Creemos que,
en verdad, tenía razón en ese punto. El documento
posee la forma de una especie de manifiesto de índole personal
que el autor creyó necesario entregar, a fin de esclarecer
una serie de cuestiones capitales para la inteligencia católica
de entonces. Al releer hoy día el texto, uno comprueba
la importancia de las soluciones aportadas y, en especial, su
vigencia en los momentos actuales.
Cabe afirmar
que la 'Carta' liberó la voluntad de acción de los
cristianos con inquietudes sociales. Resolvió para ellos
una serie de problemas que impedían el paso de la teoría
idealista a la práctica política. Una breve síntesis
de su contenido nos revelará lo que venimos diciendo.
Se trata,
en efecto, de una invitación urgente a los cristianos a
trabajar por la sustitución de la sociedad capitalista.
Con ese objeto, establece el deber del compromiso con la realidad,
con la exigencias de la época. La acción política
se impone pues como el camino adecuado. Queda disuelta entonces
cualquier duda que pudiera emanar del punto de vista doctrinario.
La filosofía y la política resultan unidas a través
del concepto de filosofía práctica. Esta debe descender
hasta el punto mismo en que el pensamiento se convierte en acción.
Allí se resuelve el lazo entre el teórico y el estadista
o conductor de pueblos. A qué inspira una acción;
éste actúa, "bajo sus propios riesgos",
sobre la base de la formación teórica, pero debiendo
tomar sus medidas dentro de la situación en que se halla.
Agreguemos
que no se trata de cualquier tipo de acción. Es, en verdad,
la que resulta de esa formación cristiana. Dicho en una
sola palabra: se trata de buscar la fraternidad entre los hombres.
Hay pues un orden de ideas y una ética humanista en la
base de todo. Esto no podrá convertirse más tarde
en lo que deseen o lo que logren conservar los hombres en el poder.
Habrá necesidad de elaborar una filosofía política
para la época, y para la sociedad. Ella tendrá una
verdad permanente. Y tal verdad, en suma, será la creación
de un mundo solidario y fraterno. Ni los ideales puros ni el oportunismo
tienen cabida en la conciencia del militante cristiano. Los valores
humanistas suministran la inspiración y la meta. No podrán
ser desmentidos al final de la jornada. No está pues trabajando
por otros ideales ni aceptando que una inspiración ajena
sustituya a la que le es propia. No es capitalista ni totalitario.
No es de Derecha ni de Izquierda, si por estos términos
ha de entenderse la defensa de los órdenes de ideas e intereses
que contraponen el mundo burgués al mundo de la revolución
totalitaria. Pero, en cambio, sabe que deberá penetrar
profundamente, en la orientación de izquierda, si por este
nombre se habla de las transformaciones que el régimen
actual necesita.
Por eso mismo,
la 'Carta' es un documento revolucionario. Plantea la imposibilidad
de someter los principios a los aspectos degradados de la realidad.
El cristiano está en todas partes y siempre será
libre. Asumirá a fondo las situaciones de hecho que la
vida ofrece, pues su papel consiste en dar testimonio y cambiar
todo aquello que se hunde en la bajeza a la corrupción;
pero, ha de estar allí para no pertenecer a la realidad,
para liberar al hombre. Cualquier clase de purismo o de utopismo
deberán ceder su puesto al ideal histórico concreto
de una sociedad fraterna. Del mismo modo, ningún "izquierdismo"
que reproduzca de hecho las miserias del mundo derechista será
defendido por su nombre o por su poder.
Esta perspectiva
es la de un hombre que se siente incómodo. Muchas veces
no parecerá fácil explicar que se trabaja junto
al enemigo. La solución a esta dificultad no consistirá
en refugiarse en sí mismo y declarar la maldad de los otros.
Se sabe que hay bien y mal en todas partes. La lucidez espiritual,
políticamente aplicada, tendrá que ser el criterio
de acción. Será necesario trabajar con una perspectiva
de largo alcance cuyas metas no se abandonarán jamás:
la ciudad fraterna; pero, al mismo tiempo, se estará dispuesto
a muchas medidas concretas de colaboración y diferenciación,
las cuales se harán legítimas solamente si no perjudican
el logro de las finalidades distantes. De ese modo, el ideal permanece
duro, sin por eso, negarse uno mismo el derecho a la táctica
y a la estrategia.
La 'Carta'
nos dice expresamente que todo se reduce a aceptar o no la posibilidad
de una filosofía cristiana de la política. En caso
negativo, todas las dudas se vendrán de golpe y se pasará
a la Derecha o a esa Izquierda viciada del nuevo inhumanismo.
Pero, la respuesta afirmativa entrega las armas para fijar una
perspectiva y para resolver tácticamente los problemas
inmediatos.
El cristiano
será pues independiente, no de la realidad, ni siquiera
de la existencia del mal; pero, sí lo será de las
caídas en aquello que quita dignidad a las cosas del hombre.
Nunca se dejará medir por estas ultimas. Ninguna forma
externa de poder, ventaja, apariencia o interés deberá
detenerlo. Porque ellas hacen de la verdadera fraternidad una
farsa.
De ahí
que la separación respecto del presente, y hasta la actitud
de desesperar de él, son lo único auténticamente
revolucionario. Porque es preciso vencer a ese presente y sustituirlo
por otro. No se puede pertenecerle. Son las "viejas esclavitudes"
las que nunca aceptarán una libertad encarnada en un militante
por la justicia.
Tales nociones
resolvían los problemas del joven cristiano de la época,
educado en una especie de ideal muy puro, pero que no encontraba
cómo aplicarlo a la lucha social sin caer en todos los
vicios de ésta. La tesis del compromiso con el dolor y
la angustia borraba cualquier prejuicio. La idea de una sociedad
fraterna satisfacía el anhelo de luchar por las más
grandes causas. La conciencia de que esto era una tesis cristiana
que daba cuenta de lo ideal y de lo real, y que lo hacia sin concesiones
ni entreguismos, era también una base para ingresar al
movimiento. El hecho de que se trataba directamente de hacer política,
de formar partidos, de ir a la lucha, bajo riesgos propios, sobre
la base de la inteligencia y la voluntad de los militantes, liberaba
de confesionalisnos, escrúpulos y paternalismos. Pudo así
nacer un movimiento, un partido, que acaso no satisfacía
la visión exacta de la 'Carta' sobre esta materia, pero
que, en intención, se acercaba a ella y representaba el
fruto de la realidad.
La historia
de la Política Cristiana será una comprobación
de todo esto. De su radical afirmación en orden a que no
es ni de "Derecha" ni de "Izquierda"
(entendida esta última como la formación política
de los partidos colectivistas y totalitarios) nacerá un
enorme número de problemas. Mientras un núcleo ejemplarizador
de militantes lo entenderá desde el principio, una masa
enorme de ciudadanos, habituados a los casilleros tradicionales,
tardará en percatarse del verdadero sentido del movimiento.
Algunos ingresarán al partido por la mera fachada ideal,
pero retrocederán ante la necesidad de conocer también
las inmundicias. Otros lo harán guiados por el oportunismo
o embaucados por el mito de la revolución deshumanizada.
Los primeros pasarán otra vez a la Derecha. Los segundos,
faltos de convicción doctrinaria, añorarán
siempre la estrategia de los Partidos totalitarios de izquierda.
Se entregarán a éstos cada vez que las situaciones
de hecho exijan dureza y confianza en los principios y en sí
mismos.
Durante un
largo tiempo, el debate externo en torno al partido consistirá
en definirlo con criterio ajenos a su esencia. Se le llamará
de Izquierda o de Derecha, cada vez que se obre por cuenta propia
y no por cuenta ajena, según los puntos de vista contrapuestos
de los adversarios.
A su vez,
el debate interno consistirá siempre en saber cómo
adecuar la perspectiva de largo alcance a las medidas inmediatas
que es preciso tomar. O viceversa. Algunos darán mayor
énfasis a la necesidad de separarse de la superestructura
partidaria, a fin de llegar por sus propios medios al pueblo;
otros, en cambio, pensarán que es indispensable desarrollar
la idea de la colaboración con vistas al bien común.
Los "izquierdismos" del último tiempo
se basan todos en esta última tesis. Pero, la doctrina
pide una consideración igual para ambos aspectos. El conjunto
de la acción del Partido, especialmente sus grandes momentos
y la mayor suma de fuerza interna, se dará cada vez que
se consiga unirlos en forma adecuada.
Creemos que,
hoy en día, los problemas de la 'Carta' siguen vigentes.
Ninguno ha pasado de actualidad. Las soluciones también
están en el tapete. Los que entienden la estrategia de
la "Carta" son ya muchos. Pero, al mismo tiempo, están
siempre volviendo a surgir las objeciones que brotan de actitudes
denunciadas por ella. De ahí la importancia de dar a la
juventud la experiencia teórica y práctica que rodea,
hoy día, al documento escrito por Jacques Maritain
hace ya años. Nadie se arrepentirá de meditar sobre
él.