Tres
son los trabajos que marcan la suerte de Jacques Maritain. Primacía de lo Espiritual (1927), en
el que toma distancia de la Acción Francesa,
el movimiento nacionalista condenado por Pio XI por confundir
la religión con la política; Humanismo
Integral (1936), en el que propone, frente a los
totalitarismos de izquierda y derecha entonces triunfantes, una
nueva cristiandad, no sacra sino profana, laica pero vitalmente
cristiana y pluralista; y El Campesino del Garona (1966), en el que, desde su retiro en Tolosa, en los Hermanitos
de Jesús, se revela contra un nuevo modernismo que amenazaba
con hacer inútiles las reformas del Concilio.
A
cuarenta años de la publicación de esta última
obra, ella puede ser objeto de un análisis crítico
desde la perspectiva actual. La obra no debiera separarse de otro
trabajo de ese mismo período, La Iglesia de Cristo (1970), con la que se complementa. En la primera, Maritain, con
pasión, presenta un cuadro de los resultados inmediatos
de Concilio Vaticano II en una cristiandad confusa y a menudo
trastornada con tantas innovaciones. En la segunda, recorriendo
todo el arco de la historia de la Iglesia, indica con sereno optimismo
la certeza de un camino nunca interrumpido y que siempre se renueva.
Las
dos obras, no tienen un afán apologético ni son
un mero análisis sociológico, sino que procuran
ser una reflexión filosófica sobre los problemas
del mundo contemporáneo a la luz del Concilio. En todo
caso, no debe olvidarse que la reflexión filosófica
de Maritain sobre la eclesiología se mueve en sintonía
con los dos volúmenes del tratado La Iglesia del
Verbo Encarnado de Charles Journet, entonces ya publicados.
Al momento de su publicación, El Campesino
suscitó acuerdos y desacuerdos, aprobación y rechazo,
pero tuvo el mérito de sacudir y provocar las conciencias,
de advertir que el Concilio era una obra a realizar, no una ruptura
con el pasado, sino su renovación. Algunos pensaban que
Maritain deseaba rechazar los resultados del Concilio y que había
renunciado a sus posiciones progresistas, tanto que el filósofo
escribe al padre Paul Barrau: ¡Hay gente en Italia que
pretende que yo he renegado del Humanismo Integral! Eso es una
estupidez y una calumnia; mantengo más que nunca todas
esas posiciones; es de la crisis que actualmente afecta a la inteligencia
y a la fe de lo que me he ocupado en El Campesino del Garona (8 de Enero de 1967). Quizás
en esa incomprensión haya jugado también el lenguaje
provocador de una obra más discursiva que sistemática;
quizás más de alguno se ha sentido molesto por el
tono polémico o no ha soportado el espíritu irónico,
que penetra las más arduas cuestiones filosóficas
con un lenguaje agradable y cautivante para los espíritus
desprevenidos.
El
libro fue bien recibido por Pablo VI como recuerda A. Grunelius
en una nota de su Diario: Al momento de la publicación
de El Campesino, Maritain le encargó a monseñor
Andrè Baron, rector de la Iglesia de San Luigi dei Francesi,
de presentárselo a Pablo VI, para explicarle de su parte
por qué y cómo lo había escrito. La acogida
del Papa fue extremadamente favorable y alentadora.
No se debe olvidar que El Campesino no es una obra
de teología sino de filosofía.
Maritain,
de profesión filósofo, trabaja con los conceptos
y con el razonamiento procurando sólo alcanzar la verdad,
aunque sabe que muchos no la sabrán comprender, porque,
después de Descartes, la filosofía, traicionándose
a sí misma, se ha convertido en una "ideosofía", que
se contenta con dar vueltas en el vacío de sí misma,
revolviéndose estérilmente en la debilidad del pensamiento.
Maritain comienza la obra agradeciendo a Dios por el resultado
del Concilio, que reconoce el primado de la persona humana y de
sus derechos, que expresan una justa idea de la libertad de conciencia
y el deber primordial hacia la verdad, que señala la misión
temporal del cristiano y la trascendencia del Reino de Dios que
está en el mundo, mas no es del mundo.
Pero
lamenta que este resultado sea estropeado al servicio de un nuevo
modernismo que pretende seguir siendo cristiano mientras desnaturaliza
los fundamentos mismos del cristianismo, porque siguiendo a Husserls
aplica el método fenomenológico a la verdad y a
la fe, o pretende con Theilhard de Chardin mezclar la teología
con la ciencia, reduciendo el Cristo del Evangelio al Cristo cósmico,
o, con su simpatía por el marxismo, reduce el problema
de la salvación en una esperanza terrena. Se intenta secularizar
el cristianismo mismo, pasando del desprecio por el mundo a un "arrodillarse ante el mundo", haciendo del éxito mundano
el fin de la vida. Se intenta asociarlo al disgusto por la razón,
que lleva a la cultura moderna a rechazar el carácter prefilosófico
del sentido común, para reducir todo el conocimiento el
reino fenoménico de lo temporal, de lo precario, por el
cual se renuncia a la Verdad por la verificación
y a la realidad por el signo. La imagen de su propio
inexorable transcurrir distrajo al hombre de mirar el fin último
de la vida, el acontecer de los asuntos de este mundo desvió el criterio de valor de la vida social.
El
mensaje de 'El Campesino' es de una actualidad impresionante,
porque el centro de su tesis, que proviene de la distinción
entre lo espiritual y lo temporal, entre la razón y la
fe, entre la libertad de conciencia y el testimonio cristiano,
está todavía en discusión entre tradicionalistas
e innovadores, y quizás por dialéctica histórica
lo será siempre. A la derecha persisten los movimientos
integristas, que con su fideísmo sobre el plano cultural
y con su gregarismo en el plano social, confunden política
y religión. Esta posición importa la asimilación
del mundo en la Iglesia. A la izquierda se resuelve la misión
del cristiano en lo temporal, como lo promueve una cierta teología
de la liberación, terminando por asimilar la Iglesia en
el mundo. Ambas posiciones desearían el Reino de Dios en
la tierra, por razones opuestas pero convergentes, refutando la
distinción fundamental entre Iglesia y cristiandad.
El
hilo argumental que recorre El Campesino se refiere
al tema del pluralismo, que Maritain ha tratado en múltiples
oportunidades, pero que en este caso examina desde el punto de
vista del ecumenismo y de la paz del mundo. No se trata de renunciar
a la verdad por la caridad, sino de respetar la libertad de conciencia.
Hay un texto de Maritain con un análisis
muy preciso de esta relación entre libertad y verdad: Por
un lado, el error de los absolutistas que quisieran imponer la
verdad por la fuerza viene del hecho de cambiar del objeto al
sujeto sus acertados sentimientos acerca del objeto; y piensan
que tal como el error no tiene derechos por sí mismo y
debiera ser eliminado de la mente (por medios de la mente), igualmente
el hombre en el error no tiene derechos por sí mismo y
debiera ser eliminado de la convivencia humana (por los medios
del poder humano).
Por
el otro, el error de los teóricos que hacen del relativismo,
la ignorancia y la duda una condición necesaria de la mutua
tolerancia proviene del hecho de que cambian del sujeto al objeto
sus acertados sentimientos acerca del sujeto humano que
debe ser respetado incluso si está en el error ;
y así privan al hombre y al intelecto humano del acto mismo
la adhesión a la verdad en que consiste tanto
la dignidad humana como la razón de vivir.
Maritain
reconocer que el primer derecho de la persona humana es la libertad
de conciencia, pero precisa que la conciencia, en su responsabilidad
moral, está vinculada a la verdad. Ante Dios y
la verdad, el hombre no tiene derecho a elegir a su gusto cualquier
camino, debe seguir el camino verdadero por cuanto está
en su poder el conocerlo. Pero frente al Estado, a la comunidad
temporal y al poder temporal, está libre de seguir su vida
religiosa a su propio riesgo, pues su libertad de conciencia es
un derecho natural inviolable.
En
esta perspectiva el cristiano necesita aprender a amar a los no
cristianos de un modo nuevo, respetando su conciencia y testimoniando
su fe, sabiendo que también pertenecen, de un modo misterioso
pero real, a la Iglesia. Maritain había precisado en una
conferencia de 1957 que el ecumenismo no es supra dogmático
sino supra subjetivo: No nos hace ir más allá
de nuestra fe pero sí de nosotros mismos. En otras palabras,
nos ayuda a purificar nuestra fe de la caparazón de egoísmo
y subjetividad en la que instintivamente tendemos a encerrarla,
porque pretendemos tener la exclusividad de la verdad, mientras
que la verdad es inclusiva de todos los hombres de buena voluntad
que la buscan. Pero esta actitud no dispensa del deber de proclamar
la verdad, pues la amistad fraterna no excluye sino incluye la
certeza de la fe.
Las
conclusiones de El Campesino del Garona confirman
las tesis de Humanismo Integral: concluida la etapa
sacra de la Edad Media y de la época barroca, que
sería vergonzoso calumniar y pretender repudiar,
en la que el Estado protegía a la Iglesia, e iniciada la
etapa profana en la que la Iglesia colabora con el Estado, somos
los cristianos los que nos ponemos al servicio de la sociedad
civil. Con el Concilio hemos entrado en el postmodernismo: He
aquí realizado el gran viraje en virtud del cual no son
ya las cosas humanas las que se encargan de las cosas divinas,
sino que son las cosas divinas las que se ofrecen para defender
las cosas humanas (si éstas no rehusan la ayuda ofrecida).
La Iglesia ha roto unos lazos que pretendían sostenerla,
se ha liberado de cargas con las cuales se la consideraba mejor
equipada para la obra de la salvación. En adelante, libre
de esas cargas y de esos lazos, la Iglesia hace que se vea mejor
en ella el verdadero rostro de Dios, que es el Amor, y para sí misma no reclama sino la libertad.
Al
releer hoy 'El Campesino del Garona', uno siente que se trata
de un texto profético, que tiene todavía muchas
cosas que enseñar con vista al futuro próximo. Su
mensaje va más allá de las fronteras de la vieja
Europa para alcanzar a todos los pueblos, también porque
la filosofía en que se inspira, por su realismo, es una
filosofía del sentido común que puede impregnar
todas las culturas, cualquiera sea el tipo histórico de
civilización. Maritain considera que justamente la propia
Biblia es realista y en particular el Evangelio en el que Cristo
afirma haber venido al mundo para dar testimonio de la Verdad: La revelación judeo-cristiana es el testimonio
más fuerte, el más insolentemente seguro de sí
mismo, dado a la realidad en sí del ser, del ser de las
cosas y del Ser subsistente por sí... El cristiano profesa
con tranquilo impudor eso que en el vocabulario filosófico
se llama realismo. He dicho ya que un cristiano no puede ser relativista.
Hay que decir, y esto tiene mayor alcance, que un cristiano no
puede ser un idealista.
*
Traducido del italiano por H.I.