El libro 'El
Hombre y el Estado' es el texto desarrollado de seis conferencias
dictadas por Jacques Maritain en 1949 en la Universidad de Chicago
- una institución que en esa época era aún
más importante que lo que es hoy día -, dentro del
marco de un programa de filosofía política patrocinado
por la Fundación Charles Walgreen. Entre los destacados
académicos participantes en ese programa figuraban Yves
Simon, Eric Voeglin y Leo Strauss.
Las conferencias
de Maritain se centraron en la construcción de la institucionalidad
democrática para "ganar la paz" después
de haber "ganado la guerra".
Ya he escrito
en otras oportunidades sobre el desarrollo del pensamiento político
de Maritain: desde una nueva Cristiandad a una nueva democracia
y desde 'Humanismo Integral' a 'El Hombre y el Estado'.
En esta oportunidad me limitaré a destacar que, para Maritain,
este desarrollo no implicaba una pérdida de actualidad
de su primera perspectiva. En realidad, en el fondo de ambas perspectivas,
el rol central que Maritain atribuye a la inspiración evangélica
sigue siendo una garantía de la vitalidad de la democracia.
El proyecto
filosófico-político original de Maritain no había
desaparecido. Más bien, fueron las circunstancias las que
lo indujeron a centrarlo en torno al tema de la democracia, aunque
siempre desarrollado dentro de los grandes lineamientos de su
filosofía del ser. Así, se aprecia un paso desde
una visión de la filosofía de la historia y de la
cultura (todavía dominante en el contexto europeo) hacia
una perspectiva de filosofía política y de ciencia
política. No se debe perder de vista que la audiencia en
esa etapa era por sobre todo americana y, en particular, de la
'Escuela de Chicago'.
El análisis
de Maritain está estructurado desde una visión aristotélico-tomista,
aunque interpretada de manera libre y flexible, lo que lo hace
comprensible incluso para el lector inexperto. El propósito
de su trabajo era delinear -- a partir de una filosofía
democrática de carácter personalista-comunitario,
a menudo muy polémica a los ojos de los pensadores modernos
-- los cimientos de la organización social, tanto a nivel
doméstico como internacional, sobre una base pluralista
y de respeto de los derechos "naturales" de la
persona, que fuese capaz de promover una paz duradera.
Aunque el
clima cultural en el que este trabajo fue propuesto es ahora profundamente
diferente, procuraré destacar aquí su relevancia
temática, la que me parece de toda evidencia.
Centraré
mi atención solamente en el tema del orden internacional,
con el que estamos siendo confrontados tan violentamente en el
tiempo presente.
2.- El último
capítulo de 'El Hombre y el Estado' está dedicado al "problema del gobierno mundial",
problema que Maritain había abordado en otras ocasiones,
pero que ahora percibía como fundamental para la "supervivencia
de la humanidad", que en ese momento ya había
entrado en la era de la interdependencia y de la bomba atómica.
Para Maritain
"el hecho fundamental es el de la interdependencia ya
hoy indiscutible de las naciones, hecho que no es una garantía
de paz. ¿Por qué? Porque ésta interdependencia
de las naciones es esencialmente una interdependencia económica,
no una interdependencia políticamente consentida y querida,
ni políticamente establecida; en otros términos:
porque resulta de un proceso puramente técnico y material,
no de un proceso simultáneo de orden auténticamente
político y racional.
"Una
interdependencia esencialmente económica, sin un replanteamiento
fundamental que corresponda a las estructuras morales y políticas
de la existencia humana, no puede sino imponer, en virtud de una
necesidad material, una interdependencia política parcial
y fragmentaria... Una interdependencia esencialmente económica
no puede más que exasperar las necesidades rivales y el
orgullo de las naciones."
[1]
Lo que acabamos
de citar fue escrito en los años 1940s. ¿Qué
podríamos decir hoy, en esta época de "hiper-interdependencia" económica? ¿Cómo podríamos establecer
instituciones capaces de gobernar este escenario global? Maritain
no usa el término 'globalización', pero su
análisis no está distante del que hoy día
se lleva a cabo en términos de globalización. ¿Cómo
podremos construir una sociedad política mundial que asegure
la paz? ¿Es siquiera realista plantear esta pregunta?
Según
Maritain, es preciso superar primero que nada el concepto de 'soberanía
del Estado'. Para él, el Estado no es soberano como
lo ha teorizado el pensamiento moderno y ni siquiera corresponde
al concepto del pueblo organizado, esto es, el 'cuerpo político'
o 'sociedad política'. El Estado es sólo una parte
del cuerpo político, un "órgano instrumental"
que disfruta de "plena autonomía" pero
como representante, esto es, como un delegado que ejercita el
gobierno y al que se le otorgan ciertas funciones, entre las que
se encuentran las relativas a la libertad y al progreso de la
justicia. Para Maritain, una teoría de las relaciones internacionales
construida sobre la soberanía del Estado, aceptando incluso
que la soberanía puede limitarse a sí misma (como
ocurre, por ejemplo, con los tratados internacionales), sólo
puede estar basada esencialmente en las relaciones de poder que,
en sí mismas, son cambiantes. Ésta no puede ser
sino una teoría peligrosa.
Cuando el
cuerpo político no ha sido absorbido por el Estado, puede
generar para sí otros instrumentos institucionales, tanto
a nivel nacional como transnacional. Por consiguiente, es a partir
de los cuerpos políticos que la comunidad internacional
debiera ser construida como una organización pluralista,
capaz de superar lo que Maritain define como la "anarquía
entre las naciones".
Maritain emplea
el término 'pluralismo', que en ese tiempo sólo
comenzaba a ser usado, en el sentido de pluralismo democrático.
Así escribe: "La unidad de un cuerpo político
mundial... no sería incluso una unidad federal, sino, más
bien, diría yo, una unidad pluralista, la que no se realizaría
más que por o a través de la permanente diversidad
de los cuerpos políticos particulares y que mantendría
y favorecería esa diversidad. Además, cuando decimos
que la comunidad de las naciones ha de formar un cuerpo político...
significa que, en todos los pueblos, el sentido del bien común
de ese 'pueblo uno' que constituyen ha de desarrollarse
y prevalecer sobre el sentido del bien común particular
de cada cuerpo político." [2]
Maritain argumenta
que no se puede perseguir un gobierno mundial por medio de una
"teoría puramente gubernamental de la organización
del mundo". Esto conduciría a "un Super-Estado
absoluto o a un Estado superior privado de su cuerpo político"
porque "la pretensión, en la Edad Moderna, de un
Super-Estado mundial absoluto sería la de un Imperio democrático
multinacional, que no sería mejor que los otros."
[3]
Sólo
una "teoría plenamente política",
centrada en el crecimiento de un cuerpo político mundial,
previo a la constitución del gobierno mundial, puede crear
un orden internacional duradero, porque estaría construido
sobre la voluntad de los pueblos de "vivir juntos" para procurar el bien común de las personas.
3.- Maritain
cree que la teoría que él propone sólo puede
ser implementada en el largo plazo y en condiciones ciertamente
difíciles, primeramente y por sobre todo, por medio de "un cambio en las estructuras internas de la moralidad
y de la sociabilidad del hombre" [4], pero también
por medio de la aceptación de "profundos cambios
en las estructuras sociales y económicas de la vida nacional
e internacional de los pueblos y una seria repercusión
de esos cambios en los libres negocios de muchos individuos, que
no son los más numerosos en el mundo, pero sí los
más aficionados a sacar provecho." [5]
La meta señalada
es por cierto compleja, y en realidad, tan compleja, que un historiador
y jurista americano, John Di Joseph, entre otros, ha preguntado
si no es, de hecho, 'utópica', considerando especialmente
que el mundo se mueve en el sentido de la proliferación
de las naciones-estados y de los conflictos étnicos y religiosos,
(como, así mismo, agregaría yo, hacia una extensión
anormal del concepto de seguridad nacional) y que las instituciones
establecidas con fines de seguridad colectiva necesitan una profunda
transformación. Así, el argumento más bien
implícito de este autor es que la teoría de un orden
internacional de Maritain resultaría aun más utópica
si estuviese basada en un acuerdo entre los Estados.
Sin embargo,
Maritain se inclina por un movimiento global, debidamente preparado,
que crece lentamente desde la base: "debe fundarse y mantenerse,
no en virtud de una delegación de los diversos gobiernos,
sino del libre suftagio de las personas humanas". [6] Y es, justamente a partir de dicha base popular que en la actualidad
ha comenzado a desarrollarse un sentimiento compartido de pertenecer
a la familia humana, del mismo modo que de los mercados globales
emerge un impulso hacia la creación de reglas e instituciones
que en cierta forma gobiernan a sus actores.
En relación
al primero de estos puntos, el periódico 'The New York
Times' ha definido el movimiento universal de la opinión
pública y sus demostraciones contra la guerra en Irak como
la "segunda potencia mundial". En cuanto al segundo
punto, podemos comprobar que los juristas están haciendo
referencia en forma cada vez más frecuente al "proceso
de constitucionalización" que tiene lugar en una
dimensión transnacional. Estos procesos son, sin embargo,
diferentes de aquellos que, desde fines del siglo XVIII, hicieron
surgir, con su sello de la Ilustración, las constituciones
de un proyecto de sociedad basado en la razón y el progreso,
pero realizado "desde la cumbre hacia abajo",
por medio de la ley y después que ciertas modas se habían
establecido en la sociedad.
La dirección
del proceso que tiene lugar en el presente, siguiendo la lógica
de la ley natural, no se produce tanto en torno al rol de
la ley como en relación al rol de los contratos
y de la actividad judicial. La defensa de las libertades
y, muy especialmente, de la libertad económica, que ciertamente
es típica de nuestro tiempo, tiende a recurrir a estos
instrumentos jurídicos, en los cuales se aprecia una cada
vez menos evidente diferenciación entre las entidades públicas
y privadas que colaboran. La globalización económica,
el mercado, así como sus excesos, con todas las ambigüedades
que conocemos, presionan por la adopción de "reglas
del juego" que sean aplicables a un área global
hipercompetitiva. El debate actual acerca de la ley anti-trust
en la legislación de ambos lados del Atlántico,
nos recuerda que la globalización jurídica no alcanza
todavía el nivel de la globalización económica,
aunque esa perece ser la dirección en que nos movemos.
Como es sabido,
el proceso de constitucionalización más avanzado
a nivel global, o más propiamente, a nivel regional, es
el de la Unión Europea, en el cual los principios de subsidiaridad
y pluralismo, tan caros a Maritain, están jugando un rol
primordial. Al parecer, en Europa tendrá lugar el primer
ejemplo de una constitución sin un Estado.
En el hecho,
la "sociedad anárquica" internacional
está siendo progresivamente estructurada a una escala global
por medio de un incremento en las capacidades de auto gobierno
(si no de gobierno) de los sujetos públicos y privados
-- por ejemplo, agencias estatales y organismos inter-gubernamentales
[OIGs], y organizaciones privadas, como las corporaciones trans-nacionales
[CTNs] y las organizaciones no-gubernamentales [ONGs]. Esto es
lo que los cientistas políticos llaman la tendencia hacia
la "democracia cosmopolita", un movimiento que
va de la "democracia de gobierno" a la "democracia
deliverativa", en la cual el crecimiento de la sociedad
civil transnacional (lo que Maritain llama, según hemos
visto, la "sociedad política") tiene un
rol primordial. De este modo, Maritain, con su visión "política" de la integración mundial, no encuentra dificultad para
posicionarse dentro del lenguaje jurídico/científico-político
vigente.
4.- No obstante
el énfasis que hoy se otorga a la necesidad de extender
la democracia a un nivel planetario, la creación de un
cuerpo político mundial está, probablemente, fuera
de la realidad de nuestra generación. No obstante, sigue
siendo una posibilidad, aun cuando la nueva ola de formas de imperialismo
y de tendencias hacia la homogeneización global, y la consecuente
acentuación de las reacciones de las identidades culturales,
trabajan en direcciones opuestas, y que la formulación
de un lenguaje común al nivel de los derechos humanos --
base indispensable para cualquier discurso en torno a la humanización
de la globalización -- también se ha hecho difícil.
En realidad,
la universalidad de los derechos humanos es desafiada en la actualidad
por el énfasis en las diferencias culturales, particularmente
del mundo no-Occidental (Islamismo, Confucianismo, etc).
Ya no se trata
de una profunda división ideológica, como era el
caso en la época en que la Declaración Universal
de los Derechos del Hombre fue formulada. La actual confrontación
se debe a la diferente percepción cultural de las varias
comunidades del mundo. En aquella época, Maritain, en su
famoso discurso a la Asamblea General de la UNESCO, en 1947 en
la Ciudad de Méjico, puso énfasis en la teoría
de los "principios prácticos y de acción" compartidos por las diferentes concepciones filosóficas
y religiosas, no obstante sus diferencias al nivel de los principios
fundamentales con que los justifican. Hoy día esta perspectiva
encuentra crecientes dificultades, puesto que el acuerdo en torno
a los principios prácticos parece no existir en algunos
casos, como, por ejemplo, respecto de la condición de los
derechos de la mujer.
Es más
bien en la distinción entre Nación y Estado, aplicada
análogamente a la sociedad política mundial, en
la que el pensamiento de Maritain puede sernos de mayor utilidad.
Como Maritain escribe, es preciso "entender lo grave que
han sido para la historia moderna la confusión entre Nación
y Estado, el mito del Estado nacional y el llamado principio de
las Nacionalidades, entendido en el sentido de que cada grupo
nacional debe constituirse como un estado aparte." [7] Un cuerpo político puede estar conformado por más
de una comunidad nacional. Desde hace algún tiempo, la
antropología política ha criticado el nacionalismo
del siglo XIX, que es incapaz de explicar la realidad multinacional
de una gran mayoría de Estados. En todo caso, subsiste
el problema en cuanto a cómo conducir la multiforme realidad
de las diversas comunidades hacia la unidad en un cuerpo político
mundial.
Al conectar
el pluralismo democrático con la autodeterminación
y con la subsidiaridad, Maritain sigue ofreciéndonos un
camino a seguir: "Este es el elemento de pluralismo inherente
a toda sociedad verdaderamente política... y, como en la
sociedad política la autoridad va de abajo a arriba por
designación del pueblo, es normal que todo el dinamismo
de la autoridad en el cuerpo político se componga de autoridades
parciales y particulares que se escalonan unas sobre otras hasta
llegar hasta la suprema autoridad del Estado" [8] - en nuestro caso, el gobierno mundial. Más aún,
Maritain insiste en la promoción de una cultura pública
compartida, que sea capaz de sobreponerse a toda forma de discriminación
y de apoyar el deseo de vivir juntos y de procurar juntos el bien
común de la humanidad.
El difícil
camino señalado por Maritain para alcanzar la organización
política del mundo, (cuyas modalidades permanecen abiertas),
me parece correcto y, tal vez, único, especialmente al
nivel de un cuerpo político mundial, en el cual el pluralismo
y la subsidiaridad parecen ser entendidos crecientemente en términos
de derechos y libertades.
A pesar de
las inmensas dificultades del momento presente, ¿no nos
damos cuenta que nos estamos moviendo desde una historia de tribus,
en perpetua competencia entre sí, a una historia compartida
por la humanidad, aunque no exenta de conflictos, en la que la
meta no es "el fin de la historia" sino una paz progresivamente
organizada a un nivel planetario?
* El presente artículo fue publicado en inglés en la revista
NOTES ET DOCUMENTS, Nº 68, Septiembre-Diciembre, 2003.*
Su traducción al castellano fué publicada por la revista electrónica
Política y Espíritu, en su número 9, de Abril - Junio, 2004.
NOTAS
Todas las
citas transcritas en esta traducción han sido obtenidas
directamente de la versión en castellano de 'El Hombre
y el Estado'. Ediciones Encuentro. Madrid. 1983. Por ello
sólo se indica la página que corresponde a cada
cita.
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