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I.
DESARROLLO DEL PROCESO HUMANISTA
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1.
LA
SECULARIZACIÓN DE LA IMAGEN CRISTIANA DEL HOMBRE
"Todo
gran período de civilización está dominado
por cierta idea peculiar que el hombre se forja del hombre.
"Nuestra
conducta depende de esa imagen tanto como de nuestra propia naturaleza.
Trátase de una imagen que se manifiesta con rasgos nítidos
y brillantes en el espíritu de algunos pensadores representativos
y que, más o menos inconsciente en la mente humana, es sin
embargo lo suficientemente vigorosa como para moldear, de acuerdo
a su propio arquetipo, las estructuras sociales y políticas
características de una época cultural dada.
"En términos generales, la imagen del hombre que reinó
en la cristiandad de la Edad Media se debía a San Pablo y
a San Agustín.
"Esa
imagen quedó desintegrada desde la época del Renacimiento
y de la Reforma y se repartió entre un extremo pesimismo
cristiano, que desesperaba de la naturaleza humana, y un extremo
optimismo cristiano, que contaba más con el esfuerzo del
hombre que con la gracia divina.
"La
imagen del hombre que reinó en los tiempos modernos se debió a Descartes, John Locke, al Iluminismo y a Juan Jacobo Rousseau.
"Aquí nos hallamos frente al proceso de secularización
del hombre cristiano, que se llevó a cabo desde el siglo
XVI en adelante.
"Este proceso no fue, en modo alguno, un proceso puramente
racional. Fue un proceso de secularización de algo consagrado,
elevado por encima de la naturaleza, por Dios, llamado a una perfección
divina, esto es, el hombre del cristianismo.
"Todo
esto significaba sencillamente retraer al hombre a la esfera del
hombre mismo (humanismo antropocéntrico), manteniendo una
apariencia cristiana mientras se reemplazaba el Evangelio por la
razón humana o por la bondad humana, y en tanto se esperaba
de la naturaleza del hombre lo que antes se había esperado
de la virtud de Dios.
"En los albores de los tiempos modernos se le hicieron al hombre
enormes, divinas promesas. Se creía que la ciencia habría
de liberar al hombre y convertirlo en amo y señor de la naturaleza,
y que un progreso automático y necesario lo conduciría
a un reino terrenal de paz, a esa bienaventurada Jerusalén
que nuestras manos construirían al transformar la vida social
y política.
"Ese
sería el Reino del Hombre, en el cual nos convertiríamos
en los supremos gobernantes de nuestra propia historia y cuyos resplandores
alentaron las esperanzas y las energías de los grandes revolucionarios
modernos."
('El
Alcance de la Razón'. [1947]. Emecé
Editores. Buenos Aires. 1959. Página 292)
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2.
EL PROCESO DE SECULARIZACIÓN SIGNIFICÓ
LA PÉRDIDA DE TODAS LAS CERTEZAS DEL SISTEMA CRISTIANO
"En el
vasto proceso de secularización, tuvo lugar una pérdida
progresiva, operada en la ideología moderna, de todas
las certezas que en el sistema cristiano habían dado fundamento
y garantizado la realidad de la imagen del hombre.
"La razón humana perdió su facultad de aprehender
el ser y sólo fue útil para la lectura matemática
de fenómenos sensibles y para la construcción de las
correspondientes técnicas materiales, campo del cual toda
realidad absoluta, toda verdad absoluta y todo valor absoluto están,
por supuesto, desterrados.
"El hombre moderno conocía verdades..., sin conocer
la Verdad. Era capaz de llegar a las verdades relativas y cambiantes
de la ciencia, pero era incapaz y temeroso de alcanzar toda verdad
supratemporal descubierta a través del esfuerzo metafísico
de la razón; incapaz, asimismo, de alcanzar la divina verdad
expresada por el Verbo de Dios.
"El hombre moderno aspiraba a los derechos y a la dignidad
humana..., pero sin Dios, pues su ideología fundaba los
derechos del hombre y la dignidad humana en una voluntad humana
semejante a la divina, e infinitamente autónoma, que cualquier
regla o medición procedente de Otro podría dañar
y destruir.
"El hombre moderno confiaba en la paz y en la fraternidad...,
sin Jesucristo, pues no tenía necesidad de un Redentor,
ya que iba a salvarse a sí mismo, y porque su amor por la
humanidad no tenía necesidad de basarse en la caridad divina.
"El hombre moderno constantemente avanzaba hacia el bien
y hacia la poseción de la tierra..., sin enfrentarse con
el mal que hay en la tierra, pues no cría en la existencia
del mal; el mal era tan sólo una fase imperfecta de la evolución,
que otra fase ulterior habría natural y necesariamente de
trascender.
"El hombre moderno gozaba de la vida humana y reverenciaba
la vida humana, considerándola como algo dotado de infinito
valor..., sin poseer un alma ni conocer el don de sí
mismo, porque el alma era un concepto nada científico, heredado
de los sueños de los hombres primitivos.
"El hombre moderno tenía en el estado burgués
una vida social y política, una vida en común...,
pero sin bien común y sin obra común,
pues el objeto de la vida en común consistía tan solo
en la conservación de la libertad necesaria para gozar de
la propiedad privada, adquirir riquezas y buscar placeres.
"El hombre moderno cría en la libertad..., sin tener
dominio del yo o responsabilidad moral, pues el libre arbitrio
era incompatible con el determinismo científico.
"El hombre moderno creía en la igualdad..., pero
sin justicia, porque también la justicia era una idea
metafísica que había perdido todo fundamento racional.
"El hombre moderno buscaba la felicidad..., pero no tenía
ninguna meta final a la cual tender, ni ningún arquetipo
racional al cual adherirse. La felicidad se convirtió en
el impulso mismo hacia la felicidad, un movimiento ilimitado y de
nivel cada vez más bajo, y cada vez más estancado.
"Y el hombre moderno aspiraba a la democracia..., sin tener
que cumplir ninguna heroica mision de justicia y sin alimentar
el amor fraternal de donde obtener inspiración. La democracia
tendió a convertirse en una encarnación de la soberana
voluntad del pueblo en el mecanismo de un Estado burocrático
cada vez más irresponsable y cada día más apático."
('El
Alcance de la Razón'. [1947]. Emecé
Editores. Buenos Aires. 1959. Página 294)
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3.
EL
SÍNTOMA MÁS ALARMANTE DE LA CRISIS ACTUAL ES LA
PÉRDIDA DE LA FE EN LOS PRINCIPIOS EN QUE SE FUNDA LO QUE
ESTAMOS DEFENDIENDO
"La gigantesca
empresa del hombre cristiano secularizado alcanzó espléndidos
resultados en todas las esferas, menos para el hombre mismo; en
lo tocante al hombre mismo las cosas no salieron bien..., y esto
no ha de sorprendernos. El proceso de secularización del
hombre cristiano atañe sobre todo a la idea del hombre y
a la filosofía de la vida desarrollada en los tiempos modernos.
"En la realidad concreta de la historia humana, se desarrolló
parejamente un proceso de crecimiento y se alcanzaron grandes conquistas
humanas, debidas al movimiento natural de la civilización
y al impulso primitivo (impulso evangélico) enderezado hacia
el ideal democrático.
"Por lo menos, la civilización del siglo XIX permanecíó
cristiana en sus principios reales, aunque fueron olvidados o pasados
por alto; en los restos secularizados contenidos en su misma
idea del hombre y de la civilización; en la libertad religiosa
que esa civilización conservó de buen o mal grado;
hasta en el mismo énfasis que, al hablar sobre la razón
y sobre la grandeza humana, los librepensadores de la época
emplearon como arma contra el cristianismo; y, por fin, en el sentimiento
secularizado que inspiró, a pesar de su ideología
equivocada, mejoras sociales y políticas y las grandes esperanzas
del siglo.
"Pero la escisión operada entre la conducta real de
este mundo cristiano secularizado y los principios morales o espirituales
que le habían dado su significación y su consistencia
interior, principios que llegó a ignorar, fue haciéndose
progresivamente mayor.
"Así el mundo parecía vaciado de sus propios
principios; tendía a convertirse en un universo de palabras,
en universo nominalista, en una masa sin levadura. Vivía
y perduraba por el hábito y la fuerza heredada del pasado,
no por su propio poder. Era un mundo utilitario, su regla suprema
era la utilidad. Pero la utilidad, que no es un medio para lograr
un fin, de ningún modo es útil. Era un mundo capitalista
(en el sentido que tenía esta palabra en el siglo XIX, que
es el auténtico y crudo sentido), y una civilizción
capitalista capacitaba a la iniciativa individual para llevar a
cabo enormes conquistas sobre la naturaleza material.
"A pesar de la ideología equivocada que acabo de describir
y de la imagen defigurada del hombre, vinculada a aquella, nuestra
civilización conserva en su sustancia misma la sagrada herencia
de los valores humanos y divinos, debida a la lucha de nuestros
antepasados por la libertad, a la tradición judeocristiana
y a la antigüedad clásica, herencia que quedó
penosamente debilitada en su eficacia, pero en modo alguno destruída
en sus reservas potenciales.
"El síntoma más alarmante en la crisis
actual consiste en que mientras estamos empeñados en una
lucha a muerte para defender estos valores, con harta frecuencia
hemos perdido la fe y la confianza en los principios en que se funda
lo que estamos defendiendo. Pues lo más frecuente
es que olvidemos los verdaderos y auténticos principios y
porque, al mismo tiempo, sentimos más o menos conscientemente
la debilidad de esa ideología insustancial que, cual un parásito,
se alimentó a expensas de ellos.
('El
Alcance de la Razón'. [1947]. Emecé
Editores. Buenos Aires. 1959. Página 297)
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4.
LOS
GRANDES MOVIMIENTOS REVOLUCIONARIOS ROMPIERON DEFINITIVAMENTE
CON LOS VALORES DEL CRISTIANISMO
"Los
grandes movimientos revolucionarios que reaccionaron contra nuestro
mundo cristiano secularizado hubieron de agravar el mal y llevarlo
a un punto culminante. En efecto, esos movimientos tendían
a romper definitivamente con los valores cristianos. Aquí
se trata de una cuestión tanto de oposición
doctrinaria al cristianismo como de una oposición
existencial a la presencia y acción de Jesucristo en el seno
de la historia humana.
"El caso más puro de esta tendencia es el marxismo.
El marxismo permanece asido a los postulados racionalistas del 'humanismo
antropocéntrico'. El materialismo marxista continúa
siendo racionalista en cuanto sustenta que el movimiento propio
de la materia es un movimiento dialéctico.
"Si el hombre solo y por sí mismo puede lograr su salvación,
luego esta salvación no puede ser sino pura y exclusivamente
temporal y ha de cumplirse sin la intervención de Dios y
aun contra Dios; quiero decir contra todo lo que en el hombre y
en el mundo humano conserve semejanza con Dios, esto es (desde el
punto de vista marxista), semejanza de "enajenación"
y esclavitud.
"Esa salvación exige renunciar a la personalidad, y
que el hombre colectivo se organice en un cuerpo único, cuyo
destino supremo es lograr el dominio de la materia y de la historia
humana.
"¿En qué se convierte pues, aquí, la imagen
del hombre?
"El hombre no es ya la criatura de Dios hecha a su imagen y
semejanza, ni una personalidad que posee libre albedrío y
que es responsable de su destino eterno; ya no es un ser que tiene
derechos y está llamado a conquistar la libertad y a realizarse
en sí mismo en el amor y en la caridad. Es una partícula
del todo social y vive en la conciencia colectiva del todo, de suerte
que su felicidad y su libertad estriban en ponerse al servicio de
la obra del todo. Este todo es en sí mismo un todo económico
e industrial; su obra esencial y primordial consiste en lograr el
dominio industrial de la naturaleza, en beneficio de ese mismo todo,
que es lo único que presenta valor absoluto y que está
por encima de todas las cosas.
"Hay aquí una gran sed de comunión, pero se busca
la comunión en la actividad económica, en la pura
productividad que, considerada como el paraíso y la única
meta auténtica de los esfuerzos humanos, no es sino el mundo
de una razón decapitada, no ya hecha para la verdad, sino
inmersa en una tarea destinada a producir y a dominar toda las cosas.
"La persona humana queda así sacrificada al titanismo
de la industria, que es el dios de la comunidad meramente industrial."
('El
Alcance de la Razón'. [1947]. Emecé
Editores. Buenos Aires. 1959. Página 299)
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5.
EL
MATERIALISMO MODERNO HA DERIVADO EN UN PROCESO ANTIHUMANISTA DE
ANIMALIZACIÓN DE LA IMAGEN DEL HOMBRE
"La
razón racionalista se embriaga con la materia. Pero
al mismo tiempo entra en un proceso de degradación. Y es
así como en la visión del mundo que nos ofrece el
materialismo marxista, el superoptimismo racionalista viene a coincidir,
en muchos aspectos, con otro movimiento debido a una tendencia espiritual
diametralmente opuesta, que podría caracterizarse como una
reacción extrema contra toda clase de racionalismo y humanismo.
"Las raíces de este otro movimiento son pesimistas
y corresponden a un proceso de animalización de la
imagen del hombre, en el cual una metafísica informe
se aprovecha de toda concepción errada y fundada en los datos
científicos y sociológicos, para satisfacer un recóndito
resentimiento contra la razón y la dignidad humana.
"Según esta tendencia mental, el género humano
es sólo una rama, brotada por casualidad, en el árbol
genealógico de los monos; todos nuestros sistemas de ideales
y valores no son sino un epifenómeno de la evolución
social del clan primitivo; o una superestructura ideológica
determinada por los intereses de clase y las ambiciones imperialistas,
estructura que enmascara la lucha por la vida.
"Toda nuestra conducta aparentemente racional y libre, es una
ilusoria apariencia, que emerge del infierno de nuestro inconsciente
y del instinto. Todos nuestros sentimientos y actividades aparentemente
espirituales, la creación poética, la devoción
y la piedad humana, la fe religiosa, el amor contemplativo, no son
sino la sublimación de la libido sexual o una secreción
de la materia. El hombre queda así desenmascarado y se revela
la faz de la bestia. El carácter específico del hombre,
que el racionalismo había esfumado en la espiritualidad,
se desvanece ahora en la animalidad.
"Sin embargo, el movimiento de que estoy hablando tiene sus
fuentes reales en algo mucho más profundo, que comenzó
a manifestarse a partir de la segunda mitad del siglo XIX: la angustia
y la desesperación. Habiendo renunciado a Dios, por considerarse
autosuficiente, el hombre perdió el rastro de su alma. Se
busca a sí mismo en vano; revuelve el universo de arriba
a abajo, en un intento de encontrarse, pero sólo encuentra
máscaras y detrás de las máscaras, la muerte.
"Luego hubimos de ser testigos del espectáculo de una
gran ola de irracionalidad, de odio a la inteligencia, del despertar
de una trágica oposición entre vida y espíritu.
Voces terribles, las voces de una vil multitud cuya bajeza se nos
manifiesta como un signo apocalíptico, gritan: ¡Basta
ya de las mentiras del optimismo y de la moralidad ilusoria! ¡Basta
de libertad, de paz, honestidad y bondad, cosas que nos enloquecieron
de dolor! ¡Cedamos a las infinitas promesas del mal y a la
muerte bullente, a la bienaventurada esclavitud y a la desesperación
triunfante!
"El caso más puro de esta tendencia fue el racismo nazi.
"Ahora la imagen desfigurada del hombre hunde sus raíces
en un pesimismo guerrero. Aquí se busca la comunión
en la glorificación de la raza y en el odio común
a algún enemigo, en la sangre animal que, separada del espíritu,
no es más que un infierno biológico. La persona humana
queda sacrificada al demonio de la sangre, que es el dios de la
comunidad de sangre."
('El
Alcance de la Razón'. [1947].
Emecé Editores. Buenos Aires. 1959. Página 301)
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6.
EL ÚNICO MODO DE REGENERAR LA COMUNIDAD
HUMANA ES INTENTAR ERIGIR UNA NUEVA CIVILIZACIÓN CRISTIANA
"Si la
descripción que tracé previamente es exacta, resulta
evidente que el único modo de regenerar la comunidad humana
es volver a descubrir la verdadera imagen del hombre y realizar
un intento definitivo para erigir una nueva civilización
cristiana, una nueva cristiandad.
"En los tiempos modernos los hombres buscan muchas cosas
buenas siguiendo pistas equivocadas. La cuestión está
ahora en buscar esas cosas buenas siguiendo pistas acertadas, salvando
los valores y las realizaciones del hombre, anhelados por nuestros
antepasados y puestos en peligro por una falsa filosofía
de la vida. Debemos asimismo tener el valor y la audacia de proponernos
realizar una gigantesca obra de renovación, de transformación
interna y externa. Un cobarde se aparta de las cosas nuevas y retrocede;
un hombre de coraje avanza y penetra en las cosas nuevas.
"Los cristianos se encuentran hoy, en el orden de la civilización
temporal, frente a problemas parecidos a los que sus antepasados
tuvieron que hacer frente en los siglos XVI y XVII.
"En aquella época, la física y astronomía
modernas formaban un todo con los sistemas filosóficos en
pugna con la tradición cristiana. Los defensores de ésta
no sabían como hacer la necesaria distinción; asumieron
una posición tanto contra lo que había llegado a convertirse
en ciencia moderna, como contra los errores filosóficos que,
como parásitos, se alimentaban a expensas de esa ciencia.
"Fueron necesarios tres siglos para salir de este error. Sería
desastroso volver a caer hoy nuevamente en parecidos errores, en
el campo de la filosofía de la civilización. La verdadera
sustancia de las aspiraciones del siglo XIX, así como las
conquistas humanas alcanzadas, deben salvarse, tanto de sus propios
errores como de la agresión de la barbarie totalitaria. Hay
que construir un mundo de inspiración genuinamente humanista
y cristiana.
"A los ojos del observador de la evolución histórica,
una nueva civilización cristiana será bien diferente
de la civilización medieval, aunque el cristianismo esté
en la raíz de ambas. En efecto, el clima histórico
de la Edad Media y el de los tiempos modernos son absolutamente
distintos.
"La civilización medieval constituía una civilización
cristiana "sacra", en la que las cosas temporales, la
razón filosófica y científica y los poderes
reinantes eran órganos subordinados o instrumentos de las
cosas espirituales, de la fe religiosa y de la Iglesia.
"En el transcurso de los siglos posteriores las cosas temporales
fueron conquistando una posición de autonomía y éste
fue en sí mismo un proceso normal. La desgracia estriba en
que ese proceso tomó mal camino y en lugar de ser un proceso
de distinción, con miras a lograr una mejor forma de unión,
fue separando progresivamente la civilización terrenal de
la inspiración evangélica.
"La nueva era del cristianismo, si es que ha de sobrevenir,
será una era de ajuste de aquello que fue separado; será
la época de una civilización cristiana "secular",
en la que las cosas temporales, la razón filosófica
y científica y la sociedad civil gocen de autonomía
y al mismo tiempo reconozcan el papel animador e inspirador que
desempeñan desde un plano superior las cosas espirituales,
la fe religiosa y la Iglesia.
"Entonces, una filosofía cristiana de la vida guiaría
a una comunidad vitalmente, no decorativamente, cristiana, a una
comunidad con derechos humanos y con la dignidad de la persona humana,
en la que los hombres pertenecientes a diferentes razas y a diversas
formaciones espirituales, trabajarían en una tarea común
temporal que fuera realmente humana y progresista."
('El
Alcance de la Razón'. [1947]. Emecé
Editores. Buenos Aires. 1959. Página 304)
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7.
CARACTERÍSTICAS
FUNDAMENTALES DE UNA NUEVA CIVILIZACIÓN CRISTIANA SECULAR
"La
concepción de la sociedad que acabamos de dibujar (esto
es, una nueva civilización cristiana "secular"),
puede ser caracterizada por los rasgos siguientes:
"1.- Es personalista, porque se refiere a la
sociedad como un todo de personas cuya dignidad es anterior a
la sociedad y que, por muy indigentes que sean, encierran en su
ser una raíz de independencia y aspiran a pasar a grados
más elevados de independencia, hasta la perfecta libertad
espiritual que ninguna sociedad humana es capaz de dar.
"2.- Esta concepción es, en segundo lugar, comunitaria,
porque reconoce que la persona tiende naturalmente a la sociedad
y a la comunión, en particular a la comunidad política
y porque se refiere, en el orden propiamente político y
en la medida que el hombre es parte de la sociedad política,
al bien común como superior al de los individuos.
"3.- Esta concepción es, en tercer lugar, pluralista,
porque entiende que el desarrollo de la persona humana reclama
normalmente una pluralidad de comunidades autónomas, que
tienen sus derechos, sus libertades y su autonomía propia.
Entre esas cualidades, unas son de rango inferior al Estado político
y provienen, o bien de exigencias fundamentales de la naturaleza,
como la comunidad familiar; o bien de la voluntad de personas
que se asocian libremente en grupos variados. Otras son de rango
superior al Estado, como lo es, ante todo, la Iglesia para los
cristianos y como lo sería también, en el plano
temporal, la comunidad internacional organizada a la que aspiramos
hoy.
"4.- Por último, la concepción de la sociedad
de la que hablamos es teista o cristiana,
no en el sentido de que exigiría que cada uno de sus miembros
creyese en Dios y fuese cristiano, sino en el sentido que reconocería
que, en la realidad de las cosas, Dios, principio y fin último
de la persona humana, y primer principio de la ley natural, es
también el primer principio de la sociedad política
y de la autoridad entre nosotros y, también, en el sentido
de que reconocería las corrientes de libertad y de fraternidad
abiertas por el Evangelio.
"Quienes no creen en Dios o no profesan el cristianismo,
si no obstante creen en la dignidad de la persona humana, en la
justicia, en la libertad y en el amor al prójimo, también
pueden cooperar en esa realización de la sociedad y cooperar
en el bien común, incluso aunque no sepan remontarse hasta
los primeros principios de sus convicciones prácticas o
intenten fundamentarlos sobre principios deficientes."
('Los
Derechos del Hombre y la Ley Natural'. [1942]. Ediciones
Palabra. Madrid. 2001. Página 26)
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