VISIÓN GENERAL

LA FILOSOFÍA CRISTIANA DE JACQUES MARITAIN

Donald e Idella Gallagher


(Este trabajo ha sido extractado de la Introducción a ‘LECTURAS ESCOGIDAS DE JACQUES MARITAIN’, de ambos autores, libro publicado por Ediciones Nueva Universidad de la Universidad Católica de Chile en 1974.)

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Filosofía de la cultura de Maritain
John Gueguen, Jr.
Jacques Maritain
Martin Luther King Jr.
Humanismo y Democracia en Maritain
Ricardo Haro
La filosofía cristiana de Maritain
Donald e Idella Gallagher
La filosofía política de Maritain
Alberto Rodríguez Varela

Arte y poesía en J. Maritain
Ismael Bustos


I

Desde su conversión al catolicismo (1906), Jacques Maritain ha tratado de transformar la sabiduría de Santo Tomás de Aquino en un fermento vivo de la cultura contemporánea. Él considera su propia filosofía como una filosofía cristiana, ni separada de la teología ni como una forma disfrazada de ésta, sino como una tarea de la razón situada en un clima de fe.


Hay algunos pensadores católicos que miran a la filosofía cristiana como una mezcla de fe y razón, como algo indefinible que no es carne ni pescado. Y los filósofos contemporáneos, como Martín Heidegger, que la llaman “plaza redonda”, afirmando que una filosofía religiosa nunca puede enfrentarse con la pregunta de por qué existen los seres más bien que la nada.

En respuesta a estas críticas el filósofo cristiano precisará que históricamente los filósofos cristianos, siguiendo un método estrictamente filosófico, han filosofado al interior de la fe, y que sin la luz aportada por la Revelación al problema de la creación, la pregunta de Heidegger tal vez ni habría sido planteada jamás por los filósofos del mundo occidental.


Que hay algo paradójico en el estado en que la filosofía cristiana se encuentra a sí misma, es reconocido por Jacques Maritain. Con todo, cuanto más piensa en el problema de una filosofía cristiana, nos dice en ‘Humanismo Integral’, más se persuade de que ella ocupa un lugar central en la historia del tiempo moderno y de que continuará ocupándolo en los próximos tiempos.

¿Qué clase de filosofía es esta filosofía cristiana? Y ¿qué clase de filósofo es Jacques Maritain, quien ha sido aclamado por unos como un apóstol de la verdad, mientras es condenado por otros como un signo de contradicción?


II

Los logros filosóficos de Jacques Maritain son el fruto de su apasionada búsqueda del sentido de la vida, de su inagotable prosecución de la sabiduría en la filosofía, la teología y la experiencia espiritual, y de su profunda convicción de que su vocación intelectual consiste en elaborar una filosofía que está unida con cada puente de luz y de experiencia para la mente humana, una filosofía capaz de «rescatar el tiempo y redimir toda búsqueda humana de la verdad» (‘Ransoming the Time’).

Como otros filósofos de su generación – Heidegger, que observa al hombre moderno como un olvidado del ser, extraviado en un mundo sin sentido, o Gabriel Marcel, quien se rebela desde un intelectualismo abstracto en su búsqueda de caminos concretos para llegar al misterio del ser –, Jacques Maritain ve en el mundo moderno una pérdida progresiva del sentido del amor, de la verdad y del ser.

Desde la publicación de sus más tempranos libros, Maritain ha sido acusado de tener un juicio excesivamente severo acerca del mundo moderno y del pensamiento moderno. En ‘Filosofía Bergsoniana y Tomismo’ (1913), ‘Antimoderno’ (1922) y ‘Tres Reformadores’ (1925) ha condenado a muchas tendencias modernas. Y en los libros siguientes se refiere a un mundo infeliz caminando hacia su término ante nuestros ojos, y clama por un nuevo estilo de civilización así como por un nuevo estilo de santidad. Pero, aun en esos escritos primerizos, Maritain reconoce las grandes realizaciones del mundo moderno e insiste en que él no es un simple antimodernista. Muestra una extraordinaria perspicacia respecto de los problemas y anhelos del hombre moderno, así como una inmensa compasión por la «angustia de nuestro tiempo».

En uno de sus libros más recientes, ‘Reflexiones sobre los Estados Unidos’ (1958), Jacques Maritain despliega una notable comprensión de la vida y la cultura americanas. Sus miras acerca de América eran decididamente optimistas. No duda en aceptar bien conocidos defectos, pero insiste en que el pueblo norteamericano, lejos de ser el más materialista, es el más generoso que ha conocido. Es en este país donde descubrió el ansia de vida contemplativa en medio de los más prácticos propósitos, y entrevé un nuevo orden social y económico de actuar, compuesto de una forma no doctrinaria de democracia junto con unas aspiraciones humanitaristas y personalistas concretas. Su interpretación de la civilización americana refleja ciertamente la amplia experiencia de democracia que los años de enseñanza y residencia en los Estados Unidos le habían aportado. El nuevo orden que ve emerger «más allá del capitalismo y del socialismo» es un fenómeno en el que encuentra una confirmación de su argumento según el cual el llamado mundo moderno está abriendo el camino para otro mundo nuevo.

Entre los muchos y variados logros históricos, que Jacques Maritain reconoce han sido ganados para la cultura y la civilización, por el mundo moderno, entre 1500 y los primeros años del 1900, hay uno que los orienta a todos. Desde el Renacimiento se había desarrollado una creciente conciencia de las posibilidades humanas, una profunda conciencia de sí mismo de parte del hombre como poeta, científico, trabajador. Esta emergente y elevada conciencia aparece evidente y palpitante en cada fase de la actividad humana y en cada una de las disciplinas que practica. Hablando del crecimiento de la conciencia entre la clase trabajadora en los tiempos modernos, activada al mismo tiempo que distorsionada por el marxismo, Maritain precisa que, a pesar de todo, ésta es una muestra de un extendido fenómeno que tiene un significado inmenso.

«Todas las grandes formas de progreso de la edad moderna, sea en el terreno del arte, de la ciencia, de la filosofía, de la poesía o de la vida espiritual, parecen exhibir este crecimiento de la conciencia de sí mismo, esta concientización». (‘Humanismo Integral’)
Las filosofías de este siglo, brincando desde las formas clásicas de la filosofía moderna, evidencian esta especie de concientización en un camino altamente reflejo. En esta concientización y en las responsabilidades que trae consigo, la filosofía cristiana debe tomar su parte. Gracias a todas las influencias de las que ha beneficiado y gracias a su prontitud en seguir cualquier directriz que se le diera y en inquirir la verdad a cualquier precio, Maritain ha conseguido esa conciencia, y por esto la suya no sólo es una genuina filosofía contemporánea, sino que es una filosofía de cara al futuro.

La crítica de Jacques Maritain a la civilización moderna no procede de alguien que ha morado en una especie de enclave medieval. Él ha experimentado, en primer lugar, al mundo cultural y social que evalúa. Nacido en París en 1882, fue educado en el corazón de la cultura francesa y en sus colegios. Su padre, Paul Maritain, era un abogado de Burgundy; su madre, Genevieve Favre, era hija de Jules Favre, uno de los fundadores de la III República. En la Sorbona, Jacques estudió bajo los más renombrados catedráticos del momento, cuya filosofía cientista y fenomenológica empero le causó una desesperanza de la razón. Recordando este período de su vida, nos dice que él y Raïssa Oumansoff, con quien se casó en 1904, esperaban las clases de Henri Bergson en el Colegio de Francia y que fue Bergson quien llenó «nuestro profundo deseo de verdad metafísica dándonos un básico sentido de absoluto». Otras grandes influencias sobre él y Raïssa en este tiempo fueron Charles Péguy y León Bloy. Un año después de su primer encuentro con Bloy fueron bautizados en la Iglesia Católica escogiéndolo a él como padrino.

No fue la filosofía lo que llevó a Jacques y Raïssa Maritain hasta la verdad por las que tan ardientemente suspiraron. Fueron la gracia y la fe. Ciertamente que, por su inexperiencia, el joven Jacques temió tener que renunciar a su filosofía, pues, ¿no se encontraba todo ya ubicado dentro del catolicismo? Cuando no se acobardó ante tamaño sacrificio a cambio del don más precioso de la fe, estaba cercano al momento en que descubrió los escritos de Santo Tomás de Aquino y en que tuvo una especie de iluminación de la inteligencia. Desde entonces siguió por esta senda «... con el presentimiento de que yo podía entender más completamente los tanteos, los descubrimientos y el trabajo del pensamiento moderno, según tratara de lanzar sobre ellos más de aquella luz que viene hasta nosotros de una sabiduría que, resistiendo a las fluctuaciones del tiempo, ha sido elaborada a través de muchos siglos». ('Confesión de Fe')

La vocación de filósofo había llegado claramente a Maritain, y todo lo que él había pensado que tenía que dejar atrás – sus estudios en la Sorbona, su conocimiento de Bergson, su entusiasmo apasionado por el arte, la literatura y la música, su investigación científica en Alemania – se convertía en parte de su filosofía y en su tesoro. Hubo también algunas pérdidas de amigos, y de las estrechas relaciones que había mantenido con su madre, quien nunca se reconcilió con su catolicismo, la antítesis de lo que ella estimaba. Estas heridas también entraron en su filosofía para hacerla más humana, más consciente de los sufrimientos del hombre.

La afición de Maritain hacia Santo Tomás se hace evidente a través de todos sus escritos. En ‘Santo Tomás de Aquino’ (1930) escribe acerca de la pureza de la inteligencia del santo, dedicado a descubrir y enseñar la verdad en toda su amplitud. En Santo Tomás, que tal vez nunca ha sido enteramente entendido ni apreciado hasta nuestros días, Maritain encuentra un apóstol de los tiempos modernos, un guía para la elaboración de una nueva filosofía cristiana.


III

«Un filósofo no es filósofo si no es un metafísico», dice Maritain, y es en la metafísica donde él ha hecho algunas de las más significativas colaboraciones a la filosofía. Algunos de sus escritos que merecen un cuidadoso estudio son los que tratan de lo que él llama «la noción difícil y controvertida» de subsistencia; de los tres grados y órdenes de abstracción; del conocimiento ontológico y empírico. Para conocer todas las ricas implicaciones de la noción del ser, él señala que quisiera interrogar a todas las metafísicas elaboradas o por elaborar. Incluso en estos abstrusos temas hay destellos de la inteligencia poética de Maritain, como cuando indica que la intuición del ser actúa solamente cuando estamos suficientemente vacíos como para oír lo que las cosas están susurrando.

En su discusión acerca de la existencia y la subjetividad, Maritain se propone a sí mismo un tema que preocupa a los filósofos contemporáneos. Ciertamente, desde Kierkegaard y Nietzsche hasta Sartre y Buber ha ido siendo reconocida la fundamental importancia de la subjetividad de la existencia personal. El individuo que está atento a la intuición del ser, según Maritain, está atento a la intuición de la subjetividad, como asiéndose a un destello del que él mismo es el yo. Es al pensarse a sí mismo, sujeto y no solamente objeto para sí mismo, que nos ponemos en faz de la subjetividad como subjetividad. Algunas de las más profundas y originales páginas de Maritain están consagradas a este tópico.

En ‘Dios y la permisión del mal’, Maritain vuelve a la pregunta filosófica, o más bien al misterio metafísico, que ha absorbido su mente por muchos años. La trágica importancia del problema del mal, en la raíz de muchas de las formas de ateísmo contemporáneo, debe ser valerosamente aceptada, pero al mismo tiempo debe ser vista a la luz de la absoluta inocencia de Dios. Jacques Maritain ha expresado la esperanza de que, en sus escritos acerca del tema, pueda haber prestado alguna contribución de valor durable para la filosofía. Sus reflexiones acerca de la inocencia divina, breves, pero profundas, insinúan que tuvo lugar esa contribución.

Al revés de los grandes elaboradores de sistemas de la filosofía clásica moderna, y en común con sus contemporáneos, Jacques Maritain no nos ha dejado el trabajo monumental de una completa síntesis filosófica. Su trabajo mayor en especulación filosófica, ‘Los grados del saber’ (1932), es un trabajo de una perspectiva de largo alcance, pero su blanco es tan sólo esclarecer el terreno y hacer avanzar las fronteras de la filosofía tomista. Surgió de la convicción de que un realismo reflejo y crítico, discriminaría e integraría los órdenes y grados de varias formas de conocimiento. Resumiendo lo que él llama la topología del mundo interior de la reflexión, trata de filosofía y ciencia experimental, realismo crítico y teoría del conocimiento, nuestro conocimiento de la naturaleza sensible, el conocimiento metafísico, la analogía y la subsistencia, la experiencia mística y la filosofía, la sabiduría agustiniana y la doctrina de Juan de la Cruz. ‘Los grados del saber’ no es una metafísica sistemática, sino un estudio epistemológico de varios niveles del conocimiento.

Como otros muchos filósofos actuales, Jacques Maritain ha dedicado gran atención a las relaciones entre la ciencia y la filosofía. Concede gran aprecio al valor intrínseco y a los múltiples beneficios de las ciencias, pero advierte acerca de las posibles consecuencias de su celebridad en la cultura moderna. Los hábitos de pensamiento prevalecientes en una civilización industrial, en la que la manipulación del mundo á través de la ciencia y la tecnología juega un rol dominante, tienen como resultado una pérdida del sentido del ser. La restricción del área de pensamiento produce una incapacidad para captar cualquier explicación racional de la existencia de Dios y debilita la adhesión a las creencias religiosas. Maritain insiste en que filósofos y científicos aprendan a hablar cada uno el lenguaje del otro y a apreciar cada uno las percepciones del otro.

La vocación metafísica es ciertamente ardua. Tiene que ser el saber de todas las cosas para todos los hombres y, al mismo tiempo, la aproximación a lo que más importa, en especial, la contemplación del ser en sí mismo. En esta contemplación se esconde un impulso hacia algo más allá de la metafísica. De este impulso irreprimible e insaciable, implantado en cada hombre, pero levantado como apuntando a la conciencia, en el metafísico, escribe Maritain en ‘Los grados del saber’: «despierta un deseo de la unión suprema, de una posesión espiritual cumplida en el mismo plano de la realidad y no sólo en el concepto y no puede satisfacerse este deseo». Una de las glorias del hombre consiste en su capacidad de alcanzar alguna medida de sabiduría humana en el campo metafísico, pero ahí mismo yace la pobreza de esta ciencia.

Además, por la metafísica, el hombre no puede llegar a un conocimiento de Dios como él es en sí mismo ni a una vida de unión con él. Con todo, el metafísico se dedica al misterio del Ser Subsistente e intenta entender, a la luz de la razón, las causas del ser. La sed por el ser nunca puede ser saciada, como lo prueban ampliamente la historia de la metafísica con sus períodos de renovación a continuación de otros de estancamiento. Sin embargo, Maritain llama la atención hacia el hecho de que en la situación existencial de nuestra edad, hay muchos espíritus para quienes las explicaciones filosóficas de Dios carecen de significado y de atractivo. Dios no está ausente del mundo, como nota Fr. Martin C. D'Arcy en "Dios no - ausente", pero los hombres se han -encaminado lejos de él.

El filósofo cristiano no puede quedarse satisfecho con la nueva repetición o perfilamiento de las cinco vías de Santo Tomás. En ‘Aproximaciones a Dios’ (1954), Maritain considera los argumentos tradicionales de la existencia de Dios. Teniendo en cuenta los avances y dificultades que surgen en razón del conocimiento científico, discute los nuevos tanteos elaborados a partir del conocimiento por connaturalidad, como podría ser la experiencia poética y moral, y propone una "sexta vía".

A un nivel más alto, el problema que consideramos ya no es simplemente filosófico, pues adquiere dimensiones teológicas. Uno está tentado de decir que no sólo se trata de un tema teológico sino de una teología. ¿Puede el ateísmo ser realmente vivido? Jacques Maritain responde que si él pudiera ser vivido hasta sus últimas raíces de la voluntad, disgregaría y mataría metafísicamente toda voluntad. En un penetrante estudio acerca del ateísmo contemporáneo, prueba este agobiante problema y somete la mentalidad atea a una especie de descripción fenomenológica. Hubo un tiempo en el que los filósofos escolásticos discutían en un estilo académico, en que el ateísmo era denunciado como una contradicción en sí mismo. Pero semejante esquema pasa de lado las verdaderas dimensiones del problema. El filósofo cristiano ha podido darse cuenta de que hay una actitud atea de espíritu, plasmada por muchas condiciones de la cultura moderna. Inconscientemente, en la gente indiferente hacia la religión, semejante actitud puede encontrarse latente en medio de tibias y rutinarias creencias. Y al fin desemboca en varias clases de ateísmo que Maritain examina. Más allá de tipos menores, el ateísmo absoluto es descrito por Maritain como presentándose en una temible figura, una especie de santo perdido, con proporciones demoníacas. En él la libertad humana se obstina en contra de la divina, en contra de un Dios en vano, pero apasionadamente, negado.

El conocimiento filosófico que el filósofo cristiano posee concerniente a la existencia y a la naturaleza de Dios, y su capacidad para discutir estas cuestiones con otros filósofos son indispensables y de enorme valor. Pero en las distintas dimensiones de espíritu de cada uno, que estamos ahora considerando, el filósofo cristiano sabe que la absoluta desconfianza del ateo sólo puede ser rescatada con la afirmación, igualmente absoluta, del santo. Al escribir acerca de esta dramática y portentosa confrontación, Maritain alcanza una de sus cumbres filosóficas y literarias.

Uno de los temas de más largo alcance en la filosofía de Maritain es el de la libertad. El misterio de la libertad y de las opciones humanas en los estadios cruciales de sus vidas, nunca ha cesado de atemorizar y despertar la reflexión del espíritu del filósofo. Un simple y primordial ejemplo, nuevamente ilustrativo, es el del niño que hace su primera y genuina opción por un bien o por un mal. Otro ejemplo es ofrecido por el adolescente en el umbral de la madurez, escogiendo un camino de vida más bien que otro, tal vez a favor o en contra de la religión en la que ha nacido. El sorprendente contraste entre el santo y el ateo, tal como Maritain lo describe, lleva a la oposición de dos seres que en la secreta intimidad del alma han hecho su opción por o en contra de Dios.

Estas ilustraciones atestiguan acerca de lo que cada uno sabe y ha experimentado en su vida personal: el hecho de la libre opción. Las raíces metafísicas de la libertad existen en cada ser humano, pero deben ser robustecidas para crecer en el orden psicológico y moral. «Estamos llamados a pasar a la acción – dice Maritain en ‘Libertad en el mundo moderno’ que nos constituye en el orden metafísico como personas. Es nuestro deber hacernos personas con nuestro propio esfuerzo, teniendo dominio sobre nuestros actos y gozando de la plenitud de la existencia».

El tratado del amor de la libre opción en ‘El pecado del ángel' (1959) es excepcionalmente pertinente para penetrar el misterio de la libre elección ejercida por la voluntad humana. Considerando, desde la posición ventajosa del filósofo cristiano, el profundo problema teológico de la pecabilidad del ángel – discutido en un profundo lenguaje técnico propio de una controversia entre teólogos – nos ilustra con penetrantes luces acerca de la elección metafísica. El estudio de la naturaleza del acto libre, como poseído, como era en su forma más pura, por un ser inteligente que es puro espíritu no embarazado por pasiones ni enfermedades corporales, ofrece un entendimiento más profundo de la naturaleza de la elección en cualquier inteligencia creada corpórea o incorpórea.

La libertad de elección, en la que el destino de una creatura libre queda decidido, está encaminada a una libertad más grande, como la autonomía, la plenitud o la exultación. Esta libertad de independencia, como la lIama también Maritain, la encontramos en varios estudios. Cada uno de nosotros la conoce obscuramente como algo de valor supremo, pero Maritain es uno de los pocos filósofos que se han dedicado a su elucidación, y apenas ningún otro ha escrito tan clarividentemente acerca de la libertad. Con todas las grandes palabras, dice, la libertad está cargada con las riquezas, deseos, sueños y generosidades de la persona humana.


IV

También las sociedades o, como podríamos decir más bien, las personas humanas habitando en comunidad y actuando concertadamente, tienen que hacer sus opciones. Con sus palabras acerca de la filosofía social, Jacques Maritain se presenta como el filósofo de la libertad; se interesa no sólo en el tipo de orden social y político que el hombre contemporáneo está llamado a constituir, sino también en la actitud concreta del ser humano en faz de su destino. Dentro de los límites puestos por las leyes de la naturaleza, por la herencia y la tradición y por las exigencias del medio ambiente material, queda mucho lugar para que el hombre escoja el tipo de sociedad en la que quiere vivir. Una verdadera sociedad humana promueve y nutre las condiciones requeridas para el florecimiento de la libertad y la plenitud de la independencia.

En el campo de la filosofía práctica, que incluye moral, política y filosofía social además de filosofía de la historia y filosofía de la educación, como en los de la filosofía teórica, Jacques Maritain ha trazado pistas y ampliado las fronteras de la filosofía cristiana. Entre muchos de los tópicos a los que ha aportado significativas contribuciones y a los que ha facilitado el camino para una más amplia investigación, se encuentran la ley natural y los derechos humanos, la soberanía y la naturaleza del estado, libertad y autoridad, igualdad humana, fundamentos de la democracia personalista, filosofía de la educación y cooperación intelectual.

De los numerosos libros y estudios que Maritain ha dedicado a estos temas, el más importante en el dominio del pensamiento social es indudablemente ‘Humanismo Integral’ (1936), así como ‘El hombre y el Estado’ (1951) lo es en el dominio de la teoría política y ‘Filosofía moral’ (1960) en el de la ética. ‘Humanismo Integral’, que Maritain veía como un esbozo de un trabajo más comprensivo que esperaba escribir, contiene su estructura para un orden social cristiano, una nueva cristiandad.

A las varias formas de humanismo antropocéntrico emergentes por todas partes en el mundo moderno, los hombres de buena voluntad oponen un humanismo teocéntrico. Una filosofía social cristiana debe ser desarrollada tomando plena conciencia de las cuestiones económicas y sociales de nuestro tiempo. En particular los cristianos están llamados a tomar posiciones de liderazgo en el campo de la acción. Maritain expresa su asombro ante muchos cristianos que se contentan con dormir sobre el desconocimiento de las crisis que los amenazan. Se necesita un humanismo heroico, pero, ¿es posible éste para hombres que se encuentran en las condiciones existenciales de la vida actual? Maritain tiene compasión del hombre común, tiene confianza en el pueblo sencillo, pero comprende bien a «la humana condición», y sabe que mientras el hombre aspira a una vida heroica, no se encuentra nada menos común que el heroísmo. ¿Es posible en realidad un «humanismo consciente de sí y libre, capaz de conducir al hombre al sacrificio y a la grandeza sobrehumana»? La respuesta cristiana, en términos del más alto ideal, es el humanismo de la encarnación, el cual está encaminado al cumplimiento sociotemporal del mensaje de los evangelios.

Maritain trata de «la misión temporal del cristiano» en ‘Humanismo Integral’. Especie de documento y testamento para los azarosos años 30, en que fue escrito, ‘La Misión Temporal del Cristianismo’, como es intitulado el capítulo, se hace oír con una urgente, profética y convincente resonancia para los contemporáneos. Maritain aporta luz acerca del secular agrietamiento de una civilización en otro tiempo cristiana, pero que ahora sólo lo es en el exterior, y caracteriza el rol temporal del cristiano, al cual incumbe la iniciación de un nuevo orden cristiano. Sin contemplaciones establece aquello que debe ser descartado de las antiguas formas de actuar y cuáles son las virtudes, heroicas en sus metas, que hay que promover.

El personalismo y "humanismo heroico" de la filosofía social de Maritain ha despertado una profunda atracción en los pueblos de los países subdesarrollados del mundo, quienes claman por una mayor comprensión fraternal y por un diálogo, y no simplemente por una asistencia técnica o material. Esto es especialmente verdadero en los países de tradición cristiana como las repúblicas de América Latina. Mientras los elementos conservadores a menudo han repudiado en el pasado este pensamiento social por ser "revolucionario", él ha sido el inspirador del movimiento de la Democracia Cristiana, que está creciendo en varios de estos países.

Para entender las complejas cuestiones relativas al orden social, económico, político y cultural, es preciso entender la filosofía de la historia y de la cultura así como la filosofía social y política. Y aquí surge una de las mejores oportunidades para el filósofo cristiano, para cuya mente no basta una pura filosofía de la historia. El clima connatural para el crecimiento y desarrollo de la filosofía de la historia es el de la historia judeo-cristiana. En las manos de un filósofo sin fe, dice Maritain, la filosofía de la historia se reduce a un objeto insignificante y corre el riesgo de mistificación. ¿Dónde encontraría un tal hombre los dones proféticos requeridos para su propósito? Una filosofía de la historia adecuada es iluminada por el conocimiento más elevado de la fe y la teología; lo cual es, en una palabra, la filosofía cristiana de la historia. Evaluando el trabajo de Maritain en este campo, el Cardenal Journet dice que constituye por primera vez una filosofía cristiana de la historia como algo distinto de la teología de la historia.

Una filosofía cristiana de la cultura confronta tareas similares. Tiene que plantear los problemas implicados en la cultura y la civilización de otra manera de la que lo hacen las filosofías no cristianas. Tiene que reconocer la importancia del factor económico en la historia, pero tiene que buscar cómo derramar luz acerca de aspectos más profundos y más humanos de la cultura, como los que conciernen al rol jugado por las fuerzas espirituales.

La filosofía social y política de Maritain es compelida por sus propios principios de justicia y amistad a buscar la cooperación de los hombres de mentalidad parecida. Mucho antes de que fuera factible hablar el lenguaje del encuentro y el diálogo, insistía en la necesidad de diálogo entre filósofos creyentes y no creyentes. Esta discusión es difícil ya que implica distintos universos espirituales. Con todo, ella es no sólo posible y deseable, sino necesaria para que sea preservada la unidad de la cultura occidental. Problemas similares, a una escala más amplia, se plantean entre los pueblos de distintos países y civilización, y Maritain trata de esto en sus estudios sobre la cooperación en un mundo dividido. Su ensayo '¿Quién es mi prójimo?' es uno de los más notables planteamientos acerca de la verdadera y humana amistad. En él nos ofrece la expresión de su credo personal y manifiesta su espíritu ecuménico. Maritain, personalmente se ha esforzado por entrar en un diálogo fraterno con hombres de cualquier credo y cultura. Su éxito no debe ser juzgado por el número de conversiones a la verdad en que creía que ha conseguido, sino más bien por la influencia que su celo por la verdad y justicia ha tenido en sus contemporáneos.

De especial significación es el planteamiento de Maritain acerca de "la cuestión judía", que no es sólo, como él mismo señala, un simple problema compuesto por elementos políticos y económicos, sino un misterio relacionado al misterio de la cruz. Su emotiva acusación del antisemitismo y su defensa de todos los miembros de la familia humana como hermanos bajo el Padre de los cielos, constituye una de las páginas por las cuales la historia le otorgará su mayor honor. Él ha condenado con y sin oportunidad cualquier forma de racismo y degradación de la persona humana. No sólo ha predicado tales temas, sino que ha actuado al respecto repetidamente y a alto costo personal.

Maritain nos dice que una filosofía realista de la igualdad humana debe beber en las fuentes de la tradición judeo-cristiana para ser segura y efectiva. Describe elocuentemente las lecciones de democracia que ha aprendido de la inspiración de los Evangelios y enfatiza que la creciente conciencia de los derechos de la persona tiene, en su origen, la concepción del hombre y de la ley natural establecida hace siglos por la filosofía cristiana. Entre todos los filósofos medievales, fue Santo Tomás en particular quien distinguió más claramente entre teología y filosofía y reconoció la autonomía de las disciplinas filosóficas. Pero la filosofía cristiana, así establecida en principio, nunca había sido explícitamente elaborada hasta nuestro tiempo y sólo se encuentra en proceso de desarrollo. Ella es más una filosofía del futuro que una tradición.

Donald e Idella Gallagher
Boston College
Chesnut Hill, Massachusetts. Junio, 1964