JACQUES MARITAIN, EMBAJADOR


Discurso de S. S. Pío XII al profesor Jacques Maritain con motivo de la presentación de sus Cartas Credenciales.

10 de Mayo de 1945

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Presentación de Credenciales
Discurso de J. Maritain
Presentación de Credenciales
Discurso de S.S. Pio XII
Jacques Maritain, Embajador
Sergio Fernández Aguayo

 

Señor Embajador:

Con viva satisfacción hemos acogido el deseo expresado por el señor General De Gaulle, Presidente del Gobierno provisional de la República francesa, de "no interrumpir las óptimas relaciones que vinculan a Francia y la Santa Sede".

La misión confiada a Ud. para continuarlas se abre en un tiempo tormentoso, durante una de las crisis que anteceden a horas decisivas de la historia.

Ciertamente debemos alegrarnos todos porque hemos llegado a ver a Europa en el final de una guerra de titanes para la cual los pueblos han sacrificado en el más alto grado sus energías físicas y morales. Pero aún estamos lejos de la atmósfera serena en cuyo seno debería no solamente completarse la liquidación del conflicto en los planos económico y político, sino también prepararse a la nueva organización del mundo, particularmente lejos de la “tranquillitas magna” de los espíritus, de donde la humanidad espera después de la tormenta, como fruto de sus esfuerzos y de sus penas, una paz sabia y justa.

Es demasiado esencial y precioso el papel que corresponde a Francia en el establecimiento de un orden pacífico – tanto en el continente europeo como en la gran comunidad de las naciones – para que dejemos de augurarle ardientemente su salida de la ruina en que la precipitara la guerra y que eleve nuevamente su voz en la elaboración de una nueva Europa, en la restauración de la cultura cristiana de acuerdo con la doctrina social católica.

Funestas experiencias, primero la de una trágica evolución política de postguerra y después la marea ascendente de las ideas de dominio y violencia, pusieron a Francia en mala situación; sufrió tanto, que en la hora actual y en todos los grados de la escala social, los espíritus reflexivos y conscientes de sus responsabilidades repudian con mayor horror que nunca la idolatría de la fuerza.

Cuanto pueda hacerse para desembocar en el arrepentimiento, que conduzca hacia una colaboración pacífica de los movimientos dominados por este espíritu violento, la Iglesia, y en particular su autoridad suprema, lo ha hecho, y no dudamos que la historia, imparcial y serena sabrá reconocerlo. Pero cuántas lágrimas se hubieran ahorrado, si quienes hoy contemplan espantados las consecuencias de sus errores, hubieran querido escuchar a la Iglesia, cuando les advirtió que sus sueños ambiciosos y de grandeza les llevaban por un camino de tinieblas y del abismo.

Es en este momento de crisis y responsabilidades, Señor Embajador, cuando el Jefe del Gobierno os ha confiado la función de representar a vuestro país ante la Santa Sede. Apreciamos y saludamos en Vuestra Excelencia a un hombre que, haciendo abierta profesión de su fe católica y de su culto por la filosofía del Doctor Común, pone a disposición sus ricas cualidades al servicio de los grandes principios doctrinales y morales que, sobre todo en estos tiempos de universal desorden, la Iglesia no cesa de inculcar en el mundo. Y nos complace ver en la elección de vuestra persona para la misión que hoy iniciáis, la prueba de quienes os la han confiado, que entienden perfectamente que en la obra de restauración de Francia y de Europa, promueven los beneficios que derivan de las buenas relaciones entre Iglesia y Estado.

No podemos menos de formular nuestra esperanza en los órganos llamados a constituir la nueva Francia que serán un aporte de afirmación de estas confiadas relaciones, sobre todo en el sagrado terreno de la enseñanza y educación cristiana de la juventud, de franca claridad y de sincera comprensión que constituyen uno de los primeros deberes de toda sabia y clarividente política. Ud. mismo recordaba Señor Embajador – era antes de la exposición de la guerra –, una palabra del venerable y recordado Cardenal Verdier.

Hablaba él de "este nuevo eje de civilización que Francia debe establecer con la Iglesia" ('El Crepúsculo de la Civilización', pág. 30). Nada más espontáneo para nos que esta invitación para hacer compatible desde nuestro cargo que preparar la realización de este deseo del gran Cardenal, de este hijo modelo de su Patria. Entre las nobles aspiraciones de una humanidad deseosa del progreso social y las enseñanzas de la fe cristiana, no podría haber tensión u oposición, sino en el caso de que la ignorancia, el prejuicio o la pasión se interpusieran con el ánimo de romper el lazo de una concordia querida por Dios.

Nos, que hemos palpitado en nuestro interior con los indecibles dolores del pueblo de Francia durante estos años de guerra, que hemos llorado sobre las innumerables tumbas de sus hijos e hijas, sobre su interminable cautiverio y su dura servidumbre, ¿cómo no vamos a alegrarnos hoy al verla, a pesar de todas sus heridas, ponerse en pie para remontar los arduos obstáculos y prepararse a un porvenir digno de ella?

Confiando en la protección de la Santísima Virgen María, en la de Santa Juana de Arco cuyo sueño era ver una Francia fuerte, libre y piadosa que viviera en paz y amistad con los pueblos vecinos, en la Santa Teresa del Niño Jesús a quien hace poco hemos propuesto junto a los anteriores como patrona de Francia, con la intercesión de tantos santos que emergieron de la más pura sangre de Francia, que trabajaron, lucharon y sufrieron para extender por el mundo el reino de Dios, no podemos tener otro anhelo que el de ver a la hija mayor de la Iglesia, grande, próspera, unida en la verdad y en la justicia, cumpliendo el papel en la renovación espiritual y temporal de un mundo tan profundamente quebrantado. Ruego a Ud. sea portador de estos votos al valiente Jefe del Gobierno provisional de vuestra noble y entrañable Patria.

En cuanto a Ud., tenga la certeza, Señor Embajador, que en el cumplimiento de su alta misión, Vuestra Excelencia encontrará siempre de nuestra parte el apoyo más pronto y caluroso.