HUMANISMO


Este artículo fue publicado en el número 328, de 1971, de la revista 'Política y Espíritu', de homenaje a Maritain con motivo de cumplir noventa años de edad.

 

 

Reflexiones en torno a 'Humanismo Integral'

Cristián Llona SS. CC.

 

 


Licenciado en Filosofía (Universidad Católica de Lovaina). Profesor del Departament de Estudios Teológicos de la Universidad Católica de Chile

ENLACES
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Humanismo Integral ('H.I')
Jaime Castillo V.
La 'Carta sobre la Independencia'
Jaime Castillo V.
El Bien Común en J. Maritain
Karlos Santamaría
Personalismo cristiano de Maritain
Donald DeMarco
Reflexiones en torno a 'H.I.'
Cristian Llona SS. CC.
Filosofía de la Historia de Maritain
Brooke W. Smith

¿Es posible una nueva cristiandad?
Angel Correa

El 'H.l.' de J. Maritain
Jaime Castillo V.
'H.I.' y Doctrina Social de la Iglesia
Joseph M. de la Torre
Maritain y el Misterio de Israel
Marcel-Jacques Dubois, O.P.
Una presentación de 'H.I.'
Charles Journet
Los cristianos en la sociedad
Henri Bars

 

"La civilización moderna es un vestido muy usado, al que no pueden coserse piezas nuevas; se trata de rehacerlo de manera total y como substancial, de substituir los principios de la cultura, puesto que se trata de llegar a una primacía vital de la calidad sobre la cantidad, del trabajo sobre el dinero, de lo humano sobre lo técnico, de la sabiduría sobre la ciencia, del servicio común de las personas humanas sobre la codicia individual de enriquecimiento indefinido o la ambición estatal de poderío ilimitado". (Humanismo Integral; Ed. Carlos Lohlé, pág. 156).

 

Entre los innumerables slogans que circulan en nuestro país, existe aquel de que Maritain está pasado de moda. Que las cosas y los hombres pasen de moda no significa en rigor nada, a menos que le confiramos a la moda la idoneidad para otorgar y retirar méritos a las realidades humanas.

Pero lo que se esconde detrás de este prejuicio anti-Maritain es otra cosa: es la idea de que Maritain representa el social-cristianismo reformista y, por lo tanto, un pensamiento incapaz de inspirar una revolución. Si los que dicen esto parten del supuesto de que la única revolución auténticamente digna de ese nombre es la de inspiración y cánones marxistas y que todo lo demás es reformismo, tendrían razón: Maritain no cree en las bondades de la revolución marxista; no cree en la liberación del hombre que ella promete, ni en la llamada "ciencia de la historia" que el marxismo dice ser.

Pero si los que miran despectivamente a Maritain, lo hacen porque lo creen partidario de una reforma del capitalismo que no signifique su destrucción, la equivocación es total. Nadie más anticapitalista que Maritain y hay textos abundantes que lo prueban. Sólo que él cree en la revolución de inspiración cristiana o más precisamente, cree que no hay sociedad realmente humana que no se funde en un humanismo auténtico; por eso rechaza, desde un punto de vista ético y metafísico a la vez y por el mismo motivo, al capitalismo y al marxismo. Porque el capitalismo, antes de ser un sistema económico es un espíritu que corrompe y explota al hombre, así como el marxismo, antes de ser una ciencia de la economía, es una antropología filosófica que troncha desde la partida un humanismo integral.

Lo que este artículo quisiera mostrar es precisamente la intuición filosófica básica de Maritain, expresión intelectual de una creencia cristiana del hombre, y sus derivaciones concretas hacia la sociedad y la acción política. Veremos así como su crítica a la sociedad actual se sitúa en un plano específico, propiamente ético y filosófico.

Demás está señalar que este artículo es modesto. No pretende abordar toda la obra del pensador francés, ni siquiera comentar exhaustivamente "Humanismo Integral". Se trata simplemente de destacar sin gran sistematización algunos aspectos que me han parecido relevantes para nuestra situación chilena actual y comentarlos al correr de la pluma.


1. La Intuición Básica: el valor de la persona humana.


Maritain es primero que nada un cristiano. Un hombre que ha percibido y experimentado vitalmente la dimensión más concreta y más profunda del hombre: su relación constitutiva, su enlace fundamental con Dios, creador y salvador. «A la historia del mundo sólo le queda una salida (quiero decir, un régimen cristiano): que la criatura sea respetada verdaderamente en su enlace con Dios y porque lo tiene todo de él. Humanismo, sí, pero humanismo teocéntrico, enraizado allá donde el hombre tiene sus raíces; humanismo integral, humanismo de la Encarnación» (H. Integral, pág. 62).

Finalmente, lo integral del humanismo maritainiano reside en esta convicción básica de que el hombre sólo puede ser reconocido en su integral dignidad y valor si se le enraíza en su origen y en su fin, Dios. Desde esa óptica, Maritain analiza y critica el humanismo antropocéntrico de los tiempos modernos, cuyo fruto histórico final han sido el sometimiento del hombre, de su conciencia y libertad al estado totalitario fascista o comunista.

En este contexto, es interesante destacar la dura y profunda crítica de Maritain al liberalismo burgués y al capitalismo construido sobre esas bases; es la sociedad cuya norma y medida no es el hombre sino la moneda y la ganancia: «en la civilización actual todo se refiere a una medida que no es humana sino exterior al hombre; ante todo, a las leyes propias de la producción material, de la dominación técnica sobre la naturaleza y de la utilización de todas las fuerzas del mundo para la fecundidad de la moneda» (Pgs. 144-145); es la sociedad en la que "nada se tiene de balde", ni siquiera la satisfacción de aquellas necesidades básicas y primordiales sin las cuales el hombre como persona no puede subsistir ni desarrollarse. Curiosa paradoja de un humanismo que queriendo reivindicar todo para el hombre y para su señorío sobre la naturaleza termina por esclavizarse a ella en la total abdicación de sus propios postulados. Es la Razón del racionalismo que, como en el grabado de Goya, engendra monstruos.

Me parece importante detenernos en esta observación y profundizar en sus consecuencias. Tanto el capitalismo como el marxismo han creído que la ciencia y su correcta aplicación a la producción industrial bastan para lograr la emancipación del hombre; el capitalismo lo hace haciendo de la industrialización la clave de la felicidad para lo cual ordena toda la ciencia y la vida humana a la multiplicación indiscriminada de bienes y al crecimiento indefinido de la productividad; el marxismo lo hace sometiendo a la sociedad a la rigurosa ley de la historia que el socialismo científico descubre en el materialismo histórico y que conducirá necesariamente hacia la libertad futura del comunismo. Ambos olvidan algo esencial que Maritain expresa así: «para poner realmente la máquina, la industria y la técnica al servicio del hombre, hay que ponerlas al servicio de una ética de la persona, del amor y de la persona, del amor y de la libertad» (Pág. 147).

Esa ética de la persona es la que Maritain, siguiendo a Sto. Tomás, llama la sabiduría: comprensión y convicción de que el sentido último de la existencia humana: el foco de la vida de persona, es de orden moral y religioso e implica por lo tanto, una autonomía, frente a la cual la sociedad y el estado deben ceder absolutamente sus prerrogativas; más adelante señalaremos cuan lejos está esta concepción del hombre del individualismo liberal. Por ahora, quisiera destacar solamente lo siguiente: la dimensión personal del hombre sólo se percibe cultivándola por el respeto irrestricto y concreto a su dignidad; por la creación de condiciones que posibiliten su expresión; por un amor concreto y eficaz al pobre; por una hondura de vida personal que, despojándose de las decoraciones y apariencias cristianas procure seriamente vivir lo esencial de ella: la fe en el hombre, imagen de Dios, y su servicio irrestricto.

He aquí al "hombre nuevo" del humanismo cristiano; ese hombre que lucha permanentemente por emerger del engaño de las palabras, el brillo del prestigio y la ambición del poder; que actúa con la lucidez de su propia condición de ser frágil y pecador y que no confía por lo tanto, sólo en sus propias fuerzas; que es capaz de comunidad y de confianza; que busca ardorosamente el consenso y la solidaridad y es capaz de respetar al adversario. Me parece que un partido político de inspiración cristiana que no cultive estos valores, que no sea capaz de irradiarlos en su actuación política no podrá tampoco construir esa civilización personalista y comunitaria que Maritain describe y anhela para nuestro mundo desgarrado y despersonalizado; como veremos después, en la perspectiva cristiana los medios comprometen el fin, las estrategias prefiguran ya los objetivos. Pero antes de referirnos más específicamente a la acción política debemos decir algunas palabras acerca de esta sociedad nueva.


2. La Nueva Sociedad personalista y comunitaria.


Es imposible en el marco de un artículo resumir siquiera las enormes perspectivas que abre Maritain en los capítulos IV y V de la obra que comentamos. Quisiera señalar aquí simplemente el hilo conductor básico deteniéndome después en algunas observaciones más precisas.

El hilo conductor básico es desde luego la concepción del hombre social en sus dos dimensiones opuestas y complementarias a la vez: el hombre se subordina a la sociedad; y esto porque es un ser dependiente y condicionado por la naturaleza y por los demás; no necesita la contrición de la vida social para ser conducido a su propia vida de persona y sostenido en ella. (H. Int. pág. 106). Pero esa subordinación no es total porque el hombre es persona y su destinación última no es la sociedad sino el reino de Dios. En este sentido el bien común de la sociedad se subordina al hombre como un fin infalible, lo que viene a significar en concreto que las estructuras sociales, económicas, políticas y culturales deben estar al servicio del hombre y del fin trascendente que él se dé y no a la inversa.

El bien común, al que cada hombre debe subordinarse, porque sólo no lo puede lograr revierte finalmente sobre ellos, permitiéndoles ser más persona. Y esto en un proceso permanente, en una renovación constante del hombre y de las estructuras. Es lo que nuestro filósofo llama una «concepción peregrinatoria de la ciudad» (Pág. 107).

Este carácter comunitario y personalista de la sociedad es lo único que permitirá sobrepasar realmente la concepción burguesa y la concepción marxista del hombre. Está como se ve en las antípodas del individualismo y del colectivismo. Este último no es más que !a derivación de aquel, pues en el fondo lo único que hace es referir a la sociedad entera lo que el liberalismo
decía del individualismo.

Se ha señalado a menudo que este ideal histórico es utópico porque pretendería situarse como una alternativa tercerista propiamente cristiana ante el capitalismo y el socialismo, imposible para América Latina en este momento.

Creo que hay aquí una grave confusión de planos; en efecto, es posible que para nosotros en 1971, la alternativa de capitalismo o socialismo sea la única posible como organización social de la economía; pero ello no significa en absoluto, que al aceptar uno la alternativa socialista en lo económico deba por ello mismo, endosar toda la dogmática, la filosofía y la organización política de! socialismo marxista. Hay y debe haber un socialismo personallsta y comunitario. A mi entender, Maritain no lo excluye aunque no use la palabra y creo que su idea de "título de trabajo" que desarrolla en dos densas páginas de su libro, tiene el principio humanista básico de todo socialismo que pretenda realmente servir al hombre. Porque si bien allí se habla de copropiedad de los medios de producción, distlnguiéndola por lo demás muy bien, de la copropiedad capitalista, lo que a Maritain le interesa en definitiva es otra cosa.

Veamos lo que él mismo dice: «Para que una forma colectiva de propiedad ayude eficazmente a la personalidad es preciso que no tenga como término una posesión despersonalizada. ¿Qué quiere decir esto? En las perspectivas de nuestra posición, la copropiedad de los medios de trabajo debería servir de base material a una posesión personal, a la posesión no ya de una cosa en el espacio, sino a una forma de actividad en el tiempo, a la posesión de un "cargo" o título de trabajo que asegure al hombre que su empleo es efectivamente suyo, ligado ala persona por vínculo jurídico; y que su actividad operativa podrá en él progresar; debería servir para dar titulo y garantía social a la valorización de lo que fundamental o inalienablemente es propiedad del trabajador; sus fuerzas personales, su inteligencia y sus brazos...

«Tal posesión interesa en nosotros los sentimientos primordiales que se sitúan en la base de la moda, el sentido de la dignidad del trabajo, representa, para quien goza de ella, una efectiva armadura económica de la actividad y de la libertad de la persona, que esencialmente requieren no estar a la merced del instante; implica también la participación de la inteligencia obrera en la gestión de la empresa a que antes, en pocas palabras, nos hemos referido. Pero pensamos que además presupone, necesariamente – para tener garantías reales y eficaces y, también, más radicalmente, para situarse en una economía liberada del capitalismo, en la que sólo puede dar todos sus frutos –, la propiedad "societaria" de los medios de producción, la copropiedad de la empresa; por ello hemos hablado de ésta en primer lugar» (Pág. 143).

Como se puede apreciar, la perspectiva del texto es claramente anticapitalista, pero también opuesto a toda despersonalización abstracta (estatal u otra) del trabajo y los medios de producción. Apunta precisamente a una economía de autogestión.

Las características de esta sociedad comunitaria y personallsta son cinco: el pluralismo, la autonomía profana de lo temporal, la libertad de las personas, la unidad de "raza social" y la obra común como fraternidad por realizar. Cada una de ellas daría para un artículo que las comentara; no me detendré en las tres primeras, aunque nos depararía más de alguna sorpresa el enfoque con que Maritain aborda esos temas, cuya mera enunciación nos mantiene aparentemente al nivel de los conceptos vulgares de la democracia.

Baste con señalar que el texto recién citado y, en general, toda la estructura económica de esta nueva sociedad es abordada en el tema de la libertad de las personas, es decir, en el contexto de una libertad que tiene que expresarse primero que nada en la condición del trabajador, en relación con su actividad y su producto, y no fuera del trabajo y de las condiciones materiales de su realización. Estamos pues muy lejos de la concepción liberal de la libertad, que la reserva para las esferas políticas y culturales mientras destruye en su raíz económica.

Quisiera detenerme solamente en las dos últimas y hacer un breve comentario acerca de ellas.

Cuando Maritain habla de la «unidad de raza social» se está refiriendo ala igualdad y a la democracia real. Concibe a esta sociedad como sociedad sin clase, en el sentido muy preciso de una sociedad en la que el título de trabajador es la única base de derechos y deberes y que da por lo tanto una «paridad de esencia entre el dirigente y el dirigido, es decir, una paridad esencial en la común condición de hombres consagrados al trabajo» (Pág. 150).

La autoridad política y social es realmente vicaria de la multitud y su función de coordinación y mando no engendra derechos ajenos o superiores alas específicos de ella; tampoco paternalismos mesiánicos, ni privilegios especiales del dinero o de la sangre. La democracia será efectivamente así el respeto a las masas que son personas: «Se encontraría a salvo aquí uno de los valores incluidos en la palabra tan equívoca de democracia, me refiero a un sentido más bien afectivo y moral de la palabra, por el que se designa la dignidad de persona que la multitud siente en sí misma, no ciertamente poseída o merecida en efecto, sino como vocación, esa conciencia cívica popular excluye por ello la denominación heterogénea (aunque fuera buena), de una categoría social sobre la masa del pueblo considerada como menor, implica en el propio plan de la vida social el respeto a la persona humana en los individuos componentes de esa masa» (Págs. 151-152).

Creo que estas palabras nos hacen reflexionar sobre la inhumanidad profunda de nuestra democracia burguesa y de las llamadas democracias populares, donde los hombres masificados son manipulados por la propaganda, utilizados por el poder, o "interpretados" por los burócratas que esconden su apetito de poder, en un sedicente conocimiento científico de los intereses objetivos del proletariado. ¿No es este un llamado para trabajar por el hombre en el respeto irrestricto a sus intereses y con el ánimo sincero de servidos como personas y no de servirse de ellos como instrumentos de poder.

Al referirse a la comunidad fraterna como la obra común de esta nueva sociedad, Maritain quiere señalar que el principio dinámico de ella no será ni el mito de la clase, del Estado, de la raza o de la nación, sino muy sencilla y hondamente la búsqueda incesante de la dignidad de la persona humana tal como el Evangelio la revela. Es decir el "mito" de esta sociedad sería el de la persona que merece la amistad y el respeto fraterno. «Sería la idea – no estoica, ni kantiana, sino evangélica – de la dignidad de la persona humana y de su vocación espiritual y del amor que se le debe. La obra de la ciudad sería realizar una vida común aquí abajo, un régimen temporal verdaderamente conforme con esa dignidad, esa vocación y ese amor. Estamos de ello lo bastante lejos para saber de cierto que no costará poco trabajo. Es obra ardua, paradójica y heroica; no hay humanismo de la tibieza» (Pág. 153).

Y esto no es utopía. Lo sería si imagináramos que este principio fuese el único lazo de esta comunidad. Maritain señala expresamente que «un cierto peso material y en algún modo biológico de comunidad de intereses y de pasiones y, por decido así, de animalidad social, es indispensable a la vida común» (Pág. 153) y agrega: «Sabemos también que si no se establece sobre una concepción a la vez pesimista y exigente de la naturaleza humana que haga parecer como más difícil lo que más importa y lo que hay de mejor en la obra política como lo que requiere mayor cuidado, un ideal de amistad fraterna sería la peor de las ilusiones» (Pág. 153). Se trata por tanto que en sus estructuras económicas, sus leyes jurídicas, sus instituciones políticas y culturales, esta sociedad se inspire y busque expresar este humanismo personalista y comunitario.

Y Maritain termina señalando en un párrafo admirable, como la persona humana subordinándose a la obra común en una civilización de esta naturaleza, se subordina a la realización de la vida personal de los demás. La amistad fraterna cobra importancia política. Pero sólo es posible si se reconoce que la realidad socio-política y el trabajo productivo están como finalidad de la vida social subordinados al fin superior de cada persona. Es la solución de esa antinomia entre persona y sociedad que señalábamos más arriba.


3. La acción política del cristianismo.


Maritain trata este problema a propósito de las condiciones de realización de este ideal concreto de una sociedad personalista y comunitaria. Ella no será realizada si los cristianos no encauzan su acción en la línea de producir una refracción efectiva del Evangelio en el orden cultural y temporal. Y para ello se impone (entre otras cosas) el que se dé una política de orientación cristiana que supere todo maquiavelismo.

Creo que es importante destacar un principio absolutamente olvidado por muchos años de política liberal y que es también preferido en nuestro medio, por muchos cristianos que han adoptado los análisis y las estrategias marxistas. Los medios en política determinan el fin u objetivo que se persigue. Jamás surgirá una sociedad fraternal, si la lucha para lograrla se entabla con los instrumentos del odio, la mentira, la calumnia y el desprestigio moral del adversario. No sólo se trata de que el fin no justifica los medios, sino que el medio determina el fin. El siguiente texto de Maritain es muy claro al respecto: «el orden de los medios corresponde al orden de los fines. Exige que un fin digno del hombre se realice por medios dignos del hombre... De que tales medios puedan y deban ser empleados para fines temporales y por hombres que combaten en el terreno mismo de lo temporal, de esta aparente paradoja, no se asombrarán, sino aquellos que desconocen la dependencia intrínseca esencial de lo político y de lo social con relación a lo moral, de lo temporal con relación a lo espiritual; sin haber comprendido aún que los males de que hoy sufren las cosas temporales son incurables si no se llevan las cosas divinas hasta las profundidades de lo humano, de lo secular, de lo profano» (Pág. 187).

Sólo sentado este principio, es posible combatir el seudorrealismo en política. El seudorrealismo es el maquiavelismo de derecha o de izquierda, aquel que hace de la política una ciencia neutra y de la acción política una coacción para someter a los hombres a un ideal que por ellos mismos, son incapaces de lograr. Porque hay un gran pesimismo de fondo en ambos maquiavelismos: el fascista, que impone la grandeza sobrehumana del valor y la dignidad del hombre en manos de un Estado integrador que encarna el poder combativo de un pueblo o el marxista que proyecta hacia un futuro indefinido la libertad y la abundancia de los hombres, sometiendo al hombre actual alienado a los designios del partido-profeta que "conoce" el destino de la humanidad y los caminos seguros para conducirla sin error. Para el fascismo, el hombre sin el Estado está perdido, para el marxismo también lo está el hombre del presente, porque, incluso el proletariado, necesita de intérpretes y guías calificados.

En ambos falta la fe humilde en el hombre concreto dotado de necesidades e intereses, anhelante de justicia y respeto, capaz de persuasión, de fraternidad, pero para siempre, afectado también de defectos, limitaciones y egoísmos en todo maquiavelismo fascista o marxista, el voluntarismo reemplaza a la postre a la razón y a la paciencia y finalmente la fuerza bruta es su único argumento. los medios justifican el fin; como el fin nunca llega, la sociedad concreta que construyen es la de los medios empleados: el totalitarismo.

Una política cristiana es a la postre la única realista, mira los hechos y las políticas como impregnables permanentemente por un soplo de fraternidad posible porque cree en el hombre tal como es y no como debiera ser. Su ideal es quizás menos pretencioso, pero más rico y ambicioso: se trata de afianzar en la red concreta de los condicionamientos sociales, económicos y culturales el máximum de justicia posible, sin erigirse en juez de buenos y malos, pero sin desmayar tampoco, jamás descansando en lo ya conseguido, pues sabemos que la revolución personalista y comunitaria es permanente.

La liberación total no es histórica sino metahistórica y depende del juicio de Dios; en la historia no hay ningún momento privilegiado a partir del cual podamos juzgar el resto; tampoco ninguno tan perverso que no nos permita discernir gérmenes de justicia y fraternidad. Todo momento es tarea liberadora, desafío a la voluntad de servicio, llamado de Dios para afianzar al hombre-persona en el conjunto de los condicionamientos y determinismos históricos concretos. Desafíos, tareas y llamados que serán siempre conflictivos pues la naturaleza de lo socia! es el conflicto. A este respecto y para terminar, quisiera citar un texto de nuestro libro que expresa muy claramente cómo la moral política es una moral de la prudencia entendida como la virtud que decide en cada caso de la aplicación concreta de los principios y que jamás por lo tanto hay soluciones teóricas listas en política que podrían aplicarse desde fuera de los conflictos coyunturales de un pueblo: «En realidad, los principios de la moral no son ni teoremas, ni ídolos, sino reglas supremas de una actividad concreta dirigida a una obra que ha de realizarse en circunstancias determinadas mediante reglas más inmediatas y, en definitiva, mediante las reglas de la virtud de la prudencia nunca trazadas de antemano, que aplican los preceptos éticos a los casos particulares en el medio ambiente de una voluntad concretamente recta. No pretende devorar la vida humana, existen para construirla» (Pág. 164).


4. Conclusión.-


Quisimos destacar en estas líneas un aporte de Maritain a nuestra visión y acción política.

Este aporte es a la vez un pensamiento y una convicción que podríamos expresar muy simplemente así: sin un humanismo abierto a la trascendencia, el hombre y la sociedad no encontrarán jamás los caminos de una pacificación en la justicia. Sin hombres que vivan este humanismo, crean en él y actúen políticamente según sus orientaciones, no habrá jamás posibilidad de mejorar nuestro mundo. Maritain nos hace un llamado a vivir en humanismo heroico, el humanismo de la caridad que se hace lucha por la justicia, esfuerzo político por construir un mundo nuevo de fraternidad y respeto a la libertad. Ojalá que muchos lo oigan en nuestro Chile.