La
cultura debe cultivar al hombre y a cada hombre en toda la
extensión de un humanismo integral y pleno, en el cual
todo hombre y todos los hombres sean promovidos a la plenitud
de cada dimensión humana. La cultura tiene el propósito
esencial de promover el ser del hombre y de proporcionarle
los bienes necesarios para el desenvolvimiento de su ser individual
y social. (Discurso
de Juan Pablo II en el Encuentro con Eminentes Personalidades
de la Cultura. Río de janeiro, 1 de Julio de 1980)
Para apreciar fiel y justamente el sentido del pensamiento político
social de Maritain en sus sus dos trabajos principales al respecto, Humanismo Integral (1936) y El
Hombre y el Estado (1951), es indispensable evaluarlo
en el contexto amplio de sus otros trabajos sobre el tema, tanto
anteriores como posteriores a ellos. Las mayores críticas
a ambos libros, como aquellas de Joseph Desclausais, Louis Salleron
(ambas en 1936), Julio Alleinvielle (1945-48), y A. Massineo,
S.J. (1956), fueron largamente erróneas por fallar en la
contextualización de Maritain, lo que fue hecho correctamente
por las mordaces defensas de Maritain hechas por Etienne Borne,
M. D. Chenu, Etienne Gilson, Olivier Lacombe, Charles Journet,
Reginald Garrigou-Lagrange, Alcide De Gasperi, Cornelio Fabro
y Adriano Gallia, entre otros.
Sin embargo,
lo que sostengo en este trabajo es que la clave decisiva en la
interpretación de esos dos libros es el desarrollo de la
doctrina social de la Iglesia, especialmente comenzando por Mater
et Magistra (1961) y Pacem in Terris (1963)
de Juan XXIII y Gaudium et Spes (1965) del Concilio
Vaticano II, pasando por 'Ecclesiam Suam' (1964), 'Populorum Progressio'
(1967), 'Humanae Vitae' (1968), y 'Evangelii Nuntiandi' (1975)
de Pablo VI, para culminar con la obra monumental de Juan Pablo
II, a partir justamente de su primera encíclica, 'Redemptor
Hominis' (1979).
La noción
de humanismo integral de Maritain ha jugado
un rol crucial en el desarrollo de esta enseñanza social.
Es el propósito de este trabajo el dar una breve reseña
de la conexión entre el original trabajo de Maritain en
la filosofía política y las enseñanzas subsiguientes
de los pontífices católicos, especialmente del Papa
Juan Pablo II.
Desde la Rerum
Novarum (1891) de León XIII, la enseñanza
social de la Iglesia (a veces llamada doctrina', cuando
se enfoca en los principios, y 'enseñanza' cuando se trata
de la aplicación de esos principios a áreas específicas),
ha ido tomando gradualmente una forma más y más
precisa en torno a la dignidad de la persona humana (derechos
humanos), la centralidad de la familia tradicional y el significado
y propósito de la comunidad civil. Es a través de
estas enseñanzas que la Iglesia intenta actuar como levadura
en la sociedad secular, compenetrándose ella misma en cada
cultura nacional o regional, pero sin identificarse con ninguna
de ellas en su temporalidad y pluralismo, sino manteniéndose
como una fuerza trascendente e iluminadora, a fin de construir
una civilización de amor (Pablo VI)
desde dentro, o una consecratio mundi (Juan
XXIII).
En mayo de
1981, Juan Pablo II había preparado un discurso para conmemorar
el 90° aniversario de la 'Rerum Novarum', pero no le fue posible
pronunciarlo debido al atentado contra su vida. No obstante ello,
fue publicado y en él se encargó de poner la enseñanza
social de la Iglesia en apretada síntesis:
Esta
enseñanza social nació a la luz de la Palabra
de Dios y del auténtico Magisterio, desde la presencia
de los cristianos dentro de las cambiantes situaciones del mundo,
en contacto con los desafíos provenientes de ellas. Su
objeto es, como siempre ha sido, la sagrada dignidad del hombre,
a imagen de Dios, y la protección de sus derechos inalienables;
su propósito, la realización de la justicia, entendida
como el avance y la completa liberación de la persona
humana en sus dimensiones terrena y trascendente; su fundación,
la verdad sobre la naturaleza humana misma, una verdad aprendida
por la razón e iluminada por la Revelación; su
energía, el amor como mandamiento evangélico y
norma de acción.
La descripción
de Juan Pablo II bien podría servir como imagen precisa
de la visión de El Hombre y el Estado.
Maritain desarrolló esta visión para la filosofía
social y política católica a través de los
terribles eventos de la Segunda Guerra Mundial. Y en realidad,
la urgencia presente de esa tarea fue presentada por Juan Pablo
II en su mensaje conmemorativo del 50° aniversario de la Segunda
Guerra Mundial en Europa (8 de Mayo de 1995) Luego de enfatizar
la obligación de no olvidar jamás esa tragedia,
él describe lo que condujo a ella y lo que la siguió: El mundo, y en particular Europa, se dirigieron hacia
aquella gran catástrofe porque habían perdido la
energía moral necesaria para hacer frente a todo lo que
les empujaba hacia la guerra. En efecto, el totalitarismo destruye
la libertad fundamental del hombre y viola sus derechos. Más adelante señala que las políticas e ideologías
que condujeron a la guerra, fundadas en su fracaso en entender que no se edifica una sociedad digna de la persona humana
sobre su destrucción, sobre la represión y sobre
la discriminación no han desaparecido en absoluto.
Por ello urge que Esta lección de la Segunda Guerra
mundial no ha sido aún plenamente recibida en todas partes.
Y sin embargo está presente y debe continuar como aviso
para el próximo milenio.
Juan Pablo
II sirve como centinela en la tradición de Maritain; él
continúa los esfuerzos de Maritain para construir las bases
intelectuales de una teoría personalista de la democracia
o humanismo integral. Maritain fue desarrollando
su pensamiento en el contexto histórico del surgimiento
de las ideologías totalitarias del fascismo, nazismo y
comunismo, destructivas de los derechos humanos y de la familia,
tanto como de una democracia de libertad y responsabilidad hacia
el bien común.
Cuando publicó
Humanismo Integral, esas ideologías
estaban en pleno trabajo político, y a punto de lanzar
la Segunda Guerra Mundial con el fanatismo de su imperialismo
racial y nacionalista. El humanismo integral
propuesto por Maritain en 1936 aspiraba a conducir a la persona
humana hacia un desarrollo pleno bajo la primacía
de lo espiritual que eventualmente sería alcanzada
en Cristo, como él mismo lo había experimentado,
junto a su amada esposa Raïssa y su hermana Vera, y en interacción
con el Padre Clerissac, Peguy, León Bloy y otros, particularmente
después de su bautismo en 1906 y el comienzo de sus estudios
tomistas en 1910. Por medio de estos últimos descubrió
una antropología cristiana que podría llegar a ser
un puente entre todas las personas en una sociedad libre.
Su libro Cristianismo y Democracia fue publicado en 1943 en
homenaje al pueblo francés durante sus sufrimientos. Al final de
la guerra, la 'guerra fría' surgió debido al hecho
de que solamente las primeras dos ideologías habían
sido derrotadas, pero no la tercera: el marxismo-leninista comunista
creció en su diseño imperialista y en la supresión
de los derechos humanos, a pesar de la Declaración Universal
de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas. La participación
de Maritain en este histórico documento es bien conocida.
En El Hombre y el Estado, él, valientemente,
intentó formular una fe democrática secular,
aceptable por todos en una sociedad libre, como un cuerpo evidente
en sí mismo de al menos ciertas verdades previa y trascendentes
demostrables, asumidas por cualquiera constitución legal: Una sociedad de hombres libres, en efecto, supone principios
fundamentales que se hallan en el corazón mismo de su existencia.
Una democracia auténtica implica un acuerdo profundo de
las mentes y de las voluntades sobre las bases de la vida común;
es consciente de sí misma y de sus principios y debe ser
capaz de defender y promover su propia concepción de la
vida social y política; debe portar en sí misma
un común credo humano: el credo de la libertad. En realidad, Maritain procuró articular la fuerza moral
de un credo democrático precisamente para contrarrestar
las mismas premisas que debilitaban a occidente en su enfrentamiento
con el totalitarismo.
El liberalismo
burgués es incapaz de defender la libertad sin una filosofía
coherente del gobierno y de la vida pública; así
Del mismo modo que no tenía un bien común
real, no tenía tampoco un pensamiento común real
no había cerebro en ella, sino un cráneo
neutro y vacío, tapizado de espejos . No es nada
sorprendente que antes de la segunda guerra mundial, en los países
que la propaganda fascista, racista o comunista trataba de agitar
y corromper, la democracia burguesa se haya convertido en una
sociedad sin idea ninguna de sí misma y sin fe en sí
misma, sin fe común alguna que pudiera permitirle resistir
a la desintegración. La fe democrática
articulada por Maritain fue ante todo una fe puramente
práctica, no teológica o dogmática.
La gente de
una sociedad democrática, con diferentes e incluso
opuestas visiones metafísicas o religiosas, puede coincidir,
no en virtud de identidad de doctrina alguna, sino de una analógica
semejanza en sus principios prácticos, en las mismas conclusiones
prácticas y compartir una misma «fe» secular
práctica, con tal que reverencien por igual, acaso por
razones totalmente distintas, la verdad y la inteligencia, la
dignidad humana, la libertad, el amor fraternal y el valor absoluto
del bien moral. De esta manera, Maritain señala
que la educación es manifiestamente el medio principal
para mantener la convicción común en la carta democrática. E insiste que tal educación no puede ser neutral o separada
de las tradiciones filosóficas o religiosas o
escuelas de pensamiento que han contribuido a la formación
de la nación.
Maritain trató cuidadosamente de promover lo que Juan Pablo II ha llamado filosofía
pública para una convergencia en un diálogo
con el mundo como ha propuesto la enseñanza de la Iglesia,
incluida principalmente en los citados documentos del magisterio.
Las acusaciones de pragmatismo, secularismo, naturalismo, liberalismo,
idealismo, nihilismo, ultraespiritualismo, marxismo y otras necedades
de que fue víctima, fueron vigorosamente refutadas por
aquellos que lo conocían bien, como he señalado
previamente. Y sus ideas han llegado gradualmente a ser parte
del núcleo de la enseñanza social de la Iglesia
en el marco específico de la realidad cultural y de una filosofía pública vivificada
por una antropología cristiana, respondiendo las preguntas
fundamentales sobre la persona humana y la comunidad humana.
Los dos Papas
del Vaticano II, y la Gaudium et Spes de éste, se hicieron
cargo de estas preguntas sobre la cultura y el evangelio social.
El Papa Juan XXIII, demostrando una gran apertura hacia el mundo,
no para conformarse a él ( Rom 12:2), sino
para evangelizarlo mediante la inculturación del Evangelio,
significativamente considerada en la encíclica 'Pacem in
Terris' (1963) no sólo para los católicos sino para
todos los hombres de buena voluntad. Luego, Pablo VI,
después de dictar su primera encíclica, 'Ecclesiam
Suam' (1964) sobre el diálogo de la Iglesia con el mundo,
se dirigió a las Naciones Unidas en Octubre de 1965, como
a un Areópago contemporáneo, con el lenguaje de
una filosofía pública comprometida
con la verdad universal. Ese mismo año, el más cercano
amigo espiritual e intelectual de Maritain, el Padre Charles Journet,
fue hecho cardenal en enero, y en septiembre, justo antes del
viaje de Pablo VI a Nueva York para dirigirse a la ONU, el Papa
recibió a Maritain en Castelgandolfo. Y el 8 de octubre,
en la ceremonia de clausura del Concilio Vaticano II, con el enérgico
humanismo cristianocéntrico expuesto en Gaudim et Spes,
el Papa entregó a Maritain el Mensaje a los
Buscadores de la Verdad. Sin embargo, el momento
decisivo vino con la publicación de la encíclica
Populorum Preogressio' en 1967, en la cual Pablo VI hace
dos referencias explícitas a Maritain, una de ellas a Humanismo
Integral, en sus versiones francesa e inglesa. El
mismo Papa volvió nuevamente a la idea de inculturación
del Evangelio mediante un humanismo integral en su exhortación
apostólica Evangelii Nuntiandi of 1975.
Entonces vino
Juan Pablo II, que puso el tema de la cultura en el centro de
su pontificado, comenzando en su primera encíclica Redemtor
Hominis de 1979; luego en su discurso a la ONU en octubre
de ese año y, más adelante, el 2 de junio de 1980,
en su discurso programático a la UNESCO (En el Mundo
de la Cultura Dios ha hecho una Alianza con el Hombre),
hizo contrapunto con su insistencia en la centralidad de la enseñanza
social de la Iglesia en el corazón de la evangelización.
Esta filosofía pública y humanismo
integral fue especialmente remarcada en la serie de
discursos dirigidos a la gente de la cultura
o constructores de la sociedad y de la civilización
del amor, esto es, a científicos, filósofos,
artistas, diplomáticos, oficiales públicos, industriales,
etc.
En Río
de Janeiro, el 1° de julio de 1980, justo un mes después
de su discurso a la UNESCO, Juan Pablo usa el término humanismo
integral para explicar que es a través de la
cultura como mejor se configura el trabajo de los cristianos en
la sociedad democrática. La cultura debe cultivar
al hombre y a cada hombre en toda la extensión de un humanismo
integral y pleno, en el cual todo hombre y todos los hombres sean
promovidos a la plenitud de cada dimensión humana. La libertad debe ser entendida en un sentido más sustantivo
que la mera libertad de elección. La libertad que la democracia
cristiana busca promover por encima de todo es lo que San
Agustín llamó libertas maior, esto es, libertad
en su desarrollo pleno, libertad en un estado moral adulto, capaz
de elecciones autónomas a propósito de las tentaciones
proveniente de todas las formas desordenadas del amor a sí
mismo. La cultura integral incluye la formación moral,
la educación en las virtudes de la vida individual, social
y religiosa.
Según
Juan Pablo II, la educación tiene un rol decisivo en este
esfuerzo, especialmente la educación superior. Dirigiéndose
a profesores y alumnos en la catedral de Colonia, el 18 de noviembre
de 1980, y a los profesores universitarios en Bolonia, el 18 de
abril de 1982, Juan Pablo II advirtió contra los efectos
deshumanizadores de esquemas reduccionistas extrapolados de la
ciencia. Preservar y desarrollar el conocimiento completo de los
seres humanos pertenece a la comunidad universitaria
[que debe] demostrar su necesidad de modo convincente, presentando
el incentivo de ese humanismo integral que desde siempre inspira
sus ideales y que ciertamente responde todavía a tantas
expectativas secretas de nuestros contemporáneos. En noviembre de ese mismo año, en su visita a España,
pronunció dos discursos en esta misma linea, uno en Salamanca
y otro en Madrid. Luego, en la Universidad de Friburgo, el 13
de junio de 1984, señalando que la ciencia es
libre si admite ser determinada por la verdad. La crisis
surge en la cultura científica en virtud del hecho que la ciencia no está en condición de responder
a las preguntas sobre su propio significado. Y la crisis de hoy
es en gran medida una crisis de la ideología del cientismo,
que insiste en afirmar la autosuficiencia del proyecto científico
como si por sí misma pudiera responder las preguntas del
hombre sobre sí mismo.
Una gran tarea
para la cultura y la defensa de la libertad es causada por el
sentido de los propios límites y parcialidad de la ciencia.
La tarea positiva es la de la integración del
conocimiento, en el sentido de síntesis en la que la imponente
acumulación de descubrimientos científicos encontrará
su significación en el marco fundamental de una visión
integral del hombre y del universo. El 15 de mayo de
1988, Juan Pablo II insiste nuevamente en que la Iglesia apoya
un verdadero humanismo integral que eleve la dignidad
de la persona a su verdadera e irrenunciable dimensión
de hijo de Dios.
Finalmente,
el 12 de Mayo de 1990, en Ciudad de México, dirigiéndose
a los Hombres de la Cultura, Juan Pablo II atiende nuevamente
a las palabras de Pablo VI a la clausura del Concilio: esta
irrenunciable vocación al servicio del hombre de
todo el hombre y de todos los hombres es la que mueve a
la Iglesia a dirigir su llamado a los intelectuales de México
comenzando por los intelectuales católicos
para que, abriendo nuevos espacios a la participación y
a la creatividad, no escatimen esfuerzos para lograr completar
el trabajo de integración propio de la verdadera
ciencia y establezca los cimientos de un auténtico
humanismo integral que encarne los altos valores de la cultura
y la historia de México. Esa es la gran tarea de
la cultura a asegurar y elaborar sobre la noción básica
de dignidad humana. Juan Pablo II mismo elabora a partir de la
constitución Gaudium et Spes del Concilio, en referencia
al misterio de Cristo en relación al hombre que busca desplegar
y especificar el significado de la dignidad humana en tres aspectos:
la noción de persona, la capacidad humana
de amar y la capacidad humana de trabajar. En realidad,
estos podrían servir como los tres grandes temas de la
prodigiosa obra de escritos y discursos sobre doctrina social
y política de Juan Pablo II. Él mira las enseñanzas
del Concilio como la base de sus propias enseñanzas.
Los padres
del Concilio Vaticano II encuentran la raíz de la persona
en Cristo, como aquel que manifiesta plenamente el hombre
al propio hombre y le descubre su altísima vocación,
porque en cierto modo se ha unido con cada hombre. Trabajó
con manos de hombre, reflexionó con inteligencia de hombre,
actuó con voluntad humana y amó con humano corazón.
La persona debe intentar integrar todas las realidades
de su existencia en una síntesis armoniosa de vida, orientada
hacia un fin último, que es la sublime expresión
de amor. La noción de humanismo integral designa la meta de tal síntesis o integración personal
y cultural.
El segundo
aspecto de la dignidad humana corresponde a la capacidad de amar.
Amando se descubre que la profunda capacidad de darse
uno mismo eleva la persona e ilumina su interior. En efecto, el
amor es una atracción deslumbrante por salir de uno mismo
y trascender a sí mismo. Así, Juan Pablo
II habla de desarrollar la civilización del amor.
que es una meta muy atractiva y, al mismo tiempo, exigente.
Como se ha dicho más arriba, Juan Pablo II adoptó
el términos la civilización del amor de Pablo VI, que, a su turno, la derivó de la noción
de humanismo integral de Maritain.
En cuanto
al tercer aspecto, el trabajo, es uno de los grandes
temas de la cultura, particularmente en nuestro tiempo.
Juan Pablo II busca superar la antigua separación entre
trabajo y cultura. Mirando al pasado, es interesante
recordar el escaso valor que en la antigüedad clásica
se otorgaba al trabajo como parte de la cultura. De hecho, descanso
y trabajo eran considerados antagónicos. Incluso en el
panorama cultural de nuestros días, el trabajo humano no
siempre es considerado como un medio para la realización
personal. Pero desde el ángulo de la fe, la perspectiva
se hace mucho más amplia hasta el punto de considerar la
actividad humana un medio de santificación y una experiencia
de unión con Dios. El problema del trabajo humano
ocupa una porción central en la obra de Maritain; en 'El
Hombre y el Estado' menciona brevemente el tema del trabajo
como uno de los problemas más urgentes de nuestros días.
Pero, una vez más, es en su gran obra Humanismo
Integral que Maritain desarrolla más plenamente
la idea de la transformación del mundo moderno por medio
de una nueva aproximación al trabajo. Esto ha servido como
base para los desarrollos de Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo
II.
Jacques Maritain fue un innovador que provocó no pocas
veces la hostilidad y la crítica de muchos de sus hermanos
católicos. Sin embargo, hoy día, a la luz del desarrollo
de la Doctrina Social de la Iglesia después del Concilio
Vaticano II y del torrente de escritos y viajes de Juan Pablo
II, podemos decir con propiedad que la noción de "humanismo
integral" acuñada por Maritain ha servido para
dar curso a una gran corriente de doctrina político-social.
Hace muchos
años, Maritain, en un momento de íntima reflexión,
se comparó a sí mismo con un "buscador de
vertientes":
"¿Qué
soy yo? me pregunto. ¿Un maestro? No lo creo; enseño
por necesidad. ¿Un escritor? Tal vez. ¿Un filósofo?
Espero que sí. Pero también una especie de romántico
de la justicia, pronto a imaginar en cada combate en que participo,
que la justicia y la verdad tendrán su día entre
los hombres. Y, tal vez, también algo así como un
buscador de vertientes que pega su oído a la tierra para
escuchar el sonido escondido de las aguas y de germinaciones invisibles."
Efectivamente,
bien podríamos decir que las grandes obras de Maritain, 'Humanismo Integral' y 'El Hombre y el Estado',
han descubierto el "sonido escondido de las aguas y de
germinaciones invisibles", cuyos frutos solamente hoy
comenzamos a ver.
* Tradución del inglés por H.I.