Permítaseme
que a modo de introducción, realice una panorámica
de las circunstancias históricas que precedieron y coexistieron
la vida de Jacques de Maritain, pues considero indispensable este
mero recuerdo, para poder llegar a valorar en toda su alta dimensión,
la encumbrada y osada tarea como intelectual laico, de plantear
en los comienzos del siglo XX, un pensamiento social cristiano
nutrido de la filosofía y de la religión, que diese
respuestas a las demandas de una más justa convivencia
en la sociedad política.
Y ello no
parece dudoso, si recordamos que en la modernidad y de modo especial,
en el proceso de la Revolución Francesa, se fue profundizando
una lamentable fractura entre el pensamiento católico y
el liberal basado en los principios de la libertad, la fraternidad
y la igualdad. Notable paradoja esta que se advierte que precisamente
esto valores tan cristianos en su esencia, hayan sido los que
suscitaban profundas sospechas en la Iglesia jerárquica,
el clero y los católicos de las clases altas.
Se acentúa
entonces que, como bien dice Maritain, «los sostenedores
sociales de la religión, no sabían ya reconocer
a Jesús en los pobres y en el clamor confuso de sus reivindicaciones,
y confundían todo llamado a la justicia social, con el
motín y la revolución sin Dios que se tomaban por
progreso».
De allí que «a fines del siglo XIX, el gran escándalo
del que hablaba Pío XI, en el sentido que la Iglesia perdiese
a la clase obrera, parecía consumado. Las clases obreras
buscaban su salvación renegando del cristianismo. Los medios
conservadores cristianos buscaban la suya, renegando de las exigencias
temporales de la justicia y del amor» ('Cristianismo
y Democracia', pág. 33/34).
Como expresión
de tan errónea como lamentable posición, surgen
las corrientes de pensamiento y acción de tendencias tradicionalistas
y conservadoras en el pensamiento católico, que en Francia
manifiestan una cosmovisión ideológica durante la
mayor parte del siglo XIX, y que alcanzan su manifestación
quizás más notable, en pensadores de la talla de
Charles Maurras (1868-1952) que con sus posiciones nacionalistas
y monárquicas extremistas, llegaban a afirmar que la democracia
y el liberalismo, constituían males que provocaban entre
otras calamidades, la decadencia, la demagogia, el desorden, la
dispersión y la división de la sociedad por las
luchas entre los partidos políticos y en el mismo parlamento.
Ante tales
padecimientos, surgía la monarquía como un bien
público que poseía la fuerza, el vigor y la estabilidad
cohesionadora, indispensable para reparar aquellos padecimientos
mediante el logro de la idea de patria, el sentido nacional, la
auténtica representación a través de los
cuerpos intermedios y las corporaciones, el orden, la unión
y la salvación de Francia.
Frente a la
primacía de estas tendencias que finalmente comienzan a
diluirse en Francia a comienzos del siglo XX, contemporáneamente
surgen con un lento pero progresivo proceso de configuración,
e iluminada con los principios e ideas doctrinales de la encíclica
Rerum Novarum de León XIII, nuevas concepciones que aunque
denominadas de diversas maneras, tendían a la elaboración
y difusión del pensamiento cristiano sobre las realidades
sociales, políticas, y culturales.
En el seno
de estas diversas concepciones, surge la figura conceptualmente
sólida y docente de Jacques Maritain (1882- 19773) acompañado
por su esposa, Raïssa Maritain, a quien conoce en la Sorbona
y con quien compartiría sus inquietudes y avatares intelectuales.
Como bien se ha dicho, poco a poco se fue produciendo en sus espíritus,
una profunda transformación en un doble pero concurrente
sentido:
a) Por un
lado y en cuanto al ámbito filosófico, debido a
la notable influencia del pensamiento de Henri Bergson, a quien
encuentran y frecuentan en París, esa conversión
se da desde una posición netamente positivista, hacia la
apertura generosa de sus espíritus hacia la metafísica.
b) De otro
lado, en lo referente a la materia religiosa, y aquí por
la influencia vigorosa de León Bloy, se convierten de la
angustia vital de su agnosticismo, a la fe reconfortante del catolicismo.
Esta doble metanoia, hacia la metafísica y hacia el catolicismo,
marcarán a fuego y definitivamente sus personalidades,
dándoles nuevos sentidos a la cosmovisión que luego
Maritain irá desarrollando, difundiendo y aplicando a los
grandes temas del Hombre y la Política.
Algunas consideraciones sobre el Humanismo
Luego de este breve marco referencial, debemos recordar que para
Maritain, el hombre no sólo es un ser material, sino que
está dotado de inteligencia y voluntad. No existe exclusivamente
de una materia física, sino que hay en el un alma que es
un espíritu y vale más que todo el universo material.
El espíritu es la raíz de la personalidad, y la
sociedad es un todo de personas, la dignidad de las cuales es
anterior a la sociedad misma. Es decir que estamos frente a una
tesis personalista, de honda raigambre cristiana y
fundamental para intentar iluminar estas trascendentales cuestiones
temporales.
Desde cualquier
perspectiva que analicemos al hombre, ya sea antropológica,
sociológica o política; cultural o económica,
etc., siempre lo será en un proceso vigoroso e incesante
de búsqueda de su humanidad, porque necesariamente es el
Hombre el centro de todo el quehacer cultural y de toda civilización,
porque precisamente como ya lo señalaran tanto Pío
XII como Juan XXIII, es y debe ser nada más ni nada menos
que el fundamento, el sujeto y el fin de las instituciones en
las que se expresa y actúa toda la vida social. Fundamento,
pues sin los hombres y su ontológica naturaleza social
la sociedad no podría existir, toda vez que ningún
hombre lo podrá ser plenamente, sino en la convivencia
con los otros que no son yo en el decir orteguiano.
El sujeto, como hacedor social, protagonista principal y artífice
de su propio destino y del de la sociedad. Y el objeto, porque
el Hombre es el fin último a cuyo servicio debe estar dirigida
toda Sociedad y todas sus manifestaciones culturales.
Es a partir
de esta concepción de un humanismo personalista, que el
Estado debe constituirse no sólo en el gerente, sino además
en el garante del bien común, a través del cual,
reiteramos, el hombre es el fin último de todas las manifestaciones
del quehacer cultural, y por lo tanto, del Estado, de la Política,
del Derecho y de la Economía, en fin, de lo que Maritain
llamaba la "buena vida en común de todos los todos
que integran el todo social", concepto que más tarde
Juan XXIII en 'Mater et Magistra', 57, formalizó como el conjunto de condiciones sociales que posibilitan
a los ciudadanos el desarrollo expedito y pleno de su propia perfección,
concepto que fue ratificado por 'Gaudium et Spes', 26.
Es por ello
que cuando como a menudo sucede, estas manifestaciones o condiciones
socio-culturales no vivencializan el profundo respeto que merece
la dignidad de la persona humana, caemos en la cosificación
y en una mera visión económica o numérica
del hombre, es decir, en una concepción deshumanizadora
y destructiva de la persona, en la que lamentablemente amplios
sectores de la humanidad se halla sumergida.
Y es por ello
que con agudeza trascendental, Ortega y Gasset señalaba
en este punto: Esa dignidad de persona, le sobreviene a
algo, cuando cumplimos la máxima inmortal del Evangelio:
Trata al prójimo como a ti mismo. Hacer de algo,
un yo mismo, es el único medio para que deje de ser cosa
y se reconozca su dignidad personal.
Ahora bien,
cuando nos referimos al humanismo, nos preguntamos: ¿Cuál
es el Hombre del que hablamos? Como lo hemos señalado en
anterior oportunidad, el estudio de las ciencias sociales requiere
concentrar su atención, más allá de las distintas
posiciones filosóficas y sociológicas, en el hombre
real y concreto que al decir de Miguel Unamuno (filósofo
español, 1864-1937 en El sentimiento trágico
de la vida) es ese "hombre de carne y hueso",
el que nace, sufre y muere; el que piensa, el que quiere; el que
va y a quien se oye; el hermano, el verdadero hermano., sujeto
y supremo objeto de toda filosofía, quiéranlo o
no, ciertos sedicentes filósofos. Es que hemos olvidado
que el hombre no es una entelequia, ni una mera divagación
filosófica.
Para Maritain
el hombre es una totalidad independiente, es un universo en sí
mismo, un todo y no una parte. En este sentido, ya Max Scheler
(1874-1927) fustigando el proceso de despedazamiento
del hombre, en la sola razón, o en los
instintos, o en la libido, o en lo económico,
etc., proclamaba la necesidad e sostener lo que él llamó
un proceso de resublimación, es decir, el hombre
íntegro, no parcializado, razón por la cual hablaba
del todo hombre, como una unidad integral imposible
de escindir.
Refiriéndonos
a las múltiples interrelaciones del hombre, siguiendo a
Maritain conjuntamente con Kant y Max Scheler, podremos reseñar
complementando sus visiones, que la persona en su vivir manifiesta
cuatro grandes dimensiones de su existencia, y que vienen al caso
del humanismo integral propiciado por Maritain, en cuanto considera
al Hombre en la en la integridad de su ser natural y sobrenatural,
como criatura rehabilitada por Dios, pues a la historia
del mundo dice - sólo le queda una salida (quiero
decir un régimen cristiano): que la criatura sea respetada
en su enlace con Dios y porque todo lo tiene de él. Humanismo
sí, pero totalmente distinto del Humanismo Antropocéntrico,
cuyo tipo era el héroe del Renacimiento o el hombre
honrado, sino por el contrario, un Humanismo Teocéntrico,
enraizado allá donde el hombre tiene sus raíces;
Humanismo Integral; y con bella y significativa expresión
le llama Humanismo de la Encarnación ('Humanismo
Integral', Bs. As., 62/3)..
Esas cuatro
dimensiones a que nos referíamos, son:
1) Dimensión
individual, el "yo" consigo mismo que procura una "relación
de identidad", de autenticidad individual, de coherencia;
el ser plenamente yo y no otro;
2) Dimensión
social, con los demás hombres, cuya convivencia la necesita
para ser pleno, en una "relación de fraterna solidaridad"
con los demás, porque recordando aquí a Maritain,
el Hombre es un todo, pero no cerrado, sino abierto, que tiende,
por naturaleza, a la vida social y a la comunión;
3) Dimensión
cósmica, que lo une al hombre con el cosmos, en una "relación
de señorío", de "dominus", colaborando
en el desarrollo de la obra de la creación divina respecto
de la naturaleza y el universo, y cuidando de sus bienes que Dios
nos entregó para nuestro legítimo uso y goce.
4) Dimensión
trascendente, con el misterio del Ser, que al decir de Kant, es
"lo Absoluto" para el filósofo, y es el Dios
de los creyentes. Esta relación está inspirada básicamente
en una "relación de profundo amor filio-paternal",
del hombre redimido por Cristo y que la gracia sobrenatural, lo
ha hecho hijo, amigo y heredero de Dios. Paulo VI afirma al respecto: No hay, pues, más que un humanismo verdadero que
se abre al Absoluto, en el reconocimiento de una vocación,
que da la idea verdadera de la vida humana, en una constante superación
('Populorum Progressio', 42).
En estas cuatro
dimensiones que como abanicos de posibilidades, se le abren al
hombre para que pueda ser persona lo más plenamente factible,
se encuentran implicados todos los derechos humanos, consigo mismo,
con los hombres, con las cosas y el cosmos y con su Padre Dios,
a fin de poder alcanzar el sagrado derecho de ser hombre y de
ser santo.
En este sentido,
podemos afirmar que Maritain fundamenta estos derechos en los
elementos ontológicos y gnoseológicos del derecho
natural de la dignidad humana, y en la vocación de la persona,
agente espiritual y libre, estando ordenados hacia los valores
del bien común y a un destino superior al tiempo. ('Los
Derechos del Hombre', 88).
Estos derechos
tienen una atingencia inmediata con el compromiso del cristiano
con lo temporal, el cual reclama un nuevo estilo de santidad,
que se caracteriza ante todo, como la santidad y la santificación
de la vida profana, comprometida con una realización de
las exigencias evangélicas y del saber práctico
cristiano en el orden social-temporal, que tienda a la construcción
de una nueva cristiandad, de una nueva sociedad que necesariamente
deberá ser personalista, solidariamente comunitaria, pluralista
y teísta o cristiana, fundada en los principios de subsidiariedad
y solidaridad, en la autonomía de lo temporal, la libertad
de las personas y la amistad fraterna. ('Humanismo Integral',
págs. 99/100 y cap. V. - 'Los Derechos del Hombre', págs.
29/30)
Algunas consideraciones sobre la Democracia
Es precisamente por las nociones que acabamos de expresar, que
Maritain afirma categóricamente que es preciso superar
la democracia individualista de Rousseau y de la ilustración,
que confundieron al individuo con la persona, por una democracia
de otro tipo fundada a mi juicio expresa - sobre
una sana filosofía política y que debería
llamarse democracia de la persona siguiendo sus ideas sobre
un humanismo personalizante y siempre desde las vertientes evangélicas,
pues la auténtica democracia, se nutre de principios que
siempre tienen su fuente primigenia en el Evangelio, a tal punto
que Maritain llega a afirmar: Es la filosofía de
Santo Tomás la que ha sido la primera filosofía
auténtica de la democracia ('Principios de una Política
Humanista', pág. 49).
La gran tragedia
de las democracias modernas sostiene - consiste en que
ellas mismas no han logrado aún realizar la democracia,
entre otras causas:
a) Porque
los enemigos del ideal democrático crecen en la medida
que las debilidades y la faltas de las democracias le dan sus
pretextos;
b) Porque
la realización de la democracia exigía ineluctablemente
cumplirse tanto en lo social como en lo político, ante
la miseria y la deshumanización del trabajo, circunstancias
que no pudieron solucionar ni el capitalismo económico
fundado en la fecundidad del dinero y el egoísmo, ni la
separación del proletariado erigido por el marxismo en
principio místico de la Revolución.
A lo cual
nos permitimos agregar como causas contemporáneas
y dentro de la terminología maritainiana de herejías
políticas- las gravísimas violaciones a los
derechos humanos, ya sea por la vocación gendarme de ciertos
Estados en la política internacional, como por terrorismo
alimentado por el fundamentalismo religioso; la corrupción
como patología difundida no sólo en los ámbitos
del Poder Político y sus instituciones, sino también
de las más variadas realidades sociales; la globalización,
que se muestra en sus proyecciones negativas, a través
de las nuevas formas de imperialismos tecnológicos y financieros,
a manera de franjas de poder apátridas. que se extienden
sobre el globo terráqueo.
En el pensamiento
maritainiano, la cuestión no es encontrar un hombre nuevo
para la democracia, sino descubrir su verdadera esencia y realizarla;
pasar de la democracia burguesa, desecada por sus hipocresías
y por la falta de savia evangélica, a una democracia íntegramente
humana; de la democracia frustrada, a la democracia real. ('Cristianismo
y Democracia', pág. 31/35).
Evidentemente
que Maritain constituye a esta concepción humanista personalizante,
en el fundamente del sistema democrático, afirmando que El primer axioma y precepto en una democracia es creer en
el pueblo. Confiar en el pueblo, respetarlo, creer en todos y
en cada uno de sus miembros mientras se procura despertarlos,
es decir, mientras se coloca uno al servicio de su dignidad humana
('El Hombre y el Estado', Cap. V).
Es por ello
que la democracia genuina, importa un acuerdo fundamental de las
opiniones y de las voluntades sobre las bases de la vida en común;
ha de tener conciencia de sí y de sus principios, y deberá
ser capaz de defender y promover su propia concepción de
la vida política y social. Debe contener un credo humano
común, el credo de la libertad, inspirado en una fe cívica
o secular, que no es religiosa, no obstante que en la medida que
la fe religiosa cristiana esté afincada en la sociedad,
aquella fe temporal encontrará mayor adhesión a
la Carta Democrática.
Este acuerdo
se materializa en lo que Maritain llama la Carta Democrática,
el código de la moralidad social y política, en
el que se declararían o reconocerían todos los derechos,
libertades y deberes de la persona humana, y que desde la perspectiva
jurídica, se plasmaría en una Constitución,
como reparta de las competencias supremas del estado y de los
derechos y garantías fundamentales, en la expresión
de García Pelayo.
En este como en tantos otros temas, realmente Maritain fue un
precursor y un profeta de tantas ideas que hemos visto asumidas
por intelectuales posteriores en el tiempo. Cómo no recordar
aquí cuando Burdeau, en afirmación ecuménica
nos dice: La democracia es hoy una filosofía, una
religión y, casi accesoriamente, una forma de gobierno o nos habla de la necesidad del paso de la democracia política
a la social ('La Democracia', pág. 19).
Y que nos
dice Maritain: La democracia tiene un sentido más
amplio que en los tratados clásicos de la ciencia gubernamental,
pues designa una filosofía general de la vida humana y
de la vida política, y un estado de espíritu que nos ayudará a la lenta y difícil construcción
de un mundo en que el temor y la miseria no pesen sobre los pueblos;
en que los nacionalismo ciegamente reinvindicadores, den lugar
a una comunidad internacional organizada, en que la opresión
y la explotación del hombre por el hombre sean abolidas,
y en que cada uno pueda vivir una vida verdaderamente humana,
realizando en la vida temporal la ley del amor fraternal y la
dignidad espiritual de la persona humana, que es el alma de la
democracia (Ob cit., p´gs. 41/43)
La democracia,
como forma de racionalización moral de la vida política,
está estrechamente ligada al cristianismo, y el empuje
democrático surgió en la historia humana, como una
manifestación temporal de la inspiración evangélica,
pero no del cristianismo como credo religioso o dogmas de fe,
sino como fermento de la vida social, cultural y política
de los pueblos, como energía histórica accionando
en el mundo y en las profundidades de la conciencia y de la existencia
profana (Ob. cit. 44/45)
Realmente
no podemos dejar de destacar las afirmaciones de Maritain cuando
con reflexiones certeras y agudas, nos señala que las verdades
de origen evangélicas son las que despertaron los pensamientos
y las aspiraciones de los pueblos y que aparecen ligadas, aunque
muchas veces mal comprendidas y deformadas, a la idea misma de
cultura y democracia.
De allí que para realizar la democracia que esboza, lo esencial para Maritain
es que la inspiración cristiana y la inspiración
democrática se reconozcan y reconcilien.
Reflexiones sobre la actualidad del pensamiento de Maritain
Cuánta verdad y sabiduría encierra el pensamiento
de Maritain en las diversos y decisivos temas que hacen al hombre
y a la política, lo que le ha permitido mantener una vigencia
y contemporaneidad en la siempre actual y renovada problemática
del humanismo y de la democracia en la historia de los pueblos.
Su pensamiento
y el dinamismo vital que supo transmitir a tantas generaciones
de católicos militantes, ha sido realmente extraordinario.
Es preciso que así como él instauró en la
modernidad a Santo Tomás de Aquino, a quien con palabras
textuales consideraba un autor contemporáneo, el
más actual de todos los pensadores, así también
nosotros como cristianos, debemos instaurar en el siglo XXI a
Maritain.
No en vano
afirmaba en su obra 'El Doctor Angélico', que
con la fidelidad al tomismo, no pretendemos incluir el pasado
en el presente, pero sí mantener en el presente la actualidad
de lo eterno. Con el tomismo no intentamos regresar a la Edad
Media, pero si sabemos que se pueden enfrentar todos los problemas
nuevos del mundo moderno. Ante la pérdida de la unidad
de la fe cristiana es necesaria una resurrección de la
metafísica y una nueva expansión de la caridad".
( Bs. As. 1942).
Es imprescindible resucitar a Maritain de un cierto estado de agonía
u olvido en que por diversas circunstancias hace tiempo que se
lo ha marginado quizás, por la opinión equivocada
o interesada de quienes creen que su pensamiento está demodé,
está superado por modernas y sofisticadas disquisiciones
filosóficas.
Como en estas
memorables jornadas, es impostergable volver a estudiar, profundizar
y encarnar su mensaje, para que como cristianos, podamos difundir
en los ambientes educativos, sociales, culturales y políticos,
con la fervorosa convicción de la palabra y la vida testimonial
de cada uno, la perenne sabiduría y posibilidad transformadora
de su pensamiento cristiano sobre el hombre y la sociedad.
Y precisamente
por ello, como cristianos debemos salir de nuestro aislamiento
individualista y aunar esfuerzos solidarios y eficientes para
asumir responsablemente como compromiso serio, veraz y militante,
la tarea de procurar denodadamente, la vigencia de un sistema
social y político que asegure un orden de convivencia más
justo, que está siendo progresiva y firmemente demandado
por el pueblo, desde las entrañas mismas de sus frustraciones
y carencias. Para ello, entre tantos requerimientos, señalemos
sólo algunos:
* El afianzamiento
de la vigencia de un humanismo personalizante, fundado en la dignidad
humana natural y sobrenatural y que posibilite el desarrollo de
las cuatro dimensiones cardinales de la personalidad de cada
hombre y de todos los hombres, mediante la instauración
de un bien común que garantice el respeto y ejercicio de
sus derechos.
* La conversión
de un sistema democrático degradado, para lo cual, es urgente
reconciliar la Democracia con la Ética! ¿Cuánta
corrupción e impunidad resistirán nuestras Democracias?
¿Cuánta ineficiencia para lograr soluciones políticas?
¿Cuánta frivolidad, cuánto autoritarismo,
cuánta falacia en gran parte de las dirigencias políticas
y sociales?
* Asimismo
es urgente reconciliar la Democracia con las crecientes y justas
demandas sociales de una mayor participación en el Poder,
en la Cultura, en la Riqueza!! Participación para la cual
es preciso, tanto la implantación de procedimientos que
integren a los ciudadanos en la participación y control
en los diversos ámbitos de las funciones partidarias e
institucionales; como el mayor acceso a los bienes de la educación,
la salud, la vivienda y la más plena vigencia de la justicia
social en la distribución de las riquezas, que tienda a
superar la afrenta que implica la inmensa mayoría de hermanos
que vive en condiciones infrahumanas! * Es preciso
convocar al pueblo, no sólo a la mesa electoral,
sino que también es preciso convocarlo a la mesa
del bienestar, el mayor que sea posible!
* Pero también
es urgente reconciliar el sistema democrático con una cultura
del esfuerzo, del trabajo, del estudio y de las responsabilidades
sociales, desterrando la mediocridad, la especulación,
los populismos, los facilismos, los escapismos y tantas otras
lacras de nuestra sicología social.
* Es urgente
reconciliar la Democracia con una Sociedad donde esté afianzado
el valor preambular de la Justicia, mediante un sistema de premios
y castigos que promueva la excelencia y elimine la mediocridad
y la impunidad que nos agobia.
* Finalmente,
creemos que es urgente reconciliar la Democracia con una Estado
de Derecho, en el que todos: instituciones, dirigentes y pueblo,
asuman el cumplimiento irrestricto de la ley, extirpando la anomia
de una pícara y ancestral actitud infractora que no duda
en violar desde los semáforos hasta la Constitución.
* Bien sabemos
que ciertos problemas sociales son complejos y de no rápida
solución. Pero también sabemos que si el Pueblo
reconociese en las clases dirigentes más ética en
el compromiso, firme deseo de servir a la comunidad, más
laboriosidad en sus funciones y mayor equidad en el reparto de
los sacrificios, habría seguramente más legitimidad
democrática, más consenso, más solidaridad.
Para concluir, bueno es recordar un párrafo de Charles
Peguy cuando afirma: La revolución social será
moral o no existirá, y ello significa -siguiendo
sus palabras- que no podéis transformar el régimen
social del mundo moderno sino provocando al propio tiempo y
primeramente en vosotros mismo- una renovación de la vida
espiritual y de la vida moral, ahondando hasta los fundamentos
espirituales y morales de la vida humana, renovando las ideas
morales que presiden la vida del grupo social como tal y que despiertan
la vitalidad de un ímpetu nuevo..... ¿Acaso
no es hora de que la santidad descienda del cielo de lo sagrado
a las cosas del mundo profano y de la cultura, trabaje en transformar
el régimen terrenal de la humanidad y haga obra social
y política?" ('Humanismo Integral', págs. 96/97).