DOCUMENTOS BIBLIOGRÁFICOS

Los cuarenta años de ‘El Campesino del Garona’ *

Piero Viotto

Profesor de pedagogía en la Universidad Católica de Milán y miembro del Comité Científico del Instituto Internacional Jacques Maritain.


El presente artículo fue publicado en L’OSSERVATORE ROMANO, el 17 de Noviembre del 2006.

 



Tres son los trabajos que marcan la suerte de Jacques Maritain. ‘Primacía de lo Espiritual’ (1927), en el que toma distancia de la ‘Acción Francesa’, el movimiento nacionalista condenado por Pio XI por confundir la religión con la política; ‘Humanismo Integral’ (1936), en el que propone, frente a los totalitarismos de izquierda y derecha entonces triunfantes, una nueva cristiandad, no sacra sino profana, laica pero vitalmente cristiana y pluralista; y ‘El Campesino del Garona’ (1966), en el que, desde su retiro en Tolosa, en los Hermanitos de Jesús, se revela contra un nuevo modernismo que amenazaba con hacer inútiles las reformas del Concilio.

A cuarenta años de la publicación de esta última obra, ella puede ser objeto de un análisis crítico desde la perspectiva actual. La obra no debiera separarse de otro trabajo de ese mismo período, ‘La Iglesia de Cristo’ (1970), con la que se complementa. En la primera, Maritain, con pasión, presenta un cuadro de los resultados inmediatos de Concilio Vaticano II en una cristiandad confusa y a menudo trastornada con tantas innovaciones. En la segunda, recorriendo todo el arco de la historia de la Iglesia, indica con sereno optimismo la certeza de un camino nunca interrumpido y que siempre se renueva.

Las dos obras, no tienen un afán apologético ni son un mero análisis sociológico, sino que procuran ser una reflexión filosófica sobre los problemas del mundo contemporáneo a la luz del Concilio. En todo caso, no debe olvidarse que la reflexión filosófica de Maritain sobre la eclesiología se mueve en sintonía con los dos volúmenes del tratado ‘La Iglesia del Verbo Encarnado’ de Charles Journet, entonces ya publicados.

Al momento de su publicación, ‘El Campesino’ suscitó acuerdos y desacuerdos, aprobación y rechazo, pero tuvo el mérito de sacudir y provocar las conciencias, de advertir que el Concilio era una obra a realizar, no una ruptura con el pasado, sino su renovación. Algunos pensaban que Maritain deseaba rechazar los resultados del Concilio y que había renunciado a sus posiciones progresistas, tanto que el filósofo escribe al padre Paul Barrau: “¡Hay gente en Italia que pretende que yo he renegado del Humanismo Integral! Eso es una estupidez y una calumnia; mantengo más que nunca todas esas posiciones; es de la crisis que actualmente afecta a la inteligencia y a la fe de lo que me he ocupado en El Campesino del Garona” (8 de Enero de 1967). Quizás en esa incomprensión haya jugado también el lenguaje provocador de una obra más discursiva que sistemática; quizás más de alguno se ha sentido molesto por el tono polémico o no ha soportado el espíritu irónico, que penetra las más arduas cuestiones filosóficas con un lenguaje agradable y cautivante para los espíritus desprevenidos.

El libro fue bien recibido por Pablo VI como recuerda A. Grunelius en una nota de su Diario: “Al momento de la publicación de El Campesino’, Maritain le encargó a monseñor Andrè Baron, rector de la Iglesia de San Luigi dei Francesi, de presentárselo a Pablo VI, para explicarle de su parte por qué y cómo lo había escrito. La acogida del Papa fue extremadamente favorable y alentadora”. No se debe olvidar que ‘El Campesino’ no es una obra de teología sino de filosofía.

Maritain, de profesión filósofo, trabaja con los conceptos y con el razonamiento procurando sólo alcanzar la verdad, aunque sabe que muchos no la sabrán comprender, porque, después de Descartes, la filosofía, traicionándose a sí misma, se ha convertido en una "ideosofía", que se contenta con dar vueltas en el vacío de sí misma, revolviéndose estérilmente en la debilidad del pensamiento.

Maritain comienza la obra agradeciendo a Dios por el resultado del Concilio, que reconoce el primado de la persona humana y de sus derechos, que expresan una justa idea de la libertad de conciencia y el deber primordial hacia la verdad, que señala la misión temporal del cristiano y la trascendencia del Reino de Dios que está en el mundo, mas no es del mundo.

Pero lamenta que este resultado sea estropeado al servicio de un nuevo modernismo que pretende seguir siendo cristiano mientras desnaturaliza los fundamentos mismos del cristianismo, porque siguiendo a Husserls aplica el método fenomenológico a la verdad y a la fe, o pretende con Theilhard de Chardin mezclar la teología con la ciencia, reduciendo el Cristo del Evangelio al Cristo cósmico, o, con su simpatía por el marxismo, reduce el problema de la salvación en una esperanza terrena. Se intenta secularizar el cristianismo mismo, pasando del desprecio por el mundo a un "arrodillarse ante el mundo", haciendo del éxito mundano el fin de la vida. Se intenta asociarlo al disgusto por la razón, que lleva a la cultura moderna a rechazar el carácter prefilosófico del sentido común, para reducir todo el conocimiento el reino fenoménico de lo temporal, de lo precario, por el cual “se renuncia a la Verdad por la verificación y a la realidad por el signo”. La imagen de su propio inexorable transcurrir distrajo al hombre de mirar el fin último de la vida, el acontecer de los asuntos de este mundo desvió el criterio de valor de la vida social.

El mensaje de 'El Campesino' es de una actualidad impresionante, porque el centro de su tesis, que proviene de la distinción entre lo espiritual y lo temporal, entre la razón y la fe, entre la libertad de conciencia y el testimonio cristiano, está todavía en discusión entre tradicionalistas e innovadores, y quizás por dialéctica histórica lo será siempre. A la derecha persisten los movimientos integristas, que con su fideísmo sobre el plano cultural y con su gregarismo en el plano social, confunden política y religión. Esta posición importa la asimilación del mundo en la Iglesia. A la izquierda se resuelve la misión del cristiano en lo temporal, como lo promueve una cierta teología de la liberación, terminando por asimilar la Iglesia en el mundo. Ambas posiciones desearían el Reino de Dios en la tierra, por razones opuestas pero convergentes, refutando la distinción fundamental entre Iglesia y cristiandad.

El hilo argumental que recorre ‘El Campesino’ se refiere al tema del pluralismo, que Maritain ha tratado en múltiples oportunidades, pero que en este caso examina desde el punto de vista del ecumenismo y de la paz del mundo. No se trata de renunciar a la verdad por la caridad, sino de respetar la libertad de conciencia. Hay un texto de Maritain con un análisis muy preciso de esta relación entre libertad y verdad: “Por un lado, el error de los absolutistas que quisieran imponer la verdad por la fuerza viene del hecho de cambiar del objeto al sujeto sus acertados sentimientos acerca del objeto; y piensan que tal como el error no tiene derechos por sí mismo y debiera ser eliminado de la mente (por medios de la mente), igualmente el hombre en el error no tiene derechos por sí mismo y debiera ser eliminado de la convivencia humana (por los medios del poder humano).

“Por el otro, el error de los teóricos que hacen del relativismo, la ignorancia y la duda una condición necesaria de la mutua tolerancia proviene del hecho de que cambian del sujeto al objeto sus acertados sentimientos acerca del sujeto humano – que debe ser respetado incluso si está en el error –; y así privan al hombre y al intelecto humano del acto mismo – la adhesión a la verdad – en que consiste tanto la dignidad humana como la razón de vivir.”

Maritain reconocer que el primer derecho de la persona humana es la libertad de conciencia, pero precisa que la conciencia, en su responsabilidad moral, está vinculada a la verdad. “Ante Dios y la verdad, el hombre no tiene derecho a elegir a su gusto cualquier camino, debe seguir el camino verdadero por cuanto está en su poder el conocerlo. Pero frente al Estado, a la comunidad temporal y al poder temporal, está libre de seguir su vida religiosa a su propio riesgo, pues su libertad de conciencia es un derecho natural inviolable”.

En esta perspectiva el cristiano necesita aprender a amar a los no cristianos de un modo nuevo, respetando su conciencia y testimoniando su fe, sabiendo que también pertenecen, de un modo misterioso pero real, a la Iglesia. Maritain había precisado en una conferencia de 1957 que el ecumenismo no es supra dogmático sino supra subjetivo: “No nos hace ir más allá de nuestra fe pero sí de nosotros mismos. En otras palabras, nos ayuda a purificar nuestra fe de la caparazón de egoísmo y subjetividad en la que instintivamente tendemos a encerrarla”, porque pretendemos tener la exclusividad de la verdad, mientras que la verdad es inclusiva de todos los hombres de buena voluntad que la buscan. Pero esta actitud no dispensa del deber de proclamar la verdad, pues la amistad fraterna no excluye sino incluye la certeza de la fe.

Las conclusiones de ‘El Campesino del Garona’ confirman las tesis de ‘Humanismo Integral’: concluida la etapa sacra de la Edad Media y de la época barroca, “que sería vergonzoso calumniar y pretender repudiar”, en la que el Estado protegía a la Iglesia, e iniciada la etapa profana en la que la Iglesia colabora con el Estado, somos los cristianos los que nos ponemos al servicio de la sociedad civil. Con el Concilio hemos entrado en el postmodernismo: “He aquí realizado el gran viraje en virtud del cual no son ya las cosas humanas las que se encargan de las cosas divinas, sino que son las cosas divinas las que se ofrecen para defender las cosas humanas (si éstas no rehusan la ayuda ofrecida). La Iglesia ha roto unos lazos que pretendían sostenerla, se ha liberado de cargas con las cuales se la consideraba mejor equipada para la obra de la salvación. En adelante, libre de esas cargas y de esos lazos, la Iglesia hace que se vea mejor en ella el verdadero rostro de Dios, que es el Amor, y para sí misma no reclama sino la libertad”.

Al releer hoy 'El Campesino del Garona', uno siente que se trata de un texto profético, que tiene todavía muchas cosas que enseñar con vista al futuro próximo. Su mensaje va más allá de las fronteras de la vieja Europa para alcanzar a todos los pueblos, también porque la filosofía en que se inspira, por su realismo, es una filosofía del sentido común que puede impregnar todas las culturas, cualquiera sea el tipo histórico de civilización. Maritain considera que justamente la propia Biblia es realista y en particular el Evangelio en el que Cristo afirma haber venido al mundo para dar testimonio de la Verdad: “La revelación judeo-cristiana es el testimonio más fuerte, el más insolentemente seguro de sí mismo, dado a la realidad en sí del ser, del ser de las cosas y del Ser subsistente por sí... El cristiano profesa con tranquilo impudor eso que en el vocabulario filosófico se llama realismo. He dicho ya que un cristiano no puede ser relativista. Hay que decir, y esto tiene mayor alcance, que un cristiano no puede ser un idealista.”

* Traducido del italiano por H.I.