TOMISMO

JACQUES MARITAIN EN EL TOMISMO CONTEMPORÁNEO

Jorge Hourton

(Conferencia Magistral pronunciada en el Salón de Honor de la Universidad de Chile, con motivo de cumplir Maritain 80 años de adad. Publicada en la revista 'Política y Espíritu' N° 277, 1962)

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Maritain en el Tomismo contemporáneo
Jorge Hourton



Junto al interés y valor del pensamiento de Jacques Marltaln, también es la personalidad excepcional del hombre lo que cautiva nuestra admiración. «Apreciamos en Jacques Maritaln – dijo S. S. Pío XII al recibirlo como Embajador de Francia en 1945 – a un hombre que, haciendo abiertamente profesión de su fe católica y de su culto por la filosofía del Director común, está dedicado a poner sus ricas cualidades al servicio de los grandes principios doctrinales y morales que, sobre todo en estos tiempos de universal perturbación, la Iglesia no cesa de inculcar al mundo».

Al atardecer de una larga y fecunda vida, llena de luchas y trabajos, el hombre emerge por sobre su propia obra que lo ha engrandecido, porque la ha construido paso a paso apuntando hacia una Verdad inconmutable que es el Dios Vivo, pero atenta siempre a las contingencias del presente histórico.

Me propongo destacar brevemente estos dos aspectos solidarios del hombre y la filosófica de Jacques Maritain: aquel que apunta a lo eterno, por lo cual es un filósofo cristiano; y aquel que apunta a lo temporal, por lo cual es un filósofo de nuestra actualidad histórica.


I

Cuando León XIII, en su Encíclica Aeterni Patris (1879), llamó a la inteligencia católica a la "restauración de la filosofía cristiana conforme a la doctrina de Santo Tomás de Aqulno", tenía un proyecto muy diferente de la mera exhumación de una ruina medieval y de su apresurada refacción para hacerla competir con las otras construcciones filosóficas modernas.

Mientras el liberalismo reducía la fe religiosa al campo privado de las opciones individuales, y el marxismo – su lógico continuador – la denunciaba como una alienación que se debía suprimir, el Pontífice no apartaba su mirada de las angustiosas turbulencias y gestaciones de una sociedad presa de guerras e injusticias, pero secretamente anhelante de progreso, orden y libertad.

Comprendió que el mal radicaba en la inteligencia, en la duda y en el error, y que la necesidad más urgente de la época era, no una nueva verdad ocasional y fluctuante, sino una nueva efusión de la Verdad cristiana siempre antigua y siempre nueva, que a lo largo de los siglos se ha demostrado prodigiosamente creadora, constructiva y resistente a la constante mordedura del tiempo. Lo que el Pontífice proyectó fue un nuevo impulso de la Filosofía Cristiana operado por una nueva meditación en las fuentes más puras de la sabiduría cristiana, particularmente aquella que logró mejor que otras la dignificación del conocimiento en Ciencia y Sabiduría, la armonía entre la Naturaleza y la Gracia, la asunción de los auténticos valores de la filosofía anterior al cristianismo: quiero decir, la síntesis tomista.

El proyecto de la Filosofía cristiana apareció a muchos como una empresa imposible y anacrónica. "Ya la expresión es contradictoria, exclamaron ¿cómo puede profesarse una filosofía, que por esencia es la libre reflexión de la razón pura y autosuficlente – que sea cristiana – que por esencia la hace fundarse en una revelación y dogmas de fe?”

O es filosofía, y entonces prescindirá de toda referencia a lo cristiano; o es cristiano y entonces deberá renunciar a considerarse filosofía.

Los que así arguían – y arguyen – en nombre de la filosofía sin apellido, se olvidaban de que ellos mismos tenían un apellido para la suya, esto es, profesaban una filosofía racionalista. Ella implica también una opción, es decir, un determinado ejercicio de la inteligencia que apriori rechaza toda otra luz que la de la mera evidencia racional, toda otra vivencia que la del juego dialéctico de la razón con sus propias ideas que son sus propios engendros, toda otra finalidad que la libre especulación sin trabas ni límites de ninguna especie.

Pero, si se admite que un hombre de ciencia. un historiador o un poeta cuenten con su experiencia cientifica o artística para filosofar acerca de la totalidad vista desde un ángulo propio, ¿por qué se negaría sólo al creyente el derecho a hacer lo mismo contando con su experiencia cristiana? La fe no le impide filosofar, antes bien, le impele a hacerlo sobre objetos más vastos y con renovado brío intelectual.

Oigámoslo a Maritain mismo: «En definitiva comprendemos que no sólo por el lado de los objetos propuestos, sino también por el lado de la vitalidad de la inteligencia y de sus inspiraciones más profundas que el estado de la filosofía ha sido cambiado y elevado por el cristianismo. Según estos títulos hay que decir que la fe guía u orienta a la filosofía, "veluti stella rectrix" – como estrella guía – sin herir por eso su autonomía, ya que siempre según sus leyes propias y principios propios y en virtud únicamente de criterios racionales, que la filosofía juzga de las cosas, aún de aquellas que, si bien naturalmente accesibles a la sola razón no serían de ellos reconocidas y guardadas sin mezcla de error por la razón siesta última no fuese, al mismo tiempo, hecha atenta a su existencia y robustecida por una especie de continuidad vital con luces superiores» (1).

La fe, por fo tanto, no significó, para el joven filósofo de formación positivista que era Maritain al convertirse, ningún obstáculo a su vocación filosófica, sino un esfuerzo. y no porque el cristianismo o la Iglesia a la que adhirió le hubiese impuesto extender su conversión hasta un sistema filosófico determinado. Bien pudo escoger a otro, elaborar uno original o abandonarlos a todos. Maritaln, sin embargo, escogió el tomismo porque le apareció como el que mejor satisfacfa a una exigencia de doble fidelidad: fidelidad a su gusto por lo real, adquirido junto a sus maestros de la Sorbona, Levy-Bruhl y Bergson, y que encuentra plena satisfacción en la filosofía del ser de Tomás de Aquino: fidelidad a la nueva luz que le ha sido dada de lo alto, que aprendió a discernir junto a la robusta fe de León Bloy – ¡un enemigo de la filosoffa! – que encuentra una poderosa sistematización cientffica y un sólido asiento racional en la síntesis tomista.

Desde entonces, para Maritaln: la filosofía cambia, no de naturaleza porque abstractamente considerada será siempre para todos como también para Santo Tomás, el "Perfectum opus rationis", la obra perfecta de la razón accesible a las luces naturales del espiritu humano. Pero cambia de estado, de condiciones de existencia y de ejercicio, concretamente consideradas. Es lo que ha sucedido a la filosofía occidental que, después del advenimiento del cristianismo, jamás ha podido desentenderse de él. Ya sea que, apartándose de la fe, permanezca hinchada con residuos cristianos, como sucede con Descartes, Hegel y el mismo Comte: ya sea que «privada de las regulaciones objetivas, una inspiración cristiana exacerbada devasta el campo de la especulación racional, como sucede con las filosofias dramáticas de Kierkegaard o de Nietsche» (2).

Se reprocha hoy a la escolástica y al tomismo el ser doctrinas abstractas y conceptuales que desconocen lo dramático de la existencia humana. Maritain contesta: «Hay dos maneras para una filosofía de no ser dramática: puede ser porque desconoce el drama de la vida humana, o puede ser también porque lo conoce demasiado bien. Este último es, a nuestro juicio, el caso del tomismo. No es solamente al precio de una rigurosa ascésis que el pensamiento educado por la Edad Media aprendió a ordenarse a la sola verdad inmaculada: es también, gracias a un amor propiamente cristiano de la santidad de la verdad. La intrepidez de la razón en la investigación científica revela en su primer origen un momento superior a la sola razón, la certeza absoluta, teologal que la fe da al cristiano de que, desínteresándose del hombre para buscar la verdad pura, no trabaja contra el hombre... Es porque en cierta época el mundo supo que Dios es la Verdad subsistente... que pudo desarrollarse en el seno de nuestra cultura un respeto religioso por la verdad, y que toda la verdad, aun la más oscura o la más contrariante, o la más peligrosa, devino sagrada, en cuanto verdad». (3)


II

Jacques Maritain ha jugado en el tomismo contemporáneo un papel que me atrevo a decir, le es particularmente característico: se ha esforzado por darle una dimensión histórica. "Vae Mihi si non thomistizavero"¡Ay de mi si no tomistizara!»), se proponía como lema en su obra sobre el Doctor Angélico. "Tomistizar" para él no fue solamente penetrar, esclarecer, exponer la doctrina de Tomás de Aquino, sino, sobre todo, prolongar su intención, actuario en nuestra época, enfrentarlo a la actualidad histórica para asumir sus ansias, descifrar su sentido y orientar su marcha.

Más aún, esta inquietud histórica es todavía más concreta y explícita en Maritaln que en su Maestro. En efecto, los que leemos hoy las obras de Santo Tomás con ojos cargados de problemas actuales, nos sorprendemos al ver cuán indiferente parece a las cosas de su tiempo. Un mundo nuevo nace de entre las ruinas del feudalismo, profundos cambios en la organización del trabajo, efervescencias comunales, acerbas luchas entre el poder civil y el eclesiástico, arte gótico en plena floración, primeros frutos de la primavera literaria popular. San Luis, las Cruzadas y el Imperio Latino de Oriente, etc., ¡qué mundo de acontecimientos junto a los cuales Santo Tomás pasa silencioso – iba a decir indiferente –, aun cuando viaja mucho, convive en el bullicio de la Universidad de París o sigue los desplazamientos de la corte pontificia, generalmente bien informada!

El sabio integrante estaba Iíntegramente absorto en su vocación intelectual, ocupado en cavar profundos cimientos, establecer robustas fundaciones, para dejar a los tiempos venideros la posibilidad de continuar y completar el majestuoso edificio de la sabiduría cristiana. Sin embargo, la intención más profunda, aquella que no dice, pero realiza, fue de una fina sensibilidad histórica: prefirió porfiadamente la joven orden mendicante de los Predicadores antes que el marco tradicional del monaquismo benedictino, en el que querían encauzarlo sus padres, lo cual demuestra comprensión de las nuevas coyunturas de la vida eclesial en el siglo XIII; su presencia en la Universidad, donde se forjan los cambios de mentalidades y a donde acceden nuevos estratos sociales, demuestra su comprensión de las condiciones decisivas del apostolado en su época: finalmente, su porfiada adopción de Aristóteles, contra tantas fuerzas integristas, en cuya filosofía detecta la posibilidad de distinguir la naturaleza de la gracia a fin de consumar la sistematización científica de ambas, demuestra que supo llegar a tiempo, aquilatar la necesidad intelectual más urgente de su época y aportarle una efectiva solución.

Maritain, tomista del siglo XX, comprende a su vez su vocación al cristianismo y al tomismo como una contribución original a las interrogantes – hechas más conscientes y reflexivas – de su mundo contemporáneo. «El filósofo en cuanto tal – dice en su 'Lettre sur l'independance', puede y debe acercarse al dominio propio del actuar humano y polltico tan cerca como sea posible a un conocer que queda general y aferrado a leyes universales...; obrando así en su plano, prepara el trabajo mismo de las operaciones inmediatamente transformadoras del mundo y de la vida. He aquí por qué, en las angustias del tiempo presente, no es saliendo de la fotografía – la filosofla práctlca –, sino que es permaneciendo al contrario en su propia línea, y actuando como filósofo, como trato de pensar en los problemas actuales baja principios capaces de esclarecerlos algún poco".

Ha llegado a ser así el autor de una nueva "Summa", esta vez, no de sólo principios intemporales, sino de programas para la acción concreta e inmediata. Extendió su penetrante inteligencia al arte contemporáneo y a sus formas más revolucionarias, a la poesla y a sus producciones más avanzadas, a las cuestiones cientlficas y a las teorías más modernas, pero sobre todo a la filosofía política y a las cuestiones sociales de nuestro tiempo. Recogió así el reto que el pensamiento moderno – el marxismo en particular – dirigía a la filosofía cristiana. Ella es incapaz de comprender y promover la historia, decían, porque es un idealismo, abstracto y conceptual, incapaz de sintetizar teoría y praxis.

Maritain, sin embargo, creyó en la fecundidad del tomismo y sin limitarse a denunciar una carencia, asumió como tarea propia la de elaborar los principios y las condiciones de una nueva cristiandad. Sólo podemos enumerar aquí sus acápites principales. Sobre la base de un humanismo teocéntrico que funda los derechos naturales de la persona, distingue – aunque no divorcia – las autonomías de lo espiritual y lo temporal, asume la democracia como régimen valedero en una sociedad pluralista como la actual, denuncia todos los totalitarismos como regresiones en la marcha histórica hacia la liberación de la persona, supera la soberanía individual de los Estados particulares en la slntesis total de la comunidad internacional.

Al hacerlo, Maritaln no era un franco-tirador que se aventurara solo y temerariamente en la vanguardia católica con imprudente audacia, transigiendo con el liberalismo en pretendido afán de modernidad, como tantas veces fue acusado ¡y cuántas entre nosotros! Al hacerlo, digo, Marltaln participaba inteligentemente e impulsaba al mismo tiempo la única comprensión verdaderamente tomista, esto es, realmente del tomismo: su comprensión histórica. Las abundantes investigaciones en la historia medieval de los Denifle, Grabmann, De Wulf, Gilson y otros, fueron decisivas para hacernos comprender el tomismo en su contexto histórico como un tesoro que contiene cosas antiguas y nuevas, entregando a la posteridad, como un sistema intemporal, cerrado y definido para ser admirado, antes bien, para ser prolongado. «El único tomista de nuestro tiempo – escribe Gilson
refiriéndose a Marltain – cuyo pensamiento se reveló alto, audaz, creador, capaz de medirse con los problemas más urgentes y, por decirlo así, de situarse valerosamente en todas las brechas, ha sido recompensado por la constante, activa y ponzoñosa hostilidad de infelices que no tienen otra cosa que poner al servicio de Dios que el odio de su prójimo» (4).

Hoy, octogenario, dejado sólo por su dilecta esposa Raissa que volvió a la Patria celestial, Maritaln vuelto también a su patria terrenal, su querida Francia, sigue en ella fiel a las dos dimensiones que enancharon todo su trabajo: la cristiana, hacia lo alto; la histórica hacia los horizontes. Vive como un pobre en Toulousse, en la atmósfera espiritual de los Petits Freres de Jesus, los discípulos de aquel otro gran contemplativo francés, el Padre De Foucauld, que tuvo siempre como ideal de vida, uno que puede expresarse con el título de un hermoso ensayo de Maritain: "Existir avec les pauvres" ['Existir con lo pobres']. Todavía no descansa. Su última obra publicada es, de nuevo, la expresión de su inquietud histórica.

Y de su esfuerzo de construir... Olgámosle por qué: "Y nunca pueden los cristianos descansar dentro del tiempo. Desde que existe el mundo el cristiano debe procurar nuevos progresos y nuevas mejoras para alcanzar mayor justicia y fraternidad sobre la tierra, y para una más profunda y más completa realización del Evangelio aquí abajo. Para él nunca puede haber bastante. Estará siempre el imperativo de hacer más. Así como los cristianos deben esforzarse Incesantemente cada uno en su propia vida individual, para salvación eterna de su alma y del mundo, así ellos deben, en la sucesión de los siglos, esforzarse incesantemente en alentar y realizar lo mejor posible en este mundo la esperanza terrestre de los hombres en el Evangelio" (5).

 

NOTAS

(1) J. Maritain. 'De la phllosophie chrétienne', pág. 54.

(2) ibid., p. 60

(3) ibid., p. 85-86

(4) Etienne Gilson. 'Le Philosophe et la theologie', pág. 218.

(5) J. Maritain. 'Filosofía de la Historia', Ed. Troquel, pág. 141