«La
pregunta de Pilato: "¿Qué es la verdad?",
emerge también hoy desde la triste perplejidad de un
hombre que a menudo ya no sabe quién es, de dónde
viene ni adónde va.» (Juan Pablo II)1
El tema
de la verdad, si bien no parece ocupar los primeros planos en
la intrincada selva del pensamiento moderno, está subyacente,
bajo un signo de duda e incertidumbre, en todo cuanto interesa
al espíritu o intelecto humano.
Para el mundo
moderno, el centro de gravedad en este tema se ha desplazado desde
la convicción, connatural en todos los seres humanos, de
que existen cosas que son reales y verdaderas, hacia la aceptación
de que no existe nada seguro, nada cierto, nada verdadero y que,
consecuentemente, todo está sujeto a la duda y a la desconfianza
sistemáticas.
Para quienes
hemos asumido una definición política como demócratas
y como cristianos, esta situación no puede sernos indiferente,
puesto que, en clara contraposición a esta tendencia escéptica,
nuestras principales raíces doctrinarias de 'inspiraciópn
cristiana' concretamente, la filosofía política
de Jacques Maritain y la Doctrina Social de la Iglesia , se fundan sin duda alguna en la certeza de la verdad.
A
mi modo de entender, aquí está en juego la lealtad
más elemental a los principios que decimos sustentar. Por
ello, y a fin de evitar confusiones e interpretaciones en el tratamiento
de tan delicado problema, procuraré fundar esta presentación
en el pensamiento de Jacques Maritain, en el orden de la filosofía
política, y en la Doctrina Social de la Iglesia, según
sus más recientes pronunciamientos sobre la mentalidad
relativista dominante en la sociedad contemporánea, recurriendo
en ambos casos, tanto como sea necesario, a la transcripción
directa de sus propias palabras.
1.-
Origen de la desconfianza en la verdad.-
«En
definitiva nos dice Juan Pablo II , se nota
una difundida desconfianza hacia las afirmaciones globales y absolutas,
sobre todo por parte de quienes consideran que la verdad es el
resultado del consenso y no de la adecuación del intelecto
a la realidad objetiva.»2
Éste
no es un fenómeno reciente. Ya a mediados de siglo pasado
Maritain lo reconocía en toda su magnitud.
«El
mayor peligro que amenaza a las sociedades modernas es el debilitamiento
del sentido de la Verdad. Por un lado, los hombres han alcanzado
la costumbre de pensar en términos de estímulos
y respuestas y de ajuste al medio ambiente; mientras que, por
el otro, aparecen desconcertados por el modo en que las técnicas
políticas de publicidad y propaganda usan las palabras
y el lenguaje mismo, por lo que, al final, tienden a abandonar
todo interés en la verdad: lo único que importa
son los resultados prácticos, la mera verificación
material de hechos y cifras, sin que exista una adhesión
interna a ninguna verdad conocida.»3
Es importante
considerar que ésta no es una situación surgida
espontáneamente de la experiencia social. Todo lo contrario.
Como bien lo afirma un viejo proverbio chino, «la acción
sigue al pensamiento como la rueda de la carreta sigue a la pesuña
del buey», queriendo significar que, según cuales
sean los principios o criterios que usamos para pensar, así
serán el carácter y el sentido de nuestras acciones. «Esa es la razón por la que los sistemas filosóficos,
que no están dirigidos a ningún uso o aplicación
prácticos, tienen un impacto tan grande en la historia
humana.» (Maritain)4
En el caso
de la verdad, la visión relativista proviene de un modo
de "pensar" que responde a las concepciones filosóficas
dominantes en la actualidad.
Para la Iglesia,
la «filosofía moderna... en lugar de apoyarse
sobre la capacidad que tiene el hombre para conocer la verdad,
ha preferido destacar sus límites y condicionamientos.
«Ello
ha derivado en varias formas de agnosticismo y de relativismo,
que han llevado a la investigación filosófica a
perderse en las arenas movedizas de un escepticismo general....
«La
legítima pluralidad de posiciones ha dado paso a un pluralismo
indiferenciado, basado en el convencimiento de que todas las posiciones
son igualmente válidas. Este es uno de los síntomas
más difundidos de la desconfianza en la verdad que
es posible encontrar en el contexto actual.
«En
efecto, se niega a la verdad su carácter exclusivo, partiendo
del presupuesto de que se manifiesta de igual manera en diversas
doctrinas, incluso contradictorias entre sí. En esta perspectiva,
todo se reduce a opinión.»
(Juan Pablo II)5
Este problema,
en sí mismo gravísimo, se torna trágico al
comprobar que la visión relativista, tan poderosa y extendida,
ha hecho presa de muchos cristianos, que no parecen siquiera percatarse
de que existe un problema de incompatibilidad entre tal modo de "pensar" dominante en la actualidad y el cristianismo.
Ello, no obstante que dicha incompatibilidad es tan extrema que,
en el hecho, corresponde fielmente a la que existió entre
las posiciones de Cristo y Pilato.
2.-
La democracia relativista inspirada en Poncio Pilato.-
La llamada
teoría de la 'justificación relativista de la democracia',
de general aceptación en nuestros tiempos, es obra del
destacado jurista y filósofo del derecho checo, Hans Kelsen
(1881 - 1973).
He aquí
como Maritain nos presenta esta teoría:
«Es
muy significativo que, para establecer su filosofía del
orden temporal y mostrar que la democracia implica ignorancia,
o bien duda, acerca de toda verdad absoluta, sea religiosa o metafísica,
Kelsen haya recurrido a Pilato: de modo que al negarse a distinguir
entre el justo y el injusto, y lavándose las manos, este
juez deshonesto se ha convertido en el pomposo precursor de la
democracia relativista.
«Kelsen
cita el diálogo entre Jesús y Pilato Juan,
18, 37, 38 , en el que Jesús dice: «Yo doy
testimonio de la verdad, y para esto he nacido y he venido al
mundo», a lo que Pilato responde: «¿Y qué
es la verdad?», luego de lo cual entrega a Jesús
a la furia de la multitud.
«Porque
no sabía qué es verdad, concluye Kelsen, Pilato
llamó al pueblo y le pidió que decidiera; y, así,
en una sociedad democrática, es al pueblo a quien corresponde
decidir, y reina la tolerancia mutua, porque nadie sabe qué es verdad.»6
De lo dicho
podemos concluir que los aspectos principales de esta teoría
son:
a) La negación
de toda verdad absoluta como fundamento primario del sistema.
b) Un concepto
de tolerancia excluyente de todo aquel que adhiere firmemente
a lo que tiene por verdadero.
c) Por último,
del diálogo entre los que ignoran la verdad surge una especie
de común denominador mínimo: la "verdad" de consenso. De este modo, la verdad es reemplazada por la decisión
de la mayoría.
3.-
Crítica de esta visión desde una perspectiva cristiana.-
Desde un punto
de vista cristiano, es de toda evidencia que esta visión
relativista de la democracia adolece de graves fallas e inconsistencias.
Veamos con
algún detalle los diversos problemas que presenta:
3.1.- El
problema de la negación de la verdad.-
Juan Pablo
II nos da una visión global del problema y de sus raíces
al afirmar que «la crisis en torno a la verdad... coincide
con una ética individualista, para la cual cada
uno se encuentra ante su verdad, diversa de la verdad de los demás.
El individualismo, llevado a las extremas consecuencias, desemboca
en la negación de la idea misma de naturaleza humana.»7
Por su parte,
para Maritain, optar por dicha visión importa adherir a «una concepción suicida de la democracia:
la sociedad democrática que vive en el escepticismo se
condena a sí misma a entrar en un proceso de auto destrucción,
a partir del propio hecho de que, por una parte, ninguna sociedad
democrática puede vivir sin una creencia práctica
en esas verdades que son la libertad, la justicia, la ley y demás
principios democráticos, y, por otra, de que toda creencia
en esas cosas, que son objetiva e inalterablemente verdad, lo
mismo que toda verdad, será reducida a la nada por la ley
pre-asumida del escepticismo universal.»8
Frente a semejante
visión, y tomando como punto de partida la propia argumentación
de Kelsen, es de absoluta lógica que una visión
cristiana de la democracia tiene que comenzar por tomar bando
con Cristo y no con Pilato, esto es, debe dar testimonio de la
verdad, en lugar de dudar de la verdad.
De allí
que el humanismo cristiano parta de la afirmación necesaria
de la verdad, en general, como fundamento de la vida espiritual
y temporal de los seres humanos y, en particular, como fundamento
de la convivencia social y democrática.
En la comprobación
de este aserto debemos considerar tres aspectos principales:
a) El carácter
absoluto de la verdad.- Desde un punto de vista puramente
filosófico, la profunda confrontación en torno a
la verdad deriva de que, a diferencia de las filosofías
modernas que desconfían de las capacidades humanas
para alcanzar la realidad objetiva de que formamos parte ,
la filosofía cristiana se funda precisamente en el reconocimiento
y afirmación de la capacidad de la razón para alcanzar
lo real y verdadero.
Conforme a
esta perspectiva realista, y en palabras previamente citadas de
Juan Pablo II, «la verdad es el resultado... de la adecuación
del intelecto a la realidad objetiva». O sea, la verdad
no depende de consideraciones subjetivas desvinculadas de lo que
es y existe real y objetivamente.
De esto se
desprende que, como dice Maritain, «cualquier verdad,
en tanto que es verdad, es absoluta en su propia ámbito.»9
Esto mismo
lo afirma la Iglesia al decir que «de por sí,
toda verdad, incluso parcial, si es realmente verdad, se presenta
como universal. Lo que es verdad, debe ser verdad para todos y
siempre». (Juan Pablo II)10
A mayor abundamiento,
esto se ve confirmado por el 'principio de no contradicción',
formulado por Aristóteles, según el cual una cosa
no puede ser y no ser a la vez. Aplicado al caso, algo que es
verdad no puede ser así mismo falso.
b) La unidad
de la verdad.- Ya en el terreno de la fe cristiana, y en estrecha
relación con el punto anterior, el reconocimiento de la
unidad de la verdad es un aspecto fundamental de la doctrina cristiana.
Consiste en que lo que es verdad según la fe no puede ser
falso según la razón ni viceversa.
Este reconocimiento
de la unidad y armonía entre la fe y la razón es
uno de los grandes aportes de Santo Tomás de Aquino, tanto
al pensamiento filosófico, como a la propia visión
teológica de la Iglesia. Según él, «la
luz de la razón y la luz de la fe proceden ambas de Dios;
por tanto, no pueden contradecirse entre sí.» (Citado
por Juan Pablo II)11
De allí que la Iglesia sostenga que la «verdad, que Dios nos
revela en Jesucristo, no está en contraste con las verdades
que se alcanzan filosofando. Más bien los dos órdenes
de conocimiento conducen a la verdad en su plenitud.»
(Juan Pablo II)12
c) El carácter
ético de la política supone la verdad.- En el
orden práctico de la acción, «la política,
por muy amplia que sea en ella la parte del arte, necesariamente
es por su esencia una rama especial de la ética: porque
está ordenada hacia el bien común, el cual es un
bien esencialmente humano; un bien, no sólo material, sino
también y principalmente moral, y que supone la justicia
y pide ser durable». (Maritain)13
De ello se
sigue que la acción política también debe
fundarse ineludiblemente en la verdad, porque, como bien lo dice
Juan Pablo II, «si no existe una verdad última
la cual guía y orienta la acción política
entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser
instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una
democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo
visible o encubierto, como demuestra la historia.»14
Conforme a
lo dicho, los cristianos que adhieren a la concepción relativista
de la democracia, como no pueden negar la existencia de una verdad
absoluta de hacerlo no podrían llamarse cristianos
, se ven obligados a contradecir frontalmente la visión
cristiana de la verdad, mediante toda clase de artificios intelectuales.
Así, en unos casos, relegan a la verdad al ámbito
exclusivo de la fe, en la confianza de que así liberan
a la razón de toda exigencia absoluta, mientras que en
otros, le otorgan una significación tan amplia, asociándola
al amor de Cristo a todos los hombres, que la verdad pierde todo
carácter específico y exclusivo. En el fondo, lo
único que se busca es la comodidad de "creer"
como cristianos, sin perder la libertad de "pensar" como agnósticos.
3.2.- El
problema de la tolerancia excluyente.-
Como consecuencia
directa de la negación de la verdad, la democracia relativista
otorga a la tolerancia un carácter rayano en lo dogmático:
parte del supuesto que todo aquel que sustenta una concepción
absoluta, sea religiosa, filosófica o política,
no puede ser sino intolerante y anti-demócrata, porque
no se podría esperar de él que acepte una visión
diferente de la suya. Se da, pues, por descontado que la dinámica
interna de su propia visión absoluta lo inducirá
a imponerla a los demás por medios totalitarios.
De partida,
no puede ser más evidente que esta descalificación
de todo el que cree en la verdad es un atentado contra la dignidad
humana, pues constituye una violación flagrante de los
derechos inalienables de la persona, comenzando por la libertad
de pensamiento, de conciencia y de religión y de su consecuencia
necesaria: el derecho de expresión.
Con ello,
«el escepticismo demuestra ser tan intolerante como el
fanatismo en realidad, viene a ser el fanatismo de la duda».
(Maritain)15
Para el cristiano,
la tolerancia tiene un sentido absolutamente diferente. Maritain
lo presenta con su claridad habitual:
«Ya
se trate de un asunto de las ciencias, la metafísica o
la religión, el hombre que pregunta, al igual que Pilato,
¿qué es la verdad?, no es un hombre tolerante, sino
un traidor a la raza humana.
"Solamente
existe tolerancia real y genuina cuando un hombre está
firme y absolutamente convencido de una verdad, o de lo que él
cree que es verdad, y, al mismo tiempo, reconoce el derecho a
existir de aquellos que niegan esa verdad, que lo contradicen
y dicen lo que piensan. Y lo hace así, no porque crea que
aquellos estén libres de la verdad, sino porque entiende
que ellos sólo buscan la verdad a su manera, y porque también
respeta en ellos la naturaleza humana, la dignidad humana y los
recursos y las fuentes de la vida del intelecto y de la conciencia,
que los hace capaces, potencialmente, de alcanzar la verdad que
él mismo ama, si llega el día en que ellos también
logran verla.»16
Estas palabras
se ven confirmadas plenamente por Juan Pablo II, cuando afirma:
«Creer
en la posibilidad de conocer una verdad universalmente válida
no es en modo alguno fuente de intolerancia; al contrario, es
una condición necesaria para un diálogo sincero
y auténtico entre las personas.»17
3.3.- El
problema de las 'verdades' de consenso.-
Sin un sentido
auténtico de tolerancia, que respete la dignidad humana
y sus derechos inalienables, la democracia pasa a ser un sistema
aparente y, por ello, deshonesto e hipócrita, en el que
todos, cual más, cual menos, ocultan lo que realmente creen
o piensan, unos por simple estrategia, otros por el miedo de ser
tildados de sectarios e intolerantes, otros, en fin, porque han
caído a ese nivel en que lo único que importa es
la conveniencia propia.
En tal sistema,
como ya no es posible proponer soluciones que representen proyectos
de dimensión global que de antemano están
destinados a ser descalificados como absolutistas y totalitarios
, no queda más solución que reducirlo todo
a las meras aspiraciones populares dependientes de las circunstancias,
aspiraciones que todas las tendencias dicen representar.
Demás
está decir que, en tal clima vacío de principios
y de ideales, todo se reduce a la búsqueda de un 'común
denominador de consenso' en torno a los diagnósticos sociológicos,
económicos, estadísticos y de opinión, sin
que sea posible alcanzar realmente acuerdos de fondo que importen
soluciones estructurales, tanto materiales como intelectuales,
de los graves problemas que afectan la convivencia social.
De este modo,
la búsqueda del consenso pasa a ser «una carrera
hacia la mediocridad y la cobardía intelectuales, que debilita
los espíritus y traiciona los derechos de la verdad.»
(Maritain)18
En su esencia,
el mero acuerdo en el diagnóstico, sin caminos a seguir
todos ellos bloqueados por el sectarismo de la duda ,
es una fórmula sin futuro que sólo conduce a la
anarquía y, como consecuencia necesaria, expone a la democracia
a morir en la opresión.
«El
totalitarismo nace de la negación de la verdad en sentido
objetivo... Si no se reconoce la verdad trascendente, triunfa
la fuerza del poder, y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo
los medios de que dispone para imponer su propio interés
o la propia opinión, sin respetar los derechos de los demás...»
(Juan Pablo II)19 Así, a fin
de cuentas, todo se reduce a conseguir la mayoría.
Viendo a tantos
cristianos atrapados en semejante mediocridad y cobardía,
la pregunta de Maritain no puede ser más actual y dramática:
«¿Es
que los cristianos de ahora creen que el cristianismo no puede
ser vivido más que en el papel y que sus energías
se han agotado, de tal suerte que no sirven de nada en la tierra?»20
4.-
El verdadero sentido de la democracia.-
Desde una
perspectiva vitalmente cristiana, la democracia no puede basarse
en la duda y en la desconfianza. Por el contrario, supone un acuerdo
primario en esas verdades fundamentales que son los principios
democráticos.
En otras palabras,
los hombres de convicciones religiosas y metafísicas contrapuestas
pueden y deben procurar un acuerdo en una «misma 'filosofía'
democrática práctica', siempre que reverencien
análogamente, acaso por razones muy diferentes, la verdad
y la inteligencia, la dignidad humana, la libertad, el amor fraternal
y el valor absoluto del bien moral», puesto que «ninguna
sociedad puede vivir sin una inspiración fundamental común
y sin una fe común fundamental.» (Maritain)21
Desde luego
que es de absoluta necesidad prevenir y rechazar los afanes de
dominación ideológica de las tendencias extremistas. «Los que recuerdan las lecciones de la historia saben
que una sociedad democrática no debería ser una
sociedad desarmada, que los enemigos de la libertad puedan tranquilamente
conducir al matadero en nombre de la libertad.» (Maritain)22
Es de la mayor
importancia precisar de inmediato que semejante amenaza no puede
provenir del cristianismo, porque va contra su propia naturaleza
cualquier forma de imposición de la fe.
«La
Iglesia tampoco cierra los ojos ante el peligro del fanatismo
o fundamentalismo de quienes, en nombre de una ideología
con pretensiones de científica o religiosa, creen que pueden
imponer a los demás hombres su concepción de la
verdad y del bien.
«No
es de esta índole la verdad cristiana. Al no ser ideológica,
la fe cristiana no pretende encuadrar en un rígido esquema
la cambiante realidad sociopolítica y reconoce que la vida
del hombre se desarrolla en la historia en condiciones diversas
y no perfectas. La Iglesia, por tanto, al ratificar constantemente
la trascendente dignidad de la persona, utiliza como método
propio el respeto de la libertad.»
(Juan Pablo II)23
Así,
pues, la mejor manera de defender la democracia es luchar sin
descanso porque los hombres de ideas discrepantes sean libres
de participar honestamente conforme a lo que creen verdadero
según reglas del juego democrático comúnmente
establecidas y aceptadas , tanto en procura de sus ideales,
como en búsqueda de los criterios y principios prácticos
y de acción que les permitan colaborar en aras del bien
común.
Del mismo
modo, en este contexto auténticamente democrático,
los cristianos debemos asumir nuestras responsabilidades cívicas,
tanto respecto de las exigencias actuales del bien común,
como para luchar con todas nuestras energías en procura
del ideal histórico de una nueva cristiandad.
Conclusión.-
Concluyamos,
pues, con Maritain, en que «una vez que se ha rechazado
firmemente la idea altanera y superficial de que las divisiones
y oposiciones en el terreno especulativo harían imposible
un acuerdo y una cooperación práctica auténticas
y eficaces, y nos condenaría a guerras eternas o a subordinarlo
todo a la victoria de un credo filosófico o religioso sobre
todos los otros, se debe evitar un desvío en el sentido
contrario, el cual no sería menos catastrófico,
que consistiría en desconocer los derechos imprescriptibles
del orden especulativo, en otros términos, los derechos
de la verdad misma, la verdad que es superior a todo interés
humano.
«Podría
suceder que en nombre del acuerdo que se ha de realizar en el
plano de los principios prácticos y de la acción,
fuéramos tentados a descuidar u olvidar nuestras convicciones
especulativas, porque están en oposición entre sí,
o de atenuar, disimular o disfrazar su oposición haciendo
que el 'sí' y el 'no' se reconciliaran mintiendo
a lo que es por la linda cara de la fraternidad humana.
«No
sería solamente echar la verdad a los perros, sino echar
también a los perros la dignidad humana y nuestra suprema
razón de ser.
«Cuanto
más fraternizamos en el orden de los principios prácticos
y de la acción que hay que llevar adelante en común,
más deberemos endurecer las aristas de las convicciones
que nos enfrenta unos con otros en el orden especulativo y en
el plano de la verdad, que es la que debe ser servida ante todo.»24
NOTAS
1.
Encíclica 'Veritas Splendor', de Juan Pablo II.
1993. #84.
2.
Encíclica 'Fides et Ratio', de Juan Pablo II.
1998. #56.
3.
Jacques Maritain. 'The Philosopher in Society' ['El Filósofo
en la Sociedad']. Conferencia. Foro de la Escuela de Graduados
de la Universidad de Princeton, EE UU. Princeton University
Press. 1961. Página 8. (Traducción personal del
inglés).
4.
'The Philosopher in Society'. Página 7.
5.
'Fides et Ratio', #5.
6.
Jacques Maritain. 'Truth and Human Fellowship' ['La Verdad
y la Confraternidad Humana']. Conferencia. Foro de la Escuela
de Graduados de la Universidad de Princeton, EE UU. Princeton
University Press. 1957. Página 6. (Traducción
personal del inglés).
7.
'Veritas Splendor'. #32
8.
'Truth and Human Fellowship'. Página 5.
9.
'Truth and Human Fellowship'. Página 6.
10.
'Fides et Ratio', #27.
11.
'Fides et Ratio', #43.
12.
'Fides et Ratio', #34.
13.
Jacques Maritain. 'De Bergson a Santo Tomás' [1944].
Club de Lectores. Buenos Aires. 1967.Página 104.
14.
Encíclica 'Centessimus Annus', de Juan Pablo II.
1991. #46.
15.
'Truth and Human Fellowship'. Página 4.
16.
'Truth and Human Fellowship'. Página 11.
17.
'Fides et Ratio', 92.
18.
Jacques Maritain. 'Humanismo Integral'. [1936]. Ediciones
Carlos Lohlé. Buenos Aires - México. 1984. Página
131.
19.
'Centessimus Annus'. #44.
20.
'Humanismo Integral'. Página 217.
21.
Jacques Maritain. 'El Alcance de la Razón'. [1947].
Emecé Editores. Buenos Aires. 1959. Página 264.
22.
Jacques Maritain. 'El Hombre y el Estado' [1951] Fundación
Humanismo y Democracia y Ediciones Encuentro. Madrid. 1983.
Página 134.
23.
'Centessimus Annus'. #46.
24.
Jacques Maritain. 'El Campesino del Garona' [1967] Editorial
Española Desclée de Brouwer. Bilbao. 1967. Página
108.