En esta ola
incontenible de libros que nos invade desde todos los ángulos
no hay espacio ni siquiera para saber de muchos de ellos, y si
agregamos que las nuevas generaciones consideran que quienes escribieron
hace veinte o treinta años pertenecen a un pasado ya sin
vigencia, no es extraño que autores que gozaron de gran
reputación sean pronto olvidados. Sólo sobreviven
o renacen los que tienen real consistencia, y tal vez sea ésta
la mejor prueba de su valor, que no depende de la propaganda o
modas fugaces. Así está ocurriendo con Jacques Maritain,
cuya obra despierta renovado interés, especialmente en
la juventud, que al conocerla y estudiarla la siente más
actual de lo que muchos imaginaban, pues sus libros contienen
no sólo un análisis de las causas y raíces
de la crisis que sin duda afecta a la humanidad entera, sino que
aportan además una visión del porvenir.
Y ésa
ha sido precisamente la gran tarea del filósofo que se
hace más indispensable en un mundo cada vez más
confuso.
Podría
decirse, desde otro punto de vista, que en ninguna época
han existido simultáneamente una tan abrumadora cantidad
de información y una tan grande dificultad para saber lo
que realmente sucede.
El hombre
contemporáneo vive asediado por este flujo arrollador de
novedades que le vienen de todo el planeta, cuyo registro lo hace
aparecer como ilustrado, como si el acumularlas significara
conocimiento.
Toda esta
riqueza informativa no aumenta el saber. Es apenas un mosaico,
normalmente superficial, de sucesos insólitos o trágicos,
que no sólo se reflejan en diarios y revistas, sino que
frecuentemente aparecen también en una vasta producción
de ensayos y estudios que adoptan el lenguaje científico para describir los cambios en las condiciones materiales y en
diversos aspectos de la vida humana.
Estos cambios
se traducen hasta en el lenguaje, al cual se incorpora un vocabulario
hasta ayer desconocido y ahora insustituible para expresarlos,
pues esa nueva terminología no es la resultante de un artificio
sino que responde a la necesidad de caracterizar nuevos hechos,
factores y problemas hasta ayer inexistentes y por lo tanto innominados.
La ciencia
y los hechos nos colocan así ante nuevas situaciones que
trastornan los modelos de nuestra existencia y que nada tienen
que ver con lo que sucedía en el pasado reciente en que
aún no se vislumbraba el carácter y la dimensión
de los medios de que hoy dispone el hombre y de los cuales ahora
le sería difícil o imposible prescindir, pues se
han incorporado a nuestra forma de existencia o han hecho posible
empresas que no habrían sido concebibles sin ellos.
Los problemas
alcanzan así una dimensión planetaria que compromete
la vida de la especie y que, por tanto, no pueden considerarse
de una manera aislada.
En este flujo
de acontecimientos, en que cada día aparecen nuevos elementos
hasta ayer desconocidos, surgen con mayor validez, diríamos
con más angustiosa urgencia, las mismas preguntas. ¿Hacia
dónde nos conduce esta marea? ¿Es el hombre el que
la señorea o es simplemente arrastrado por ella sin saber
hacia qué destino?
Entidades
investigadoras diferentes, entre las cuales, por ejemplo, han
adquirido nombradía los informes del Hudson Institute,
el MIT y los principales centros universitarios, el Club de Roma,
Klu Sciencew Polity Researdi Unit of Sussex University, bucean
en el porvenir partiendo de aquellos nuevos datos y problemas
que saltan del laboratorio a la vida.
Muchos son,
pues, los que tratan de dar un respuesta describiendo lo que sucede
y lo que ocurrirá en un hipotético futuro, y tanto
es así que hasta se ha llegado a crear esta especialidad
llamada futurología, la cual trata de señalar,
como sabemos, los problemas de los cuales dependerá nuestra
existencia, como ser, entre otros, el crecimiento de la población,
los recursos naturales renovables o no, los alimentos, la contaminación,
la tecnología, etc. En una tierra que ha pasado a ser un
ámbito limitado es necesario saber si podemos dilapidar
o destruir el aire, el agua, la capa terrestre o los organismos
vivientes, o sea, la atmósfera, la hidrosfera, la litosfera,
la biosfera, que incluye la hominisfera, tal como en este nuevo
lenguaje se califican.
Hay, en consecuencia,
una tentativa para informar y alertar a todos los niveles sobre
lo que ocurrirá si continúa esta carrera al parecer
desatentada que sin ser muy visionarios nos llevaría al
abismo.
Podríamos
decir que Maritain pertenece a quienes intentan precisamente dar
un sentido y una respuesta que oriente y guíe en medio
de tanta confusión. Su tarea consiste en darles un significado
a las nuevas contingencias acumuladas. O, mejor dicho, tratar
de organizar la comprensión de los nuevos hechos en función
del hombre, para que en medio de esta enmarañada selva
encuentre un camino inteligible.
De esa manera
los cambios, los nuevos descubrimientos, las formas de una sociedad,
adquieren sentido para saber de dónde proceden y a dónde
conducen.
Ello es especialmente
importante, ya que en estos años se han recorrido distancias
que antes requerían siglos, como ocurre, por ejemplo, con
el problema de la población, que en menos de 100 años
ha crecido más que en los seis mil o un millón de
años anteriores.
A nadie puede
extrañar ahora que se diga que «nuestro mundo,
sin cesar más globalizado, necesita controlar o dominar
el futuro como consecuencia precisamente de esa globalización»;
pero también «a causa de los peligros y efectos
perversos inherentes al poder de la sociedad industrial, que por
eso mismo y por la complejidad de los problemas ha llegado a ser
más frágil y en razón de ello más
vulnerable». (The
Limits to Growth)
El hombre
en el pasado, al igual que hoy, se inquietaba por el futuro de
su alma que entraba en lo desconocido después de la muerte,
pero no se inquietaba por el futuro del mundo que lo rodeaba porque
éste había sido siempre igual para sus antepasados
y lo sería para sus hijos. Pisaba tierra firme. Hoy es
diferente. Este mundo no es igual al de sus padres, no es igual
al que vivió y sabe que el que está viviendo no
será igual al de mañana.
Le asiste
la certeza de que en este mismo momento, en lugares que no conoce
o en laboratorios que no imagina, están ocurriendo hechos
que pueden modificar su vida, envenenar su atmósfera, o
salvarlo de un mal hasta ayer incurable, o descubrir un arma que
disparada a millares de kilómetros en un conflicto que
no le atañe puede igualmente destruirlo.
Por eso le
obsesiona el futuro. Más aún cuando verifica que
día a día vivimos en un mundo más interdependiente,
más entrecruzado por una red cada día más
espesa, un mundo tan enormemente complejo en que el hombre ha
alcanzado tanto poder, pero que por complejo es tan frágil
y por frágil tan vulnerable.
Y esto es
manifiesto en cualquier área de la vida o del conocimiento.
Hace sólo
dos o tres decenios se había creído encontrar la
fórmula incluso matemática para medir el progreso
de una sociedad: la tasa de crecimiento anual, el monto del Producto
y del ingreso per cápita, ficción esta última
que aparentemente supone su reparto no sólo equitativo
sino igual.
Hoy, sin embargo,
muchas de esas nociones son discutidas o negadas. Ya el desarrollo
no equivale al crecimiento y tampoco se le considera un bien en
sí, sino que, para muchos, la forma en que se procede es
un peligro, porque las mismas cifras, las mismas estadísticas,
revelan ahora matemáticamente que ese desarrollo se realiza
a costa de una terrible explotación y desigualdad y de
un desenfrenado uso y abuso, por unos pocos, de bienes que son
patrimonio de la humanidad entera.
Por otra parte
surge la pregunta hacia dónde conduce este desarrollo exponencial
e ilimitado sin ninguna organicidad. Si por ejemplo una economía,
como lo afirman diversos informes, se desarrolla a un ritmo del
5% anual, llegaría al final del próximo siglo a
un nivel 500 veces (o sea 50.000%) más elevado que su nivel
actual. Todo esto nos lleva a la conclusión de que el crecimiento
por el crecimiento no puede continuar indefinidamente.
Tampoco ha
resultado verdadero que las ciencias hubieran llegado a permitir
conocer con exactitud las leyes que rigen la economía y
que ya las crisis eran cosa del pasado; y tampoco ha resultado
tan simple la clasificación de países desarrollados
y subdesarrollados, porque no es lo mismo ser superpotencia que
potencia, y no son lo mismo en el Tercer Mundo los países
pobres-millonarios de la OPEP o los que pertenecen a la clase
media latinoamericana, o los que forman parte del Cuarto Mundo,
con standards de irremediable pauperismo, en el cual viven algunos
centenares de millones de seres.
Parece que
todo esto ocurriera de modo igual que en el mundo de las drogas,
que recién descubiertas parecen insuperables, y que poco
después se denuncian como altamente perniciosas o con efectos
secundarios más graves que el mal que curan.
Por eso el
hombre contemporáneo está angustiado a la espera
de respuestas que le den alguna luz y alguna esperanza, cuando
tiene tiempo para pensar y no ha sido masificado hasta la pérdida
de la conciencia.
Nunca como
hoy el mundo necesita filósofos, amantes de la sabiduría,
que vean más allá de la turbulencia apresurada y
sepan penetrar y distinguir los por qué y hacia dónde.
En el fondo
siguen presentes las viejas y elementales preguntas sobre el origen
y el destino del hombre, y según sean las ideas así
serán también las respuestas que se expresen en
la vida y se traduzcan en las formas sociales.
Maritain nos
da su respuesta en un sistema coherente de pensamiento que trasciende
toda su obra y que como un hilo lógico e inflexible aparece
en Humanismo Integral, en la Carta
sobre la Independencia, Cristianismo y Democracia,
El Hombre y el Estado, Del Régimen
Temporal y de la Libertad y Democracia, Para
una Filosofía de la Historia, El Campesino
del Garona, o en ésta, El Crepúsculo
de la Civilización, que es una breve exposición
de su pensamiento escrito el año 1939.
Naturalmente
en el presente libro el autor se refiere a un momento muy determinado
en que se ha desencadenado la guerra y Francia ha sido momentáneamente
ocupada; los racistas están en su apogeo y los comunistas
llegarán a ser sus aliados para convertirse después
en sus enemigos. Sin embargo, prescindiendo de las referencias
propias de la época en que fue escrito, se puede comprobar
que su interpretación no sólo es válida hoy,
sino que bajo distintas formas esta civilización, cuyo
crepúsculo anuncia, está sometida a idénticas
o peores amenazas. Y tal vez por ello este opúsculo tiene
aún mayor interés, porque encierra una profunda
enseñanza.
En esos años
ya Maritain se preguntaba si esta civilización occidental
estaba en una situación desesperada, y al responder rechazaba
por igual la actitud de los «optimistas profesionales»
como el «pesimismo de los fatalistas». Su salvación
o su ruina dependían de si se realizaba «un esfuerzo
tenaz y difícil, pero no imposible, de la libertad del
hombre y de sus energías espirituales». En cambio,
la situación sería realmente desesperada, por lo
menos en el porvenir inmediato, si los hombres y las naciones
que conocen el precio de la libertad no estuvieran dispuestos
a ese esfuerzo, que él no titubeaba en calificar de «heroico».
Este esfuerzo
lo ve a través de una concepción humanista; pero
no de cualquier humanismo, sino de un humanismo integral que «en
nuestra edad histórica es el único capaz de remediar
los males que sufre el mundo», y cuya proyección
actual debe caracterizarse por dos rasgos esenciales.
El primero,
los esfuerzos no deben limitarse a la cultura del hombre de bibliotecas,
o sea, no ser elitistas, sino que deben llegar a todos los hombres
y hacer realidad su derecho a los medios necesarios de existencia
y a la vida del espíritu, pues «el problema de
las masas está definitivamente planteado en nuestro tiempo».
«La
solución totalitaria según el filósofo
tomista al especular con la miseria natural de los seres
humanos, tratará de hacer de ellos instrumentos bien dirigidos
por técnicos socialistas - enormes muchedumbres ilusionadas,
estandarizadas, envenenadas de mentiras - para convertirse en
esclavos que se creerán felices». ('El Crepúsculo
de la Civilización')
El humanismo
cristiano, en vez de masificar al hombre, es decir, borrar todo
lo que éste tiene de personal, trata de abrirle un camino
hacia una libertad creadora, digna de su vocación y de
su dignidad.
La otra característica
del significado social de este humanismo es que debe «asumir
una tarea de transformación profunda en el orden temporal
que tiende a substituir una civilización mercantil y una
economía fundada en la fecundidad del dinero, no por una
economía colectivista, sino por una civilización
y una economía 'personalista' donde brille el resplandor
temporal de las verdades evangélicas. Esta tarea sólo
será viable si está fundada en una renovación
profunda de la conciencia religiosa». ('El Crepúsculo
de la Civilización')
Después
de 36 años que este pequeño libro fuera escrito
cabe preguntarse si, ya se han cumplido las condiciones que señalaba
Maritain para que este esfuerzo pudiera realmente salvar esta
civilización.
Sin duda la
respuesta no puede ser positiva.
Por una parte,
es cada vez más evidente cómo se ha hecho de las
masas instrumentos bien dirigidos hacia una mayor esclavitud en
economías colectivistas y Estados totalitarios, de cuya
burocracia hasta Lenin sentía temor antes de su muerte;
y por otra, se ha acentuado la existencia de una civilización
mercantil y de una economía fundada en la fecundidad del
dinero, que ahora adquiere nuevos contornos en las llamadas sociedades
de consumo, caracterizadas por el crecimiento vertiginoso de la
producción y la demanda de bienes no sólo esenciales
para la vida, sino también cada vez más sofisticados
y suntuarios para satisfacer el ansia de lucro y multiplicar el
dinero.
Esta sociedad
de consumo que podría tener su justificación como
liberadora de la servidumbre material a que está sometido
el hombre, y que en un sentido y aplicación racional indudablemente
lo es, pues pone en sus manos instrumentos que lo sirven y le
facilitan su existencia, se ha convertido en una excitación
de apetitos cada vez más refinados cuya satisfacción
lleva a un inimaginado derroche que está agotando los recursos
naturales de que dispone el planeta, hasta el límite de
su destrucción, en beneficio de una parte reducida de la
población mundial y a expensas del capital básico
de la humanidad entera y de la miseria de grandes extensiones
geográficas y humanas.
Así
la economía mercantil y la sociedad de consumo han conducido
a una explotación a veces aún más intensa
que en la época colonial de los países subdesarrollados,
y que llega hasta agotar las reservas mismas de que disponen para
vivir o sobrevivir.
La economía
colectivista, por su parte, ha acentuado el proceso de masificación
y creado pueblos cuyo objetivo es la conquista de superiores standards
de vida, sobre la base de enormes sacrificios pagando por ellos
el precio de la libertad personal, de la ninguna participación
organizada, de la carencia de expresión libre y de todos
los derechos que hacen decorosa la existencia. Y todo esto sin
demostrar aún que se ha logrado más eficiencia en
la operación de la economía.
Singularmente,
por al parecer extraña paradoja, ambas sociedades comienzan
a mostrar similares características; caminan hacia una
masificación estandarizada; están dirigidas para
construir con mayor o menor rapidez sociedades de consumo; y ambas
en su culminación de superpotencias, tienden a semejarse
en el poder que detenta el complejo militar-industrial-tecnológico.
Se ha acentuado,
pues, justamente lo contrario de todo lo que Maritain señala
como las condiciones para obtener éxito en el esfuerzo
casi desesperado por salvar esta civilización.
El crepúsculo
que se veía en 1939 se está convirtiendo en noche.
Al menos nadie duda de que esta civilización se encuentra
hoy en profunda crisis, y si en 1939 sus síntomas estaban
alumbrados por el rojizo resplandor de la guerra y de la agresión
nazi-fascista, hoy se puede observar, sin ese fondo dramático,
una desintegración más fría y más
honda.
Con razón
Hugh Trevor Ropert señalaba que el hombre europeo discurre
que está viviendo un período no de prosperidad sino
de declinación, y «está particularmente
dispuesto a pensar cuando las superpotencias parecen cubrir con
su sombra los divididos países de Europa, y un nuevo despotismo
basado en tecnologías masivas amenaza destruir aquellas
libertades de las cuales Europa se enorgullece haber descubierto».
Tal como lo
anuncia el filósofo francés, esa crisis también
trasciende al mundo colectivista, y ya es imposible ahogar la
voz de quienes luchan por la libertad personal y resisten al Poder
omnipotente. Ya no se trata sólo de un escritor como Solzhenitsyn
o un científico como Sakharov, sino de una pléyade
incontable de escritores, profesores, historiadores, poetas, músicos,
pintores e intelectuales, en general que lanzan un desafío
verdaderamente heroico y dan el más sorprendente testimonio
de que el ser humano oprimido es capaz de resistir a costa de
cualquier riesgo y desafiar las más refinadas presiones.
Ellos son la manifestación del espíritu no encadenado
capaz de abrir paso a la esperanza.
Una gran zona
de cobardía encubierta entre escritores, periodistas y
políticos de Occidente ha pretendido ignorar aquel testimonio
que les perturba la conciencia y la digestión. Les molesta
la presencia de estos representantes de la intelligentsia que no se someten y que luchan acorralados y solitarios. Tampoco
faltan quienes junto con aplaudirlos y condenar las cárceles
de los Estados totalitarios comunistas, callan oprobiosamente
que, cuando hablan contra la represión colectivista y totalitaria,
o recuerdan los campamentos del Archipiélago de Gulag,
están también hablando contra las islas de este
mismo archipiélago situadas no sólo en un determinado
territorio de un determinado país, sino además en
todos los lugares geográficos del mundo donde la libertad
ha muerto y donde un hombre es oprimido, por sus ideas. En el
pensamiento de Maritain todas estas desviaciones tienen su origen
en último término en una determinada concepción
del hombre.
En la filosofía
de Maritain todo esto responde a una falsa impresión del
ser humano, limitado a su solo ser temporal, sin ningún
valor que esté sobre su naturaleza (sobrenatural) y que
en consecuencia lo trascienda, porque todo humanismo está amenazado por la «veleidad de definirlo como una exclusión
de toda ordenación a lo sobrehumano y como abjuración
de toda trascendencia».
Al formular
esta concepción teórica no la limita al puro orden
especulativo sino que la traduce siempre en una praxis hacia la
vida, y por eso han llegado a llamarlo «pensador político
más que un puro filósofo de la política».
No es ésta
sin duda una novedad. Hombres como Descartes o Rousseau, como
Hegel o Marx o Nietzsche, son los que junto con crear o recrear
sistemas ideológicos han también engendrado los
mayores movimientos históricos de nuestro tiempo, tal como
otros los idearon y engendraron en el pasado.
La concepción
antropológica del hombre significa por una parte no sólo
su afirmación sino también su «negación,
rebasamiento, separación».
Esto origina
un proceso histórico en el cuál Giorgio Camparini
ha señalado, para los últimos siglos, cinco etapas
básicas: la escisión entre moral y política
(Maquiavelo, comienzos del siglo XVI); la dicotomía entre
la conciencia religiosa y la conciencia civil (Lutero, siglo XVI);
la omnipotencia de la voluntad general mayoritaria y a través
del Estado (Rousseau, siglo XVIII); la identificación de
"valores" y "éxitos" en la absolutización
de la Historia (Hegel, comienzos siglo XIX); y la disolución
de la persona en la clase y en el Estado (Marx, segunda mitad
siglo XIX).
Es a través
de este análisis que Maritain se plantea el compromiso
del cristiano con lo temporal, y se enfrenta con el totalitarismo,
cualquiera sea su color, es decir, con el absolutismo.
Ningún
peligro más grave para el Humanismo que el endiosamiento
de un hombre. No hay Dios, los derechos no nacen sólo de
la voluntad de la mayoría, la verdad no nace sólo
de la razón. Estas premisas que, bien entendidas, deben
liberarlo, lo llevan, por sus desviaciones, precisamente a toda
clase de servilismos.
Si las mayorías
son el origen exclusivo de todo Derecho, no hay nada estable que
se les pueda oponer, y el individuo que conforma esas mayorías
- con mayor razón las minorías -, es apenas una
partícula transitoria de una masa colectiva que por su
propia gravedad física es lo que permanece y que se expresa
en el Estado que en forma constante la expresa.
Ha nacido
así un Contra-Humanismo. «Voces terribles nos dice Maritain se elevan en el hombre y gritan: "Basta ya de optimismo falaz y de moralidades ilusorias,
basta ya de idealismo que nos mata, que niega el mal y la desgracia
y que nos arrebata el medio de luchar contra ellos. ¡Volvamos
a la gran fecundidad espiritual del abismo, del absurdo y de la
ética de la desesperación! Pobre Nietzsche».
«La
voz en verdad terrible, la voz fatal no es la voz de Nietzsche:
es la voz de esta multitud mediocre y chata, cuya chatez, mediocridad
y futileza son como signos apocalípticos, y que esparce
a los vientos del mundo - bajo la forma del culto a la guerra
(de la guerra misma o de su sombra pavorosa y fecunda en beneficios),
o bajo la forma del culto a la raza o a la sangre - el evangelio
del odio a la razón».
('El Crepúsculo de la Civilización')
Para Maritain,
en los años treinta, esta concepción teórica
aberrante se traducía en que el super-hombre anunciado «dirige su danza a través de los campos de concentración,
en los nuevos ghettos donde millares de judíos y políticos
sospechosos son condenados a una muerte lenta, por las ciudades
bombardeadas de China y España, en la Europa locamente
armada. Nietzsche no vio que los hombres sólo tienen dos
caminos para escoger; el del calvario o el de la matanza».
¿Qué
habría dicho hoy si cuando escribió sobre el Evangelio
del Odio a la Razón era aquél todavía un
esbozo del que se está viviendo en este mismo instante?
Muchos alimentaron
la creencia de que la terrible experiencia de la guerra sería
una lección suficiente. Pero ninguna de las causas que
habían desencadenado el anti-humanismo han sido removidas
ni cuestionadas posteriormente. El egoísmo, el odio, el
apetito de Poder, siguieron su curso y hoy nos encontramos abocados
una vez más, a decisiones de las cuales ya no pende el
destino de una nación sino la suerte de la Humanidad entera.
La posibilidad
de destrucción es ahora aún más manifiesta
con las armas nucleares y biológicas, la división
es cada día más profunda entre los pueblos que llaman
desarrollados y los cerca de mil millones de seres humanos hambrientos.
El consenso mínimo y la aceptación común
de algunos valores éticos que hacen posible la convivencia
sin la cual la democracia no pueden existir se han roto. Grupos
cada vez más extensos han erigido la violencia como demostración
de odio y afán de destrucción; sectores de la juventud
se rebelan contra el orden establecido, cuando no llevan muchas
veces su protesta hasta su propia autodestrucción.
Asistimos
también como dice Maritain a otro espectáculo: «el de una continuación, agravación y exasperación
del humanismo antropocéntrico en la dirección de
las esperanzas racionalistas, continuadas ahora no solamente como
religión filosófica sino también como religión
vivida».
«Así nos enfrentamos con el marxismo. Marx trasmutó
el hegelianismo, pero permaneció hasta tal punto racionalista
que el movimiento de la materia es para él un movimiento
dialéctico. En el materialismo marxista no existen los
instintos irracionales ni la mística biológica.
La razón decapita a la razón...»
«La
creencia de que la salvación del hombre está en
él mismo, cumple su ciclo. En este destino que es mera
y exclusivamente temporal, la salvación tiene lugar naturalmente
sin Dios, ya que el hombre no está ni obra sino a condición
de que Dios no exista y aún contra Dios, es decir, contra
todo lo que en el hombre y en el medio humano es la imagen de
Dios».
«Es
una posición que todavía se declara humanista, pero
que es radicalmente atea y por lo mismo destruye la realidad del
humanismo que teóricamente profesa. La manera cómo
la dialéctica revolucionaria materialista se ha impuesto,
y de cómo ella ha vivido desde hace veinte años
en el país que conquistó, ha eliminado en ellos
por todos los medios la conciencia moral al servicio de su finalidad,
y perseguido, internado en los campos de concentración
y condenado a muerte a millares y millares de sospechosos, es
suficiente para convencemos sobre este capítulo».
('El Crepúsculo de la Civilización')
Cuando escribió
estas páginas el año 1939 no se conocían
en todas sus dimensiones el Archipiélago de Gulag y Stalin
no había realizado las purgas posteriores a la guerra.
Maritain pensaba
que sólo un esfuerzo heroico podría contener los
demonios desatados en nombre de la raza, de la clase, de los nacionalismos
exacerbados, del odio.
Estamos viendo,
sin embargo, que arrecian en unos a través de la mística
colectivista, y en otros, que siempre han preferido cambiar la
libertad por la seguridad y la justicia por el orden, entendiendo
por ello "su" seguridad, y el orden que les garantice
"sus" ventajas. Todo ello lo cubren, para vestir su
desnudez ideológica, con el rostro corporativo o con una
mística nacionalista, que no es precisamente el amor a
la Patria bien entendido.
No ha mucho,
en un libro que es un verdadero testamento político, un
ex Presidente de Francia escribió antes de morir algo que
vale la pena se recuerde:
«Esta
evolución paralela a la que hemos asistido de la anarquía
en las costumbres y del crecimiento ilimitado del poder estatal...
lleva en sí misma un peligro inmenso en el cual podemos
caer de dos maneras opuestas: sea si prevalece la anarquía
que, destruye rápidamente las bases de todo progreso y
que desembocará fatalmente en un totalitarismo de izquierda
o de derecha; sea llevando directamente hacia la solución
totalitaria, El peligro no es ilusorio».
«...
Hemos llegado a un punto extremo, donde será necesario
sin duda alguna poner fin a las especulaciones y recrear un orden
social. Alguien cortará el nudo gordiano. La cuestión
es saber si será imponiendo una disciplina democrática,
garantía de las libertades, o si algún hombre fuerte
y con casco lo cortará con la espada de Alejandro. El fascismo
no es muy improbable y aun lo creo más cercano que el mismo
totalitarismo comunista». «Nos corresponde saber si
estamos preparados para evitarlo y resistir las utopías
y los demonios de la destrucción. 'Yo no soy bueno ni para
tirano ni para esclavo -decía Chateaubriand-. Yo deseo
que los dirigentes y ciudadanos de este país estén
compenetrados por esta máxima».
Y cosa curiosa.
Este mismo ex Presidente, al parecer tan lejano del pensamiento
de Maritain, afirmaba que «cuando se hayan destruido
todas las creencias, se haya inculcado el rechazo a todo orden
social y a toda autoridad sin proponer nada en cambio, ya nada
servirá en presencia de una humanidad desorientada y entregada
ineluctablemente a la dominación de las fuerzas más
ciegamente brutales».
«Dios
ha muerto. A menudo en la historia este grito ya ha sido lanzado,
y cada vez la humanidad ha reencontrado el camino de la fe, casi
siempre a través de los sufrimientos y de las matanzas.
Desde el punto de vista estrictamente social y humano, al que
me refiero, la fe tiene un inmenso valor: no para adormecer al
pueblo, como algunos dicen, ni para facilitar su sumisión,
sino para evitar a la humanidad las tentaciones extremas del orgullo;
la convicción de que existe un poder que se impone a los
hombres, constituye para ellos y para quienes los dirigen una
suerte de salvaguardia, tanto más útil cuanto los
medios de que hoy disponemos son más terroríficos».
(Georges Pompidou, Le Nude Gordien)
Precisamente
la crisis a la cual asistimos, este crepúsculo que va oscureciendo,
no es sino la resultante lógica de las ideas y las fuerzas
que han seguido operando después del conflicto mundial
y que hoy adquieren mayor profundidad que antes.
A través
de la lectura de este pequeño libro, que pudiera ser un
esquema o síntesis del pensamiento maritainiano, trasciende
que no debería extrañarnos que así ocurriera.
Lo milagroso sería que sucediera lo contrario.
No obstante,
el proceso histórico mundial tiene otro ingrediente ya
tantas veces señalado que casi resulta innecesario repetirlo.
Este crepúsculo
de un tipo de civilización y el crecimiento amenazador
de los extremos que la ahogan, convergen con el hecho de que el
hombre se encuentra ante situaciones nuevas y desconocidas que
lo obligan a repensar los términos en los cuales hasta
ahora organizó su vida social y su convivencia colectiva;
y sin caer en ningún tipo falaz de estructuralismo, no
hay duda de que al revisar sus ideas debe proyectar y crear las
nuevas instituciones que hagan posible un nuevo orden social.
Los desajustes
sobrevenidos en un mundo organizado para sociedades industriales
de carácter nacional, de imperios coloniales, es diferente
al mundo planetizado, con ciento cincuenta Estados soberanos pero
tan interdependientes que no pueden subsistir aislados, para los
cuales hoy es más importante o igualmente
la transferencia de tecnologías y de conocimientos que
de capitales. A veces no son aún capaces de saber escogerlas,
adaptarlas y utilizarlas, y están penetrados por empresas
transnacionales, digamos de paso más poderosas que algunos
de ellos, y manifestación inescapable de una nueva realidad
mundial.
Todo este
conjunto de hechos es más fuerte que las revoluciones políticas,
porque está cambiando la base sobre la cual los sistemas
mismos funcionaban, y deja como obsoletas ideas y procedimientos
hasta ayer no más válidos.
Esta convergencia
de la necesidad de cambios, por una parte, y por otra, las consecuencias
de ideologías que proyectan una visión deshumanizada
del hombre, nos da la medida de esta crucial coyuntura a que se
ve abocada, ya no una nación o un continente, sino la humanidad
entera.
La desorientación inherente a todos los grandes "tournants"
de la historia es ahora mucho mayor, y mayor también la
tentación de renegar de la libertad.
Cuando el
hombre se siente desamparado y en peligro ante fuerzas que no
domina, su primera reacción es buscar quien lo "proteja".
Los riesgos de la libertad lo abruman. En este "sálvese
quien pueda" es esta última lo primero que intenta
lanzar por la borda. A ese precio cree salvar la vida, para descubrir
con el tiempo que ha perdido estérilmente su alma y su
dignidad.
Toda la historia
humana es un constante vaivén de avances y retrocesos.
Cuando el hombre se somete para asegurar el presente, siempre
ha retrocedido; cuando asume el riesgo de la libertad, siempre
ha avanzado en un sentido profundo e irreversible.
Pero la libertad
no es la facilidad ni la anarquía, Es la mayor exigencia
de responsabilidad que el hombre conoce. Quien quiera gozar de
sus beneficios y es incapaz de asumir sus exigencias, quiebra
el resorte interior que la sostiene. Por eso muchas veces las
dictaduras no son sino la consecuencia fatal del derrumbe de las
mínimas condiciones morales para que pueda subsistir.
Interrogado
Solzhenitsyn al ser elegido como el hombre del año 1975
por la revista Le Point respecto a las perspectivas de la libertad
en el mundo y en Occidente, contestaba a su interlocutor:
«Ustedes
han olvidado el sentido de la libertad. Cuando Europa la conquistó
en el siglo XVIII, ésta era una noción sagrada,
directamente salida del viejo mundo religioso que ella al mismo
tiempo negaba y continuaba. La libertad no podía ser disociada
de su finalidad, que es justamente la exaltación del hombre.
Su función era hacer posible que esos valores emergieran
y por eso se afirmaba sobre la virtud y el heroísmo. Esto
es lo que ustedes han olvidado. El tiempo ha cambiado la noción
de la libertad. Uds. han conservado la palabra, pero han fabricado
una noción diferente: una pequeña libertad que no
es sino una caricatura; una libertad sin obligaciones y sin responsabilidad,
que se transforma en el goce de ciertos bienes. Nadie está
dispuesto a morir por ella. Esta libertad que para nosotros es
todavía la pequeña llama que aclara nuestra noche,
ha llegado a ser para ustedes una realidad empequeñecida
y a veces decepcionante, porque está llena de oropel, de
riqueza y de vacío.
«Ahora
han entrado en la era del cálculo. Por este fantasma de
la antigua libertad Uds. no son capaces de ningún sacrificio,
solamente de llegar a compromisos. No importa abandonar a cualquier
país lejano siempre que la felicidad donde ustedes ponen
sus pies continúe, aunque sea por algún tiempo...
«Ninguna
combinación política, ninguna combinación
militar podría salvarlos. La voluntad interior es más
importante que la política...
«Uds.
hablan de que este mundo de hoy es un mundo duro. Pero Uds. no
lo piensan. En el fondo de Uds. mismos piensan que la libertad
se adquiere una vez y para siempre, y por eso se dan el lujo de
despreciarla...»
Cerca de cuarenta
años después de escrito El Crepúsculo
de la Civilización, este hombre llegado a la
fe cristiana igual que el filósofo, nos advierte del riesgo
inminente que corre la existencia de esta civilización.
No es seguramente
la primera vez que una civilización llega a su crepúsculo
y entra en una crisis, pero nada ha logrado detener la marcha
de progreso del hombre a través de la historia. El problema
es saber si ese heroico esfuerzo de que hablaba Maritain en 1939
aún es posible. No dudamos que sí, a condición
que se reúnan precisamente esas dos condiciones: ser esforzado
y heroico.
Para él,
esta respuesta, que es el humanismo integral, se funda en una
concepción del hombre cuyo destino trasciende su propia
naturaleza y por lo mismo no hay nadie que pueda negarle la posibilidad
de realizarlo, y es la democracia el régimen que mejor
garantiza el ejercicio de los derechos de la persona en función
de su pleno desenvolvimiento y la que mejor la defiende de cualquier
arbitrariedad.
A la luz de
estas ideas es aún más comprensible su afirmación
en el sentido de que «la democracia es una organización
racional de las libertades fundada en la ley».
«Desde
este punto de vista podemos apreciar la crítica importancia
de la supervivencia y mejoramiento de la democracia para la evolución
y el destino terrenal de la humanidad. Con la democracia ha iniciado
la humanidad el único camino auténtico, o sea, el
de la racionalización moral de la vida política;
en otros términos: el camino hacia la más elevada
realización terrestre de que sea capaz el hombre en este
mundo».
«Las
democracias llevan en un frágil buque la esperanza terrena,
diría también la esperanza biológica, de
la humanidad. Y desde luego que el buque es frágil. Por
supuesto que nos hallamos en los primeros pasos de este proceso.
Desde luego, hemos pagado y seguimos pagando excesivamente por
los graves errores y las fallas morales. La democracia puede ser
tosca, torpe, defectuosa. Quizás merezca los severos juicios
emitidos sobre sus capacidades... Sin embargo, la democracia es
el único camino por el que deben pasar las energías
progresivas de la historia humana».
«Por
lo mismo, podemos también apreciar la responsabilidad que
pesa sobre la democracia. Podemos advertir la importancia única,
dramática, del problema del fin y los medios para la democracia.
En el proceso de racionalización moral de la vida política,
los medios han de ser necesariamente morales. El fin, para la
democracia, es tanto la libertad como la justicia. El empleo,
por parte de la democracia, de medios básicamente incompatibles
con la justicia y la libertad constituiría en la misma
medida un acto de autodestrucción...».
«Los
enemigos del ideal democrático no han hecho más
que crecer a medida que las debilidades y las fallas de las democracias
modernas les iban dando pretexto. Al final se selló la
coalición entre los intereses de las clases dirigentes,
corrompidas por el dinero, asidas a sus privilegios y enloquecidas
por su terror al comunismo, cuya propaganda sólo hubiera
podido ser prevenida con eficacia mediante una política
clarividente de reformas sociales...».
«La
cuestión agrega más adelante no es encontrar un
nombre nuevo para la democracia sino descubrir su verdadera esencia
y realizarla; pasar de la democracia burguesa, desecada por sus
hipocresías y por falta de savia evangélica, a una
democracia íntegramente humana; de la democracia frustrada
a la democracia real». (J. Maritain, 'Cristianismo y
Democracia')
Y aquí
entramos en lo que constituye la médula misma de la concepción
maritainiana en su proyección política. Para él,
la democracia no tiene sentido si pierde su inspiración
evangélica. Desde el momento que se aleja de su fuente
original ya no puede subsistir. Si ella sólo depende del
Estado, de la clase, de la raza, la ciencia, la tecnología,
la fuerza o de la idea encarnada en él Estado como Historia,
tarde o temprano se siegan sus fuentes concertadas y surgen los
ídolos que terminan siempre por aplastar en primer término
a sus propios adoradores.
Sí
bien es justo sin duda que la mayoría mande, su margen
de decisión debe tener un límite, el que está
constituido por los derechos inalienables de la persona que ninguna
mayoría debe desconocer, pues si llega a ocurrir, inevitablemente
ellos desaparecerán casi por una ley física, ya
que la masa pesa más que sus partículas. Las normas
que fijan las mayorías son el mejor sistema de convivencia,
siempre que no sea la norma única, absoluta, porque las
mayorías no pueden negar el derecho a la vida, a la libertad,
a la familia.
Es verdad
que existen las clases sociales y la pugna entre ellas; pero si ésta se transforma en una guerra sin cuartel, en que una
busca aplastar a la otra, no hay posibilidad de justicia ni de
paz.
Si la razón es la única norma, pero desaparecen
la caridad, la esperanza y la prudencia, sólo quedan los
apetitos, «y nuestro mundo seguirá destrozado
por las pasiones propias de la edad de las cavernas: avaricia,
envidia, cólera, odio, que adquirirán nuevos nombres
respetables a través de los años».
Si la verdad
es subjetiva y el fin justifica los medios, siempre perdurará al final «la violencia que encuentra su solo refugio
en la mentira y la mentira su solo sostén en la violencia.
El hombre que escogió la violencia como medio, debe inevitablemente,
elegir la mentira como regia». (A. Solzhenitsyn, Discurso
Premio Nobel)
Es decir,
la distorsión de estas verdades lleva a la mentira. En
nombre de las mayorías el Estado se transforma al final
en el dispensador único de la vida y del derecho; y el
mito del proletariado termina por administrarlo no los proletarios
mismos, sino las frías burocracias o los grupos profesionalizados
que ejercen el Poder en nombre del Partido.
Por eso la
imperiosa necesidad de clarificar los principios que informan
la acción para no caer en fáciles alucinaciones
que terminan por sacrificarlos.
Los valores
morales y los principios aparecen siempre débiles frente
a la fuerza y a la mentira organizada. Sin embargo, éstas
nunca han sido de larga perspectiva.
«No
permitamos que la sofística maquiavélica nos desaliente
al decir que la justicia y el respeto por los valores morales
provocan debilidad y ruina, y que la fuerza sólo es fuerte
cuando se eleva al nivel supremo de la existencia política.
Lo cual es mentira». (J. Maritain, 'El Hombre y el Estado')
Muchos se
han dejado engañar por esta mentira, y por eso en el pasado
los mismos que aparecieron sosteniendo la fórmula del trono
y del altar se unieron a las burguesías libre-pensadoras
para detener el proceso democrático y convertirlo de nuevo
en la formalidad, "desecando" sus fuentes vivas.
Así,
el viejo filósofo pudo decir que «a fines del
siglo XIX el gran escándalo de que hablaba Pío XI
parecía consumado: las clases obreras buscaban su salvación
renegando del Cristianismo, y los medios conservadores cristianos
buscaban la fuerza renegando de las exigencias temporales de la
justicia y del amor».
Esa situación
histórica se ha modificado y muy profundamente en estos
últimos años, pues la Iglesia ha experimentado un
vuelco de la mayor trascendencia, tal vez desde los tiempos de
Constantino, que puede ser más decisivo que la propia Reforma
si cumple sus pasos iniciales y rompe los compromisos que la confundían
para recuperar el sentido esencial de su Mensaje y de su testimonio,
en una apertura realmente ecuménica.
El otro hecho
de no menos importancia y confluente a aquél es que a los
hombres de nuestro tiempo se les ha dado la oportunidad de medir,
si quieren abrir los ojos, hasta dónde los ha llevado esta
ruptura de la democracia y de los valores evangélicos.
La omnipotencia de los totalitarismos de izquierda y el egoísmo
de los totalitarismos de la derecha les han mostrado la medida
de la esclavitud que puede significar renegar de todo valor que
los trascienda, para entregar sus cuerpos y sus almas a los mitos
y al Poder.
Les han dado
también la oportunidad de medir a escala mundial a dónde
lleva la creencia en el lucro y la fertilidad del dinero, como
principio motor de la economía, y en el consumismo sin
medida, que es como decir los apetitos desencadenados, que está
agotando y comprometiendo los recursos de que dispone el hombre
en la tierra. Más allá de la división de
clases en cada país, se hace patente la división
entre las naciones pobres y las privilegiadas, donde la supresión
de lo más superfluo alimentaría a millones de familias
paupérrimas de otras regiones, que son las que muchas veces
proveen de los elementos para el lujo de las más desarrolladas.
También
el mundo ha tenido la posibilidad de ver hasta dónde los
medios que crea la tecnología pueden ser utilizados para
oprimir, cuando no hay valores superiores que los encuadren y
den al progreso técnico su verdadero sentido.
«Cuanto
más perfectas e implacables sean las técnicas de
opresión, de espionaje mutuo universal, de trabajos forzados,
deportaciones y destrucción en masa, peculiares de los
Estados totalitarios, más difícil también
resulta cualquier intento para cambiar o sojuzgar desde afuera
a esos gigantescos robots maquiavélicos, Pero carecen de
fuerza interior duradera; su enorme maquinaria de violencia constituye
una prueba de su humana debilidad interna». (J. Maritain,
'El Hombre y el Estado')
Para los llamados "hombres prácticos", las afirmaciones en el plano
puro de las ideas, si se quiere metafísicas, no son más
que lucubraciones vacías, porque para ellos lo importante
es lo que se toca; a eso lo llaman la "realidad". Pero
las premisas planteadas por el filósofo han tenido una
corroboración inobjetable que se puede palpar y que además
es confirmada por los analistas científicos y hasta por
las respuestas de las computadoras.
Aurelio Peccei,
fundador del Club de Roma, al comentar Los Límites
del Crecimiento informe que ha tenido repercusión
mundial señala que los cambios que están
ocurriendo deberían considerar que es el hombre el que
está en el origen de ellos y que se corre el riesgo de
perder su control al no reflexionar sobre los imponderables que
los producen, como la inteligencia, la razón, la comprensión
de sí mismo y del mundo y, finalmente, del espíritu;
y agrega que: «el hombre ha llegado a un punto en que
se dedica a la construcción de sistemas artificiales más
y más vastos y complejos, cada vez más difíciles
de dominar; y está perdiendo así a la vez el sentido
de su destino y el de la comunión con la naturaleza y lo
trascendente. Nadie puede probarlo, pero las degradaciones de
la vida física y social que constatamos y que son más
palpables en las grandes zonas urbanas, nos están señalando
que tal vez hayamos sobrepasado los límites interiores
y que nuestro espíritu y nuestro sistema nervioso mismo
han llegado a un punto de saturación». (A. Pacdei,Los
Verdaderos Límites del Crecimiento. Corriere della
Sera)
El segundo
informe de este mismo Club nos dice que «estamos en un
cambio en que una decisión capital y sin precedentes se
nos impone; por primera vez en la historia de su vida sobre la
tierra el hombre deberá renunciar a explotar a fondo sus
posibilidades económicas y tecnológicas si quiere
cumplir con lo que exigen de él el sentido moral y la responsabilidad
en función de las generaciones futuras». (Estrategia
para el Mañana)
En este proceso
cada idea ha mostrado hasta dónde llegan sus consecuencias,
cada forma su rostro y cada ídolo su máscara.
Subyacente
a estos hechos, otros más subterráneos, y por lo
mismo más profundos, siguen su curso.
No puede menos
de ser motivo de perplejidad que a pesar de que el derecho se
viola, los mismos que lo atropellan se dicen sus defensores y
buscan los más aberrantes argumentos para probarlo. Los
mismos que quieren destruir la democracia pretenden vestirse con
su nombre, ninguno se atreve a decir que está contra la
libertad, aunque la ahoguen. Los mismos que expresan que sus objetivos
son la justicia y el servicio del hombre, someten al pueblo al
silencio y al hambre. Es, aunque no se quiera, un reconocimiento
universal y progresivo de esos valores.
Al usarlos
nominativamente cuando los niegan y destruyen con sus hechos,
crean la más peligrosa confusión.
Realmente
nunca el reino de la mentira había sido tan extenso y había
dispuesto de tantos medios para expandirse.
Sin embargo,
el camino de la verdad tiene sus propias virtualidades. Cada día
es más universalmente claro que la democracia, a pesar
de sus errores y limitaciones, lleva implícito un sentido
de respeto, de amistad, de comunidad, de solidaridad, incluso
de renuncia, para poder comprender y convivir, sin lo cual no
hay justicia, no hay libertad, y no puede haber ni asomo de paz
en las sociedades.
Este reconocimiento
universal es un grito que no puede ser ahogado, que surge en las
formas más variadas y diríamos más
insospechadas que responde a un movimiento irresistible
de la Historia. Es la consecuencia del siempre creciente desarrollo
de la conciencia moral del hombre que, a pesar de todos los avatares,
continua en un proceso de mayor conocimiento y claridad.
Para Maritain
cada una de las etapas de la historia moderna ha consistido precisamente
«en un cierto adquirir conciencia de una dignidad humana
humillada y dolida».
Este progreso
de perfeccionamiento está contenido aún en los errores
que más condena. «Todo error contiene su verdad,
y la verdad del maquiavelismo está en su reacción
contra una concepción falsa de lo ético, contra
lo que podría llamarse el super-moralismo, si se entiende
por esto las reivindicaciones quejumbrosas de una moral rigorista,
purista y farisaica, enteramente formal y geométrica, que
se resiste a reconocer la naturaleza y la vida...» (J.
Maritain, 'Problemas Espirituales y Temporales de una Nueva Cristiandad')
Nadie puede
dudar que la revolución liberal rompió cadenas que
tenían maniatado al hombre y al cuerpo social, y el marxismo
a su vez «exteriorizó en una reacción nueva
y típica los males que circulaban desde hace siglos en
los subsuelos de la Historia, y articuló con voz bien sonora
la inmensa queja anónima de los pobres». (J.
Maritain, 'Problemas Espirituales y Temporales de una Nueva Cristiandad')
Cada uno de
estos pasos estaba hecho para activar este adquirir de conciencia,
y también, por desgracia, para deformarla; pero siempre,
cada uno de ellos ha significado a la larga un avance irreversible,
a pesar de parciales oscurecimientos o retrocesos que tratan inútilmente
de desvirtuarlo.
A medida que
el Estado dispone de más medios, de más elementos
para oprimir, el hombre común dispone también de
más medios que lo convencen de su propia significación
y dignidad.
La extensión
de los conocimientos y de las informaciones; la necesidad que
tiene la era industrial y sobre todo la post-industrial de utilizar
millones y millones de especialistas hace cada día que
cada hombre adquiera un mayor sentido de su propia importancia
y sepa que de él depende el funcionamiento de la compleja
red sobre la cual se sustenta la vida moderna, y que por lo tanto
merece respeto y consideración, porque aún los que
están en la cumbre imperiosamente lo necesitan y no pueden
tratarlo como si estuviese en interdicción. Unos pocos
hombres pueden dejar una ciudad sin luz, o detener el complejo
tráfico aéreo; y así como unos pocos pueden
destruir, millones se necesitan para que todo esto se construya
y funcione.
Se produce
así un tipo de coyuntura diferente al que provoca la crisis,
creando también fuerzas convergentes que pueden convertir
el crepúsculo en aurora.
Por una parte,
la reconciliación del mensaje evangélico con la
sed de justicia y el ansia de libertad que alienta a las masas
pobres del mundo, y, por otra, las condiciones objetivas del tipo
de sociedad que ha creado la ciencia-tecnología, abren
una nueva perspectiva y exigen una más amplia participación
de todos los hombres en las decisiones.
Es dentro
de este nuevo contexto que debe pensarse hoy el esfuerzo heroico
de que nos hablaba Maritain, y sin el cual no hay salvación
para nuestro mundo.
Ya parece
no haber duda alguna en ningún espíritu de que las
energías progresivas de la Historia no tienen otro camino
que el señalado. En definitiva no es la fuerza, sino el
consenso; no es la esclavitud, sino la libertad; no es el orden
impuesto, sino el orden que crea la justicia; no es
la violencia, sino la razón y la convicción, las
que crearán una nueva sociedad humana. Si el hombre no
reconoce estos valores superiores, no será posible que
esa nueva sociedad exista. La angustia de un mundo en peligro
puede permitir una verdadera comprensión, acerca de adónde
puede conducir y nos está conduciendo el negarlos o ignorarlos.
Bien dice
Maritain «que conductores enloquecidos han pretendido
forzar a los hombres a elegir entre el comunismo que quería
echar a Dios y el fascismo que lo quería sojuzgar y regimentar,
corromper la religión en las almas y descristianizar a
la iglesia misma. Esta contradicción ha revelado a qué
parálisis llevaba a la vez al principio democrático
y al principio cristiano en la vida temporal de los pueblos y
la calamidad producida en las democracias modernas por el divorcio
entre esos dos principios». Proféticamente en
ese entonces, agregaba: «si las democracias ganan la
paz después de haber ganado la guerra, será a condición
de que la inspiración cristiana y la inspiración
democrática se reconozcan y reconcilien».
Esa reconciliación
es la que intentan los humanistas de hoy. Su batalla ciertamente
no es fácil, porque aparecen como poderosos y triunfantes
los que quieren expulsar a Dios o los que quieren instrumentalizar
su nombre para justificar sus acciones, lo que constituye la peor
forma de corrupción y confusión.
Este encuentro
o, mejor, esta síntesis del mensaje cristiano y de la vida
democrática no tiene la simpleza de una buena intención.
Envuelve y requiere realmente un esfuerzo heroico. Esfuerzo de
voluntad; esfuerzo de resistir la presión de esas tenazas;
esfuerzo de testimonio permanente; esfuerzo de inteligencia y
de imaginación para crear las expresiones concretas de
una democracia más verdadera, siempre perfectible, que
no puede encerrarse en el solo proletariado, o, como en el pasado,
en el solo ámbito de la burguesía, sino representar
al hombre en su plenitud.
La burguesía
dio un paso hacia adelante cuando rompió el círculo
restringido de la nobleza. Hoy el proletariado rompe el círculo
de la burguesía, que constituye en la actualidad una limitante.
Pero si los burgueses desecaron la sustancia democrática
al hacerle perder su impulso creador, las democracias que se dicen
populares en realidad la han estrangulado, porque cuando como
método se suprime la libertad, no sólo se desangra
la democracia sino que se la destruye.
La democracia
por su propia naturaleza no podrá nacer sino de un consenso
fundamental que debe venir del pueblo mismo. Los que quieren formar
una sociedad desde arriba, imponiendo un modelo, son los mismos
que en la economía profesan en la práctica la tesis
de que enriqueciendo a algunos, el remanente derramará
hacia abajo por rebalse, ignorando la infinita extensión
del egoísmo humano.
Sólo
el valor fraternal, el reconocimiento práctico de que todos
los hombres son fundamentalmente iguales no exactamente
iguales sino fundamentalmente iguales , el respeto a la
comunidad natural de base, la familia, el vecindario, la comunidad
educacional, la comunidad de trabajo, la comunidad política,
las mil formas en que se expresa el hombre, que son las que componen
realmente la sociedad, harán posible que surja esta nueva
democracia.
Los descubrimientos,
los conocimientos, la información, la ciencia y la tecnología
no son suficientes para construir esta mejor sociedad, porque,
como muy bien se afirmara, hemos creado muchas cosas pero en definitiva
hemos olvidado al hombre.
Ella sólo
podrá nacer, sostenerse y vivir, si se comienza por reconocer
aquellos principios democráticos, para traducirlos en normas
contenidas no sólo en la ley sino en el espíritu,
inspiradas en una ética que genera una conducta interior
que hace posible la amistad y el consenso.
Esta síntesis
histórica hacia la cual se debe caminar tiene para Maritain
un eje no excluyente y sí gravitante. La toma de conciencia
progresiva en la evolución humana significa, fundamentalmente
ahora, la ascensión hacia la libertad y hacia la personalidad
de la humanidad más próxima a las bases materiales
de la vida y a la vez, al sector más sacrificado, que es
el de la comunidad de las personas dedicadas al trabajo. O sea, «el beneficio histórico de que hablamos aquí lo
constituye el adquirir conciencia de la dignidad obrera, de la
dignidad de la persona humana, del trabajador como tal...»
«Si
el proletariado pide ser tratado como una persona mayor de edad,
por eso mismo las otras clases sociales ya no tienen por qué
auxiliarlo, mejorarlo o salvarlo. Por el contrario, a él
mismo y a su movimiento de ascensión histórica le
corresponde el papel principal en la próxima fase de la
evolución». (J. Maritain, 'Problemas Espirituales
y Temporales de una Nueva Cristiandad')
Desde su punto
de vista, esta tarea, cuyo motor universal es el humanismo cristiano,
puede lograr reconciliar y unir a hombres de todas las condiciones
cuya voluntad de renovación social les permitiría
llegar a realizarse para acceder a la libertad, pero según
las palabras de Maritain, a la «libertad y personalidad
no de la clase que absorbe al hombre para aplastarlo, sino del
hombre que comunica su dignidad propia de hombre para la instauración
común de una sociedad de la cual habrá desaparecido,
no digo por supuesto toda diferenciación y toda jerarquía,
pero sí la actual división de clases. No es menester
insistir sobre la proporción de inversión histórica
que implica esta hipótesis».
«Constituye
esta posición la verdadera creación entre hombres
de distinta clase, raza o nación que tengan una identidad
de pensamiento, de amor y de voluntad, la pasión por una
obra común que realizar. Esta comunidad no es material,
biológica, como la de la raza, o material sociológica
como la de la clase, sino verdaderamente humana. La idea de clase,
la idea de proletariado, está aquí trascendida».
(J. Maritain, 'Problemas Espirituales y Temporales de una Nueva
Cristiandad')
Para Maritain,
es allí donde residen realmente las nuevas fuerzas creadoras
de una nueva civilización. Ese sentido profundo de amor
al pueblo, no de la mistificación del pueblo, está
contenido en una de sus páginas más bellas:
«El
pueblo dice es lo que muchos odian, desprecian y
temen». En cambio, para él, el pueblo «son
las almas, son las personas humanas reunidas por comunes tareas
humanas y por la conciencia común del trabajo que cada
uno debe hacer para tener un lugar bajo el sol, con su familia
y sus amigos y por la larga experiencia de las penas y de los
goces, de las vidas sin gloria unidas por un capital común
de sabiduría hereditaria amasada en el espíritu
de los trabajos más duros, por sentimientos humanos, por
tradiciones humanas y por instintos humanos que alimentan en cada
uno de los que están más cerca de la naturaleza
y que realizan un esfuerzo profundo, aunque sea limitado, de razón
y de libertad. El pueblo es la marea de las actividades de la
inteligencia humana y del trabajo humano que pululan en las vidas
a ras del suelo de la existencia civilizada". (J. Maritain,
'Cristianismo y Democracia')
* *
*
Siempre es
difícil resumir y al mismo tiempo lograr hacer sentir esencialmente
a un hombre que ha creado una tan vasta obra de reflexión.
Se corre el riesgo siempre de no reflejar con equIlibrada proporción
cada uno de los matices de un pensamiento tan rico y tan complejo
y al mismo tiempo tan claro y profundo. Pero nos daríamos
por satisfechos si este proemio incitara a conocerlo más.
Pocas veces un gran pensador ha sido tan actual y sus ideas tan
necesarias.
En cierta
manera tratamos de responder un mensaje que nos enviara el 24
de septiembre de 1970, en que nos decía:
«Mientras
los cristianos permanezcan comprometidos en el solo plan inferior
de las combinaciones políticas, ellos no podrán
sea que se alíen con los conservadores, sea que
se alíen con los comunistas evitar traicionar
su vocación. Es sobre el plano de la verdad, del testimonio
al cual son llamados, que ellos tienen que cumplir su deber
con el orden temporal y librar su combate social y político.
«En
otros términos, es en una solución auténticamente
cristiana que deben trabajar, para la cual no bastan ni la buena
voluntad ni aún una inspiración cristiana. Ella
exige una fe absolutamente íntegra y una razón
sólidamente armada, capaz de comprender lo real y de
dirigir la acción a la luz de esta fe.
«Estas
son las verdades que es necesario proclamar hoy día y
sobre las cuales importa tanto que los cristianos tomen conciencia
en el mundo entero, como en Chile».
Esperamos
que estas líneas y este recuerdo sean un testimonio de
fidelidad al amigo y al Maestro.
Eduardo
Frei Montalva