Hay filósofos
que resisten el pensamiento de Jacques Maritain y tanto más
firmemente cuanto que lo conocen peor; pero ninguno resiste su
presencia. Es un punto sobre el cual nuestros nietos, menos felices
que nosotros, tendrán que creernos bajo palabra. No todos
sin embargo. Los más perspicaces sabrán reconocer
en su pensamiento una presencia vigilante y atenta a los intereses
permanentes de la Sabiduría. Lo tendrán entonces
siempre con ellos.
No se hallará
un metafísico que, como Maritain, encuentre en el contacto
con los problemas eternos, el secreto de una tan perfecta familiaridad,
apoyada íntimamente en las fuentes cotidianas de su tiempo.
¡Ni tampoco una cuestión, planteada en cualquier
parte del mundo -- por poco que traduzca una inquietud sincera
por la verdad --, a la cual Maritain no dé respuesta y
no comprenda! ¡Y no hay llamado alguno de los que tienen
hambre y sed de justicia al cual su voz no se haya unido, sea
que lo inspire César o Cristo!
Literatura,
arte, ciencia, ética, política nacional e internacional
-- lugares naturales de un pensamiento atento a distinguir
para unir --, todos los dominios de la vida y del pensar
han sido habitados, explorados y reconocidos personalmente por él hasta el extremo límite de sus fronteras.
Entre tantos filósofos modernos, extremo punto
de avanzada de un ejército de entusiastas pensadores enteramente
ocupados en repetir lo que han leído en los libros modernos
de verdad, nuestro anti-moderno no permite que se
haga nada de grande o de auténtico, que ningún problema
vital para el hombre sea planteado, que ningún drama humano
se anide en algún punto del planeta, sin que la Sabiduría
deje de transportarse con él allí para dar testimonio
de la verdad.
¿Es
Maritain un filósofo escolástico? No
contemos sobre este paleo-tomista para destruir una leyenda
de la cual su robusto humor saca inagotables satisfacciones. De
todos modos, nunca ha dejado él sin demostrar que si la
Philosophia perennis debe a las escuelas el haberse
conservado y transmitido, lo que no es un bien pequeño,
le es preciso sin embargo salir de allí para vivir, esto
es, para ejercer las funciones de intérprete, de consejera,
de juez y de guía que le pertenecen a título de
Sabiduría y de un modo tan completo que, para ella, es
una sola cosa ser y ejercitarlas.
En esto me
parece residir el secreto de una obra y de una vitalidad de las
cuales algunos se admiran por no comprender su verdadera naturaleza,
que es la naturaleza de la filosofía misma. Ellos se inquietan
al ver fórmulas escolares inmóviles mudarse en armas
temibles en manos de un soldado de choque, siempre listo para
la lucha y cuyas imprevisibles ofensivas desbaratan las posiciones
más burguesamente caucionadas. Las posiciones recibidas
no gustan jamás de que se las desbarate, sobretodo si ello
es para traerlas al justo sentimiento que deberían tener
de sí mismas o para desgarrar los velos que han tenido
el arte de tejer con los principios en que se fundan o para mostrar
cómo salen de ellos consecuencias que preferirían
no ver surgir.
Sabemos que
un pensamiento filosófico digno de este nombre no es escolar
ni tampoco engagé, como se dice ahora. Que
el hombre mismo sepa alistarse en la acción,
llegado el momento oportuno, nadie lo duda. Maritain lo ha hecho
siempre en diversas formas, pero no ha alistado ni comprometido
jamás su pensamiento en su acción; es ésta
la que ha enlistado en su pensamiento y a tal unión
deben una y otro su admirable fecundidad.
En cuanto
a su pensamiento mismo, ¿qué podemos decir? No es
su menor mérito el haber vuelto a crear en el siglo XX
un clima espiritual comparable al siglo XIII, en que cada uno
decía la verdad de una manera tal que en el acto cesaba
de pertenecerle. Entre aquellos de nosotros que, como yo, tanto
le debemos ¿habría muchos que serían capaces
de decirlo? ¿Sabemos siquiera si algo de lo que hubiéramos
debido comprender desde 1924, al leer las inagotables Reflexiones
sobre la Inteligencia y su vida propia, no lo sospechamos
en el acto sin saberlo y lo conservamos como una pequeña
luz hasta el tiempo en que creímos verlo estallar de modo
espontáneo como una llama?
Somos, en
verdad, deudores de Maritain de idéntica manera que él
mismo lo es respecto de Santo Tomás, nuestro común
maestro. Por una paradoja incomprensible y hasta absurda en cualquier
otro caso - ya que los maestros raramente se inspiran en una luz
que no les sea exclusivamente propia -, cada uno de nosotros va
por sí mismo donde su voz lo llama, en busca de una verdad
en que las nociones de tuyo y mío no tienen ya sentido.
Nada hay entonces
digno que pudiéramos ofrecer a Maritain para agradecerle
el hecho de haber roto los muros de nuestra soledad, por habernos
inspirado el coraje de pensar que en ninguna época la verdad
debe dejar de ser dicha y habernos probado, por el ejemplo, que
juzgar lo que pasa a la luz de lo que no pasa, lejos de levantarnos
contra nuestro tiempo, es la sola vía que nos conduce a
lo que en éste merece ser amado.
Yo
creo, escribía Jacques Maritain, en 1923, que Santo
Tomás nos ha dado el medio de salvar - y sin permitir al
error mezclarse allí - todo lo que hay de sanamente inmantado,
de verdaderamente positivo aún en las aspiraciones más
vacilantes de los profetas.
En Francia,
en Canadá, en Estados Unidos, en Brasil, en todas partes
donde se ha ejercido su acción milagrosamente fecunda,
su creencia en la acción redentora de la Sabiduría
ha llegado a ser por mucho la mejor establecida de las verdades.
¡Gracias le sean dadas! La admiración que le profesamos,
que él conoce y que es más fuerte que ambos, la
compartimos con muchos otros; no puede, pues, servir de homenaje
personal.
¿Podríamos
ofrecerle nuestro pensamiento? Sería devolverle, menos
bello y menos puro, el canastillo de sus propios dones. No podemos
verdaderamente ofrecerle aquí más que una sola cosa
que sea del todo personal y del todo nuestra: nuestro más
reconocido afecto.