"La
civilización moderna es un vestido muy usado, al que
no pueden coserse piezas nuevas; se trata de rehacerlo de manera
total y como substancial, de substituir los principios de la
cultura, puesto que se trata de llegar a una primacía
vital de la calidad sobre la cantidad, del trabajo sobre el
dinero, de lo humano sobre lo técnico, de la sabiduría
sobre la ciencia, del servicio común de las personas
humanas sobre la codicia individual de enriquecimiento indefinido
o la ambición estatal de poderío ilimitado".
(Humanismo Integral; Ed. Carlos Lohlé, pág. 156).
Entre los
innumerables slogans que circulan en nuestro país, existe
aquel de que Maritain está pasado de moda. Que las cosas
y los hombres pasen de moda no significa en rigor nada, a menos
que le confiramos a la moda la idoneidad para otorgar y retirar
méritos a las realidades humanas.
Pero lo que
se esconde detrás de este prejuicio anti-Maritain es otra
cosa: es la idea de que Maritain representa el social-cristianismo
reformista y, por lo tanto, un pensamiento incapaz de inspirar
una revolución. Si los que dicen esto parten del supuesto
de que la única revolución auténticamente
digna de ese nombre es la de inspiración y cánones
marxistas y que todo lo demás es reformismo, tendrían
razón: Maritain no cree en las bondades de la revolución
marxista; no cree en la liberación del hombre que ella
promete, ni en la llamada "ciencia de la historia" que
el marxismo dice ser.
Pero si los
que miran despectivamente a Maritain, lo hacen porque lo creen
partidario de una reforma del capitalismo que no signifique su
destrucción, la equivocación es total. Nadie más
anticapitalista que Maritain y hay textos abundantes que lo prueban.
Sólo que él cree en la revolución de inspiración
cristiana o más precisamente, cree que no hay sociedad
realmente humana que no se funde en un humanismo auténtico;
por eso rechaza, desde un punto de vista ético y metafísico
a la vez y por el mismo motivo, al capitalismo y al marxismo.
Porque el capitalismo, antes de ser un sistema económico
es un espíritu que corrompe y explota al hombre, así
como el marxismo, antes de ser una ciencia de la economía,
es una antropología filosófica que troncha desde
la partida un humanismo integral.
Lo que este
artículo quisiera mostrar es precisamente la intuición
filosófica básica de Maritain, expresión
intelectual de una creencia cristiana del hombre, y sus derivaciones
concretas hacia la sociedad y la acción política.
Veremos así como su crítica a la sociedad actual
se sitúa en un plano específico, propiamente ético
y filosófico.
Demás
está señalar que este artículo es modesto.
No pretende abordar toda la obra del pensador francés,
ni siquiera comentar exhaustivamente "Humanismo Integral".
Se trata simplemente de destacar sin gran sistematización
algunos aspectos que me han parecido relevantes para nuestra situación
chilena actual y comentarlos al correr de la pluma.
1. La Intuición Básica: el valor de la persona
humana.
Maritain es primero que nada un cristiano. Un hombre que ha percibido
y experimentado vitalmente la dimensión más concreta
y más profunda del hombre: su relación constitutiva,
su enlace fundamental con Dios, creador y salvador. «A
la historia del mundo sólo le queda una salida (quiero
decir, un régimen cristiano): que la criatura sea respetada
verdaderamente en su enlace con Dios y porque lo tiene todo de
él. Humanismo, sí, pero humanismo teocéntrico,
enraizado allá donde el hombre tiene sus raíces;
humanismo integral, humanismo de la Encarnación» (H. Integral, pág. 62).
Finalmente,
lo integral del humanismo maritainiano reside en esta convicción
básica de que el hombre sólo puede ser reconocido
en su integral dignidad y valor si se le enraíza en su
origen y en su fin, Dios. Desde esa óptica, Maritain analiza
y critica el humanismo antropocéntrico de los tiempos modernos,
cuyo fruto histórico final han sido el sometimiento del
hombre, de su conciencia y libertad al estado totalitario fascista
o comunista.
En este contexto,
es interesante destacar la dura y profunda crítica de Maritain
al liberalismo burgués y al capitalismo construido sobre
esas bases; es la sociedad cuya norma y medida no es el hombre
sino la moneda y la ganancia: «en la civilización
actual todo se refiere a una medida que no es humana sino exterior
al hombre; ante todo, a las leyes propias de la producción
material, de la dominación técnica sobre la naturaleza
y de la utilización de todas las fuerzas del mundo para
la fecundidad de la moneda» (Pgs. 144-145); es la sociedad
en la que "nada se tiene de balde", ni siquiera
la satisfacción de aquellas necesidades básicas
y primordiales sin las cuales el hombre como persona no puede
subsistir ni desarrollarse. Curiosa paradoja de un humanismo que
queriendo reivindicar todo para el hombre y para su señorío
sobre la naturaleza termina por esclavizarse a ella en la total
abdicación de sus propios postulados. Es la Razón
del racionalismo que, como en el grabado de Goya, engendra monstruos.
Me parece
importante detenernos en esta observación y profundizar
en sus consecuencias. Tanto el capitalismo como el marxismo han
creído que la ciencia y su correcta aplicación a
la producción industrial bastan para lograr la emancipación
del hombre; el capitalismo lo hace haciendo de la industrialización
la clave de la felicidad para lo cual ordena toda la ciencia y
la vida humana a la multiplicación indiscriminada de bienes
y al crecimiento indefinido de la productividad; el marxismo lo
hace sometiendo a la sociedad a la rigurosa ley de la historia
que el socialismo científico descubre en el materialismo
histórico y que conducirá necesariamente hacia la
libertad futura del comunismo. Ambos olvidan algo esencial que
Maritain expresa así: «para poner realmente la
máquina, la industria y la técnica al servicio del
hombre, hay que ponerlas al servicio de una ética de la
persona, del amor y de la persona, del amor y de la libertad» (Pág. 147).
Esa ética
de la persona es la que Maritain, siguiendo a Sto. Tomás,
llama la sabiduría: comprensión y convicción
de que el sentido último de la existencia humana: el foco
de la vida de persona, es de orden moral y religioso e implica
por lo tanto, una autonomía, frente a la cual la sociedad
y el estado deben ceder absolutamente sus prerrogativas; más
adelante señalaremos cuan lejos está esta concepción
del hombre del individualismo liberal. Por ahora, quisiera destacar
solamente lo siguiente: la dimensión personal del hombre
sólo se percibe cultivándola por el respeto irrestricto
y concreto a su dignidad; por la creación de condiciones
que posibiliten su expresión; por un amor concreto y eficaz
al pobre; por una hondura de vida personal que, despojándose
de las decoraciones y apariencias cristianas procure seriamente
vivir lo esencial de ella: la fe en el hombre, imagen de Dios,
y su servicio irrestricto.
He aquí al "hombre nuevo" del humanismo cristiano; ese
hombre que lucha permanentemente por emerger del engaño
de las palabras, el brillo del prestigio y la ambición
del poder; que actúa con la lucidez de su propia condición
de ser frágil y pecador y que no confía por lo tanto,
sólo en sus propias fuerzas; que es capaz de comunidad
y de confianza; que busca ardorosamente el consenso y la solidaridad
y es capaz de respetar al adversario. Me parece que un partido
político de inspiración cristiana que no cultive
estos valores, que no sea capaz de irradiarlos en su actuación
política no podrá tampoco construir esa civilización
personalista y comunitaria que Maritain describe y anhela para
nuestro mundo desgarrado y despersonalizado; como veremos después,
en la perspectiva cristiana los medios comprometen el fin, las
estrategias prefiguran ya los objetivos. Pero antes de referirnos
más específicamente a la acción política
debemos decir algunas palabras acerca de esta sociedad nueva.
2. La Nueva Sociedad personalista y comunitaria.
Es imposible en el marco de un artículo resumir siquiera
las enormes perspectivas que abre Maritain en los capítulos
IV y V de la obra que comentamos. Quisiera señalar aquí
simplemente el hilo conductor básico deteniéndome
después en algunas observaciones más precisas.
El hilo conductor
básico es desde luego la concepción del hombre social
en sus dos dimensiones opuestas y complementarias a la vez: el
hombre se subordina a la sociedad; y esto porque es un ser dependiente
y condicionado por la naturaleza y por los demás; no necesita
la contrición de la vida social para ser conducido a su
propia vida de persona y sostenido en ella. (H. Int. pág.
106). Pero esa subordinación no es total porque el hombre
es persona y su destinación última no es la sociedad
sino el reino de Dios. En este sentido el bien común de
la sociedad se subordina al hombre como un fin infalible, lo que
viene a significar en concreto que las estructuras sociales, económicas,
políticas y culturales deben estar al servicio del hombre
y del fin trascendente que él se dé y no a la inversa.
El bien común,
al que cada hombre debe subordinarse, porque sólo no lo
puede lograr revierte finalmente sobre ellos, permitiéndoles
ser más persona. Y esto en un proceso permanente, en una
renovación constante del hombre y de las estructuras. Es
lo que nuestro filósofo llama una «concepción
peregrinatoria de la ciudad» (Pág. 107).
Este carácter
comunitario y personalista de la sociedad es lo único que
permitirá sobrepasar realmente la concepción burguesa
y la concepción marxista del hombre. Está como se
ve en las antípodas del individualismo y del colectivismo.
Este último no es más que !a derivación de
aquel, pues en el fondo lo único que hace es referir a
la sociedad entera lo que el liberalismo
decía del individualismo.
Se ha señalado
a menudo que este ideal histórico es utópico porque
pretendería situarse como una alternativa tercerista propiamente
cristiana ante el capitalismo y el socialismo, imposible para
América Latina en este momento.
Creo que hay
aquí una grave confusión de planos; en efecto, es
posible que para nosotros en 1971, la alternativa de capitalismo
o socialismo sea la única posible como organización
social de la economía; pero ello no significa en absoluto,
que al aceptar uno la alternativa socialista en lo económico
deba por ello mismo, endosar toda la dogmática, la filosofía
y la organización política de! socialismo marxista.
Hay y debe haber un socialismo personallsta y comunitario. A mi
entender, Maritain no lo excluye aunque no use la palabra y creo
que su idea de "título de trabajo" que
desarrolla en dos densas páginas de su libro, tiene el
principio humanista básico de todo socialismo que pretenda
realmente servir al hombre. Porque si bien allí se habla
de copropiedad de los medios de producción, distlnguiéndola
por lo demás muy bien, de la copropiedad capitalista, lo
que a Maritain le interesa en definitiva es otra cosa.
Veamos lo
que él mismo dice: «Para que una forma colectiva
de propiedad ayude eficazmente a la personalidad es preciso que
no tenga como término una posesión despersonalizada.
¿Qué quiere decir esto? En las perspectivas de nuestra
posición, la copropiedad de los medios de trabajo debería
servir de base material a una posesión personal, a la posesión
no ya de una cosa en el espacio, sino a una forma de actividad
en el tiempo, a la posesión de un "cargo" o título
de trabajo que asegure al hombre que su empleo es efectivamente
suyo, ligado ala persona por vínculo jurídico; y
que su actividad operativa podrá en él progresar;
debería servir para dar titulo y garantía social
a la valorización de lo que fundamental o inalienablemente
es propiedad del trabajador; sus fuerzas personales, su inteligencia
y sus brazos...
«Tal
posesión interesa en nosotros los sentimientos primordiales
que se sitúan en la base de la moda, el sentido de la dignidad
del trabajo, representa, para quien goza de ella, una efectiva
armadura económica de la actividad y de la libertad de
la persona, que esencialmente requieren no estar a la merced del
instante; implica también la participación de la
inteligencia obrera en la gestión de la empresa a que antes,
en pocas palabras, nos hemos referido. Pero pensamos que además
presupone, necesariamente para tener garantías reales
y eficaces y, también, más radicalmente, para situarse
en una economía liberada del capitalismo, en la que sólo
puede dar todos sus frutos , la propiedad "societaria"
de los medios de producción, la copropiedad de la empresa;
por ello hemos hablado de ésta en primer lugar» (Pág. 143).
Como se puede
apreciar, la perspectiva del texto es claramente anticapitalista,
pero también opuesto a toda despersonalización abstracta
(estatal u otra) del trabajo y los medios de producción.
Apunta precisamente a una economía de autogestión.
Las características
de esta sociedad comunitaria y personallsta son cinco: el pluralismo,
la autonomía profana de lo temporal, la libertad de las
personas, la unidad de "raza social" y la obra común
como fraternidad por realizar. Cada una de ellas daría
para un artículo que las comentara; no me detendré
en las tres primeras, aunque nos depararía más de
alguna sorpresa el enfoque con que Maritain aborda esos temas,
cuya mera enunciación nos mantiene aparentemente al nivel
de los conceptos vulgares de la democracia.
Baste con
señalar que el texto recién citado y, en general,
toda la estructura económica de esta nueva sociedad es
abordada en el tema de la libertad de las personas, es decir,
en el contexto de una libertad que tiene que expresarse primero
que nada en la condición del trabajador, en relación
con su actividad y su producto, y no fuera del trabajo y de las
condiciones materiales de su realización. Estamos pues
muy lejos de la concepción liberal de la libertad, que
la reserva para las esferas políticas y culturales mientras
destruye en su raíz económica.
Quisiera detenerme
solamente en las dos últimas y hacer un breve comentario
acerca de ellas.
Cuando Maritain
habla de la «unidad de raza social» se está
refiriendo ala igualdad y a la democracia real. Concibe a esta
sociedad como sociedad sin clase, en el sentido muy preciso de
una sociedad en la que el título de trabajador es la única
base de derechos y deberes y que da por lo tanto una «paridad
de esencia entre el dirigente y el dirigido, es decir, una paridad
esencial en la común condición de hombres consagrados
al trabajo» (Pág. 150).
La autoridad
política y social es realmente vicaria de la multitud y
su función de coordinación y mando no engendra derechos
ajenos o superiores alas específicos de ella; tampoco paternalismos
mesiánicos, ni privilegios especiales del dinero o de la
sangre. La democracia será efectivamente así el
respeto a las masas que son personas: «Se encontraría
a salvo aquí uno de los valores incluidos en la palabra
tan equívoca de democracia, me refiero a un sentido más
bien afectivo y moral de la palabra, por el que se designa la
dignidad de persona que la multitud siente en sí misma,
no ciertamente poseída o merecida en efecto, sino como
vocación, esa conciencia cívica popular excluye
por ello la denominación heterogénea (aunque fuera
buena), de una categoría social sobre la masa del pueblo
considerada como menor, implica en el propio plan de la vida social
el respeto a la persona humana en los individuos componentes de
esa masa» (Págs. 151-152).
Creo que estas
palabras nos hacen reflexionar sobre la inhumanidad profunda de
nuestra democracia burguesa y de las llamadas democracias populares,
donde los hombres masificados son manipulados por la propaganda,
utilizados por el poder, o "interpretados" por
los burócratas que esconden su apetito de poder, en un
sedicente conocimiento científico de los intereses objetivos
del proletariado. ¿No es este un llamado para trabajar
por el hombre en el respeto irrestricto a sus intereses y con
el ánimo sincero de servidos como personas y no de servirse
de ellos como instrumentos de poder.
Al referirse
a la comunidad fraterna como la obra común de esta nueva
sociedad, Maritain quiere señalar que el principio dinámico
de ella no será ni el mito de la clase, del Estado, de
la raza o de la nación, sino muy sencilla y hondamente
la búsqueda incesante de la dignidad de la persona humana
tal como el Evangelio la revela. Es decir el "mito"
de esta sociedad sería el de la persona que merece la amistad
y el respeto fraterno. «Sería la idea no
estoica, ni kantiana, sino evangélica de la dignidad
de la persona humana y de su vocación espiritual y del
amor que se le debe. La obra de la ciudad sería realizar
una vida común aquí abajo, un régimen temporal
verdaderamente conforme con esa dignidad, esa vocación
y ese amor. Estamos de ello lo bastante lejos para saber de cierto
que no costará poco trabajo. Es obra ardua, paradójica
y heroica; no hay humanismo de la tibieza» (Pág.
153).
Y esto no
es utopía. Lo sería si imagináramos que este
principio fuese el único lazo de esta comunidad. Maritain
señala expresamente que «un cierto peso material
y en algún modo biológico de comunidad de intereses
y de pasiones y, por decido así, de animalidad social,
es indispensable a la vida común» (Pág.
153) y agrega: «Sabemos también que si no se establece
sobre una concepción a la vez pesimista y exigente de la
naturaleza humana que haga parecer como más difícil
lo que más importa y lo que hay de mejor en la obra política
como lo que requiere mayor cuidado, un ideal de amistad fraterna
sería la peor de las ilusiones» (Pág.
153). Se trata por tanto que en sus estructuras económicas,
sus leyes jurídicas, sus instituciones políticas
y culturales, esta sociedad se inspire y busque expresar este
humanismo personalista y comunitario.
Y Maritain
termina señalando en un párrafo admirable, como
la persona humana subordinándose a la obra común
en una civilización de esta naturaleza, se subordina a
la realización de la vida personal de los demás.
La amistad fraterna cobra importancia política. Pero sólo
es posible si se reconoce que la realidad socio-política
y el trabajo productivo están como finalidad de la vida
social subordinados al fin superior de cada persona. Es la solución
de esa antinomia entre persona y sociedad que señalábamos
más arriba.
3. La acción política del cristianismo.
Maritain trata este problema a propósito de las condiciones
de realización de este ideal concreto de una sociedad personalista
y comunitaria. Ella no será realizada si los cristianos
no encauzan su acción en la línea de producir una
refracción efectiva del Evangelio en el orden cultural
y temporal. Y para ello se impone (entre otras cosas) el que se
dé una política de orientación cristiana
que supere todo maquiavelismo.
Creo que es
importante destacar un principio absolutamente olvidado por muchos
años de política liberal y que es también
preferido en nuestro medio, por muchos cristianos que han adoptado
los análisis y las estrategias marxistas. Los medios en
política determinan el fin u objetivo que se persigue.
Jamás surgirá una sociedad fraternal, si la lucha
para lograrla se entabla con los instrumentos del odio, la mentira,
la calumnia y el desprestigio moral del adversario. No sólo
se trata de que el fin no justifica los medios, sino que el medio
determina el fin. El siguiente texto de Maritain es muy claro
al respecto: «el orden de los medios corresponde al orden
de los fines. Exige que un fin digno del hombre se realice por
medios dignos del hombre... De que tales medios puedan y deban
ser empleados para fines temporales y por hombres que combaten
en el terreno mismo de lo temporal, de esta aparente paradoja,
no se asombrarán, sino aquellos que desconocen la dependencia
intrínseca esencial de lo político y de lo social
con relación a lo moral, de lo temporal con relación
a lo espiritual; sin haber comprendido aún que los males
de que hoy sufren las cosas temporales son incurables si no se
llevan las cosas divinas hasta las profundidades de lo humano,
de lo secular, de lo profano» (Pág. 187).
Sólo
sentado este principio, es posible combatir el seudorrealismo
en política. El seudorrealismo es el maquiavelismo de derecha
o de izquierda, aquel que hace de la política una ciencia
neutra y de la acción política una coacción
para someter a los hombres a un ideal que por ellos mismos, son
incapaces de lograr. Porque hay un gran pesimismo de fondo en
ambos maquiavelismos: el fascista, que impone la grandeza sobrehumana
del valor y la dignidad del hombre en manos de un Estado integrador
que encarna el poder combativo de un pueblo o el marxista que
proyecta hacia un futuro indefinido la libertad y la abundancia
de los hombres, sometiendo al hombre actual alienado a los designios
del partido-profeta que "conoce" el destino de
la humanidad y los caminos seguros para conducirla sin error.
Para el fascismo, el hombre sin el Estado está perdido,
para el marxismo también lo está el hombre del presente,
porque, incluso el proletariado, necesita de intérpretes
y guías calificados.
En ambos falta
la fe humilde en el hombre concreto dotado de necesidades e intereses,
anhelante de justicia y respeto, capaz de persuasión, de
fraternidad, pero para siempre, afectado también de defectos,
limitaciones y egoísmos en todo maquiavelismo fascista
o marxista, el voluntarismo reemplaza a la postre a la razón
y a la paciencia y finalmente la fuerza bruta es su único
argumento. los medios justifican el fin; como el fin nunca llega,
la sociedad concreta que construyen es la de los medios empleados:
el totalitarismo.
Una política
cristiana es a la postre la única realista, mira los hechos
y las políticas como impregnables permanentemente por un
soplo de fraternidad posible porque cree en el hombre tal como
es y no como debiera ser. Su ideal es quizás menos pretencioso,
pero más rico y ambicioso: se trata de afianzar en la red
concreta de los condicionamientos sociales, económicos
y culturales el máximum de justicia posible, sin erigirse
en juez de buenos y malos, pero sin desmayar tampoco, jamás
descansando en lo ya conseguido, pues sabemos que la revolución
personalista y comunitaria es permanente.
La liberación
total no es histórica sino metahistórica y depende
del juicio de Dios; en la historia no hay ningún momento
privilegiado a partir del cual podamos juzgar el resto; tampoco
ninguno tan perverso que no nos permita discernir gérmenes
de justicia y fraternidad. Todo momento es tarea liberadora, desafío
a la voluntad de servicio, llamado de Dios para afianzar al hombre-persona
en el conjunto de los condicionamientos y determinismos históricos
concretos. Desafíos, tareas y llamados que serán
siempre conflictivos pues la naturaleza de lo socia! es el conflicto.
A este respecto y para terminar, quisiera citar un texto de nuestro
libro que expresa muy claramente cómo la moral política
es una moral de la prudencia entendida como la virtud que decide
en cada caso de la aplicación concreta de los principios
y que jamás por lo tanto hay soluciones teóricas
listas en política que podrían aplicarse desde fuera
de los conflictos coyunturales de un pueblo: «En realidad,
los principios de la moral no son ni teoremas, ni ídolos,
sino reglas supremas de una actividad concreta dirigida a una
obra que ha de realizarse en circunstancias determinadas mediante
reglas más inmediatas y, en definitiva, mediante las reglas
de la virtud de la prudencia nunca trazadas de antemano, que aplican
los preceptos éticos a los casos particulares en el medio
ambiente de una voluntad concretamente recta. No pretende devorar
la vida humana, existen para construirla» (Pág.
164).
4. Conclusión.-
Quisimos destacar en estas líneas un aporte de Maritain
a nuestra visión y acción política.
Este aporte
es a la vez un pensamiento y una convicción que podríamos
expresar muy simplemente así: sin un humanismo abierto
a la trascendencia, el hombre y la sociedad no encontrarán
jamás los caminos de una pacificación en la justicia.
Sin hombres que vivan este humanismo, crean en él y actúen
políticamente según sus orientaciones, no habrá
jamás posibilidad de mejorar nuestro mundo. Maritain nos
hace un llamado a vivir en humanismo heroico, el humanismo de
la caridad que se hace lucha por la justicia, esfuerzo político
por construir un mundo nuevo de fraternidad y respeto a la libertad.
Ojalá que muchos lo oigan en nuestro Chile.