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HUMANISMO
Este ensayo forma parte del libro 'Vigencia de Maritain', publicado en Chile para conmemorar el trigésimo aniversario de la muerte de Jacques Maritain. Abril, 2003.
Humanismo Integral
Jaime Castillo Velasco
(Destacado humanista cristiano chileno. Fue Presidente de la Comisión Chilena de Derechos Humanos, ex Ministro de Estado, ex Presidente del Partido Demócrata Cristiano de Chile).
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1.-
La idea de un Humanismo Integral.-
La idea de un humanismo integral es, sin duda, polémica.
Responde a un debate de fondo que se entabló en todo el
mundo allá por los años treinta del siglo pasado.
Se trataba de enfrentar una controversia en que diversas filosofías
políticas se disputaban el poder y la verdad. El mundo
conocía las guerras y las revoluciones con intención
universal. Regía un orden económico que parecía
natural a la gran opinión pública dominante, pero
que era objeto de un repudio intelectual y práctico por
tendencias apoyadas en los hechos de la vida real y que rechazaban
imperiosamente la vigencia del orden político-económico
vigente. El sistema denominado capitalista imperaba de hecho,
como una situación que la realidad exigía, pero
asimismo era negado y odiado por razonamientos morales, económicos
y políticos. Surgían pues también las fuerzas
revolucionarias, los rechazos frontales a dicho mundo vigente
sea en la política, en la cultura y en el campo social
mismo.
El hecho de la revolución rusa de 1917 era ya altamente
decisivo. Allí, sobre la base de una reivindicación
de los pobres contra el abuso sempiterno de los poderosos, había
surgido una muy nueva realidad que parecía imposible de
aceptar pero también de rechazar. Por un lado estaban los
pobres, en cuanto tales, y justificando cualquiera forma de acción
precisamente por tratarse de ellos. Por el otro lado, se daba
la realidad de una situación altamente opresiva, cruel,
sin principios humanistas que contrastaba justamente con el espíritu
de la civilización, con los ideales de los grandes hombres
de la época y con la simple razón natural y hasta
con las palabras de los revolucionarios.
Más allá de eso, el mundo ofrecía un régimen
económico que creaba diferencias abismales entre los sectores
sociales y que trataba de mantenerse frente a la realidad de dictaduras
para las cuales el ser humano no incondicional era solo una basura
susceptible de ser destruida implacablemente.
La democracia era pregonada por todos, pero resultaba ser, para
unos, una vana lucha contra poderes económicos demasiado
poderosos y, para otros, una mentira de hecho que se convertía
en completa deshumanización. El régimen totalitario,
bajo su forma estalinista o hitleriana, enemigos capaces de ser
amigos y de imitarse en lo peor, caracterizó de una manera
que hoy parece inverosímil el desarrollo de la política
mundial. Solamente una tremenda guerra de cuatro años pudo
poner fin en parte a los peores aspectos de la situación.
2.- La propuesta de Maritain.-
Ante tales hechos, el pensamiento cristiano, particularmente en
la mente de Jacques Maritain, dio a luz la idea del humanismo
integral. El primer deber era recuperar la libertad contra las
tiranías. El segundo estaba en hallar un fundamento de
justicia social. No podía sino ser la visión propia
del ser humano. No se trataba sólo de una perspectiva superficial
sino de penetrar en toda la verdad de lo humano y de su historia.
La validez de esta exigencia fue, por cierto, puesta a la luz
por el pensador citado particularmente en su libro del mismo nombre:
Humanismo Integral, de 1936. Se trataba de decir que
los valores propios del ser humano han de ser conocidos y vividos
en integridad. Para ello era preciso entrar a fondo en la teoría
y en la práctica.
Podemos resumir las proposiciones maritanianas adecuadas al momento
histórico de que hablamos:
El rasgo principal era una obra común por realizar sobre
la base de los valores ético-sociales del Cristianismo.
Todos quedaban comprometidos a trabajar por un objetivo común.
Ninguna distinción, para estos efectos, entre creyentes
religiosos y no creyentes. La tarea incumbe a todos y todos son
iguales entre sí. La fraternidad es la característica
fundamental y ella no reconoce diferencias por virtud de posiciones
o creencias.
Esto significa que hay una unidad substancial entre los miembros
de la sociedad. Ella descansa en la noción de derechos
de la persona humana. No hay, por tanto, diferencias en el orden
social.
La igualdad queda entendida como un hecho. El autor la denomina una democracia personalista, es decir, basada en los
derechos de la persona.
Todos somos personas. Por lo mismo, todos somos libres. Tal libertad
se expresa en los derechos comunes a los miembros de la sociedad,
trátese de valores espirituales o de derechos en el plano
socioeconómico.
Se observa pues que el fundamento de esta filosofía es
el concepto de persona humana. Toda forma de exclusión,
de valorización privilegiada, de diferencia injusta queda
fuera del tenor a que aspira la sociedad. Las diferencias de opinión
se conjugan dentro del orden democrático, esto es, pluralista.
No hay sectores privilegiados.
Estos rasgos caracterizan, pues, un nuevo ideal histórico.
Allí se aspira a resolver las viejas discusiones. No se
trata de mantener un orden social basado en la lucha de sectores
privilegiados con otros que carecen de poder, de bienes y de posibilidades.
No es la sociedad capitalista tradicional. Tampoco es el mundo
del totalitarismo que quiso sustituirla a costa de tiranías,
revoluciones y guerras. El ideal histórico de una nueva
Cristiandad, tal como Maritain lo propone, es cristiano, es decir,
moral, por su contenido profundo, no sólo por las formas
externas que adopta. No hay duda de que su fondo iba, de alguna
manera, contra todo o casi todo lo que era proposición
ético-política en su tiempo. No estaba acogiendo
las teorías autodenominadas revolucionarias, para las cuales
la revolución no era ni fue otra cosa que una nueva forma
de imponer la violación de los derechos de cada ser humano
como tal. Tampoco estaba abrigando como suyo un propósito
simplemente conservador que no afrontara la urgente realidad o
no tuviese más objetivo que defender lo que se daba como
existente.
El mismo Maritain llamó a este proyecto una nueva
Cristiandad. Lo que importa aquí es el recurso al
valor cristiano de amor al prójimo. Se trataba de apoyarse
en dicho valor, en el carácter de cristiano-humano, como
la verdad más profunda, para construir la sociedad realmente
sobre tal base. No se desechaban, por cierto, las formas de vida,
las instituciones sociales y el espíritu cristiano dominante
en la Edad Media, pero tampoco se tomaban dichas instituciones
como absolutas, históricamente justificadas e identificadas
con las doctrinas evangélicas.
Se comprende muy bien que la tesis tuviese muchos adversarios.
Para quienes abrigaban una filosofía radicalmente no cristiana
se trataba de algo que carecía del fundamento adecuado.
Para los que pretendían partir del concepto cristiano,
pero lo entendían de una manera tradicionalista o conservadora,
el humanismo integral les aparecía como una complicidad
con las teorías supuestamente revolucionarias y violentistas.
En el hecho, la tesis ha sido vivida históricamente de
maneras que son conocidas. No hay duda de que pese a muchas dificultades,
errores, aciertos y ejemplarizaciones, el concepto de un humanismo
cristiano vive en el alma de muchos, sea para la vida personal
o para la acción social, incluida la política.
Ello es así por cuanto dicha clase de posiciones jamás
se pierden por completo, nunca son definitivamente derrotadas.
Por el contrario, ellas están ahí a la vista de
todos, impulsando día a día actos de valor moral
y ejemplos en el plano de la acción. Una visión
integralmente humanista no sólo es necesaria, sino que,
además, está viva en el alma de muchos que ni siquiera
la conocen. Corresponde pues decir algunas palabras sobre la forma
cómo este humanismo cristiano integral podría influir
en lo que hoy vemos, en nuestra actual existencia.
3.- La necesidad del Ideal Político.-
Observamos un mundo en que el régimen democrático
domina en general. Subsisten algunas dictaduras y se observan
diferencias muy grandes dentro de las diferentes naciones. Pero,
cabe decir que hay una tónica dominante constituida por
la económica mundial. Posiblemente, la derrota de los socialismos
totalitarios trajo una lección que ha servido para justificar
la vigencia de las economías liberales como únicas
posibles en el mundo de hoy. De hecho y a pesar de las muy diversas
situaciones políticas, como también de la influencia
doctrinaria de grupos diversos, el mundo de hoy aparece dominado
por intereses materiales. A pesar de la presencia de diversas
filosofías en el plano de la vida política, y en
casi todos los países, la realidad económica dominante
es la de un súper-capitalismo que marcha hacia la llamada
globalización universal. Ello se realiza dentro del campo
de un liberalismo económico contra el cual ya no cabe la
vieja lucha doctrinal en pro de la igualdad o la justicia social.
Ello está hoy en día incluido dentro de un proceso
mundial dominado por grupos poderosísimos. Nos atrevemos
a decir que se produce un resultado nefasto dentro de una situación
que éticamente podría ser evitada. Porque la globalización
no es un mal en sí, ya que ella podría estar fundada
en valores humanos superiores. No es errónea, sino por
el contrario, muy loable y verdadera una globalización
del amor al prójimo, como diría un cristiano. Pero,
cuando ello no es eso, sino, por el contrario, subsiste el aplastamiento
de unos por otros, los cuales disfrutan de poderes que los demás
distan mucho de tener, o sea, simplemente cuando vuelve a suceder
la vigencia de la desigualdad extrema, entonces, decimos, tal
globalización es antihumana.
Ello significa que la tarea del humanismo sigue ahí. Debemos
repetirnos que continúa siendo integral. No se ha trabajado
ni vivido ni pensado como en verdad correspondía cuando
se trataba de fijarse esta clase de tareas.
La derrota de los totalitarismos no fue suficiente. La obligación
ética y política de nuestro tiempo para aquellos
que creen en los valores sigue siendo tan exigente como cuando
se luchaba contra aquellos en el siglo XX. Todo es a veces incluso
más difícil por cuanto el significado del mal aparece
menos a la vista. Pero, las enormes diferencias entre los seres
humanos siguen estando allí a la vista de todos. La exigencia
de un humanismo integral no ha cesado.
Esto significa que permanece la necesidad del ideal político.
La tarea de luchar por los valores fundamentales sigue siendo
actual y corresponde a cada uno de nosotros. La política
mantiene sus exigencias para todo el que crea en los valores de
la persona humana. Sabemos que también existen los adelantos
materiales y que una mayor cantidad de personas en el mundo disfruta
de mejores niveles de vida. Pero subsisten atrasos todavía
inconcebibles, costumbres negadoras de derechos fundamentales,
desigualdades excesivas y violencias inauditas. Todo ello es real
y está dentro del conocimiento de quienes representan los
mejores propósitos e ideales. Por lo mismo, ello jamás
ha de detener los esfuerzos basados en el humanismo, es decir,
en una concepción que quiere ser integral, permanente,
que no se da tregua a sí misma.
Sabemos también cuan poca es la capacidad de cada uno o
de muchos que podemos decir estas cosas, pero no estamos siempre
a la altura difícil de los acontecimientos y de los que
son nuestros deberes humanistas. La conciencia de esta tarea común
es, al menos, un aliciente que impulsa y puede convencer a muchos.
Tener convicción de lo que es un humanismo integral y procurar
vivirlo bajo cualquiera de las circunstancias a que la realidad
nos obliga, sigue siendo el ideal propio del ser humano.
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