Venerables
Hermanos: Salud y bendición apostólica.
El Hijo Unigénito del Eterno Padre, que apareció
sobre la tierra para traer al humano linaje la salvación
y la luz de la divina sabiduría hizo ciertamente un grande
y admirable beneficio al mundo cuando, habiendo de subir nuevamente
a los cielos, mandó a los apóstoles que fuesen a
enseñar a todas las gentes {1}, y dejó a la Iglesia
por él fundada por común y suprema maestra de los
pueblos. Pues los hombres, a quien la verdad había libertado
debían ser conservados por la verdad; ni hubieran durado
por largo tiempo los frutos de las celestiales doctrinas, por
los que adquirió el hombre la salud, si Cristo Nuestro
Señor no hubiese constituido un magisterio perenne para
instruir los entendimientos en la fe. Pero la Iglesia, ora animada
con las promesas de su divino autor, ora imitando su caridad,
de tal suerte cumplió sus preceptos, que tuvo siempre por
mira y fue su principal deseo enseñar la religión
y luchar perpetuamente con los errores. A esto tienden los diligentes
trabajos de cada uno de los Obispos, a esto las leyes y decretos
promulgados de los Concilios y en especial la cotidiana solicitud
de los Romanos Pontífices, a quienes como a sucesores en
el primado del bienaventurado Pedro, Príncipe de los Apóstoles,
pertenecen el derecho y la obligación de enseñar
y confirmar a sus hermanos en la fe. Pero como, según el
aviso del Apóstol, por la filosofía y la vana falacia
{2} suelen ser engañadas las mentes de los fieles cristianos
y es corrompida la sinceridad de la fe en los hombres, los supremos
pastores de la Iglesia siempre juzgaron ser también propio
de su misión promover con todas sus fuerzas las ciencias
que merecen tal nombre, y a la vez proveer con singular vigilancia
para que las ciencias humanas se enseñasen en todas partes
según la regla de la fe católica, y en especial
la filosofía, de la cual sin duda depende en gran parte
la recta enseñanza de las demás ciencias. Ya Nos,
venerables hermanos, os advertimos brevemente, entre otras cosas,
esto mismo, cuando por primera vez nos hemos dirigido a vosotros
por cartas Encíclicas; pero ahora, por la gravedad del
asunto y la condición de los tiempos, nos vemos compelidos
por segunda vez a tratar con vosotros de establecer para los estudios
filosóficos un método que no solo corresponda perfectamente
al bien de la fe, sino que esté conforme con la misma dignidad
de las ciencias humanas.
Si alguno
fija la consideración en la acerbidad de nuestros tiempos,
y abraza con el pensamiento la condición de las cosas que
pública y privadamente se ejecutan, descubrirá sin
duda la causa fecunda de los males, tanto de aquellos que hoy
nos oprimen, como de los que tememos, consiste en que los perversos
principios sobre las cosas divinas y humanas, emanados hace tiempo
de las escuelas de los filósofos, se han introducido en
todos los órdenes de la sociedad recibidos por el común
sufragio de muchos. Pues siendo natural al hombre que en el obrar
tenga a la razón por guía, si en algo falta la inteligencia,
fácilmente cae también en lo mismo la voluntad;
y así acontece que la perversidad de las opiniones, cuyo
asiento está en la inteligencia, influye en las acciones
humanas y las pervierte. Por el contrario, si está sano
el entendimiento del hombre y se apoya firmemente en sólidos
y verdaderos principios, producirá muchos beneficios de
pública y privada utilidad. Ciertamente no atribuimos tal
fuerza y autoridad a la filosofía humana, que la creamos
suficiente para rechazar y arrancar todos los errores; pues así
como cuando al principio fue instituida la religión cristiana,
el mundo tuvo la dicha de ser restituido a su dignidad primitiva,
mediante la luz admirable de la fe, no con las persuasivas palabras
de la humana sabiduría, sino en la manifestación
del espíritu y de la virtud {3} así también
al presente debe esperarse principalísimamente del omnipotente
poder de Dios y de su auxilio, que las inteligencias de los hombres,
disipadas las tinieblas del error, vuelvan a la verdad. Pero no
se han de despreciar ni posponer los auxilios naturales, que por
beneficio de la divina sabiduría, que dispone fuerte y
suavemente todas las cosas, están a disposición
del género humano, entre cuyos auxilios consta ser el principal
el recto uso de la filosofía. No en vano imprimió
Dios en la mente humana la luz de la razón, y dista tanto
de apagar o disminuir la añadida luz de la fe la virtud
de la inteligencia, que antes bien la perfecciona, y aumentadas
sus fuerzas, la hace hábil para mayores empresas. Pide,
pues, el orden de la misma Providencia, que se pida apoyo aun
a la ciencia humana, al llamar a los pueblos a la fe y a la salud:
industria plausible y sabia que los monumentos de la antigüedad
atestiguan haber sido practicada por los preclarísimos
Padres de la Iglesia. Estos acostumbraron a ocupar la razón
en muchos e importantes oficios, todos los que compendió
brevísimamente el grande Agustino, atribuyendo a esta ciencia...
aquello con que la fe salubérrima... se engendra, se nutre,
se defiende, se consolida {4}.
En primer
lugar, la filosofía, si se emplea debidamente por los sabios,
puede de cierto allanar y facilitar de algún modo el camino
a la verdadera fe y preparar convenientemente los ánimos
de sus alumnos a recibir la revelación; por lo cual, no
sin injusticia, fue llamada por los antiguos, ora previa institución
a la fe cristiana {5}, ora preludio y auxilio del cristianismo
{6}, ora pedagogo del Evangelio {7}.
Y en verdad,
nuestro benignísimo Dios, en lo que toca a las cosas divinas
no nos manifestó solamente aquellas verdades para cuyo
conocimiento es insuficiente la humana inteligencia, sino que
manifestó también algunas, no del todo inaccesibles
a la razón, para que sobreviniendo la autoridad de Dios
al punto y sin ninguna mezcla de error, se hiciesen a todos manifiestas.
De aquí que los mismos sabios, iluminados tan solo por
la razón natural hayan conocido, demostrado y defendido
con argumentos convenientes algunas verdades que, o se proponen
como objeto de fe divina, o están unidas por ciertos estrechísimos
lazos con la doctrina de la fe. Porque las cosas de él
invisibles se ven después de la creación del mundo,
consideradas por las obras criadas aun su sempiterna virtud y
divinidad {8}, y las gentes que no tienen la ley... sin embargo,
muestran la obra de la ley escrita en sus corazones {9}. Es, pues,
sumamente oportuno que estas verdades, aun reconocidas por los
mismos sabios paganos, se conviertan en provecho y utilidad de
la doctrina revelada, para que, en efecto, se manifieste que también
la humana sabiduría y el mismo testimonio de los adversarios
favorecen a la fe cristiana; cuyo modelo de obrar consta que no
ha sido recientemente introducido, sino que es antiguo, y fue
usado muchas veces por los Santos Padres de la Iglesia. Aun más:
estos venerables testigos y custodios de las tradiciones religiosas
reconocen cierta norma de esto, y casi una figura en el hecho
de los hebreos que, al tiempo de salir de Egipto, recibieron el
mandato de llevar consigo los vasos de oro y plata de los egipcios,
para que, cambiado repentinamente su uso, sirviese a la religión
del Dios verdadero aquella vajilla, que antes había servido
para ritos ignominiosos y para la superstición. Gregorio
Neocesarense {10} alaba a Orígenes, porque convirtió
con admirable destreza muchos conocimientos tomados ingeniosamente
de las máximas de los infieles, como dardos casi arrebatados
a los enemigos, en defensa de la filosofía cristiana y
en perjuicio de la superstición. Y el mismo modo de disputar
alaban y aprueban en Basilio el Grande, ya Gregorio Nacianceno
{11}, ya Gregorio Niseno {12}, y Jerónimo le recomienda
grandemente en Cuadrato, discípulo de los Apóstoles,
en Arístides, en Justino, en Ireneo y otros muchos {13}.
Y Agustín dice: ¿No vemos con cuánto oro
y plata, y con qué vestidos salió cargado de Egipto
Cipriano, doctor suavísimo y mártir beatísimo?
¿Con cuánto Lactancio? ¿Con cuánto
Victorino, Optato, Hilario? Y para no hablar de los vivos, ¿con
cuánto innumerables griegos? {14}. Verdaderamente, si la
razón natural dio tan ópima semilla de doctrina
antes de ser fecundada con la virtud de Cristo, mucho más
abundante la producirá ciertamente después que la
gracia del Salvador restauró y enriqueció las fuerzas
naturales de la humana mente. ¿Y quién no ve que
con este modo de filosofar se abre un camino llano y practicable
a la fe?
No se circunscribe,
no obstante, dentro de estos límites la utilidad que dimana
de aquella manera de filosofar. Y realmente, las páginas
de la divina sabiduría reprenden gravemente la necedad
de aquellos hombres que de los bienes que se ven no supieron conocer
al que es, ni considerando las obras reconocieron quien fuese
su artífice {15}. Así en primer lugar el grande
y excelentísimo fruto que se recoge de la razón
humana es el demostrar que hay un Dios: pues por la grandeza de
la hermosura de la criatura se podrá a las claras venir
en conocimiento del Criador de ellas {16}. Después demuestra
(la razón) que Dios sobresale singularmente por la reunión
de todas las perfecciones, primero por la infinita sabiduría,
a la cual jamás puede ocultarse cosa alguna, y por la suma
justicia a la cual nunca puede vencer afecto alguno perverso;
por lo mismo que Dios no solo es veraz, sino también la
misma verdad, incapaz de engañar y de engañarse.
De lo cual se sigue clarísimamente que la razón
humana granjea a la palabra de Dios plenísima fe y autoridad.
Igualmente la razón declara que la doctrina evangélica
brilló aun desde su origen por ciertos prodigios, como
argumentos ciertos de la verdad, y que por lo tanto todos los
que creen en el Evangelio no creen temerariamente, como si siguiesen
doctas fábulas {17}, sino que con un obsequio del todo
racional, sujetan su inteligencia y su juicio a la divina autoridad.
Entiéndase que no es de menor precio el que la razón
ponga de manifiesto que la iglesia instituida por Cristo, como
estableció el Concilio Vaticano por su admirable propagación,
eximia santidad e inagotable fecundidad en todas las religiones,
por la unidad católica, e invencible estabilidad, es un
grande y perenne motivo de credibilidad y testimonio irrefragable
de su divina misión {18}.
Puestos así
estos solidísimos fundamentos, todavía se requiere
un uso perpetuo y múltiple de la filosofía para
que la sagrada teología tome y vista la naturaleza, hábito
e índole de verdadera ciencia. En ésta, la más
noble de todas las ciencias, es grandemente necesario que las
muchas y diversas partes de las celestiales doctrinas se reúnan
como en un cuerpo, para que cada una de ellas, convenientemente
dispuesta en su lugar, y deducida de sus propios principios, esté
relacionada con las demás por una conexión oportuna;
por último, que todas y cada una de ellas se confirmen
en sus propios e invencibles argumentos. Ni se ha de pasar en
silencio o estimar en poco aquel más diligente y abundante
conocimiento de las cosas, que de los mismos misterios de la fe,
que Agustín y otros Santos Padres alabaron y procuraron
conseguir, y que el mismo Concilio Vaticano {19} juzgó
fructuosísima, y ciertamente conseguirán más
perfecta y fácilmente este conocimiento y esta inteligencia
aquellos que, con la integridad de la vida y el amor a la fe,
reúnan un ingenio adornado con las ciencias filosóficas,
especialmente enseñando el Sínodo Vaticano, que
esta misma inteligencia de los sagrados dogmas conviene tomarla
ya de la analogía de las cosas que naturalmente se conocen,
ya del enlace de los mismos misterios entre sí y con el
fin último del hombre {20}.
Por último,
también pertenece a las ciencias filosóficas, defender
religiosamente las verdades enseñadas por revelación
y resistir a los que se atrevan a impugnarlas. Bajo este respecto
es grande alabanza de la filosofía el ser considerada baluarte
de la fe y como firme defensa de la religión. Como atestigua
Clemente Alejandrino, es por sí misma perfecta la doctrina
del Salvador y de ninguno necesita, siendo virtud y sabiduría
de Dios. La filosofía griega, que se le une, no hace más
poderosa la verdad; pero haciendo débiles los argumentos
de los sofistas contra aquella, y rechazando las engañosas
asechanzas contra la misma, fue llamada oportunamente cerca y
valla de la viña {21}. Ciertamente, así como los
enemigos del nombre cristiano para pelear contra la religión
toman muchas veces de la razón filosófica sus instrumentos
bélicos; así los defensores de las ciencias divinas
toman del arsenal de la filosofía muchas cosas con que
poder defender los dogmas revelados. Ni se ha de juzgar que obtenga
pequeño triunfo la fe cristiana, porque las armas de los
adversarios, preparadas por arte de la humana razón para
hacer daño, sean rechazadas poderosa y prontamente por
la misma humana razón.
Esta especie
de religioso combate fue usado por el mismo Apóstol de
las gentes, como lo recuerda San Jerónimo escribiendo a
Magno: Pablo, capitán del ejército cristiano, es
orador invicto, defendiendo la causa de Cristo, hace servir con
arte una inscripción fortuita para argumento de la fe;
había aprendido del verdadero David a arrancar la espada
de manos de los enemigos, y a cortar la cabeza del soberbio Goliat
con su espada {22}. Y la misma Iglesia no solamente aconseja,
sino que también manda que los doctores católicos
pidan este auxilio a la filosofía. Pues el Concilio Lateranense
V, después de establecer que toda aserción contraria
a la verdad de la fe revelada es completamente falsa, porque la
verdad jamás se opuso a la verdad {23}, manda a los Doctores
de filosofía, que se ocupen diligentemente en resolver
los engañosos argumentos, pues como testifica Agustino,
si se da una razón contra la autoridad de las Divinas Escrituras,
por más aguda que sea, engañará con la semejanza
de verdad, pero no puede ser verdadera {24}.
Mas para que
la filosofía sea capaz de producir los preciosos frutos
que hemos recibido, es de todo punto necesario que jamás
se aparte de aquellos trámites que siguió la veneranda
antigüedad de los Padres y aprobó el Sínodo
Vaticano con el solemne sufragio de la autoridad. En verdad está
claramente averiguado que se han de aceptar muchas verdades del
orden sobrenatural que superan con mucho las fuerzas de todas
las inteligencias, la razón humana, conocedora de la propia
debilidad, no se atreve a aceptar cosas superiores a ella, ni
negar las mismas verdades, ni medirlas con su propia capacidad,
ni interpretarlas a su antojo; antes bien debe recibirlas con
plena y humilde fe y tener a sumo honor el serla permitido por
beneficio de Dios servir como esclava y servidora a las doctrinas
celestiales y de algún modo llegarlas a conocer. En todas
estas doctrinas principales, que la humana inteligencia no puede
recibir naturalmente, es muy justo que la filosofía use
de su método, de sus principios y argumentos; pero no de
tal modo que parezca querer sustraerse a la divina autoridad.
Antes constando que las cosas conocidas por revelación
gozan de una verdad indisputable, y que las que se oponen a la
fe pugnan también con la recta razón, debe tener
presente el filósofo católico que violará
a la vez los derechos de la fe y la razón, abrazando algún
principio que conoce que repugna a la doctrina revelada.
Sabemos muy
bien que no faltan quienes, ensalzando más de lo justo
las facultades de la naturaleza humana, defiendan que la inteligencia
del hombre, una vez sometida a la autoridad divina, cae de su
natural dignidad, está ligada y como impedida para que
no pueda llegar a la cumbre de la verdad y de la excelencia. Pero
estas doctrinas están llenas de error y de falacia, y finalmente
tienden a que los hombres con suma necedad, y no sin el crimen
de ingratitud, repudien las más sublimes verdades y espontáneamente
rechacen el beneficio de la fe, de la cual aun para la sociedad
civil brotaron las fuentes de todos los bienes. Pues hallándose
encerrada la humana mente en ciertos y muy estrechos límites,
está sujeta a muchos errores y a ignorar muchas cosas.
Por el contrario, la fe cristiana, apoyándose en la autoridad
de Dios, es maestra infalible de la verdad, siguiendo la cual
ninguno cae en los lazos del error, ni es agitado por las olas
de inciertas opiniones. Por lo cual, los que unen el estudio de
la filosofía con la obediencia a la fe cristiana, razonan
perfectamente, supuesto que el esplendor de las divinas verdades,
recibido por el alma, auxilia la inteligencia, a la cual no quita
nada de su dignidad, sino que la añade muchísima
nobleza, penetración y energía. Y cuando dirigen
la perspicacia del ingenio a rechazar las sentencias que repugnan
a la fe y a aprobar las que concuerdan con ésta, ejercitan
digna y utilísimamente la razón: pues en lo primero
descubren las causas del error y conocen el vicio de los argumentos,
y en lo último están en posesión de las razones
con que se demuestra sólidamente y se persuade a todo hombre
prudente de la verdad de dichas sentencias. El que niegue que
con esta industria y ejercicio se aumentan las riquezas de la
mente y se desarrollan sus facultades, es necesario que absurdamente
pretenda que no conduce al perfeccionamiento del ingenio la distinción
de lo verdadero y de lo falso. Con razón el Concilio Vaticano
recuerda con estas palabras los beneficios que a la razón
presta la fe: La fe libra y defiende a la razón de los
errores y la instruye en muchos conocimientos {25}. Y por consiguiente
el hombre, si lo entendiese, no debía culpar a la fe de
enemiga de la razón, antes bien debía dar dignas
gracias a Dios, y alegrarse vehementemente de que entre las muchas
causas de la ignorancia y en medio de las olas de los errores
le haya iluminado aquella fe santísima, que como amiga
estrella indica el puerto de la verdad, excluyendo todo temor
de errar.
Porque, Venerables
hermanos, si dirigís una mirada a la historia de la filosofía,
comprenderéis que todas las cosas que poco antes hemos
dicho se comprueban con los hechos. Y ciertamente de los antiguos
filósofos, que carecieron del beneficio de la fe, aun los
que son considerados como más sabios, erraron pésimamente
en muchas cosas, falsas e indecorosas, cuantas inciertas y dudosas
entre algunas verdaderas, enseñaron sobre la verdadera
naturaleza de la divinidad, sobre el origen primitivo de las cosas
sobre el gobierno del mundo, sobre el conocimiento divino de las
cosas futuras, sobre la causa y principio de los males, sobre
el último fin del hombre y la eterna bienaventuranza, sobre
las virtudes y los vicios y sobre otras doctrinas cuyo verdadero
y cierto conocimiento es la cosa más necesaria al género
humano. Por el contrario, los primeros Padres y Doctores de la
Iglesia, que habían entendido muy bien que por decreto
de la divina voluntad el restaurador de la ciencia humana era
también Jesucristo, que es la virtud de Dios y su sabiduría
{26}, y en el cual están escondidos los tesoros de la sabiduría
{27}, trataron de investigar los libros de los antiguos sabios
y de comparar sus sentencias con las doctrinas reveladas, y con
prudente elección abrazaron las que en ellas vieron perfectamente
dichas y sabiamente pensadas, enmendando o rechazando las demás.
Pues así como Dios, infinitamente próvido, suscitó
para defensa de la Iglesia mártires fortísimos,
pródigos de sus grandes almas, contra la crueldad de los
tiranos, así a los falsos filósofos o herejes opuso
varones grandísimos en sabiduría, que defendiesen,
aun con el apoyo de la razón el depósito de las
verdades reveladas. Y así desde los primeros días
de la Iglesia la doctrina católica tuvo adversarios muy
hostiles que, burlándose de dogmas e instituciones de los
cristianos, sostenían la pluralidad de los dioses, que
la materia del mundo careció de principio y de causa, y
que el curso de las cosas se conservaba mediante una fuerza ciega
y una necesidad fatal y no era dirigido por el consejo de la Divina
Providencia. Ahora bien; con estos maestros de disparatada doctrina
disputaron oportunamente aquellos sabios que llamamos Apologistas,
quienes precedidos de la fe usaron también los argumentos
de la humana sabiduría con los que establecieron que debe
ser adorado un sólo Dios, excelentísimo en todo
género de perfecciones, que todas las cosas que han sido
sacadas de la nada por su omnipotente virtud, subsisten por su
sabiduría y cada una se mueve y dirige a sus propios fines.
Ocupa el primer puesto entre estos San Justino mártir,
quien después de haber recorrido las más célebres
academias de los griegos para adquirir experiencia, y de haber
visto, como él mismo confiesa a boca llena, que la verdad
solamente puede sacarse de las doctrinas reveladas, abrazándolas
con todo el ardor de su espíritu, las purgó de calumnias,
ante los Emperadores romanos, y en no pocas sentencias de los
filósofos griegos convino con éstos. Lo mismo hicieron
excelentemente por este tiempo Quadrato y Aristides, Hermias y
Atenágoras. Ni menos gloria consiguió por el mismo
motivo Yreneo, mártir invicto y Obispo de la iglesia de
Lyón, quien refutando valerosamente las perversas opiniones
de los orientales diseminadas merced a los gnósticos por
todo el imperio romano, explicó, según San Jerónimo,
los principios de cada una de las herejías y de qué
fuentes filosóficas dimanaron {28}. Todos conocen las disputas
de Clemente Alejandrino, que el mismo Jerónimo, para honrarlas,
recuerda así: ¿Qué hay en ellas de indocto?
y más, ¿qué no hay de la filosofía
media? {29}. El mismo trató con increíble variedad
de muchas cosas utilísimas para fundar la filosofía
de la historia, ejercitar oportunamente la dialéctica,
establecer la concordia entre la razón y la fe. Siguiendo
a éste Orígenes, insigne en el magisterio de la
iglesia alejandrina, eruditísimo en las doctrinas de los
griegos y de los orientales, dio a luz muchos y eruditos volúmenes
para explicar las sagradas letras y para ilustrar los dogmas sagrados,
cuyas obras, aunque como hoy existen no carezcan absolutamente
de errores, contienen, no obstante, gran cantidad de sentencias,
con las que se aumentan las verdades naturales en número
y en firmeza. Tertuliano combate contra los herejes con la autoridad
de las sagradas letras, y con los filósofos, cambiando
el género de armas filosóficamente, y convence a
éstos tan sutil y eruditamente que a las claras y con confianza
les dice: Ni en la ciencia ni el arte somos igualados, como pensáis
vosotros {30}. Arnovio, en los libros publicados contra los herejes,
y Lactancio, especialmente en sus instituciones divinas, se esfuerzan
valerosamente por persuadir a los hombres con igual elocuencia
y gallardía de la verdad de los preceptos de la sabiduría
cristiana, no destruyendo la filosofía, como acostumbran
los académicos {31}, sino convenciendo a aquellos, en parte
con sus propias armas, y en parte con las tomadas de la lucha
de los filósofos entre sí {32}.
Las cosas
que del alma humana, de los divinos atributos y otras cuestiones
de suma importancia dejaron escritas el gran Atanasio y Crisóstomo
el Príncipe de los oradores, de tal manera, a juicio de
todos, sobresalen, que parece no poderse añadir casi nada
a su ingeniosidad y riqueza. Y para no ser pesados en enumerar
cada uno de los apologistas, añadimos el catálogo
de los excelsos varones de que se ha hecho mención, a Basilio
el Grande y a los dos Gregorios, quienes habiendo salido de Atenas,
emporio de las humanas letras, equipados abundantemente con todo
el armamento de la filosofía, convirtieron aquellas mismas
ciencias, que con ardoroso estudio habían adquirido, en
refutar a los herejes e instruir a los cristianos. Pero a todos
arrebató la gloria Agustín, quien de ingenio poderoso,
e imbuido perfectamente en las ciencias sagradas y profanas, lucho
acérrimamente contra todos los errores de sus tiempos con
fe suma y no menor doctrina. ¿Qué punto de la filosofía
no trató y, aun más, cuál no investigó
diligentísimamente, ora cuando proponía a los fieles
los altísimos misterios de la fe y los efendía contra
los furiosos ímpetus de los adversarios, ora cuando, reducidas
a la nada las fábulas de los maniqueos o académicos,
colocaba sobre tierra firme los fundamentos de la humana ciencia
y su estabilidad, o indagaba la razón del origen, y las
causas de los males que oprimen al género humano? ¿Cuánto
no discutió sutilísimamente acerca de los ángeles,
del alma, de la mente humana, de la voluntad y del libre albedrío,
de la religión y de la vida bienaventurada, y aun de la
misma naturaleza de los cuerpos mudables? Después de este
tiempo en el Oriente Juan Damasceno, siguiendo las huellas de
Basilio y Gregorio de Nacianzo, y en Occidente Boecio y Anselmo,
profesando las doctrinas de Agustín, enriquecieron muchísimo
el patrimonio de la filosofía.
Enseguida
los Doctores de la Edad Media, llamados escolásticos, acometieron
una obra magna, a saber: reunir diligentemente las fecundas y
abundantes mieses de doctrina, refundidas en las voluminosas obras
de los Santos Padres, y reunidas, colocarlas en un solo lugar
para uso y comodidad de los venideros. Cuál sea el origen
la índole y excelencia de la ciencia escolástica,
es útil aquí, Venerables hermanos, mostrarlo más
difusamente con las palabras de sapientísimo varón,
nuestro predecesor, Sixto V: «Por don divino de Aquél,
único que da el espíritu de la ciencia, de la sabiduría
y del entendimiento, y que enriquece con nuevos beneficios a su
Iglesia en las cadenas de los siglos, según lo reclama
la necesidad, y la provee de nuevos auxilios fue hallada por nuestros
santísimos mayores la teología escolástica,
la cual cultivaron y adornaron principalísimamente dos
gloriosos Doctores, el angélico Santo Tomás y el
seráfico San Buenaventura, clarísimos Profesores
de esta facultad... con ingenio excelente, asiduo estudio, grandes
trabajos y vigilias, y la legaron a la posteridad, dispuesta óptimamente
y explicada con brillantez de muchas maneras. Y, en verdad, el
conocimiento y ejercicio de esta saludable ciencia, que fluye
de las abundantísimas fuentes de las diversas letras, Sumos
Pontífices, Santos Padres y Concilios, pudo siempre proporcionar
grande auxilio a la Iglesia, ya para entender e interpretar verdadera
y sanamente las mismas Escrituras, ya para leer y explicar más
segura y útilmente los Padres, ya para descubrir y rebatir
los varios errores y herejías; pero en estos últimos
días, en que llegaron ya los tiempos peligrosos descritos
por el Apóstol, y hombres blasfemos, soberbios, seductores,
crecen en maldad, errando e induciendo a otros a error, es en
verdad sumamente necesaria para confirmar las dogmas de la fe
católica y para refutar las herejías.» {33}
Palabras son
éstas que, aunque parezcan abrazar solamente la teología
escolástica, está claro que deben entenderse también
de la filosofía y sus alabanzas. Pues las preclaras dotes
que hacen tan temible a los enemigos de la verdad la teología
escolástica, como dice el mismo Pontífice «aquella
oportuna y enlazada coherencia de causas y de cosas entre sí,
aquel orden y aquella disposición como la formación
de los soldados en batalla, aquellas claras definiciones y distinciones,
aquella firmeza de los argumentos y de las agudísimas disputas
en que se distinguen la luz de las tinieblas, lo verdadero de
lo falso, las mentiras de los herejes envueltas en muchas apariencias
y falacias, que como si se les quitase el vestido aparecen manifiestas
y desnudas» {34}; estas excelsas y admirables dotes, decimos,
se derivan únicamente del recto uso de aquella filosofía
que los maestros escolásticos, de propósito y con
sabio consejo, acostumbraron a usar frecuentemente aun en las
disputas filosóficas. Además, siendo propio y singular
de los teólogos escolásticos el haber unido la ciencia
humana y divina entre sí con estrechísimo lazo,
la teología, en la que sobresalieron, no habría
obtenido tantos honores y alabanzas de parte de los hombres si
hubiesen empleado una filosofía manca e imperfecta o ligera.
Ahora bien:
entre los Doctores escolásticos brilla grandemente Santo
Tomás de Aquino, Príncipe y Maestro de todos,
el cual, como advierte Cayetano, por haber venerado en gran manera
los antiguos Doctores sagrados, obtuvo de algún modo la
inteligencia de todos {35}. Sus doctrinas, como miembros dispersos
de un cuerpo, reunió y congregó en uno Tomás,
dispuso con orden admirable, y de tal modo las aumentó
con nuevos principios, que con razón y justicia es tenido
por singular apoyo de la Iglesia católica; de dócil
y penetrante ingenio, de memoria fácil y tenaz, de vida
integérrima, amador únicamente de la verdad, riquísimo
en la ciencia divina y humana, comparado al sol, animó
al mundo con el calor de sus virtudes, y le iluminó con
esplendor. No hay parte de la filosofía que no haya tratado
aguda y a la vez sólidamente: trató de las leyes
del raciocinio, de Dios y de las substancias incorpóreas,
del hombre y de otras cosas sensibles, de los actos humanos y
de sus principios, de tal modo, que no se echan de menos en él,
ni la abundancia de cuestiones, ni la oportuna disposición
de las partes, ni la firmeza de los principios o la robustez de
los argumentos, ni la claridad y propiedad del lenguaje, ni cierta
facilidad de explicar las cosas abstrusas.
Añádese
a esto que el Doctor Angélico indagó las conclusiones
filosóficas en las razones y principios de las cosas, los
que se extienden muy latamente, y encierran como en su seno las
semillas de casi infinitas verdades, que habían de abrirse
con fruto abundantísimo por los maestros posteriores. Habiendo
empleado este método de filosofía, consiguió
haber vencido él solo los errores de los tiempos pasados,
y haber suministrado armas invencibles, para refutar los errores
que perpetuamente se han de renovar en los siglos futuros. Además,
distinguiendo muy bien la razón de la fe, como es justo,
y asociándolas, sin embargo amigablemente, conservó
los derechos de una y otra, proveyó a su dignidad de tal
suerte, que la razón elevada a la mayor altura en alas
de Tomás, ya casi no puede levantarse a regiones más
sublimes, ni la fe puede casi esperar de la razón más
y más poderosos auxilios que los que hasta aquí
ha conseguido por Tomás.
Por estas
razones, hombres doctísimos en las edades pasadas, y dignísimos
de alabanza por su saber teológico y filosófico,
buscando con indecible afán los volúmenes inmortales
de Tomás, se consagraron a su angélica sabiduría,
no tanto para perfeccionarle en ella, cuanto para ser totalmente
por ella sustentados. Es un hecho constante que casi todos los
fundadores y legisladores de las órdenes religiosas mandaron
a sus compañeros estudiar las doctrinas de Santo Tomás,
y adherirse a ellas religiosamente, disponiendo que a nadie fuese
lícito impunemente separarse, ni aun en lo más mínimo,
de las huellas de tan gran Maestro. Y dejando a un lado la familia
dominicana, que con derecho indisputable se gloria de este su
sumo Doctor, están obligados a esta ley los Benedictinos,
los Carmelitas, los Agustinos, los Jesuitas y otras muchas órdenes
sagradas, como los estatutos de cada una nos lo manifiestan.
Y en este
lugar, con indecible placer recuerda el alma aquellas celebérrimas
Academias y escuelas que en otro tiempo florecieron en Europa,
a saber: la parisiense, la salmanticense, la complutense, la duacense,
la tolosana, la lovaniense, la patavina, la boloniana, la napolitana,
la coimbricense y otras muchas. Nadie ignora que la fama de éstas
creció en cierto modo con el tiempo, y que las sentencias
que se les pedían cuando se agitaban gravísimas
cuestiones, tenían mucha autoridad entre los sabios. Pues
bien, es cosa fuera de duda que en aquellos grandes emporios del
saber humano, como en su reino, dominó como príncipe
Tomás, y que los ánimos de todos, tanto maestros
como discípulos, descansaron con admirable concordia en
el magisterio y autoridad del Doctor Angélico.
Pero lo que
es más, los Romanos Pontífices nuestros predecesores,
honraron la sabiduría de Tomás de Aquino con singulares
elogios y testimonios amplísimos. Pues Clemente VI {36},
Nicolás V {37}, Benedicto XIII {38} y otros, atestiguan
que la Iglesia universal es ilustrada con su admirable doctrina;
San Pío V {39}, confiesa que con la misma doctrina las
herejías, confundidas y vencidas, se disipan, y el universo
mundo es libertado cotidianamente; otros, con Clemente XII {40},
afirman que de sus doctrinas dimanaron a la Iglesia católica
abundantísimos bienes, y que él mismo debe ser venerado
con aquel honor que se da a los Sumos Doctores de la Iglesia Gregorio,
Ambrosio, Agustín y Jerónimo; otros, finalmente,
no dudaron en proponer en las Academias y grandes liceos a Santo
Tomás como ejemplar y maestro, a quien debía seguirse
con pie firme. Respecto a lo que parecen muy dignas de recordarse
las palabras del B. Urbano V: Queremos, y por las presentes os
mandamos, que adoptéis la doctrina del bienaventurado Tomás,
como verídica y católica, y procuréis ampliarla
con todas vuestras fuerzas {41}. Renovaron el ejemplo de Urbano
en la Universidad de estudios de Lovaina Inocencio XII {42}, y
Benedicto XIV {43}, en el Colegio Dionisiano de los Granatenses.
Añádase a estos juicios de los Sumos Pontífices,
sobre Tomás de Aquino, el testimonio de Inocencio VI, como
complemento: La doctrina de éste tiene sobre las demás,
exceptuada la canónica, propiedad en las palabras, orden
en las materias, verdad en las sentencias, de tal suerte, que
nunca a aquellos que la siguieren se les verá apartarse
del camino e la verdad, y siempre será sospechoso de error
el que la impugnare {44}.
También
los Concilios Ecuménicos, en los que brilla la flor de
la sabiduría escogida en todo el orbe, procuraron perpetuamente
tributar honor singular a Tomás de Aquino. En los Concilios
de Lyón, de Viene, de Florencia y Vaticano, puede decirse
que intervino Tomás en las deliberaciones y decretos de
los Padres, y casi fue el presidente, peleando con fuerza ineluctable
y faustísimo éxito contra los errores de los griegos,
de los herejes y de los racionalistas. Pero la mayor gloria propia
de Tomás, alabanza no participada nunca por ninguno de
los Doctores católicos, consiste en que los Padres tridentinos,
para establecer el orden en el mismo Concilio, quisieron que juntamente
con los libros de la Escritura y los decretos de los Sumos Pontífices
se viese sobre el altar la Suma de Tomás de Aquino, a la
cual se pidiesen consejos, razones y oráculos.
Últimamente,
también estaba reservada al varón incomparable obtener
la palma de conseguir obsequios, alabanzas, admiración
de los mismos adversarios del nombre católico. Pues está
averiguado que no faltaron jefes de las facciones heréticas
que confesasen públicamente que, una vez quitada de en
medio la doctrina de Tomás de Aquino, podían fácilmente
entrar en combate con todos los Doctores católicos, y vencerlos
y derrotar la Iglesia {45}. Vana esperanza, ciertamente, pero
testimonio no vano.
Por esto,
venerables hermanos, siempre que consideramos la bondad, la fuerza
y las excelentes utilidades de su ciencia filosófica, que
tanto amaron nuestros mayores, juzgamos, que se obró temerariamente
no conservando siempre y en todas partes el honor que le es debido;
constando especialmente que el uso continuo, el juicio de grandes
hombres, y lo que es más el sufragio de la Iglesia, favorecían
a la filosofía escolástica. Y en lugar de la antigua
doctrina presentóse en varias partes cierta nueva especie
de filosofía, de la cual no se recogieron los frutos deseados
y saludables que la Iglesia y la misma sociedad civil habían
anhelado. Procurándolo los novadores del siglo XVI, agradó
el filosofar sin respeto alguno a la fe, y fue pedida alternativamente
la potestad de escogitar según el gusto y el genio de cualesquiera
cosas. Por cuyo motivo fue ya fácil que se multiplicasen
más de lo justo los géneros de filosofía
y naciesen sentencias diversas y contrarias entre sí aun,
acerca de las cosas principales en los conocimientos humanos.
De la multitud de las sentencias se pasó frecuentísimamente
a las vacilaciones y a las dudas, y desde la lucha, cuán
fácilmente caen en error los entendimientos de los hombres,
no hay ninguno que lo ignore. Dejándose arrastrar los hombres
por el ejemplo, el amor a la novedad pareció también
invadir en algunas partes los ánimos de los filósofos
católicos, los cuales, desechando el patrimonio de la antigua
sabiduría, quisieron, mas con prudencia ciertamente poco
sabia y no sin detrimento de las ciencias, hacer cosas nuevas,
que aumentar y perfeccionar con las nuevas las antiguas. Pues
esta múltiple regla de doctrina, fundándose en la
autoridad y arbitrio de cada uno de los maestros, tiene fundamento
variable, y por esta razón no hace a la filosofía
firme, estable ni robusta como la antigua, sino fluctuante y movediza,
a la cual, si acaso sucede que se la halla alguna vez insuficiente
para sufrir el ímpetu de los enemigos, sépase que
la causa y culpa de esto reside en ella misma. Y al decir esto
no condenamos en verdad a aquellos hombres doctos e ingeniosos
que ponen su industria y erudición y las riquezas de los
nuevos descubrimientos al servicio de la filosofía; pues
sabemos muy bien que con esto recibe incremento la ciencia. Pero
se ha de evitar diligentísimamente no hacer consistir en
aquella industria y erudición todo o el principal ejercicio
de la filosofía. Del mismo modo se ha de juzgar de la Sagrada
Teología, la cual nos agrada que sea ayudada e ilustrada
con los múltiples auxilios de la erudición; pero
es de todo punto necesario que sea tratada según la grave
costumbre de los escolásticos, para que unidas en ella
las fuerzas de la revelación y de la razón continúe
siendo defensa invencible de la fe {46}.
Con excelente
consejo no pocos cultivadores de las ciencias filosóficas
intentaron en estos últimos tiempos restaurar últimamente
la filosofía, renovar la preclara doctrina de Tomás
de Aquino y devolverla su antiguo esplendor.
Hemos sabido,
venerables hermanos, que muchos de vuestro orden, con igual deseo
han entrado gallardamente por esta vía con grande regocijo
de nuestro ánimo. A los cuales alabamos ardientemente y
exhortamos a permanecer en el plan comenzado; y a todos los demás
de entre vosotros en particular os hacemos saber, que nada nos
es más grato ni más apetecible que el que todos
suministréis copiosa y abundantemente a la estudiosa juventud
los ríos purísimos de sabiduría que manan
en continua y riquísima vena del Angélico Doctor.
Los motivos
que nos mueven a querer esto con grande ardor son muchos. Primeramente,
siendo costumbre en nuestros días tempetuosos combatir
la fe con las maquinaciones y las astucias de una falsa sabiduría,
todos los jóvenes, y en especial los que se educan para
esperanza de la Iglesia, deben ser alimentados por esto mismo
con el poderoso y robusto pacto de doctrina, para que, potentes
con sus fuerzas y equipados con suficiente armamento se acostumbren
un tiempo a defender fuerte y sabiamente la causa de la religión,
dispuesto siempre, según los consejos evangélicos,
a satisfacer a todo el que pregunte la razón de aquella
esperanza que tenemos {47}, y exhortar con la sana doctrina y
argüir a los que contradicen {48}. Además, muchos
de los hombres que, apartando su espíritu de la fe, aborrecen
las enseñanzas católicas, profesan que para ella
es sólo la razón maestra y guía. Y para sanar
a éstos y volverlos a la fe católica, además
del auxilio sobrenatural de Dios, juzgamos que nada es más
oportuno que la sólida doctrina de los Padres y de los
escolásticos, los cuales demuestran con tanta evidencia
y energía los firmísimos fundamentos de la fe, su
divino origen, su infalible verdad, los argumentos con que se
prueban, los beneficios que ha prestado al género humano
y su perfecta armonía con la razón, cuanto basta
y aun sobra para doblegar los entendimientos, aun los más
opuestos y contrarios.
La misma sociedad
civil y la doméstica, que se halla en el grave peligro
que todos sabemos, a causa de la peste dominante de las perversas
opiniones, viviría ciertamente más tranquila y más
segura, si en las Academias y en las escuelas se enseñase
doctrina más sana y más conforme con el magisterio
de la enseñanza de la Iglesia, tal como la contienen los
volúmenes de Tomás de Aquino. Todo lo relativo a
la genuina noción de la libertad, que hoy degenera en licencia,
al origen divino de toda autoridad, a las leyes y a su fuerza,
al paternal y equitativo imperio de los Príncipes supremos,
a la obediencia a las potestades superiores, a la mutua caridad
entre todos; todo lo que de estas cosas y otras del mismo tenor
es enseñado por Tomás, tiene una robustez grandísima
e invencible para echar por tierra los principios del nuevo derecho,
que, como todos saben, son peligrosos para el tranquilo orden
de las cosas y para el público bienestar. Finalmente, todas
las ciencias humanas deben esperar aumento y prometerse grande
auxilio de esta restauración de las ciencias filosóficas
por Nos propuesta. Porque todas las buenas artes acostumbraron
tomar de la filosofía, como de la ciencia reguladora, la
sana enseñanza y el recto modo, y de aquélla, como
de común fuente de vida, sacar energía.
Una constante
experiencia nos demuestra que, cuando florecieron mayormente las
artes liberales, permaneció incólume el honor y
el sabio juicio de la filosofía, y que fueron descuidadas
y casi olvidadas, cuando la filosofía se inclinó
a los errores o se enredó en inepcias. Por lo cual, aún
las ciencias físicas que son hoy tan apreciadas y excitan
singular admiración con tantos inventos, no recibirán
perjuicio alguno con la restauración de la antigua filosofía,
sino que, al contrario, recibirán grande auxilio. Pues
para su fructuoso ejercicio e incremento, no solamente se han
de considerar los hechos y se ha de contemplar la naturaleza,
sino que de los hechos se ha de subir más alto y se ha
de trabajar ingeniosamente para conocer la esencia de las cosas
corpóreas, para investigar las leyes a que obedecen, y
los principios de donde proceden su orden y unidad en la variedad,
y la mutua afinidad en la diversidad. A cuyas investigaciones
es maravillosa cuanta fuerza, luz y auxilio da la filosofía
católica, si se enseña con un sabio método.
Acerca de
lo que debe advertirse también que es grave injuria atribuir
a la filosofía el ser contraria al incremento y desarrollo
de las ciencias naturales. Pues cuando los escolásticos,
siguiendo el sentir de los Santos Padres, enseñaron con
frecuencia en la antropología, que la humana inteligencia
solamente por las cosas sensibles se elevaba a conocer las cosas
que carecían de cuerpo y de materia, naturalmente que nada
era más útil al filósofo que investigar diligentemente
los arcanos de la naturaleza y ocuparse en el estudio de las cosas
físicas mucho y por mucho tiempo. Lo cual confirmaron con
su conducta, pues Santo Tomás, el bienaventurado Alberto
el Grande, y otros príncipes de los escolásticos
no se consagraron a la contemplación de la filosofía,
de tal suerte, que no pusiesen grande empeño en conocer
las cosas naturales, y muchos dichos y sentencias suyos en este
género de cosas los aprueban los maestros modernos, y confiesan
estar conformes con la verdad. Además, en nuestros mismos
días muchos y muy insignes Doctores de las ciencias físicas
atestiguan clara y manifiestamente que entre las ciertas y aprobadas
conclusiones de la física más reciente y los principios
filosóficos de la Escuela, no existe verdadera pugna.
Nos, pues,
mientras manifestamos que recibiremos con buena voluntad y agradecimiento
todo lo que se haya dicho sabiamente, todo lo útil que
se haya inventado y escogitado por cualquiera, a vosotros todos,
venerables hermanos, con grave empeño exhortamos a que,
para defensa y gloria de la fe católica, bien de la sociedad
e incremento de todas las ciencias, renovéis y propaguéis
latísimamente la áurea sabiduría de Santo
Tomás. Decimos la sabiduría de Santo Tomás,
pues si hay alguna cosa tratada por los escolásticos con
demasiada sutileza o enseñada inconsideradamente; si hay
algo menos concorde con las doctrinas manifiestas de las últimas
edades, o finalmente, no laudable de cualquier modo, de ninguna
manera está en nuestro ánimo proponerlo para ser
imitado en nuestra edad. Por lo demás procuren los maestros
elegidos inteligentemente por vosotros, insinuar en los ánimos
de sus discípulos la doctrina de Tomás de Aquino,
y pongan en evidencia su solidez y excelencia sobre todas las
demás. Las Academias fundadas por vosotros, o las que habéis
de fundar, ilustren y defiendan la misma doctrina y la usen para
la refutación de los errores que circulan, Mas para que
no se beba la supuesta doctrina por la verdadera, ni la corrompida
por la sincera, cuidad de que la sabiduría de Tomás
se tome de las mismas fuentes o al menos de aquellos ríos
que, según cierta y conocida opinión de hombres
sabios, han salido de la misma fuente y todavía corren
íntegros y puros; pero de los que se dicen haber procedido
de éstos y en realidad crecieron con aguas ajenas y no
saludables, procurad apartar los ánimos de los jóvenes.
Muy bien conocemos
que nuestros propósitos serán de ningún valor
si no favorece las comunes empresas, Venerables hermanos, Aquel
que en las divinas letras es llamado Dios de las ciencias {49}
en las que también aprendemos que toda dádiva buena
y todo don perfecto viene de arriba, descendiendo del Padre de
las luces {50}. Y además; si alguno necesita de sabiduría,
pida a Dios que da a todos abundantemente y no se apresure y se
le dará {51}.
También
en esto sigamos el ejemplo del Doctor Angélico, que nunca
se puso a leer y escribir sin haberse hecho propicio a Dios con
sus ruegos, y el cual confesó cándidamente que todo
lo que sabía no lo había adquirido tanto con su
estudio y trabajo, sino que lo había recibido divinamente;
y por lo mismo roguemos todos juntamente a Dios con humilde y
concorde súplica que derrame sobre todos los hijos de la
Iglesia el espíritu de ciencia y de entendimiento y les
abra el sentido para entender la sabiduría. Y para percibir
más abundantes frutos de la divina bondad, interponed también
delante de Dios el patrocinio eficacísimo de la Virgen
María, que es llamada asiento de la sabiduría, y
a la vez tomad por intercesores al bienaventurado José,
purísimo esposo de la Virgen María, y a los grandes
Apóstoles Pedro y Pablo, que renovaron con la verdad el
universo mundo corrompido por el inmundo cieno de los errores
y le llenaron con la luz de la celestial sabiduría.
Por último,
sostenidos con la esperanza del divino auxilio y confiados en
vuestra diligencia pastoral, os damos amantísimamente en
el Señor a todos vosotros, Venerables hermanos, a todo
el Clero y pueblo, a cada uno de vosotros encomendado, la apostólica
bendición, augurio de celestiales dones y testimonio de
nuestra singular benevolencia.
Dado en Roma,
en San Pedro a 4 de Agosto de 1879. En el año segundo de
nuestro Pontificado. León Papa XIII.
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{1} euntes
docerent omnes gentes, Matth. XXVIII, 9.
{2} per philosophiam et inanem fallaciam, Coloss. II, 8.
{3} non persuasibilibus humanae sapientiae verbis diffusum,
sed in ostensione spiritus et virtutis, I Cor. II, 4.
{4} huic scientiae tribuens... illud quo fides saluberrima...
gignitur, nutritur, defenditur, roboratur, De Trin. lib. XIV,
c. 1.
{5} praevia ad christianam fidem institutio, Clem. Alex. Strom.
lib. 1, c. 16; l. VII, c. 3.
{6} christianismi praeludium et auxilium, Orig. ad Greg. Thaum.
{7} Evangelium paedagogus, Clem. Alex., Strom. I, c. 5.
{8} a creatura mundi per ea, quae facta sunt, intellecta conspiciuntur,
sempiterna quoque eius virtus et divinitas, Rom. 1, 20.
{9} gentes quae legem non habent... ostendunt nihilominus opus
legis scriptum in cordibus suis, Rom. 11. 14, 15.
{10} Orat. paneg. ad Orenig.
{11} Vit. Moys.
{12} Carm. 1, Iamb. 3.
{13} Epist. ad Magn.
{14} Nonne aspicimus quanto auro et argento et veste suffarcinatus
exierit de Aegypto Cyprianus, doctor suavissimus et martyr beatissumus?
quanto Lactantius? quanto Victorinus, Optatus, Hilarius? ut
de vivis taceam, quanto innumerabilis Graeci?, De doctr. christ.
I. 11, c. 40.
{15} de his quae videntur bona, non potuerunt intelligere Eum
qui est; neque, operibus attendentes; agnoverunt quis esset
artifex, Sap. XIII, 1.
{16} a magnitudine enim speciei et creaturae cognoscibiliter
poterit Creator horum videri, lb. 5.
{17} II Petr. I, 16.
{18} ob suam admirabilem propagationem, eximiam sanctitatem
et inexhaustam in omnibus locis fecunditatem, ob catholicam
unitatem, invictamque stabilitatem, magnum quoddam et perpetuum
esse motivum credibilitatis, et divinae suae legationis testimonium
irrefragabile, Const. dogm. de Fid. Cath., cap. 3.
{19} Const. dogm. de Fid. Cath. cap. 4.
{20} tum ex eorum, quae naturaliter cognoscuntur, analogia;
tum e mysteriorium ipsorum nexu inter se et cum fine hominis
ultimo peti oportere, ibid.
{21} Est quidem per se perfecta et nullius indigna Servatoris
doctrina, cum sit Dei virtus et sapientia. Accedens autem graeca
philosophia veritatem non facit potentiorem; sed cum debiles
efficiat sophistarum adversus eam argumentationes, et propulset
dolosas adversus veritatem insidias, dicta est vinea e apta
sepes et vallus, Strom. lib. 1, c. 20.
{22} Ductor christiani exercitus Paulus et orator invictus,
pro Christo causam agens, etiam inscriptionem fortuitam arte
torquet in argumentum fidei: didicerat enim a vero David extorquere
de manibus hostium gladium, et Goliath superbissimi caput proprio
mucrone truncare, Epist. ad Magn.
{23} omnem assertionem veritati illuminatae fidei contrariam
omnino falsam esse, eo quod verum vero minime contradicat, Bulla
Apostolicis Regiminis.
{24} si ratio contra divinarum Scripturarum auctoritatem redditur,
quamlibet acuta sit, fallit veri similitudine; nam vera esse
non potest, Epist. 143 (al 7) ad Marcellin, n. 7.
{25} Fides rationem ab erroribus liberat ab tuetur, eamque multiplici
cognitione instruit, Const. dogm. de Fid. Cath., cap. 4.
{26} I Cor. I, 24.
{27} in quo sunt omnes thesauri sapientiae et scientiae absconditi,
Coloss. II, 3.
{28} origines haereseon singularum et ex quibus philosophorum
fontibus emanarint... explicavit, Epis. ad Magn.
{29} Quid in illis indoctum? imo quid non de media philosophia
est?, Epist. ad Magn.
{30} Neque de scientia, neque de disciplina, ut putatis, aequamur,
Apologet. §46.
{31} Inst. VII, cap. 7.
{32} De opif. Dei, cap. 21.
{33} Bulla Triumphantis, an. 1588.
{34} Bulla Triumphantis, an. 1588.
{35} doctores sacros quia summe veneratus est, ideo intellectum
omnium quodammodo sortitus est, In 2ª, 2ª, q. 148, a. 4, in
fin.
{36} Bulla In Ordine.
{37} Breve ad FF. ad. Praedit. 1451.
{38} Bulla Pretiosus.
{39} Bulla Mirabilis.
{40} Bulla Verbo Dei.
{41} Volumus et tenore praesentium vobis iniungimus, ut B. Thomae
doctrinam tamquam veridicam et catholicam sectemini, eamdemque
studeatis totis viribus ampliare, Const. 5ª dat die 3 Aug. 1368
ad Cancell. Univ. Tolos.
{42} Litt. in form. Brer., die 6 Febr. 1694.
{43} Litt. in form. Brer., die 21 Aug. 1752.
{44} Huius (Thomae) doctrina prae ceteris, excepta canonica,
habet proprietatem verborum, modum dicendorum, veritatem sententiarum,
ita ut numquam qui eam tenuerint, inveniantur a veritatis tramite
deviasse; et qui eam impugnaverit, semper fuerit de veritate
suspectus, Serm. de S. Tom.
{45} cum omnibus catholicis doctoribus subire certamen et vincere,
et Ecclesiam dissipare, Beza Bucerus.
{46} invictum fidei propugnaculum, Sixtus V, Bull. cit.
{47} ad satisfactionem omni poscenti rationem de ea, quae in
nobis est, spe, I Pet. III, 15.
{48} exhortari in doctrina sana, et eos qui contradicunt, arguere,
Tit. I, 9.
{49} I Reg. II, 3.
{50} omne datum optimum et omne donum perfectum desursum esse,
descendens a Patre luminum, Iac. I, 17.
{51} Si quis indiget sapientia, postulet a Deo, qui dat omnibus
affluenter, et non improperat; et dabitur ei, Ibid. I, 5.