La obra de Jacques Maritain (1882-1973) fue muy amplia, abarcó materias metafísicas, epistemológicas, sobre filosofía de la naturaleza y de la política, sobre arte y educación, de manera que los aspectos internacionales de su pensamiento y su propia labor diplomática son menos conocidos.
El hecho que su más importante trabajo sobre política, El Hombre y el Estado, hayan sido elaborados en los años 40 del siglo pasado, durante la terrible prueba que fue la guerra mundial, contribuye también a que sea visto hoy día como un hombre del pasado. Sin embargo, el libro citado circula actualmente y es traducido y reeditado constantemente. Por otra parte, la publicación en 1986 de sus obras completas ha permitido a los estudiosos un acceso muy amplio a todos los aspectos de su trabajo intelectual.
Es verdad que desde el tiempo de Maritain a nuestra época la teoría democrática ha recorrido un largo camino, y no sabemos cómo habría reaccionado el filósofo francés, a los desafíos de nuestra época. Pero reflexionar sobre los temas del presente a la luz del pensamiento maritainiano sigue teniendo para muchos un sentido inspirador.
Maritain no fue un filósofo localista, centrado en los temas que preocupaban a su entorno más inmediato. Su visión de los temas internacionales fue muy aguda. Su conciencia internacionalista estuvo relacionada sin duda a lo que fue su vida misma. Educado por su madre en el protestantismo liberal, encontró en La Sorbona, a una rusa exiliada Raissa Oumancoff (1883-1960), quien lo acompaño a lo largo de toda su vida. Ambos estudiantes de ciencias naturales y Jacques también de filosofía, viven insatisfechos del cientificismo de sus profesores, y encuentran en E. Bergson una ayuda en su búsqueda intelectual y en L. Bloy un apoyo espiritual, que los lleva a su conversión al catolicismo en 1906.
Los dos jóvenes van luego a Alemania a la Universidad de Heidelberg, donde se inicia en Jacques un interés especial por la filosofía de la naturaleza. De regreso en Francia, Maritain se integra al Instituto Católico de Paris, donde funda el Círculo Tomista, que convoca entre 1922 y 1937 convenciones anuales que reúnen profesores de Suiza, Inglaterra y Bélgica, además de los franceses.
Durante esa época Jacques se convierte en un especialista en la filosofía tomista, pero no se queda en el mero comentario del pensamiento de llamado Doctor Angélico, sino que busca en los conceptos básicos del tomismo una forma de esclarecer los problemas de su época. Deduce por ejemplo del concepto de analogía de Sto. Tomás toda una filosofía de la historia. Ofrece numerosas conferencias en toda Europa y es llamado por E. Gilson a dar un curso de filosofía en Canadá.
Entre Julio y Noviembre de 1936 realiza un largo viaje a Sud América donde dicta conferencias en Río de Janeiro, Buenos Aires, Córdoba, Rosario y Montevideo. No alcanza a Chile, a pesar de que su pensamiento ha tenido en nuestro país especial repercusión.
Durante la II Guerra Mundial se exilia en EE.UU. donde funda en Nueva York, con otros intelectuales exiliados, la Escuela Libre de Altos Estudios. Entre 1941 y 1944 Maritain trasmite numerosos mensajes radiofónicos desde N. York, en los que contradice los puntos de vista del gobierno francés de Vichy, sometido a los alemanes, pero sin adherir del todo al movimiento gaullista de la Francia Libre. Después del conflicto, sin embargo, el General de Gaulle lo nombre Embajador de Francia ante la Santa Sede (1945-1948), cargo que acepta con reticencia pues lo apartaba de su obra propiamente filosófica. En Roma funda el Centro Cultural San Luís de Francia, que hasta hoy se mantiene en actividad.
Finalizada su misión diplomática, regresa a los EE.UU. integrándose como profesor en las Universidades de Princeton y Notre Dame, relacionándose con numerosos académicos, artistas e intelectuales. En 1960 a la muerte de Raissa, su compañera de toda una vida en inquietudes espirituales y trabajo intelectual, regresa a Francia y se retira a vivir con los Pequeños Hermanos de Jesús, en Toulouse. Desde allí sigue a distancia los trabajos de Concilio Vaticano II y mantiene hasta su muerte una nutrida correspondencia con personajes de los más diversos ámbitos intelectuales, políticos y religiosos.
Esta sucinta biografía explica en parte la influencia de Maritain en la cultura, la política y los asuntos internacionales del s. XX. Su pensamiento se conoció y discutió en los principales centros intelectuales y religiosos europeos, enseñó en los EE.UU. y su influencia se hizo notar en América Latina. Se pronunció sobre la guerra civil española y luchó con sus armas intelectuales y morales en la II guerra mundial. Impulsó la reconciliación entre la democracia y la Iglesia en los años de Pío XII e influyó en el Concilio Vaticano II. Tanto sus libros como su correspondencia son estudiados aún hoy con interés.
Se conoce menos, sin embargo, su aporte a las relaciones internacionales y, especialmente, su papel como embajador, en un período excepcionalmente importante de la post guerra, en que era necesario impulsar la reorganización de Europa, dar forma a la nueva Organización de Naciones Unidas, y enfrentar la problemática del pueblo alemán después del nazismo.
Su misión diplomática.-
Maritain presentó sus Cartas Credenciales el 10 de Mayo de 1945. Reemplazaba al diplomático francés Hubert Guérin, Desde el inicio oficial de su misión, quedó clara la especial condición del embajador francés, y que el Vaticano lo consideraba como un interlocutor especialmente válido.
Maritain se presentó haciendo mención a que su gobierno - en días en que el mundo emergía dolorosamente de la más atroz de las guerras - había elegido para representar a Francia, a un filósofo católico, pero acto seguido dejó constancia que no sería solamente la Francia católica la que sería representada por dicho filósofo, “sino la Francia en su totalidad con las diversidades internas que surgen de su pasado y se reúnen en su comunidad nacional”, y aludió a las dificultades que enfrentaba su país durante la post guerra, señalando que frente a los nuevos desafíos “las armas del espíritu, aplicadas a la reconstrucción nacional, serían las más necesarias”.
Pío XII lo acogió con palabras desusadas, en relación con la persona de los representantes diplomáticos que se reciben en el Vaticano. “Nos apreciamos y saludamos en V.E. – le expresó el Pontífice - al hombre que profesando abiertamente su fe católica y su culto hacia la filosofía de Santo Tomás, quiere poner sus preciosas cualidades al servicio de los grandes principios morales y doctrinarios que la Iglesia, mas que nunca en estos tiempos de desconcierto universal, no ceja de inculcar al mundo”.
Pío XII recordó en esa ocasión algunas palabras del Cardenal Verdier, referidas a “aquel nuevo eje de civilización que Francia está llamada a formar con la Iglesia”, aludidas por Maritain en “El Crepúsculo de la Civilización”, texto escrito antes del conflicto mundial. El Papa quería entender y dejaba constancia que la elección del representante francés significaba la intención de la República Francesa de promover la mejor relación entre la Iglesia y el Estado.
Era muy necesario, dado que durante la guerra la Iglesia francesa se había debatido entre la colaboración con el Gobierno de Petain y el apoyo espiritual a los resistentes. El nuevo gobierno francés había demandado a Pío XII la dimisión de 24 obispos, de los cuales tres eran cardenales, por sus eventuales compromisos con el gobierno de Vichy. El Nuncio en Paris había logrado limitar las renuncias a dos o tres casos. En Enero de 1945 el nuevo embajador podía celebrar que en un Consistorio reciente el Papa ya había creado 32 nuevos cardenales, entre ellos tres franceses, lo que llevaba a siete los miembros franceses del Colegio Cardenalicio. Poco después Maritain acogía con entusiasmo en la sede de su embajada a otro nuevo cardenal, Mons. Saliege, Arzobispo de Toulsouse, quien según Maritain había “mantenido la libertad del Evangelio y el alma y honor de Francia frente al opresor”. En verdad, había sido el Jefe espiritual de la resistencia.
Se recuerda al embajador Maritain como un diplomática de la acción discreta, prudente y continua, capaz de crear una atmósfera de confianza y de amistad en su entorno. Su residencia en Roma estaba siempre abierta a sus amigos de diversas latitudes, entre los que se contaban muchos latinoamericanos. El redactor de estas notas recibió directamente de uno de sus visitantes de esa época, Domingo Santa María Santa Cruz , que llegó a Roma con una carta especial de presentación de Eduardo Frei Montalva, sus recuerdos e impresiones sobre la acogida cálida y transparente que ofrecía el matrimonio Maritain en su residencia romana.
También estuvo allí el Padre Hurtado, hoy San Alberto, junto con Mons. Manuel Larraín. El jesuita consigna en sus apuntes de Octubre de 1947: “En Roma conversaba largamente con el Embajador de Francia, quien me decía: la crisis del mundo es ante todo espiritual: solo se superará por la vuelta atrás a la vida de contemplación”.
Pero sin duda no se limitó a orientar a sus asiduas visitas, a tramitar los asuntos ordinarios de la misión y a trasmitir los puntos de vista del Quai d´Orsay al Vaticano y viceversa. En diversas ocasiones durante los tres años de su trabajo en Roma se empeñó en elaborar propuestas políticas y resolver problemas diplomáticos urgentes. Se desempeñaba como Ministro de Relaciones Exteriores en la época, George Bidault, dirigente del MRP, partido de orientación social cristiana, probablemente mas abierto a las sugerencias del filósofo católico.
Una de sus iniciativas, ampliamente discutida en el Quai d´Orsay, fue la propuesta de internacionalización del Estatuto del Vaticano, con el objeto de sustituir el tratado de 1929 entre la República de Italia y la Santa Sede, que había creado la Ciudad del Vaticano, para otorgar una garantía internacional de las grandes potencias que protegiera los intereses universales de la Iglesia romana.
Maritain actuó siempre con prudencia, pero mostrando una gran independencia de criterio. Es que tenía conciencia de ser un filósofo y del rol que a éstos compete en la sociedad. Ya en 1935 había escrito su “Carta sobre la independencia”, en la que precisa la actitud del filósofo frente a la historia. “No existe solo la filosofía especulativa, hay también una filosofía práctica, y creo que ésta debe descender hasta el límite extremo en que la conciencia filosófica toca la acción”. (OO.CC., VI, 255)
El lugar del filósofo está fuera de los partidos, cualquiera que sean, su independencia frente a la acción política inmediata debe resguardarse, ya que ésta exige una parte considerable de técnica y de arte. Pero su independencia es todo lo contrario de la evasión o de la fuga, porque “el filósofo tiene utilidad para los hombres si permanece como tal”. (OO.CC. VI, 257)
Durante su estadía en Roma, Maritain continuó dictando numerosas conferencias, y no siempre es fácil distinguir en sus diversas intervenciones públicas de esa época, cuando lo hacía en su carácter oficial de Embajador de la República Francesa, o cuando se expresaba como un filósofo cristiano invitado a exponer su pensamiento en diversas publicaciones o ante amplios auditorios.
El 14 de Julio de 1945, en su calidad de embajador, pronuncia en el Palacio Taverne, su residencia oficial, un discurso particularmente significativo. Recuerda en esa ocasión una exposición suya pronunciada en Nueva York, dos años antes y en la misma fecha, en la que se refirió “al cruel malentendido que desde mucho tiempo ha atormentado la conciencia francesa, que se debate entre una tradición cristiana muy seguido confundida con una política reaccionaria, y una tradición revolucionaria demasiado seguido confundida con una filosofía destructora de la vida”.
En la ocasión titulo su discurso “Bien común nacional y bien común internacional”. Se puede constatar – afirmó – que lo corriente en el vasto mundo es que cada uno no piense realmente más que en el bien de su propio país. Y subrayó como todos los pueblos están llamados a preocuparse también del bienestar de los demás pueblos.
“No habrá verdaderamente una sociedad de naciones sino cuando los ciudadanos de cada país se sientan implicados, no digo en el mismo grado, pero sí del mismo modo, en el esfuerzo de los otros países en realizar su tarea aquí abajo hacia el progreso de la vida humana, como en el esfuerzo de su propio país hacia ese mismo fin” (OO.CC. VIII, 1113)
En el mismo año, en su artículo “El rol del principio pluralista en democracia” en The Nation 21.4.45, sostiene que no es posible encontrar una unidad ideológica teórica común como fundamento de la democracia. “La razón se ha demostrado más incapaz que la fe en asegurar la unidad espiritual de la humanidad, y el sueño de que un credo científico pueda unir a los hombres en la paz por medio de convicciones comunes que resguardarían los fines y principios fundamentales de la vida humana y de la sociedad, se ha disuelto en la catástrofe contemporánea” (00.CC., IX, 420,421). La democracia es pluralista y no exige una unidad doctrinal, sino únicamente una convergencia en el acuerdo práctico sobre algunos principios que constituyen el Credo civil de la libertad.
En 1946 Maritain ofreció una conferencia en el Angélicum de Roma, sobre “Cooperación filosófica y justicia intelectual”, texto fundamental para comprender el sentido del pluralismo en filosofía. Para resguardar el respeto de la justicia intelectual, es preciso distinguir entre la persona del filósofo y los sistemas filosóficos.
Considerando la incompatibilidad de sistemas filosóficos, se debe respetar la persona e intentar liberar en el sistema de otros aquella parte de verdad que es compatible con el sistema propio, considerando la advertencia que “la justicia intelectual que debemos a los filósofos, que son nuestros compañeros, la debemos primero que nada a la verdad” (OO.CC. IX, 293)
Para fundamentar los DD.HH.
Durante el año 1947 la UNESCO, comprometida por el Comité Económico y Social de la ONU a preparar una Declaración Universal de los Derechos del Hombre, invitó a intelectuales de diversas culturas del mundo a interrogarse sobre el significado y la posibilidad de un acuerdo respecto a los derechos humanos. Maritain respondió con un texto titulados “Sobre la filosofía de los derechos humanos”, que se publicó en el United Nation Weekly, III N° 21, 18-11.47, pp. 672-574. Allí afirmaba que éstos son por naturaleza derechos que “la comunidad civil no debe acordar sino reconocer y sancionar como universalmente válidos y que ninguna consideración de utilidad social podría, ni aún transitoriamente, abolir o autorizar su infracción”.
Maritain destaca sin embargo que la sociedad familiar es anterior a la sociedad civil o al Estado, y afirma que una carta de derechos debería completarse con una declaración de deberes. Por último precisa que algunos derechos, como la libertad de expresión, de enseñanza, de asociación, no son derechos absolutos, porque están condicionados al bien común.
En un discurso sobre “Las civilizaciones humanas y el rol de los cristianos” dirigido en Roma el 11 de Abril de ese mismo año, al Movimiento Internacional de Intelectuales católicos de Pax Romana, Maritain explica como el cristianismo, al trascender todas las culturas y las civilizaciones, está en condiciones de comprender y animar las tradiciones de todos los pueblos, si los cristianos se empeñan en testimoniar el Evangelio del amor. “En el trabajo de análisis y de comprensión de la psicología, de la cultura, de la espiritualidad, de la personalidad moral de los pueblos, estamos en condiciones de ver con claridad y penetrar en profundidad, solo si la inteligencia es guiada e iluminada por el amor” (OO.CC. XVI, 142)
Es significativo que el Concilio Vaticano II en su Constitución más relevante para la sociedad, recoja el sentir del filósofo en esta materia. “En razón de su misión y naturaleza, la Iglesia no está ligada a ninguna forma particular de cultura, ni a ningún sistema político, económico o social, en virtud de este universalidad, la Iglesia puede ser un lazo muy estrecho entre las diversas comunidades humanas y entre las diferentes naciones”. (Gaudium et Spes, 42)
El Gobierno francés había encargado al patriarca socialista Leon Blum encabezar la delegación francesa a la Segunda Conferencia General de la UNESCO, en ciudad de México, pero luego se pidió al embajador Maritain que lo reemplazara. Le correspondió entonces el discurso inaugural como Presidente de la Conferencia, que tituló “Los caminos de la paz”. En la ocasión sostuvo que para resolver los problemas de la post guerra se necesitaba una organización supranacional de los pueblos, haciendo ver que personas y pueblos divididos por convicciones ideológicas diversas podían colaborar en un común compromiso práctico, porque no se trataba de forjar un acuerdo sobre un común pensamiento especulativo, sino de encontrar “un mismo conjunto de condiciones que dirijan la acción”.
El filósofo precisa que la finalidad de la UNESCO es una finalidad práctica de resguardar la paz en el mundo a través de una entente entre los pueblos y la promoción de la ciencia, la educación y la cultura. La paz del mundo no depende solo de acuerdos políticos o económicos, y tampoco de la constitución de un organismo supranacional, sino de la adhesión de los hombres a “principios prácticos comunes” (principalmente los derechos humanos reconocidos).
Maritain concluye: “Estoy convencido que mi manera de justificar la fe en los derechos humanos y en el ideal de libertad, de igualdad y de fraternidad, es el único fundado solidamente en la verdad. Esto no me impide estar de acuerdo en esta convicción práctica con aquellos que están persuadidos que su modo de justificarlos – del todo diverso del mío y opuesto al mío en su dinamismo teórico - es igualmente el único fundado en la verdad. Pues creyendo ambos, un cristiano y un racionalista, en la carta democrática, no encontrarán sin embargo justificación teórica que genere una incompatibilidad práctica entre ellos. ¡Y Dios me guarde bien de decir que no importa saber cual de ellos tiene la razón! ¡Importa esencialmente¡ Sostengo que sobre la afirmación práctica de esta carta, se encontrarán de acuerdo y podrán formular juntos comunes principios de acción. (OO.CC. IX, 159)
Hay que entender el discurso de Maritain como una respuesta a un texto de Julian Huxley, entonces Director General de la UNESCO, que eludía enfrentar puntos de vista religiosos y promovía una visión diferente en materia de derechos. Después de la intervención del filósofo francés, en la Comisión de la UNESCO se comienza a hablar de cooperación entre los hombres de distintas visiones religiosas, en tareas prácticas que deben llevarse a cabo. “La orientación dada por el Jefe de la delegación francesa fue en definitiva aceptada por todos”, según consigna el Embajador R. Seydoux. (“J.Maritain en México”, en Cuadernos J.Maritain N° 10, Oct. 1948 p. 27)
En Diciembre de 1948 la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó el texto de la Declaración Universal de los DD.HH. Si bien fue un compendio de las declaraciones precedentes, contenía innovaciones importantes. Se puede afirmar que el nombre de Maritain está asociado a la Declaración junto a los de René Cassin y Eleonor Roosvelt.
El propio Maritain ya anciano, reconoció en carta al profesor español Peces-Barba Martínez, quien preparaba una tesis sobre la influencia del filósofo en nuestro tiempo, que “según algunas personas mi concepción de la ley natural habría ejercido cierta influencia en la redacción de la Declaración Universal”. Sin embargo agregaba, alejado de toda vanagloria, “pero no se si es del todo exacto”. (OO.CC., XIII, 1234-38)
La cuestión alemana.-
Otro tema importante que el Vaticano enfrentó durante los años de la post guerra, y el Embajador Maritain debió analizar, se vincula al trato que debía darse a la Alemania derrotada. La Santa Sede se había ocupado muy pronto de restablecer relaciones diplomáticas normales con todo ese país, evitando así acreditar un Nuncio en la sola Alemania Occidental. Asimismo procuraba influir en la discusión de los gobiernos aliados acerca del rol que podía jugar una Alemania unida y fuerte, capaz de colaborar con los países occidentales en un eventual conflicto con los países comunistas. También la Curia Vaticana procuró dar continuidad y validez al Concordato de 1933 con Alemania, a pesar de haber sido estipulado con el gobierno nazi, a fin de poder ayudar mejor a la población alemana.
La correspondencia regular entre el Embajador Maritain y Paris da cuenta de todas estas situaciones, pero el filósofo-embajador agrega una cuarta cuestión, más filosófica que política, a saber la eventual “responsabilidad colectiva” del pueblo alemán por los crímenes cometidos por el nazismo durante la guerra.
Maritain afirmaba en aquellos años la necesidad de una “sanación espiritual” de Europa, para lo cual veía como necesario un acto de arrepentimiento. Antes y durante la guerra había denunciado en muchas ocasiones la política agresiva de Hitler, el carácter totalitario de régimen nazi y la persecución antisemita. Siempre, sin embargo, había distinguido y separado la culpa del régimen nazista de la responsabilidad colectiva del pueblo alemán.
En un discurso oficial, el 1° de Enero de 1947, Maritain se refiere al tema de la sanación espiritual de Europa y señala que “la reconstrucción moral del pueblo alemán - que deseamos todos los que nos ocupamos del porvenir de la civilización – no es posible si no comienza por un acto interior de la conciencia, confesando francamente para repudiarlos, los crímenes contra la humanidad, de los que cada alemán en particular no es culpable, pero sí la comunidad de la que forman parte”.
Puede afirmarse que el filósofo cristiano sabía distinguir la vida interior de las personas, sus estados de conciencia, de las soluciones política de los problemas colectivos. En este último sentido, el filósofo promovía una solución federal para Europa e incluso para Alemania apuntando a una unión más económica y cultural, que política y gubernativa.
En su texto “Sobre la justicia política” (OO.CC. VII, 285-287) Maritain reconocía que sin el aporte de la colaboración alemana no habría paz ni civilización europea. Y afirmaba que “una Europa Federal es inconcebible sin una Alemania federal, y una Alemania federal imposible sin una Europa federal”.
Estas disquisiciones ya superadas por la realidad, deben analizarse en la perspectiva del tiempo que vivía Europa y el mundo, en la inmediata post guerra. Sirven para calibrar el compromiso del filósofo-embajador con sus criterios de fondo, de profundo sentido espiritual, y las soluciones políticas que avizoraba para la humanidad.
En 1948 Maritain renuncia a su función diplomática, para retomar su labor académica en Princeton. Lo reemplazaría pronto el embajador W. d’ Ormesson. En su último despacho al Quai d’ Orsay, al terminar su misión, el 14 de Julio de ese año, informa ampliamente sobre la Curia Romana, y no deja de aludir al Pontífice ante quien había ejercido sus funciones diplomáticas, Pio XII, para quien el tratamiento de la cuestión alemana fue también un caso de conciencia.
Filósofo y embajador.-
No es común que se desempeñen como embajadores filósofos de larga trayectoria académica y reconocido trabajo intelectual. El propio Maritain, con ocasión de la Fiesta Nacional del 14 de Julio del 45 decía a sus invitados: “Los discursos oficiales no son mi fuerte, y temo siempre dejarme llevar por mi costumbre de filósofo e imponerles el aburrimiento de consideraciones demasiado abstractas”.
Naturalmente la carrera diplomática difícilmente acoge a personas con una vocación tan distinta. En el caso que nos ocupa, los trastornos de todo tipo que significó la guerra para todas las cancillerías europeas, provocó la necesidad de recurrir a personas que no estaban contaminadas por las orientaciones ideológicas que habían campeado sin contrapeso en algunas diplomacias, especialmente en los equipos internacionales de los gobiernos de Berlín y Vichy.
Por otra parte, la representación diplomática ante la Santa Sede exige a sus actores características en cierta forma distintas de las necesarias para desempeñarse ante un país u organismo internacional. En el Vaticano no se discuten intereses nacionales ni cuestiones de poder. Los temas que allí priman son de otro carácter. La libertad religiosa, las cuestiones humanitarias, la paz del mundo están siempre implicadas.
De allí que la designación por Charles de Gaulle del filosofo francés no debe extrañar. Por lo demás, en la época en que Maritain representaba a su país en la Santa Sede, ésta había designado como Nuncio en Paris a Mons. Roncalli, el futuro Papa Juan XXIII. Ambas partes escogían con especial cuidado a sus representantes.
A Maritain le correspondió desempeñarse en Roma en un momento particularmente difícil, su país estaba destruido por la guerra y la victoria de los aliados no traía la garantía de una paz definitiva. Por el contrario, las relaciones soviético-norteamericanas anunciaban lo que sería la posterior guerra fría y las primeras bombas atómicas lanzadas sobre Japón facilitaban prever un futuro oscuro. Sin embargo, su labor demostraría que un embajador puede sostener apreciaciones muy realistas y coincidentes, al mismo tiempo, con una posición personal de máxima esperanza. Aunque “no corresponde ni a un filósofo ni a un embajador conjeturar sobre el futuro” como el propio Maritain aceptaba.
Por otra parte, su trabajo intelectual durante su representación ante la Santa Sede permite apreciar como la filosofía, cuando piensa sobre la historia, la política y el hombre mismo, en su peregrinar por este mundo, no es tan ajena a los desafíos de la diplomacia, en un lugar como Roma.
Obras Completas de Jacques y Raissa Maritan, Editions Universitaires, Fribourg, Suisse; Editions Saint-Paul, Paris, 1986, XV volúmenes.
Ver “Le choix de Dieu”, Mons. Jean-Marie Lustiger, France Loisirs, Paris, 1988, Pag. 106.-
Ministro y Embajador de Chile en los años 60.-
Carta aludida en E.Frei M., “Memorias 1911-1934”, Planeta, 1989, Pag. 171.-
Cahiers Jacques Maritain, n.4 bis, Junio, 1982.-