I
Desde su conversión
al catolicismo (1906), Jacques Maritain ha tratado de transformar
la sabiduría de Santo Tomás de Aquino en un fermento
vivo de la cultura contemporánea. Él considera su
propia filosofía como una filosofía cristiana, ni
separada de la teología ni como una forma disfrazada de
ésta, sino como una tarea de la razón situada en
un clima de fe.
Hay algunos
pensadores católicos que miran a la filosofía cristiana
como una mezcla de fe y razón, como algo indefinible que
no es carne ni pescado. Y los filósofos contemporáneos,
como Martín Heidegger, que la llaman plaza redonda,
afirmando que una filosofía religiosa nunca puede enfrentarse
con la pregunta de por qué existen los seres más
bien que la nada.
En respuesta
a estas críticas el filósofo cristiano precisará
que históricamente los filósofos cristianos, siguiendo
un método estrictamente filosófico, han filosofado
al interior de la fe, y que sin la luz aportada por la Revelación
al problema de la creación, la pregunta de Heidegger tal
vez ni habría sido planteada jamás por los filósofos
del mundo occidental.
Que hay algo
paradójico en el estado en que la filosofía cristiana
se encuentra a sí misma, es reconocido por Jacques Maritain.
Con todo, cuanto más piensa en el problema de una filosofía
cristiana, nos dice en Humanismo Integral, más
se persuade de que ella ocupa un lugar central en la historia
del tiempo moderno y de que continuará ocupándolo
en los próximos tiempos.
¿Qué
clase de filosofía es esta filosofía cristiana?
Y ¿qué clase de filósofo es Jacques Maritain,
quien ha sido aclamado por unos como un apóstol de la verdad,
mientras es condenado por otros como un signo de contradicción?
II
Los logros
filosóficos de Jacques Maritain son el fruto de su apasionada
búsqueda del sentido de la vida, de su inagotable prosecución
de la sabiduría en la filosofía, la teología
y la experiencia espiritual, y de su profunda convicción
de que su vocación intelectual consiste en elaborar una
filosofía que está unida con cada puente de luz
y de experiencia para la mente humana, una filosofía capaz
de «rescatar el tiempo y redimir toda búsqueda humana
de la verdad» (Ransoming the Time).
Como otros
filósofos de su generación Heidegger, que
observa al hombre moderno como un olvidado del ser, extraviado
en un mundo sin sentido, o Gabriel Marcel, quien se rebela desde
un intelectualismo abstracto en su búsqueda de caminos
concretos para llegar al misterio del ser , Jacques Maritain
ve en el mundo moderno una pérdida progresiva del sentido
del amor, de la verdad y del ser.
Desde la publicación
de sus más tempranos libros, Maritain ha sido acusado de
tener un juicio excesivamente severo acerca del mundo moderno
y del pensamiento moderno. En Filosofía Bergsoniana
y Tomismo (1913), Antimoderno
(1922) y Tres Reformadores (1925) ha
condenado a muchas tendencias modernas. Y en los libros siguientes
se refiere a un mundo infeliz caminando hacia su término
ante nuestros ojos, y clama por un nuevo estilo de civilización
así como por un nuevo estilo de santidad. Pero, aun en
esos escritos primerizos, Maritain reconoce las grandes realizaciones
del mundo moderno e insiste en que él no es un simple antimodernista.
Muestra una extraordinaria perspicacia respecto de los problemas
y anhelos del hombre moderno, así como una inmensa compasión
por la «angustia de nuestro tiempo».
En uno de
sus libros más recientes, Reflexiones sobre
los Estados Unidos (1958), Jacques Maritain despliega
una notable comprensión de la vida y la cultura americanas.
Sus miras acerca de América eran decididamente optimistas.
No duda en aceptar bien conocidos defectos, pero insiste en que
el pueblo norteamericano, lejos de ser el más materialista,
es el más generoso que ha conocido. Es en este
país donde descubrió el ansia de vida contemplativa
en medio de los más prácticos propósitos,
y entrevé un nuevo orden social y económico de actuar,
compuesto de una forma no doctrinaria de democracia junto con
unas aspiraciones humanitaristas y personalistas concretas. Su
interpretación de la civilización americana refleja
ciertamente la amplia experiencia de democracia que los años
de enseñanza y residencia en los Estados Unidos le habían
aportado. El nuevo orden que ve emerger «más allá
del capitalismo y del socialismo» es un fenómeno
en el que encuentra una confirmación de su argumento según
el cual el llamado mundo moderno está abriendo el camino
para otro mundo nuevo.
Entre los
muchos y variados logros históricos, que Jacques Maritain
reconoce han sido ganados para la cultura y la civilización,
por el mundo moderno, entre 1500 y los primeros años del
1900, hay uno que los orienta a todos. Desde el Renacimiento se
había desarrollado una creciente conciencia de las posibilidades
humanas, una profunda conciencia de sí mismo de parte del
hombre como poeta, científico, trabajador. Esta emergente
y elevada conciencia aparece evidente y palpitante en cada fase
de la actividad humana y en cada una de las disciplinas que practica.
Hablando del crecimiento de la conciencia entre la clase trabajadora
en los tiempos modernos, activada al mismo tiempo que distorsionada
por el marxismo, Maritain precisa que, a pesar de todo, ésta
es una muestra de un extendido fenómeno que tiene un significado
inmenso.
«Todas
las grandes formas de progreso de la edad moderna, sea en el terreno
del arte, de la ciencia, de la filosofía, de la poesía
o de la vida espiritual, parecen exhibir este crecimiento de la
conciencia de sí mismo, esta concientización».
(Humanismo Integral)
Las filosofías
de este siglo, brincando desde las formas clásicas de la
filosofía moderna, evidencian esta especie de concientización
en un camino altamente reflejo. En esta concientización
y en las responsabilidades que trae consigo, la filosofía
cristiana debe tomar su parte. Gracias a todas las influencias
de las que ha beneficiado y gracias a su prontitud en seguir cualquier
directriz que se le diera y en inquirir la verdad a cualquier
precio, Maritain ha conseguido esa conciencia, y por esto la suya
no sólo es una genuina filosofía contemporánea,
sino que es una filosofía de cara al futuro.
La crítica
de Jacques Maritain a la civilización moderna no procede
de alguien que ha morado en una especie de enclave medieval. Él
ha experimentado, en primer lugar, al mundo cultural y social
que evalúa. Nacido en París en 1882, fue educado
en el corazón de la cultura francesa y en sus colegios.
Su padre, Paul Maritain, era un abogado de Burgundy; su madre,
Genevieve Favre, era hija de Jules Favre, uno de los fundadores
de la III República. En la Sorbona, Jacques estudió
bajo los más renombrados catedráticos del momento,
cuya filosofía cientista y fenomenológica empero
le causó una desesperanza de la razón. Recordando
este período de su vida, nos dice que él y Raïssa
Oumansoff, con quien se casó en 1904, esperaban las clases
de Henri Bergson en el Colegio de Francia y que fue Bergson quien
llenó «nuestro profundo deseo de verdad metafísica
dándonos un básico sentido de absoluto».
Otras grandes influencias sobre él y Raïssa en este
tiempo fueron Charles Péguy y León Bloy. Un año
después de su primer encuentro con Bloy fueron bautizados
en la Iglesia Católica escogiéndolo a él
como padrino.
No fue la
filosofía lo que llevó a Jacques y Raïssa Maritain
hasta la verdad por las que tan ardientemente suspiraron. Fueron
la gracia y la fe. Ciertamente que, por su inexperiencia, el joven
Jacques temió tener que renunciar a su filosofía,
pues, ¿no se encontraba todo ya ubicado dentro del catolicismo?
Cuando no se acobardó ante tamaño sacrificio a cambio
del don más precioso de la fe, estaba cercano al momento
en que descubrió los escritos de Santo Tomás de
Aquino y en que tuvo una especie de iluminación de la inteligencia.
Desde entonces siguió por esta senda «...
con el presentimiento de que yo podía entender más
completamente los tanteos, los descubrimientos y el trabajo del
pensamiento moderno, según tratara de lanzar sobre ellos
más de aquella luz que viene hasta nosotros de una sabiduría
que, resistiendo a las fluctuaciones del tiempo, ha sido elaborada
a través de muchos siglos». ('Confesión
de Fe')
La vocación
de filósofo había llegado claramente a Maritain,
y todo lo que él había pensado que tenía
que dejar atrás sus estudios en la Sorbona, su conocimiento
de Bergson, su entusiasmo apasionado por el arte, la literatura
y la música, su investigación científica
en Alemania se convertía en parte de su filosofía
y en su tesoro. Hubo también algunas pérdidas de
amigos, y de las estrechas relaciones que había mantenido
con su madre, quien nunca se reconcilió con su catolicismo,
la antítesis de lo que ella estimaba. Estas heridas también
entraron en su filosofía para hacerla más humana,
más consciente de los sufrimientos del hombre.
La afición
de Maritain hacia Santo Tomás se hace evidente a través
de todos sus escritos. En Santo Tomás de Aquino
(1930) escribe acerca de la pureza de la inteligencia del santo,
dedicado a descubrir y enseñar la verdad en toda su amplitud.
En Santo Tomás, que tal vez nunca ha sido enteramente entendido
ni apreciado hasta nuestros días, Maritain encuentra un
apóstol de los tiempos modernos, un guía para la
elaboración de una nueva filosofía cristiana.
III
«Un
filósofo no es filósofo si no es un metafísico»,
dice Maritain, y es en la metafísica donde él ha
hecho algunas de las más significativas colaboraciones
a la filosofía. Algunos de sus escritos que merecen un
cuidadoso estudio son los que tratan de lo que él llama
«la noción difícil y controvertida»
de subsistencia; de los tres grados y órdenes de abstracción;
del conocimiento ontológico y empírico. Para conocer
todas las ricas implicaciones de la noción del ser, él
señala que quisiera interrogar a todas las metafísicas
elaboradas o por elaborar. Incluso en estos abstrusos temas hay
destellos de la inteligencia poética de Maritain, como
cuando indica que la intuición del ser actúa solamente
cuando estamos suficientemente vacíos como para oír
lo que las cosas están susurrando.
En su discusión
acerca de la existencia y la subjetividad, Maritain se propone
a sí mismo un tema que preocupa a los filósofos
contemporáneos. Ciertamente, desde Kierkegaard y Nietzsche
hasta Sartre y Buber ha ido siendo reconocida la fundamental importancia
de la subjetividad de la existencia personal. El individuo que
está atento a la intuición del ser, según
Maritain, está atento a la intuición de la subjetividad,
como asiéndose a un destello del que él mismo es
el yo. Es al pensarse a sí mismo, sujeto y no solamente
objeto para sí mismo, que nos ponemos en faz de la subjetividad
como subjetividad. Algunas de las más profundas y originales
páginas de Maritain están consagradas a este tópico.
En Dios
y la permisión del mal, Maritain vuelve a
la pregunta filosófica, o más bien al misterio metafísico,
que ha absorbido su mente por muchos años. La trágica
importancia del problema del mal, en la raíz de muchas
de las formas de ateísmo contemporáneo, debe ser
valerosamente aceptada, pero al mismo tiempo debe ser vista a
la luz de la absoluta inocencia de Dios. Jacques Maritain ha expresado
la esperanza de que, en sus escritos acerca del tema, pueda haber
prestado alguna contribución de valor durable para la filosofía.
Sus reflexiones acerca de la inocencia divina, breves, pero profundas,
insinúan que tuvo lugar esa contribución.
Al revés
de los grandes elaboradores de sistemas de la filosofía
clásica moderna, y en común con sus contemporáneos,
Jacques Maritain no nos ha dejado el trabajo monumental de una
completa síntesis filosófica. Su trabajo mayor en
especulación filosófica, Los grados
del saber (1932), es un trabajo de una perspectiva
de largo alcance, pero su blanco es tan sólo esclarecer
el terreno y hacer avanzar las fronteras de la filosofía
tomista. Surgió de la convicción de que un realismo
reflejo y crítico, discriminaría e integraría
los órdenes y grados de varias formas de conocimiento.
Resumiendo lo que él llama la topología del mundo
interior de la reflexión, trata de filosofía y ciencia
experimental, realismo crítico y teoría del conocimiento,
nuestro conocimiento de la naturaleza sensible, el conocimiento
metafísico, la analogía y la subsistencia, la experiencia
mística y la filosofía, la sabiduría agustiniana
y la doctrina de Juan de la Cruz. Los grados del saber
no es una metafísica sistemática, sino un estudio
epistemológico de varios niveles del conocimiento.
Como otros
muchos filósofos actuales, Jacques Maritain ha dedicado
gran atención a las relaciones entre la ciencia y la filosofía.
Concede gran aprecio al valor intrínseco y a los múltiples
beneficios de las ciencias, pero advierte acerca de las posibles
consecuencias de su celebridad en la cultura moderna. Los hábitos
de pensamiento prevalecientes en una civilización industrial,
en la que la manipulación del mundo á través
de la ciencia y la tecnología juega un rol dominante, tienen
como resultado una pérdida del sentido del ser. La restricción
del área de pensamiento produce una incapacidad para captar
cualquier explicación racional de la existencia de Dios
y debilita la adhesión a las creencias religiosas. Maritain
insiste en que filósofos y científicos aprendan
a hablar cada uno el lenguaje del otro y a apreciar cada uno las
percepciones del otro.
La vocación
metafísica es ciertamente ardua. Tiene que ser el saber
de todas las cosas para todos los hombres y, al mismo tiempo,
la aproximación a lo que más importa, en especial,
la contemplación del ser en sí mismo. En esta contemplación
se esconde un impulso hacia algo más allá de la
metafísica. De este impulso irreprimible e insaciable,
implantado en cada hombre, pero levantado como apuntando a la
conciencia, en el metafísico, escribe Maritain en Los
grados del saber: «despierta un deseo de
la unión suprema, de una posesión espiritual cumplida
en el mismo plano de la realidad y no sólo en el concepto
y no puede satisfacerse este deseo». Una de las glorias
del hombre consiste en su capacidad de alcanzar alguna medida
de sabiduría humana en el campo metafísico, pero
ahí mismo yace la pobreza de esta ciencia.
Además,
por la metafísica, el hombre no puede llegar a un conocimiento
de Dios como él es en sí mismo ni a una vida de
unión con él. Con todo, el metafísico se
dedica al misterio del Ser Subsistente e intenta entender, a la
luz de la razón, las causas del ser. La sed por el ser
nunca puede ser saciada, como lo prueban ampliamente la historia
de la metafísica con sus períodos de renovación
a continuación de otros de estancamiento. Sin embargo,
Maritain llama la atención hacia el hecho de que en la
situación existencial de nuestra edad, hay muchos espíritus
para quienes las explicaciones filosóficas de Dios carecen
de significado y de atractivo. Dios no está ausente del
mundo, como nota Fr. Martin C. D'Arcy en "Dios no - ausente",
pero los hombres se han -encaminado lejos de él.
El filósofo cristiano no puede quedarse satisfecho con
la nueva repetición o perfilamiento de las cinco vías
de Santo Tomás. En Aproximaciones a Dios (1954), Maritain considera los argumentos tradicionales de la
existencia de Dios. Teniendo en cuenta los avances y dificultades
que surgen en razón del conocimiento científico,
discute los nuevos tanteos elaborados a partir del conocimiento
por connaturalidad, como podría ser la experiencia poética
y moral, y propone una "sexta vía".
A un nivel
más alto, el problema que consideramos ya no es simplemente
filosófico, pues adquiere dimensiones teológicas.
Uno está tentado de decir que no sólo se trata de
un tema teológico sino de una teología. ¿Puede
el ateísmo ser realmente vivido? Jacques Maritain responde
que si él pudiera ser vivido hasta sus últimas raíces
de la voluntad, disgregaría y mataría metafísicamente
toda voluntad. En un penetrante estudio acerca del ateísmo
contemporáneo, prueba este agobiante problema y somete
la mentalidad atea a una especie de descripción fenomenológica.
Hubo un tiempo en el que los filósofos escolásticos
discutían en un estilo académico, en que el ateísmo
era denunciado como una contradicción en sí mismo.
Pero semejante esquema pasa de lado las verdaderas dimensiones
del problema. El filósofo cristiano ha podido darse cuenta
de que hay una actitud atea de espíritu, plasmada por muchas
condiciones de la cultura moderna. Inconscientemente,
en la gente indiferente hacia la religión, semejante actitud
puede encontrarse latente en medio de tibias y rutinarias creencias.
Y al fin desemboca en varias clases de ateísmo que Maritain
examina. Más allá de tipos menores, el ateísmo
absoluto es descrito por Maritain como presentándose en
una temible figura, una especie de santo perdido, con proporciones
demoníacas. En él la libertad humana se obstina
en contra de la divina, en contra de un Dios en vano, pero apasionadamente,
negado.
El conocimiento
filosófico que el filósofo cristiano posee concerniente
a la existencia y a la naturaleza de Dios, y su capacidad para
discutir estas cuestiones con otros filósofos son indispensables
y de enorme valor. Pero en las distintas dimensiones de espíritu
de cada uno, que estamos ahora considerando, el filósofo
cristiano sabe que la absoluta desconfianza del ateo sólo
puede ser rescatada con la afirmación, igualmente absoluta,
del santo. Al escribir acerca de esta dramática y portentosa
confrontación, Maritain alcanza una de sus cumbres filosóficas
y literarias.
Uno de los
temas de más largo alcance en la filosofía de Maritain
es el de la libertad. El misterio de la libertad y de las opciones
humanas en los estadios cruciales de sus vidas, nunca ha cesado
de atemorizar y despertar la reflexión del espíritu
del filósofo. Un simple y primordial ejemplo, nuevamente
ilustrativo, es el del niño que hace su primera y genuina
opción por un bien o por un mal. Otro ejemplo es ofrecido
por el adolescente en el umbral de la madurez, escogiendo un camino
de vida más bien que otro, tal vez a favor o en contra
de la religión en la que ha nacido. El sorprendente contraste
entre el santo y el ateo, tal como Maritain lo describe, lleva
a la oposición de dos seres que en la secreta intimidad
del alma han hecho su opción por o en contra de Dios.
Estas ilustraciones
atestiguan acerca de lo que cada uno sabe y ha experimentado en
su vida personal: el hecho de la libre opción. Las raíces
metafísicas de la libertad existen en cada ser humano,
pero deben ser robustecidas para crecer en el orden psicológico
y moral. «Estamos llamados a pasar a la acción dice Maritain en Libertad en el mundo moderno
que nos constituye en el orden metafísico como
personas. Es nuestro deber hacernos personas con nuestro propio
esfuerzo, teniendo dominio sobre nuestros actos y gozando de la
plenitud de la existencia».
El tratado
del amor de la libre opción en El pecado del
ángel' (1959) es excepcionalmente pertinente para
penetrar el misterio de la libre elección ejercida por
la voluntad humana. Considerando, desde la posición ventajosa
del filósofo cristiano, el profundo problema teológico
de la pecabilidad del ángel discutido en un profundo
lenguaje técnico propio de una controversia entre teólogos
nos ilustra con penetrantes luces acerca de la elección
metafísica. El estudio de la naturaleza del acto libre,
como poseído, como era en su forma más pura, por
un ser inteligente que es puro espíritu no embarazado por
pasiones ni enfermedades corporales, ofrece un entendimiento más
profundo de la naturaleza de la elección en cualquier inteligencia
creada corpórea o incorpórea.
La libertad
de elección, en la que el destino de una creatura libre
queda decidido, está encaminada a una libertad más
grande, como la autonomía, la plenitud o la exultación.
Esta libertad de independencia, como la lIama también Maritain,
la encontramos en varios estudios. Cada uno de nosotros la conoce
obscuramente como algo de valor supremo, pero Maritain es uno
de los pocos filósofos que se han dedicado a su elucidación,
y apenas ningún otro ha escrito tan clarividentemente acerca
de la libertad. Con todas las grandes palabras, dice, la libertad
está cargada con las riquezas, deseos, sueños y
generosidades de la persona humana.
IV
También
las sociedades o, como podríamos decir más bien,
las personas humanas habitando en comunidad y actuando concertadamente,
tienen que hacer sus opciones. Con sus palabras acerca de la filosofía
social, Jacques Maritain se presenta como el filósofo de
la libertad; se interesa no sólo en el tipo de orden social
y político que el hombre contemporáneo está
llamado a constituir, sino también en la actitud concreta
del ser humano en faz de su destino. Dentro de los límites
puestos por las leyes de la naturaleza, por la herencia y la tradición
y por las exigencias del medio ambiente material, queda mucho
lugar para que el hombre escoja el tipo de sociedad en la que
quiere vivir. Una verdadera sociedad humana promueve y nutre las
condiciones requeridas para el florecimiento de la libertad y
la plenitud de la independencia.
En el campo
de la filosofía práctica, que incluye moral, política
y filosofía social además de filosofía de
la historia y filosofía de la educación, como en
los de la filosofía teórica, Jacques Maritain ha
trazado pistas y ampliado las fronteras de la filosofía
cristiana. Entre muchos de los tópicos a los que ha aportado
significativas contribuciones y a los que ha facilitado el camino
para una más amplia investigación, se encuentran
la ley natural y los derechos humanos, la soberanía y la
naturaleza del estado, libertad y autoridad, igualdad humana,
fundamentos de la democracia personalista, filosofía de
la educación y cooperación intelectual.
De los numerosos
libros y estudios que Maritain ha dedicado a estos temas, el más
importante en el dominio del pensamiento social es indudablemente Humanismo Integral (1936), así como El hombre y el Estado (1951) lo
es en el dominio de la teoría política y Filosofía
moral (1960) en el de la ética. Humanismo
Integral, que Maritain veía como un esbozo de
un trabajo más comprensivo que esperaba escribir, contiene
su estructura para un orden social cristiano, una nueva cristiandad.
A las varias
formas de humanismo antropocéntrico emergentes por todas
partes en el mundo moderno, los hombres de buena voluntad oponen
un humanismo teocéntrico. Una filosofía social cristiana
debe ser desarrollada tomando plena conciencia de las cuestiones
económicas y sociales de nuestro tiempo. En particular
los cristianos están llamados a tomar posiciones de liderazgo
en el campo de la acción. Maritain expresa su asombro ante
muchos cristianos que se contentan con dormir sobre el desconocimiento
de las crisis que los amenazan. Se necesita un humanismo heroico,
pero, ¿es posible éste para hombres que se encuentran
en las condiciones existenciales de la vida actual? Maritain tiene
compasión del hombre común, tiene confianza en el
pueblo sencillo, pero comprende bien a «la humana condición»,
y sabe que mientras el hombre aspira a una vida heroica, no se
encuentra nada menos común que el heroísmo. ¿Es
posible en realidad un «humanismo consciente de sí
y libre, capaz de conducir al hombre al sacrificio y a la grandeza
sobrehumana»? La respuesta cristiana, en términos
del más alto ideal, es el humanismo de la encarnación,
el cual está encaminado al cumplimiento sociotemporal del
mensaje de los evangelios.
Maritain trata
de «la misión temporal del cristiano»
en Humanismo Integral. Especie de documento
y testamento para los azarosos años 30, en que fue escrito, La Misión Temporal del Cristianismo,
como es intitulado el capítulo, se hace oír con
una urgente, profética y convincente resonancia para los
contemporáneos. Maritain aporta luz acerca del secular
agrietamiento de una civilización en otro tiempo cristiana,
pero que ahora sólo lo es en el exterior, y caracteriza
el rol temporal del cristiano, al cual incumbe la iniciación
de un nuevo orden cristiano. Sin contemplaciones establece aquello
que debe ser descartado de las antiguas formas de actuar y cuáles
son las virtudes, heroicas en sus metas, que hay que promover.
El personalismo
y "humanismo heroico" de la filosofía social
de Maritain ha despertado una profunda atracción en los
pueblos de los países subdesarrollados del mundo, quienes
claman por una mayor comprensión fraternal y por un diálogo,
y no simplemente por una asistencia técnica o material.
Esto es especialmente verdadero en los países de tradición
cristiana como las repúblicas de América Latina.
Mientras los elementos conservadores a menudo han repudiado en
el pasado este pensamiento social por ser "revolucionario",
él ha sido el inspirador del movimiento de la Democracia
Cristiana, que está creciendo en varios de estos países.
Para entender
las complejas cuestiones relativas al orden social, económico,
político y cultural, es preciso entender la filosofía
de la historia y de la cultura así como la filosofía
social y política. Y aquí surge una de las mejores
oportunidades para el filósofo cristiano, para cuya mente
no basta una pura filosofía de la historia. El clima connatural
para el crecimiento y desarrollo de la filosofía de la
historia es el de la historia judeo-cristiana. En las manos de
un filósofo sin fe, dice Maritain, la filosofía
de la historia se reduce a un objeto insignificante y corre el
riesgo de mistificación. ¿Dónde encontraría
un tal hombre los dones proféticos requeridos para su propósito?
Una filosofía de la historia adecuada es iluminada por
el conocimiento más elevado de la fe y la teología;
lo cual es, en una palabra, la filosofía cristiana de la
historia. Evaluando el trabajo de Maritain en este campo, el Cardenal
Journet dice que constituye por primera vez una filosofía
cristiana de la historia como algo distinto de la teología
de la historia.
Una filosofía
cristiana de la cultura confronta tareas similares. Tiene que
plantear los problemas implicados en la cultura y la civilización
de otra manera de la que lo hacen las filosofías no cristianas.
Tiene que reconocer la importancia del factor económico
en la historia, pero tiene que buscar cómo derramar luz
acerca de aspectos más profundos y más humanos de
la cultura, como los que conciernen al rol jugado por las fuerzas
espirituales.
La filosofía
social y política de Maritain es compelida por sus propios
principios de justicia y amistad a buscar la cooperación
de los hombres de mentalidad parecida. Mucho antes de que fuera
factible hablar el lenguaje del encuentro y el diálogo,
insistía en la necesidad de diálogo entre filósofos
creyentes y no creyentes. Esta discusión es difícil
ya que implica distintos universos espirituales. Con todo, ella
es no sólo posible y deseable, sino necesaria para que
sea preservada la unidad de la cultura occidental. Problemas similares,
a una escala más amplia, se plantean entre los pueblos
de distintos países y civilización, y Maritain trata
de esto en sus estudios sobre la cooperación en un mundo
dividido. Su ensayo '¿Quién es mi prójimo?' es uno de los más notables planteamientos acerca de la
verdadera y humana amistad. En él nos ofrece la expresión
de su credo personal y manifiesta su espíritu ecuménico.
Maritain, personalmente se ha esforzado por entrar en un diálogo
fraterno con hombres de cualquier credo y cultura. Su éxito
no debe ser juzgado por el número de conversiones a la
verdad en que creía que ha conseguido, sino más
bien por la influencia que su celo por la verdad y justicia ha
tenido en sus contemporáneos.
De especial
significación es el planteamiento de Maritain acerca de "la cuestión judía", que no es
sólo, como él mismo señala, un simple problema
compuesto por elementos políticos y económicos,
sino un misterio relacionado al misterio de la cruz. Su emotiva
acusación del antisemitismo y su defensa de todos los miembros
de la familia humana como hermanos bajo el Padre de los cielos,
constituye una de las páginas por las cuales la historia
le otorgará su mayor honor. Él ha condenado con
y sin oportunidad cualquier forma de racismo y degradación
de la persona humana. No sólo ha predicado tales temas,
sino que ha actuado al respecto repetidamente y a alto costo personal.
Maritain nos dice que una filosofía realista de la igualdad
humana debe beber en las fuentes de la tradición judeo-cristiana
para ser segura y efectiva. Describe elocuentemente las lecciones
de democracia que ha aprendido de la inspiración de los
Evangelios y enfatiza que la creciente conciencia de los derechos
de la persona tiene, en su origen, la concepción del hombre
y de la ley natural establecida hace siglos por la filosofía
cristiana. Entre todos los filósofos medievales, fue Santo
Tomás en particular quien distinguió más
claramente entre teología y filosofía y reconoció
la autonomía de las disciplinas filosóficas. Pero
la filosofía cristiana, así establecida en principio,
nunca había sido explícitamente elaborada hasta
nuestro tiempo y sólo se encuentra en proceso de desarrollo.
Ella es más una filosofía del futuro que una tradición.
Donald
e Idella Gallagher
Boston College
Chesnut Hill, Massachusetts. Junio, 1964