Señor
Embajador:
Con viva satisfacción
hemos acogido el deseo expresado por el señor General De
Gaulle, Presidente del Gobierno provisional de la República
francesa, de "no interrumpir las óptimas relaciones
que vinculan a Francia y la Santa Sede".
La misión
confiada a Ud. para continuarlas se abre en un tiempo tormentoso,
durante una de las crisis que anteceden a horas decisivas de la
historia.
Ciertamente
debemos alegrarnos todos porque hemos llegado a ver a Europa en
el final de una guerra de titanes para la cual los pueblos han
sacrificado en el más alto grado sus energías físicas
y morales. Pero aún estamos lejos de la atmósfera
serena en cuyo seno debería no solamente completarse la
liquidación del conflicto en los planos económico
y político, sino también prepararse a la nueva organización
del mundo, particularmente lejos de la tranquillitas magna
de los espíritus, de donde la humanidad espera después
de la tormenta, como fruto de sus esfuerzos y de sus penas, una
paz sabia y justa.
Es demasiado
esencial y precioso el papel que corresponde a Francia en el establecimiento
de un orden pacífico tanto en el continente europeo
como en la gran comunidad de las naciones para que dejemos
de augurarle ardientemente su salida de la ruina en que la precipitara
la guerra y que eleve nuevamente su voz en la elaboración
de una nueva Europa, en la restauración de la cultura cristiana
de acuerdo con la doctrina social católica.
Funestas experiencias,
primero la de una trágica evolución política
de postguerra y después la marea ascendente de las ideas
de dominio y violencia, pusieron a Francia en mala situación;
sufrió tanto, que en la hora actual y en todos los grados
de la escala social, los espíritus reflexivos y conscientes
de sus responsabilidades repudian con mayor horror que nunca la
idolatría de la fuerza.
Cuanto pueda
hacerse para desembocar en el arrepentimiento, que conduzca hacia
una colaboración pacífica de los movimientos dominados
por este espíritu violento, la Iglesia, y en particular
su autoridad suprema, lo ha hecho, y no dudamos que la historia,
imparcial y serena sabrá reconocerlo. Pero cuántas
lágrimas se hubieran ahorrado, si quienes hoy contemplan
espantados las consecuencias de sus errores, hubieran querido
escuchar a la Iglesia, cuando les advirtió que sus sueños
ambiciosos y de grandeza les llevaban por un camino de tinieblas
y del abismo.
Es en este
momento de crisis y responsabilidades, Señor Embajador,
cuando el Jefe del Gobierno os ha confiado la función de
representar a vuestro país ante la Santa Sede. Apreciamos
y saludamos en Vuestra Excelencia a un hombre que, haciendo abierta
profesión de su fe católica y de su culto por la
filosofía del Doctor Común, pone a disposición
sus ricas cualidades al servicio de los grandes principios doctrinales
y morales que, sobre todo en estos tiempos de universal desorden,
la Iglesia no cesa de inculcar en el mundo. Y nos complace ver
en la elección de vuestra persona para la misión
que hoy iniciáis, la prueba de quienes os la han confiado,
que entienden perfectamente que en la obra de restauración
de Francia y de Europa, promueven los beneficios que derivan de
las buenas relaciones entre Iglesia y Estado.
No podemos
menos de formular nuestra esperanza en los órganos llamados
a constituir la nueva Francia que serán un aporte de afirmación
de estas confiadas relaciones, sobre todo en el sagrado terreno
de la enseñanza y educación cristiana de la juventud,
de franca claridad y de sincera comprensión que constituyen
uno de los primeros deberes de toda sabia y clarividente política. Ud. mismo recordaba Señor Embajador era antes de
la exposición de la guerra , una palabra del venerable
y recordado Cardenal Verdier.
Hablaba él
de "este nuevo eje de civilización que Francia
debe establecer con la Iglesia" ('El Crepúsculo
de la Civilización', pág. 30). Nada más
espontáneo para nos que esta invitación para hacer
compatible desde nuestro cargo que preparar la realización
de este deseo del gran Cardenal, de este hijo modelo de su Patria.
Entre las nobles aspiraciones de una humanidad deseosa del progreso
social y las enseñanzas de la fe cristiana, no podría
haber tensión u oposición, sino en el caso de que
la ignorancia, el prejuicio o la pasión se interpusieran
con el ánimo de romper el lazo de una concordia querida
por Dios.
Nos, que hemos
palpitado en nuestro interior con los indecibles dolores del pueblo
de Francia durante estos años de guerra, que hemos llorado
sobre las innumerables tumbas de sus hijos e hijas, sobre su interminable
cautiverio y su dura servidumbre, ¿cómo no vamos
a alegrarnos hoy al verla, a pesar de todas sus heridas, ponerse
en pie para remontar los arduos obstáculos y prepararse
a un porvenir digno de ella?
Confiando
en la protección de la Santísima Virgen María,
en la de Santa Juana de Arco cuyo sueño era ver una Francia
fuerte, libre y piadosa que viviera en paz y amistad con los pueblos
vecinos, en la Santa Teresa del Niño Jesús a quien
hace poco hemos propuesto junto a los anteriores como patrona
de Francia, con la intercesión de tantos santos que emergieron
de la más pura sangre de Francia, que trabajaron, lucharon
y sufrieron para extender por el mundo el reino de Dios, no podemos
tener otro anhelo que el de ver a la hija mayor de la Iglesia,
grande, próspera, unida en la verdad y en la justicia,
cumpliendo el papel en la renovación espiritual y temporal
de un mundo tan profundamente quebrantado. Ruego a Ud. sea portador
de estos votos al valiente Jefe del Gobierno provisional de vuestra
noble y entrañable Patria.
En cuanto
a Ud., tenga la certeza, Señor Embajador, que en el cumplimiento
de su alta misión, Vuestra Excelencia encontrará
siempre de nuestra parte el apoyo más pronto y caluroso.