Junto al interés y valor del pensamiento de Jacques Marltaln,
también es la personalidad excepcional del hombre lo que
cautiva nuestra admiración. «Apreciamos en Jacques
Maritaln dijo S. S. Pío XII al recibirlo como
Embajador de Francia en 1945 a un hombre que, haciendo
abiertamente profesión de su fe católica y de su
culto por la filosofía del Director común, está
dedicado a poner sus ricas cualidades al servicio de los grandes
principios doctrinales y morales que, sobre todo en estos tiempos
de universal perturbación, la Iglesia no cesa de inculcar
al mundo».
Al atardecer
de una larga y fecunda vida, llena de luchas y trabajos, el hombre
emerge por sobre su propia obra que lo ha engrandecido, porque
la ha construido paso a paso apuntando hacia una Verdad inconmutable
que es el Dios Vivo, pero atenta siempre a las contingencias del
presente histórico.
Me propongo
destacar brevemente estos dos aspectos solidarios del hombre y
la filosófica de Jacques Maritain: aquel que apunta a lo
eterno, por lo cual es un filósofo cristiano; y aquel que
apunta a lo temporal, por lo cual es un filósofo de nuestra
actualidad histórica.
I
Cuando León
XIII, en su Encíclica Aeterni Patris (1879), llamó
a la inteligencia católica a la "restauración
de la filosofía cristiana conforme a la doctrina de Santo
Tomás de Aqulno", tenía un proyecto muy diferente
de la mera exhumación de una ruina medieval y de su apresurada
refacción para hacerla competir con las otras construcciones
filosóficas modernas.
Mientras el
liberalismo reducía la fe religiosa al campo privado de
las opciones individuales, y el marxismo su lógico
continuador la denunciaba como una alienación que
se debía suprimir, el Pontífice no apartaba su mirada
de las angustiosas turbulencias y gestaciones de una sociedad
presa de guerras e injusticias, pero secretamente anhelante de
progreso, orden y libertad.
Comprendió
que el mal radicaba en la inteligencia, en la duda y en el error,
y que la necesidad más urgente de la época era,
no una nueva verdad ocasional y fluctuante, sino una nueva efusión
de la Verdad cristiana siempre antigua y siempre nueva, que a
lo largo de los siglos se ha demostrado prodigiosamente creadora,
constructiva y resistente a la constante mordedura del tiempo.
Lo que el Pontífice proyectó fue un nuevo impulso
de la Filosofía Cristiana operado por una nueva meditación
en las fuentes más puras de la sabiduría cristiana,
particularmente aquella que logró mejor que otras la dignificación
del conocimiento en Ciencia y Sabiduría, la armonía
entre la Naturaleza y la Gracia, la asunción de los auténticos
valores de la filosofía anterior al cristianismo: quiero
decir, la síntesis tomista.
El proyecto
de la Filosofía cristiana apareció a muchos como
una empresa imposible y anacrónica. "Ya la expresión
es contradictoria, exclamaron ¿cómo puede profesarse
una filosofía, que por esencia es la libre reflexión
de la razón pura y autosuficlente que sea cristiana
que por esencia la hace fundarse en una revelación
y dogmas de fe?
O es filosofía,
y entonces prescindirá de toda referencia a lo cristiano;
o es cristiano y entonces deberá renunciar a considerarse
filosofía.
Los que así
arguían y arguyen en nombre de la filosofía
sin apellido, se olvidaban de que ellos mismos tenían un
apellido para la suya, esto es, profesaban una filosofía
racionalista. Ella implica también una opción, es
decir, un determinado ejercicio de la inteligencia que apriori
rechaza toda otra luz que la de la mera evidencia racional, toda
otra vivencia que la del juego dialéctico de la razón
con sus propias ideas que son sus propios engendros, toda otra
finalidad que la libre especulación sin trabas ni límites
de ninguna especie.
Pero, si se
admite que un hombre de ciencia. un historiador o un poeta cuenten
con su experiencia cientifica o artística para filosofar
acerca de la totalidad vista desde un ángulo propio, ¿por
qué se negaría sólo al creyente el derecho
a hacer lo mismo contando con su experiencia cristiana? La fe
no le impide filosofar, antes bien, le impele a hacerlo sobre
objetos más vastos y con renovado brío intelectual.
Oigámoslo
a Maritain mismo: «En definitiva comprendemos que no
sólo por el lado de los objetos propuestos, sino también
por el lado de la vitalidad de la inteligencia y de sus inspiraciones
más profundas que el estado de la filosofía ha sido
cambiado y elevado por el cristianismo. Según estos títulos
hay que decir que la fe guía u orienta a la filosofía,
"veluti stella rectrix" como estrella guía
sin herir por eso su autonomía, ya que siempre según
sus leyes propias y principios propios y en virtud únicamente
de criterios racionales, que la filosofía juzga de las
cosas, aún de aquellas que, si bien naturalmente accesibles
a la sola razón no serían de ellos reconocidas y
guardadas sin mezcla de error por la razón siesta última
no fuese, al mismo tiempo, hecha atenta a su existencia y robustecida
por una especie de continuidad vital con luces superiores»
(1).
La fe, por
fo tanto, no significó, para el joven filósofo de
formación positivista que era Maritain al convertirse,
ningún obstáculo a su vocación filosófica,
sino un esfuerzo. y no porque el cristianismo o la Iglesia a la
que adhirió le hubiese impuesto extender su conversión
hasta un sistema filosófico determinado. Bien pudo escoger
a otro, elaborar uno original o abandonarlos a todos. Maritaln,
sin embargo, escogió el tomismo porque le apareció
como el que mejor satisfacfa a una exigencia de doble fidelidad:
fidelidad a su gusto por lo real, adquirido junto a sus maestros
de la Sorbona, Levy-Bruhl y Bergson, y que encuentra plena satisfacción
en la filosofía del ser de Tomás de Aquino: fidelidad
a la nueva luz que le ha sido dada de lo alto, que aprendió
a discernir junto a la robusta fe de León Bloy ¡un
enemigo de la filosoffa! que encuentra una poderosa sistematización
cientffica y un sólido asiento racional en la síntesis
tomista.
Desde entonces,
para Maritaln: la filosofía cambia, no de naturaleza
porque abstractamente considerada será siempre para todos
como también para Santo Tomás, el "Perfectum
opus rationis", la obra perfecta de la razón accesible
a las luces naturales del espiritu humano. Pero cambia de estado,
de condiciones de existencia y de ejercicio, concretamente consideradas.
Es lo que ha sucedido a la filosofía occidental que, después
del advenimiento del cristianismo, jamás ha podido desentenderse
de él. Ya sea que, apartándose de la fe, permanezca
hinchada con residuos cristianos, como sucede con Descartes, Hegel
y el mismo Comte: ya sea que «privada de las regulaciones
objetivas, una inspiración cristiana exacerbada devasta
el campo de la especulación racional, como sucede con las
filosofias dramáticas de Kierkegaard o de Nietsche»
(2).
Se reprocha
hoy a la escolástica y al tomismo el ser doctrinas abstractas
y conceptuales que desconocen lo dramático de la existencia
humana. Maritain contesta: «Hay dos maneras para una
filosofía de no ser dramática: puede ser porque
desconoce el drama de la vida humana, o puede ser también
porque lo conoce demasiado bien. Este último es, a nuestro
juicio, el caso del tomismo. No es solamente al precio de una
rigurosa ascésis que el pensamiento educado por la Edad
Media aprendió a ordenarse a la sola verdad inmaculada:
es también, gracias a un amor propiamente cristiano de
la santidad de la verdad. La intrepidez de la razón en
la investigación científica revela en su primer
origen un momento superior a la sola razón, la certeza
absoluta, teologal que la fe da al cristiano de que, desínteresándose
del hombre para buscar la verdad pura, no trabaja contra el hombre...
Es porque en cierta época el mundo supo que Dios es la
Verdad subsistente... que pudo desarrollarse en el seno de nuestra
cultura un respeto religioso por la verdad, y que toda la verdad,
aun la más oscura o la más contrariante, o la más
peligrosa, devino sagrada, en cuanto verdad». (3)
II
Jacques Maritain
ha jugado en el tomismo contemporáneo un papel que me atrevo
a decir, le es particularmente característico: se ha esforzado
por darle una dimensión histórica. "Vae
Mihi si non thomistizavero" («¡Ay de mi
si no tomistizara!»), se proponía como lema en
su obra sobre el Doctor Angélico. "Tomistizar"
para él no fue solamente penetrar, esclarecer, exponer
la doctrina de Tomás de Aquino, sino, sobre todo, prolongar
su intención, actuario en nuestra época, enfrentarlo
a la actualidad histórica para asumir sus ansias, descifrar
su sentido y orientar su marcha.
Más
aún, esta inquietud histórica es todavía
más concreta y explícita en Maritaln que en su Maestro.
En efecto, los que leemos hoy las obras de Santo Tomás
con ojos cargados de problemas actuales, nos sorprendemos al ver
cuán indiferente parece a las cosas de su tiempo. Un mundo
nuevo nace de entre las ruinas del feudalismo, profundos cambios
en la organización del trabajo, efervescencias comunales,
acerbas luchas entre el poder civil y el eclesiástico,
arte gótico en plena floración, primeros frutos
de la primavera literaria popular. San Luis, las Cruzadas y el
Imperio Latino de Oriente, etc., ¡qué mundo de acontecimientos
junto a los cuales Santo Tomás pasa silencioso iba
a decir indiferente , aun cuando viaja mucho, convive en
el bullicio de la Universidad de París o sigue los desplazamientos
de la corte pontificia, generalmente bien informada!
El sabio integrante
estaba Iíntegramente absorto en su vocación intelectual,
ocupado en cavar profundos cimientos, establecer robustas fundaciones,
para dejar a los tiempos venideros la posibilidad de continuar
y completar el majestuoso edificio de la sabiduría cristiana.
Sin embargo, la intención más profunda, aquella
que no dice, pero realiza, fue de una fina sensibilidad histórica:
prefirió porfiadamente la joven orden mendicante de los
Predicadores antes que el marco tradicional del monaquismo benedictino,
en el que querían encauzarlo sus padres, lo cual demuestra
comprensión de las nuevas coyunturas de la vida eclesial
en el siglo XIII; su presencia en la Universidad, donde se forjan
los cambios de mentalidades y a donde acceden nuevos estratos
sociales, demuestra su comprensión de las condiciones decisivas
del apostolado en su época: finalmente, su porfiada adopción
de Aristóteles, contra tantas fuerzas integristas, en cuya
filosofía detecta la posibilidad de distinguir la naturaleza
de la gracia a fin de consumar la sistematización científica
de ambas, demuestra que supo llegar a tiempo, aquilatar la necesidad
intelectual más urgente de su época y aportarle
una efectiva solución.
Maritain,
tomista del siglo XX, comprende a su vez su vocación al
cristianismo y al tomismo como una contribución original
a las interrogantes hechas más conscientes y reflexivas
de su mundo contemporáneo. «El filósofo
en cuanto tal dice en su 'Lettre sur l'independance'
, puede y debe acercarse al dominio propio del actuar
humano y polltico tan cerca como sea posible a un conocer que
queda general y aferrado a leyes universales...; obrando así
en su plano, prepara el trabajo mismo de las operaciones inmediatamente
transformadoras del mundo y de la vida. He aquí por qué,
en las angustias del tiempo presente, no es saliendo de la fotografía
la filosofla práctlca , sino que es permaneciendo
al contrario en su propia línea, y actuando como filósofo,
como trato de pensar en los problemas actuales baja principios
capaces de esclarecerlos algún poco".
Ha llegado
a ser así el autor de una nueva "Summa",
esta vez, no de sólo principios intemporales, sino de programas
para la acción concreta e inmediata. Extendió su
penetrante inteligencia al arte contemporáneo y a sus formas
más revolucionarias, a la poesla y a sus producciones más
avanzadas, a las cuestiones cientlficas y a las teorías
más modernas, pero sobre todo a la filosofía política
y a las cuestiones sociales de nuestro tiempo. Recogió
así el reto que el pensamiento moderno el marxismo
en particular dirigía a la filosofía cristiana.
Ella es incapaz de comprender y promover la historia, decían,
porque es un idealismo, abstracto y conceptual, incapaz de sintetizar
teoría y praxis.
Maritain,
sin embargo, creyó en la fecundidad del tomismo y sin limitarse
a denunciar una carencia, asumió como tarea propia la de
elaborar los principios y las condiciones de una nueva cristiandad.
Sólo podemos enumerar aquí sus acápites principales.
Sobre la base de un humanismo teocéntrico que funda los
derechos naturales de la persona, distingue aunque no divorcia
las autonomías de lo espiritual y lo temporal, asume
la democracia como régimen valedero en una sociedad pluralista
como la actual, denuncia todos los totalitarismos como regresiones
en la marcha histórica hacia la liberación de la
persona, supera la soberanía individual de los Estados
particulares en la slntesis total de la comunidad internacional.
Al hacerlo,
Maritaln no era un franco-tirador que se aventurara solo y temerariamente
en la vanguardia católica con imprudente audacia, transigiendo
con el liberalismo en pretendido afán de modernidad, como
tantas veces fue acusado ¡y cuántas entre nosotros!
Al hacerlo, digo, Marltaln participaba inteligentemente e impulsaba
al mismo tiempo la única comprensión verdaderamente
tomista, esto es, realmente del tomismo: su comprensión
histórica. Las abundantes investigaciones en la historia
medieval de los Denifle, Grabmann, De Wulf, Gilson y otros, fueron
decisivas para hacernos comprender el tomismo en su contexto histórico
como un tesoro que contiene cosas antiguas y nuevas, entregando
a la posteridad, como un sistema intemporal, cerrado y definido
para ser admirado, antes bien, para ser prolongado. «El
único tomista de nuestro tiempo escribe Gilson
refiriéndose a Marltain cuyo pensamiento se reveló
alto, audaz, creador, capaz de medirse con los problemas más
urgentes y, por decirlo así, de situarse valerosamente
en todas las brechas, ha sido recompensado por la constante, activa
y ponzoñosa hostilidad de infelices que no tienen otra
cosa que poner al servicio de Dios que el odio de su prójimo»
(4).
Hoy, octogenario, dejado sólo por su dilecta esposa Raissa
que volvió a la Patria celestial, Maritaln vuelto también
a su patria terrenal, su querida Francia, sigue en ella fiel a
las dos dimensiones que enancharon todo su trabajo: la cristiana,
hacia lo alto; la histórica hacia los horizontes. Vive
como un pobre en Toulousse, en la atmósfera espiritual
de los Petits Freres de Jesus, los discípulos de aquel
otro gran contemplativo francés, el Padre De Foucauld,
que tuvo siempre como ideal de vida, uno que puede expresarse
con el título de un hermoso ensayo de Maritain: "Existir
avec les pauvres" ['Existir con lo pobres']. Todavía
no descansa. Su última obra publicada es, de nuevo, la
expresión de su inquietud histórica.
Y de su esfuerzo
de construir... Olgámosle por qué: "Y nunca
pueden los cristianos descansar dentro del tiempo. Desde que existe
el mundo el cristiano debe procurar nuevos progresos y nuevas
mejoras para alcanzar mayor justicia y fraternidad sobre la tierra,
y para una más profunda y más completa realización
del Evangelio aquí abajo. Para él nunca puede haber
bastante. Estará siempre el imperativo de hacer más.
Así como los cristianos deben esforzarse Incesantemente
cada uno en su propia vida individual, para salvación eterna
de su alma y del mundo, así ellos deben, en la sucesión
de los siglos, esforzarse incesantemente en alentar y realizar
lo mejor posible en este mundo la esperanza terrestre de los hombres
en el Evangelio" (5).
NOTAS
(1)
J. Maritain. 'De la phllosophie chrétienne', pág.
54.
(2)
ibid., p. 60
(3)
ibid., p. 85-86
(4)
Etienne Gilson. 'Le Philosophe et la theologie', pág.
218.
(5)
J. Maritain. 'Filosofía de la Historia', Ed. Troquel,
pág. 141