DEMOCRACIA Y PLURALISMO

 

LOS CRISTIANOS FRENTE A LA ALTERNATIVA:
¿RELATIVISMO O VERDAD?

Angel Correa

 

(Este artículo fue publicado por la revista Política y Espíritu online a fines del 2004 y en la reaparición de su versión impresa en Enero del 2005)

ENLACES
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Democracia en filosofía de Maritain
Juan Manuel Burgos
'El Crepúsculo de la Civilización'
Prólogo de Eduardo Frei Montalva
El error de la educación
Pablo Plaza
Maritain y la Democracia Cristiana
José Ignacio Rasco
¿Relativismo o verdad?
Angel Correa
Pluralismo, cultura, reconocimiento
Wambert Gomes Di Lorenzo
Cultura en la sociedad plural
Carlos Alberto Scarponi

 

«La pregunta de Pilato: "¿Qué es la verdad?", emerge también hoy desde la triste perplejidad de un hombre que a menudo ya no sabe quién es, de dónde viene ni adónde va.» (Juan Pablo II)1


El tema de la verdad, si bien no parece ocupar los primeros planos en la intrincada selva del pensamiento moderno, está subyacente, bajo un signo de duda e incertidumbre, en todo cuanto interesa al espíritu o intelecto humano.

Para el mundo moderno, el centro de gravedad en este tema se ha desplazado desde la convicción, connatural en todos los seres humanos, de que existen cosas que son reales y verdaderas, hacia la aceptación de que no existe nada seguro, nada cierto, nada verdadero y que, consecuentemente, todo está sujeto a la duda y a la desconfianza sistemáticas.

Para quienes hemos asumido una definición política como demócratas y como cristianos, esta situación no puede sernos indiferente, puesto que, en clara contraposición a esta tendencia escéptica, nuestras principales raíces doctrinarias de 'inspiraciópn cristiana' – concretamente, la filosofía política de Jacques Maritain y la Doctrina Social de la Iglesia –, se fundan sin duda alguna en la certeza de la verdad.

A mi modo de entender, aquí está en juego la lealtad más elemental a los principios que decimos sustentar. Por ello, y a fin de evitar confusiones e interpretaciones en el tratamiento de tan delicado problema, procuraré fundar esta presentación en el pensamiento de Jacques Maritain, en el orden de la filosofía política, y en la Doctrina Social de la Iglesia, según sus más recientes pronunciamientos sobre la mentalidad relativista dominante en la sociedad contemporánea, recurriendo en ambos casos, tanto como sea necesario, a la transcripción directa de sus propias palabras.

 

1.- Origen de la desconfianza en la verdad.-

«En definitiva – nos dice Juan Pablo II –, se nota una difundida desconfianza hacia las afirmaciones globales y absolutas, sobre todo por parte de quienes consideran que la verdad es el resultado del consenso y no de la adecuación del intelecto a la realidad objetiva.»2

Éste no es un fenómeno reciente. Ya a mediados de siglo pasado Maritain lo reconocía en toda su magnitud.

«El mayor peligro que amenaza a las sociedades modernas es el debilitamiento del sentido de la Verdad. Por un lado, los hombres han alcanzado la costumbre de pensar en términos de estímulos y respuestas y de ajuste al medio ambiente; mientras que, por el otro, aparecen desconcertados por el modo en que las técnicas políticas de publicidad y propaganda usan las palabras y el lenguaje mismo, por lo que, al final, tienden a abandonar todo interés en la verdad: lo único que importa son los resultados prácticos, la mera verificación material de hechos y cifras, sin que exista una adhesión interna a ninguna verdad conocida.»3

Es importante considerar que ésta no es una situación surgida espontáneamente de la experiencia social. Todo lo contrario. Como bien lo afirma un viejo proverbio chino, «la acción sigue al pensamiento como la rueda de la carreta sigue a la pesuña del buey», queriendo significar que, según cuales sean los principios o criterios que usamos para pensar, así serán el carácter y el sentido de nuestras acciones. «Esa es la razón por la que los sistemas filosóficos, que no están dirigidos a ningún uso o aplicación prácticos, tienen un impacto tan grande en la historia humana.» (Maritain)4

En el caso de la verdad, la visión relativista proviene de un modo de "pensar" que responde a las concepciones filosóficas dominantes en la actualidad.

Para la Iglesia, la «filosofía moderna... en lugar de apoyarse sobre la capacidad que tiene el hombre para conocer la verdad, ha preferido destacar sus límites y condicionamientos.

«Ello ha derivado en varias formas de agnosticismo y de relativismo, que han llevado a la investigación filosófica a perderse en las arenas movedizas de un escepticismo general....

«La legítima pluralidad de posiciones ha dado paso a un pluralismo indiferenciado, basado en el convencimiento de que todas las posiciones son igualmente válidas. Este es uno de los síntomas más difundidos de la desconfianza en la verdad que es posible encontrar en el contexto actual.

«En efecto, se niega a la verdad su carácter exclusivo, partiendo del presupuesto de que se manifiesta de igual manera en diversas doctrinas, incluso contradictorias entre sí. En esta perspectiva, todo se reduce a opinión.» (Juan Pablo II)5

Este problema, en sí mismo gravísimo, se torna trágico al comprobar que la visión relativista, tan poderosa y extendida, ha hecho presa de muchos cristianos, que no parecen siquiera percatarse de que existe un problema de incompatibilidad entre tal modo de "pensar" dominante en la actualidad y el cristianismo. Ello, no obstante que dicha incompatibilidad es tan extrema que, en el hecho, corresponde fielmente a la que existió entre las posiciones de Cristo y Pilato.

 

2.- La democracia relativista inspirada en Poncio Pilato.-

La llamada teoría de la 'justificación relativista de la democracia', de general aceptación en nuestros tiempos, es obra del destacado jurista y filósofo del derecho checo, Hans Kelsen (1881 - 1973).

He aquí como Maritain nos presenta esta teoría:

«Es muy significativo que, para establecer su filosofía del orden temporal y mostrar que la democracia implica ignorancia, o bien duda, acerca de toda verdad absoluta, sea religiosa o metafísica, Kelsen haya recurrido a Pilato: de modo que al negarse a distinguir entre el justo y el injusto, y lavándose las manos, este juez deshonesto se ha convertido en el pomposo precursor de la democracia relativista.

«Kelsen cita el diálogo entre Jesús y Pilato – Juan, 18, 37, 38 –, en el que Jesús dice: «Yo doy testimonio de la verdad, y para esto he nacido y he venido al mundo», a lo que Pilato responde: «¿Y qué es la verdad?», luego de lo cual entrega a Jesús a la furia de la multitud.

«Porque no sabía qué es verdad, concluye Kelsen, Pilato llamó al pueblo y le pidió que decidiera; y, así, en una sociedad democrática, es al pueblo a quien corresponde decidir, y reina la tolerancia mutua, porque nadie sabe qué es verdad.»6

De lo dicho podemos concluir que los aspectos principales de esta teoría son:

a) La negación de toda verdad absoluta como fundamento primario del sistema.

b) Un concepto de tolerancia excluyente de todo aquel que adhiere firmemente a lo que tiene por verdadero.

c) Por último, del diálogo entre los que ignoran la verdad surge una especie de común denominador mínimo: la "verdad" de consenso. De este modo, la verdad es reemplazada por la decisión de la mayoría.

 

3.- Crítica de esta visión desde una perspectiva cristiana.-

Desde un punto de vista cristiano, es de toda evidencia que esta visión relativista de la democracia adolece de graves fallas e inconsistencias.

Veamos con algún detalle los diversos problemas que presenta:

3.1.- El problema de la negación de la verdad.-

Juan Pablo II nos da una visión global del problema y de sus raíces al afirmar que «la crisis en torno a la verdad... coincide con una ética individualista, para la cual cada uno se encuentra ante su verdad, diversa de la verdad de los demás. El individualismo, llevado a las extremas consecuencias, desemboca en la negación de la idea misma de naturaleza humana.»7

Por su parte, para Maritain, optar por dicha visión importa adherir a «una concepción suicida de la democracia: la sociedad democrática que vive en el escepticismo se condena a sí misma a entrar en un proceso de auto destrucción, a partir del propio hecho de que, por una parte, ninguna sociedad democrática puede vivir sin una creencia práctica en esas verdades que son la libertad, la justicia, la ley y demás principios democráticos, y, por otra, de que toda creencia en esas cosas, que son objetiva e inalterablemente verdad, lo mismo que toda verdad, será reducida a la nada por la ley pre-asumida del escepticismo universal.»8

Frente a semejante visión, y tomando como punto de partida la propia argumentación de Kelsen, es de absoluta lógica que una visión cristiana de la democracia tiene que comenzar por tomar bando con Cristo y no con Pilato, esto es, debe dar testimonio de la verdad, en lugar de dudar de la verdad.

De allí que el humanismo cristiano parta de la afirmación necesaria de la verdad, en general, como fundamento de la vida espiritual y temporal de los seres humanos y, en particular, como fundamento de la convivencia social y democrática.

En la comprobación de este aserto debemos considerar tres aspectos principales:

a) El carácter absoluto de la verdad.- Desde un punto de vista puramente filosófico, la profunda confrontación en torno a la verdad deriva de que, a diferencia de las filosofías modernas – que desconfían de las capacidades humanas para alcanzar la realidad objetiva de que formamos parte –, la filosofía cristiana se funda precisamente en el reconocimiento y afirmación de la capacidad de la razón para alcanzar lo real y verdadero.

Conforme a esta perspectiva realista, y en palabras previamente citadas de Juan Pablo II, «la verdad es el resultado... de la adecuación del intelecto a la realidad objetiva». O sea, la verdad no depende de consideraciones subjetivas desvinculadas de lo que es y existe real y objetivamente.

De esto se desprende que, como dice Maritain, «cualquier verdad, en tanto que es verdad, es absoluta en su propia ámbito.»9

Esto mismo lo afirma la Iglesia al decir que «de por sí, toda verdad, incluso parcial, si es realmente verdad, se presenta como universal. Lo que es verdad, debe ser verdad para todos y siempre». (Juan Pablo II)10

A mayor abundamiento, esto se ve confirmado por el 'principio de no contradicción', formulado por Aristóteles, según el cual una cosa no puede ser y no ser a la vez. Aplicado al caso, algo que es verdad no puede ser así mismo falso.

b) La unidad de la verdad.- Ya en el terreno de la fe cristiana, y en estrecha relación con el punto anterior, el reconocimiento de la unidad de la verdad es un aspecto fundamental de la doctrina cristiana. Consiste en que lo que es verdad según la fe no puede ser falso según la razón ni viceversa.

Este reconocimiento de la unidad y armonía entre la fe y la razón es uno de los grandes aportes de Santo Tomás de Aquino, tanto al pensamiento filosófico, como a la propia visión teológica de la Iglesia. Según él, «la luz de la razón y la luz de la fe proceden ambas de Dios; por tanto, no pueden contradecirse entre sí.» (Citado por Juan Pablo II)11

De allí que la Iglesia sostenga que la «verdad, que Dios nos revela en Jesucristo, no está en contraste con las verdades que se alcanzan filosofando. Más bien los dos órdenes de conocimiento conducen a la verdad en su plenitud.» (Juan Pablo II)12

c) El carácter ético de la política supone la verdad.- En el orden práctico de la acción, «la política, por muy amplia que sea en ella la parte del arte, necesariamente es por su esencia una rama especial de la ética: porque está ordenada hacia el bien común, el cual es un bien esencialmente humano; un bien, no sólo material, sino también y principalmente moral, y que supone la justicia y pide ser durable». (Maritain)13

De ello se sigue que la acción política también debe fundarse ineludiblemente en la verdad, porque, como bien lo dice Juan Pablo II, «si no existe una verdad última – la cual guía y orienta la acción política – entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia.»14

Conforme a lo dicho, los cristianos que adhieren a la concepción relativista de la democracia, como no pueden negar la existencia de una verdad absoluta – de hacerlo no podrían llamarse cristianos –, se ven obligados a contradecir frontalmente la visión cristiana de la verdad, mediante toda clase de artificios intelectuales. Así, en unos casos, relegan a la verdad al ámbito exclusivo de la fe, en la confianza de que así liberan a la razón de toda exigencia absoluta, mientras que en otros, le otorgan una significación tan amplia, asociándola al amor de Cristo a todos los hombres, que la verdad pierde todo carácter específico y exclusivo. En el fondo, lo único que se busca es la comodidad de "creer" como cristianos, sin perder la libertad de "pensar" como agnósticos.

3.2.- El problema de la tolerancia excluyente.-

Como consecuencia directa de la negación de la verdad, la democracia relativista otorga a la tolerancia un carácter rayano en lo dogmático: parte del supuesto que todo aquel que sustenta una concepción absoluta, sea religiosa, filosófica o política, no puede ser sino intolerante y anti-demócrata, porque no se podría esperar de él que acepte una visión diferente de la suya. Se da, pues, por descontado que la dinámica interna de su propia visión absoluta lo inducirá a imponerla a los demás por medios totalitarios.

De partida, no puede ser más evidente que esta descalificación de todo el que cree en la verdad es un atentado contra la dignidad humana, pues constituye una violación flagrante de los derechos inalienables de la persona, comenzando por la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión y de su consecuencia necesaria: el derecho de expresión.

Con ello, «el escepticismo demuestra ser tan intolerante como el fanatismo – en realidad, viene a ser el fanatismo de la duda». (Maritain)15

Para el cristiano, la tolerancia tiene un sentido absolutamente diferente. Maritain lo presenta con su claridad habitual:

«Ya se trate de un asunto de las ciencias, la metafísica o la religión, el hombre que pregunta, al igual que Pilato, ¿qué es la verdad?, no es un hombre tolerante, sino un traidor a la raza humana.

"Solamente existe tolerancia real y genuina cuando un hombre está firme y absolutamente convencido de una verdad, o de lo que él cree que es verdad, y, al mismo tiempo, reconoce el derecho a existir de aquellos que niegan esa verdad, que lo contradicen y dicen lo que piensan. Y lo hace así, no porque crea que aquellos estén libres de la verdad, sino porque entiende que ellos sólo buscan la verdad a su manera, y porque también respeta en ellos la naturaleza humana, la dignidad humana y los recursos y las fuentes de la vida del intelecto y de la conciencia, que los hace capaces, potencialmente, de alcanzar la verdad que él mismo ama, si llega el día en que ellos también logran verla.»16

Estas palabras se ven confirmadas plenamente por Juan Pablo II, cuando afirma:

«Creer en la posibilidad de conocer una verdad universalmente válida no es en modo alguno fuente de intolerancia; al contrario, es una condición necesaria para un diálogo sincero y auténtico entre las personas.»17

 

3.3.- El problema de las 'verdades' de consenso.-

Sin un sentido auténtico de tolerancia, que respete la dignidad humana y sus derechos inalienables, la democracia pasa a ser un sistema aparente y, por ello, deshonesto e hipócrita, en el que todos, cual más, cual menos, ocultan lo que realmente creen o piensan, unos por simple estrategia, otros por el miedo de ser tildados de sectarios e intolerantes, otros, en fin, porque han caído a ese nivel en que lo único que importa es la conveniencia propia.

En tal sistema, como ya no es posible proponer soluciones que representen proyectos de dimensión global – que de antemano están destinados a ser descalificados como absolutistas y totalitarios –, no queda más solución que reducirlo todo a las meras aspiraciones populares dependientes de las circunstancias, aspiraciones que todas las tendencias dicen representar.

Demás está decir que, en tal clima vacío de principios y de ideales, todo se reduce a la búsqueda de un 'común denominador de consenso' en torno a los diagnósticos sociológicos, económicos, estadísticos y de opinión, sin que sea posible alcanzar realmente acuerdos de fondo que importen soluciones estructurales, tanto materiales como intelectuales, de los graves problemas que afectan la convivencia social.

De este modo, la búsqueda del consenso pasa a ser «una carrera hacia la mediocridad y la cobardía intelectuales, que debilita los espíritus y traiciona los derechos de la verdad.» (Maritain)18

En su esencia, el mero acuerdo en el diagnóstico, sin caminos a seguir – todos ellos bloqueados por el sectarismo de la duda –, es una fórmula sin futuro que sólo conduce a la anarquía y, como consecuencia necesaria, expone a la democracia a morir en la opresión.

«El totalitarismo nace de la negación de la verdad en sentido objetivo... Si no se reconoce la verdad trascendente, triunfa la fuerza del poder, y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los medios de que dispone para imponer su propio interés o la propia opinión, sin respetar los derechos de los demás...» (Juan Pablo II)19 Así, a fin de cuentas, todo se reduce a conseguir la mayoría.

Viendo a tantos cristianos atrapados en semejante mediocridad y cobardía, la pregunta de Maritain no puede ser más actual y dramática:

«¿Es que los cristianos de ahora creen que el cristianismo no puede ser vivido más que en el papel y que sus energías se han agotado, de tal suerte que no sirven de nada en la tierra?»20

 

4.- El verdadero sentido de la democracia.-

Desde una perspectiva vitalmente cristiana, la democracia no puede basarse en la duda y en la desconfianza. Por el contrario, supone un acuerdo primario en esas verdades fundamentales que son los principios democráticos.

En otras palabras, los hombres de convicciones religiosas y metafísicas contrapuestas pueden y deben procurar un acuerdo en una «misma 'filosofía' democrática práctica', siempre que reverencien análogamente, acaso por razones muy diferentes, la verdad y la inteligencia, la dignidad humana, la libertad, el amor fraternal y el valor absoluto del bien moral», puesto que «ninguna sociedad puede vivir sin una inspiración fundamental común y sin una fe común fundamental.» (Maritain)21

Desde luego que es de absoluta necesidad prevenir y rechazar los afanes de dominación ideológica de las tendencias extremistas. «Los que recuerdan las lecciones de la historia saben que una sociedad democrática no debería ser una sociedad desarmada, que los enemigos de la libertad puedan tranquilamente conducir al matadero en nombre de la libertad.» (Maritain)22

Es de la mayor importancia precisar de inmediato que semejante amenaza no puede provenir del cristianismo, porque va contra su propia naturaleza cualquier forma de imposición de la fe.

«La Iglesia tampoco cierra los ojos ante el peligro del fanatismo o fundamentalismo de quienes, en nombre de una ideología con pretensiones de científica o religiosa, creen que pueden imponer a los demás hombres su concepción de la verdad y del bien.

«No es de esta índole la verdad cristiana. Al no ser ideológica, la fe cristiana no pretende encuadrar en un rígido esquema la cambiante realidad sociopolítica y reconoce que la vida del hombre se desarrolla en la historia en condiciones diversas y no perfectas. La Iglesia, por tanto, al ratificar constantemente la trascendente dignidad de la persona, utiliza como método propio el respeto de la libertad.» (Juan Pablo II)23

Así, pues, la mejor manera de defender la democracia es luchar sin descanso porque los hombres de ideas discrepantes sean libres de participar honestamente conforme a lo que creen verdadero – según reglas del juego democrático comúnmente establecidas y aceptadas –, tanto en procura de sus ideales, como en búsqueda de los criterios y principios prácticos y de acción que les permitan colaborar en aras del bien común.

Del mismo modo, en este contexto auténticamente democrático, los cristianos debemos asumir nuestras responsabilidades cívicas, tanto respecto de las exigencias actuales del bien común, como para luchar con todas nuestras energías en procura del ideal histórico de una nueva cristiandad.

 

Conclusión.-

Concluyamos, pues, con Maritain, en que «una vez que se ha rechazado firmemente la idea altanera y superficial de que las divisiones y oposiciones en el terreno especulativo harían imposible un acuerdo y una cooperación práctica auténticas y eficaces, y nos condenaría a guerras eternas o a subordinarlo todo a la victoria de un credo filosófico o religioso sobre todos los otros, se debe evitar un desvío en el sentido contrario, el cual no sería menos catastrófico, que consistiría en desconocer los derechos imprescriptibles del orden especulativo, en otros términos, los derechos de la verdad misma, la verdad que es superior a todo interés humano.

«Podría suceder que en nombre del acuerdo que se ha de realizar en el plano de los principios prácticos y de la acción, fuéramos tentados a descuidar u olvidar nuestras convicciones especulativas, porque están en oposición entre sí, o de atenuar, disimular o disfrazar su oposición haciendo que el 'sí' y el 'no' se reconciliaran – mintiendo a lo que es – por la linda cara de la fraternidad humana.

«No sería solamente echar la verdad a los perros, sino echar también a los perros la dignidad humana y nuestra suprema razón de ser.

«Cuanto más fraternizamos en el orden de los principios prácticos y de la acción que hay que llevar adelante en común, más deberemos endurecer las aristas de las convicciones que nos enfrenta unos con otros en el orden especulativo y en el plano de la verdad, que es la que debe ser servida ante todo.»24

 

 

NOTAS

1. Encíclica 'Veritas Splendor', de Juan Pablo II. 1993. #84.

2. Encíclica 'Fides et Ratio', de Juan Pablo II. 1998. #56.

3. Jacques Maritain. 'The Philosopher in Society' ['El Filósofo en la Sociedad']. Conferencia. Foro de la Escuela de Graduados de la Universidad de Princeton, EE UU. Princeton University Press. 1961. Página 8. (Traducción personal del inglés).

4. 'The Philosopher in Society'. Página 7.

5. 'Fides et Ratio', #5.

6. Jacques Maritain. 'Truth and Human Fellowship' ['La Verdad y la Confraternidad Humana']. Conferencia. Foro de la Escuela de Graduados de la Universidad de Princeton, EE UU. Princeton University Press. 1957. Página 6. (Traducción personal del inglés).

7. 'Veritas Splendor'. #32
8. 'Truth and Human Fellowship'. Página 5.
9. 'Truth and Human Fellowship'. Página 6.
10. 'Fides et Ratio', #27.
11. 'Fides et Ratio', #43.
12. 'Fides et Ratio', #34.
13. Jacques Maritain. 'De Bergson a Santo Tomás' [1944]. Club de Lectores. Buenos Aires. 1967.Página 104.
14. Encíclica 'Centessimus Annus', de Juan Pablo II. 1991. #46.
15. 'Truth and Human Fellowship'. Página 4.
16. 'Truth and Human Fellowship'. Página 11.
17. 'Fides et Ratio', 92.
18. Jacques Maritain. 'Humanismo Integral'. [1936]. Ediciones Carlos Lohlé. Buenos Aires - México. 1984. Página 131.
19. 'Centessimus Annus'. #44.
20. 'Humanismo Integral'. Página 217.
21. Jacques Maritain. 'El Alcance de la Razón'. [1947]. Emecé Editores. Buenos Aires. 1959. Página 264.
22. Jacques Maritain. 'El Hombre y el Estado' [1951] Fundación Humanismo y Democracia y Ediciones Encuentro. Madrid. 1983. Página 134.
23. 'Centessimus Annus'. #46.
24. Jacques Maritain. 'El Campesino del Garona' [1967] Editorial Española Desclée de Brouwer. Bilbao. 1967. Página 108.