflicto.
Esta ha sido,
muy sucintamente, nuestra actuación.
Pero como
ciertos elementos han visto que la juventud inspirada en las nuevas
orientaciones no los sigue en su política liberal-conservadora,
nos han continuado atacando y han descubierto que es usted el
inspirador de éstos, que ellos llaman, desastres. De ahí
que nos llamen los "'Maritainianos", título que
nos enorgullece.
Por esa causa
han intrigado en Roma culpándolo a usted de desviar el
criterio de la juventud universitaria. Roma, según mis
informes, pidió informe en Chile a tres personas: el Arzobispo
de Concepción, Monseñor Silva, al Obispo de Talca,
Monseñor Larraín, y a un padre jesuita cuyo nombre
no he averiguado. Con la debida reserva, puedo decide que el señor
Larraín me dijo que los tres informes eran totalmente favorables
a usted.
Posteriormente,
Roma pidió informe al Rector de la Universidad Católica,
el cual no sé qué contestó, pero a su vez
interrogó al decano de filosofía que le contestara
a esta pregunta: ¿Qué influencia tiene Maritain
en la juventud?, contestando éste: "Muy grande en
lo mejor de la juventud católica. La que tiene más
espíritu de apostolado y una vida interior más profunda
y dirige en la Acción Católica, es indudable que
lee a Maritain y estima inmensamente su posición y su filosofía,
especialmente en cuanto se refiere a Acción Política".
Esto me lo
ha dicho el propio decano señor Oscar Larson.
Por lo demás,
numerosos obispos y lo mejor del clero joven son muy entusiastas
lectores y después de la conferencia del señor Pérez,
que le incluyo, el Obispo señor Larraín publicó
una carta en un diario de gran circulación diciendo que
él recomendaba la lectura de sus obras a la juventud.
Yo estimo
que estos antecedentes son más que suficientes. Se los
envío porque Gabriela Mistral así me lo ha pedido
y de otra manera no lo habría hecho, porque comprendo cuán
inútil y sin sentido es todo esto para usted.
De todas maneras,
no dejará de tener un poco de emoción el saber que
en un país tan lejano, el último rincón del
mundo, hombres que sufren, luchan y esperan bajo el signo cristiano
le tiene tan grande afecto y que su obra produce sus frutos.
En nuestros
trabajos siempre pensamos con gran pretensión, que tal
vez las ideas suyas que responden a este movimiento, en que nosotros
colocamos a Bloy, Péguy y tantos otros, puedan tener un
campo de experimentación en Chile.
Quizás
esta carta ya resulta demasiado larga. Si después usted
tiene tiempo, le hablaremos de nuestros proyectos, de muchas de
nuestras inquietudes.
Antes de terminar
quisiera, sin embargo, relatarle otro episodio. Se verificó
en Lima en el mes de junio del año 1939 un congreso de
juventudes universitarias de Acción Católica de
toda Hispanoamérica. Los delegados españoles vinieron
a hacer una propaganda franquista desembozada que tenía
gran repercusión en Lima (Perú), pues allí
hay una dictadura derechista con muchas alianzas oficiales con
la Iglesia. Yo estuve en mi calidad de profesor universitario
acompañando a la delegación chilena y obtuve una
declaración del Congreso contra el fascismo, diciendo que
era una fuerza anticristiana y que sus principios son tan opuestos
a la filosofía católica como el marxismo. Esto molestó
enormemente a los españoles que inmediatamente armaron
polémica alrededor de su nombre. En España han escrito
en contra nuestra por este motivo y seguramente será causa
de sus enojos.
Hace algunos
día recibí unos libros que llevan su firma. Se los
agradezco infinitamente. Yo le había pedido a Gabriela
Mistral un servicio que me atrevo a solicitarle directamente.
Yo no colecciono autógrafos ni fotografías. Sin
embargo, desearía tener su retrato en mi escritorio. Si
para usted no fuera una gran molestia enviármelo, se lo
agradecería, porque sería como una compañía
junto a sus obras.
Le ruego saludar
muy respetuosamente a su señora, cuyos hermosos versos
hemos leído y que conocemos tanto como a usted, porque
la sabemos tan unida a toda su obra.
Hoy he leído
un artículo suyo en Temps Present. En esta
hora queremos decirle con mis amigos que estamos junto a la Francia,
que una vez más defiende lo cristiano de esta civilización
y hace posible la expectativa de un mundo mejor.
Rogándole
excuse esta carta que posiblemente lo hará perder el tiempo,
lo saluda con hondo afecto su amigo lejano. Usted perdone lo llame
así.
Eduardo Frei
Montalva
Santiago-Chile. Avenida Antonio Varas 2519.
P.S. Olvidé
decirle que con motivo de la conferencia del señor Pérez,
se recibieron más de 50 artículos en diarios y revistas
en su defensa, muchos de ellos de sacerdotes. Perdone lo deshilvanado
de mi carta.