DEMOCRACIA Y PLURALISMO

 


LA DEMOCRACIA
EN LA FILOSOFÍA POLÍTICA DE JACQUES MARITAN


Juan Manuel Burgos

(Doctor en Ciencias Físicas y en Filosofía. Profesor en diversas universidades de Roma y Madrid y, actualmente, del Instituto Juan Pablo II y de la Universidad Complutense de Madrid. Fundador y Presidente de la Asociación Española de Personalismo y miembro del Instituto Internacional Jacques Maritain.)

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Democracia en filosofía de Maritain
Juan Manuel Burgos
'El Crepúsculo de la Civilización'
Prólogo de Eduardo Frei Montalva
El error de la educación
Pablo Plaza
Maritain y la Democracia Cristiana
José Ignacio Rasco
¿Relativismo o verdad?
Angel Correa
Pluralismo, cultura, reconocimiento
Wambert Gomes Di Lorenzo
Cultura en la sociedad plural
Carlos Alberto Scarponi


(El presente trabajo forma parte del capítulo 5 del libro ‘Para Comprender a Jacques Maritain. Un ensayo histórico-crítico’, de Juan Manuel Burgos. Editado por la Fundación Enmanuel Mounier como parte de su Colección Persona. Madrid, 2006.)


Maritain no ha elaborado una concepción específica sobre la democracia, sino que su esfuerzo se ha centrado en intentar entender y justificar desde un punto de vista ético un sistema que, para él, constituye el mejor modo de gobierno que ha existido hasta el momento. [1]. En ese trabajo de profundización hay dos puntos en los que sus aportaciones son particularmente significativas y que son los que consideraremos a continuación: la relación entre cristianismo y democracia y el modo de resolver la paradoja que se establece en los sistemas democráticos al tener que conjugar simultáneamente la afirmación de valores con el pluralismo.

a) Cristianismo y democracia

Por lo que respecta a la relación entre cristianismo y democracia el objetivo de Maritain fue doble. En primer lugar, y aunque hoy se trata de un asunto evidentemente superado, quiso evitar las suspicacias, recelos y enfrentamientos entre ambos que se habían podido dar a lo largo de la historia. Muchos valores de corte democrático como, por ejemplo, los derechos del hombre, surgieron en un ambiente ilustrado y liberal refractario, cuando no abiertamente hostil, a la Iglesia católica. De ahí que ésta reaccionara, en ocasiones incluso a nivel magisterial, contra algunas de las formulaciones de esas nuevas concepciones políticas, colaborando así a un ambiente de crispación y enfrentamiento. La Iglesia, en ese marco, podía aparecer como defensora de un orden antiguo frente a los nuevos valores cívicos y Maritain quiso contribuir a romper ese posible malentendido intentado mostrar no sólo la compatibilidad entre cristianismo y democracia, sino los profundos puntos de unión que existían entre ambos.

Es más, Maritain indicará que, a pesar de las apariencias en contra, la democracia es deudora del cristianismo en dos niveles. Ante todo, porque es la capacidad de transformación social que posee el cristianismo la que ha posibilitado la aparición de la democracia. Que esta surja en Occidente no es una casualidad sino el resultado de un lento proceso de influencia cristiana que ha creado las condiciones para que ese sistema de gobierno, respetuoso con la naturaleza humana, sea posible. Y este proceso, y es el segundo nivel, se traduce a su vez en contenidos de orden político-social concreto que son los que han facilitado – de un modo más específico – la emergencia de la democracia: el respeto de la dignidad de la persona, la fraternidad, la sumisión de las cosas temporales a Dios y a la justicia junto con la separación de lo que es de Dios y del Estado, etc. [2]. Maritain reconocerá, eso sí, que la incorporación al sistema democrático de esos valores no siempre, ni siquiera con frecuencia, ha sido hecha por cristianos, sino por pensadores y políticos de otras convicciones que han secularizado valores cristianos, se han apropiado de ellos y los han transformado en propuestas sociales y políticas [3].

b) Democracia, valores y pluralismo

El segundo punto que vamos a tratar – de gran actualidad – es la compleja relación que se establece entre la democracia, los valores y el pluralismo. En efecto, hoy en día, un grave problema al que deben enfrentarse las democracias consiste en que afirmar la existencia de valores parece incompatible con una postura pluralista.

Es conocido por todos que una sociedad con valores comunes es una sociedad estructurada, algo que, en principio, parece bueno y positivo. El problema estriba en que la vigencia de esos valores en el entramado social sólo es posible mediante una opción por un cuadro axiológico determinado (con el rechazo de otros alternativos) que, además, en determinadas ocasiones, tendrá que ser impuesto coactivamente pues está claro que siempre habrá personas y grupos que querrán oponerse a un determinado orden social. La existencia de valores parece, pues, ir de la mano con la imposición de determinadas visiones del mundo y, por tanto, oponerse a la libertad y al pluralismo. La afirmación del pluralismo, por el contrario, parece conducir a un tipo de sociedad opuesto. Se privilegia la libertad personal para que cada uno despliegue su específica visión del mundo pero entonces queda abierto e irresuelto el problema de la cohesión social. Si cada uno tiene derecho a defender su propia estructura axiológica: ¿cómo se puede construir y mantener una sociedad con una identidad definida?

Se han dado muchas y diversas respuestas a este difícil problema. La de Maritain, muy sintetizada, es la siguiente: la democracia se funda en una adhesión (fe secular) a algunos principios fundamentales de tipo práctico que no rechazan la religión pero tampoco la necesitan de modo explícito. Esos principios se fundan en la libertad, por lo que dejan espacio al pluralismo y, por eso mismo, son capaces de defender la libertad contra aquellos que la lesionan o intentan destruirla. Desarrollemos ahora con más detalle esta concepción [4].

El concepto de «fe secular» lo elabora Maritain a partir de un rasgo típico de la Edad Media: la fuerte compactación social por la creencia común en una misma fe teologal. Ya hemos visto que Maritain rechazó para el mundo moderno la idea de sociedad sacral medieval, pero eso no obsta para que fuera plenamente consciente de que toda sociedad necesita un cimiento común, algo que unifique a sus miembros y les haga sentirse parte de un proyecto colectivo. Y es aquí donde aparece la idea de «fe secular», que consiste en «un conjunto de convicciones de la mente y del corazón, una 'fe' temporal o secular, que se refiere a los datos esenciales del 'vivir juntos' en la ciudad terrena cuyo motivo es humano y humano es su objetivo: en absoluto se trata de una fe religiosa» [5]. Esa fe, más en concreto, es una convicción social profunda acerca de la bondad de los principios en los que se basa la sociedad democrática y que constituye así el cimiento ético de la colectividad.

Esos principios se reúnen en lo que Maritain denomina «carta democrática» y a la que define sintéticamente como el «credo de la libertad»: «derechos y libertades de la persona humana, derechos y libertades políticas, derechos sociales y libertades sociales, y las correspondientes responsabilidades; derechos y deberes de las persona en las sociedades familiares, las libertades y los deberes de ésta respecto al cuerpo político; derechos y deberes recíprocos entre los grupos y el Estado; gobierno del pueblo, ejercitado para el pueblo y por el pueblo; funciones de la autoridad en una democracia política y social; obligaciones morales, vinculantes en conciencia, respecto a las leyes justas y respecto a las Constituciones que garanticen la libertad del pueblo; exclusión del recurso a la violencia o a los golpes de Estado en una sociedad verdaderamente libre y regida por leyes cuyo cambio y evolución dependen de la mayoría del pueblo; igualdad humana, justicia entre las personas y el cuerpo político, amistad civil e ideal de fraternidad, libertad religiosa, tolerancia recíproca y respeto recíproco entre las diversas comunidades espirituales y escuelas de pensamiento, dedicación cívica y amor por la patria, respeto de su historia y de su herencia, y comprensión de las diferentes tradiciones que han contribuido a crear su unidad; obligaciones de cada persona hacia el bien común del cuerpo político y obligaciones de cada nación hacia el bien común de la sociedad civil y necesidad de tomar conciencia de la unidad del mundo y de la existencia de una comunidad de pueblos» [6]. Este es el rico conjunto de principios – que incluyen deberes y derechos – que constituye para Maritain el contenido de la carta democrática a la que deben adherir con una convicción profunda los miembros de la sociedad.

Pero volvamos ahora al problema que nos habíamos planteado. ¿Es capaz de resolver Maritain a partir de estas premisas ese dilema básico que parece atenazar a las sociedades democráticas?

Para responder a esta cuestión lo primero que hay que hacer es advertir que los principios que se acaban de exponer no son éticamente «neutros», tienen un contenido moral específico y determinado, y orientan la vida social en una dirección concreta. Maritain, por tanto, se coloca claramente fuera de cualquier tipo de sociedad marcadamente contractualista (al estilo de Rawls) y aboga por una sociedad fundada en un conjunto relativamente preciso de principios y valores [7].

Llegados a este punto podría pensarse: bien, ya tenemos una sociedad con valores, pero entonces nos topamos con el otro problema: al imponer un tipo de sociedad amontonamos obstáculos al pluralismo.

Pues bien, para Maritain este problema no se plantea sino que sucede justamente lo contrario si – y este matiz es fundamental – los principios que se afirman conforman el «credo de la libertad». Al instaurar estos principios no sólo no se destruye el pluralismo sino que lo que se hace, justamente, es sentar las bases sociales y jurídicas para que sea posible. Y es que, aunque a veces se pueda olvidar, conviene no dejar de lado que el pluralismo no se fundamenta sobre la indiferencia o en el caos sino sobre los derechos y deberes que confiere a los ciudadanos la «carta democrática». La libertad de expresión, de asociación, las libertades sociales y políticas tienen en nuestras sociedades un espesor tal que permite a cada uno de los ciudadanos recorrer su propio camino, pero eso sólo es posible gracias a que son valores social y jurídicamente reconocidos y, si es el caso, defendidos.

Y aquí encontramos otro segundo aspecto de la posición de Maritain: los límites del pluralismo. No toda postura puede ser asimilada y aceptada por las sociedades democráticas porque, si bien su carta de principios tiene unos contornos amplios y acogedores, eso no significa que esos contornos no existan y puedan franquearse impunemente. Maritain se plantea específicamente este problema – usando una terminología paralela a la de «fe secular» – al referirse a los «heréticos políticos». ¿Qué sucede cuando en las sociedades democráticas determinados personas rechazan los principios que la rigen? Ante todo, indica, la misma existencia de «heréticos» confirma la solidez y definición de la «carta democrática». Que haya gente que se oponga significa que no se está ante un conjunto difuso de principios generales sino ante un conjunto consistente y socialmente significativo.

Pero, dejando de lado este hecho: ¿cuál es la actitud que se debe adoptar? En primer lugar, Maritain indica, sin dudarlo, que si esa oposición se realiza por medios violentos o ilegales todo el peso del Estado y de sus leyes debe caer sobre los opositores porque está en juego la existencia de la misma sociedad. Pero si la oposición se realiza mediante la palabra y los medios de comunicación entonces la situación es diversa y más delicada. La respuesta más fácil sería limitar la libertad de expresión pero Maritain advierte con agudeza que es también la más peligrosa porque implica transferir al Estado unos poderes y una capacidad de discriminación ideológica excepcionales. Corresponde al Estado, en efecto, decidir en última instancia que, es lo que se opone o no se opone a la «carta democrática». Pero, para Maritain, no es nada bueno que el Estado haga prácticas en este terreno porque cabe el peligro de que se «acostumbre» y lo haga no sólo cuando sea estrictamente necesario sino cuando le convenga. Y, ¿quién puede frenar al Estado? Por eso, sin rechazar las actuaciones legales cuando sean estrictamente necesarias, considera que, en general, es mejor optar por acciones positivas.

Se debe combatir al «herético» sobre todo con una labor de convicción de las conciencias, con una tarea que haga ver a la sociedad – respetando los principios democráticos – que esas personas están equivocadas y que la aceptación de sus tesis supondría la destrucción de la sociedad civil. Se trata, en definitiva, de reforzar la «fe secular» en los principios democráticos porque, para Maritain, esa es la mejor manera de fortalecer a la sociedad. No hay nada más fuerte que una convicción razonada en lo que se vive. De ahí que insista tanto en el papel de la educación. La sociedad democrática será realmente fuerte si educa a sus ciudadanos de manera libre y razonada en el valor de los principios que la rigen. y esa educación será la solución que resolverá desde la base los problemas que presenten los «herejes políticos» sin tener que llegar a limitar la libertad de expresión o usar el poder coactivo de la leyes.

Llegamos así al término de nuestra exposición, por lo que tendría sentido preguntarse ahora sobre su valor en nuestra sociedad. ¿Aporta realmente su filosofía una solución a la aparente oposición que se da hoy en día entre valores y pluralismo? Estimamos sinceramente que sí. Ya hemos visto que cualquier afirmación irrestricta de uno de estos dos elementos la hace automáticamente incompatible con el otro. Pero la posición de Maritain tiene la finura suficiente para elaborar topes proporcionados que no eliminan sino que, por el contrario, dan sentido a la dimensión opuesta. Resulta necesario afirmar los valores, pero no se puede hacer de modo tan intenso que ahogue el pluralismo. Éste, a su vez, es una conquista y un bien irrenunciable en nuestras sociedades pero no se puede exaltar hasta tal punto que acabe con la democracia. Los topes que Maritain pone a ambas perspectivas impiden que ambos se extralimiten lográndose así un buen nivel de equilibrio. Estimamos, por tanto, – y ésta es nuestra conclusión – que la solución maritainiana a este complejo problema presenta elementos muy interesantes y válidos por lo que debería ser tenida mucho más en cuenta en los debates contemporáneos sobre la materia.

NOTAS

1. Como es sabido el sistema democrático ha evolucionado profundamente desde sus primeros vagidos en la sociedad griega. Aquí nos referimos básicamente a las democracias posteriores a la Segunda Guerra Mundial tal como han sido descritas, por ejemplo, por R. DAHL, 'La democracia. Una guía para los ciudadanos'. Taurus, Madrid 1999.

2. Este tema lo afronta sobre todo en el cap. IV de Cristianismo y Democracia, cit.

3. Esta tesis está especialmente desarrollada en Tres reformadores: Lutero, Descartes, Rousseau.

4. Maritain la aborda en el capítulo V de 'El Hombre y el Estado' (HE): «La carta democrática».

5. HE 129

6. HE 131-132

7. Para Maritain, por ejemplo, no tendría sentido (como propone Rawls en 'A Theory of Justice') que los ciudadanos entraran en la sociedad omitiendo su concepción del bien. Se entra en la sociedad para vivir bien, lo cual es imposible si no se posee una idea de lo que es bueno. Otra cuestión, que sí rechaza, es que el Estado impulse una política de la virtud. En este sentido, pensamos que sería interesante tener en cuenta a Maritain, algo que por el momento no ha sucedido, en el debate entre comunitaristas y liberales. Cfr. S. MULHALL y A. SWIFr, 'El individuo frente a la comunidad. El debate entre liberales y comunitaristas', Temas de hoy, Madrid 1996.