Jacques Maritain ha sido, por su obra y por sus compromisos, uno
de los grandes precursores del Concilio Vaticano II. Es necesario
recordar las palabras de Paulo VI entregándole al viejo
filósofo el mensaje a los hombres de pensamiento y ciencia
el día de la clausura del Concilio: "La Iglesia
le está reconocida por el trabajo de toda vuestra vida..." (carnet de notas, 8 diciembre 1965). El día anterior, Maritain
había escuchado con alegría al Papa celebrar en
su discurso, en la última sesión pública
del Concilio, la llegada de un "Nuevo Humanismo",
Aquel del "hombre verdadero", aquel "del
hombre entero" (integer homo), frente a los desafíos
del "humanismo laico y profano" cerrado "a
la trascendencia de las cosas supremas". "La
religión del Dios que se hizo hombre se reencontró
con la religión (que es una) la del hombre que se
hizo Dios". Escuchando estas palabras, Maritain podía
con todo derecho reconocer como un eco sus tesis del "Humanismo
Integral", condenado diez años antes por el Padre
Messineo en la Revista Civilta Católica. "El tiempo
del "naturalismo integral" ha terminado," le
dirá Pablo VI, en una audiencia privada dos días
mas tarde (carnet, 10 diciembre 1965.)
El Concilio
Vaticano II no significara posiblemente "la victoria de
Maritain" (como lo dieron a entender en su momento sus
adversarios), pero éste marca en todo caso, la consagración
del magisterio supremo de la Iglesia con algunas de sus ideas
e intuiciones mayores en reconocimiento de aquellas por las cuales
él había luchado (con otros: pensamos aquí
en su gran amigo el Cardinal Journet) a lo largo de toda su vida.
El treinta aniversario de su desaparición ha sido la ocasión
para interrogarse sobre la pertinencia de esta herencia de pensamiento
para la Iglesia y los cristianos al amanecer del tercer milenio.
Un coloquio
recientemente organizado conjuntamente por nuestro Instituto y
el Centro San Luis de Francia de Roma, bajo él título
programatico 'Jacques Maritain, filosofo de la ciudad' (5-6 diciembre
2003) ha querido comenzar esta necesaria reflexión sobre
la actualidad del pensamiento de este gran filósofo. Nosotros
quisiéramos por nuestra parte, sugerir algunas pistas de
reflexión, incorporando el aporte del pensamiento maritaniano
a la recepción de las enseñanzas del Concilio Vaticano
II, esta "brújula confiable para orientarnos en
el camino del siglo que comienza" como lo ha escrito
el Papa Jean-Paul II en su carta apostólica "Al comenzar
el nuevo milenio" (6 Enero 2001).
Tres temas
eminentemente "maritanianos" y conciliares me parecen
dignos de ser tomados en consideración en esta perspectiva:
La libertad religiosa, el apostolado de los laicos y las relaciones
con el judaísmo.
Toda
la reflexión de Maritain, a partir de la condenación
de la Acción Francesa (1926), ha consistido en pensar de
una manera nueva el problema de la articulación entre poder
espiritual y el poder temporal. Sin abandonar jamas el ideal intransigente
de una subordinación esencial del segundo al primero (ideal
de cristiandad) él se dedica a hacer coincidir éste
con las nuevas exigencias de la conciencia moderna (en el primer
lugar de las cuales se encuentran la libertad y la tolerancia)
haciendo estallar de manera definitiva el modelo de Estado cristiano
y afirmando, frente a la opresión totalitaria, la esencia
evangélica de la democracia y el origen cristiano de los
derechos del hombre
¿No
habrá habido espacio para ubicar al filósofo católico
entre los inspiradores de la Declaración Universal de los
Derechos del Hombre adoptada por la Asamblea General de Naciones
Unidas en Diciembre 1948? El aporte de su pensamiento no fue menor
en la elaboración de la declaración conciliar Dignidad
Humana, a través de la cual la Iglesia reconoció por primera vez la realidad del Estado moderno, es decir de "un
Estado de derecho, democrático, social, laico, pluralista"
(Pietro Pavan). Afirmando con fuerza la necesaria laicidad del
Estado contra toda forma de integrismo religioso, Maritain afirma
sin embargo con fuerza que "el estado de espíritu
democrático" tiene necesidad "de la inspiración
evangélica" para subsistir.
Esto
nos conduce a un segundo tema del pensamiento Maritaniano rico
en enseñanzas para los tiempos presentes: aquel del compromiso
de los laicos en la vida de la ciudad.
No es difícil
de demostrar la influencia de los escritos del filósofo
tomista en el surgimiento de lo que se llamó en su época
el movimiento para el apostolado de los laicos. La famosa distinción
propuesta por Maritain en su libro 'Humanismo Integral'
(1936), entre actuar "en tanto que" cristiano
(en el plano espiritual) y actuar "en" cristiano
(en el plano político), debió marcar a toda una
generación de militantes de la Acción Católica.
Ella será retomada prácticamente tal cual en la
Constitución Pastoral Gaudium y Spes, a la
elaboración de la cual debieron colaborar varios laicos
maritanianos ( entre ellos Ramón Sugranyes de Franch, presidente
de honor de nuestro Instituto, y Augusto Vanistendael, recientemente
fallecido a quien le rendimos homenaje en este numero): "Donde
exista una sociedad de tipo pluralista, es muy importante que
se tenga en cuenta una mirada justa de la relación entre
la comunidad política y la iglesia; y que por tanto se
distinga claramente la relación entre la acción
que los fieles, aislados o en grupo plantean en su propio nombre
como ciudadanos, guiados por su conciencia cristiana, y las acciones
que ellos llevan a cabo en nombre de la Iglesia, en unión
con sus pastores". (GS,76,1).
En esta hora
que asistimos a una cierta desaparición de la inspiración
cristiana en política y el resurgimiento de ciertas tendencias
neoclericales en la Iglesia, no es del todo inútil meditar
la lección del filósofo laico comprometido que fue
Maritain. Ello se une a lo que declaró recientemente el
Cardenal Arzobispo de Viena Cristoph Schonborn a propósito
del rol de los laicos, que no es tanto el de subtituirse al clero
en el servicio a la comunidad parroquial, sino de "testimoniar
de sus convicciones en el plano vida social y civica" (El
Desafio del Cristianismo, París, 2003, Pág. 19.).
De los años de Meudon a los años de Princeton, pasando
por los años en la Embajada ante la Santa Sede, los "tres
Maritain" ofrecen el ejemplo de una forma de "santidad
profana" que es igualmente una de las grandes intuiciones
conciliares sobre los laicos y que ha sido como la base de su
compromiso en el siglo.
Si
hay un texto del Vaticano II acorde con el pensamiento de Maritain,
es la declaración Nostra Aetate sobre las
relaciones con el judaísmo y las religiones no cristianas.
Sabemos con que fuerza el hijo espiritual de León Bloy,
autor del libro "La Salvación de los judíos",
había denunciado, a finales de los años 30 y delante
el surgimiento del nazismo, "la imposibilidad" teológica
del antisemitismo para un cristiano y el de abogar por el reconocimiento
del destino misterioso del pueblo elegido. El filosemitismo de
Maritain y sus amigos, no siempre bien comprendidos por Roma en
lo inmediato de la postguerra, ha contribuido de manera decisiva
a eliminar de la conciencia católica las huellas de esta "enseñanza del menosprecio", nacida de
una tradición anti judía secular, que a tenido su
parte en la génesis del antisemitismo moderno. Esta nueva
actitud en consideración de aquellos que el Papa Jean Paul
II ha llamado "nuestros hermanos mayores" en
la fe, durante su visita histórica a la sinagoga de Roma
en abril 1986, tan afín con el pensamiento de esta otra
gran figura de la filosofía cristiana del siglo XX que
a sido Edith Stein "hija del pueblo judío e hija
de la iglesia católica" (como ella se definía
asimisma en su carta a Pío XI en abril 1933), que hoy en
día es el bien común de la Iglesia Universal toda
entera.
Frente a la
tentación de la intolerancia, del fanatismo y el recogerse
sobre si mismo en nombre de la preservación de una identidad
nacional o religiosa amenazada, las enseñanzas de Maritain
sobre "la imposibilidad del antisemitismo" no
han perdido nada de su actualidad.
No existe
otra vía para las grandes religiones planetarias que aquella
del dialogo y el de escucharse recíprocamente, si ellas
quieren contribuir a pacificar esta "ciudad global" peligrosa que se ha vuelto el mundo de hoy.
* Traducido del francés por Ramón
Contreras B., Licenciado en Ciencias Sociales y Económicas,
Instituto Católico de París.