TOMISMO

MARITAIN Y EINSTEIN

Francisco Javier Müller

Físico. Profesor de Física y Astronomía de Miami-Dade College y de Florida International University. Presidente del Instituto Jacques Maritain de Cuba.

Este artículo fue publicado en la revista 'Notas y Documentos', #9-10 de 1987,
Edición Latinoamercana de 'Notes et Documents' del
Instituto Internacional Jacques Maritain de Roma

 

 

La amplitud de la obra filosófica de Jacques Maritain se caracteriza no solamente por la profundidad de los temas que abordó sino también por la variedad de los mismos. Pocos filósofos de este siglo, quizás, le hayan dado tanta importancia al análisis de las cuestiones científicas como lo hiciera Maritain. En su libro sobre ‘Filosofía de la Naturaleza’ (1935), el filósofo francés se encarga del arduo problema de encuadrar adecuadamente esta rama de la filosofía, tal vez la más abandonada del tomismo contemporáneo, dentro del marco de las demás ciencias positivas de la naturaleza. Su brillante análisis epistemológico, colocando dichas ciencias positivas que Maritain titula "empiriológicas" (ya sean de corte empiriométrico o empirioesquemático), como "cabalgando" entre el primero y el segundo grado de abstracción clásicos (el físico y el matemático, respectivamente), permanece hoy día como una adquisición definitiva dentro de la epistemología tomista del siglo XX. Así, le reserva Maritain un lugar de honor a la Filosofía de la Naturaleza aristotélico-tomista, combinación sabia del primero con el tercer grado de abstracción (el metafísico). Pero este esquema ha de ser confrontado con otras visiones no tomistas de la ciencia contemporánea. Tal confrontación nos la ofrece, creemos, el ingenioso análisis que Maritain ha hecho de la teoría relativista de Einstein. Tal es el propósito del presente trabajo.

En efecto: Maritain ha hablado sobre la teoría relativista y lo ha hecho en términos por un lado halagüeños y por otro lado no tan halagüeños. Su estudio principal quizás sea el que aparece en el capítulo VII de su libro ‘Reflexiones sobre la Inteligencia’ (1924), capítulo que Maritain titula, ‘De la Metafísica de los Físicos’ y subtitula, ‘De la simultaneidad según Einstein’. Otra fuente importante se halla en el capítulo VI de su libro ‘Theonas’ (1921).

Al abordar este estudio vale hacer una aclaración previa. Maritain estaba perfectamente consciente del "peligro" de meterse, como filósofo, en un terreno que no le incumbía, el cientÍfico. Se repetiría así ese "trágico error", como él mismo lo llama, de los teólogos y filósofos del siglo XVII cuando condenaron a Galileo equivocadamente, precisamente por inmiscuirse en un terreno que no les incumbía, llegando a confundir la Biblia con la astronomía y la teología con la nueva y naciente ciencia físico-matemática del Universo.

Pero no. Lo que ahora sucede es lo contrario. En estos tres siglos de infortunada separación entre Teología y Filosofía moderna por un lado, y entre Filosofía de la Naturaleza y Ciencias Experimentales por otro, los cientÍficos, como hombres al fin y al cabo que son y, como tales, necesitados de una visión global y "filosófica" de la realidad, han ido desarrollando una serie de posiciones filosóficas derivadas de su propia ciencia experimental, por ejemplo, el positivismo, el mecanicismo, el energicismo, etc.; posiciones que pudiéramos denominar globalmente con el nombre de "cientificismo" y que por sus pretensiones casi imperialistas de extenderse a todos los campos del saber humano (psicológico, sociológico, político, etc.), amenazan con desplazar, para siempre, posiciones independientes como el tomismo clásico, y sobre todo, precisamente esa "cenicienta" del tomismo contemporáneo que es la Filosofía de la Naturaleza. En otras palabras, ahora son los científicos los que se inmiscuyen en el terreno de los filósofos (no de mala fe, por supuesto), y en la mayor parte de los casos, sobre todo cuando se apartan de la sana protección del sentido común, como en el caso de Einstein, no han hecho más que errar. Así, según dice textualmente Maritain, es el científico, en este caso el relativista, el que "con una presunción maravillosa" se ha atribuido el derecho "a revisar las nociones comunes del espacio, tiempo y simultaneidad" cuyo discernimiento, dice Maritain, "pertenece a una ciencia superior (la Filosofía dela Naturaleza), la cual enteramente sobrepuja la competencia de los físicos." Acabará, por tanto, su capítulo VII de ‘Reflexiones sobre la Inteligencia’ diciendo que su estudio le permite "ver a Einstein, el físico, con admiración, pero a Einstein, el pseudo metafísico, con entera aversión”. Veremos ahora por qué Maritain habla así.

Pero todavía nos es necesario otro preludio para ubicar históricamente esta problemática. La Física Clásica, es decir, la que dijimos que había nacido con Galileo (y Newton) en el siglo XVII, atravesaba a fines del pasado siglo por una seria crisis. A pesar del sensacional descubrimiento de Maxwell, que con sus cuatro famosas ecuaciones predijo la naturaleza electromagnética de las ondas luminosas, las cuales fueron brillantemente confirmadas años después por Hertz (ondas hertzianas) y con las cuales, mediante el transmisor y cohesor, que inventara luego Marconi, se convertirían en la base de la telegrafía sin hilos, de la radio, del radar, de la televisión, etc.; a pesar de todos estos éxitos, digo, dichas ecuaciones fallaban en un caso singular: el famoso experimento de Michelson-Morley.

Interfiriendo dos rayos luminosos monocromáticos en direcciones mutuamente perpendiculares se debería poder detectar el movimiento absoluto de la Tierra a través del espacio sideral, según dichas ecuaciones. Pero el experimento no daba resultado alguno, y esto a pesar de múltiples tentativas y variaciones. Así, varios científicos, como el francés Henri Poincaré, llegaron a postular un principio de "relatividad", por el cual sería imposible detectar el movimiento absoluto de ningún cuerpo; sólo el movimiento relativo al observador podría ser detectado. En la misma línea, el físico danés Lorentz, en 1904, formuló una serie de ecuaciones que permitían alterar las medidas "locales'” de tiempo y espacio, según la velocidad del observador. Así, se "salvarían" las cuatro ecuaciones de Maxwell. Al año siguiente, 1905, interviene Einstein con un propósito semejante y obtiene ecuaciones casi idénticas a las de Lorentz, pero por un camino diverso, implicando toda una revolución (según se dice popularmente) en los conceptos clásicos de espacio y tiempo. Pero esto no causa mayor conmoción hasta que otro físico francés, Langevin, exponiendo las nuevas relativísticas ante un congreso de científicos y filósofos, pone de relieve la presencia de una singular paradoja que parece estar insertada en la nueva y revolucionaria teoría: la paradoja del tiempo o de los dos gemelos. Brevemente la paradoja es ésta.

Sean Juan y Pedro dos hermanos gemelos. Pedro (piedra), queda en la tierra y Juan viaja a gran velocidad en un cohete. Según las ecuaciones de Lorentz y Einstein, el "tiempo" de Juan, debido a la velocidad de éste, fluye más lentamente (lo que técnicamente se llama la "dilatación del tiempo"). De modo que en lo que Pedro ha envejecido, digamos, 50 años, Juan todavía tiene unos 20 años. La dificultad de esta situación consiste en lo siguiente: según la propia teoría relativista (el llamado “principio de equivalencia"), nadie sabe si de veras está en reposo y las cosas se mueven o si las cosas están en reposo y nosotros nos movemos (estrictamente no sabríamos si el automóvil se desliza sobre la carretera o si el automóvil está fijo y es la carretera la que "corre hacia atrás" debajo del mismo). Por tanto: Pedro dice que Juan viaja en su cohete a gran velocidad y que él está quieto, pero desde el punto de vista de Juan se puede decir que él está en reposo y que es Pedro el que se "mueve hacia atrás" junto con la tierra entera. O sea, según el principio de equivalencia, los papeles de Juan y Pedro son perfectamente recíprocos e intercambiables. Por lo tanto, Pedro diría que él tiene 50 años y Juan 20, pero Juan dirá que él es quien tiene 50 años y Pedro sólo 20. ¿Quién tiene, pues, la razón? ¿Los dos? ¿Ninguno?

Los relativistas han tratado de salvar a la teoría de esta paradoja. Pero a decir verdad las discusiones por más de 50 años no han llegado a ningún acuerdo. (Véase el impresionante libro de Herbert Dingle, 'Science at the Crossroads', publicado por Martín Brian O'Keefe, donde el autor llega a darle un carácter moral a su denuncia antirrelativística.) Entre los defensores de la teoría surgió ni más ni menos que Henri Bergson, que fuera maestro de Maritain en sus primeros tiempos. Para Bergson, aquí lo que hay es un simple problema de "apariencias". O sea, en el fondo no pasa nada, piensa él. Es como el problema de la perspectiva. Si yo miro a un hombre a gran distancia me parecerá muy pequeñito. Pero a su vez él, mirándome a mí, dirá que yo soy el que parezco pequeñito. En el fondo los dos tenemos razón, y es porque en el fondo ninguno ha disminuido de tamaño. Se trata solamente de una ilusión: la ilusión de la perspectiva. De un modo semejante cree Bergson que se puede salvar a la relatividad de la paradoja del tiempo. Se trata, dice él, de una "perspectiva de la velocidad".

Pero entonces interviene Maritain y demuestra, primeramente (Apéndice III de ‘Reflexiones sobre la Inteligencia’), que la interpretación de Bergson no es precisamente lo que Einstein quiere decir. Justamente el problema de Einstein es que sostiene que estas alteraciones del espacio y del tiempo no son meras ilusiones, sino que afectan "verdaderamente" a uno de los dos gemelos y no al otro. Pero ¿a cuál de los dos?... Los relativistas contestan que a Juan, porque es este gemelo el que va y vuelve, el que acelera y desacelera su cohete, cosa que Pedro no hace. Pero Maritain ni siquiera se hace cargo de esta defensa. Claramente percibe que la cosa está en el viaje mismo, aunque sólo sea de ida sin regreso. El frenaje y retorno de Juan es únicamente una cuestión accidental (el propio Einstein, según el testimonio del físico Schlegel, le confesó que el frenaje y retorno, o sea la aceleración, no tiene nada que ver con su teoría de 1905).

Maritain analiza, pues, cual pueda ser la interpretación del problema tomado en su pura situación de viaje sin retorno. (Respecto del poco envejecimiento de Juan, Maritain adopta una posición irónica en ‘Theonas’, donde supone que una madre deja que su hija recién casada vuele en alas de un geniecillo astronáutico para encontrar, diez minutos más tarde, que su hija vuelve siendo la nieta de su yerno...) Maritain deja estas fantasías y va directo al grano de la cuestión, a lo que el propio Einstein consideró fundamental, a saber: la definición de simultaneidad (de ahí el subtítulo del capítulo VII).

Las ideas principales de Maritain a este respecto son las siguientes (primero las cito resumidamente y después paso a explicar algunos detalles):

1) En el fondo Einstein no define un nuevo concepto de simultaneidad sino que presupone el concepto común y corriente. Lo que hace es dar una regla artificiosa para medir o detectar la simultaneidad.

2) La simultaneidad entendida filosóficamente, es decir, como coexistencia de eventos y seres en sí, no se puede relativizar, por lo mismo que el ser tampoco se puede relativizar en cuanto ser (este es el grano metafísico del trabajo de Maritain).

3) Todas las discrepancias temporales entre Juan y Pedro se pueden admitir. Lo que no se puede admitir es que una cosa cambie, en sí misma, real y verdaderamente por el simple hecho de que otra entidad, el observador, que la mira y la mide, cambie en su velocidad relativa a la primera cosa.

4) El error básico de Einstein es confundir la realidad con la apariencia sensible y sustituir a las cosas por la medida de las cosas.

5) Las ecuaciones físico-matemáticas nos pueden servir para medir las cosas, y hasta para controladas tecnológicamente, pero no para saber, en el fondo, lo que las cosas son.

Explico ahora algunos detalles.

Punto 1. Einstein no define un concepto sino una regla operatoria. Esto es obvio pues cuando se trata de dos seres o eventos en un mismo lugar, Einstein admite el concepto común y corriente de simultaneidad, a saber, la mera coincidencia temporal. La regla de Einstein entra en vigor cuando se trata de dos eventos separados por una gran distancia, por ejemplo, la distancia A-B. Maritain no tiene a menos el poner en su libro el siguiente diagrama que Einstein utilizó para describir su regla de simultaneidad (que la usó, por cierto, no en el trabajo original de 1905 sino mucho después. Por un motivo inexplicable para mí, Einstein, como bien nota Schwartz, jamás repitió su prueba original).

Supongamos que hay una tempestad y que dos rayos caen, "simultáneamente”, en los puntos A y B que representan ser dos estaciones ferroviarias a lo largo de la vía férrea AB. Para un observador situado en el punto M, a la mitad del camino entre A y B, las luces de ambos relámpagos llegarán a la vez. Como la luz se demora lo mismo en propagarse de A hacia M como de B hacia M (principio de isotropía de la velocidad de la luz), este observador juzgará, correctamente, que los dos eventos, aunque hayan ocurrido muy lejos de él, ocurrieron a la vez, simultáneamente. Pero el problema se complica cuando introducimos el movimiento del observador. Supongamos para ello que un tren muy largo llega desde A hasta B y que dicho tren se está moviendo hacia la derecha como indica la flecha "v" en el diagrama. En el tren hay también un punto medio M' donde se encuentra otro observador. Sucederá entonces que M' va hacia el encuentro de la luz que sale de B y va "huyendo" de la que sale de A. Por tanto M' se encontrará primero con la luz de B y después con la de A y "juzgará" que los rayos no eran simultáneos sino sucesivos. Así, mientras M dice que los rayos ocurrieron simultáneamente, M' insistirá en que cayeron sucesivamente. Como por el principio de equivalencia no se puede decir quién está “de veras" en movimiento, Einstein concluye que no se puede saber, de veras, cuál observador tiene la razón y concluirá, por tanto, que la ‘simultaneidad’ es algo relativo. Con estas sencillas consideraciones, Einstein cree haber trastocado, para siempre, nuestros conceptos comunes de espacio y tiempo. Y acto seguido pasa a formular su regla para sincronizar relojes en A y B a base de emitir señales luminosas que lleguen siempre "a la vez" al punto medio M.

Pero fijémonos bien que, de entrada, Einstein suponía, en su razonamiento, la simultaneidad absoluta en la caída de los rayos, aun antes de que M y M' vieran algo. O sea, en el fondo, Einstein no puede abandonar la simultaneidad del lenguaje común. Lo que Einstein inventa, como bien dice Maritain, no es un nuevo "concepto" de simultaneidad, sino una simple manera práctica de comprobarla, de medirla. Claro, como físico al fin y al cabo, Einstein sólo da valor a los números, a las medidas y comprobaciones experimentales. Y llegará a decir que si no utiliza su regla de sincronización se equivocaría como físico. Pero en un dramático paréntesis añade, "y como no-físico también". Y esto es lo que Maritain no puede tolerar: que Einstein generalice su criterio físico también para el hombre común y para el filósofo. Es aquí donde Maritain ve la intromisión de Einstein en terrenos que no le corresponden.

Si la regla de Einstein es buena o no para la ciencia Física, Maritain no pretende juzgarlo. Bien aclara que, como filósofo, no cae bajo su competencia el juzgar los méritos o deméritos de la relatividad en cuanto pura ciencia físico-matemática. Pero también exige el respeto del físico-matemático en no pretender dar a la regla una interpretación metafísica y real, válida aun para el "no-físico". Insistirá Maritain, por tanto, que el hecho de que los rayos hayan caído simultáneamente o no, NO depende de que si M o M' creen o dicen o detectan que los rayos "parezcan" ser o no ser simultáneos. La realidad de los rayos, en cuanto ser, como la realidad del evento en su caída, nada tienen que ver con la observación de M o M'. Si una cosa existe, existe en sí. La existencia es un valor absoluto, independiente de toda relatividad respecto al observador. Este es el punto 2 citado arriba.

Pero el científico está acostumbrado a trabajar con números y por tanto con cosas relativas. 8 es pequeño respecto de 20, pero grande respecto del 2. Asimismo este papel está caliente comparado con el hielo, pero muy frío comparado con el sol. Grande y chiquito, alto y bajo, caliente y frío, rápido y lento, etc., son cosas relativas, que dependen de cual sea el ‘patrón’ de comparación, del "sistema de referencia", como dicen los físicos.

El caso de la velocidad es típico: si voy por la autopista a 60 y me pasa un carro que va a 80 a mí me parecerá que ese carro sólo se mueve a 20, porque 80–60=20. Y si los dos vamos a 120, como 120-120= cero, "creeremos", si nos miramos el uno al otro, que no nos movemos, porque ninguno pasa a ninguno (pero el policía que nos vigila, desde luego, nos verá a 120 y nos multará, porque la multa se pone respecto de la vía, no a uno respecto del otro). En fin, que cualquiera que sea sea el tamaño, o la altura, o la velocidad de algo, si existe, existe. Para existir no hay que comparar con nada. Se restan las velocidades, pero la existencia no se ‘resta’. Dos cosas existentes son dos cosas igualmente existentes. No se puede restar una de la otra para decir que son iguales a cero, a nada. (En la práctica, sin embargo, como todo es "igualmente" existente, no nos percatamos de la sublime "diferencia" que constituye el existir sobre el no existir). Y es a este nivel de existencia donde Maritain, como buen metafísico, coloca al verdadero concepto de simultaneidad: dos cosas o eventos son simultáneos, simplemente, si co-existen. No importa que nadie los vea ni los mida ni juzgue que son o no son simultáneos.

Si esto es así, muchos menos se podrá admitir que las discrepancias temporales que los distintos observadores einsteinianos detectan, puedan significar verdaderas discrepancias reales en el fluir de las cosas. En este sentido hay que pensar un poco como Bergson: que los tiempos de Einstein son ficciones, a pesar de que Einstein reclame que sus tiempos locales corresponden a la realidad. En este reclamo de realidad está el absurdo. Es como si en un mismo día una persona me ve y me dice, "¡qué delgado estás!", y otra me dice, "¡pero qué obeso te encuentro!" Estas impresiones de los observadores son relativas a como recuerdan ellos que yo estaba la última vez que me vieron. Son ilusiones sensibles, nada más. Sería absurdo pensar que en el momento en que alguien me dice que estoy gordo, porque me "ve" así, yo "realmente" engordo; y que si alguien me dice que estoy flaco, ipso facto me pongo flaco. Si esto fuera así, ¿qué pasaría cuando uno me diga que estoy flaco y otro que estoy gordo a la vez? ¿Cuál sería la realidad? Esto es desde luego una caricatura de las "transformaciones" relativistas por medio de las ecuaciones de Lorentz. Pero el punto que quiero destacar aquí es que la realidad no puede ser plural cuando se refiere a una misma y única entidad objetiva (punto tercero).

La unidad, determinación e identidad del ser son principios básicos de la metafísica realista de Santo Tomás y Maritain. Tan obvio es esto que algunos relativistas han interpretado sus "transformaciones" como referentes no a cosas idénticas sino a cosas diversas. Pero es obvio que, en el trabajo original de 1905, Einstein habla de una misma entidad (un mismo rayo, un mismo cohete, etc.) visto por dos observadores distintos desde marcos de referencia en movimiento relativo uno respecto del otro. El absurdo metafísico es, por tanto, inevitable.

El error básico de Einstein, como cité en el punto 4 de arriba, es que confunde la apariencia con la realidad y sustituye las cosas por la medida de las cosas. O sea, confunde la realidad física con los entes de razón de las Matemáticas. Esto se debe en gran parte al poderoso alcance que los relativistas han dado al citado "principio de equivalencia". En boca de Max Born, fiel discípulo de Einstein, el principio de equivalencia, en su acepción más general, no permitiría distinguir, no ya el movimiento del carro del de la calle subyacente, sino un concepto físico de cualquier otro concepto físico. Por este camino Einstein ha unido e igualado el espacio al tiempo, la electricidad con el magnetismo, la gravitación con la inercia, la energía con la masa, en fin, la Física con las Matemáticas. Muchos ven aquí una elogiable y poderosa síntesis y unificación de la Física. Pero yo veo, con Maritain, más bien una devastadora confusión. En el fondo Einstein elimina las diferencias cualitativas por enfatizar solamente las igualdades cuantitativas. Pero ¡cuán opuesto es esto a la sabiduría maritainiana de "distinguir para unir"! Eliminar esta capacidad para "distinguir" sin separar sería la eliminación de la inteligencia. No sin razón creo que Dingle, en el libro citado arriba, llegó a decir: “la teoría de la relatividad es única en su efecto paralizador de la razón humana” ("relativity theory is unique in its paralyzing effect upon human reason").

Nos queda entonces un tremendo y último problema: si la teoría relativística es tan anti-intelectual ¿cómo pudo haber conquistado el prestigio que hoy tiene e incluso cómo puede tener armonía con los datos experimentales que, al fin y al cabo, son realidad física? He aquí el 5° y último punto de Maritain. Realmente, dice, ninguna teoría ni ecuación matemática puede revelarnos de veras lo que las cosas son. Frente a una teoría con absurdos y paradojas lógicas sería preciso revisar sus formulaciones. Ni siquiera las cuatro famosas ecuaciones de Maxwell pueden considerarse como dogmas de fe. (Según experimentos electromagnéticos que yo mismo he realizado, por ejemplo, es obvio que la ecuación de la inducción de Faraday requiere una drástica revisión, aun sin considerar para nada los fenómenos luminosos.) Más aun, las hipótesis científicas sirven únicamente para "salvar las apariencias", y sucede a veces que con distintas hipótesis se pueden salvar las mismas apariencias. Por ejemplo, la antigua teoría de Tolomeo salvaba las apariencias celestes tan bien como el moderno sistema heliocéntrico de Copérnico. Los tiempos einsteinianos, dice Maritain, son tan ficticios como las excéntricas y epiciclos de las astronomía de Hiparco y Tolomeo. Aparte de que puede haber errores que se compensan unos a otros y así hacer aparecer como verdadera una teoría que en el fondo es falsa. Cuando un resultado es cero (como el de Michelson-Morley), las matemáticas nunca podrán decidir si es porque no hay acción ninguna o porque hay dos acciones contrarias que se cancelan la una a la otra. El cero matemático jamás se podrá tomar como sinónimo de no existencia, así como el signo = jamás podrá tomar el lugar del verbo ser.

Así pues, termina diciendo Maritain, en la relatividad einsteiniana hay un gran empirio-pitagorismo idealista y una indudable sombra del kantismo subjetivista. Traduciendo aproximadamente del francés, concluyo con estas palabras del gran filósofo de nuestro siglo XX:

"Es lamentable para una civilización tener sabios carentes del buen sentido común. El hombre de la calle puede distinguir mejor que ellos lo que hay de ciencia verdadera y lo que hay de falsa filosofía parasitaria. El einsteinianismo, tomando como visión filosófica, dado el prestigio de hacerse pasar como la Ciencia, con mayúscula, en nuestro siglo es, por lo mismo, un 'agente desorganizador de extrema potencia' que tiende a habituar a las gentes a aceptar el absurdo y a perder toda la confianza en el sentido común, es decir, en definitiva, a perder la confianza en nuestra inteligencia y en nuestra misma naturaleza humana. Esto es una verdadera amputación de la facultad intelectiva, y así como un proverbio antiguo decía, 'enfermo, defiende tu pellejo de tu médico', así ahora hay que decir, 'hombre de sentido común defiende tu razón contra los sabios'. El demiurgo de esta ciencia relativista es la Matemática. Tres siglos de Matemáticas puras sin filosofía no le han caído bien al espíritu. La físico-matemática mal entendida hace perder todo el gusto por el ser, y ejerce sobre la razón una tiranía empirista por su falsa profundidad y la falsa delectación de hacerse pasar como sabiduría. No es que la ciencia en sí no sea algo bueno, e incluso hasta una chispa de la divinidad. Pero los desastres que estos magos de la ciencia pueden provocar en el orden del espíritu, aunque invisibles, no son menos pavorosos. A pesar de todo esto no sería imposible, ni debemos perder la esperanza de algún día tratar de asimilar todos los descubrimientos que han habido desde Galileo hasta Einstein para incluirlos dentro de una sana filosofía natural. Haría falta un físico-filósofo, una especie de Leibnitz moderno, pero todavía más amplio, más profundo, honesto y completo. Pluguiera a Dios que un día viniera un tal hombre a este bajo mundo... Mientras tanto seguiremos manteniendo la distinción entre la realidad metafísica, por un lado, y los entes ficticios construidos por la ciencia, por el otro. Esto nos permitiría ver a Einstein, el físico, con admiración, pero también a Einstein el pseudo-metafísico, con entera aversión." ('Reflexiones sobre la Inteligencia')

Con lo dicho, pues, creo que queda claro por qué Maritain piensa así.