THE
THOMIST, EDITORIAL
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Enero 1943
El presente
número de The Tomist está dedicado
a Jacques Maritain con ocasión de cumplir 60 años
de edad. La destacada posición de Maritain en el campo
de la filosofía, su incansable labor y su valiente pensamiento
merecen mucho más de lo que es posible ofrecerle con semejante
tributo. Sin embargo, The Tomist se honra en
ser el instrumento de dicho homenaje y sus lectores entenderán
y compartirán tal honor.
Obviamente,
no todos los autores contribuyentes a este número son tomistas;
pero todos ellos, tomistas y no tomistas, han tenido un mismo
propósito, cual es rendir tributo a un tomista de una manera
que es, también, un reconocimiento y un halago a las metas
del Tomismo: por medio de estudios que, con su sencillo aporte,
contribuyen a acercar a los hombres al sempiterno propósito
de una verdad duradera.
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No obstante
que el tributo de los contribuyentes a The Tomist
es primeramente de orden personal, es, al mismo tiempo, mucho
más que eso, porque este homenaje ha sido construido por
mentes muy distantes entre sí, como para subordinarse sólo
a la admiración de una personalidad notable.
En definitiva, éste es un testimonio que refleja un profundo interés
en las áreas de trabajo de Jacques Maritain, en las fuentes
de su pensamiento y en los frutos de años de trabajo en
esos campos e inspirado por esas fuentes. En otras palabras, los
autores, en su impresionante variedad, han pagado tributo al Tomismo,
en cuanto vive y respira en el siglo XX, así como también
a un tomista viviente. No hay misterio
en cuanto a la legitimidad de tal tributo a dicho tomista; pero
bien pudiera existir un gran misterio, incluso en las mentes de
aquellos que han rendido este homenaje, respecto a igual aspiración
del Tomismo en relación al interés de los
no tomistas en esta época nuestra.
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Sin embargo,
ese misterio no resulta ser insoluble si nos tomamos la pequeña
molestia de colocar al Tomismo y a nuestra época uno al
lado del otro. Tal vez la característica que emerge inmediatamente
como un común denominador es la del conflicto, la del estruendo
del combate y de la confusión de la batalla.
Al menos históricamente,
el Tomismo ha sido el hijo de la batalla. Toda la carrera de Santo
Tomás fue una lucha continua que exigió cada gramo
de su prodigiosa fuerza y cada aspecto de su increíble
genio; el Tomismo que dejó tras sí, siempre que
haya merecido ese nombre, nunca ha estado fuera de la zona de
combate.
Así
se han sucedido, una después de otra, ofensivas arduamente
ganadas a las fuerzas del error y la falsedad, que poco a poco
retroceden cediendo nuevos puestos de avanzada a la verdad, los
que han de ser fortificado mientras se sigue presionando sin descanso.
A menudo la lucha se ha hecho amarga; más frecuentemente,
la victoria se ha alcanzado en forma desalentadoramente lenta;
pero siempre ha sido una lucha sin compromiso ni negociación.
Defensivamente,
el combate no ha sido menos constante. La guerra de guerrilla,
cuya continua agitación es más una molestia que
una amenaza, a menos que se dé por desechada, ha sido dimensionada
sólo por la capacidad de confusión del hombre y
por su temor a la verdad, así como por esa oscura y misteriosa
atracción suya por la perversión de la verdad.
A lo largo
de las edades, aquí y allí, han tenido lugar enfrentamientos
totales, llevados a cabo con una ferocidad nacida del reconocimiento
del carácter definitivo de su resultado; batallas donde
el objetivo final es la vida o muerte de la verdad.
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Los hombres
de nuestro tiempo están inmersos en una guerra por el mundo.
Es una guerra de ideas al igual que una guerra de proyectiles,
y el estruendo y la confusión no están limitados
a la guerra de proyectiles. Ambas han sido definidas a veces como
guerras destinadas a determinar si los principios fundamentos
que son verdaderos sobrevivirán después de todo.
En otras oportunidades, el asunto se ha centrado más bien
en establecer bajo qué principio ha de vivir el mundo,
el falso o el verdadero.
El carácter
acerbo y universal de la lucha ha sido visto como el resultado
del choque de principios que establecen la diferencia entre una
vida digna de ser vivida y una vida sin sentido para el individuo.
Los lados, en este terreno, parecen haberse elegido malamente,
puesto que, en el caso de algunos oponentes, la batalla parece
ser el choque de proponentes de un mismo principio, preocupados
sólo en determinar quien personifica ese principio. En
lo fundamental, el hombre común ha visto esta lucha más
bien como una resistencia profunda y determinada a todo intento
de esclavizarlo.
Mucho antes
de la batalla de las balas, y mucho después de ella, la
batalla de las ideas sigue su curso. En realidad, una mayor pérdida
de tiempo en la batalla de las balas puede hacer perder a la humanidad
la batalla de las ideas. Porque las ideas, en particular aquellas
enervantes y desintegradoras, generalmente provocan risas y son
descartadas como tonterías por las masas humanas resignadas.
Después de todo, una idea desnuda no es suficiente para
sobresaltar a un hombre de su sueño, privarlo de su comodidad,
quitarle su comida o robarle su vida.
Sólo
aquellos particularmente alertas, aquellos que toman sus principios
con absoluta seriedad, no como una dádiva, ven venir la
guerra de las ideas mucho antes que el zumbido de las balas despierte
a los hombres de su letargo. Ellos son los guardianes de la humanidad
que, con no poca frecuencia, son engrillados en el silencio por
los hombres que no quieren ser perturbados.
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Más
allá de toda duda, el interés de los hombres de
nuestro tiempo por el Tomismo no es realmente un interés histórico;
tal interés histórico pudiera más bien ser no-existente de parte de
los no tomistas. Por el contrario, el Tomismo ha llamado la atención
de nuestro tiempo como portador de principios y verdades persistentes,
merecedores de cualquier sacrificio, de la más extrema
lealtad y de la más dura batalla; porque los hombres de
nuestro tiempo han despertado plenamente ante el hecho solemne
de que hay cosas más preciosas que la vida misma. Ellos
han visto al Tomismo como un luchador campeón de la verdad;
y los hombres de nuestro tiempo saben lo que puede conseguir la
mentira y lo que es la guerra.
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En este contexto,
no ha sido difícil reconocer a Jacques Maritain como uno
de esos guardianes de la humanidad, tomando sus propios principios
con seriedad absoluta y, plenamente alerta, incorporándose
al torrente de la batalla de las ideas mientras los demás
duermen.
Él
escribe con el coraje propio de los visionarios que procuran movilizar
a su prójimo en anteojeras, y con todo el amor por la humanidad
tan evidente en su exitoso esfuerzo de entregar al presente y
al futuro del hombre un lenguaje que pueden entender.
Mas, si el
homenaje presentado en este volumen fuese sólo un tributo
a Jacques Maritain, sería poco más que un interés
transitorio, una alentadora evidencia de nuestra admiración
por el esfuerzo humano valientemente realizado. Pero los esfuerzos
de Jacques Maritain no pueden divorciarse de los principios que
los han inspirado. Maritain es un Tomista; y el Tomismo no puede
ser sacudido casualmente una vez que se ha tomado contacto con
él.
Este tributo
a un Tomista y al Tomismo es, por tanto, un gran acontecimiento,
no solamente por el pasado que reconoce, no sólo por Jacques
Maritain a quien ofrece un débil reconocimiento humano,
sino por los hombres y mujeres que se han detenido a rendirlo,
y por todos aquellos que, por su intermedio, han de sentir las
repercusiones de su contacto con el Tomismo viviente.
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'The
Thomist' sigue publicándose en la actualidad.
Su página web es: www.thomist.org/
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Traducido del inglés por H.I.