Juntos
en la Fe
John
T. Noonan Jr.
Jacques Maritain fue la encarnación de la vida intelectual
católica un espíritu pleno de ideas, profundamente
sensitivo por las demás personas, lleno de la caridad de
los Evangelios. Su viaje por este mundo hacia su morada en el
más allá, fue posible, como él siempre pensó,
gracias a su compañera y esposa Raïssa Oumançoff.
Juntos, como estudiantes, se encontraban en el abismo del absurdo:
el pensamiento ateista que afirmaba que la inteligencia humana
nunca podría alcanzar la verdad. Juntos, se hicieron la
promesa de suicidarse si no encontraban la luz al respecto. Juntos,
descubrieron la posibilidad de la filosofía a través
Henry Bergson. Juntos, a través de Leon Bloy, descubrieron
la alegría de la fe. Juntos, por más de cincuenta
años, vivieron una vida de oración.
Nada más
apropiado, entonces, que la biografía de Jean-Luc Barré
los uniera como su objetivo. El libro ha sido traducido al inglés
por Bernard Doering, una autoridad en los Maritains.
Lo más
sorprendente para un viejo admirador de Jacques es la oscuridad
de su juventud y su relación con su familia. Jules Fabres,
su abuelo, fue en un momento el abogado de Félicité
de Lamennais. Llegó a ser ministro de Relaciones Exteriores
del impopular gobierno que suprimió la Comuna e hizo la
paz con Alemania después de la caída de Napoleón
III. La mujer que tomó como esposa no pudo casarse porque
el divorcio no existía en la Francia de Napoleón.
De esa unión nació una hija, fuerte y amarga, Geneviève,
que se casó con el secretario legal de su padre, Paul Maritain.
Poco después del nacimiento de Jacques, en 1880, la pareja
se separó, y Geneviève tomó ventaja de la
nueva legislación francesa para divorciarse de su promiscuo
esposo. Jacques se unió así al rango de los escritores
franceses Aragón, Cocteau, Malreaux, Mauriac, Montherlant,
Sartre que crecieron sin un padre. La conversión
de Maritain a la edad de 23 años aceleró la separación
de su madre.
Raïssa
no fue tan desligada de su familia. Sus abuelos paternos y maternos
eran judíos devotamente religiosos que vivían en
Rostov-on-the-Don, Rusia, donde ella nació en 1883. En
1893, sus padres emigraron a Francia, donde su mundo de piedad
judía fue reemplazado por uno de convenciones seculares.
En la última enfermedad de su padre, ella lo condujo al
bautismo y a la comunión al costo de tensiones con su madre.
Vera, su hermana, ingresó con ella a la Iglesia. Como los
primeros cristianos, Raïssa no consideró el repudio
de su gente al aceptar la salvación por medio del Mesías.
El mundo que
Jacques y Raïssa crearon juntos era un mundo de ideas y amigos,
entre los cuales el primero era Dios. Sus amigos humanos eran
destacados Charles Péguy, Ernest Psichiary, Georges
Rouault. Más tarde, fue Charles Journet, el amigo más
afín entre los teólogos, y profundos admiradores,
entre ellos Charles de Gaulle, Czeslaw Milosz (Premio Nobel de
Literatura, 1980) y Giovanni-Battista Montini, más adelante,
Pablo VI. Montini permitió a Maritain escapar ileso de
la grande attaque, lanzado en su contra por los más
reaccionarios de la curia romana en los años 50s.
Barré relata esta tan francesa historia de ideas y amigos
y de enemigos ideológicos con profundidad y simpatía. Para
la mayoría de los católicos norteamericanos, Jacques
Maritain es el hombre que, junto a Courtney Murray, S.J., transformó
la Iglesia Católica de Syllabus de Errores en campeona
de la libertad para todos. Su libro fundamental sigue siendo La
Persona y el Bien Común.
Para aquellos
que han conocido a Raïssa principalmente a través
de Jacques y a Jacques a través de sus libros, este recuento
sustancial de sus vidas los introducirá a un hombre y una
mujer apasionados de sus causas, entregados a la oración
en toda circunstancia e intrépidos en la integridad de
su humanismo.
La falla de
los departamentos de filosofía de las universidades seculares
de los Estados Unidos en considerar el trabajo de Maritain durante
su vida, es un escándalo intelectual que ilumina la estrechez
mental de personas dedicadas profesionalmente a la filosofía.
Barré destaca cómo incluso en Princeton, donde Maritain
llegó a ser profesor, no fue aceptado como miembro del
departamento. El presidente de la universidad, Harold Dodds, tuvo
que salirse del presupuesto regular para pagarle su salario. El
departamento no reconoció que hubiera alternativas fuera
de las propias.
Termino con
un recuerdo personal: asistí a un seminario que Maritain
dictó en Princeton. El tema era el mal, paralelo
al trabajo fundamental de Santo Tomás, De Malo.
Me impactó profundamente su cortesía hacia sus alumnos
y su gentileza hacia quienes le hacían preguntas, incluido
yo, un visitante. El mal no acepta explicaciones filosóficas.
Es, como Maritain enseñaba siguiendo a Santo Tomás,
una especie de no-ser. Sin embargo, ¿no es efectivo que
el Creador creó el ser que falla al funcionar? A ese punto
sólo existe el misterio. Maritain se sintió conforme
con no decir más.
* Traducido del inglés por H.I.