100.
Pasados más cien años de la publicación de
la Encíclica Æterni Patris de León XIII, a
la que me he referido varias veces en estas páginas, me
ha parecido necesario acometer de nuevo y de modo más sistemático
el argumento sobre la relación entre fe y filosofía.
Es evidente la importancia que el pensamiento filosófico
tiene en el desarrollo de las culturas y en la orientación
de los comportamientos personales y sociales. Dicho pensamiento
ejerce una gran influencia, incluso sobre la teología y
sobre sus diversas ramas, que no siempre se percibe de manera
explícita. Por esto, he considerado justo y necesario subrayar
el valor que la filosofía tiene para la comprensión
de la fe y las limitaciones a las que se ve sometida cuando olvida
o rechaza las verdades de la Revelación. En efecto, la
Iglesia está profundamente convencida de que fe y razón
« se ayudan mutuamente », (122) ejerciendo recíprocamente
una función tanto de examen crítico y purificador,
como de estímulo para progresar en la búsqueda y
en la profundización.
101.
Cuando nuestra consideración se centra en la historia del
pensamiento, sobre todo en Occidente, es fácil ver la riqueza
que ha significado para el progreso de la humanidad el encuentro
entre filosofía y teología, y el intercambio de
sus respectivos resultados. La teología, que ha recibido
como don una apertura y una originalidad que le permiten existir
como ciencia de la fe, ha estimulado ciertamente la razón
a permanecer abierta a la novedad radical que comporta la revelación
de Dios. Esto ha sido una ventaja indudable para la filosofía,
que así ha visto abrirse nuevos horizontes de significados
inéditos que la razón está llamada a estudiar.
Precisamente
a la luz de esta constatación, de la misma manera que he
reafirmado la necesidad de que la teología recupere su
legítima relación con la filosofía, también
me siento en el deber de subrayar la oportunidad de que la filosofía,
por el bien y el progreso del pensamiento, recupere su relación
con la teología. En ésta la filosofía no
encontrará la reflexión de un único individuo
que, aunque profunda y rica, lleva siempre consigo los límites
propios de la capacidad de pensamiento de uno solo, sino la riqueza
de una reflexión común. En efecto, en la reflexión
sobre la verdad la teología está apoyada, por su
misma naturaleza, en la nota de la eclesialidad (123) y en la
tradición del Pueblo de Dios con su pluralidad de saberes
y culturas en la unidad de la fe.
102.
La Iglesia, al insistir sobre la importancia y las verdaderas
dimensiones del pensamiento filosófico, promueve a la vez
tanto la defensa de la dignidad del hombre como el anuncio del
mensaje evangélico. Ante tales cometidos, lo más
urgente hoy es llevar a los hombres a descubrir su capacidad de
conocer la verdad (124) y su anhelo de un sentido último
y definitivo de la existencia. En la perspectiva de estas profundas
exigencias, inscritas por Dios en la naturaleza humana, se ve
incluso más clara el significado humano y humanizador de
la palabra de Dios. Gracias a la mediación de una filosofía
que ha llegado a ser también verdadera sabiduría,
el hombre contemporáneo llegará así a reconocer
que será tanto más hombre cuanto, entregándose
al Evangelio, más se abra a Cristo.
103.
La filosofía, además, es como el espejo en el que
se refleja la cultura de los pueblos. Una filosofía que,
impulsada por las exigencias de la teología, se desarrolla
en coherencia con la fe, forma parte de la « evangelización
de la cultura » que Pablo VI propuso como uno de los objetivos
fundamentales de la evangelización. (125) A la vez que
no me canso de recordar la urgencia de una nueva evangelización,
me dirijo a los filósofos para que profundicen en las dimensiones
de la verdad, del bien y de la belleza, a las que conduce la palabra
de Dios. Esto es más urgente aún si se consideran
los retos que el nuevo milenio trae consigo y que afectan de modo
particular a las regiones y culturas de antigua tradición
cristiana. Esta atención debe considerarse también
como una aportación fundamental y original en el camino
de la nueva evangelización.
104.
El pensamiento filosófico es a menudo el único ámbito
de entendimiento y de diálogo con quienes no comparten
nuestra fe. El movimiento filosófico contemporáneo
exige el esfuerzo atento y competente de filósofos creyentes
capaces de asumir las esperanzas, nuevas perspectivas y problemáticas
de este momento histórico. El filósofo cristiano,
al argumentar a la luz de la razón y según sus reglas,
aunque guiado siempre por la inteligencia que le viene de la palabra
de Dios, puede desarrollar una reflexión que será
comprensible y sensata incluso para quien no percibe aún
la verdad plena que manifiesta la divina Revelación. Este
ámbito de entendimiento y de diálogo es hoy muy
importante ya que los problemas que se presentan con más
urgencia a la humanidad como el problema ecológico,
el de la paz o el de la convivencia de las razas y de las culturas
encuentran una posible solución a la luz de una clara y
honesta colaboración de los cristianos con los fieles de
otras religiones y con quienes, aún no compartiendo una
creencia religiosa, buscan la renovación de la humanidad.
Lo afirma el Concilio Vaticano II: « El deseo de que este
diálogo sea conducido sólo por el amor a la verdad,
guardando siempre la debida prudencia, no excluye por nuestra
parte a nadie, ni a aquellos que cultivan los bienes preclaros
del espíritu humano, pero no reconocen todavía a
su Autor, ni a aquéllos que se oponen a la Iglesia y la
persiguen de diferentes maneras ». (126) Una filosofía
en la que resplandezca algo de la verdad de Cristo, única
respuesta definitiva a los problemas del hombre, (127) será
una ayuda eficaz para la ética verdadera y a la vez planetaria
que necesita hoy la humanidad.
105.
Al concluir esta Encíclica quiero dirigir una ulterior
llamada ante todo a los teólogos, a fin de que dediquen
particular atención a las implicaciones filosóficas
de la palabra de Dios y realicen una reflexión de la que
emerja la dimensión especulativa y práctica de la
ciencia teológica. Deseo agradecerles su servicio eclesial.
La relación íntima entre la sabiduría teológica
y el saber filosófico es una de las riquezas más
originales de la tradición cristiana en la profundización
de la verdad revelada. Por esto, los exhorto a recuperar y subrayar
más la dimensión metafísica de la verdad
para entrar así en diálogo crítico y exigente
tanto el con pensamiento filosófico contemporáneo
como con toda la tradición filosófica, ya esté
en sintonía o en contraposición con la palabra de
Dios. Que tengan siempre presente la indicación de san
Buenaventura, gran maestro del pensamiento y de la espiritualidad,
el cual al introducir al lector en su Itinerarium mentis in Deum
lo invitaba a darse cuenta de que « no es suficiente la
lectura sin el arrepentimiento, el conocimiento sin la devoción,
la búsqueda sin el impulso de la sorpresa, la prudencia
sin la capacidad de abandonarse a la alegría, la actividad
disociada de la religiosidad, el saber separado de la caridad,
la inteligencia sin la humildad, el estudio no sostenido por la
divina gracia, la reflexión sin la sabiduría inspirada
por Dios ». (128)
Me dirijo
también a quienes tienen la responsabilidad de la formación
sacerdotal, tanto académica como pastoral, para que cuiden
con particular atención la preparación filosófica
de los que habrán de anunciar el Evangelio al hombre de
hoy y, sobre todo, de quienes se dedicarán al estudio y
la enseñanza de la teología. Que se esfuercen en
realizar su labor a la luz de las prescripciones del Concilio
Vaticano II (129) y de las disposiciones posteriores, las cuales
presentan el inderogable y urgente cometido, al que todos estamos
llamados, de contribuir a una auténtica y profunda comunicación
de las verdades de la fe. Que no se olvide la grave responsabilidad
de una previa y adecuada preparación de los profesores
destinados a la enseñanza de la filosofía en los
Seminarios y en las Facultades eclesiásticas. (130) Es
necesario que esta enseñanza esté acompañada
de la conveniente preparación científica, que se
ofrezca de manera sistemática proponiendo el gran patrimonio
de la tradición cristiana y que se realice con el debido
discernimiento ante las exigencias actuales de la Iglesia y del
mundo.
106. Mi
llamada se dirige, además, a los filósofos y a los
profesores de filosofía, para que tengan la valentía
de recuperar, siguiendo una tradición filosófica
perennemente válida, las dimensiones de auténtica
sabiduría y de verdad, incluso metafísica, del pensamiento
filosófico. Que se dejen interpelar por las exigencias
que provienen de la palabra de Dios y estén dispuestos
a realizar su razonamiento y argumentación como respuesta
a las mismas. Que se orienten siempre hacia la verdad y estén
atentos al bien que ella contiene. De este modo podrán
formular la ética auténtica que la humanidad necesita
con urgencia, particularmente en estos años. La Iglesia
sigue con atención y simpatía sus investigaciones;
pueden estar seguros, pues, del respeto que ella tiene por la
justa autonomía de su ciencia. De modo particular, deseo
alentar a los creyentes que trabajan en el campo de la filosofía,
a fin de que iluminen los diversos ámbitos de la actividad
humana con el ejercicio de una razón que es más
segura y perspicaz por la ayuda que recibe de la fe.
Finalmente,
dirijo también unas palabras a los científicos,
que con sus investigaciones nos ofrecen un progresivo conocimiento
del universo en su conjunto y de la variedad increíblemente
rica de sus elementos, animados e inanimados, con sus complejas
estructuras atómicas y moleculares. El camino realizado
por ellos ha alcanzado, especialmente en este siglo, metas que
siguen asombrándonos. Al expresar mi admiración
y mi aliento hacia estos valiosos pioneros de la investigación
científica, a los cuales la humanidad debe tanto de su
desarrollo actual, siento el deber de exhortarlos a continuar
en sus esfuerzos permaneciendo siempre en el horizonte sapiencial
en el cual los logros científicos y tecnológicos
están acompañados por los valores filosóficos
y éticos, que son una manifestación característica
e imprescindible de la persona humana. El científico es
muy consciente de que « la búsqueda de la verdad,
incluso cuando atañe a una realidad limitada del mundo
o del hombre, no termina nunca, remite siempre a algo que está
por encima del objeto inmediato de los estudios, a los interrogantes
que abren el acceso al Misterio ». (131)
107.
Pido a todos que fijen su atención en el hombre, que Cristo
salvó en el misterio de su amor, y en su permanente búsqueda
de verdad y de sentido. Diversos sistemas filosóficos,
engañándolo, lo han convencido de que es dueño
absoluto de sí mismo, que puede decidir autónomamente
sobre su propio destino y su futuro confiando sólo en sí
mismo y en sus propias fuerzas. La grandeza del hombre jamás
consistirá en esto. Sólo la opción de insertarse
en la verdad, al amparo de la Sabiduría y en coherencia
con ella, será determinante para su realización.
Solamente en este horizonte de la verdad comprenderá la
realización plena de su libertad y su llamada al amor y
al conocimiento de Dios como realización suprema de sí
mismo.
108.
Mi último pensamiento se dirige a Aquélla que la
oración de la Iglesia invoca como Trono de la Sabiduría.
Su misma vida es una verdadera parábola capaz de iluminar
las reflexiones que he expuesto. En efecto, se puede entrever
una gran correlación entre la vocación de la Santísima
Virgen y la de la auténtica filosofía. Igual que
la Virgen fue llamada a ofrecer toda su humanidad y femineidad
a fin de que el Verbo de Dios pudiera encarnarse y hacerse uno
de nosotros, así la filosofía está llamada
a prestar su aportación, racional y crítica, para
que la teología, como comprensión de la fe, sea
fecunda y eficaz. Al igual que María, en el consentimiento
dado al anuncio de Gabriel, nada perdió de su verdadera
humanidad y libertad, así el pensamiento filosófico,
cuando acoge el requerimiento que procede de la verdad del Evangelio,
nada pierde de su autonomía, sino que siente como su búsqueda
es impulsada hacia su más alta realización. Esta
verdad la habían comprendido muy bien los santos monjes
de la antigüedad cristiana, cuando llamaban a María
« la mesa intelectual de la fe ». (132) En ella veían
la imagen coherente de la verdadera filosofía y estaban
convencidos de que debían philosophari in Maria.
Que el Trono
de la Sabiduría sea puerto seguro para quienes hacen de
su vida la búsqueda de la sabiduría. Que el camino
hacia ella, último y auténtico fin de todo verdadero
saber, se vea libre de cualquier obstáculo por la intercesión
de Aquella que, engendrando la Verdad y conservándola en
su corazón, la ha compartido con toda la humanidad para
siempre.
Dado en Roma,
junto a san Pedro, el 14 de septiembre, fiesta de la Exaltación
de la Santa Cruz, del año 1998, vigésimo de mi Pontificado.
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NOTAS
(1) Ya lo
escribí en mi primera Encíclica Redemptor hominis:
« hemos sido hechos partícipes de esta misión
de Cristo-profeta, y en virtud de la misma misión, junto
con Él servimos la misión divina en la Iglesia.
La responsabilidad de esta verdad significa también amarla
y buscar su comprensión más exacta, para hacerla
más cercana a nosotros mismos y a los demás en
toda su fuerza salvífica, en su esplendor, en su profundidad
y sencillez juntamente », 19: AAS 71 (1979), 306.
(2) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre
la Iglesia en el mundo actual, 16.
(3) Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 25.
(4) N. 4: AAS 85 (1993), 1136.
(5) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina
Revelación, 2.
(6) Cf. Const. dogm. Dei Filius, sobre la fe católica,
III: DS 3008.
(7) Ibíd., cap. IV: DS 3015; citado también en
Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, sobre la
Iglesia en el mundo actual, 59.
(8) Const. dogm. Dei Verbum, sobre la divina Revelación,
2.
(9) Cart. ap. Tertio millennio adveniente (10 de noviembre de
1994), 10: AAS 87 (1995), 11.
(10) N. 4.
(11) N. 8.
(12) N. 22.
(13) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre
la divina Revelación, 4.
(14) Ibíd., 5.
(15) El Concilio Vaticano I, al cual se refiere la afirmación
mencionada, enseña que la obediencia de la fe exige el
compromiso de la inteligencia y de la voluntad: « Dependiendo
el hombre totalmente de Dios como de su creador y señor,
y estando la razón humana enteramente sujeta a la Verdad
increada; cuando Dios revela, estamos obligados a prestarle
por la fe plena obediencia de entendimiento y voluntad »
(Const. dogm. Dei Filius, sobre la fe católica, III;
DS 3008).
(16) Secuencia de la solemnidad del Santísimo Cuerpo
y Sangre de Cristo.
(17) Pensées, 789 (ed. L. Brunschvicg).
(18) Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes sobre
la Iglesia en el mundo actual, 22.
(19) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre
la divina Revelación, 2.
(20) Proemio y nn 1. 15: PL 158, 223-224.226; 235.
(21) De vera religione, XXXIX, 72: CCL 32, 234.
(22) « Ut te semper desiderando quaererent et inveniendo
quiescerent »: Missale Romanum.
(23) Aristóteles, Metafísica, I, 1.
(24) Confesiones, X, 23, 33: CCL 27, 173.
(25) N. 34: AAS 85 (1993), 1161.
(26) Cf. Carta ap. Salvifici doloris (11 de febrero de 1984),
9: AAS 76 (1984), 209-210.
(27) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Declaración Nostra aetate,
sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas,
2.
(28) Este es un argumento que sigo desde hace mucho tiempo y
que he expuesto en diversas ocasiones: « ¿Qué
es el hombre y de qué sirve? ¿qué tiene
de bueno y qué de malo? (Si 18, 8) [...]. Estos interrogantes
están en el corazón de cada hombre, como lo demuestra
muy bien el genio poético de todos los tiempos y de todos
los pueblos, el cual, como profecía de la humanidad propone
continuamente la pregunta seria que hace al hombre
verdaderamente tal. Esos interrogantes expresan la urgencia
de encontrar un por qué a la existencia, a cada uno de
sus instantes, a las etapas importantes y decisivas, así
como a sus momentos más comunes. En estas cuestiones
aparece un testimonio de la racionalidad profunda del existir
humano, puesto que la inteligencia y la voluntad del hombre
se ven solicitadas en ellas a buscar libremente la solución
capaz de ofrecer un sentido pleno a la vida. Por tanto, estos
interrogantes son la expresión más alta de la
naturaleza del hombre: en consecuencia, la respuesta a ellos
expresa la profundidad de su compromiso con la propia existencia.
Especialmente, cuando se indaga el por qué de las
cosas con totalidad en la búsqueda de la respuesta
última y más exhaustiva, entonces la razón
humana toca su culmen y se abre a la religiosidad. En efecto,
la religiosidad representa la expresión más elevada
de la persona humana, porque es el culmen de su naturaleza racional.
Brota de la aspiración profunda del hombre a la verdad
y está en la base de la búsqueda libre y personal
que el hombre realiza sobre lo divino »: Audiencia General,
19 de octubre de 1983, 1-2: Insegnamenti VI, 2 (1983), 814-815.
(29) « [Galileo] declaró explícitamente
que las dos verdades, la de la fe y la de la ciencia, no pueden
contradecirse jamás. La Escritura santa y la naturaleza,
al provenir ambas del Verbo divino, la primera en cuanto dictada
por el Espíritu Santo, y la segunda en cuanto ejecutora
fidelísima de las órdenes de Dios, según
escribió en la carta al P. Benedetto Castelli el 21 de
diciembre de 1613. El Concilio Vaticano II no se expresa de
modo diferente; incluso emplea expresiones semejantes cuando
enseña: La investigación metódica
en todos los campos del saber, si está realizada de forma
auténticamente científica y conforme a las normas
morales, nunca será realmente contraria a la fe, porque
las realidades profanas y las de la fe tienen origen en un mismo
Dios (Gaudium et spes, 36). En su investigación
científica Galileo siente la presencia del Creador que
le estimula, prepara y ayuda a sus intuiciones, actuando en
lo más hondo de su espíritu ». Juan Pablo
II, Discurso a la Pontificia Academia de las Ciencias, 10 de
noviembre de 1979: Insegnamenti, II, 2 (1979), 1111-1112.
(30) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre
la divina Revelación, 4.
(31) Orígenes, Contra Celso, 3, 55: SC 136, 130.
(32) Diálogo con Trifón, 8, 1: PG 6, 492.
(33) Stromata I, 18, 90,1: SC 30, 115.
(34) Cf. ibíd., I, 16, 80, 5: SC 30, 108.
(35) Ibíd., I, 5, 28, 1: SC 30, 65.
(36) Ibíd., VI, 7, 55, 1-2: PG 9, 277.
(37) Ibíd., I, 20, 100, 1: SC 30, 124.
(38) S. Agustín, Confesiones VI, 5, 7: CCL 27, 77-78.
(39) Cf. ibíd., VII, 9, 13-14: CCL 27, 101-102.
(40) De praescriptione haereticorum, VII, 9: SC 46, 98. «
Quid ergo Athenis et Hierosolymis? Quid academiae et ecclesiae?
».
(41) Cf. Congregación para la Educación Católica,
Instr. sobre el estudio de los Padres de la Iglesia en la formación
sacerdotal (10 de noviembre de 1989), 25: AAS 82 (1990), 617-618.
(42) S. Anselmo, Prosologio, 1: PL 158, 226.
(43) Id., Monologio, 64: PL 158, 210.
(44) Cf. Summa contra Gentiles, I, VII.
(45) Cf. Summa Theologiae, I, 1, 8 ad 2: « Cum enim gratia
non tollat naturam sed perficiat ».
(46) Cf. Discurso a los participantes en el IX Congreso Tomista
Internacional (29 de septiembre de 1990): Insegnamenti, XIII,
2 (1990), 770-771.
(47) Carta ap. Lumen Ecclesiae (20 noviembre 1974), 8: AAS 66
(1974), 680.
(48) Cf. I, 1, 6: « Praeterea, haec doctrina per studium
acquiritur. Sapientia autem per infusionem habetur, unde inter
septem dona Spiritus Sancti connumeratur ».
(49) Ibíd., II, II, 45, 1 ad 2; cf. también II,
II, 45, 2.
(50) Ibíd., I, II, 109, 1 ad 1, que retoma la conocida
expresión del Ambrosiastro, In prima Cor 12,3 : PL 17,
258.
(51) León XIII, Enc. Æterni Patris (4 de agosto
de 1879): ASS 11 (1878-1879), 109.
(52) Pablo VI, Carta ap. Lumen Ecclesiae (20 de noviembre de
1974), 8: AAS 66 (1974), 683.
(53) Enc. Redemptor hominis (4 de marzo de 1979), 15: AAS 71
(1979), 286.
(54) Cf. Pío XII, Enc. Humani generis (12 de agosto de
1950): AAS 42 (1950), 566.
(55) Cf. Conc. Ecum Vat. I, Const. dogm. Pastor Aeternus, sobre
la Iglesia de Cristo, DS 3070; Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 25 c.
(56) Cf. Sínodo de Constantinopla, DS 403.
(57) Cf. Concilio de Toledo I, DS 205; Concilio de Braga I,
DS 459-460; Sixto V, Bula Coeli et terrae Creator (5 de enero
de 1586): Bullarium Romanum 4/4, Romae 1747, 176-179; Urbano
VIII, Inscrutabilis iudiciorum (1 de abril de 1631): Bullarium
Romanum 6/1, Romae 1758, 268-270.
(58) Cf. Conc. Ecum. Vienense, Decr. Fidei catholicae, DS 902;
Conc. Ecum. Laterano V, Bula Apostolici regiminis, DS 1440.
(59) Cf. Theses a Ludovico Eugenio Bautain iussu sui Episcopi
subscriptae (8 de septiembre de 1840), DS 2751-2756; Theses
a Ludovico Eugenio Bautain ex mandato S. Cong. Episcoporum et
Religiosorum subscriptae (26 de abril de 1844), DS 2765-2769.
(60) Cf. S. Congr. Indicis, Decr. Theses contra traditionalismum
Augustini Bonnetty (11 de junio de 1855), DS 2811-2814.
(61) Cf. Pío IX, Breve Eximiam tuam (15 de junio de 1857),
DS 2828-2831; Breve Gravissimas inter (11 de diciembre de 1862),
DS 2850-2861.
(62) Cf. S. Congr. del Santo Oficio, Decr. Errores ontologistarum
(18 de septiembre de 1861), DS 2841-2847.
(63) Cf. Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm. Dei Filius, sobre
la fe católica, II: DS 3004; y can. 2.1: DS 3026.
(64) Ibíd., IV: DS 3015; citado en Conc. Ecum. Vat. II,
Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual,
59.
(65) Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm. Dei Filius, sobre la fe
católica, IV: DS 3017.
(66) Cf. Enc. Pascendi dominici gregis (8 de septiembre de 1907):
AAS 40 (1907), 596-597.
(67) Cf. Pío XI, Enc. Divini Redemptoris (19 de marzo
de 1937): AAS 29 (1937), 65-106.
(68) Enc. Humani generis (12 de agosto de 1950): AAS 42 (1950),
562-563.
(69) Ibíd., l.c., 563-564.
(70) Cf. Const. ap. Pastor Bonus, (28 de junio de 1988, art.
48-49:AAS 80 (1988), 873; Congr. para la Doctrina de la Fe,
Instr. Donum veritatis, sobre la vocación eclesial del
teólogo (24 de mayo de 1990), 18: AAS 82 (1990), 1558.
(71) Cf. Instr. Libertatis nuntius, sobre algunos aspectos de
la « teología de la liberación » (6
de agosto de 1984), VII-X: AAS 76 (1984), 890-903.
(72) El Concilio Vaticano I con palabras claras y firmes había
ya condenado estos errores, afirmando de una parte que «
esta fe [...] la Iglesia católica profesa que es una
virtud sobrenatural por la que, con inspiración y ayuda
de la gracia de Dios, creemos ser verdadero lo que por Él
ha sido revelado, no por la intrínseca verdad de las
cosas, percibida por la luz natural de la razón, sino
por la autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede
ni engañarse ni engañarnos »: Const. dogm.
Dei Filius, sobre la fe católica, III: DS 3008, y can.
3,2: DS 3032. Por otra parte, el Concilio declaraba que la razón
nunca « se vuelve idónea para entender (los misterios)
totalmente, a la manera de las verdades que constituyen su propio
objeto »: ibíd., IV: DS 3016. De aquí sacaba
la conclusión práctica: « No sólo
se prohibe a todos los fieles cristianos defender como legítimas
conclusiones de la ciencia las opiniones que se reconocen como
contrarias a la doctrina de la fe, sobre todo si han sido reprobadas
por la Iglesia, sino que están absolutamente obligados
a tenerlas más bien por errores que ostentan la falaz
apariencia de la verdad »: ibíd., IV: DS 3018.
(73) Cf. nn. 9-10.
(74) Ibíd., 10.
(75) Ibíd., 21.
(76) Cf. ibíd., 10.
(77) Cf. Enc. Humani generis (12 de agosto de 1950): AAS 42
(1950), 565-567; 571-573.
(78) Cf. Enc. Æterni Patris (4 de agosto de 1879): ASS
11 (1878-1879), 97-115.
(79) Ibíd., l.c., 109.
(80) Cf. nn. 14-15.
(81) Cf. ibíd., 20-21.
(82) Ibíd., 22; cf. Enc. Redemptor hominis (4 de marzo
de 1979), 8: AAS 71 (1979), 271-272.
(83) Decr. Optatam totius, sobre la formación sacerdotal,
15.
(84) Cf. Const. ap. Sapientia christiana (15 de abril de 1979),
arts. 79-80: AAS 71 (1979), 495-496; Exhort. ap. postsinodal
Pastores dabo vobis (25 de marzo de 1992), 52: AAS 84 (1992),
750-751. Véanse también algunos comentarios sobre
la filosofía de Santo Tomás: Discurso al Pontificio
Ateneo Internacional Angelicum (17 de noviembre de 1979): Insegnamenti
II, 2 (1979), 1177-1189; Discurso a los participantes en el
VIII Congreso Tomista Internacional (13 de septiembre de 1980):
Insegnamenti III, 2 (1980), 604-615; Discurso a los participantes
en el Congreso Internacional de la Sociedad « Santo Tomás
» sobre la doctrina del alma en S. Tomás (4 de
enero de 1986): Insegnamenti IX, 1 (1986), 18-24. Además,
S. Congr. para la Educación Católica, Ratio fundamentalis
institutionis sacerdotalis (6 de enero de 1970), 70-75: AAS
62 (1970), 366-368; Decr. Sacra Theologia (20 de enero de 1972):
AAS 64 (1972), 583-586.
(85) Cf. Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el
mundo actual, 57 y 62.
(86) Cf. ibíd., 44.
(87) Cf. Conc. Ecum. Lateranense V, Bula Apostolici regimini
sollicitudo, Sesión: VIII, Conc. Oecum. Decreta, 1991,
605-606.
(88) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre
la divina Revelación, 10.
(89) S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae, II-II, 5,
3 ad 2.
(90) « La búsqueda de las condiciones en las que
el hombre se plantea a sí mismo sus primeros interrogantes
fundamentales sobre el sentido de la vida, sobre el fin que
quiere darle y sobre lo que le espera después de la muerte,
constituye para la teología fundamental el preámbulo
necesario para que, también hoy, la fe muestre plenamente
el camino a una razón que busca sinceramente la verdad
». Juan Pablo II, Carta a los participantes en el Congreso
internacional de Teología Fundamental a 125 años
de la « Dei Filius » (30 de septiembre de 1995),
4: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española,
13 de octubre de 1995, p. 2.
(91) Ibíd.
(92) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes,
sobre la Iglesia en el mundo actual, 15; Decr. Ad gentes, sobre
la actividad misionera de la Iglesia, 22.
(93) S. Tomás de Aquino, De Caelo, 1, 22.
(94) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes,
sobre la Iglesia en el mundo actual, 53-59.
(95) S. Agustín, De praedestinatione sanctorum, 2, 5:
PL 44, 963.
(96) Id., De fide, spe et caritate, 7: CCL 64, 61.
(97) Cf. Conc. Ecum. Calcedonense, Symbolum, Definitio: DS 302.
(98) Cf. Enc. Redemptor hominis (4 de marzo de 1979), 15: AAS
71 (1979), 286-289.
(99) Cf. por ejemplo S. Tomás de Aquino, Summa Theologiae,
I, 16,1; S. Buenaventura, Coll. in Hex., 3, 8, 1.
(100) Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo
actual, 15.
(101) Enc. Veritatis splendor (6 de agosto de 1993), 57-61:
AAS 85 (1993), 1179-1182.
(102) Cf. Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm. Dei Filius, sobre
la fe católica, IV: DS 3016.
(103) Cf. Conc. Ecum. Lateranense IV, De errore abbatis Ioachim,
II: DS 806.
(104) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre
la divina Revelación, 24; Decr. Optatam totius, sobre
la formación sacerdotal, 16.
(105) Cf. Enc. Evangelium vitae (25 de marzo de 1995), 69: AAS
87 (1995), 481.
(106) En este mismo sentido escribía en mi primera Encíclica,
comentando la expresión de san Juan: « «
Conoceréis la verdad y la verdad os hará libres
» (8, 32). Estas palabras encierran una exigencia fundamental
y al mismo tiempo una advertencia: la exigencia de una relación
honesta con respecto a la verdad, como condición de una
auténtica libertad; y la advertencia, además,
de que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad
superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundiza
en toda la verdad sobre el hombre y sobre el mundo. También
hoy, después de dos mil años, Cristo aparece a
nosotros como Aquél que trae al hombre la libertad basada
sobre la verdad, como Aquél que libera al hombre de lo
que limita, disminuye y casi destruye esta libertad en sus mismas
raíces, en el alma del hombre, en su corazón,
en su conciencia »: Redemptor hominis, (4 de marzo de
1979), 12: AAS 71 (1979), 280-281.
(107) Discurso en la inauguración del Concilio (11 de
octubre de 1962): AAS 54 (1962), 792.
(108) Congr. para la Doctrina de la Fe, Instr. Donum veritatis,
sobre la vocación eclesial del teólogo (24 de
mayo de 1990), 7-8: AAS 82 (1990), 1552-1553.
(109) He escrito en la Encíclica Dominum et vivificantem,
comentando Jn 16, 12-13: « Jesús presenta el Paráclito,
el Espíritu de la verdad, como el que enseñará
y recordará, como el que dará
testimonio de él; luego dice: Os guiará
hasta la verdad completa. Este guiar hasta la verdad
completa, con referencia a lo que dice a los apóstoles
pero ahora no podéis con ello, está
necesariamente relacionado con el anonadamiento de Cristo por
medio de la pasión y muerte de Cruz, que entonces, cuando
pronunciaba estas palabras, era inminente. Después, sin
embargo, resulta claro que aquel guiar hasta la verdad
completa se refiere también, además del
escándalo de la cruz, a todo lo que Cristo hizo
y enseñó (Hch 1, 1). En efecto, el misterio
de Cristo en su globalidad exige la fe, ya que ésta introduce
oportunamente al hombre en la realidad del misterio revelado.
El guiar hasta la verdad completa se realiza, pues,
en la fe y mediante la fe, lo cual es obra del Espíritu
de la verdad y fruto de su acción en el hombre. El Espíritu
Santo debe ser en esto la guía suprema del hombre y la
luz del espíritu humano », 6: AAS 78 (1986), 815-816.
(110) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Dei Verbum, sobre
la divina Revelación, 13.
(111) Cf. Pontificia Comisión Bíblica, Instr.
sobre la verdad histórica de los Evangelios (21 de abril
de 1964): AAS 56 (1964), 713.
(112) « Es evidente que la Iglesia no puede ligarse a
ningún sistema filosófico efímero; pero
las nociones y los términos que los doctores católicos,
con general aprobación, han ido reuniendo durante varios
siglos para llegar a obtener algún conocimiento del dogma,
no se fundan, sin duda en cimientos deleznables. Se fundan realmente
en principios y nociones deducidas del verdadero conocimiento
de las cosas creadas; deducción realizada a la luz de
la verdad revelada, que, por medio de la Iglesia, iluminaba,
como una estrella, la mente humana. Pero no hay que extrañarse
que algunas de estas nociones hayan sido no sólo empleadas,
sino también aprobadas por los concilios ecuménicos,
de tal suerte que no es lícito apartarse de ellas »:
Enc. Humani generis (12 de agosto de 1950): AAS 42 (1950), 566-567;
cf. Comisión Teológica Internacional, Doc. Interpretationis
problema (octubre 1989): Ench. Vat. 11, nn. 2717-2811.
(113) « En cuanto al significado mismo de las fórmulas
dogmáticas, éste es siempre verdadero y coherente
en la Iglesia, incluso cuando es principalmente aclarado y comprendido
mejor. Por tanto, los fieles deben evitar la opinión
que considera que las fórmulas dogmáticas (o cualquier
tipo de ellas) no pueden manifestar la verdad de manera determinada,
sino sólo sus aproximaciones cambiantes que son, en cierto
modo, deformaciones y alteraciones de la misma »: S. Congr.
para la Doctrina de la Fe, Decl. Mysterium Ecclesiae, acerca
de la defensa de la doctrina sobre la Iglesia, (24 de junio
de 1973), 5: AAS 65 (1973), 403.
(114) Cf. Congr. S. Officii, Decr. Lamentabili (3 de julio de
1907), 26: ASS 40 (1907), 473.
(115) Cf. Discurso al Pontificio Ateneo « Angelicum »
(17 de noviembre de 1979), 6: Insegnamenti, II, 2 (1979), 1183-1185.
(116) N. 32: AAS 85 (1993), 1159-1160.
(117) Cf. Exhort. ap. Catechesi tradendae (16 de octubre de
1979), 30: AAS 71 (1979), 1302-1303; Congr. para la Doctrina
de la Fe, Instr. Donum veritatis, sobre la vocación eclesial
del teólogo (24 de mayo de 1990), 7: AAS 82 (1990), 1552-1553.
(118) Cf. Exhort. ap. Catechesi tradendae (16 de octubre de
1979), 30: AAS 71 (1979), 1302-1303.
(119) Cf. ibíd., 22, l.c., 1295-1296.
(120) Cf. ibíd., 7, l.c., 1282.
(121) Cf. ibíd., 59, l.c., 1325.
(122) Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm. Dei Filius sobre la fe
católica, IV: DS 3019.
(123) « Nadie, pues, puede hacer de la teología
una especie de colección de los propios conceptos personales;
sino que cada uno debe ser consciente de permanecer en estrecha
unión con esta misión de enseñar la verdad,
de la que es responsable la Iglesia ». Enc. Redemptor
hominis (4 de marzo de 1979), 19: AAS 71 (1979), 308.
(124) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae, sobre
la libertad religiosa, 1-3.
(125) Cf. Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 de diciembre de
1975), 20: AAS 68 (1976), 18-19.
(126) Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo
actual, 92.
(127) Cf. ibíd., 10.
(128) Prologus, 4: Opera omnia, Florencia 1981, t. V, 296.
(129) Cf. Decr. Optatam totius, sobre la formación sacerdotal,
15.
(130) Cf. Const. ap. Sapientia christiana (15 de abril de 1979),
art. 67-68: ASS 71 (1979), 491-492.
(131) Discurso con ocasión del VI centenario de fundación
de la Universidad Jaguellónica (8 de junio de 1997),
4: L'Osservatore Romano, Ed. semanal en lengua española,
27 de junio de 1997, 10-11.
(132) « 'e noerà tes pìsteos tràpeza
»: Homilía en honor de Santa María Madre
de Dios, del pseudo Epifanio: PG 43, 493.
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