Jacques Maritain
es sin duda, uno de los filósofos que ha ejercido mayor
influencia en el pensamiento cristiano del mundo entero y en la
mentalidad socialcristiana de América Latina. Los estudios
tomistas deben a él y a Etienne Gilson principalmente,
el espíritu de renovación que tanto ha significado
en el mundo occidental.
Su mentalidad
tomista también se refleja en el afán intenso de
"convertir" la estructura de la sociedad moderna en
una nueva "civilización cristiana", algo así
como lo que hizo el Aquinatense con el Estagirita. Es una actitud
asimilista, abierta, ecuménica. No en balde muchos han
visto en Maritain un precursor de las tendencias conciliares de
la Iglesia que cristalizaron en el Vaticano II.
No es sin
embargo Maritain un ecléctico, ni siquiera un débil
tolerante con el error o el mal. Agustinianamente sabe defender
lo fundamental con toda energía, ser sinceramente liberal
en todo aquello dudoso u opinable y también cálidamente
caritativo en todas sus actitudes.
Su doctrina
tiene el espíritu rocoso de Santo Tomás. Se ha negado
a dejarse incluir en la derecha o en la izquierda como polaridad
de su pensamiento. Cree que la disyuntiva es más de "right
or wrong" que de "right or left". Ha
aceptado que su equidistancia se acerca más hacia la izquierda
cuando trata de las cosas del César pero más hacia
la derecha cuando deambula por los caminos de Dios. [1]
Ni por su figura, ni por su modo de decir tiene el perfil típico
de los polemistas. A veces parece un francés distraído,
otras un político seguro, con frecuencia un abate retirado.
Es un hombre sencillo y humilde, como todo santo varón
que se dedica a perseguir la verdad y a defenderla y participarla.
Ama la soledad del retiro, pero no se esconde en torre de marfil.
La resistencia francesa lo encuentra siempre dispuesto para la
lucha frente al nazismo, no tan solo en la trinchera ideológica.
Tuvo la virtud de ser consecuente en su teoría y su acción.
No hay divorcio entre su saber y su virtud. Y le importó
más ser que parecer. En un mundo tan lleno de simulaciones
y de oportunismo es natural que sufriera los ataques más
injustos, a veces de filas que debieron serle muy afines. No fue
por supuesto infalible, ni pretendió serio. Y todavía,
al final dé su vida, tuvo el gesto magnánimo de
confesar públicamente en 'El Campesino del Garona',
sus errores y sus afirmaciones que aunque casi siempre exactas,
sin embargo, dieron pie para que algunos seguidores extremaran
o desfiguraran sus criterios fundamentales. Pero si se observa
bien el derrotero de su pensamiento, converso al catolicismo,
gracias a la prédica y la influencia de León Bloy,
se verá que su trayectoria es nítida y constante.
Junto con Raïssa, su abnegada esposa, conversa también,
y profunda pensadora, forma una pareja en el orden filosófico
que recuerda a aquel binomio extraordinario de M. y Madame Curie
en el laboratorio científico.
En su metafísica
resulta raigalmente tomasino, casi paleolítico, mientras
que en su filosofía social y política es de anticipación
precursora, especialmente en el ámbito católico.
No se olvide que muchos pensadores católicos en los últimos
siglos, especialmente a partir de la Revolución Francesa,
más apegados a verdades temporales que eternas, habían
hecho dogma de lo que sólo fue menester histórico
o circunstancia transitoria. La palabra democracia, igualdad,
fraternidad, libertad, tenían en la mentalidad de muchos
un sabor todavía anticlerical y volteriano, no obstante
que las proclamas revolucionarias francesas podrían parecer
conservadoras al lado del Sermón de la Montaña.
Durante siglos se había asociado el Altar y el Trono y
se recordaba con nostalgia el sueño medieval de Imperios
Sacros. El último gigantesco esfuerzo lo hizo Carlos V
en sus afanes universalistas.
No quiero
caer en iconoclastia o anacronismo que serían imperdonables,
ni negar el valor relativo que en el ámbito histórico
representó el desiderantum de todos los carolingios. La
historia se va haciendo a retazos y todo cumple una función.
La historia como los relojes no puede "bruler les etages"
como dicen los franceses. El reloj, antes de dar las doce campanadas,
ha dejado oír por lo menos 66, en el paso de las 11 horas
precedentes.
Soy un admirador
de la Edad Media, del esfuerzo monárquico en la civilización
occidental, del significado histórico de la aristocracia,
sobre todo en sus orígenes más meritorios, y de
tantas maravillas que el arte, la filosofía y las ciencias
dejaron entre los claustros góticos medievales y los palacetes
renacentistas. Pero para muchos, sobre todo dentro del mundo cristiano
dividido, el tiempo se había detenido en la Reforma y la
Contrarreforma, en el forcejeo entre Ignacio de Loyola y Martín
Lutero, entre el voto de obediencia y la protesta de Wutemberg,
entre el examen particular y el libre examen.
Y en el debatir
antitético se cariocinaba, como las células, el
mundo cristiano atomizado, subdividido en sectas y vertientes
y, a la vez, en dicotomía peligrosa, el mundo moderno parecía
preferir la ciencia a la teología, la técnica a
la moral, el maquiavelismo a la política, el nacionalismo
al universalismo. Pero ni la propia guillotina pudo cercenar las
ideas revolucionarias del 89 ni la caballería napoleónica
pisotear las semillas de la democracia liberal.
La preocupación
del pensamiento maritainiano es aunar, reconocer, absorber, dentro
de una concepción ecuménica capaz de permitir la
búsqueda de las ovejas perdidas, la convivencia con los
hermanos separados. Es una preocupación pastoral en la
misma línea que un siglo antes en Roma, la Habana y otros
lugares de América, habían tenido preocupaciones
similares los Varela, los Díaz de Gamarra y tantos otros
afiliados a tesis eclécticas o electivas. Vale decir selectivas.
Sólo que en Maritain el propósito no es tanto alcanzar
una síntesis sino un mosaico. No totalizar de ahí
su fobia a todo totalitarismo sino particularizar, reconocer
que la cordillera supone, por definición cumbres diversas.
Su apelación a la analogía es continua. Su rechazo
de la identificación es permanente. No hay luz sin sombras
ni sombras sin luz. No cree posible ontologizar las antítesis,
pero cree que deben coexistir en todo panorama.
Hay pues que
salvar lo diferente, lo diverso dentro del Universo. Este es un
leit-motif en el pensamiento maritainiano.
Dentro de
esta concepción eminentemente pluralista, de raíz
fuertemente tomista, brota la filosofía política
maritainiana que tanta influencia ha ejercido en Europa, y sobre
todo en América Latina, a través de los movimientos
y partidos políticos de filiación demócrata-cristiana
o social cristiana.
II.
EL PERSONALISMO
En el centro de toda la filosofía maritainiana tropezamos
con el concepto de persona: "El hombre verdadera y plenamente
natural no es el hombre producto de la naturaleza, la tierra inculta:
es el hombre de las virtudes, la tierra humana cultivada por la
recta razón, el hombre formado por la cultura interior
de las virtudes intelectuales y morales".
Y más
claro todavía:
"Cuando
decimos que un hombre es una persona, no queremos decir solamente
que es un individuo, como un átomo, una espiga de trigo,
una mosca o un elefante. El hombre es un individuo que se sostiene
a sí mismo mediante la inteligencia y la voluntad; no existe
solamente de una manera física, sino que sobre-existe espiritualmente
en conocimiento y en amor, de tal manera que en cierta forma es
un universo en si mismo, un microcosmos, en el cual puede estar
contenido, mediante el conocimiento, todo el gran universo entero,
y que mediante el amor puede entregarse por completo a seres
que son para él como su otro yo relación
de la que resulta imposible hallar un equivalente en el mundo
físico . La persona humana posee estos caracteres,
puesto que en definitiva el hombre, esta carne y estos huesos
perecederos que un fuego divino hace vivir y actuar, existe,
desde el útero al sepulcro , de la propia existencia
de su alma, que domina el tiempo y la muerte. El espíritu
está en la raíz de la personalidad. La noción
de personalidad implica así la totalidad e independencia;
por indigente y atropellada que pueda estar, una persona como
tal es un todo, y como persona subsiste de manera independiente.
Decir que el hombre es una persona, es decir que en el fondo de
su ser es un todo más que una parte, y más independiente
que siervo. Es decir, que es un minúsculo fragmento de
materia que al mismo tiempo es un universo un ser contingente
que comunica con el ser absoluto , una carne mortal cuyo
valor es eterno, una brizna de paja en la que entra el cielo".
[2]
De este concepto
de persona en Maritain, que es un concepto más racional
y menos emocional que el de su colega Mounier, podemos derivar
corolarios inevitables.
La libertad
humana es esencial. El libre albedrío es condición
básica para el cultivo del escoger, pero no es su teleologismo.
Tampoco es absoluta e independiente. El mundo de la virtud limita
sus contornos y el de la inteligencia señala su rumbo.
Más que independiente es autónoma. No se escoge
por escoger, como quiso el liberalismo del Siglo XIX. De lo contrario
sería tontamente homicida o brutalmente libertina.
"El hombre
debe realizar, mediante su voluntad, aquello que en su naturaleza
existe en proyecto. Según un lugar común que se
remonta a Píndaro un lugar común muy profundo
debe llegar a ser lo que es. Y ello a un precio muy doloroso
y con riesgos temibles. Debe ganar por sí mismo, en el
orden moral, su libertad y su personalidad". [3]
III.
EL BIEN COMÚN
Es otro concepto
clave en la filosofía política de Maritain.
El fin de
la sociedad política es perseguir el bien común.
Pero este bien común no es la mera suma de los bienes particulares,
pues, como Aristóteles nos enseña, "incluso
en el orden matemático seis es algo más que tres
más tres". Es decir que el número seis tiene
vigencia propia e independiente de los sumandos, e incluso puede
ser resultado de otros diferentes. Y a su vez puede combinarse
con entidad propia en la serie de los números en cifras
de valor absoluto y relativo ad infinitum.
Repite con Santo Tomás que "cada persona individual
es, con respecto a toda la comunidad, lo que la parte con respecto
al todo". Esto diferencia el modo de pertenencia a la sociedad
estatal de cualquier otra de fines específicos. El hombre
se compromete por completo en esta sociedad civil, su vida, sus
bienes, su honor. No así en un sindicato, un club o una
academia.
Pero ese compromiso,
aunque total, no ocurre en virtud de cuanto hay en la persona
y cuanto le pertenece. "Formo parte del Estado dice Maritain en razón de ciertas relaciones
con cosas de la vida común que afectan a todo mi ser, pero
en razón de otras relaciones (que también afectan
a todo mi ser), con cosas más importantes que la vida en
común hay en mí bienes y valores que no existen
por el Estado ni para el Estado y que están fuera del Estado".
[4]
Por su carácter
de bonum el bien común no puede ser una resultante del
simple querer individual, el pecado rousseaniano de desencajar
la voluntad de su propia naturaleza. La mayoría ni la unanimidad
pueden cambiar la idiosincrasia de la bondad. La democracia no
es simple aritmética. Los valores humanos no obedecen a
criterios estadísticos. La calidad no es procreación
de la cantidad.
Por su carácter
de común este bien abarca tanto a la sociedad como a la
persona. Es pues común "al todo y a las partes, digo
a las partes como si fueren todos, porque la noción misma
de persona, significa totalidad". En otras palabras, en tanto
se es "individuo" se es parte de la sociedad
y en cuanto se es "persona ", es decir, algo
más que simple fragmento de materia, se participa de lo
social en cuanto se permite al hombre la realización plena
de sus más altas funciones en este sentido, "per se".
No es el ser humano simple elemento sirviente del Estado. Este
personalismo de Maritain es asiento básico para condenar
toda forma de totalitarismo que siempre pretende absorber hasta
las funciones más espirituales del ciudadano. Y al mismo
tiempo implica un rechazo de la tesis individualista liberal que
considera al hombre como simple átomo social.
Aunque resulta
obvio no está de más insistir, y es el propio Maritain
quien lo expresa, que el individuo y la persona no son dos seres
distintos:
"No
existe en mí una realidad que se llama individuo y otra
que se dice persona, sino que es un mismo ser, el cual, en un
sentido es individuo y en otro es persona. Todo yo soy individuo
en razón de lo que poseo por la materia, y todo entero,
persona, por lo que me viene del espíritu".
Según
Maritain, el bien común implica tres elementos fundamentales:
1) redistribución,
ayuda al desarrollo personal;
2) autoridad, es su fundamento; y
3) moralidad intrínseca.
Es decir,
que la función del bien común obliga a compartir
los bienes sociales para beneficio de la persona, para su perfección.
De ahí que todo bien comunitario revierte sobre las personas,
se redistribuye la participación común. Maritain
en frase feliz trató de resumir o de empatar el doble aspecto
de su doctrina: ''personalismo comunitario". La autoridad
ha de imponerse solo tanto cuanto sea necesario a estos propósitos
comunitarios. Y no se puede justificar el maquiavelismo para explicar
la acción estatal. Una ley injusta no es ley. En otros
términos el bien común tiene mucho de parecido con
el sentido común Y la salud moral.
IV. HUMANISMO INTEGRAL
Maritain refleja en toda su filosofía política su
famosa tesis del humanismo integral.
La civilización
siempre gira en torno a la idea del hombre. El Humanismo renacentista
con su antropocentrismo deificó al hombre. En el Olimpo
chocaron y resbalaron los dioses carnales. Y este hombre narciso,
ególatra, degeneró en un deplorable antihumanismo.
El hombre se hizo el lobo del hombre. Fue la bestialización
misma del ser humano. Al arrancarle sus reflejos divinos, su mera
filiación quedó convertida en una escuálida
encarnación animal, el triunfo de lo irracional, el camino
de la humillación por la soberbia. "La razón nos dice Maritain se reveló más
incapaz que la fe para asegurar la unidad espiritual de la humanidad
de modo que el sueño de un credo "científico"
que uniera a los hombres en la paz y en convicciones comunes.
. . se desvaneció en las catástrofes contemporáneas.
. . fueron desmintiendo el racionalismo burgués de los
siglos XVIII y XIX, nos vimos frente al hecho de que la religión
y la metafísica constituyen una parte esencial de la cultura
humana..." [5]
Pero, sin
embargo, la base humana e infrahumana del hombre es su asiento
primario y nada deleznable. La materia también tiene su
dignidad, su perfección ontológica. Solo que no
puede olvidarse el espíritu. Y lo sobrenatural no anula,
sino que perfecciona. El hombre es "dios por participación".
Pero su divinización se conquista y se merece por la libertad.
La muerte es episodio que resuelve la paradoja del hombre entre
el tiempo y la eternidad.
La civilización,
la técnica, el industrialismo, hacen al hombre perder la
perspectiva de su espiritualidad. El hombre es triturado por el
maquinismo, por el vértigo de las incitaciones materiales,
por la aceleración de la mecánica progresista. Es
deber de los cristianos buscar también en este mundo un
pequeño cielo histórico para el valle de lágrimas.
No se ha de confundir la espera con la resignación, la
conformidad con la pasividad.
"El
hombre del humanismo cristiano dice Maritain sabe que la vida política aspira a un bien común
superior a una mera colección de bienes individuales... que la obra común debe tender, sobre todo, a mejorar
la vida humana misma, a hacer posible que todos vivan en la tierra
como hombres libres y gocen de los frutos de la cultura y del
espíritu... aprecia la libertad como algo que hay que
ser merecedor; comprende la igualdad esencial que hay entre él
y los otros hombres y la manifiesta en el respeto y en la fraternidad;
y ve en la justicia la fuerza de conservación de la comunidad
política y el requisito previo que llevando a los no iguales
a la igualdad, "hace posible que nazca la fraternidad cívica..."
V. LA DEMOCRACIA SEGÚN MARITAIN
De todo lo anterior se puede observar fácilmente que la
democracia en Jacques Maritain es algo más que un simple
"régimen" de gobierno. Repasa las tres formas
puras de la famosa clasificación de gobierno de Aristóteles
y concluye que en su filosofía democrática cabe
una mezcla de los tres sistemas clásicos en orgánica
unión. Cabe aceptar el vigor y la unidad que brota del
príncipe, es decir, de la autoridad, la valorización
diferente que establece el liderazgo de algunas minorías
y el afán de libertad e igualdad de las grandes mayorías
republicanas. La filosofía humanista, en la caracterización
hecha, permite vislumbrar una "nueva democracia", cuyas
notas fundamentales podrían resumirse de este modo:
"Bien
común volcado sobre las personas; autoridad política
que dirija a hombres libres hacia ese bien común y la vida
política. Inspiración personalista, comunitaria
y pluralista de la organización social, vinculación
orgánica de la sociedad civil con la religión, sin
compulsión religiosa ni clericalismo, dicho de otro modo,
sociedad real, no decorativamente cristiana". [6]
Es decir,
que Maritain cree que la democracia ha de ser más que una
etiqueta, más que una mera forma, un verdadero estilo de
vida, toda una concepción cultural del universo. Existe
una democracia verbalista, demagógica, que decepciona a
los pueblos que no se sienten representados por sus dirigentes.
No se vive el propósito igualitario ni participativo. El
pueblo no opina, ni decide aunque aparentemente vote. Sólo sufraga,
es decir, paga los gastos de la burocracia estatal. Los partidos
demócratas cristianos deben ser populares aunque no clasistas,
pero mirar con honda simpatía a las clases más desvalidas
de la comunidad política y promover su ascensión,
no con sentido paternalista, sino para que sea sujeto de sus propias
decisiones.
Casi todas
las democracias buscan un adjetivo que las acompañen. Y
curiosamente el calificativo suele ser el substantivo. En nuestro
caso la palabra cristiana añade una especificidad peculiar
al concepto como veremos más adelante.
VI. LA CONCEPCIÓN PLURALISTA
La única
posibilidad para afincar el modelo democrático arranca
del pluralismo, principio que tiene en cuenta el hecho y la razón
de la variedad de modos de pensar, sentir, hacer y creer del hombre
moderno y que acepta de buen grado la convivencia de hombres y
grupos con diferente visión del mundo. Hubo tiempo en que
un monismo espiritual, o tal vez físico, se imponía
sin mayor violencia en las comunidades políticas. Y en
ciertas épocas históricas la unidad fundamental
en torno a un factor prevalente permitía la cohesión
y la solidaridad grupal. En nuestros días la complejidad
de la sociedad ha multiplicado sus elementos en tal forma que
la variedad de exigencias y la polivalencia de actitudes e instituciones
es de tal naturaleza que el respeto a la diversidad constituye
un basamento esencial. Existe un tácito acuerdo con el
desacuerdo general. La única solución posible es
la de tipo pluralista. Hombres de diversos credos filosóficos
o religiosos pueden convivir y colaborar en tareas comunes siempre
que acepten una "carta magna esencial o principios fundamentales
que están en el núcleo de la existencia misma y
que ella tiene el deber de defender y promover". [7]
Obsérvese
que el principio pluralista arranca desde luego de una base comunitaria.
El error de las concepciones individualistas se nutría
del espejismo de una neutralidad irreprochable o de una sociedad
imaginada como un ring de boxeo en donde la competencia desmedida
echaba al hombre a pelear contra el hombre en un deseo vicioso
de liberarse de la libertad, pero de la libertad del otro. La
ley, por supuesto, es un presupuesto básico, que garantiza
la seguridad al ciudadano para velar por sus derechos y obligaciones
ante la sociedad. Y los que atentan contra el mismo régimen
de modo esencial deben ser sancionados por atentar contra la seguridad
del Estado. Pero el Estado de Derecho es capaz de bastar para
aplicar la ley con todo su rigor. Es necesario una inspiración,
una fe común en la que educar al pueblo para que no se
permita a los herejes de las libertades democráticas destruirlas.
Llegar a ese principio de unidad asiento de pluralidad
supone un acuerdo práctico antes que teórico
o dogmático. Como dice Sidney Hook "las premisas
subyacentes, ya sean teológicas, metafísicas o naturalistas,
a partir de las cuales los diferentes grupos justifican sus comunes
creencias y prácticas democráticas, no deben ser
sometidas a integración". [8] Maritain ve en el
caso de EE.UU. una buena comprensión del principio pluralista.
Esa fe que
reclama nuestro filósofo tiene carácter natural,
no sobrenatural, pero, sin embargo, exige también una dedicación
íntegra y un gran empeño de energías espirituales
muy íntimas. Y discrepa de Hook en cuanto que esa fe no
puede depender de la ciencia, la planificación o la integración
cultural. En la naturaleza racional y en la inspiración
evangélica ve Maritain la levadura para fomentar el espíritu
común y múltiple. Tampoco en la fuerza o en la policía
se encuentra el elemento de aglutinación. Es necesario
que el acuerdo, por más práctico que sea, indique
una comunidad teórica, no basta un simple pragmatismo sin
propósito. Y supone, además, cierto grado de amistad
-en sentido aristotélico. De lo contrario la solidaridad
se quiebra.
El pluralismo
puede aplicarse no solo en un sentido ideológico sino que
implica también la plural organización de toda sociedad
arquitecturada. Es la organicidad, no la atomicidad que pregonaba
el individualismo rousseauniano, No es el binomio de Estado-Ciudadano
lo que conforma la comunidad política. Hay toda una serie
de organismos intermedios e instituciones que forma el tejido
social y sus varias estructuras.
VII. INSPIRACIÓN CRISTIANA
Los partidos demócratas cristianos suelen decir que son
de "inspiración cristiana", en buena parte por
influencia maritainiana. Incluso al calificar de cristiana la
democracia parece subrayarse esta idea. Dentro de las filas del
propio social-cristianismo la cuestión del nombre ya ha
sido muy debatida. Y de hecho algunos de estos grupos políticos
han desechado la etiqueta por cuanto compromete y responsabiliza
a los miembros en esta cuestión.
El Dr. Rafael
Caldera entiende que la denominación demócrata-cristiana
envuelve un planteamiento doctrinario de dos elementos: el democrático
y el cristiano. El primero que tiene un sentido eminentemente
político y el segundo que resulta eminentemente filosófico.
Pero "esos dos elementos tampoco constituyen ingredientes
separados". [9]
Y más
adelante aclara el Dr. Caldera la aconfesionalidad del elemento
cristiano:
"Debemos
admitir que el hecho de llamarnos cristianos entraña para
nosotros una grave responsabilidad: nos obliga a esforzarnos por
traducir, dentro del campo político y social, la inspiración,
el estado de espíritu que supone la idea de cristiandad.
Por lo pronto, al plantear una posición que denominamos
cristiana, tenemos que insistir en que lo hacemos desde el punto
de vista político, sin pretender con ello implicar un credo
religioso determinado". [10]
Las implicaciones
de lo cristiano conllevan una actitud ética prioritaria
en la conducta y un reconocimiento de los valores morales en todos
los conflictos socIales. Y un mentis rotundo a toda concepción
marxista colectivista o materialista individualista.
La inspiración
cristiana ha surgido básicamente del pensamiento evangélico
y de la larga tradición de pensadores católicos
y protestantes que han tratado de descubrir las raíces
democráticas y sociales que se encuentran en los textos
revelados en las Encíclicas Sociales de la Iglesia, desde
León XIII hasta la fecha.
Pero los partidos
han tratado de llevar a la praxis las ideas social cristianas.
No son pues organismos académicos que pueden permitirse
una asepsia intelectual químicamente pura sino que han
de caer en el ruedo político, polémico e inevitablemente
apasionado. De ahí el riesgo inevitable pero necesario.
Ciertamente
ni Maritain ni los partidos de "inspiración cristiana" han sido confesionales. Más bien han sido en este sentido
anticlericales y en algunos casos anticatólicos. No han
faltado incluso fuertes ataques de medios católicos temerosos
de confusión ante el gran público. Y la protesta
surge a menudo como una reacción de afirmación o
protesta hacia los clásicos partidos conservadores católicos,
que sí hacían gala de su profesión de fe
religiosa y hasta de sus intenciones impositivas.
Maritain suele
decir que lo que se busca es una sociedad vitalmente cristiana,
sin preferencia por ninguna iglesia en particular, pero sí
basada en los principios universales encerrados en el Evangelio.
El Sermón de la Montaña es un punto cumbre en la
inspiración. Y las Encíclicas Sociales, por cuanto
encierran verdades que concuerdan con la naturaleza política
del hombre.
Lo que se
rechaza de plano es la sociedad confesa que otorga privilegios
a cualquier credo o a sus miembros con discriminación de
otras instituciones religiosas.
La "Nueva
Cristiandad" que busca Maritain acepta:
1. "Una
estructura pluralista". Tolera (no aprueba) en su ámbito
diversas concepciones religiosas. Y reconoce el principio de Santo
Tomás "ritus infidelium sunt tolerandi" , y recuerda
también la tolerancia agustiniana hacia las meretrices.
2. "La
autonomía de lo temporal". El régimen político
debe de gozar de independencia frente al César. Sin que
por ello reste a Dios sus derechos.
3. "La
libertad de las personas". La realización de la
libertad es la máxima aspiración humana. Lo cual
no significa neutralidad ante el bien y la verdad, ni escepticismo,
sino el repudio de la fuerza o la violencia como modo de imponer
concepción cristiana.
4. "La
unidad de la raza social". Es decir, el reconocimiento
de la paridad esencial en los hombres. La armonización
de la autoridad con la igualdad y la fraternidad de los hombres
de una misma "raza" socialmente hablando. Ni paternalismo
ni odio de clases.
5. "Una
obra común a desarrollar". Una comunidad fraterna
a realizar. En la Edad Media se buscaba otra forma donde la pirámide
social se imponía. El liberalismo con su neutralidad o
indiferentismo deviene en escepticismo. La ética cristiana
puede estimular la mejor de las convivencias en clima de libertad
y orden.
VIII. MORAL Y POLÍTICA
Maritain es un filósofo con ética cristiana aunque
no puritana. Lo cual no significa que los puritanos no sean cristianos.
Pero no es el rigorista fanático que se olvida de las tristes
realidades del hombre pecador. Su concepción política-aristotélica-tomista
incluye la política dentro del ámbito moral. No
es la política ciencia o arte o técnica independiente.
Depende del hombre y es para el hombre. No puede escapar a valoraciones
éticas. Maquiavelo al desenmascarar al ser humano lo mutiló,
borró de un plumazo la ética, la teología
y la metafísica del arte de gobernar. Fusiló la
sabiduría práctica.
Aceptó como normal lo que era anormal. Fue un "gramático
del poder", un verdadero artista renacentista en la formulación
de sus bellas teorías venenosas. Confundió el mundo
del ser con el del deber ser. Negó a la política
su capacidad para orientar y crear mundos mejores. Se quedó en pura "hacería": lo que vale es el hacer.
No importa el modo ni el fin ni los medios. Confundió
como en sus raíces la virtud con la fuerza. Lo que
importa es conquistar el poder y conservarlo. El éxito
sin límites.
Pero para
Maritain, el éxito inmediato que alienta el maquiavelismo
no es más que una ilusión. Puede ser que el mal
y la injusticia triunfen de esa forma, pero solo para provecho
de un hombre. Nunca de la sociedad. Ni es tampoco fruto duradero
como corresponde al bien común. Más bien fuente
de males. Mussolini escribió un prefacio para una edición
de 'El Príncipe' cuando se creyó en el apogeo de
su gloria. Veinte años más tarde vimos como toda
aquella aparente exitosa irradiación del poder se volvía
tensión, derrotismo y violenta caída en una nación
destruida. Pero, aún así, hay que advertir que muchos
de los éxitos de la Italia en ascenso fueron debidos también
a factores que escapaban al mero maquiavelismo.
Para Maritain
los grandes representantes del 'maquiavelismo contemporáneo
absoluto son el fascismo, el nazismo y el comunismo. Son los verdaderos
maquiavelismos, los que devoran a 'los otros más moderados
o tolerables.
La conciencia
moral no es suficiente si al mismo tiempo no implica una conciencia
religiosa. Pero la política cristiana no es teocrática
ni clerical ni es política de pseudodebilidad evangélica
y de no resistencia al mal. Sus armas son la justicia real y concreta,
la fuerza, la perspicacia y la prudencia. Ha de empuñar
la espada, atributo del Estado, pero sabiendo que la paz es fruto
no solo de la justicia sino del amor.
Si un Estado
débil se ve atenazado por enemigos maquiavélicos
deberá aumentar desesperadamente su poder físico
pero también sus virtudes morales. La política es
una rama de la ética, pero una rama "específicamente
diferente". Las virtudes políticas se mueven dentro
de un ámbito de realidades. La sociedad temporal requiere
de la tolerancia y del reconocimiento del "fait accompli"
que permite la retención de ciertas ventajas mal habidas
mucho tiempo atrás. En última instancia la ética
política puede absorber y aprovechar todos los elementos
de verdad contenidos en Maquiavelo, "en la medida en que
el poder y el éxito inmediato sean realmente parte de la
política, aunque desde luego, una parte subordinada, no
principal". [11]
Cierto hipermoralismo
(que determina que la ética política es algo impracticable
y meramente ideal) es tan contrario a esta misma ética
como lo es el maquiavelismo... "La pureza de los medios...
no consiste en rehusarse farisaicamente a todo contacto exterior
con el lodo de la vida humana, ni tampoco consiste en esperar
que llegue un mundo moralmente aséptico para ponerse uno
a trabajar en él, ni consiste en esperar convertirse uno
en un santo, antes de salvar a un semejante que se ahoga, así como escapar a todo riesgo de caer en falso orgullo al realizar
ese acto generoso". [12]
El hipermoralismo
es una insensata exaltación ética, irreal, desprendida
de las estructuras de los sentimientos raigales que aportan, como
las condiciones físicas en la naturaleza, una sabiduría
práctica, instintiva, más profunda y valedera que
las construcciones artificiales de la razón. La ética
política es esencialmente realista no en el sentido de
un Real politik, sino en cuanto está consciente de "la
plena realidad humana del bien común". [13]
Tanto el maquiavelismo
como el hipermoralismo roen, como rosanos, la sustancia ética
y socialmente viva de todo éxito y bienestar duraderos
de las naciones. Son el empleo del mal y la omisión general,
la destrucción de toda verdadera política. No importa
que la frecuencia de ambos abusos pueda representar una estadística
o una curva de promedios elevados, pero nunca la esencia humanista
de la política. Se devoran a sí mismos. Max Lerner
ha planteado el dilema. O sucumbimos al maquiavelismo o nos regeneramos.
La democracia es el imperio de la ley y el derecho.
Maritain recuerda
al efecto que Bergson decía que la democracia en cuanto
tiene un motor evangélico actúa contra la corriente
del ambiente promedial, por lo que hace falta siempre contar con
la inspiración heroica y el sacrificio extraordinario.
De nuevo el vitalismo cristiano juega aquí un papel fundamental.
NOTAS
1.
Jacques Maitain. Religión y Cultura, pág.
17
2.
Citado por Henri Bars en La Política según
Maritain, págs. 28 y 29
3.
Jacques Maitain. La Persona y el Bien Común,
pág. 37
4. La Persona y el Bien Común, págs.
64 y 65
5.
Jacques Maitain. El Alcance de la Razón,
págs. 263 y 264
6.
Jacques Maitain. Los Derechos del Hombre y la Ley Natural,
págs. 81 y 82
7. El Alcance de la Razón, pág. 264
8.
Citado por Maritain en El Alcance de la Razón,
pág. 266
9.
Rafael Caldera. Especificidad de la Democracia Cristiana,
pág. 26
10. Especificidad de la Democracia Cristiana, pág.
61
11. El Alcance de la Razón, pág. 255
12. El Alcance de la Razón, pág. 256
13. El Alcance de la Razón, pág. 258