PREMISIAS DE ESTE TRABAJO
El presente trabajo está construido sobre la base de los datos biográficos y las correspondencias epistolares entre Raissa y Jacques Maritain y sus amigos; sólo marginalmente consideran el discurso teorético que se desarrolla en sus obras. Son más un análisis histórico de la tribulación del debate filosófico, que una investigación sobre las corrientes y los movimientos de pensamiento del siglo XX, si bien, estos afloran continuamente a través del encuentro y desencuentro, del acuerdo y el desacuerdo entre las personas. Algunos nombres, como Bergson y Blondel, Gilson y Simone Weil, son notables, porque las ‘historias de la filosofía’ los han seleccionado; otros, como Brunschvig y Berdiaeff, Wust y Pieper, son menos reconocidos, pero ya se encuentran en los diccionarios de filosofía más actualizados.
Fue Jacques, más que Raissa, quien cultivó estas relaciones, el que más participó en los convenios, en los congresos, en las discusiones; el que más contribuyó a sostener las polémicas. Pero Raissa estuvo presente siempre en la trama de este tejido de relaciones sociales, colaboró en la redacción de los artículos y de los libros, como reconoce el filósofo cuando, en el prólogo del Diario de Raissa, reconstruido por él sobre las cartas y manuscritos hallados, escribe en 1963, recordando las peripecias de esta aventura espiritual: «Y, dominando el resto, estaba su preocupación por mi trabajo filosófico, y la especie de perfección que esperaba de él. Ella lo sacrificó todo a ese trabajo. A pesar de todos los sufrimientos morales y físicos, y, en ciertos momentos, un agotamiento casi total de sus fuerzas, por un esfuerzo de voluntad, y porque la colaboración que siempre le pedí era para ella un deber sagrado, consiguió releer en manuscrito todo lo que he escrito y publicado, sea en francés o en inglés.»
En este análisis de la filosofía contemporánea, a través de los ojos de Raissa y Jacques Maritain, me detengo sólo en los filósofos con los que, en Europa y en América, tuvieron una relación personal directa, no con aquellos, aún más numerosos, como Sartre, Dewey, Huxley, Heidegger o Wittgenstein, de los cuales hablan en sus obras. Basta la exploración de estas relaciones culturales para comprender cómo, para Maritain, la filosofía no debe ser nunca confundida con el filosofar, porque en el filosofar intervienen, a nivel psicológico, las influencias de los diversos caracteres de las personas, y a nivel sociológico los condicionamientos de las diversas culturas.
La filosofía es el conocimiento de la realidad en su inteligibilidad, pero la realidad no se agota en su inteligibilidad, y existen realidades que no están al alcance de nuestra inteligencia: porque «en nosotros el espíritu está puesto entre una oscuridad superior, por exceso de transparencia, y una oscuridad inferior, por exceso de opacidad» (‘Fronteras de la poesía’). Dios en su trascendencia y la materia última se nos escapan. Así, en el filosofar se pueden verificar los desbandamientos respecto al proceso cognitivo de la filosofía, hecho de intuición conceptual y de razonamiento lógico.
Maritain desconfía de los místicos, inmersos en la experiencia de amor del Absoluto, y de los científicos con sus fórmulas matemáticas, propias del saber constructivo, cuando, saliendo de su campo de saber, pretenden sentirse filósofos.
1.- HENRI BERGSON: UN MAESTRO PERDIDO Y REENCONTRADO
En los escritos autobiográficos de Raissa, en particular
en Las grandes amistades, se presenta
con evidencia el papel que Bergson tuvo en la formación
filosófica de los dos jóvenes, que, durante los
estudios universitarios, insatisfechos de sus maestros, estaban
en el umbral del suicidio, dispuestos a aceptar una vida de sufrimientos,
pero no una vida absurda. Fue Charles Péguy quien acompañó
a los dos jóvenes a escuchar las lecciones de Bergson: «El enseñaba en el College de France cercano a
la Sorbona; no había más que cruzar la calle, sin
embargo no era tan fácil como se hubiera podido creer,
porque había entre las dos instituciones una montaña
de prejuicios y de desconfianza, sobre todo por parte de los filósofos
de la Sorbona hacia la filosofía de Bergson».
En aquel tiempo,
los Maritain ya habían hecho un balance de la situación
de sus estudios universitarios: «el positivismo pseudocientífico,
el escepticismo, el relativismo, eran contrarios a la idea de
la verdad invencible de la cual habla Pascal y no podíamos
resistir sino con sufrimiento por esta desmoralización
del espíritu». Los Maritain no sabían
qué cosa buscaban en las lecciones de Bergson: «Esta
filosofía de la verdad, esta verdad, ardientemente buscada,
así invenciblemente creída, era todavía para
nosotros una especie de dios desconocido; le reservábamos
un altar en nuestro corazón, le reconocíamos todo
su derecho sobre nosotros, sobre nuestra vida. Pero no sabíamos
lo que ella habría sido, por cual vía, con cuáles
medios podía ser alcanzada».
Fue en las
lecciones de Bergson, con Péguy, Georges Sorel, Henri Psichari,
Anna De Noailles, Henri Focillon, que los dos jóvenes encontraron
la respuesta a su inquietud intelectual, porque Bergson les enseñó
que era posible por medio de la intuición conocer el Absoluto,
tener certeza sobre el sentido de la vida. Raissa describe el
estilo de estas lecciones: «El arte consumado con el
cual Bergson exponía sus puntos de vista, en el proceso
de sus descubrimientos, no atenuaba en nada la sutileza y la técnica
de su enseñanza. La palabra elocuente y precisa nos tenía
suspendidos, la distracción era imposible. Ni siquiera
por un instante nuestra atención era desviada, ni siquiera
por un instante se rompía el hilo precioso del discurso».
Raissa, que
seguía también el curso de griego que Bergson tenía
para un grupo de alumnos sobre la filosofía de Plotino,
se puso a leer las Enéadas y quedó fascinada por
los numerosos pasajes en los cuales Plotino habla del alma y de
Dios en calidad de místico y de metafísico.
Un día
pidió a Bergson algún consejo para sus estudios: «De lo que me dijo entonces, algunas palabras quedaron
esculpidas para siempre en mi memoria: "Sigue siempre tu
inspiración". Era como decir: sé tú misma, obra siempre con libertad». Mucho más
tarde le recordaba aquel consejo, que había buscado efectivamente
seguir; y Bergson, sonriendo, me respondió amablemente: «No es un consejo que hubiera podido dar
a muchas personas».
Raissa comenzó
a leer los Diálogos de Platón y anota: «Confusamente
percibo en ellos el anuncio de un mundo nuevo para mí.
Todo ha sido dicho de la belleza de los Diálogos y es propiamente
su belleza, su poesía que asegura su perennidad, más
todavía que la filosofía que exponen. Después
de haber leído estos diálogos, podía acercarme
a Pascal, sin estar demasiado desubicada o ajena; y después
de haber leído a Pascal, pude retornar a Sócrates
con una admiración todavía mayor».
«Los
Pensamientos de Pascal pueden ser puestos sobre el mismo plano
de las Confesiones de san Agustín; el clásico Pascal
es más trágico y vehemente que el santo platónico».
El Bergson
que los dos jóvenes conocen es el primer Bergson, aquel
que en 1907 escribe La evolución creadora,
para exponer de modo orgánico su pensamiento. En tanto
los Maritain, ella judía y él protestante, bajo
la influencia del testimonio radical de Bloy, se convierten al
catolicismo (1906) Y están convencidos que, «gracias
a las certezas de la fe, no teníamos más necesidad
de filosofar». Pero el encuentro con el dominico Humbert
Clerissac, que se convirtió en su director espiritual y
los convenció de leer a santo Tomás, los condujo
sobre la vía de la búsqueda filosófica para
una segura inteligencia de la fe. Es Raissa la primera en darse
cuenta de la incompatibilidad de la filosofía bergsoniana
con las convicciones de la fe cristiana, y es Jacques el que, en 1913,
en una serie de Lecciones en el Instituto Católico de París,
puso en confrontación el bergsonismo con el tomismo, publicando
sobre aquella base, en el mismo año, su primer libro La
filosofía bergsoniana, que luego tendrá
diversas y sucesivas ediciones en francés y en inglés.
Los Maritain
están de cualquier modo convencidos, que un bergsonismo
de hecho, incompatible con la filosofía de santo Tomás,
es imposible que sea un bergsonismo de intención, el que
salva la espiritualidad del alma y la trascendencia de Dios. Escribe
Raissa: «Bergson ha definido una doctrina psicológica
de la libertad, más bien que una doctrina metafísica; ésta no puede derivar mas que de una metafísica
del intelecto y de la voluntad, y Bergson no ha buscado en sus
trabajos una tal metafísica. Su intuición primordial
lo empeñaba en otras direcciones. Aunque sobre el plano
psicológico, la doctrina bergsoniana de la libertad no
es incompatible con las conclusiones metafísicas de Aristóteles
y de santo Tomás».
Jacques por
su parte, hablando de estos dos bergsonismos, precisa que Bergson
está lejano de hacer profesión de ateísmo,
pero su filosofía, para florecer en una teodicea consistente,
debería renovarse completamente.
Bergson terminó
en el antintelectualismo por combatir el orgullo de la inteligencia
que pretende conformar la realidad a sí misma, antes que
adaptarse a ella. Maritain, recuperando la distinción entre
la filosofia como ciencia y el filosofar como experiencia vital
reconoce que en un cierto momento en la búsqueda existencial
de Dios «no se trata más de filosofar sino de
vivir o de morir». Maritain explica pero no
justifica este comportamiento, y pone en evidencia que Bergson
«ha recibido de Taine la idea de una inteligencia naturalmente
mecanizada; de Spencer la idea de una inteligencia generada según
ciertas necesidades y ciertas
exigencias de la evolución»,
si «ha reaccionado contra ciertas consecuencias de la
gnoseología moderna, lo ha hecho aceptando las premisas.
Su tarea era la de restablecer la verdadera naturaleza de la inteligencia,
pero él fue más allá». Los
Maritain están preocupados de las consecuencias de este
antintelectualismo, que niega al concepto su valor de conocimiento
cierto y seguro, reduciéndolo a un nombre convencional,
útil pero no verdadero, porque es de esta profunda raíz
que en la historia de la filosofía contemporánea
nacerán el pragmatismo, el existencialismo, la fenomenología
en la teología el modernismo.
Pero hay un
segundo Bergson, aquel que en 1932 publica 'Las dos fuentes
de la moral y de la religión', revalorando la experiencia
mística en el acercamiento al Absoluto, que los Maritain
aprecian. Raissa recuerda haber ido a encontrar al viejo maestro
después de aquella fecha, y que Bergson le dijo: «Sabes,
cuando tu marido se oponía a mi filosofía de hecho,
a mi filosofía de intención, como contenedora de
algunas posibilidades no desarrolladas, tenía razón.
Luego habíamos caminado el uno hacia el otro y nos encontramos
a media calle».
Raissa así valora esta obra: «Cualquier cosa que se pueda pensar
del sistema, aquí el espíritu es admirable. Después
de haber estudiado el misticismo griego, el misticismo oriental,
los profetas de Israel y el misticismo cristiano, Bergson afirma
que el misticismo cristiano es el único que verdaderamente
ha resultado. Es la experiencia de los místicos que lo
lleva a afirmar la existencia de Dios. El cree en el testimonio
de aquellos que tienen la experiencia de las cosas divinas».
Jacques reconoce
la importancia del acercamiento práctico, experimental
y afectivo al Absoluto y del testimonio de los santos, y escribe: «Un acto, el mínimo acto de verdadera bondad,
es, a decir verdad, la mejor prueba de la existencia de Dios.
Pero nuestra inteligencia está demasiado repleta de nociones
de clasificar para verlo; entonces nosotros creemos sobre el testimonio
de aquellos en los cuales la verdadera bondad esplende de modo
que nos asombra» (X 86). Pero advierte que no es necesario
confundir la experiencia mística con la reflexión
filosófica, y en 'El campesino del Garona' (1966), retornando sobre el terreno de la filosofía pura,
distingue con claridad su posición de la de Bergson, sólo
reconociendo a su maestro el mérito de haber llevado al
tomismo a reflexionar sobre la intuición intelectual como
fundamento primordial del conocimiento filosófico. Jacques
continúa desconfiando de la intuición bergsoniana,
porque es un hecho psicológico y no un acto intelectual.
En filosofía es necesaria una intuición intelectual
del ser: «Bergson la poseyó a través de
un sucedáneo que lo engañó, y, en la conceptualización,
era disfrazada al modo de los prejuicios antiintelectualizantes».
Bergson murió
en la miseria en 1941 y Raissa recuerda sus últimos días
y su acercamiento al catolicismo: «Estaba enfermo desde
hacía mucho tiempo y los acontecimientos de este último
terrible año, han terminado por separarlo de la vida. Uno
de sus últimos actos, fue aquel de rechazar el favor con
el cual el Gobierno de Vichy había querido eximirlo de
las obligaciones degradantes a las cuales, bajo la presión
de los nazis, eran sometidos los judíos franceses. El no
aceptó esta excepción, más humillante que
la triste ley común, y abandonó su cátedra
en el Colegio de Francia». Bergson no se
hizo bautizar por no separarse de sus hermanos perseguidos, con
los cuales compartía la misma suerte, pero dejó
escrito en su testamento que deseaba que un sacerdote católico
bendijese su cadáver.
* Traducción del italiano de Leticia Villegas Pereyra