Jacques Maritain
nació en París el 18 de Noviembre de 1882. Creció
en esa ciudad apenas guiado espiritualmente en el protestantismo
de su madre. Cuando ingresó al Liceo Henri IV, no poseía
ninguna convicción religiosa en particular. Se inscribió
en la Sorbona en 1901 durante la rica y corrupta Tercera República
de Francia, en una época en que el rabioso anticlericalismo
francés había convertido a la Iglesia en un gueto
intelectual. Un rígido empirismo había efectivamente
excluido toda discusión respetuosa en materias espirituales.
Un día,
en que Jacques caminaba de la mano con su novia judía,
Raïssa, por un parque parisiense, hicieron una pacto según
el cual, si dentro de un año no encontraban ningún
sentido a la vida más allá de su significación
material, ambos se suicidarían.
Tal desesperación
desapareció cuando, en el Colegio de Francia, escucharon
las clases de Henri Bergson, cuyas teorías de la creación
evolutiva exaltaban el espíritu del hombre y su habilidad
para descubrir las cosas inteligibles a través de la intuición.
En 1905, los recién casados Jacques y Raïssa conocieron
al apasionado católico León Bloy (Un
cristiano del siglo segundo extraviado en la Tercera República)
que los guió a la fe católica.
Pronto Maritain
comenzó a estudiar el masivo trabajo de Santo Tomás
de Aquino. Como Santo Tomás había fundado en Aristóteles
una base filosófica para armonizar la razón humana
con la fe cristiana, Maritain descubrió en él las
posibilidades de traer a la edad moderna, dominada por el escepticismo
y la ciencia, un Tomismo rejuvenecido.
"El
mal que sufren los tiempos modernos - escribió - es,
ante todo, un mal de la inteligencia. En uno de sus
primeros trabajos, 'Los Grados del Saber', Maritain
buscó unificar todas la ciencias y subdivisiones de la
filosofía en búsqueda de la realidad.
En lo más
alto de su fama en los años 20s y 30s, Maritain disertó
en Oxford, Yale, Notre Dame y Chicago. También enseñó
en París, Princeton y Toronto. Después de la Segunda
Guerra Mundial, sirvió por tres años como embajador
de Francia ante el Vaticano. En 1963 el gobierno francés
lo honró con el Gran Premio Nacional de las Letras.
Los cincuenta
y tantos libros que Maritain escribió, a lo largo de un
período de más de medio siglo y traducidos a todas
las lenguas mayores, le ganaron la distinción de ser el
más gran de filósofo católico viviente.
En sus libros,
artículos y conferencias, Maritain llamó repetida
y apasionadamente a la Iglesia a fin de que pusiese su teología
y su filosofía en contacto con los problemas del presente.
Su visión, calificada de liberal, en materias de política
y justicia social le ganó acérrimos enemigos entre
los pensadores ultraconservadores de la Iglesia. Incluso hubo
intentos fallidos de que algunos de sus libros fuesen condenados
por el Vaticano.
El Papa Pablo
VI honró a Maritain durante el Concilio Vaticano II y,
en 1967, en un gesto sin precedentes en un Pontífice, lo
reconoció como fuente de inspiración de su gran
encíclica sobre justicia social y económica, Populorum
Progressio. Es más, Pablo VI incluso consideró
hacerlo Cardenal, pero el filósofo rechazó tal proposición.
Cuando en
1960 murió su amada esposa y colaboradora Raïssa,
Maritain se retiró al silencio y a la oración en
una cabaña con los Hermanitos de Jesús en Tolosa,
Francia. Allí falleció en 1973, ocasión en
que Pablo VI lo describió en público como un
maestro en el arte de pensar, de vivir y de orar.
Maritain se
refirió una vez a sí mismo como un hombre
al que Dios ha vuelto de adentro hacia afuera como un guante.
En carta dirigida al poeta Jean Cocteau, le dijo: He
dado mi vida a Santo Tomás y a la tarea de expandir su
doctrina. Pero también quiero que la inteligencia sea recobrada
de manos del demonio para retornarla a Dios. En realidad,
ningún pensador católico moderno ha hecho más
en la tarea de alcanzar esa finalidad que Jacques Maritain.
La
Persona y el Individuo
En el libro
'La Persona y el Bien Común', que es su
más claro y profundo tratamiento de la persona, Maritain
pregunta si la persona es simplemente nada más que el yo. Ésta es un pregunta muy apropiada para destacar, a la luz
de la cultura moderna, el lugar común de la identificación
de ambas. Encontramos esta identificación en las más
variadas expresiones del individualismo, que afirma que un individuo
tiene el derecho a perseguir los objetivos de su deseo sin consideración
alguna de los efecto que esta acción pudiera tener en otros.
La famosa frase de Jean Paul Sartre, en su obra de teatro No Existe
- el Infierno es la demás gente - refleja esta
extendida falta de preocupación que la gente centrada en
sí misma tiene por otros. Un breve vistazo a la lista de
libros de mayor venta en temas de auto ayuda corrobora este punto: Ganar por medio de la Intimidación, Cómo
ser su propio mejor amigo, Tenerlo Todo, Sea
dueño de su propia vida, Divorcio Creativo,
Cómo divorciarse de la Madre y del Padre.
La pregunta
de Maritain pudiera tener hoy mayor validez que nunca antes, considerando
la desmesurada preocupación por el egoísmo de la
sociedad presente. Numerosos críticos de la cultura contemporánea
han estudiado en gran detalle este fenómeno. He aquí algunos trabajos notables que vienen a la mente: La
Cultura del Narcisismo de Christopher Lasch; La
Sicología como Religión y El
Culto a la Autoadoración de Paul Vitz; La
Herejía del Amor al Yo de Paul Zweig; La
Inflación del Yo de David Myers; La
Era de la Sensación de Herbert Hendin.
Las revistas
populares y virtualmente toda la propaganda comercial están
basadas en la noción de que la persona humana no es más
que el mero individuo, un centro para la experimentación
de los placeres y la adquisición de bienes materiales.
El novelista Thomas Pynchon captura la esencia de este ser consumidor
al describir a uno de sus personajes caminando por los
pasillos de un luminoso y gigantesco supermercado, con su única
función, desear.
Aquí
Maritain se abstiene de ser moralista. No se dirige contra el
mal o la estrechez del yo. Por el contrario, nos aconseja no apresurarnos
en desecharlo, señalando que nadie puede llegar a ser santo
sin un fuerte sentido de sí mismo.
Maritain quiere
llevarnos a una mayor profundidad en este asunto. En efecto, visto
superficialmente, pareciera que aquí existiese una contradicción.
Por una parte, se refiere a la afirmación de Pascal el
yo es detestable, mientras que, por otra, recuerda que
Santo Tomás afirma que la persona es lo más
noble y lo más perfecto en toda la naturaleza.
Resulta extremadamente claro que el yo no puede ser igualado con
la persona, puesto que aquello que es detestable no
puede ser lo mismo que aquello que es lo lo más perfecto
en toda la naturaleza. ¿Cómo resolver esta
aparente contradicción?
Maritain elude
esta contradicción estableciendo una distinción
crucial entre individualidad y personalidad.
Notemos aquí que aquello que es distinguible en la mente
no lo es necesariamente en la naturaleza. Así por ejemplo,
podemos mentalmente distinguir los lados derecho e izquierdo de
una hoja de papel, pero, si cortamos el lado derecho, no logramos
removerlo para dejar un pedazo de papel que sólo tiene
el lado izquierdo. Cortando el lado derecho solamente conseguimos
un papel más pequeño que todavía tiene un
lado derecho de igual proporción a su contraparte izquierda.
No podemos separar la derecha y la izquierda en la realidad no
obstante ser posible lograr una distinción muy útil
y práctica de ambas en la mente.
Del mismo
modo, aunque es posible distinguir entre individualidad y personalidad,
no es posible separar una de otra en el ser humano concreto. Se
ha dicho que el lema de la vida filosófica de Maritain
fue distinguir para unir. La filosofía
consiste en distinguir, pero no con el propósito último
de descomponer las cosas en fragmentos, sino de apreciar más
profundamente la diversidad dentro de la unidad, la multifacética
constitución del ser, la manera en que el objeto de la
preocupación filosófica se integra. Maritain nos
propone entender cómo la individualidad y la personalidad
(que son principios y no realidades independientes) se combinan,
como el cuerpo y el alma, para formar la unidad singular del ser
humano.
La afirmación
de Pascal de que el yo es detestable se encuentra
en su obra clásica, Pensamientos.
El gran científico, matemático, filósofo
y pensador religioso del siglo XVI, explica que detestamos el
yo porque puede imponerse como el centro de todo, una imposición
que está en directa oposición a la justicia. En
otras palabras, el yo tiene dos cualidades: es injusto porque
se auto convierte en el centro de todo; es detestable para otros
porque trata de intimidarlos, puesto que cada yo es el enemigo
y procura ser el tirano de todos los otros. Puede eliminarse su
aspecto desagradable, pero no su injusticia. [1]
Maritain argumenta
en forma similar que el polo material, que
es la sombra de la personalidad, tiende a atraerlo
todo hacia sí mismo. Por el contrario, el polo
espiritual, que corresponde a la verdadera personalidad,
es lo que Santo Tomás tiene en mente cuando habla de la
fuente de la generosidad y la bondad.
La distinción
entre individualidad y personalidad tiene sus raíces en
el mundo antiguo. Los griegos tenían dos palabras para
indicar vida: bios y zoe. La primera
se refiere a la vida individual, la vida contenida en una cosa
viviente singular. La segunda, sin embargo, se refiere a una forma
de vida trascendente, que puede ser compartida. La doctrina cristiana
de la Trinidad sigue un línea similar. Cada persona en
la Santísima Trinidad tiene su propia individualidad. Mas,
sin embargo, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo poseen
una abundancia de vida que comparten uno con otro en forma tan
íntima que los tres juntos constituyen un Dios único
y singular.
Más
recientemente, el Papa Juan Pablo II ha vuelto a enfatizar cómo
el matrimonio entre un hombre y una mujer es una imagen de la
Trinidad y communio personarum (una comunión
de personas), una unión dos-en-una-carne de dos individuos
que trascienden sus respectivas singularidades para compartir
entre sí sus personalidades en una unidad que es sagrada
y profunda. [2]
El sicólogo
Paul Vitz ha explicado que el concepto de persona es el fruto de la teología judía y cristiana. Separada
de esta raíz, la persona queda truncada como un individuo auto-actualizado dedicado sólo al
crecimiento del yo secular. [3] Consecuentemente,
cuando Carl Rogers titula su obra más conocida, Cómo
llegar a ser una Persona, dedicada al cultivo de
la auto-actualización del yo secular, no puede estar más
equivocado. Según Vitz, en realidad Roger escribió su libro sobre Cómo llegar a ser un Individuo.
[4]
Maritain hace referencia a la contribución al personalismo
del filósofo existencialista cristiano Nicolás Berdiaeff.
Este destacado pensador ruso escribió apasionada y extensamente
sobre la persona. Para él, la noción
de persona captura la la cualidad doble y polarizada del ser humano.
Las siguientes palabras suyas podrían haber sido escritas
por el propio Maritain:
El
hombre es una personalidad no por naturaleza sino por espíritu.
Por naturaleza es solamente un individuo. Por personalidad es
un microcosmos, un universo completo. Como tal, es un contenido
universal y, al mismo tiempo, puede ser un universo potencial
en la forma de un individuo... En cuanto personalidad es infinitamente
abierto, entra en lo infinito, y admite lo infinito en sí
mismo; en su auto-revelación se dirige hacia un contenido
infinito. [5]
Resuelta la
aparente contradicción distinguiendo las polaridades material
y espiritual, Maritain se adentra con mayor profundidad en la
discusión de la individualidad.
En un sentido
fundamental inteligible para la mayoría de la gente, sólo
los individuos existen en el mundo extramental de la realidad
concreta. Las ideas y sus semejantes no tienen una existencia
real, es decir, no son capaces de ejercitar el acto de existir.
Aquí, Maritain habla como un existencialista haciendo
eco del existencialismo de su maestro, Santo Tomás de Aquino.
La existencia, para el Doctor Angélico,
es la perfección de las perfecciones;
es aquello en virtud de lo cual algo llega a ser verdaderamente
real. Como primer acto' de toda esencia, la existencia
concretiza la esencia en realidad.
Es preciso
agregar aquí que no es la esencia lo que existe (y ciertamente,
no es la existencia lo que existe), sino el sujeto subyacente.
Es este sujeto el que ejercita el acto de existencia y, con ello,
permite a una esencia penetrar en el mundo de lo real. Para Maritain
y Santo Tomás, la realidad está compuesta de sujetos
que ejercitan la existencia y manifiestan una esencia. Este es
un punto crucial que permite al filósofo distinguir las
entidades reales de aquellas esencias platónicas o formas
ideales que flotan en un paraíso de abstracciones.
La individualidad
es, por consiguiente, común a todas las cosas que existen.
Así, los ángeles y Dios son individuos. Los espíritus
puros son individuos en virtud de su forma.[6] Los ángeles,
por tanto, difieren unos de otros no porque son altos o bajos,
gordos o delgados, etc., porque no tienen una dimensión
material. Se diferencian entre sí así como las especies
se diferencian unas de otras, por ejemplo, como un caballo se
diferencia de una vaca. Los seres espirituales son individuos,
no obstante no ser individualizados [7],
esto es, individualizados por la materia. [8]
Las personas
humanas, porque son materiales, tienen su individualidad enraizada
en la materia. La materia, en sí misma, es una mera potencia
de recibir formas. Su naturaleza está esencialmente referida
a aquello que puede dar forma. En términos muy simples,
podría decirse que es algo análogo al hardware
de un computador, que es la mera potencialidad de recibir la información
contenida en la programación de software.
A causa de
esta naturaleza radicalmente parasitaria de la materia, Maritain
se refiere a ella a una clase de no-ser en
sí misma. Y porque es esencialmente relativa a la forma,
también habla de la materia como una avidez de
ser. Juntas, materia y forma, constituyen una unidad
sustancial. La persona humana es una sustancia singular unificada,
un todo dinámico que es la síntesis de cuerpo y
alma.
Luego de discutir
el lado individual del hombre, Maritain se vuelve a la más
difícil tarea de expresar el significado de su personalidad.
Comienza este tratamiento explicando como el amor es el movimiento
que dirige al yo hasta el centro de su personalidad. El amor no
está relacionado con las esencias, o las cualidades o los
placeres, sino con la afirmación del centro metafísico
de la bienamada personalidad. El amor no ignora las cualidades
de aquel que es amado. Es, en realidad, uno con él. Más
aún, el que ama no se conforma con expresar su amor otorgando
dones que solamente simbolizan su amor. Él se da a sí mismo.
En el centro
metafísico de la personalidad se encuentra la capacidad
de darse a sí mismo como persona y de recibir el don de
otra persona. Esto no sería posible si los amantes no fuesen
sujetos capaces de una afirmación recíproca sujeto-a-sujeto.
El amor encuentra su fuente en la metafísica de la inter-subjetividad.
Maritain se
adentra aquí en esa noción que ha dado tantos dolores
de cabeza a los estudiantes de filosofía: la noción
de subsistencia. Ésta es una noción crítica
porque es indispensable para establecer, filosóficamente,
la realidad del sujeto (como opuesto al objeto). El sujeto, por
su parte, es importante porque sólo un sujeto puede existir
como persona.
El sujeto
existencial (como la existencia misma) elude los poderes de la
conceptualización. No es un objeto de pensamiento, algo
que podemos captar intelectualmente. Por ello, tiende a estar
ausente de muchas filosofías, particularmente aquellas
de orientación racionalista. El intelecto conoce las cosas
como objetos. Mientras que el amor se mueve en un plano diferente
y ama al otro en cuanto sujeto. La naturaleza del sujeto es tal
que trasciende la operación del intelecto. [9] En
todo caso, es preciso afirmar que no es la esencia lo que existe
sino el sujeto. Esencia es aquella cosa que es; el sujeto es aquello
que tiene una esencia, aquello que ejercita la existencia y la
acción, aquello que subsiste.
La subjetividad
marca la frontera que separa la filosofía de la religión.
La filosofía consiste en la relación de inteligencia
a objeto; mientras que la religión se presenta en la relación
de sujeto a sujeto. El amor nos da la oportunidad de establecer
una relación de persona a persona. Puesto que Dios es amor,
la religión viene a ser un paradigma de esta experiencia
de inter-subjetividad.
La subjetividad tanto recibe como da. Recibe por medio del intelecto
sobreexistiendo en el conocimiento. Da por medio de la voluntad
sobreexistiendo en el amor. Mas, dado que es mejor dar que recibir,
es por medio del amor que una persona logra alcanzar la suprema
revelación de su realidad personal. Y descubre al mismo
tiempo la generosidad básica de su existencia, en la que
realiza el significado mismo de estar vivo. [10]
El amor rompe
así las barreras que mantienen a las gentes a la distancia,
mirándose unos a otros como objetos. Convierte al ser que
amo en otro yo mismo, es decir, en otra subjetividad de mi mismo,
en otra subjetividad que es mía. El amor perfecciona nuestra
personalidad; nos ayuda a alcanzar más completamente el
propósito mismo de nuestra existencia, el cual, en palabras
de Maritain es la maestría con el propósito
de darse uno mismo. [11]
La vida de
la personalidad no es la auto-preservación ni el auto-engrandecimiento
como lo es la vida del individuo, sino el auto-desarrollo y el don de
uno mismo. Supone sacrificio, y el sacrificio no puede ser impersonal.
El individualismo sicológico, tan característico
de los siglos XIX y XX es exactamente lo opuesto al personalismo.
La personalidad comparte su vida cultivada con la vida de otros.
En el proceso de desarrollo de esta comunión personal con
otros, es indispensable el diálogo. Sin embargo, como lo
señala Maritain, en la actualidad semejante comunicación
es raramente posible.
En realidad,
como lo ha planteado otro pensador personalista, Martin Buber,
el hecho que la gente no pueda mantener un auténtico
diálogo entre sí es el síntoma más
agudo de la patología de nuestro tiempo. Por
ello, la alienación, personal e intelectual, parece más
característica en el hombre moderno que el amor en la unión
personal. Este infeliz estado de cosas está directamente
asociado al lado material del hombre, cuya fuerza gravitacional
interna lo empuja lejos de la demás gente. Sólo
las personas pueden surgir en el diálogo, porque sólo
ellas son capaces de participar en la vida común. Como
individuos, la gente está dividida y alienada unos por
otros. En palabras de Maritain, el mal surge, en nuestra
propia acción, cuando damos preponderancia al aspecto individual
de nuestro ser.
El novelista
católico, Walker Percy, ha representado este estado de
alienación del hombre moderno en su libro Perdido
en el Cosmo: El último Libro de Auto-ayuda. Como
Maritain, Percy ve la raíz de esta situación en
el aislamiento cartesiano del yo consciente tanto del vínculo
con su todo personal, como de su lugar en el universo. Desde
los tiempos de Descartes - escribe - el yo se encuentra
desamparado, separado de todo lo existente en el cosmos; una mente
que profesa entender los cuerpos y las galaxias, pero que ha naufragado
en el acto mismo del entendimiento del cosmos, con el cual no
tiene conexión alguna. [12]
La noción
de personalidad de Maritain tiene un profundas implicaciones religiosas,
específicamente cristianas. Por medio de la comunicación
del amor con otros, la persona comienza a apreciar las inagotables
riquezas de la subjetividad. Esta imagen de lo infinito implica
una Fuente de infinita plenitud. Así, la persona está
directamente vinculada a lo absoluto y sólo encuentra su
suficiencia en la íntima relación con Dios. Esta
noción es perfectamente consistente con la referencia bíblica
del hombre hecho a imagen de Dios. La imagen a que las Escrituras se refieren es la imagen espiritual de Dios
en el hombre, lo que hace posible para él conocer y amar
a Dios y, por medio de la gracia, participar de Su Vida.
Como persona,
el ser humano es un todo, una síntesis de cuerpo y alma.
Pero, como Maritain lo ha señalado, es un todo
abierto. [13] Esta apertura permite la adición
de unificaciones más altas. La persona tiende por su propia
naturaleza a la vida social y a modos de comunicación que
alcanzan su realización última sólo en la
mente de Dios. Existe una generosidad radical inscrita en el propio
ser de la persona, una cualidad que es la esencia del espíritu.
Nada podría ser más contradictorio para la persona
que ser solo. Debido a la intransformable naturaleza de su ser
espiritual, la persona quiere conocer y amar. Pero más
que eso, quiere compartir con otros ese conocimiento y ese amor.
Todavía más, quiere que esta comunión alcance
un nivel de perfección que sólo puede realizarse
con Dios.
NOTAS
(Sólo han sido transcritas en inglés)
1
Blaise Pascal, Pascal's Pensées, tr. by
Martin Turnell (New York: Harper & Row, 1962), # 141, p.
78.
2
Pope John Paul II, The Original Unity of Man and Woman
(Boston: Daughters of St. Paul, 1981), p. 76.
3
Paul Vitz, Empirical Sciences and Personhood: From an
Old Consensus to a New Realism, Theological Powers and the Person,
A. S. Moraczewski et al., eds. (St. Louis: The Pope John Center,
1983), p. 191.
4
Ibid., p. 207.
5
Nikolai Berdyaev, Slavery and Freedom, tr. by
R. M. French (New York: Scribner's Sons, 1944), pp. 21-22.
6
Maritain, Scholasticism and Politics (Garden City:
Doubleday, 1960), p. 65.
7
Ibid.
8
Maritain, The Degrees of Knowledge, tr. by Gerald
Phelan (New York: Scribner's Sons, 1959), p. 233.
9
Maritain, Existence and the Existent, tr. by L.
Galantiere & G. Phelan (Garden City: Doubleday, 1957), p.
71.
10
Ibid., p. 90.
11
Ibid., p. 89.
12
Walker Percy, Lost in the Cosmos: The Last Self-Help Book
(New York: Washington Square Press, 1984), p. 47.
13
Maritain, The Rights of Man and Natural Law, tr.
by Doris Anson (New York: Scribner's Sons, 1947), p. 5.