Firmemente
asentado en la tradición de su maestro, Santo Tomás
de Aquino, Jacques Maritain definió su vocación
y su misión como filósofo cristiano con el lema 'Desdichado de mi si no tomistizara'.
Filósofo
del ser, buscó penetrar y profundizar nuestro entendimiento
de los inagotables misterios de la realidad. Su
obra maestra, Los grados del Saber (1937),
es un análisis clásico de las diferentes formas
del conocimiento, desde el conocimiento científico hasta
la experiencia mística.
De una religiosidad
profunda, poseía como Santo Tomás los dones del
Espíritu Santo en abundancia, así como una razón
fortalecida en su propio orden por las luces de su fe.
Consciente
de la importancia de la verdad especulativa, buscó el conocimiento
más allá de las ciencias materiales - conocimiento
éste que tanto puede servir al bien como al mal.
Para él,
la Metafísica era una sabiduría natural, la cúspide
del entendimiento natural.
LOS
VALORES HUMANOS
Según
Maritain, el pecado capital del hombre moderno ha sido no darse
cuenta que en el orden del bien, la primera iniciativa corresponde
a Dios y la segunda al hombre. Como escribe en Ciencia
y Sabiduría, la tragedia consiste en haber
alcanzado una edad de humanismo antropocéntrico,
separado de la Encarnación, una edad en la que la ciencia
ha logrado por fin derrotar a la sabiduría, transformando
los esfuerzos de progreso en una destrucción de los valores
humanos.
El libro Ciencia
y Sabiduría es tan relevante hoy como lo
fue recién publicado en 1940. En una edad esencialmente
práctica, donde la praxis constituye la verdad absoluta,
Maritain predicó la primacía de lo espiritual, ya
que la sabiduría es necesaria tanto en sí misma
como para el debido entendimiento de la palabra de Dios. La sabiduría
penetra en la médula misma del ser y conduce a un conocimiento
que ilumina la realidad, impregnando y regulando, con una visión
superior, la vida práctica de los hombres en el mundo.
Pero Maritain
no filosofó en una torre de marfil, sino que llevó
los principios de Santo Tomás hasta las profundidades de
la vida humana. Según él, el progreso moral es el
mayor signo del progreso humano, mientras que el dominio público
de la mentira, la injusticia y de todas las formas de inmoralidad
constituyen una traición a la vida ordinaria de los hombres.
Como filósofo político, Maritain penetró
en las profundidades de la persona humana, de la realidad del
bien común y de las aspiraciones a la libertad y a una
auténtica liberación del hombre moderno.
Reconoció
el advenimiento de la era de los trabajadores en la vida moderna,
los que no debieran seguir condenados a la inferioridad y a la
servidumbre, sino, por el contrario, disfrutar de la justicia
económica, de la cultura y de un estado verdaderamente
humano. Gran defensor de la democracia, Maritain reconoció
su dependencia de los valores evangélicos en lo que constituye
una prefiguración de La Iglesia en el Mundo Moderno
del Concilio Vaticano II.
Fue, a la
vez, personalista y comunitario y combatió en sus raíces
las debilidades de la democracia liberal individualista y su rechazo
de la verdad objetiva, su relativismo moral y su peligrosa consecuencia,
el nihilismo moral.
Maritain percibió
que la democracia divorciada del Evangelio, como un hijo de Juan
Jacobo Rousseau, se deterioraría en la decadencia. En este
sentido, no fue diferente de Juan Pablo II. El era un progresista,
abierto al desarrollo y crecimiento de la historia humana, pero,
apegado a la fe y a la tradición viviente de la Iglesia,
nunca desvió su humanismo cristiano hacia posturas irrealistas.
Maritain tuvo
alguna simpatía por los izquierdistas, por su sed de justicia
y de progreso humano, pero comprendió muy bien su falta
de entendimiento de la naturaleza humana y su necesidad de redención,
actitud que conducía, históricamente, a la ingenuidad y a la superficialidad para enfrentar la realidad y su sentido trágico.
En cuanto
al relativismo y ceguera de muchos intelectuales católicos
contemporáneos, Maritain lo vio como un arrodillarse
a los pies del mundo. Para él, el florecimiento
espontáneo de una naturaleza humana divorciada de su Redentor
constituía la peor caída. Como San Pablo, buscó traer la realidad cautiva en Cristo, sin rechazar ninguna verdad
en el progreso del hombre hacia su destino eterno. Por ello, su
Tomismo es capaz de un desarrollo indefinido.
En el terreno
de la ética, la poesía y la estética, Maritain
filosofó en forma destacada. Su obra La Intuición
Creativa en el Arte y la Poesía (1953), describió
el despertar y crecimiento de la propia conciencia del arte y
la poesía en los tiempos modernos, entre los trascendente
y la belleza estética, demostrando la penetración
de su genio filosófico.
EL
AMOR DIVINO
Como filósofo
que reconoce la definitiva importancia del amor y, por encima
de todo, del amor divino, Maritain sabía que sólo
en el nivel del amor, divino y humano, se revelan los dones y
los más profundos secretos de la persona humana. Sólo
a través del amor es posible alcanzar el más grande
y profundo de los conocimientos: el de la Trinidad Divina, nuestro
supremo bien y fin.
Jacques Maritain
se internó en todas las realidades de la vida. Como filósofo
de la cultura, no le fueron extraños los triunfos, tragedias
y alienaciones del espíritu humano. Su trabajo respiraba
en la atmósfera de la caridad de Cristo, de un amor inconmensurable
abierto a la totalidad de la realidad, natural y sobrenatural.
Genio y sabio,
su legado escrito es, como dice Etienn Gilson, intensamente
original, como la veta de un tesoro a excavar.
Maritain se
alza junto a Platón, Aristóteles y Santo Tomás,
como un pensador universal, gran amante de la verdad.
* Traducción
del inglés por H.I.