HUMANISMO

 

 


Este ensayo forma parte del libro 'Vigencia de Maritain', publicado en Chile para conmemorar el trigésimo aniversario de la muerte de Jacques Maritain. Abril, 2003.

 

Humanismo Integral

Jaime Castillo Velasco

(Destacado humanista cristiano chileno. Fue Presidente de la Comisión Chilena de Derechos Humanos, ex Ministro de Estado, ex Presidente del Partido Demócrata Cristiano de Chile).

ENLACES
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Humanismo Integral ('H.I')
Jaime Castillo V.
La 'Carta sobre la Independencia'
Jaime Castillo V.
El Bien Común en J. Maritain
Karlos Santamaría
Personalismo cristiano de Maritain
Donald DeMarco
Reflexiones en torno a 'H.I.'
Cristian Llona SS. CC.
Filosofía de la Historia de Maritain
Brooke W. Smith

¿Es posible una nueva cristiandad?
Angel Correa

El 'H.l.' de J. Maritain
Jaime Castillo V.
'H.I.' y Doctrina Social de la Iglesia
Joseph M. de la Torre
Maritain y el Misterio de Israel
Marcel-Jacques Dubois, O.P.
Una presentación de 'H.I.'
Charles Journet
Los cristianos en la sociedad
Henri Bars

 

1.- La idea de un Humanismo Integral.-


La idea de un humanismo integral es, sin duda, polémica. Responde a un debate de fondo que se entabló en todo el mundo allá por los años treinta del siglo pasado. Se trataba de enfrentar una controversia en que diversas filosofías políticas se disputaban el poder y la verdad. El mundo conocía las guerras y las revoluciones con intención universal. Regía un orden económico que parecía natural a la gran opinión pública dominante, pero que era objeto de un repudio intelectual y práctico por tendencias apoyadas en los hechos de la vida real y que rechazaban imperiosamente la vigencia del orden político-económico vigente. El sistema denominado capitalista imperaba de hecho, como una situación que la realidad exigía, pero asimismo era negado y odiado por razonamientos morales, económicos y políticos. Surgían pues también las fuerzas revolucionarias, los rechazos frontales a dicho mundo vigente sea en la política, en la cultura y en el campo social mismo.

El hecho de la revolución rusa de 1917 era ya altamente decisivo. Allí, sobre la base de una reivindicación de los pobres contra el abuso sempiterno de los poderosos, había surgido una muy nueva realidad que parecía imposible de aceptar pero también de rechazar. Por un lado estaban los pobres, en cuanto tales, y justificando cualquiera forma de acción precisamente por tratarse de ellos. Por el otro lado, se daba la realidad de una situación altamente opresiva, cruel, sin principios humanistas que contrastaba justamente con el espíritu de la civilización, con los ideales de los grandes hombres de la época y con la simple razón natural y hasta con las palabras de los revolucionarios.

Más allá de eso, el mundo ofrecía un régimen económico que creaba diferencias abismales entre los sectores sociales y que trataba de mantenerse frente a la realidad de dictaduras para las cuales el ser humano no incondicional era solo una basura susceptible de ser destruida implacablemente.

La democracia era pregonada por todos, pero resultaba ser, para unos, una vana lucha contra poderes económicos demasiado poderosos y, para otros, una mentira de hecho que se convertía en completa deshumanización. El régimen totalitario, bajo su forma estalinista o hitleriana, enemigos capaces de ser amigos y de imitarse en lo peor, caracterizó de una manera que hoy parece inverosímil el desarrollo de la política mundial. Solamente una tremenda guerra de cuatro años pudo poner fin en parte a los peores aspectos de la situación.


2.- La propuesta de Maritain.-


Ante tales hechos, el pensamiento cristiano, particularmente en la mente de Jacques Maritain, dio a luz la idea del humanismo integral. El primer deber era recuperar la libertad contra las tiranías. El segundo estaba en hallar un fundamento de justicia social. No podía sino ser la visión propia del ser humano. No se trataba sólo de una perspectiva superficial sino de penetrar en toda la verdad de lo humano y de su historia. La validez de esta exigencia fue, por cierto, puesta a la luz por el pensador citado particularmente en su libro del mismo nombre: “Humanismo Integral”, de 1936. Se trataba de decir que los valores propios del ser humano han de ser conocidos y vividos en integridad. Para ello era preciso entrar a fondo en la teoría y en la práctica.

Podemos resumir las proposiciones maritanianas adecuadas al momento histórico de que hablamos:

El rasgo principal era una obra común por realizar sobre la base de los valores ético-sociales del Cristianismo. Todos quedaban comprometidos a trabajar por un objetivo común. Ninguna distinción, para estos efectos, entre creyentes religiosos y no creyentes. La tarea incumbe a todos y todos son iguales entre sí. La fraternidad es la característica fundamental y ella no reconoce diferencias por virtud de posiciones o creencias.

Esto significa que hay una unidad substancial entre los miembros de la sociedad. Ella descansa en la noción de derechos de la persona humana. No hay, por tanto, diferencias en el orden social.

La igualdad queda entendida como un hecho. El autor la denomina “una democracia personalista”, es decir, basada en los derechos de la persona.

Todos somos personas. Por lo mismo, todos somos libres. Tal libertad se expresa en los derechos comunes a los miembros de la sociedad, trátese de valores espirituales o de derechos en el plano socioeconómico.

Se observa pues que el fundamento de esta filosofía es el concepto de persona humana. Toda forma de exclusión, de valorización privilegiada, de diferencia injusta queda fuera del tenor a que aspira la sociedad. Las diferencias de opinión se conjugan dentro del orden democrático, esto es, pluralista. No hay sectores privilegiados.

Estos rasgos caracterizan, pues, un nuevo ideal histórico. Allí se aspira a resolver las viejas discusiones. No se trata de mantener un orden social basado en la lucha de sectores privilegiados con otros que carecen de poder, de bienes y de posibilidades.

No es la sociedad capitalista tradicional. Tampoco es el mundo del totalitarismo que quiso sustituirla a costa de tiranías, revoluciones y guerras. El ideal histórico de una nueva Cristiandad, tal como Maritain lo propone, es cristiano, es decir, moral, por su contenido profundo, no sólo por las formas externas que adopta. No hay duda de que su fondo iba, de alguna manera, contra todo o casi todo lo que era proposición ético-política en su tiempo. No estaba acogiendo las teorías autodenominadas revolucionarias, para las cuales la revolución no era ni fue otra cosa que una nueva forma de imponer la violación de los derechos de cada ser humano como tal. Tampoco estaba abrigando como suyo un propósito simplemente conservador que no afrontara la urgente realidad o no tuviese más objetivo que defender lo que se daba como existente.

El mismo Maritain llamó a este proyecto “una nueva Cristiandad”. Lo que importa aquí es el recurso al valor cristiano de amor al prójimo. Se trataba de apoyarse en dicho valor, en el carácter de cristiano-humano, como la verdad más profunda, para construir la sociedad realmente sobre tal base. No se desechaban, por cierto, las formas de vida, las instituciones sociales y el espíritu cristiano dominante en la Edad Media, pero tampoco se tomaban dichas instituciones como absolutas, históricamente justificadas e identificadas con las doctrinas evangélicas.

Se comprende muy bien que la tesis tuviese muchos adversarios. Para quienes abrigaban una filosofía radicalmente no cristiana se trataba de algo que carecía del fundamento adecuado. Para los que pretendían partir del concepto cristiano, pero lo entendían de una manera tradicionalista o conservadora, el humanismo integral les aparecía como una complicidad con las teorías supuestamente revolucionarias y violentistas.

En el hecho, la tesis ha sido vivida históricamente de maneras que son conocidas. No hay duda de que pese a muchas dificultades, errores, aciertos y ejemplarizaciones, el concepto de un humanismo cristiano vive en el alma de muchos, sea para la vida personal o para la acción social, incluida la política.

Ello es así por cuanto dicha clase de posiciones jamás se pierden por completo, nunca son definitivamente derrotadas. Por el contrario, ellas están ahí a la vista de todos, impulsando día a día actos de valor moral y ejemplos en el plano de la acción. Una visión integralmente humanista no sólo es necesaria, sino que, además, está viva en el alma de muchos que ni siquiera la conocen. Corresponde pues decir algunas palabras sobre la forma cómo este humanismo cristiano integral podría influir en lo que hoy vemos, en nuestra actual existencia.


3.- La necesidad del Ideal Político.-


Observamos un mundo en que el régimen democrático domina en general. Subsisten algunas dictaduras y se observan diferencias muy grandes dentro de las diferentes naciones. Pero, cabe decir que hay una tónica dominante constituida por la económica mundial. Posiblemente, la derrota de los socialismos totalitarios trajo una lección que ha servido para justificar la vigencia de las economías liberales como únicas posibles en el mundo de hoy. De hecho y a pesar de las muy diversas situaciones políticas, como también de la influencia doctrinaria de grupos diversos, el mundo de hoy aparece dominado por intereses materiales. A pesar de la presencia de diversas filosofías en el plano de la vida política, y en casi todos los países, la realidad económica dominante es la de un súper-capitalismo que marcha hacia la llamada globalización universal. Ello se realiza dentro del campo de un liberalismo económico contra el cual ya no cabe la vieja lucha doctrinal en pro de la igualdad o la justicia social.

Ello está hoy en día incluido dentro de un proceso mundial dominado por grupos poderosísimos. Nos atrevemos a decir que se produce un resultado nefasto dentro de una situación que éticamente podría ser evitada. Porque la globalización no es un mal en sí, ya que ella podría estar fundada en valores humanos superiores. No es errónea, sino por el contrario, muy loable y verdadera una globalización del amor al prójimo, como diría un cristiano. Pero, cuando ello no es eso, sino, por el contrario, subsiste el aplastamiento de unos por otros, los cuales disfrutan de poderes que los demás distan mucho de tener, o sea, simplemente cuando vuelve a suceder la vigencia de la desigualdad extrema, entonces, decimos, tal globalización es antihumana.

Ello significa que la tarea del humanismo sigue ahí. Debemos repetirnos que continúa siendo integral. No se ha trabajado ni vivido ni pensado como en verdad correspondía cuando se trataba de fijarse esta clase de tareas.

La derrota de los totalitarismos no fue suficiente. La obligación ética y política de nuestro tiempo para aquellos que creen en los valores sigue siendo tan exigente como cuando se luchaba contra aquellos en el siglo XX. Todo es a veces incluso más difícil por cuanto el significado del mal aparece menos a la vista. Pero, las enormes diferencias entre los seres humanos siguen estando allí a la vista de todos. La exigencia de un humanismo integral no ha cesado.

Esto significa que permanece la necesidad del ideal político. La tarea de luchar por los valores fundamentales sigue siendo actual y corresponde a cada uno de nosotros. La política mantiene sus exigencias para todo el que crea en los valores de la persona humana. Sabemos que también existen los adelantos materiales y que una mayor cantidad de personas en el mundo disfruta de mejores niveles de vida. Pero subsisten atrasos todavía inconcebibles, costumbres negadoras de derechos fundamentales, desigualdades excesivas y violencias inauditas. Todo ello es real y está dentro del conocimiento de quienes representan los mejores propósitos e ideales. Por lo mismo, ello jamás ha de detener los esfuerzos basados en el humanismo, es decir, en una concepción que quiere ser integral, permanente, que no se da tregua a sí misma.

Sabemos también cuan poca es la capacidad de cada uno o de muchos que podemos decir estas cosas, pero no estamos siempre a la altura difícil de los acontecimientos y de los que son nuestros deberes humanistas. La conciencia de esta tarea común es, al menos, un aliciente que impulsa y puede convencer a muchos.

Tener convicción de lo que es un humanismo integral y procurar vivirlo bajo cualquiera de las circunstancias a que la realidad nos obliga, sigue siendo el ideal propio del ser humano.