Santo Padre:
Permitidme
que al presentarme hoy ante Vuestra Santidad evoque los días
Inolvidables en que siendo Cardenal Secretario de Estado de S.
S. Pío XI, vino a aportar a Francia todavía en paz,
aunque precaria y amenazada, el consuelo de su presencia y del
afecto de la Santa Sede, y que al escuchar su palabra en Lisieux,
en Lourdes o en París, las masas de Francia estallaron
en aclamaciones, signos de la ardiente esperanza despertada en
nuestro pueblo por el augusto mensaje que recibía de labios
de quien seria muy pronto Su Santidad Pío XII.
La Francia
que yo tendré el insigne honor y el orgullo de representar
ante Vuestra Santidad es la que a través de los siglos
y de las vicisitudes de la historia formaron el pueblo de Francia y sus santos. Es un país magullado y herido, que ha permanecido
fiel a su ser y que ha vuelto a tomar su lugar en medio de las
naciones gracias al heroísmo de muchos de sus hijos, y
que, junto a los pueblos amigos a los que ha unido su fuerza,
recupera a un mismo tiempo el sentido de su vocación y
el de su grandeza. Esta Francia ha conocido el Infierno durante
cuatro años: ha luchado contra la mentIra, ha conocido
la tortura, ha sabido de la horrorosa deportación. De hecho,
por lo que se llamó política de colaboración
y los pretextos falaces con que tal política se revestía,
Francia ha conocido también la prueba moral y política
más cruel de su historia. Ha superado esta prueba, aspira
a profundas transformaciones y tiene sed de unidad, se ha reunido
en el encuentro actual de sus libertades democráticas y
en la expectativa y preparación de la tarea que tendrá
que cumplir después de la guerra, en torno a aquel hombre
que desde Junio de 1940 enfrentó a las falsas apariencias
históricas su fe en la Patria.
En su amor
por la Iglesia y en mi amor por mi país tengo la firme
esperanza, que expreso ante Dios con mi más ferviente plegaria
y que me guiará durante mi misión, que la Iglesia
ayudará y bendecirá el esfuerzo de la nación
que se siente orgullosa del nombre de hija mayor, y que el generoso
corazón de Vuestra Santidad abrirá más ampliamente
que nunca a esta Francia antigua y nueva penetrada por la levadura
del Evangelio, los tesoros de un afecto, cuyas pruebas ha dado
ya en múltiples ocasiones al pueblo francés y de
la que este guarda una gratitud profunda.
Curiosamente,
para representar a Francia ante Vuestra Santidad, en estos días
en que el mundo emerge dolorosamente de la más atroz de
las guerras, el Gobierno francés ha escogido a un filósofo
que ha consagrado su ya larga vida a defender ante las mentes
contemporáneas el pensamiento del Doctor Común de
la Iglesia y en una búsqueda de su aplicación viviente
en variadas áreas. Este filósofo católico,
en virtud de su misión no sólo representará
a Francia católica ante el Soberano Pontífice, sino
a Francia en su totalidad, con las divergencias internas que vienen
del pasado y que se encuentran congregadas en su comunión
nacional.
Teniendo,
pues, la misión de ser ante el más alto poder espiritual
el intérprete de un país cuya historia y vocación
temporales están cargadas a la vez de tantos contrastes
y tanta espiritualidad, yo quisiera hoy sacar ventajas de este
hecho para rendir a Vuestra Santidad el homenaje conjunto de los
católicos y de los no católicos de mi país,
y para deciros que si los primeros veneran en Ella, como yo mismo
venero, al Vicario del Verbo Encarnado y al Jefe de la Santa Iglesia,
los otros, que no son cristianos o que no creen serlo, se inclinan
respetuosamente ante Ella como ante el Defensor del derecho natural,
de esta dignidad humana, de esta caritas humani generis,
que nuestro tiempo ha visto tan abominablemente abofeteadas, y
que en un mundo en que los progresos de las utilizaciones técnicas
de la materia presentan tantos problemas angustiosos, tienen más
que nunca necesidad lo reconocen abiertamente de
la autoridad moral y de las enseñanzas universales de la
Voz consagrada a la verdad divina.
Opus
justitiae pax. En la organización de la paz futura
y en el trabajo de reconstrucción, Francia se guiará
por el anhelo de justicia y del bien de la comunidad civilizada,
y por el deseo de hacer prevalecer en el mundo el respeto de la
persona humana y de sus derechos, que devuelve a los hombres la
posibilidad de orientarse, a fuerza de mucha abnegación
y sacrificio, hacia ese amor mutuo y fraternidad que va inscrito
en su enseñanza. Es para Francia un motivo inestimable
de esperanza el pensamiento de que su ideal por la reconstrucción
del universo civilizado está de acuerdo con los principios
formulados por Vuestra Santidad en encíclicas y discursos
que el mundo entero ha escuchado con veneración.
Francia no
se hace ilusiones sobre las dificultades que nuestro tiempo debe
superar. Sabe que la guerra, concluida militarmente, corre el
riesgo de continuar bajo otras formas, de orden moral y espiritual,
en que el nihilismo pagano cuenta locamente con la fecundidad
del mal que se pondrá todas las máscaras con el
ánimo de sembrar en todas partes los gérmenes de
corrupción, de odio y de desintegración moral. Sabe
que en esta nueva lucha las primeras armas que se requieren serán
las del espíritu aplicado a la reconstrucción moral.
Francia estará en su lugar en este combate.
Nutridos con
aquellas tradiciones olvidadas, de estas lecciones y del ideal
de la cristiandad, estoy convencido que la llama que sostiene
por su vocación histórica, su acción en el
mundo y el ideal temporal que ella misma persigue son una de las
mayores esperanzas de esta civilización verdaderamente
humana y verdaderamente universal de esta cristiandad para
denominarla con su nombre cristiano , cuya vida y tradición
perdurables se renuevan de siglo en siglo como la juventud del
águila en una nueva floración de la misma, con claridad
u oscuramente aspiran hacia esto hoy día todos los hombres
de buena voluntad.
Santo Padre,
si nunca antes un Embajador de una gran nación se ha dirigido
a Vuestra Santidad para pedirle ayuda en su alta misión,
yo lo hago hoy con emoción del corazón que no trato
de disimular y con un fervor y confianza particularmente vivos.
Me veo impulsado al mismo tiempo por mi filial veneración
al Soberano Pontífice y por la conciencia de mis responsabilidades.
Con estos
sentimientos profundos de fervor y confianza Inauguro mis funciones,
entregando a Vuestra Santidad las cartas del Presidente del Gobierno
Provisional de la República Francesa que me acreditan ante
Ella en calidad de Embajador Extraordinario y Plenipotenciario.