«..Vendrá
un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina
sana, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán
con un montón de maestros por el prurito de oir novedades;
apartarán sus oídos de la verdad y se volverán
a las fábulas.» (San Pablo. 2 Tm.
4, 2-5)
Los
grandes principios humanistas, como la libertad, la dignidad de
la persona humana, el bien común, la solidaridad, no debieran
estar sujetos a dudas, puesto que, conforme a nuestra concepción
cristiana, ellos forman parte de la propia naturaleza humana.
Negarlos sería negar al ser humano.
Lo que sí ha estado siempre sujeto a toda clase de dudas y condicionantes
es la posibilidad misma de que dichos principios puedan alcanzar,
en un futuro previsible, una vigencia plena y efectiva para todos
los seres humanos.
Es de toda
evidencia que eso no ha ocurrido hasta el presente, no obstante
que la conciencia general a su respecto ha tenido un enorme desarrollo
en todo el mundo, particularmente a partir de la Declaración
Universal de los Derechos del Hombre de 1948. Ello, sin embargo,
ha ocurrido conforme a concepciones filosóficas diversas,
no siempre compatibles con la concepción humanista cristiana
integral de Jacques Maritain, que es lo que tengo en vista en
este trabajo.
Para los
efectos de avanzar en el entendimiento de esta realidad, mi objetivo consiste en procurar dar respuesta a dos
interrogantes principales:
1°, ¿Es
realista aspirar a una vigencia plena de la concepción
humanista cristiana en una 'nueva cristiandad'? y
2°, ¿Se
encamina hacia tal realización la sociedad política,
en el estado actual de civilización?
Para alcanzar
tal objetivo,
me parece indispensable, primero, refrescar nuestra visión
del proyecto humanista integral de Maritain y, luego, tratar de
establecer cual es la realidad actual de la conciencia política
de los cristianos en referencia a tal proyecto.
1.-
EL PROYECTO HUMANISTA INTEGRAL DE MARITAIN.-
El gran aporte
de Maritain a la filosofía política consistió
en haber desarrollado las bases para una acción coordinada
y efectiva de los cristianos en el campo político, no como
un acto dependiente o subordinado a la fe, sino como una acción
política perfectamente autónoma de la fe, aunque
esencialmente compatible y, en muchos casos, complementaria
con las exigencias de la fe.
Veamos en
sus lineamientos más generales dicha visión política.
1.1.- Presencia
del cristianismo en la sociedad política laica y secular.-
Maritain comienza
por constatar ciertos factores de gran trascendencia ligados al
cristianismo en la sociedad política contemporánea.
a) Primeramente, es preciso considerar la distinción entre
dos órdenes claramente diferentes: el orden temporal
o terrenal y el orden sobrenatural o religioso. Conforme
a tal distinción, si bien es cierto que los seres humanos
estamos comprometidos en la búsqueda del bien común
de la sociedad política, no lo es menos que, en nuestra
condición de personas humanas, estamos orientados a un
fin sobrenatural que trasciende nuestra condición de miembros
de una determinada ciudad o comunidad social.
«Nos
hallamos aquí - nos dice Maritain - en presencia
de la distinción fundamental, formulada por el mismo Cristo,
entre lo que es de Dios y lo que es del César. La
distinción entre estos dos órdenes, desarrollando
sus virtualidades en el transcurso de la historia humana, ha tenido
como resultado el poner en claro la naturaleza intrínsecamente
laica o secular del cuerpo político.» [1]
Este carácter
secular o laico del cuerpo o sociedad política debe entenderse
en el sentido de que, al igual que la Iglesia en el ámbito
religioso, la sociedad política es autónoma y plenamente
soberana en los problemas que le son propios, es decir, en el
complejo de actividades implicadas en la conquista o construcción
del bien común temporal y terrenal de los hombres.
De esto se
sigue, según Maritain, que la participación de los
cristianos en la actividad política corresponde primeramente
a una responsabilidad cívica, derivada de
su condición de ciudadanos, y no a una consecuencia de
su fe religiosa, sin perjuicio de que deban actuar en todo momento
conforme a su «vocación espiritual».
b) El segundo aspecto es, por decirlo así, una cuestión
de hecho. Desde un punto de vista histórico, es preciso
reconocer que existe una indiscutible presencia del cristianismo
en la sociedad política moderna, no ya considerado como
fe religiosa, sino «como fermento de la vida social y
política de los pueblos y como portador de la esperanza
temporal de los hombres", esto es, "como energía
histórica que trabaja en el mundo.»
Tal presencia,
según Maritain, adquiere su mayor significación
en el ordenamiento político democrático, al constatar
que «el impulso democrático ha surgido en la historia
humana como una manifestación temporal de la inspiración
evangélica». [2]
c) Por último, el tercer aspecto importa el reconocimiento
de una tendencia evidentemente negativa: las expresiones democráticas
logradas hasta este momento adolecen de múltiples deficiencias
que, en gran medida, contradicen abiertamente el espíritu
evangélico del que derivan.
«El
drama de las modernas democracias está en haber ido a ciegas
en busca de algo excelente, como es la ciudad de la persona, y
haber levantado en su lugar, erróneamente, la ciudad del
individuo, que conduce, por naturaleza, a espantosas liquidaciones.»
[3]
1.2.- El
gran desafío político de los cristianos.-
Dado el dominio
casi absoluto del capitalismo, como consecuencia del fracaso comunista,
y no obstante el indiscutible progreso tecnológico y material
en marcha, las características intrínsecas del sistema
le impiden superar las injusticias que arrastra desde el siglo
XIX, injusticias ahora exacerbadas por el crecimiento acelerado
de las comunicaciones y de su consecuencia necesaria: el desarrollo,
ahora a nivel global, de las aspiraciones populares.
En tal contexto,
el apasionado llamado de Maritain a los cristianos, hecho a mediados
del siglo XX, no puede ser más actual a comienzos del siglo
XXI:
«En
mi opinión, los cristianos debemos buscar con todas nuestras
fuerzas una genuina - quiero decir real y vital, no sólo
decorativa -, aunque siempre imperfecta, realización de
los requerimientos del Evangelio en este mundo. El hecho de que
millones de hombres se mueran de hambre y vivan en la desesperación
una vida indigna del hombre, es un insulto a Cristo y al amor
fraternal. La misión temporal del cristiano es esforzarse
en borrar tales males y en construir un orden social y político
cristianamente inspirado, donde la justicia y la fraternidad sean
servidas lo mejor posible.» [4]
Ahora bien, ¿cuál sería el camino a seguir por los cristianos
para construir ese «orden social y político cristianamente
inspirado»?
En su respuesta,
Maritain distingue previamente entre la acción política
de los cristianos como una situación de hecho, correspondiente
a lo que era la regla general en su tiempo, y lo que debiera ser,
a su juicio, una conducta ideal en términos de acción
política propiamente cristiana.
a) Según la primera perspectiva, lo que ocurría - y
sigue ocurriendo de hecho hasta el presente - es que en la generalidad
de los casos los cristianos deciden, sin duda legítimamente,
pero cada uno por su propia cuenta y riesgo, los términos
de su participación en la actividad política, sea
colaborando con gobiernos de la más diversa índole
o afiliándose o apoyando a partidos políticos, grupos
o tendencias de ideologías diferentes, muchas veces diametralmente
opuestas entre sí e, incluso, opuestas al cristianismo.
Para muchos
de los cristianos así comprometidos en puestos de gobierno
se ha tratado, en el mejor de los casos, según Maritain,
de la aplicación del «principio paulino del respeto
y del servicio leal debido en conciencia a la autoridad que tiene
a su cargo el bien común», mientras que, en al
caso de las afiliaciones políticas, la conciencia de estos
cristianos «no les ha reprochado la adhesión a
una u otra de esas formaciones como una cooperación al
mal.» [5]
En otras palabras,
tales situaciones de hecho pueden haber tenido o tener lugar conforme
a las más buenas intenciones o a la ingenuidad más
santa, pero no implican necesariamente una acción política
propiamente inspirada en el cristianismo.
b) En contraposición a lo anterior, Maritain presenta un camino
muy específico y concreto:
«Se
trata de una actividad política que, a la vez que política,
sea de 'inspiración cristiana' y esté ordenada hacia
un ideal temporal cristiano... Tal respuesta se refiere a una
determinada concepción cultural, la que nos parece justa
y la que responde a lo que hemos llamado humanismo integral.»
Maritain describe,
en seguida, una de las características fundamentales de
dicha actividad política de inspiración cristiana.
«La
actividad política en cuestión, no requiere la actuación
de todos los cristianos, ni sólo de los cristianos; sino
únicamente la de aquellos cristianos que profesan una cierta
filosofía del mundo, de la sociedad y de la historia moderna,
y de aquellos no cristiano que, de una manera más o menos
completa, reconocen el acierto de esa filosofía.»
[6]
Tal filosofía
política hunde su raíz, según la concepción
maritainiana, en la 'filosofía cristiana' que «la
doctrina de Santo Tomás... ejemplifica en su forma más
amplia y pura.» [7]
En otras palabras,
para Maritain, «... la filosofía cristiana
y la política cristiana no son sino el lado especulativo
y el lado práctico de un mismo y único problema».
[8]
1.3.- ¿Una
'utopía' política cristiana?
Veamos brevemente
los lineamientos generales del proyecto humanista integral de
Maritain.
«Si
es cierto que, por causa de sus vicios internos, nuestro actual
régimen de civilización se encuentra preso entre
contradicciones y males irremediables, una política de
objetivo cercano, una política dependiente del porvenir
inmediato y que sitúa en un resultado próximo su
fin directamente determinante, puede optar entre soluciones
de conservación que, para mantener la paz civil, se
contenten con el mal menor y recurran a medios paliativos, o soluciones
draconianas que pongan sus esperanzas en una revolución
próxima.
«Yo
creo que la solución está en una acción
política de objetivo remoto o de largo alcance. No
sería ni una solución de conservación ni
una solución draconiana: sería quizá una
solución heroica.»
[9]
Tal solución
'heroica' corresponde a lo que Maritain define como un 'ideal
histórico concreto' que consistiría, específicamente,
en la construcción de 'una Nueva Cristiandad'.
a) Detengámonos primeramente en la expresión 'ideal
histórico concreto', destacando que se trata de
un concepto esencialmente dinámico, que implica la definición
de una gran tarea política siempre en crecimiento y nunca
plenamente lograda, cualquiera sea el progreso alcanzado, en la
que, consecuentemente, no será posible decir: «ya,
se acabó, ahora descansaremos».
Es importantísimo
señalar que es precisamente esta característica
la que distingue al 'ideal histórico concreto' de
la 'utopía'. Esta última, por definición,
supone una realización absoluta y perfecta, de acuerdo
a sus propias definiciones y sin referencia necesaria a las condicionantes
objetivas del momento, lo que la convierte en una aspiración
irrealizable.
El 'ideal
histórico concreto' tiene, por el contrario, la particularidad
de representar una prefiguración actual, no perfecta pero
suficiente, de un objetivo lejano que se estima históricamente
alcanzable a partir de la realidad actual y que, por ello mismo,
es susceptible de inducir a la acción desde este mismo
instante.
De este modo,
la noción de 'ideal histórico concreto' tiene un
sentido extraordinariamente realista, puesto que «su
justo uso permitiría a una filosofía cristiana de
la cultura preparar realizaciones temporales futuras, dispensándola
de... recurrir a utopía alguna». [10]
b)
En cuanto al concepto de 'Nueva Cristiandad', constituye
el contenido específico del 'ideal histórico concreto'
a que debiéramos aspirar los cristianos en el cumplimiento
de nuestras responsabilidades cívicas en la sociedad política.
¿Cuáles
serían, en términos muy generales, las «dimensiones
internas» de los cambios implicados en una Nueva Cristiandad?
«Consisten,
en una palabra, en producir una refracción efectiva del
Evangelio en el orden cultural y temporal.
«Son
cambios en el régimen de la vida humana a la vez interiores
y exteriores, que han de realizarse tanto en el corazón
como en la ciudad y en sus instituciones, y que interesan al mismo
tiempo al dominio de lo social y visible y al dominio de los espiritual,
moral e invisible.»
Se trata,
por tanto, de un proyecto imposible de dimensionar en los términos
puramente materiales propios de las revoluciones modernas, porque,
como es fácil deducir, «el tránsito a una
nueva cristiandad supone cambios muchos más profundos que
los que de ordinario sugiere la palabra revolución». [11]
-o0o-
En base a
lo expuesto, creo oportuno dar respuesta a la primera pregunta
inicial: ¿Es realista aspirar a una vigencia efectiva de
esta concepción humanista cristiana?
En consideración
a la magnitud de semejante proyecto y, consecuentemente, a las
enormes dificultades claramente implicadas en su ejecución,
parece obvio que la única manera de atribuirle un carácter
'realista' está estrechamente ligada a su condición
de «acción política de objetivo remoto
o de largo alcance». Siendo así, no sería
razonable, ni mucho menos realista, reducirlo sólo a «una
política de objetivo cercano... dependiente del porvenir
inmediato».
En todo caso,
esto debe entenderse, además, en relación directa
a la exigencia derivada de la condición misma del cristiano,
según la cual, para él «no puede haber
descanso... mientras la justicia y el amor no gobiernen la vida
de los hombres». Más aún, «...dado
que las exigencias evangélicas no serán nunca satisfechas,
el cristiano nunca tendrá descanso en la historia - y eso
es propio de su condición». [12]
Así,
pues, si
vamos a ser consecuentes, no hay nada más 'realista' para
un cristiano que aspirar a una Nueva Cristiandad.
2.-
EL PROBLEMA DE LA CONCIENCIA POLÍTICA DE LOS CRISTIANOS
Para
algunos sectores cristianos, la visión humanista de Maritain
mantiene en plenitud su validez, no obstante el paso del tiempo
y los enormes cambios ocurridos desde su formulación. Ello
importa, desde luego, la esperanza de una renovación de
energías, sobre todo en los movimientos socialcristianos
y demócrata-cristianos surgidos a la sombra de ese ideario.
Sin embargo,
desde mi punto de vista, todavía son muchas las dudas que
persisten habida consideración del estado actual de la
conciencia cristiana en el orden político.
2.1.- La
realidad presente.-
Pareciera
que una tendencia mayoritaria entre los cristianos se inclina
en la actualidad a insertarse en las grandes opciones políticas
en pugna. Aunque no del todo definidas, tales opciones tienden
a polarizarse nuevamente entre el liberalismo, que define el sentido
y desarrollo del capitalismo reinante, y las fuerzas, todavía
un poco amorfas, que rechazan su dominio y que aspiran a un cambio «draconiano», consistente principalmente en
la liquidación y sustitución del modelo económico
de mercado vigente.
Ahora bien,
si es cierto, como afirma Maritain, que «hay una separación
inevitable entre una concepción cristiana y una concepción
no cristiana de la política» [13], el
sentido propio de tal separación no puede estar referido
sino a las 'cuestiones de principios' que condicionan y
determinan el sentido de la acción política en una
coyuntura histórica dada.
Por eso es
que no debe perderse de vista que las opciones «no cristianas
de la política», en juego en este momento, responden
en su esencia a principios que surge del 'idealismo' filosófico',
que domina la razón moderna y cuyos principales errores
son el agnosticismo (renuncia al conocimiento de
la realidad), el naturalismo (rechazo del orden
sobrenatural) y el individualismo (autosuficiencia
de la naturaleza humana).
La concepción
filosófica idealista induce a todo el mundo a 'pensar'
los problemas sociales sólo en función de criterios
de 'eficacia' esencialmente relativistas, que desdeñan
todo lo que tenga que ver con el espíritu y con la existencia
misma de la verdad. No obstante ello, no parecen faltar los cristianos
que se sienten muy cómodos ejercitando este modo de "pensar",
tanto cuando se inclinan por soluciones de «conservación»,
como cuando optan por soluciones «draconianas».
En cuanto
a los movimientos políticos de inspiración cristiana,
surgidos en la primera mitad del siglo XX como consecuencia de
la naciente Doctrina Social de la Iglesia, en armonía con
el pensamiento de Maritain, el propio Maritain, ya viejo, manifestaba
su profunda decepción: «...hasta el presente
(1966), - y a pesar (o a causa) de la entrada en escena, en
varios países, de partidos políticos llamados "cristianos"
(la mayor parte de los cuales eran, sobre todo, sólo combinaciones
electorales) -, la esperanza en el advenimiento de una política
cristiana (que respondiera en el orden práctico a lo
que es una filosofía cristiana en el orden especulativo)
se ha visto completamente frustrada; no conozco más que
una 'revolución cristiana' auténtica, que es la
que el Presidente Eduardo Frei (Montalva) intenta en este
momento en Chile, y no es seguro que triunfe.» [14] (Evidentemente, el desarrollo histórico posterior a dicha «revolución cristiana» no corresponde
precisamente a la idea de 'triunfo', sin perjuicio de que podamos
imaginar que los importantes logros de ese período puedan
llegar a tener algún día un valor catalizador en
el despertar de la conciencia política cristiana).
Así,
pues, parece claro que, como ha sido de general ocurrencia, no
sólo la mayoría de los cristianos sigue actuando
en política incurriendo en todo tipo de contradicciones
entre sí y con lo que debiera ser una política de
auténtica inspiración cristiana, sino que, además,
aquellos que en el pasado optaron por esta última alternativa,
en muchos casos también parecen debatirse hoy en análogas
contradicciones.
2.2.- ¿Dónde
encontrar la raíz de este problema?
Maritain ha
dicho con toda propiedad que «un cristiano no puede ser
un relativista... y esto tiene mayor alcance... un cristiano no
puede ser un idealista» (en el sentido filosófico
de esta palabra), [15] fundado en el hecho de que no es
posible compatibilizar intelectualmente las exigencias de la fe
con filosofías ajenas y contrarias a la filosofía
cristiana.
Sin embargo,
paradójicamente, la primera gran dificultad con que nos
encontramos - sin duda la más seria de todas - radica en
que demasiados cristianos inmersos en el mundo de la eficacia
o, lo que es decir lo mismo, atrapados en el molde del relativismo,
no parecen siquiera percatarse de que existe un tal problema de
incompatibilidad entre el modo de 'pensar' dominante en la actualidad
y un modo de 'pensar' auténticamente cristianismo. Eso
los induce, por ejemplo, cuando se trata de la concepción
democrática, a negarle todo valor a la verdad, pretendiendo
que su conquista es obra del diálogo - esto es, una 'verdad
de concenso' entre los más o menos acertados y los más
o menos equivocados - y no la consecuencia natural de razonar
conforme a principios verdaderos.
«En
el límite extremo, encontramos la 'fe' turbada y desdichada
del puro fideismo... como una piedra en el fondo de una charca,
pero no recibida vitalmente en un viviente. Todas las conexiones
con esta extranjera se han cortado en el intelecto; desmantelada
su razón, privada de las formaciones internas y de las
estructuras que naturalmente exige, flota a la deriva en la ignorancia
religiosa, en un total escepticismo o indiferentismo teológico
y filosófico. ¡Vaya eficacia!.» [16]
Por otra parte,
este dominio idealista, tan claramente apreciable en el orden
intelectual, también ha penetrado en el orden propiamente
religioso, desde la adopción de criterios relativistas
en los más altos estratos teológicos, dando lugar
a concepciones aberrantes que conducen al llamado 'pluralismo
teológico'; pasando por la adopción por parte de
la teología de la liberación del principio marxista
de la dialéctica histórica, según la cual
el conocimiento proviene de la acción; hasta la vivencia
misma de la espiritualidad a los niveles más amplios y
comunes, como es el caso del creciente desarrollo a nivel mundial
de la corriente 'Nueva Era' (New Age), fuente de toda clase de
sectas que proclaman el fin de la era cristiana usando y distorsionando
conceptos propiamente cristianos, en un contexto de aspiraciones
e inquietudes, sin duda espirituales, pero anárquicas,
supersticiosas y gnósticas. No está demás
agregar que son muchos los cristianos que son atraídos
y cautivados por semejantes prácticas.
Es tal la
gravedad de esta situación para la Iglesia Católica,
que el Papa Juan Pablo II sintió la necesidad de promulgar
una encíclica dedicada específicamente al tema de
las relaciones entre la Fe y la Razón - Fides et
Ratio (1998) -, con propósitos análogos
a la encíclica Aeterni Patris (1879), de
León XIII, pieza central en la génesis del renacimiento
tomista, del cual Maritain es justamente uno de los más
destacados representantes.
Tan importante
documento constituye, a mi juicio, una clara reafirmación
de la perspectiva de Maritain, en el sentido que «el
mal que sufren los tiempos modernos es, ante todo, un mal de la
inteligencia.
«Las
tentativas de enderezamiento político y social provocadas,
en medio del desorden universal, por el instinto de conservación,
no evitarán el retorno al despotismo brutal y efímero
ni llegarán a realizar algo estable mientras no sea restituida
la inteligencia.
«El
movimiento de renovación religiosa que se perfila en el
mundo no será durable ni verdaderamente eficaz, si primero
no se restaura la inteligencia.»[17]
Así,
pues, mientras los cristianos no tomen conciencia de la gravedad
de la situación en el orden propiamente intelectual - más
allá de los graves problemas específicos y concretos
que aquejan a la sociedad política - y no reconozcan, consecuentemente,
que es allí, al nivel filosófico, donde se encuentran
las causas más profundas y determinantes de tales males,
las perspectivas de una política de inspiración
cristiana vigorosa y efectiva serán, en mi opinión,
poco probables y, en todo caso, aisladas y más bien remotas.
-o0o-
En otras palabras,
la respuesta a la segunda pregunta inicial ¿Se encamina
la sociedad política, en el estado actual de civilización,
hacia la realización del humanismo cristiano? no
puede ser sino negativa: la sociedad política, en el estado
actual de civilización, no se encamina hacia la realización
efectiva del humanismo cristiano, a causa del espíritu
idealista anticristiano dominante, incluso entre muchos cristianos,
favorecido directamente por la ausencia de una acción política
vitalmente cristiana por parte de aquellos cristianos que todavía
no caen en esos extremos.
Algo muy lamentable
por cierto, pero, a mi juicio, a todas luces evidente.
NOTAS
Todas las obras citadas son de Jacques Maritain
[1]
'El Hombre y el Estado'. [1951] Fundación
Humanismo y Democracia y Ediciones Encuentro. Madrid. 1983.
Página 168.
[2]
'Cristianismo y Democracia' [1943]. Ediciones
Palabra, S.A. Madrid, 2001. Página 116.
[3]
'La Persona y el Bien Común' [1947]. Club
de Lectores. Buenos Aires. 1968. Página 111.
[4]
'Filosofía de la Historia' [1957] Editorial
Troquel, S.A. Buenos Aires. 1960. Página 135.
[5]
'Humanismo Integral'. [1936] Ediciones Carlos
Lohlé. Buenos Aires - México. 1984. Página
197.
[6]
'Humanismo Integral'. Página 198.
[7]
'An Essay on Christian Philosophy'. [1933] Philosophical
Library, Inc. New York. 1955. Página 29. (Traducción
personal del inglés).
[8]
'Contemporary Renewals in Religious Thought'.
University of Pennsylvania Bicentenial Conference on 'Religion
and the Modern World'. Kennikat Press, Inc. Port Washington,
N. Y. 1941. Reissued 1969. Página 13. (Traducción
personal del inglés).
[9]
'Humanismo Integral' Página 193.
[10]
'Humanismo Integral'. Página 102.
[11]
'Humanismo Integral'. Página 159.
[12]
'Filosofía de la Historia'. Página
136.
[13]
'Humanismo Integral'. Página 168.
[14]
'El Campesino del Garona'. Editorial Española
Desclée de Brouwer, Bilbao, 1967. Página 52.
[15]
'El Campesino del Garona'. Página 144.
[16]
'El Campesino del Garona'. Página 137.
[17]
'El Doctor Angélico' [1930]. Club de Lectores.
Buenos Aires. 1979. Página 80.