ENTREVISTA A JACQUES MARITAIN
Pablo Valdés Phillips
Estando becado en la Universidad de Princeton, no pude menos que aprovechar la oportunidad para tratar de lograr una entrevista con Jacques Maritain. Así, junto con un compañero, Hans Toch, le escribimos expresándole nuestros deseos de ser recibido por él. La contestación no se hizo esperar. Su secretaria nos informó que estábamos citados para las 5 de la tarde de uno de los próximos días.
Demás está hacer una descripción de la casita de Maritain. Tristán de Athayde lo ha hecho con maestría. ¡Para qué decir que no me atrevo a intentar siquiera una descripción de la persona de Maritain! Sólo podría decir que su sola presencia inspira confianza y simpatía. Su mirada es suave, bondadosa. Su hablar, tranquilo, convincente. Bondad. Si se quisiera definir a Maritain con una sola palabra, creo que debería usarse la palabra "bondad". ¡Cómo no decir que yo me sentía nervioso al escuchar sus pasos en la escalera, desde el saloncito de paredes color amarillo pálido! Sin embargo, ¡cómo no decir también que con sólo contemplar su sonrisa dejé de sentirme extraño! ¡Si me sentí como en casa propia!
Sentados en un sofá que adorna un rincón de la sala, él inició la conversación interesándose por nuestro país de origen y nuestros estudios en Princeton. Al saber que yo era chileno, se detuvo entusiasmado para interrogarme acerca de nuestra situación política y, especialmente, de la Falange. Le expresamos que Falange no había penetrado fácilmente en la masa obrera chilena, en cierta medida porque el proletariado identificaba la idea social-cristiana con elementos ideológicos opuestos a sus intereses económicos. A eso se suma – le agregamos – el hecho desgraciado de que tres grupos diversos y muchas veces opuestos entre sí, pretenden arrogarse la representación de la idea social-cristiana.
A propósito de realizaciones de orden cristiano en Chile, le indicamos que uno de los motivos de la visita era transmitirle el recuerdo de un sacerdote que había dedicado su vida al servicio de la clase trabajadora en Chile. Maritain reaccionó de inmediato, anticipándose a la mención del nombre: ¡Oh, Ud. se refiere al Padre Hurtado!
– Por cierto, le expresé. Tuve la oportunidad de despedirme de él el año pasado, pocos días antes de abandonar Chile, en el hospital donde moriría pocos días después. Me dijo que si durante mi estada en Princeton tenía ocasión de saludar a Maritain, le preguntase “si recordaba a un curita chileno que hace años pasó una tarde con él en París".
Naturalmente recordaba al Padre Hurtado, y lo recordaba con profunda admiración.
Luego se refirió a diversos amigos que tenía en Chile, destacando la personalidad de Monseñor Larraín; por quien demostró el más vivo interés.
Maritain volvió entonces a referirse a la situación chilena y manifestó que quizás la idea social-cristiana no estaba en Chile lo suficientemente madura como para llevarla a la práctica política.
Como ejemplo de actividades social-cristianas en un plano no político, aludió a un nuevo movimiento que, a su juicio, podría transformarse en la contribución más importante de nuestro siglo a la ación de la Iglesia. Se trata de los "Pequeños Hermanos del Sagrado Corazón", que ya estarían actuando en Chile. Mencionó también otro grupo que realiza una magnífica labor entre los trabajadores de los suburbios de Chicago, basado en el principio cooperativo.
Más adelante nos permitimos hacerle una pregunta de orden filosófico. Le pedimos nos aclarara su concepción con respecto a la relación entre individuo y sociedad, punto que ha sido materia de especial discusión en Chile. Nos indicó que, según había definido el problema en su libro ‘La Persona y el Bien Común’, el Estado tenía perfecto derecho para intervenir en la vida del individuo en el orden temporal o material, pero no así en el orden espiritual, es decir, en materias de conciencia, creencias, o asuntos científicos.
Interrogado por nosotros acerca del problema "comunismo", Maritain señaló que era legítimo para un Estado restringir a un Partido Comunista cuyas manifestaciones se extendieran al campo de "acción" y que, en consecuencia, representara una amenaza al bienestar general. Agregó, sin embargo, que tal medida debería ser aplicada con mucha prudencia y ateniéndose a las circunstancias de cada caso particular.
Una verdadera "democracia", agregó, no debe dejar de utilizar procedimientos democráticos, a menos que el bien común exija medidas drásticas. "Las medidas utilizadas deben ser positivas y no represivas, siempre que sea posible".
Le preguntamos seguidamente acerca del rol de los Estados Unidos en la lucha contra el comunismo. Nos contestó que eran los Estados Unidos los que debían proporcionar los elementos ideológicos y la fuerza espiritual para esa lucha. "Y lo pueden hacer" dijo, añadiendo que, en caso contrario "el pronóstico sería muy pesimista para el futuro del mundo occidental".
Elaborando lo dicho sobre su esperanza en los Estados Unidos como líder espiritual del Occidente, el filósofo nos expuso su fe en la espiritualidad del pueblo norteamericano. El famoso "materialismo" de estas tierras "no es sino parte de la contradicción universal que aquí en Estados Unidos se ha llevado al extremo, es decir, la perenne lucha entre lo material y lo espiritual. El norteamericano actúa motivado por consideraciones morales, a pesar de que lo tiende a negar". "La Declaración de Independencia y otros documentos en que el país basa su historia tipifican su preocupación por la libertad, por la dignidad humana, por la justicia social, que forman la tradición anglo-americana. Y aunque han tomado cara secular, estas preocupaciones derivan del legado cristiano. Si este país, el cual ahora está siendo universalmente expuesto a falta de comprensión, acusaciones de 'imperialismo', sospechas y abusos, pudiese llegar a restablecer esta tradición en el mundo occidental estaríamos en condiciones de rescatar a nuestra moribunda civilización".
"¿Ud. no cree pues" le preguntamos, "en la noción tan popular en nuestros países de que los norteamericanos no tienen ideales, de que les falta espiritualidad, de que aquí impera lo que se ha dado en llamar la 'filosofía del dólar'?". "Todo lo contrario" nos dijo. "Hasta los que se han pasado la vida acumulando dinero, se sienten obligados a establecer fondos científicos o filantrópicos, no solamente para evadir impuestos" añadió sonriendo. Un ejemplo dramático de la moralidad inherente en el americano, agregó, lo encontramos en la necesidad que tiene este Gobierno de presentar al pueblo su política exterior basada sobre fundamentos morales. Además, Estados Unidos actúa de buena fe en el campo internacional, tratando de evitar toda política egoísta. "Esperemos" terminó diciendo, "que no se vuelvan cínicos como los demás".
Eran... las seis y media pasadas. Habíamos llegado a las cinco en punto. Para nosotros, habían sido segundos.
Lo que he narrado de nuestra entrevista, lo reconstruimos con mi amigo esa misma noche. No pretendo ser un intérprete fiel cien por ciento de lo que el filósofo nos manifestó. Sin embargo, muchas frases las reconstituimos palabra por palabra. Especialmente las relativas a su esperanza en este país.
En fin, quisiera que estas páginas reflejasen aunque fuese un centésimo de ese "ambiente" que parece flotar en el hogar de Maritain. De ese ambiente de espiritualidad, de identificación con lo más hermoso que tiene nuestra religión y que parece fluir de las palabras del filósofo, de su mirada, de sus ademanes. Fueron, sin duda, noventa minutos impresionantes. Que me parecen más impresionantes cada vez que me traslado mentalmente a aquel rincón de la casita de Linden Street, de paredes amarillo pálidas.