OBRAS BREVES

'El Crepúsculo de la Civilización'

PRÓLOGO

Eduardo Frei Montalva

(1976)

(Eduardo Frei Montalva [1911-1982], ex-Presidente de Chile [1964-1970], líder y estadista humanista cristiano, discípulo y amigo de Jacques Maritain)

 

 

En esta ola incontenible de libros que nos invade desde todos los ángulos no hay espacio ni siquiera para saber de muchos de ellos, y si agregamos que las nuevas generaciones consideran que quienes escribieron hace veinte o treinta años pertenecen a un pasado ya sin vigencia, no es extraño que autores que gozaron de gran reputación sean pronto olvidados. Sólo sobreviven o renacen los que tienen real consistencia, y tal vez sea ésta la mejor prueba de su valor, que no depende de la propaganda o modas fugaces. Así está ocurriendo con Jacques Maritain, cuya obra despierta renovado interés, especialmente en la juventud, que al conocerla y estudiarla la siente más actual de lo que muchos imaginaban, pues sus libros contienen no sólo un análisis de las causas y raíces de la crisis que sin duda afecta a la humanidad entera, sino que aportan además una visión del porvenir.

Y ésa ha sido precisamente la gran tarea del filósofo que se hace más indispensable en un mundo cada vez más confuso.

Podría decirse, desde otro punto de vista, que en ninguna época han existido simultáneamente una tan abrumadora cantidad de información y una tan grande dificultad para saber lo que realmente sucede.

El hombre contemporáneo vive asediado por este flujo arrollador de novedades que le vienen de todo el planeta, cuyo registro lo hace aparecer como “ilustrado”, como si el acumularlas significara “conocimiento”.

Toda esta riqueza informativa no aumenta el saber. Es apenas un mosaico, normalmente superficial, de sucesos insólitos o trágicos, que no sólo se reflejan en diarios y revistas, sino que frecuentemente aparecen también en una vasta producción de ensayos y estudios que adoptan el lenguaje “científico” para describir los cambios en las condiciones materiales y en diversos aspectos de la vida humana.

Estos cambios se traducen hasta en el lenguaje, al cual se incorpora un vocabulario hasta ayer desconocido y ahora insustituible para expresarlos, pues esa nueva terminología no es la resultante de un artificio sino que responde a la necesidad de caracterizar nuevos hechos, factores y problemas hasta ayer inexistentes y por lo tanto innominados.

La ciencia y los hechos nos colocan así ante nuevas situaciones que trastornan los modelos de nuestra existencia y que nada tienen que ver con lo que sucedía en el pasado reciente en que aún no se vislumbraba el carácter y la dimensión de los medios de que hoy dispone el hombre y de los cuales ahora le sería difícil o imposible prescindir, pues se han incorporado a nuestra forma de existencia o han hecho posible empresas que no habrían sido concebibles sin ellos.

Los problemas alcanzan así una dimensión planetaria que compromete la vida de la especie y que, por tanto, no pueden considerarse de una manera aislada.

En este flujo de acontecimientos, en que cada día aparecen nuevos elementos hasta ayer desconocidos, surgen con mayor validez, diríamos con más angustiosa urgencia, las mismas preguntas. ¿Hacia dónde nos conduce esta marea? ¿Es el hombre el que la señorea o es simplemente arrastrado por ella sin saber hacia qué destino?

Entidades investigadoras diferentes, entre las cuales, por ejemplo, han adquirido nombradía los informes del Hudson Institute, el MIT y los principales centros universitarios, el Club de Roma, Klu Sciencew Polity Researdi Unit of Sussex University, bucean en el porvenir partiendo de aquellos nuevos datos y problemas que saltan del laboratorio a la vida.

Muchos son, pues, los que tratan de dar un respuesta describiendo lo que sucede y lo que ocurrirá en un hipotético futuro, y tanto es así que hasta se ha llegado a crear esta especialidad llamada futurología, la cual trata de señalar, como sabemos, los problemas de los cuales dependerá nuestra existencia, como ser, entre otros, el crecimiento de la población, los recursos naturales renovables o no, los alimentos, la contaminación, la tecnología, etc. En una tierra que ha pasado a ser un ámbito limitado es necesario saber si podemos dilapidar o destruir el aire, el agua, la capa terrestre o los organismos vivientes, o sea, la atmósfera, la hidrosfera, la litosfera, la biosfera, que incluye la hominisfera, tal como en este nuevo lenguaje se califican.

Hay, en consecuencia, una tentativa para informar y alertar a todos los niveles sobre lo que ocurrirá si continúa esta carrera al parecer desatentada que sin ser muy visionarios nos llevaría al abismo.

Podríamos decir que Maritain pertenece a quienes intentan precisamente dar un sentido y una respuesta que oriente y guíe en medio de tanta confusión. Su tarea consiste en darles un significado a las nuevas contingencias acumuladas. O, mejor dicho, tratar de organizar la comprensión de los nuevos hechos en función del hombre, para que en medio de esta enmarañada selva encuentre un camino inteligible.

De esa manera los cambios, los nuevos descubrimientos, las formas de una sociedad, adquieren sentido para saber de dónde proceden y a dónde conducen.

Ello es especialmente importante, ya que en estos años se han recorrido distancias que antes requerían siglos, como ocurre, por ejemplo, con el problema de la población, que en menos de 100 años ha crecido más que en los seis mil o un millón de años anteriores.

A nadie puede extrañar ahora que se diga que «nuestro mundo, sin cesar más globalizado, necesita controlar o dominar el futuro como consecuencia precisamente de esa globalización»; pero también «a causa de los peligros y efectos perversos inherentes al poder de la sociedad industrial, que por eso mismo y por la complejidad de los problemas ha llegado a ser más frágil y en razón de ello más vulnerable». (The Limits to Growth)

El hombre en el pasado, al igual que hoy, se inquietaba por el futuro de su alma que entraba en lo desconocido después de la muerte, pero no se inquietaba por el futuro del mundo que lo rodeaba porque éste había sido siempre igual para sus antepasados y lo sería para sus hijos. Pisaba tierra firme. Hoy es diferente. Este mundo no es igual al de sus padres, no es igual al que vivió y sabe que el que está viviendo no será igual al de mañana.

Le asiste la certeza de que en este mismo momento, en lugares que no conoce o en laboratorios que no imagina, están ocurriendo hechos que pueden modificar su vida, envenenar su atmósfera, o salvarlo de un mal hasta ayer incurable, o descubrir un arma que disparada a millares de kilómetros en un conflicto que no le atañe puede igualmente destruirlo.

Por eso le obsesiona el futuro. Más aún cuando verifica que día a día vivimos en un mundo más interdependiente, más entrecruzado por una red cada día más espesa, un mundo tan enormemente complejo en que el hombre ha alcanzado tanto poder, pero que por complejo es tan frágil y por frágil tan vulnerable.

Y esto es manifiesto en cualquier área de la vida o del conocimiento.

Hace sólo dos o tres decenios se había creído encontrar la fórmula incluso matemática para medir el progreso de una sociedad: la tasa de crecimiento anual, el monto del Producto y del ingreso per cápita, ficción esta última que aparentemente supone su reparto no sólo equitativo sino igual.

Hoy, sin embargo, muchas de esas nociones son discutidas o negadas. Ya el desarrollo no equivale al crecimiento y tampoco se le considera un bien en sí, sino que, para muchos, la forma en que se procede es un peligro, porque las mismas cifras, las mismas estadísticas, revelan ahora matemáticamente que ese desarrollo se realiza a costa de una terrible explotación y desigualdad y de un desenfrenado uso y abuso, por unos pocos, de bienes que son patrimonio de la humanidad entera.

Por otra parte surge la pregunta hacia dónde conduce este desarrollo exponencial e ilimitado sin ninguna organicidad. Si por ejemplo una economía, como lo afirman diversos informes, se desarrolla a un ritmo del 5% anual, llegaría al final del próximo siglo a un nivel 500 veces (o sea 50.000%) más elevado que su nivel actual. Todo esto nos lleva a la conclusión de que el crecimiento por el crecimiento no puede continuar indefinidamente.

Tampoco ha resultado verdadero que las ciencias hubieran llegado a permitir conocer con exactitud las leyes que rigen la economía y que ya las crisis eran cosa del pasado; y tampoco ha resultado tan simple la clasificación de países desarrollados y subdesarrollados, porque no es lo mismo ser superpotencia que potencia, y no son lo mismo en el Tercer Mundo los países pobres-millonarios de la OPEP o los que pertenecen a la clase media latinoamericana, o los que forman parte del Cuarto Mundo, con standards de irremediable pauperismo, en el cual viven algunos centenares de millones de seres.

Parece que todo esto ocurriera de modo igual que en el mundo de las drogas, que recién descubiertas parecen insuperables, y que poco después se denuncian como altamente perniciosas o con efectos secundarios más graves que el mal que curan.

Por eso el hombre contemporáneo está angustiado a la espera de respuestas que le den alguna luz y alguna esperanza, cuando tiene tiempo para pensar y no ha sido masificado hasta la pérdida de la conciencia.

Nunca como hoy el mundo necesita filósofos, amantes de la sabiduría, que vean más allá de la turbulencia apresurada y sepan penetrar y distinguir los por qué y hacia dónde.

En el fondo siguen presentes las viejas y elementales preguntas sobre el origen y el destino del hombre, y según sean las ideas así serán también las respuestas que se expresen en la vida y se traduzcan en las formas sociales.

Maritain nos da su respuesta en un sistema coherente de pensamiento que trasciende toda su obra y que como un hilo lógico e inflexible aparece en ‘Humanismo Integral’, en la ‘Carta sobre la Independencia’, ‘Cristianismo y Democracia’, ‘El Hombre y el Estado’, ‘Del Régimen Temporal y de la Libertad y Democracia’, ‘Para una Filosofía de la Historia’, ‘El Campesino del Garona’, o en ésta, ‘El Crepúsculo de la Civilización’, que es una breve exposición de su pensamiento escrito el año 1939.

Naturalmente en el presente libro el autor se refiere a un momento muy determinado en que se ha desencadenado la guerra y Francia ha sido momentáneamente ocupada; los racistas están en su apogeo y los comunistas llegarán a ser sus aliados para convertirse después en sus enemigos. Sin embargo, prescindiendo de las referencias propias de la época en que fue escrito, se puede comprobar que su interpretación no sólo es válida hoy, sino que bajo distintas formas esta civilización, cuyo crepúsculo anuncia, está sometida a idénticas o peores amenazas. Y tal vez por ello este opúsculo tiene aún mayor interés, porque encierra una profunda enseñanza.

En esos años ya Maritain se preguntaba si esta civilización occidental estaba en una situación desesperada, y al responder rechazaba por igual la actitud de los «optimistas profesionales» como el «pesimismo de los fatalistas». Su salvación o su ruina dependían de si se realizaba «un esfuerzo tenaz y difícil, pero no imposible, de la libertad del hombre y de sus energías espirituales». En cambio, la situación sería realmente desesperada, por lo menos en el porvenir inmediato, si los hombres y las naciones que conocen el precio de la libertad no estuvieran dispuestos a ese esfuerzo, que él no titubeaba en calificar de «heroico».

Este esfuerzo lo ve a través de una concepción humanista; pero no de cualquier humanismo, sino de un humanismo integral que «en nuestra edad histórica es el único capaz de remediar los males que sufre el mundo», y cuya proyección actual debe caracterizarse por dos rasgos esenciales.

El primero, los esfuerzos no deben limitarse a la cultura del hombre de bibliotecas, o sea, no ser elitistas, sino que deben llegar a todos los hombres y hacer realidad su derecho a los medios necesarios de existencia y a la vida del espíritu, pues «el problema de las masas está definitivamente planteado en nuestro tiempo».

«La solución totalitaria – según el filósofo tomista – al especular con la miseria natural de los seres humanos, tratará de hacer de ellos instrumentos bien dirigidos por técnicos socialistas - enormes muchedumbres ilusionadas, estandarizadas, envenenadas de mentiras - para convertirse en esclavos que se creerán felices». ('El Crepúsculo de la Civilización')

El humanismo cristiano, en vez de masificar al hombre, es decir, borrar todo lo que éste tiene de personal, trata de abrirle un camino hacia una libertad creadora, digna de su vocación y de su dignidad.

La otra característica del significado social de este humanismo es que debe «asumir una tarea de transformación profunda en el orden temporal que tiende a substituir una civilización mercantil y una economía fundada en la fecundidad del dinero, no por una economía colectivista, sino por una civilización y una economía 'personalista' donde brille el resplandor temporal de las verdades evangélicas. Esta tarea sólo será viable si está fundada en una renovación profunda de la conciencia religiosa». ('El Crepúsculo de la Civilización')

Después de 36 años que este pequeño libro fuera escrito cabe preguntarse si, ya se han cumplido las condiciones que señalaba Maritain para que este esfuerzo pudiera realmente salvar esta civilización.

Sin duda la respuesta no puede ser positiva.

Por una parte, es cada vez más evidente cómo se ha hecho de las masas instrumentos bien dirigidos hacia una mayor esclavitud en economías colectivistas y Estados totalitarios, de cuya burocracia hasta Lenin sentía temor antes de su muerte; y por otra, se ha acentuado la existencia de una civilización mercantil y de una economía fundada en la fecundidad del dinero, que ahora adquiere nuevos contornos en las llamadas sociedades de consumo, caracterizadas por el crecimiento vertiginoso de la producción y la demanda de bienes no sólo esenciales para la vida, sino también cada vez más sofisticados y suntuarios para satisfacer el ansia de lucro y multiplicar el dinero.

Esta sociedad de consumo que podría tener su justificación como liberadora de la servidumbre material a que está sometido el hombre, y que en un sentido y aplicación racional indudablemente lo es, pues pone en sus manos instrumentos que lo sirven y le facilitan su existencia, se ha convertido en una excitación de apetitos cada vez más refinados cuya satisfacción lleva a un inimaginado derroche que está agotando los recursos naturales de que dispone el planeta, hasta el límite de su destrucción, en beneficio de una parte reducida de la población mundial y a expensas del capital básico de la humanidad entera y de la miseria de grandes extensiones geográficas y humanas.

Así la economía mercantil y la sociedad de consumo han conducido a una explotación a veces aún más intensa que en la época colonial de los países subdesarrollados, y que llega hasta agotar las reservas mismas de que disponen para vivir o sobrevivir.

La economía colectivista, por su parte, ha acentuado el proceso de masificación y creado pueblos cuyo objetivo es la conquista de superiores standards de vida, sobre la base de enormes sacrificios pagando por ellos el precio de la libertad personal, de la ninguna participación organizada, de la carencia de expresión libre y de todos los derechos que hacen decorosa la existencia. Y todo esto sin demostrar aún que se ha logrado más eficiencia en la operación de la economía.

Singularmente, por al parecer extraña paradoja, ambas sociedades comienzan a mostrar similares características; caminan hacia una masificación estandarizada; están dirigidas para construir con mayor o menor rapidez sociedades de consumo; y ambas en su culminación de superpotencias, tienden a semejarse en el poder que detenta el complejo militar-industrial-tecnológico.

Se ha acentuado, pues, justamente lo contrario de todo lo que Maritain señala como las condiciones para obtener éxito en el esfuerzo casi desesperado por salvar esta civilización.

El crepúsculo que se veía en 1939 se está convirtiendo en noche. Al menos nadie duda de que esta civilización se encuentra hoy en profunda crisis, y si en 1939 sus síntomas estaban alumbrados por el rojizo resplandor de la guerra y de la agresión nazi-fascista, hoy se puede observar, sin ese fondo dramático, una desintegración más fría y más honda.

Con razón Hugh Trevor Ropert señalaba que el hombre europeo discurre que está viviendo un período no de prosperidad sino de declinación, y «está particularmente dispuesto a pensar cuando las superpotencias parecen cubrir con su sombra los divididos países de Europa, y un nuevo despotismo basado en tecnologías masivas amenaza destruir aquellas libertades de las cuales Europa se enorgullece haber descubierto».

Tal como lo anuncia el filósofo francés, esa crisis también trasciende al mundo colectivista, y ya es imposible ahogar la voz de quienes luchan por la libertad personal y resisten al Poder omnipotente. Ya no se trata sólo de un escritor como Solzhenitsyn o un científico como Sakharov, sino de una pléyade incontable de escritores, profesores, historiadores, poetas, músicos, pintores e intelectuales, en general que lanzan un desafío verdaderamente heroico y dan el más sorprendente testimonio de que el ser humano oprimido es capaz de resistir a costa de cualquier riesgo y desafiar las más refinadas presiones. Ellos son la manifestación del espíritu no encadenado capaz de abrir paso a la esperanza.

Una gran zona de cobardía encubierta entre escritores, periodistas y políticos de Occidente ha pretendido ignorar aquel testimonio que les perturba la conciencia y la digestión. Les molesta la presencia de estos representantes de la ‘intelligentsia’ que no se someten y que luchan acorralados y solitarios. Tampoco faltan quienes junto con aplaudirlos y condenar las cárceles de los Estados totalitarios comunistas, callan oprobiosamente que, cuando hablan contra la represión colectivista y totalitaria, o recuerdan los campamentos del Archipiélago de Gulag, están también hablando contra las islas de este mismo archipiélago situadas no sólo en un determinado territorio de un determinado país, sino además en todos los lugares geográficos del mundo donde la libertad ha muerto y donde un hombre es oprimido, por sus ideas. En el pensamiento de Maritain todas estas desviaciones tienen su origen en último término en una determinada concepción del hombre.

En la filosofía de Maritain todo esto responde a una falsa impresión del ser humano, limitado a su solo ser temporal, sin ningún valor que esté sobre su naturaleza (sobrenatural) y que en consecuencia lo trascienda, porque todo humanismo está amenazado por la «veleidad de definirlo como una exclusión de toda ordenación a lo sobrehumano y como abjuración de toda trascendencia».

Al formular esta concepción teórica no la limita al puro orden especulativo sino que la traduce siempre en una praxis hacia la vida, y por eso han llegado a llamarlo «pensador político más que un puro filósofo de la política».

No es ésta sin duda una novedad. Hombres como Descartes o Rousseau, como Hegel o Marx o Nietzsche, son los que junto con crear o recrear sistemas ideológicos han también engendrado los mayores movimientos históricos de nuestro tiempo, tal como otros los idearon y engendraron en el pasado.

La concepción antropológica del hombre significa por una parte no sólo su afirmación sino también su «negación, rebasamiento, separación».

Esto origina un proceso histórico en el cuál Giorgio Camparini ha señalado, para los últimos siglos, cinco etapas básicas: la escisión entre moral y política (Maquiavelo, comienzos del siglo XVI); la dicotomía entre la conciencia religiosa y la conciencia civil (Lutero, siglo XVI); la omnipotencia de la voluntad general mayoritaria y a través del Estado (Rousseau, siglo XVIII); la identificación de "valores" y "éxitos" en la absolutización de la Historia (Hegel, comienzos siglo XIX); y la disolución de la persona en la clase y en el Estado (Marx, segunda mitad siglo XIX).

Es a través de este análisis que Maritain se plantea el compromiso del cristiano con lo temporal, y se enfrenta con el totalitarismo, cualquiera sea su color, es decir, con el absolutismo.

Ningún peligro más grave para el Humanismo que el endiosamiento de un hombre. No hay Dios, los derechos no nacen sólo de la voluntad de la mayoría, la verdad no nace sólo de la razón. Estas premisas que, bien entendidas, deben liberarlo, lo llevan, por sus desviaciones, precisamente a toda clase de servilismos.

Si las mayorías son el origen exclusivo de todo Derecho, no hay nada estable que se les pueda oponer, y el individuo que conforma esas mayorías - con mayor razón las minorías -, es apenas una partícula transitoria de una masa colectiva que por su propia gravedad física es lo que permanece y que se expresa en el Estado que en forma constante la expresa.

Ha nacido así un Contra-Humanismo. «Voces terribles – nos dice Maritain – se elevan en el hombre y gritan: "Basta ya de optimismo falaz y de moralidades ilusorias, basta ya de idealismo que nos mata, que niega el mal y la desgracia y que nos arrebata el medio de luchar contra ellos. ¡Volvamos a la gran fecundidad espiritual del abismo, del absurdo y de la ética de la desesperación! Pobre Nietzsche».

«La voz en verdad terrible, la voz fatal no es la voz de Nietzsche: es la voz de esta multitud mediocre y chata, cuya chatez, mediocridad y futileza son como signos apocalípticos, y que esparce a los vientos del mundo - bajo la forma del culto a la guerra (de la guerra misma o de su sombra pavorosa y fecunda en beneficios), o bajo la forma del culto a la raza o a la sangre - el evangelio del odio a la razón». ('El Crepúsculo de la Civilización')

Para Maritain, en los años treinta, esta concepción teórica aberrante se traducía en que el super-hombre anunciado «dirige su danza a través de los campos de concentración, en los nuevos ghettos donde millares de judíos y políticos sospechosos son condenados a una muerte lenta, por las ciudades bombardeadas de China y España, en la Europa locamente armada. Nietzsche no vio que los hombres sólo tienen dos caminos para escoger; el del calvario o el de la matanza».

¿Qué habría dicho hoy si cuando escribió sobre el Evangelio del Odio a la Razón era aquél todavía un esbozo del que se está viviendo en este mismo instante?

Muchos alimentaron la creencia de que la terrible experiencia de la guerra sería una lección suficiente. Pero ninguna de las causas que habían desencadenado el anti-humanismo han sido removidas ni cuestionadas posteriormente. El egoísmo, el odio, el apetito de Poder, siguieron su curso y hoy nos encontramos abocados una vez más, a decisiones de las cuales ya no pende el destino de una nación sino la suerte de la Humanidad entera.

La posibilidad de destrucción es ahora aún más manifiesta con las armas nucleares y biológicas, la división es cada día más profunda entre los pueblos que llaman desarrollados y los cerca de mil millones de seres humanos hambrientos. El consenso mínimo y la aceptación común de algunos valores éticos que hacen posible la convivencia sin la cual la democracia no pueden existir se han roto. Grupos cada vez más extensos han erigido la violencia como demostración de odio y afán de destrucción; sectores de la juventud se rebelan contra el orden establecido, cuando no llevan muchas veces su protesta hasta su propia autodestrucción.

Asistimos también – como dice Maritain – a otro espectáculo: «el de una continuación, agravación y exasperación del humanismo antropocéntrico en la dirección de las esperanzas racionalistas, continuadas ahora no solamente como religión filosófica sino también como religión vivida».
«Así nos enfrentamos con el marxismo. Marx trasmutó el hegelianismo, pero permaneció hasta tal punto racionalista que el movimiento de la materia es para él un movimiento dialéctico. En el materialismo marxista no existen los instintos irracionales ni la mística biológica. La razón decapita a la razón...»

«La creencia de que la salvación del hombre está en él mismo, cumple su ciclo. En este destino que es mera y exclusivamente temporal, la salvación tiene lugar naturalmente sin Dios, ya que el hombre no está ni obra sino a condición de que Dios no exista y aún contra Dios, es decir, contra todo lo que en el hombre y en el medio humano es la imagen de Dios».

«Es una posición que todavía se declara humanista, pero que es radicalmente atea y por lo mismo destruye la realidad del humanismo que teóricamente profesa. La manera cómo la dialéctica revolucionaria materialista se ha impuesto, y de cómo ella ha vivido desde hace veinte años en el país que conquistó, ha eliminado en ellos por todos los medios la conciencia moral al servicio de su finalidad, y perseguido, internado en los campos de concentración y condenado a muerte a millares y millares de sospechosos, es suficiente para convencemos sobre este capítulo». ('El Crepúsculo de la Civilización')

Cuando escribió estas páginas el año 1939 no se conocían en todas sus dimensiones el Archipiélago de Gulag y Stalin no había realizado las purgas posteriores a la guerra.

Maritain pensaba que sólo un esfuerzo heroico podría contener los demonios desatados en nombre de la raza, de la clase, de los nacionalismos exacerbados, del odio.

Estamos viendo, sin embargo, que arrecian en unos a través de la mística colectivista, y en otros, que siempre han preferido cambiar la libertad por la seguridad y la justicia por el orden, entendiendo por ello "su" seguridad, y el orden que les garantice "sus" ventajas. Todo ello lo cubren, para vestir su desnudez ideológica, con el rostro corporativo o con una mística nacionalista, que no es precisamente el amor a la Patria bien entendido.

No ha mucho, en un libro que es un verdadero testamento político, un ex Presidente de Francia escribió antes de morir algo que vale la pena se recuerde:

«Esta evolución paralela a la que hemos asistido de la anarquía en las costumbres y del crecimiento ilimitado del poder estatal... lleva en sí misma un peligro inmenso en el cual podemos caer de dos maneras opuestas: sea si prevalece la anarquía que, destruye rápidamente las bases de todo progreso y que desembocará fatalmente en un totalitarismo de izquierda o de derecha; sea llevando directamente hacia la solución totalitaria, El peligro no es ilusorio».

«... Hemos llegado a un punto extremo, donde será necesario sin duda alguna poner fin a las especulaciones y recrear un orden social. Alguien cortará el nudo gordiano. La cuestión es saber si será imponiendo una disciplina democrática, garantía de las libertades, o si algún hombre fuerte y con casco lo cortará con la espada de Alejandro. El fascismo no es muy improbable y aun lo creo más cercano que el mismo totalitarismo comunista». «Nos corresponde saber si estamos preparados para evitarlo y resistir las utopías y los demonios de la destrucción. 'Yo no soy bueno ni para tirano ni para esclavo -decía Chateaubriand-. Yo deseo que los dirigentes y ciudadanos de este país estén compenetrados por esta máxima».

Y cosa curiosa. Este mismo ex Presidente, al parecer tan lejano del pensamiento de Maritain, afirmaba que «cuando se hayan destruido todas las creencias, se haya inculcado el rechazo a todo orden social y a toda autoridad sin proponer nada en cambio, ya nada servirá en presencia de una humanidad desorientada y entregada ineluctablemente a la dominación de las fuerzas más ciegamente brutales».

«Dios ha muerto. A menudo en la historia este grito ya ha sido lanzado, y cada vez la humanidad ha reencontrado el camino de la fe, casi siempre a través de los sufrimientos y de las matanzas. Desde el punto de vista estrictamente social y humano, al que me refiero, la fe tiene un inmenso valor: no para adormecer al pueblo, como algunos dicen, ni para facilitar su sumisión, sino para evitar a la humanidad las tentaciones extremas del orgullo; la convicción de que existe un poder que se impone a los hombres, constituye para ellos y para quienes los dirigen una suerte de salvaguardia, tanto más útil cuanto los medios de que hoy disponemos son más terroríficos». (Georges Pompidou, ‘Le Nude Gordien’)

Precisamente la crisis a la cual asistimos, este crepúsculo que va oscureciendo, no es sino la resultante lógica de las ideas y las fuerzas que han seguido operando después del conflicto mundial y que hoy adquieren mayor profundidad que antes.

A través de la lectura de este pequeño libro, que pudiera ser un esquema o síntesis del pensamiento maritainiano, trasciende que no debería extrañarnos que así ocurriera. Lo milagroso sería que sucediera lo contrario.

No obstante, el proceso histórico mundial tiene otro ingrediente ya tantas veces señalado que casi resulta innecesario repetirlo.

Este crepúsculo de un tipo de civilización y el crecimiento amenazador de los extremos que la ahogan, convergen con el hecho de que el hombre se encuentra ante situaciones nuevas y desconocidas que lo obligan a repensar los términos en los cuales hasta ahora organizó su vida social y su convivencia colectiva; y sin caer en ningún tipo falaz de estructuralismo, no hay duda de que al revisar sus ideas debe proyectar y crear las nuevas instituciones que hagan posible un nuevo orden social.

Los desajustes sobrevenidos en un mundo organizado para sociedades industriales de carácter nacional, de imperios coloniales, es diferente al mundo planetizado, con ciento cincuenta Estados soberanos pero tan interdependientes que no pueden subsistir aislados, para los cuales hoy es más importante – o igualmente – la transferencia de tecnologías y de conocimientos que de capitales. A veces no son aún capaces de saber escogerlas, adaptarlas y utilizarlas, y están penetrados por empresas transnacionales, digamos de paso más poderosas que algunos de ellos, y manifestación inescapable de una nueva realidad mundial.

Todo este conjunto de hechos es más fuerte que las revoluciones políticas, porque está cambiando la base sobre la cual los sistemas mismos funcionaban, y deja como obsoletas ideas y procedimientos hasta ayer no más válidos.

Esta convergencia de la necesidad de cambios, por una parte, y por otra, las consecuencias de ideologías que proyectan una visión deshumanizada del hombre, nos da la medida de esta crucial coyuntura a que se ve abocada, ya no una nación o un continente, sino la humanidad entera.
La desorientación inherente a todos los grandes "tournants" de la historia es ahora mucho mayor, y mayor también la tentación de renegar de la libertad.

Cuando el hombre se siente desamparado y en peligro ante fuerzas que no domina, su primera reacción es buscar quien lo "proteja". Los riesgos de la libertad lo abruman. En este "sálvese quien pueda" es esta última lo primero que intenta lanzar por la borda. A ese precio cree salvar la vida, para descubrir con el tiempo que ha perdido estérilmente su alma y su dignidad.

Toda la historia humana es un constante vaivén de avances y retrocesos. Cuando el hombre se somete para asegurar el presente, siempre ha retrocedido; cuando asume el riesgo de la libertad, siempre ha avanzado en un sentido profundo e irreversible.

Pero la libertad no es la facilidad ni la anarquía, Es la mayor exigencia de responsabilidad que el hombre conoce. Quien quiera gozar de sus beneficios y es incapaz de asumir sus exigencias, quiebra el resorte interior que la sostiene. Por eso muchas veces las dictaduras no son sino la consecuencia fatal del derrumbe de las mínimas condiciones morales para que pueda subsistir.

Interrogado Solzhenitsyn al ser elegido como el hombre del año 1975 por la revista Le Point respecto a las perspectivas de la libertad en el mundo y en Occidente, contestaba a su interlocutor:

«Ustedes han olvidado el sentido de la libertad. Cuando Europa la conquistó en el siglo XVIII, ésta era una noción sagrada, directamente salida del viejo mundo religioso que ella al mismo tiempo negaba y continuaba. La libertad no podía ser disociada de su finalidad, que es justamente la exaltación del hombre. Su función era hacer posible que esos valores emergieran y por eso se afirmaba sobre la virtud y el heroísmo. Esto es lo que ustedes han olvidado. El tiempo ha cambiado la noción de la libertad. Uds. han conservado la palabra, pero han fabricado una noción diferente: una pequeña libertad que no es sino una caricatura; una libertad sin obligaciones y sin responsabilidad, que se transforma en el goce de ciertos bienes. Nadie está dispuesto a morir por ella. Esta libertad que para nosotros es todavía la pequeña llama que aclara nuestra noche, ha llegado a ser para ustedes una realidad empequeñecida y a veces decepcionante, porque está llena de oropel, de riqueza y de vacío.

«Ahora han entrado en la era del cálculo. Por este fantasma de la antigua libertad Uds. no son capaces de ningún sacrificio, solamente de llegar a compromisos. No importa abandonar a cualquier país lejano siempre que la felicidad donde ustedes ponen sus pies continúe, aunque sea por algún tiempo...

«Ninguna combinación política, ninguna combinación militar podría salvarlos. La voluntad interior es más importante que la política...

«Uds. hablan de que este mundo de hoy es un mundo duro. Pero Uds. no lo piensan. En el fondo de Uds. mismos piensan que la libertad se adquiere una vez y para siempre, y por eso se dan el lujo de despreciarla...»

Cerca de cuarenta años después de escrito ‘El Crepúsculo de la Civilización’, este hombre llegado a la fe cristiana igual que el filósofo, nos advierte del riesgo inminente que corre la existencia de esta civilización.

No es seguramente la primera vez que una civilización llega a su crepúsculo y entra en una crisis, pero nada ha logrado detener la marcha de progreso del hombre a través de la historia. El problema es saber si ese heroico esfuerzo de que hablaba Maritain en 1939 aún es posible. No dudamos que sí, a condición que se reúnan precisamente esas dos condiciones: ser esforzado y heroico.

Para él, esta respuesta, que es el humanismo integral, se funda en una concepción del hombre cuyo destino trasciende su propia naturaleza y por lo mismo no hay nadie que pueda negarle la posibilidad de realizarlo, y es la democracia el régimen que mejor garantiza el ejercicio de los derechos de la persona en función de su pleno desenvolvimiento y la que mejor la defiende de cualquier arbitrariedad.

A la luz de estas ideas es aún más comprensible su afirmación en el sentido de que «la democracia es una organización racional de las libertades fundada en la ley».

«Desde este punto de vista podemos apreciar la crítica importancia de la supervivencia y mejoramiento de la democracia para la evolución y el destino terrenal de la humanidad. Con la democracia ha iniciado la humanidad el único camino auténtico, o sea, el de la racionalización moral de la vida política; en otros términos: el camino hacia la más elevada realización terrestre de que sea capaz el hombre en este mundo».

«Las democracias llevan en un frágil buque la esperanza terrena, diría también la esperanza biológica, de la humanidad. Y desde luego que el buque es frágil. Por supuesto que nos hallamos en los primeros pasos de este proceso. Desde luego, hemos pagado y seguimos pagando excesivamente por los graves errores y las fallas morales. La democracia puede ser tosca, torpe, defectuosa. Quizás merezca los severos juicios emitidos sobre sus capacidades... Sin embargo, la democracia es el único camino por el que deben pasar las energías progresivas de la historia humana».

«Por lo mismo, podemos también apreciar la responsabilidad que pesa sobre la democracia. Podemos advertir la importancia única, dramática, del problema del fin y los medios para la democracia. En el proceso de racionalización moral de la vida política, los medios han de ser necesariamente morales. El fin, para la democracia, es tanto la libertad como la justicia. El empleo, por parte de la democracia, de medios básicamente incompatibles con la justicia y la libertad constituiría en la misma medida un acto de autodestrucción...».

«Los enemigos del ideal democrático no han hecho más que crecer a medida que las debilidades y las fallas de las democracias modernas les iban dando pretexto. Al final se selló la coalición entre los intereses de las clases dirigentes, corrompidas por el dinero, asidas a sus privilegios y enloquecidas por su terror al comunismo, cuya propaganda sólo hubiera podido ser prevenida con eficacia mediante una política clarividente de reformas sociales...».

«La cuestión – agrega más adelante – no es encontrar un nombre nuevo para la democracia sino descubrir su verdadera esencia y realizarla; pasar de la democracia burguesa, desecada por sus hipocresías y por falta de savia evangélica, a una democracia íntegramente humana; de la democracia frustrada a la democracia real». (J. Maritain, 'Cristianismo y Democracia')

Y aquí entramos en lo que constituye la médula misma de la concepción maritainiana en su proyección política. Para él, la democracia no tiene sentido si pierde su inspiración evangélica. Desde el momento que se aleja de su fuente original ya no puede subsistir. Si ella sólo depende del Estado, de la clase, de la raza, la ciencia, la tecnología, la fuerza o de la idea encarnada en él Estado como Historia, tarde o temprano se siegan sus fuentes concertadas y surgen los ídolos que terminan siempre por aplastar en primer término a sus propios adoradores.

Sí bien es justo sin duda que la mayoría mande, su margen de decisión debe tener un límite, el que está constituido por los derechos inalienables de la persona que ninguna mayoría debe desconocer, pues si llega a ocurrir, inevitablemente ellos desaparecerán casi por una ley física, ya que la masa pesa más que sus partículas. Las normas que fijan las mayorías son el mejor sistema de convivencia, siempre que no sea la norma única, absoluta, porque las mayorías no pueden negar el derecho a la vida, a la libertad, a la familia.

Es verdad que existen las clases sociales y la pugna entre ellas; pero si ésta se transforma en una guerra sin cuartel, en que una busca aplastar a la otra, no hay posibilidad de justicia ni de paz.
Si la razón es la única norma, pero desaparecen la caridad, la esperanza y la prudencia, sólo quedan los apetitos, «y nuestro mundo seguirá destrozado por las pasiones propias de la edad de las cavernas: avaricia, envidia, cólera, odio, que adquirirán nuevos nombres respetables a través de los años».

Si la verdad es subjetiva y el fin justifica los medios, siempre perdurará al final «la violencia que encuentra su solo refugio en la mentira y la mentira su solo sostén en la violencia. El hombre que escogió la violencia como medio, debe inevitablemente, elegir la mentira como regia». (A. Solzhenitsyn, Discurso Premio Nobel)

Es decir, la distorsión de estas verdades lleva a la mentira. En nombre de las mayorías el Estado se transforma al final en el dispensador único de la vida y del derecho; y el mito del proletariado termina por administrarlo no los proletarios mismos, sino las frías burocracias o los grupos profesionalizados que ejercen el Poder en nombre del Partido.

Por eso la imperiosa necesidad de clarificar los principios que informan la acción para no caer en fáciles alucinaciones que terminan por sacrificarlos.

Los valores morales y los principios aparecen siempre débiles frente a la fuerza y a la mentira organizada. Sin embargo, éstas nunca han sido de larga perspectiva.

«No permitamos que la sofística maquiavélica nos desaliente al decir que la justicia y el respeto por los valores morales provocan debilidad y ruina, y que la fuerza sólo es fuerte cuando se eleva al nivel supremo de la existencia política. Lo cual es mentira». (J. Maritain, 'El Hombre y el Estado')

Muchos se han dejado engañar por esta mentira, y por eso en el pasado los mismos que aparecieron sosteniendo la fórmula del trono y del altar se unieron a las burguesías libre-pensadoras para detener el proceso democrático y convertirlo de nuevo en la formalidad, "desecando" sus fuentes vivas.

Así, el viejo filósofo pudo decir que «a fines del siglo XIX el gran escándalo de que hablaba Pío XI parecía consumado: las clases obreras buscaban su salvación renegando del Cristianismo, y los medios conservadores cristianos buscaban la fuerza renegando de las exigencias temporales de la justicia y del amor».

Esa situación histórica se ha modificado y muy profundamente en estos últimos años, pues la Iglesia ha experimentado un vuelco de la mayor trascendencia, tal vez desde los tiempos de Constantino, que puede ser más decisivo que la propia Reforma si cumple sus pasos iniciales y rompe los compromisos que la confundían para recuperar el sentido esencial de su Mensaje y de su testimonio, en una apertura realmente ecuménica.

El otro hecho de no menos importancia y confluente a aquél es que a los hombres de nuestro tiempo se les ha dado la oportunidad de medir, si quieren abrir los ojos, hasta dónde los ha llevado esta ruptura de la democracia y de los valores evangélicos. La omnipotencia de los totalitarismos de izquierda y el egoísmo de los totalitarismos de la derecha les han mostrado la medida de la esclavitud que puede significar renegar de todo valor que los trascienda, para entregar sus cuerpos y sus almas a los mitos y al Poder.

Les han dado también la oportunidad de medir a escala mundial a dónde lleva la creencia en el lucro y la fertilidad del dinero, como principio motor de la economía, y en el consumismo sin medida, que es como decir los apetitos desencadenados, que está agotando y comprometiendo los recursos de que dispone el hombre en la tierra. Más allá de la división de clases en cada país, se hace patente la división entre las naciones pobres y las privilegiadas, donde la supresión de lo más superfluo alimentaría a millones de familias paupérrimas de otras regiones, que son las que muchas veces proveen de los elementos para el lujo de las más desarrolladas.

También el mundo ha tenido la posibilidad de ver hasta dónde los medios que crea la tecnología pueden ser utilizados para oprimir, cuando no hay valores superiores que los encuadren y den al progreso técnico su verdadero sentido.

«Cuanto más perfectas e implacables sean las técnicas de opresión, de espionaje mutuo universal, de trabajos forzados, deportaciones y destrucción en masa, peculiares de los Estados totalitarios, más difícil también resulta cualquier intento para cambiar o sojuzgar desde afuera a esos gigantescos robots maquiavélicos, Pero carecen de fuerza interior duradera; su enorme maquinaria de violencia constituye una prueba de su humana debilidad interna». (J. Maritain, 'El Hombre y el Estado')

Para los llamados "hombres prácticos", las afirmaciones en el plano puro de las ideas, si se quiere metafísicas, no son más que lucubraciones vacías, porque para ellos lo importante es lo que se toca; a eso lo llaman la "realidad". Pero las premisas planteadas por el filósofo han tenido una corroboración inobjetable que se puede palpar y que además es confirmada por los analistas científicos y hasta por las respuestas de las computadoras.

Aurelio Peccei, fundador del Club de Roma, al comentar ‘Los Límites del Crecimiento’ – informe que ha tenido repercusión mundial – señala que los cambios que están ocurriendo deberían considerar que es el hombre el que está en el origen de ellos y que se corre el riesgo de perder su control al no reflexionar sobre los imponderables que los producen, como la inteligencia, la razón, la comprensión de sí mismo y del mundo y, finalmente, del espíritu; y agrega que: «el hombre ha llegado a un punto en que se dedica a la construcción de sistemas artificiales más y más vastos y complejos, cada vez más difíciles de dominar; y está perdiendo así a la vez el sentido de su destino y el de la comunión con la naturaleza y lo trascendente. Nadie puede probarlo, pero las degradaciones de la vida física y social que constatamos y que son más palpables en las grandes zonas urbanas, nos están señalando que tal vez hayamos sobrepasado los límites interiores y que nuestro espíritu y nuestro sistema nervioso mismo han llegado a un punto de saturación». (A. Pacdei,‘Los Verdaderos Límites del Crecimiento’. Corriere della Sera)

El segundo informe de este mismo Club nos dice que «estamos en un cambio en que una decisión capital y sin precedentes se nos impone; por primera vez en la historia de su vida sobre la tierra el hombre deberá renunciar a explotar a fondo sus posibilidades económicas y tecnológicas si quiere cumplir con lo que exigen de él el sentido moral y la responsabilidad en función de las generaciones futuras». (Estrategia para el Mañana)

En este proceso cada idea ha mostrado hasta dónde llegan sus consecuencias, cada forma su rostro y cada ídolo su máscara.

Subyacente a estos hechos, otros más subterráneos, y por lo mismo más profundos, siguen su curso.

No puede menos de ser motivo de perplejidad que a pesar de que el derecho se viola, los mismos que lo atropellan se dicen sus defensores y buscan los más aberrantes argumentos para probarlo. Los mismos que quieren destruir la democracia pretenden vestirse con su nombre, ninguno se atreve a decir que está contra la libertad, aunque la ahoguen. Los mismos que expresan que sus objetivos son la justicia y el servicio del hombre, someten al pueblo al silencio y al hambre. Es, aunque no se quiera, un reconocimiento universal y progresivo de esos valores.

Al usarlos nominativamente cuando los niegan y destruyen con sus hechos, crean la más peligrosa confusión.

Realmente nunca el reino de la mentira había sido tan extenso y había dispuesto de tantos medios para expandirse.

Sin embargo, el camino de la verdad tiene sus propias virtualidades. Cada día es más universalmente claro que la democracia, a pesar de sus errores y limitaciones, lleva implícito un sentido de respeto, de amistad, de comunidad, de solidaridad, incluso de renuncia, para poder comprender y convivir, sin lo cual no hay justicia, no hay libertad, y no puede haber ni asomo de paz en las sociedades.

Este reconocimiento universal es un grito que no puede ser ahogado, que surge en las formas más variadas – y diríamos más insospechadas – que responde a un movimiento irresistible de la Historia. Es la consecuencia del siempre creciente desarrollo de la conciencia moral del hombre que, a pesar de todos los avatares, continua en un proceso de mayor conocimiento y claridad.

Para Maritain cada una de las etapas de la historia moderna ha consistido precisamente «en un cierto adquirir conciencia de una dignidad humana humillada y dolida».

Este progreso de perfeccionamiento está contenido aún en los errores que más condena. «Todo error contiene su verdad, y la verdad del maquiavelismo está en su reacción contra una concepción falsa de lo ético, contra lo que podría llamarse el super-moralismo, si se entiende por esto las reivindicaciones quejumbrosas de una moral rigorista, purista y farisaica, enteramente formal y geométrica, que se resiste a reconocer la naturaleza y la vida...» (J. Maritain, 'Problemas Espirituales y Temporales de una Nueva Cristiandad')

Nadie puede dudar que la revolución liberal rompió cadenas que tenían maniatado al hombre y al cuerpo social, y el marxismo a su vez «exteriorizó en una reacción nueva y típica los males que circulaban desde hace siglos en los subsuelos de la Historia, y articuló con voz bien sonora la inmensa queja anónima de los pobres». (J. Maritain, 'Problemas Espirituales y Temporales de una Nueva Cristiandad')

Cada uno de estos pasos estaba hecho para activar este adquirir de conciencia, y también, por desgracia, para deformarla; pero siempre, cada uno de ellos ha significado a la larga un avance irreversible, a pesar de parciales oscurecimientos o retrocesos que tratan inútilmente de desvirtuarlo.

A medida que el Estado dispone de más medios, de más elementos para oprimir, el hombre común dispone también de más medios que lo convencen de su propia significación y dignidad.

La extensión de los conocimientos y de las informaciones; la necesidad que tiene la era industrial y sobre todo la post-industrial de utilizar millones y millones de especialistas hace cada día que cada hombre adquiera un mayor sentido de su propia importancia y sepa que de él depende el funcionamiento de la compleja red sobre la cual se sustenta la vida moderna, y que por lo tanto merece respeto y consideración, porque aún los que están en la cumbre imperiosamente lo necesitan y no pueden tratarlo como si estuviese en interdicción. Unos pocos hombres pueden dejar una ciudad sin luz, o detener el complejo tráfico aéreo; y así como unos pocos pueden destruir, millones se necesitan para que todo esto se construya y funcione.

Se produce así un tipo de coyuntura diferente al que provoca la crisis, creando también fuerzas convergentes que pueden convertir el crepúsculo en aurora.

Por una parte, la reconciliación del mensaje evangélico con la sed de justicia y el ansia de libertad que alienta a las masas pobres del mundo, y, por otra, las condiciones objetivas del tipo de sociedad que ha creado la ciencia-tecnología, abren una nueva perspectiva y exigen una más amplia participación de todos los hombres en las decisiones.

Es dentro de este nuevo contexto que debe pensarse hoy el esfuerzo heroico de que nos hablaba Maritain, y sin el cual no hay salvación para nuestro mundo.

Ya parece no haber duda alguna en ningún espíritu de que las energías progresivas de la Historia no tienen otro camino que el señalado. En definitiva no es la fuerza, sino el consenso; no es la esclavitud, sino la libertad; no es el ‘orden’ impuesto, sino el ‘orden’ que crea la justicia; no es la violencia, sino la razón y la convicción, las que crearán una nueva sociedad humana. Si el hombre no reconoce estos valores superiores, no será posible que esa nueva sociedad exista. La angustia de un mundo en peligro puede permitir una verdadera comprensión, acerca de adónde puede conducir y nos está conduciendo el negarlos o ignorarlos.

Bien dice Maritain «que conductores enloquecidos han pretendido forzar a los hombres a elegir entre el comunismo que quería echar a Dios y el fascismo que lo quería sojuzgar y regimentar, corromper la religión en las almas y descristianizar a la iglesia misma. Esta contradicción ha revelado a qué parálisis llevaba a la vez al principio democrático y al principio cristiano en la vida temporal de los pueblos y la calamidad producida en las democracias modernas por el divorcio entre esos dos principios». Proféticamente en ese entonces, agregaba: «si las democracias ganan la paz después de haber ganado la guerra, será a condición de que la inspiración cristiana y la inspiración democrática se reconozcan y reconcilien».

Esa reconciliación es la que intentan los humanistas de hoy. Su batalla ciertamente no es fácil, porque aparecen como poderosos y triunfantes los que quieren expulsar a Dios o los que quieren instrumentalizar su nombre para justificar sus acciones, lo que constituye la peor forma de corrupción y confusión.

Este encuentro o, mejor, esta síntesis del mensaje cristiano y de la vida democrática no tiene la simpleza de una buena intención. Envuelve y requiere realmente un esfuerzo heroico. Esfuerzo de voluntad; esfuerzo de resistir la presión de esas tenazas; esfuerzo de testimonio permanente; esfuerzo de inteligencia y de imaginación para crear las expresiones concretas de una democracia más verdadera, siempre perfectible, que no puede encerrarse en el solo proletariado, o, como en el pasado, en el solo ámbito de la burguesía, sino representar al hombre en su plenitud.

La burguesía dio un paso hacia adelante cuando rompió el círculo restringido de la nobleza. Hoy el proletariado rompe el círculo de la burguesía, que constituye en la actualidad una limitante. Pero si los burgueses desecaron la sustancia democrática al hacerle perder su impulso creador, las democracias que se dicen populares en realidad la han estrangulado, porque cuando como método se suprime la libertad, no sólo se desangra la democracia sino que se la destruye.

La democracia por su propia naturaleza no podrá nacer sino de un consenso fundamental que debe venir del pueblo mismo. Los que quieren formar una sociedad desde arriba, imponiendo un modelo, son los mismos que en la economía profesan en la práctica la tesis de que enriqueciendo a algunos, el remanente derramará hacia abajo por rebalse, ignorando la infinita extensión del egoísmo humano.

Sólo el valor fraternal, el reconocimiento práctico de que todos los hombres son fundamentalmente iguales – no exactamente iguales sino fundamentalmente iguales –, el respeto a la comunidad natural de base, la familia, el vecindario, la comunidad educacional, la comunidad de trabajo, la comunidad política, las mil formas en que se expresa el hombre, que son las que componen realmente la sociedad, harán posible que surja esta nueva democracia.

Los descubrimientos, los conocimientos, la información, la ciencia y la tecnología no son suficientes para construir esta mejor sociedad, porque, como muy bien se afirmara, hemos creado muchas cosas pero en definitiva hemos olvidado al hombre.

Ella sólo podrá nacer, sostenerse y vivir, si se comienza por reconocer aquellos principios democráticos, para traducirlos en normas contenidas no sólo en la ley sino en el espíritu, inspiradas en una ética que genera una conducta interior que hace posible la amistad y el consenso.

Esta síntesis histórica hacia la cual se debe caminar tiene para Maritain un eje no excluyente y sí gravitante. La toma de conciencia progresiva en la evolución humana significa, fundamentalmente ahora, la ascensión hacia la libertad y hacia la personalidad de la humanidad más próxima a las bases materiales de la vida y a la vez, al sector más sacrificado, que es el de la comunidad de las personas dedicadas al trabajo. O sea, «el beneficio histórico de que hablamos aquí lo
constituye el adquirir conciencia de la dignidad obrera, de la dignidad de la persona humana, del trabajador como tal...»

«Si el proletariado pide ser tratado como una persona mayor de edad, por eso mismo las otras clases sociales ya no tienen por qué auxiliarlo, mejorarlo o salvarlo. Por el contrario, a él mismo y a su movimiento de ascensión histórica le corresponde el papel principal en la próxima fase de la evolución». (J. Maritain, 'Problemas Espirituales y Temporales de una Nueva Cristiandad')

Desde su punto de vista, esta tarea, cuyo motor universal es el humanismo cristiano, puede lograr reconciliar y unir a hombres de todas las condiciones cuya voluntad de renovación social les permitiría llegar a realizarse para acceder a la libertad, pero según las palabras de Maritain, a la «libertad y personalidad no de la clase que absorbe al hombre para aplastarlo, sino del hombre que comunica su dignidad propia de hombre para la instauración común de una sociedad de la cual habrá desaparecido, no digo por supuesto toda diferenciación y toda jerarquía, pero sí la actual división de clases. No es menester insistir sobre la proporción de inversión histórica que implica esta hipótesis».

«Constituye esta posición la verdadera creación entre hombres de distinta clase, raza o nación que tengan una identidad de pensamiento, de amor y de voluntad, la pasión por una obra común que realizar. Esta comunidad no es material, biológica, como la de la raza, o material sociológica como la de la clase, sino verdaderamente humana. La idea de clase, la idea de proletariado, está aquí trascendida». (J. Maritain, 'Problemas Espirituales y Temporales de una Nueva Cristiandad')

Para Maritain, es allí donde residen realmente las nuevas fuerzas creadoras de una nueva civilización. Ese sentido profundo de amor al pueblo, no de la mistificación del pueblo, está contenido en una de sus páginas más bellas:

«El pueblo – dice – es lo que muchos odian, desprecian y temen». En cambio, para él, el pueblo «son las almas, son las personas humanas reunidas por comunes tareas humanas y por la conciencia común del trabajo que cada uno debe hacer para tener un lugar bajo el sol, con su familia y sus amigos y por la larga experiencia de las penas y de los goces, de las vidas sin gloria unidas por un capital común de sabiduría hereditaria amasada en el espíritu de los trabajos más duros, por sentimientos humanos, por tradiciones humanas y por instintos humanos que alimentan en cada uno de los que están más cerca de la naturaleza y que realizan un esfuerzo profundo, aunque sea limitado, de razón y de libertad. El pueblo es la marea de las actividades de la inteligencia humana y del trabajo humano que pululan en las vidas a ras del suelo de la existencia civilizada". (J. Maritain, 'Cristianismo y Democracia')


* * *

Siempre es difícil resumir y al mismo tiempo lograr hacer sentir esencialmente a un hombre que ha creado una tan vasta obra de reflexión. Se corre el riesgo siempre de no reflejar con equIlibrada proporción cada uno de los matices de un pensamiento tan rico y tan complejo y al mismo tiempo tan claro y profundo. Pero nos daríamos por satisfechos si este proemio incitara a conocerlo más. Pocas veces un gran pensador ha sido tan actual y sus ideas tan necesarias.

En cierta manera tratamos de responder un mensaje que nos enviara el 24 de septiembre de 1970, en que nos decía:

 

«Mientras los cristianos permanezcan comprometidos en el solo plan inferior de las combinaciones políticas, ellos no podrán – sea que se alíen con los conservadores, sea que se alíen con los comunistas – evitar traicionar su vocación. Es sobre el plano de la verdad, del testimonio al cual son llamados, que ellos tienen que cumplir su deber con el orden temporal y librar su combate social y político.

«En otros términos, es en una solución auténticamente cristiana que deben trabajar, para la cual no bastan ni la buena voluntad ni aún una inspiración cristiana. Ella exige una fe absolutamente íntegra y una razón sólidamente armada, capaz de comprender lo real y de dirigir la acción a la luz de esta fe.

«Estas son las verdades que es necesario proclamar hoy día y sobre las cuales importa tanto que los cristianos tomen conciencia en el mundo entero, como en Chile».

Esperamos que estas líneas y este recuerdo sean un testimonio de fidelidad al amigo y al Maestro.

Eduardo Frei Montalva