Jacques Maritain, sin hacerse ilusiones sobre las dificultades
de la tarea ni sobre la longitud de la ruta a recorrer, tenía
la convicción de que, si el humanismo de la Encarnación
debe inspirar el proceso de civilización, requerirá
necesariamente de un gran heroísmo y de valientes iniciativas
por parte de los cristianos.
Muchos aspectos
de este pensamiento anticipador han pasado al ámbito común,
como la participación activa de muchos en la vida socio-política,
el sentido agudo de la justicia en un mundo de desigualdades escandalosas,
la solidaridad con los pobres y los marginados, con los pequeños
de este mundo, y la reintegración de las masas.
Él
era el hombre del diálogo. Sin compromiso cuando la verdad
era cuestionada, no fue nunca partidista en la defensa de sus
propias ideas... Bajo esta perspectiva, lanzó un reto que
merece ser acogido por todos los que quieren ser honestos servidores
de una verdad que no es la suya, porque los trasciende. Verdad
que debe descubrirse en una búsqueda que es, al mismo tiempo,
compromiso de una investigación seria desde el punto de
vista científico, y apertura a la contribución superior
de la revelación, delante de la cual es necesario tener
una actitud de fe y de amor.
En eso Maritain
fue realmente un maestro.
Es también
por eso que su pensamiento concuerda ejemplarmente con el gran
proyecto del Magisterio de la Iglesia para el tiempo contemporáneo:
Revivificarlo y renovarlo todo en Cristo, poniendo la fe en contacto
con la cultura y la cultura en contacto con la fe.