El discernimiento del Magisterio como diaconía
de la verdad
49. La Iglesia
no propone una filosofía propia ni canoniza una filosofía
en particular con menoscabo de otras. El motivo profundo de esta
cautela está en el hecho de que la filosofía, incluso
cuando se relaciona con la teología, debe proceder según
sus métodos y sus reglas; de otro modo, no habría
garantías de que permanezca orientada hacia la verdad,
tendiendo a ella con un procedimiento racionalmente controlable.
De poca ayuda sería una filosofía que no procediese
a la luz de la razón según sus propios principios
y metodologías específicas. En el fondo, la raíz
de la autonomía de la que goza la filosofía radica
en el hecho de que la razón está por naturaleza
orientada a la verdad y cuenta en sí misma con los medios
necesarios para alcanzarla. Una filosofía consciente de
este « estatuto constitutivo » suyo respeta necesariamente
también las exigencias y las evidencias propias de la verdad
revelada.
La historia
ha mostrado, sin embargo, las desviaciones y los errores en los
que no pocas veces ha incurrido el pensamiento filosófico,
sobre todo moderno. No es tarea ni competencia del Magisterio
intervenir para colmar las lagunas de un razonamiento filosófico
incompleto. Por el contrario, es un deber suyo reaccionar de forma
clara y firme cuando tesis filosóficas discutibles amenazan
la comprensión correcta del dato revelado y cuando se difunden
teorías falsas y parciales que siembran graves errores,
confundiendo la simplicidad y la pureza de la fe del pueblo de
Dios.
50. El Magisterio
eclesiástico puede y debe, por tanto, ejercer con autoridad,
a la luz de la fe, su propio discernimiento crítico en
relación con las filosofías y las afirmaciones que
se contraponen a la doctrina cristiana. Corresponde al Magisterio
indicar, ante todo, los presupuestos y conclusiones filosóficas
que fueran incompatibles con la verdad revelada, formulando así
las exigencias que desde el punto de vista de la fe se imponen
a la filosofía. Además, en el desarrollo del saber
filosófico han surgido diversas escuelas de pensamiento.
Este pluralismo sitúa también al Magisterio ante
la responsabilidad de expresar su juicio sobre la compatibilidad
o no de las concepciones de fondo sobre las que estas escuelas
se basan con las exigencias propias de la palabra de Dios y de
la reflexión teológica.
La Iglesia
tiene el deber de indicar lo que en un sistema filosófico
puede ser incompatible con su fe. En efecto, muchos contenidos
filosóficos, como los temas de Dios, del hombre, de su
libertad y su obrar ético, la emplazan directamente porque
afectan a la verdad revelada que ella custodia. Cuando nosotros
los Obispos ejercemos este discernimiento tenemos la misión
de ser «testigos de la verdad» en el cumplimiento
de una diaconía humilde pero tenaz, que todos los filósofos
deberían apreciar, en favor de la recta ratio, o
sea, de la razón que reflexiona correctamente sobre la
verdad.
51. Este discernimiento
no debe entenderse en primer término de forma negativa,
como si la intención del Magisterio fuera eliminar o reducir
cualquier posible mediación. Al contrario, sus intervenciones
se dirigen en primer lugar a estimular, promover y animar el pensamiento
filosófico.
Por otra parte,
los filósofos son los primeros que comprenden la exigencia
de la autocrítica, de la corrección de posible errores
y de la necesidad de superar los límites demasiado estrechos
en los que se enmarca su reflexión. Se debe considerar,
de modo particular, que la verdad es una, aunque sus expresiones
lleven la impronta de la historia y, aún más, sean
obra de una razón humana herida y debilitada por el pecado.
De esto resulta que ninguna forma histórica de filosofía
puede legítimamente pretender abarcar toda la verdad, ni
ser la explicación plena del ser humano, del mundo y de
la relación del hombre con Dios.
Hoy además,
ante la pluralidad de sistemas, métodos, conceptos y argumentos
filosóficos, con frecuencia extremamente particularizados,
se impone con mayor urgencia un discernimiento crítico
a la luz de la fe. Este discernimiento no es fácil, porque
si ya es difícil reconocer las capacidades propias e inalienables
de la razón con sus límites constitutivos e históricos,
más problemático aún puede resultar a veces
discernir, en las propuestas filosóficas concretas, lo
que desde el punto de vista de la fe ofrecen como válido
y fecundo en comparación con lo que, en cambio, presentan
como erróneo y peligroso. De todos modos, la Iglesia sabe
que «los tesoros de la sabiduría y de la ciencia»
están ocultos en Cristo (Col 2, 3); por esto interviene
animando la reflexión filosófica, para que no se
cierre el camino que conduce al reconocimiento del misterio.
52. Las intervenciones
del Magisterio de la Iglesia para expresar su pensamiento en relación
con determinadas doctrinas filosóficas no son sólo
recientes. Como ejemplo baste recordar, a lo largo de los siglos,
los pronunciamientos sobre las teorías que sostenían
la preexistencia de las almas, como también sobre las diversas
formas de idolatría y de esoterismo supersticioso contenidas
en tesis astrológicas; sin olvidar los textos más
sistemáticos contra algunas tesis del averroísmo
latino, incompatibles con la fe cristiana.
Si la palabra
del Magisterio se ha hecho oír más frecuentemente
a partir de la mitad del siglo pasado ha sido porque en aquel
período muchos católicos sintieron el deber de contraponer
una filosofía propia a las diversas corrientes del pensamiento
moderno. Por este motivo, el Magisterio de la Iglesia se vio obligado
a vigilar que estas filosofías no se desviasen, a su vez,
hacia formas erróneas y negativas. Fueron así censurados
al mismo tiempo, por una parte, el fideísmo
y el tradicionalismo radical, por su desconfianza
en las capacidades naturales de la razón; y por otra, el
racionalismo y el ontologismo, porque
atribuían a la razón natural lo que es cognoscible
sólo a la luz de la fe. Los contenidos positivos de este
debate se formalizaron en la Constitución dogmática
Dei Filius, con la que por primera vez un Concilio ecuménico,
el Vaticano I, intervenía solemnemente sobre las relaciones
entre la razón y la fe. La enseñanza contenida en
este texto influyó con fuerza y de forma positiva en la
investigación filosófica de muchos creyentes y es
todavía hoy un punto de referencia normativo para una correcta
y coherente reflexión cristiana en este ámbito particular.
53. Las intervenciones
del Magisterio se han ocupado no tanto de tesis filosóficas
concretas, como de la necesidad del conocimiento racional y, por
tanto, filosófico para la inteligencia de la fe. El Concilio
Vaticano I, sintetizando y afirmando de forma solemne las enseñanzas
que de forma ordinaria y constante el Magisterio pontificio había
propuesto a los fieles, puso de relieve lo inseparables y al mismo
tiempo irreducibles que son el conocimiento natural de Dios y
la Revelación, la razón y la fe. El Concilio partía
de la exigencia fundamental, presupuesta por la Revelación
misma, de la cognoscibilidad natural de la existencia de Dios,
principio y fin de todas las cosas, y concluía con la afirmación
solemne ya citada: «Hay un doble orden de conocimiento,
distinto no sólo por su principio, sino también
por su objeto». Era pues necesario afirmar, contra toda
forma de racionalismo, la distinción entre los misterios
de la fe y los hallazgos filosóficos, así como la
trascendencia y precedencia de aquéllos respecto a éstos;
por otra parte, frente a las tentaciones fideístas, era
preciso recalcar la unidad de la verdad y, por consiguiente también,
la aportación positiva que el conocimiento racional puede
y debe dar al conocimiento de la fe: «Pero, aunque la fe
esté por encima de la razón; sin embargo, ninguna
verdadera disensión puede jamás darse entre la fe
y la razón, como quiera que el mismo Dios que revela los
misterios e infunde la fe, puso dentro del alma humana la luz
de la razón, y Dios no puede negarse a sí mismo
ni la verdad contradecir jamás a la verdad».
54. También
en nuestro siglo el Magisterio ha vuelto sobre el tema en varias
ocasiones llamando la atención contra la tentación
racionalista. En este marco se deben situar las intervenciones
del Papa san Pío X, que puso de relieve cómo en
la base del modernismo se hallan aserciones filosóficas
de orientación fenoménica, agnóstica e inmanentista.(66)
Tampoco se puede olvidar la importancia que tuvo el rechazo católico
de la filosofía marxista y del comunismo ateo.
Posteriormente
el Papa Pío XII hizo oír su voz cuando, en la Encíclica
Humani generis, llamó la atención sobre las interpretaciones
erróneas relacionadas con las tesis del evolucionismo,
del existencialismo y del historicismo. Precisaba que estas tesis
habían sido elaboradas y eran propuestas no por teólogos,
sino que tenían su origen «fuera del redil de Cristo»;
así mismo, añadía que estas desviaciones
debían ser no sólo rechazadas, sino además
examinadas críticamente: «Ahora bien, a los teólogos
y filósofos católicos, a quienes incumbe el grave
cargo de defender la verdad divina y humana y sembrarla en las
almas de los hombres, no les es lícito ni ignorar ni descuidar
esas opiniones que se apartan más o menos del recto camino.
Más aún, es menester que las conozcan a fondo, primero
porque no se curan bien las enfermedades si no son de antemano
debidamente conocidas; luego, porque alguna vez en esos mismos
falsos sistemas se esconde algo de verdad; y, finalmente, porque
estimulan la mente a investigar y ponderar con más diligencia
algunas verdades filosóficas y teológicas».
Por último,
también la Congregación para la Doctrina de la Fe,
en cumplimiento de su específica tarea al servicio del
magisterio universal del Romano Pontífice, ha debido intervenir
para señalar el peligro que comporta asumir acríticamente,
por parte de algunos teólogos de la liberación,
tesis y metodologías derivadas del marxismo.
Así
pues, en el pasado el Magisterio ha ejercido repetidamente y bajo
diversas modalidades el discernimiento en materia filosófica.
Todo lo que mis Venerados Predecesores han enseñado es
una preciosa contribución que no se puede olvidar.
55. Si consideramos
nuestra situación actual, vemos que vuelven los problemas
del pasado, pero con nuevas peculiaridades. No se trata ahora
sólo de cuestiones que interesan a personas o grupos concretos,
sino de convicciones tan difundidas en el ambiente que llegan
a ser en cierto modo mentalidad común. Tal es, por ejemplo,
la desconfianza radical en la razón que manifiestan las
exposiciones más recientes de muchos estudios filosóficos.
Al respecto, desde varios sectores se ha hablado del «final
de la metafísica»: se pretende que la filosofía
se contente con objetivos más modestos, como la simple
interpretación del hecho o la mera investigación
sobre determinados campos del saber humano o sobre sus estructuras.
En la teología
misma vuelven a aparecer las tentaciones del pasado. Por ejemplo,
en algunas teologías contemporáneas se abre camino
nuevamente un cierto racionalismo, sobre todo cuando se
toman como norma para la investigación filosófica
afirmaciones consideradas filosóficamente fundadas. Esto
sucede principalmente cuando el teólogo, por falta de competencia
filosófica, se deja condicionar de forma acrítica
por afirmaciones que han entrado ya en el lenguaje y en la cultura
corriente, pero que no tienen suficiente base racional.
Tampoco faltan
rebrotes peligrosos de fideísmo, que no acepta
la importancia del conocimiento racional y de la reflexión
filosófica para la inteligencia de la fe y, más
aún, para la posibilidad misma de creer en Dios.
Una expresión
de esta tendencia fideísta difundida hoy es el «
biblicismo », que tiende a hacer de la lectura de la Sagrada
Escritura o de su exégesis el único punto de referencia
para la verdad. Sucede así que se identifica la palabra
de Dios solamente con la Sagrada Escritura, vaciando así
de sentido la doctrina de la Iglesia confirmada expresamente por
el Concilio Ecuménico Vaticano II. La Constitución
Dei Verbum, después de recordar que la palabra de
Dios está presente tanto en los textos sagrados como en
la Tradición, afirma claramente: «La Tradición
y la Escritura constituyen el depósito sagrado de la palabra
de Dios, confiado a la Iglesia. Fiel a dicho depósito,
el pueblo cristiano entero, unido a sus pastores, persevera siempre
en la doctrina apostólica». La Sagrada Escritura,
por tanto, no es solamente punto de referencia para la Iglesia.
En efecto, la «suprema norma de su fe» proviene de
la unidad que el Espíritu ha puesto entre la Sagrada Tradición,
la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia en una reciprocidad
tal que los tres no pueden subsistir de forma independiente.
No hay que
infravalorar, además, el peligro de la aplicación
de una sola metodología para llegar a la verdad de la Sagrada
Escritura, olvidando la necesidad de una exégesis más
amplia que permita comprender, junto con toda la Iglesia, el sentido
pleno de los textos. Cuantos se dedican al estudio de las Sagradas
Escrituras deben tener siempre presente que las diversas metodologías
hermenéuticas se apoyan en una determinada concepción
filosófica. Por ello, es preciso analizarla con discernimiento
antes de aplicarla a los textos sagrados.
Otras formas
latentes de fideísmo se pueden reconocer en la escasa consideración
que se da a la teología especulativa, como también
en el desprecio de la filosofía clásica, de cuyas
nociones han extraído sus términos tanto la inteligencia
de la fe como las mismas formulaciones dogmáticas. El Papa
Pío XII, de venerada memoria, llamó la atención
sobre este olvido de la tradición filosófica y sobre
el abandono de las terminologías tradicionales.
56. En definitiva,
se nota una difundida desconfianza hacia las afirmaciones globales
y absolutas, sobre todo por parte de quienes consideran que la
verdad es el resultado del consenso y no de la adecuación
del intelecto a la realidad objetiva. Ciertamente es comprensible
que, en un mundo dividido en muchos campos de especialización,
resulte difícil reconocer el sentido total y último
de la vida que la filosofía ha buscado tradicionalmente.
No obstante, a la luz de la fe que reconoce en Jesucristo este
sentido último, debo animar a los filósofos, cristianos
o no, a confiar en la capacidad de la razón humana y a
no fijarse metas demasiado modestas en su filosofar. La lección
de la historia del milenio que estamos concluyendo testimonia
que éste es el camino a seguir: es preciso no perder la
pasión por la verdad última y el anhelo por su búsqueda,
junto con la audacia de descubrir nuevos rumbos. La fe mueve a
la razón a salir de todo aislamiento y a apostar de buen
grado por lo que es bello, bueno y verdadero. Así, la fe
se hace abogada convencida y convincente de la razón.
El interés de la Iglesia por la filosofía
57. El Magisterio
no se ha limitado sólo a mostrar los errores y las desviaciones
de las doctrinas filosóficas. Con la misma atención
ha querido reafirmar los principios fundamentales para una genuina
renovación del pensamiento filosófico, indicando
también las vías concretas a seguir. En este sentido,
el Papa León XIII con su Encíclica Æterni
Patris dio un paso de gran alcance histórico para la
vida de la Iglesia. Este texto ha sido hasta hoy el único
documento pontificio de esa categoría dedicado íntegramente
a la filosofía. El gran Pontífice recogió
y desarrolló las enseñanzas del Concilio Vaticano
I sobre la relación entre fe y razón, mostrando
cómo el pensamiento filosófico es una aportación
fundamental para la fe y la ciencia teológica.(78) Más
de un siglo después, muchas indicaciones de aquel texto
no han perdido nada de su interés tanto desde el punto
de vista práctico como pedagógico; sobre todo, lo
relativo al valor incomparable de la filosofía de santo
Tomás. El proponer de nuevo el pensamiento del Doctor Angélico
era para el Papa León XIII el mejor camino para recuperar
un uso de la filosofía conforme a las exigencias de la
fe. Afirmaba que santo Tomás, «distinguiendo muy
bien la razón de la fe, como es justo, pero asociándolas
amigablemente, conservó los derechos de una y otra, y proveyó
a su dignidad».
58. Son conocidas
las numerosas y oportunas consecuencias de aquella propuesta pontificia.
Los estudios sobre el pensamiento de santo Tomás y de otros
autores escolásticos recibieron nuevo impulso. Se dio un
vigoroso empuje a los estudios históricos, con el consiguiente
descubrimiento de las riquezas del pensamiento medieval, muy desconocidas
hasta aquel momento, y se formaron nuevas escuelas tomistas. Con
la aplicación de la metodología histórica,
el conocimiento de la obra de santo Tomás experimentó
grandes avances y fueron numerosos los estudiosos que con audacia
llevaron la tradición tomista a la discusión de
los problemas filosóficos y teológicos de aquel
momento. Los teólogos católicos más influyentes
de este siglo, a cuya reflexión e investigación
debe mucho el Concilio Vaticano II, son hijos de esta renovación
de la filosofía tomista. La Iglesia ha podido así
disponer, a lo largo del siglo XX, de un número notable
de pensadores formados en la escuela del Doctor Angélico.
59. La renovación
tomista y neotomista no ha sido el único signo de restablecimiento
del pensamiento filosófico en la cultura de inspiración
cristiana. Ya antes, y paralelamente a la propuesta de León
XIII, habían surgido no pocos filósofos católicos
que elaboraron obras filosóficas de gran influjo y de valor
perdurable, enlazando con corrientes de pensamiento más
recientes, de acuerdo con una metodología propia. Hubo
quienes lograron síntesis de tan alto nivel que no tienen
nada que envidiar a los grandes sistemas del idealismo; quienes,
además, pusieron las bases epistemológicas para
una nueva reflexión sobre la fe a la luz de una renovada
comprensión de la conciencia moral; quienes, además,
crearon una filosofía que, partiendo del análisis
de la inmanencia, abría el camino hacia la trascendencia;
y quienes, por último, intentaron conjugar las exigencias
de la fe en el horizonte de la metodología fenomenológica.
En definitiva, desde diversas perspectivas se han seguido elaborando
formas de especulación filosófica que han buscado
mantener viva la gran tradición del pensamiento cristiano
en la unidad de la fe y la razón.
60. El Concilio
Ecuménico Vaticano II, por su parte, presenta una enseñanza
muy rica y fecunda en relación con la filosofía.
No puedo olvidar, sobre todo en el contexto de esta Encíclica,
que un capítulo de la Constitución Gaudium et
spes es casi un compendio de antropología bíblica,
fuente de inspiración también para la filosofía.
En aquellas páginas se trata del valor de la persona humana
creada a imagen de Dios, se fundamenta su dignidad y superioridad
sobre el resto de la creación y se muestra la capacidad
trascendente de su razón. También el problema del
ateísmo es considerado en la Gaudium et spes, exponiendo
bien los errores de esta visión filosófica, sobre
todo en relación con la dignidad inalienable de la persona
y de su libertad.
Ciertamente
tiene también un profundo significado filosófico
la expresión culminante de aquellas páginas, que
he citado en mi primera Encíclica Redemptor hominis
y que representa uno de los puntos de referencia constante de
mi enseñanza: «Realmente, el misterio del hombre
sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Pues
Adán, el primer hombre, era figura del que había
de venir, es decir, de Cristo, el Señor. Cristo, el nuevo
Adán, en la misma revelación del misterio del Padre
y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre
y le descubre la grandeza de su vocación».
El Concilio
se ha ocupado también del estudio de la filosofía,
al que deben dedicarse los candidatos al sacerdocio; se trata
de recomendaciones extensibles más en general a la enseñanza
cristiana en su conjunto. Afirma el Concilio: «Las asignaturas
filosóficas deben ser enseñadas de tal manera que
los alumnos lleguen, ante todo, a adquirir un conocimiento fundado
y coherente del hombre, del mundo y de Dios, basados en el patrimonio
filosófico válido para siempre, teniendo en cuenta
también las investigaciones filosóficas de cada
tiempo».
Estas directrices
han sido confirmadas y especificadas en otros documentos magisteriales
con el fin de garantizar una sólida formación filosófica,
sobre todo para quienes se preparan a los estudios teológicos.
Por mi parte, en varias ocasiones he señalado la importancia
de esta formación filosófica para los que deberán
un día, en la vida pastoral, enfrentarse a las exigencias
del mundo contemporáneo y examinar las causas de ciertos
comportamientos para darles una respuesta adecuada.
61. Si en
diversas circunstancias ha sido necesario intervenir sobre este
tema, reiterando el valor de las intuiciones del Doctor Angélico
e insistiendo en el conocimiento de su pensamiento, se ha debido
a que las directrices del Magisterio no han sido observadas siempre
con la deseable disponibilidad. En muchas escuelas católicas,
en los años que siguieron al Concilio Vaticano II, se pudo
observar al respecto una cierta decadencia debido a una menor
estima, no sólo de la filosofía escolástica,
sino más en general del mismo estudio de la filosofía.
Con sorpresa y pena debo constatar que no pocos teólogos
comparten este desinterés por el estudio de la filosofía.
Varios son
los motivos de esta poca estima. En primer lugar, debe tenerse
en cuenta la desconfianza en la razón que manifiesta gran
parte de la filosofía contemporánea, abandonando
ampliamente la búsqueda metafísica sobre las preguntas
últimas del hombre, para concentrar su atención
en los problemas particulares y regionales, a veces incluso puramente
formales. Se debe añadir además el equívoco
que se ha creado sobre todo en relación con las «ciencias
humanas». El Concilio Vaticano II ha remarcado varias veces
el valor positivo de la investigación científica
para un conocimiento más profundo del misterio del hombre.
La invitación a los teólogos para que conozcan estas
ciencias y, si es menester, las apliquen correctamente en su investigación
no debe, sin embargo, ser interpretada como una autorización
implícita a marginar la filosofía o a sustituirla
en la formación pastoral y en la praeparatio fidei.
No se puede olvidar, por último, el renovado interés
por la inculturación de la fe. De modo particular, la vida
de las Iglesias jóvenes ha permitido descubrir, junto a
elevadas formas de pensamiento, la presencia de múltiples
expresiones de sabiduría popular. Esto es un patrimonio
real de cultura y de tradiciones. Sin embargo, el estudio de las
usanzas tradicionales debe ir de acuerdo con la investigación
filosófica. Ésta permitirá sacar a luz los
aspectos positivos de la sabiduría popular, creando su
necesaria relación con el anuncio del Evangelio.
62. Deseo
reafirmar decididamente que el estudio de la filosofía
tiene un carácter fundamental e imprescindible en la estructura
de los estudios teológicos y en la formación de
los candidatos al sacerdocio. No es casual que el curriculum
de los estudios teológicos vaya precedido por un período
de tiempo en el cual está previsto una especial dedicación
al estudio de la filosofía. Esta opción, confirmada
por el Concilio Laterano V, tiene sus raíces en la experiencia
madurada durante la Edad Media, cuando se puso en evidencia la
importancia de una armonía constructiva entre el saber
filosófico y el teológico. Esta ordenación
de los estudios ha influido, facilitado y promovido, incluso de
forma indirecta, una buena parte del desarrollo de la filosofía
moderna. Un ejemplo significativo es la influencia ejercida por
las Disputationes metaphysicae de Francisco Suárez,
que tuvieron eco hasta en las universidades luteranas alemanas.
Por el contrario, la desaparición de esta metodología
causó graves carencias tanto en la formación sacerdotal
como en la investigación teológica. Téngase
en cuenta, por ejemplo, en la falta de interés por el pensamiento
y la cultura moderna, que ha llevado al rechazo de cualquier forma
de diálogo o a la acogida indiscriminada de cualquier filosofía.
Espero firmemente que estas dificultades se superen con una inteligente
formación filosófica y teológica, que nunca
debe faltar en la Iglesia.
63. Apoyado
en las razones señaladas, me ha parecido urgente poner
de relieve con esta Encíclica el gran interés que
la Iglesia tiene por la filosofía; más aún,
el vínculo íntimo que une el trabajo teológico
con la búsqueda filosófica de la verdad. De aquí
deriva el deber que tiene el Magisterio de discernir y estimular
un pensamiento filosófico que no sea discordante con la
fe. Mi objetivo es proponer algunos principios y puntos de referencia
que considero necesarios para instaurar una relación armoniosa
y eficaz entre la teología y la filosofía. A su
luz será posible discernir con mayor claridad la relación
que la teología debe establecer con los diversos sistemas
y afirmaciones filosóficas, que presenta el mundo actual.