En este ensayo se pretende en primer lugar argumentar que el pluralismo
es condición necesaria para la dignidad; además
se afirmará que a partir de la premisa de que toda ética
presupone una antropología, es preciso sostener que solamente
el personalismo hace posible un pluralismo auténtico permitiendo
superar los desafíos del multiculturalismo desde la práctica
del reconocimiento, que es la sustancia de la dignidad de la persona
humana.
En
su obra Los derechos del hombre y la ley natural,
Maritain dice que una sociedad de hombres libres está fundada
en las siguientes bases: el personalismo, el comunitarismo, el
pluralismo y el "teísmo".[1]
Hablando
en términos más específicos, es posible apuntar
que dicho autor afirma que la sociedad debe ser una totalidad
de personas cuya dignidad, anterior a ella misma, presupone libertad
espiritual; asevera igualmente que la inclinación natural
de todo hombre hacia la comunión es medio necesario para
el bien de todos y que el desarrollo de la persona exige autonomía
de los individuos y de los grupos a que pertenecen, con sus derechos,
libertades y autoridades propias. Por fin, debe ser "teísta",
en la medida en que todos, creyentes o no, creyendo en la dignidad
de la persona humana, en la justicia, en la libertad y en el amor
al prójimo, cooperan en la búsqueda de la realización
del bien común.
De
eso se puede aducir que el pluralismo se manifiesta en el pensamiento
de Jacques Maritain como un presupuesto fundamental de la dignidad
de la persona, dignidad esa que lo reclama y lo exige.
Eso
se da en vista de que dicha dignidad presenta una estructura bipartida,
existiendo en ella un aspecto endógeno y otro que es exógeno.
El primero de ellos trata de la relación de la persona
consigo misma, mientras que el segundo aspecto de la relación
de la persona se da con su propio medio. Hablando de otra manera,
podríamos decir que cada dimensión de la existencia
humana individual y social corresponde a una porción
de su dignidad. Es decir, que la realización de la dignidad
exige a su vez dos experiencias fundamentales, que son la plenitud
y el reconocimiento.
De
ese modo, la dignidad de la persona presupone una implicación
directa entre plenitud y el reconocimiento de tal modo que una
negativa que puede ser dada a uno de esos aspectos implica que
el otro también sea negado.
De
ahí se sigue que una sociedad pluralista es un medio necesario
para la realización de la dignidad, pues la libertad es
un antecedente necesario así para la experiencia de plenitud
como para la del reconocimiento.
La
libertad es algo propio del hombre, de donde se puede afirmar
que está en la esencia de la persona y que es una característica
distintiva de su naturaleza. El hombre es inseparable de la libertad,
pues ella le es un atributo definidor del género a que
pertenece, además de componer la experiencia individual
que constituye cada persona. La libertad orienta hacia la plenitud,
haciendo que la persona se vuelva hacia sí misma y hacia
lo exterior. Sin libertad no hay dignidad. Sin pluralismo no hay
libertad.
Por
otro lado, aunque en 'Humanismo Integral' Maritain venga a apuntar
solamente al comunitarismo y el personalismo además
del aspecto peregrino como bases de la ciudad temporal
[2], en esa misma obra presenta el pluralismo como contenido del
concepto de lo ideal de una nueva cristiandad. El pluralismo expresa
la superación de la idea medieval de un imperio sagrado
de Dios sobre todas las cosas por la santa libertad de la criatura
que la gracia une a Dios. El pluralismo medieval fundado en la
multiplicidad de instituciones que fueron favorecidas por
el particularismo jurídico y el Derecho consuetudinario
da espacio a las minorías nacionales que exigen
la renuncia al sueño medieval de la unidad y la asunción
de una heterogeneidad orgánica en la constitución
de la sociedad.[3] La sociedad civil es compuesta de sociedades
particulares que, según la medida del bien común,
deben tener un alto grado de autonomía y diversidad conforme
a las conveniencias propias de sus naturalezas.[4]
A
su vez, Hannah Arendt define el pluralismo no como una concesión
de lo político ante la diversidad de grupos e individuos,
pero como una condición propia de la humanidad: es decir,
pertenecemos al género sin que eso signifique que somos
absolutamente iguales. En su fórmula: somos todos los mismos,
o sea somos humanos, sin que nadie sea exactamente igual a cualquier
persona que haya existido, que exista o que venga a existir. [5]
Volviendo
a la obra Humanismo Integral, se nota que Maritain
había profundizado el concepto a partir del pluralismo
económico y del pluralismo jurídico. En verdad,
eran respuestas para las cuestiones de su época. Con las
recientes revueltas en algunas sociedades occidentales y los actuales
conflictos entre el Oriente y el Occidente, con todo, se pone
en la agenda de este nuevo milenio la reflexión sobre el
pluralismo cultural.
Eso
explica por qué, según Aristóteles, las revueltas
nacen de cosas insignificantes pero siempre buscan grandes objetivos.[6]
El estagirita afirma que las revueltas ocurren siempre en vista
de la desigualdad [7] y que hay una disposición de ánimo
de los que la defienden siempre que ellos vengan a constatar que,
a pesar de que sean considerados iguales, en realidad están
en desventaja con relación a otros que poseen más
que ellos.[8]
Además,
el filósofo enumera como causa de las revueltas el crecimiento
desmedido de las ciudades. Compara la ciudad con el cuerpo que
debe crecer armoniosamente para que no se quede disforme, manteniendo
sus debidas proporciones. O sea, termina haciendo una referencia
directa a la justicia distributiva [9], constatando que aquéllas
se dan cuando existe una masa excesiva de pobres. [10]
Aristóteles
declara todavía que es un factor hacia la instabilidad
la ausencia de unidad de raza concomitante a la ausencia de una
unidad espiritual:
"En
verdad, así como una ciudad no proviene de una multitud
cualquiera, tampoco se forma en un momento cualquiera. El hecho
de que, hasta ahora, las ciudades hayan admitido extranjeros como
cofundadores y co-colonizadores de otra raza, eso motiva gran
parte de las revueltas." [11]
Partiendo
de la reflexión aristotélica, se constata que el
genuino pluralismo es el resultado de una ecuación muy
compleja entre igualdad y diversidad, cuyo factor es el bien común.
Los presentes condicionamientos del problema han dado origen al
neologismo multiculturalismo, y éste se ha convertido en
el más importante desafío para la justicia distributiva
en los tiempos actuales.
El
multiculturalismo es la expresión actual del pluralismo
social. Los sectores sociales que presentan distinciones variadas
en su interior ahora son invitados a que se construya un tejido
social unitario y armónico mientras se debe aun conservar
y desarrollar su propia autonomía y fisonomía. [12]
Tal
simetría en el orden social tiene como fundamento el principio
de la laicidad, factor de tolerancia entre los que son diferentes.
En las palabras de Juan Pablo II, dicho principio de la laicidad "asegura el libre ejercicio de las actividades de culto,
espirituales, culturales y caritativas de las comunidades de los
creyentes. En una sociedad pluralista, la laicidad es un lugar
de comunicación entre las diferentes tradiciones espirituales
de la nación". [13]
El
principio de la laicidad, entre tanto, no se confunde con el laicismo.
Este último es la verdadera expresión de un estado
intolerante, que tiene la pretensión de ser aséptico
pero de hecho, con su fondo confesional, llega a ser la corrupción
del propio liberalismo y de la democracia, presentando el germen
de un totalitarismo.
Teniendo
por obvio que la intolerancia hace todavía más grave
ese multiculturalismo, transformando lo que era una sociedad plural
en una sociedad segregada, a su vez no deja de ser igualmente
obvio que la tolerancia pasa por la superación de las diferencias.
Dichas diferencias en sí mismas no deben ser promovidas,
sino toleradas y respetadas. Así, de modo sintético
se afirma que la tolerancia pasa precisamente por la superación
de las diferencias y por la promoción de los valores comunes
que, en medio a la diversidad, son los fundamentos de la unidad
y de la armonía social.
En
definitiva, tolerancia en verdad es el medio de la dignidad de
la persona, pues en el plano político es sustancia del
pluralismo y en el plano social es sustancia del reconocimiento.
De
ese modo, en el plano político sucede una ausencia de pluralismo
en las expresiones de ese laicismo intolerante que es hostil para
con las manifestaciones culturales y políticas de las religiones.
Se puede decir que, en particular en lo que se refiere al Occidente,
persiste en el intento sempiterno por parte de ese laicismo de
descalificar el empeño social y político de los
cristianos por el hecho de la obediencia al deber moral de coherencia
delante de la propia conciencia. O sea, la postura laicista conlleva
una anarquía moral que niega el propio pluralismo, destruyendo
las bases propias de la convivencia humana porque tiene como consecuencia
la justificación del poder del más fuerte delante
del más débil. [14]
Cuando
se trata del plano social, es preciso tener el reconocimiento
como presupuesto fundamental de la dignidad de la persona. De
hecho, teniendo en cuenta aquellas revueltas en los arrabales
de París en 2005 y en una expresiva visión
actual de las precisas observaciones de Aristóteles
ha apuntado el filósofo francés Jean-Francois Mattéi: Existe un déficit de reconocimiento, de identificación
y de moral. [15]
En
ese aspecto, vale realzar lo que recuerda Luis Fernando Barzotto,
de que el reconocimiento es una respuesta a la existencia del
otro como persona, la única respuesta correcta delante
del hecho de su personalidad. Así, en las palabras
de ese iusfilósofo brasileño, existen tres momentos
en la actividad del reconocimiento: el primero de ellos es lo
que se apunta hacia la aceptación como respuesta a la personalidad,
resumida en esa premisa: todo hombre es una persona. A
su vez, el segundo se refiere a la reciprocidad como respuesta
a la igualdad, que se presenta sintéticamente en el axioma:
las personas son iguales. Por último, la responsabilidad
como respuesta a la dignidad, que queda firmada en la sentencia: la persona es fin. [16]
De
ese modo, Barzotto sostiene que la condición fundamental
para el reconocimiento no se encuentra en la comunidad política
sino en la fraternidad. Por eso empieza su razonamiento desde
el tipo ideal weberiano de la ética de la fraternidad.
Max Weber sugiere una ética de la fraternidad cuyo criterio
es la simple reciprocidad resumida en su regla de oro: hoy
por ti, mañana por mí. De hecho, Barzotto hace
una crítica en el sentido de que dicha ética de
comunidad presentada por Weber es una ética de vecindad,
es particularista y opera un reconocimiento restricto. Partiendo
de esa critica, Barzotto propone una ética de la fraternidad
de tipo universalista que opera el reconocimiento pleno de todo
ser humano como persona. Y, por fin, propone la ética cristiana
como modelo de esa ética a partir de la parábola
del buen samaritano como síntesis del modelo en las
dos dimensiones: de la praxis (el reconocimiento) y de la ley
(la regla de oro).[17]
En
esa parábola, Jesús introduce la universalización
del destinatario de la regla de oro a partir de la asertiva como
queréis que los demás hagan con vosotros, haced
también a ellos. Entretanto, para practicar la ley
invocada en la parábola, que es el Amarás a tu prójimo
como a ti mismo, [18] no basta conocer la ley.
Para
el cumplimiento del amor al prójimo es necesario el reconocimiento
del otro como prójimo. La parábola que Jesús
narra no tiene por finalidad profundizar el conocimiento jurídico-teológico
del legista, sino su capacidad de reconocimiento del otro. [19]
El
reconocimiento, por lo tanto, no es una especulación conceptual
sino una actitud concreta, una identificación del otro
como persona. [20] De ahí se sigue que el reconocimiento
es considerar al otro como un ser para sí mismo, o sea
autofinalístico, que no puede ser utilizado como medio
para fines ajenos a sí mismo.[21]
El
reconocimiento, según ya se ha afirmado, es la dimensión
externa de la dignidad que, en las palabras de Barzotto, es una
manifestación vinculante, un valor positivo y objetivo
de una identidad. La dignidad es inherente a la identidad; es
decir, la dignidad impone una conducta, una actitud con relación
al otro, que es fundamental para su realización. [22]
En
el nivel epistemológico, la dignidad pasa por la conformación
de la razón a la identidad del hombre, a aquello que él
es en última instancia, una persona. Por eso, se puede
decir que el reconocimiento es una experiencia de la verdad, específicamente
de la verdad respecto al hombre. Una verdad que es alcanzada no
tanto por una especulación, sino por la experiencia. En
verdad, un encuentro con la identidad del hombre sustancial, sin
que se valore cualquier accidente o predicado, pues el hombre
en cuanto objeto de la especulación es una esencia, mientras
que en cuanto persona es una existencia.
De
todos modos, importa recordar que la estima exagerada de los accidentes
es la responsable por separar los hombres y sus grupos sociales.
El apegarse a lo accidental interrumpe el camino epistemológico
hacia la realidad del otro, a su carácter sustancial, a
su identidad. Es en la aprehensión de la identidad que
se experimenta la igualdad sustancial, la única, importa
decir, que hay entre los hombres: de naturaleza y dignidad.
En
ese sentido, el multiculturalismo es un desafío para el
pluralismo, en la medida en que el reconocimiento debe ser una
vía de dos manos. Las diferencias que están acentuadas
en los últimos conflictos resultan de una actitud de apegarse
a las diferencias como si ellas fuesen los fines últimos.
De ahí que, si el acoger culturas distintas del medio social
pasa por un respeto hacia la cultura y la tradición de
los grupos humanos vinculados a dichas culturas, entonces para
aquellos que buscan ser acogidos se impone un deber de reconocimiento
para con los valores del pueblo que los acoge. Eso ya había
sido afirmado por Mattéi: Solamente hay democracia posible
mientras exista el reconocimiento de todas las personas que vengan
a posee el sentimiento de pertenecer al mismo espacio público.
[23]
Por
otro lado, Mattéi habría aun de recordar que el
cultivo de valores particulares de grupos que entran en choque
con la sociedad, como, por ejemplo, la escisión practicada
por grupos sociales que conviven en el medio de sociedades occidentales,
[24] dificulta la integración cultural a punto de cerrar
las personas en culturas que son muy específicas y cerradas,
de donde a ellas les resulta prácticamente imposible la
integración.
A
pesar de ello, aun es conveniente afirmar que la intolerancia
con referencia a tradiciones específicas y no ofensivas
al bien común, como el utilizar velo o demostrar símbolos
religiosos, es un acto de violencia de Estados que ya están
corrompidos por un desvío de fuerte característica
totalitaria que en nada va a abrir camino hacia la integración
entre los pueblos.
Hablando
de una manera más específica, ese tipo de estímulo
a las diferencias puede convertirse en un obstáculo para
el reconocimiento y, por lo tanto, para llegar a la dignidad.
Sin embargo, el respeto hacia las diferencias es camino para el
reconocimiento de que el otro es un todo en sí mismo, de
que él tiene una naturaleza que es racional y que se presenta
como una sustancia individual, conforme ya decía magistralmente
Boecio, que es incognoscible. Pues, admitiendo la existencia de
una naturaleza humana, no nos es posible conocer a la naturaleza
de la persona, pues es infinita en sus posibilidades, ella es
hecho, experiencia, relación y existencia.
NOTAS
*
Traducción: Alfredo de J. Flores
1.
MARITAlN, Jacques. Os Direitos do Homem e a Lei Natural, Rio
de Janeiro: José
Olympio, 1967, p. 29
2. Cf. MARITAIN, Jacques, Humanismo Integral, Río de
Janeiro: José Olympio, 1967, p. l05.)
3. Cf. Id. Ibid. p. 128.
4. Cf. Id. Ibid. p. 130.
5. ARENDT, Hannah, A condição humana. Rio deJ
aneiro: Forense Universitária, 1Oa ed. 2001, p. 16.
6. ARISTÓTELES, Política, 1303b, 15.
7. Cf. Id. Ibid.1301b, 25.
8. Cf. Id. Ibid. 1302a, 25.
9. Cf. Id. Ibid. 1302b, 35.
10. Cf. Id. Ibid. 1303a.
11. Id. Ibid. 1303a, 25.
12. Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, 151.
13. Discurso al Cuerpo Diplomático (12 de enero de 2004)
en: Compendio de Doctrina
Social de la Iglesia, 572.
14. Cf. Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, 572.
15 MATTÉI, Jean-François. Entrevista: O antiiluminismo,
Primeira Leitura, ediiaon. 46, p. 43, diciembre de 2005.
16. BARZOTTO,LuisFernando, Pessoa, fraternidade e Direito, p.
3, www.maritain.com.br.
acceso en 25/09/2006.
17. Id. Ibid.p. 2.
18. Lv 19, 18.
19. BARZOTTO, op. Cit., p. 2.
20. Cf. BARZOTTO, Pessoae reconhecimento, inédito, p.
10.
21. Cf.,Id.Ibid.,p.11.
22. Cf., Id. Ibid.
23. MATTÉI, Jean-François., op. cit., p. 39.
24. Cf., Id. Ibid.