Al querido
hijo
Vincent de Couesnongle,
Maestro
General de la
Orden de los Frailes Predicadores
Querido
hijo,
salud y bendición apostólica.
1. Lumbrera de la Iglesia y del mundo entero, así es aclamado
con razón Santo Tomás de Aquino, el cual es objeto
de especiales celebraciones este año, en que se cumple
el VII centenario de su muerte, acaecida en el monasterio de Fossanova
el 7 de marzo de 1274, mientras se dirigía al II Concilio
General de Lyón, obedeciendo órdenes de nuestro
predecesor el Beato Gregorio X.
En el clima
del renovado entusiasmo suscitado por este centenario, se han
hecho investigaciones, se han publicado trabajos y se han tenido
reuniones en muchas universidades y centros de estudios superiores,
principalmente en esta ciudad, donde la Orden de Frailes Predicadores,
a la que perteneció Santo Tomás, ha organizado un
importante congreso. Todavía tenemos en la memoria el espectáculo
que ofrecía el aula magna de la Pontificia Universidad
que lleva el nombre de Santo Tomás de Aquino, llena de
especialistas venidos de todas partes del mundo. En el discurso
que les dirigimos, les felicitamos por su trabajo, les animamos
a continuar su noble tarea y, al mismo tiempo, enaltecimos a este
gran Doctor de la Iglesia. Poco tiempo después, llamamos
la atención sobre "el 'retorno' a Santo Tomás,
un retorno inesperado ciertamente, pero maravilloso, que confirma
lo que el Magisterio supremo había dicho de él:
que es el guía autorizado e insustituible de los estudios
filosóficos y teológicos" (1); en
efecto, muchos indicios nos permitieron colegir que su doctrina
interesa e influye también en los hombres de nuestro tiempo.
2. Ahora desearíamos
explicar mejor aquella expresión nuestra, poniendo de relieve
numerosos elementos de la doctrina del Aquinate que tienen mucha
importancia en orden a la salvaguardia e investigación
de la verdad revelada; por este motivo lo recomendamos a nuestros
contemporáneos -cosa que ha hecho y sigue haciendo la Iglesia-
como maestro en el arte de pensar, según fórmula
nuestra (2), y como guía para conciliar los problemas
filosóficos con los teológicos y, añadimos
gustosamente, para plantear correctamente el saber científico
en general.
Así,
pues, queremos manifestar públicamente nuestra conformidad
con los que sostienen que, aun setecientos años después
de su muerte, el Santo Doctor debe ser celebrado no sólo
como excelso pensador y doctor del pasado, sino también
por la vigencia de sus principios, de su doctrina y de su método;
y deseamos explicar al mismo tiempo las razones de la autoridad
científica que le reconocen el Magisterio y las instituciones
de la Iglesia, y especialmente muchísimos predecesores
nuestros, que no dudaron en otorgarle el título de "Doctor
común", que se le dio por primera vez el año
1317 (3).
Confesamos
que al confirmar y reavivar una tradición tan prolongada
y venerable del Magisterio de la Iglesia, no nos mueve sólo
el respeto a la autoridad de nuestros predecesores, sino también
la consideración objetiva de la validez de su doctrina,
el fruto que se obtiene estudiando y consultando sus obras -como
sabemos por propia experiencia- y la comprobación del poder
persuasivo y formativo que ejerce en sus discípulos, sobre
todo en los jóvenes, como pudimos observar en los años
de nuestro apostolado entre los universitarios católicos,
que, estimulados por nuestro predecesor Pío XI, de feliz
memoria, se habían dedicado al estudio del Doctor Angélico
(4).
3. Sabemos
que hoy día no todos están de acuerdo con esto.
Pero no se nos oculta que muchas veces el recelo o aversión
que se siente hacia Santo Tomás deriva de un contacto superficial
y saltuario con su doctrina, más aún, del hecho
de que no se leen ni se estudian sus obras. Por eso, también
nosotros, como hizo Pío XI, recomendamos a todos los que
deseen formarse un criterio maduro acerca de la postura que hay
que adoptar en esta materia: ¡Id a Tomás!
(5). Buscad y leed las obras de Santo Tomás -repetimos
con gusto- no sólo para encontrar alimento espiritual seguro
en aquellos opulentos tesoros, sino también y ante todo,
para daros cuenta personalmente de la incomparable profundidad,
riqueza e importancia de la doctrina que contienen.
I. Santo Tomás en el contexto socio-cultural y religioso
de su tiempo
4. Para formarse
un juicio exacto del valor perenne del magisterio de Santo Tomás
en la Iglesia y en el mundo de la cultura, no basta conocer de
modo directo y completo sus textos; es preciso también
tener en cuenta el contexto histórico y cultural en que
vivió y llevó a cabo su obra de maestro y escritor.
Conviene recordar
aunque sólo sea los rasgos esenciales de aquella época,
para que destaquen con mayor claridad, como dentro de un marco,
las ideas fundamentales del santo Doctor tanto en el ámbito
religioso y teológico como en el campo filosófico
y social.
Alguien ha
hablado de aquel tiempo como de un Renacimiento anticipado; y
en realidad las inquietudes que más tarde iban a desplegar
toda su fuerza innovadora están fermentando ya entre el
1225 y el 1274, años que abarcan la vida de Santo Tomás.
5. Desde el
punto de vista socio-político, son conocidas las vicisitudes
que transformaron completamente la fisonomía de Europa:
la victoria de los municipios italianos sobre la antigua dominación
del Imperio Medieval, encaminado ya al ocaso; la promulgación
de la Charta Magna en Inglaterra; la confederación
anseática de las ciudades libres marineras y comerciales
del norte de Europa; la evolución progresiva de la monarquía
francesa; el desarrollo económico de las ciudades más
industriosas, como Florencia, y el florecimiento cultural de las
grandes universidades, como la escuela teológica de París,
la escuela de derecho civil y canónico de Bolonia y la
escuela médica de Salerno; la amplia difusión de
los descubrimientos científicos y de las elucubraciones
filosóficas de los árabes hispanos; y finalmente
las nuevas relaciones con Oriente, consecuencia de las Cruzadas.
Comienza entonces,
con los municipios y con las monarquías nacionales, el
proceso cultura y político que en los siglos XII y XIV
lleva a la formación del Estado moderno. La Respublica
christiana, fundada en la unidad de fe religiosa en Europa,
cede poco a poco el puesto a un nuevo sentimiento nacionalista
que orienta la vida del mundo civil europeo por cauces muy distintos
de los del Medioevo, cuando dominaba la relación entre
las dos autoridades supremas, la papal y la imperial, unidas y
en colaboración mutua; sistema que en vano tratará
todavía de proponer Dante Alighieri, después de
muerto Santo Tomás, como arquetipo de organización
política.
En el siglo
XIII empieza a perfilarse una marcada tendencia a afirmar la autonomía
del orden temporal frente al sagrado y espiritual, y consiguientemente
del Estado frente a la Iglesia; en casi todas las esferas de la
vida y de la cultura se despierta el entusiasmo por los valores
terrenos y una atención nueva hacia la realidad del mundo,
emancipándose la razón de la hegemonía de
la fe religiosa. Por otra parte, en el mismo siglo, al propagarse
las Órdenes mendicantes, cundía cada vez más
un vastísimo movimiento de renovación espiritual
que, sacando inspiración y empuje del amor a la pobreza
y del celo evangelizador, logró que el pueblo cristiano
sintiese la apremiante necesidad de volver al verdadero y genuino
espíritu evangélico.
Santo Tomás,
situado en el centro del gran debate entre las dos culturas, la
humana y la sagrada, y atento a la evolución política,
se hace cargo sin dificultad de la nueva situación y distingue
los "signos" de los principios universales de razón
y de fe con los que hay que confrontar las cosas humanas y discernir
los acontecimientos. Reconoce una cierta autonomía a los
valores e instituciones de este mundo, aunque afirma sin vacilación
alguna la transcendencia y la supremacía del fin último
al que deben dirigirse y subordinarse todas las cosas del mundo:
el reino de Dios, que es a la vez el lugar de salvación
del hombre y el fundamento de su dignidad y libertad (6).
6. Esta postura
se encuadra dentro de la teoría general de las relaciones
entre cultura y religión, razón y fe; teoría
que elaboró Santo Tomás atendiendo a los nuevos
problemas que surgían y a las nuevas exigencias que se
manifestaban dentro del ámbito filosófico y teológico
en aquel momento de evolución sociocultural.
Efectivamente,
es la época en que se impone cada vez más el imperativo
de la investigación racional, iniciada ya de manera nueva
y plenamente dialéctica por Abelardo en la universidad
de París un siglo antes.
La aceptación
respetuosa de la autoridad tradicional es sustituida por la confrontación
de sus afirmaciones con las conquistas de la razón, la
discusión de las distintas opiniones, el procedimiento
lógico en la demostración de las tesis, la pasión
por las quaestiones, y finalmente el análisis del lenguaje,
realizado de manera tan sistemática y con objetivos tales
que parecen anticipar el método científico de la
semántica moderna.
En este clima
cultural consiguen sus primeros éxitos las ciencias que,
sin negar la presencia y la acción de Dios en el universo,
tratan de explicar el curso ordinario de este mundo visible en
clave natural, como se ve en no pocos autores cristianos de la
época, entre los que sobresale San Alberto Magno, maestro
de Santo Tomás, a quien nuestro predecesor Pío XII
declaró patrono de cuantos se dedican a las ciencias naturales
(7).
7. Aunque
entonces acababa apenas de estrenarse el método experimental
en el estudio de la naturaleza y faltaban aún los instrumentos
-que presagiará más tarde Roger Bacon- para la aplicación
de la ciencia a la transformación y aprovechamiento de
las cosas creadas, sin embargo, constaba ya con certeza el valor
e importancia de la razón para la investigación
de la realidad concreta y para la explicación del mundo.
Por eso, en
los nuevos medios culturales se reciben favorablemente las obras
de Aristóteles, difundidas primero por los árabes
y luego por los nuevos traductores cristianos, entre los que se
cuenta Guillermo de Moerbeke, penitenciario papal, hermano en
religión y colaborador de Santo Tomás (8).
En efecto, en estas obras se descubren el sentido de la naturaleza
y el realismo que, en opinión de muchos, proporcionan valiosos
instrumentos de trabajo e incluso bases ideales para un nuevo
planteamiento de la especulación filosófica y de
la investigación científica.
8. Pero aquí
surge el grave problema del nuevo modo de entender las relaciones
entre la razón y la fe, y -en una perspectiva más
amplia- como hemos sugerido antes, entre todo el orden de las
realidades terrenas y la esfera de la verdades religiosas, principalmente
las del mensaje cristiano.
En esta materia
es evidente el peligro de tropezar en dos escollos opuestos: el
del naturalismo, que desaloja por completo a Dios del mundo y
especialmente de la cultura, y el de un falso sobrenaturalismo
o fideísmo que, para evitar aquel error cultural
y espiritual, pretende frenar las legítimas aspiraciones
de la razón y el impulso evolutivo del orden de la naturaleza,
en nombre del principio de autoridad, sacado de su esfera propia,
a saber, la esfera de las verdades reveladas por Cristo a los
hombres, que son gérmenes de la vida futura y transcienden
absolutamente la capacidad del entendimiento humano. Este doble
peligro se vuelve a presentar reiteradamente en el transcurso
de los siglos, antes y después de Santo Tomás, y
puede decirse que en la actualidad son también los dos
escollos en los que tropiezan los que abordan incautamente los
numerosos problemas implicados en la relación entre la
razón y la fe; lo hacen alegando a menudo el ejemplo de
audacia innovadora que dio Santo Tomás en su tiempo, pero
sin tener la agudeza y equilibrio de la inteligencia soberana
del gran Doctor.
No cabe duda
que Santo Tomás poseyó en grado eximio audacia para
la búsqueda de la verdad, libertad de espíritu para
afrontar problemas nuevos y la honradez intelectual propia de
quien, no tolerando que el cristianismo se contamine con la filosofía
pagana, sin embargo no rechaza apriorísticamente esta filosofía.
Por eso ha pasado a la historia del pensamiento cristiano como
precursor del nuevo rumbo de la filosofía y de la cultura
universal. El punto capital y como el meollo de la solución
que él dio, con su genialidad casi profética, a
la nueva confrontación entre la razón y la fe, consiste
en conciliar la secularidad del mundo con las exigencias radicales
del Evangelio, sustrayéndose así a la tendencia
innatural de despreciar el mundo y sus valores, pero sin eludir
las exigencias supremas e inflexibles del orden sobrenatural.
En efecto,
todo el edificio doctrinal del Aquinate se apoya en el áureo
principio, enunciado por él ya en las primeras páginas
de la Summa Theologiae, según el cual la gracia
no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona, y por su parte
la naturaleza se subordina a la gracia, la razón a la fe
y el amor humano a la caridad (9). La infusión de
la gracia, que es el principio de la vida eterna, supone toda
la amplia esfera de valores y facultades en que se despliega el
impulso vital de la naturaleza humana (10) -ser, entendimiento,
amor-, acrecentándolo interiormente con nuevas energías
(11). De este modo, incluso la perfección total
del hombre natural -mediante un proceso de purificación
redentora y de elevación santificadora- se realiza en el
orden sobrenatural, que alcanza su plenitud definitiva en la felicidad
celeste, pero ya en esta vida da lugar a una síntesis armónica
de valores auténticos, ciertamente difícil de conseguir
-como la propia vida cristiana-, pero fascinadora.
9. Se puede
afirmar que Santo Tomás, superando cierto sobrenaturalismo
exagerado, arraigado en las escuelas medievales, y al mismo tiempo
haciendo frente al secularismo que cundía en las
escuelas europeas merced a la interpretación naturalista
del aristotelismo, supo mostrar -tanto en el plano de la teoría
como en la práctica, o sea con el ejemplo de su trabajo
científico- cómo se compaginan en su pensamiento
y en su vida la fidelidad total y absoluta a la palabra de Dios
y la máxima apertura de mente al mundo y a sus valores
auténticos, el afán innovador y progresista y la
resolución de levantar todo el edificio doctrinal sobre
el cimiento firme de la tradición.
En efecto,
no sólo se preocupó de conocer las ideas nuevas,
los problemas nuevos y las nuevas afirmaciones e impugnaciones
de la razón acerca de la fe, sino también de estudiar
con ahínco ante todo la Sagrada Escritura, que explicó
desde sus primeros años de magisterio en París,
las obras de los Santos Padres y escritores cristianos, la tradición
teológica y jurídica de la Iglesia y al mismo tiempo
toda filosofía anterior y contemporánea, no sólo
aristotélica, sino también platónica, neoplatónica,
romana, cristiana, árabe y judía, sin pretender
en absoluto efectuar una ruptura con el pasado, ruptura que lo
habría privado de su raíz, de manera que se puede
decir con toda razón que asimiló bien la frase de
San Pablo: "no eres tú quien sostiene la raíz,
sino la raíz la que te sostiene a ti" (Rom 11,18).
Por la misma
razón, fue muy dócil al Magisterio de la Iglesia,
al que compete guardar y señalar la "regla de la
fe" (12) a todos los creyentes, y antes que nada
a los teólogos, en virtud del mandato divino y de la asistencia
indefectible prometida por Cristo a los Pastores de su rebaño
(13). Pero sobre todo reconocía la autoridad suprema
y definitiva en materia de fe al Magisterio del Romano Pontífice
(14), a cuyo juicio sometió por eso, a punto de
morir, todos sus escritos, tal vez porque era plenamente consciente
de la inmensa amplitud y de la audacia de la labor innovadora
que había realizado.
10. Tal afán
de buscar la verdad, entregándose a ella sin escatimar
ningún esfuerzo -afán que Santo Tomás consideró
misión específica de toda su vida y que cumplió
egregiamente con su magisterio y con sus escritos-, hace que pueda
llamársele con todo derecho "apóstol
de la verdad" (15) y que pueda proponerse como ejemplo
a todos los que desempeñan la función de enseñar.
Pero brilla también ante nuestros ojos como modelo admirable
de erudito cristiano que, para captar las nuevas inquietudes y
responder a las exigencias nuevas del progreso cultural, no siente
la necesidad de salir fuera del cauce de la fe, de la tradición
y del Magisterio, que le proporcionan las riquezas del pasado
y el sello de la verdad divina; y, para mantenerse fiel a esta
verdad, no rechaza las múltiples verdades descubiertas
por la razón en el pasado o en el presente, entre otros
motivos porque -como dice el mismo Angélico-, sea quien
fuere el que las proponga, proceden del Espíritu Santo:
"La verdad, quienquiera que la diga, procede del Espíritu
Santo, que infunde la luz natural y mueve a la inteligencia y
a la expresión de la verdad" (16).
11. Más
bien hay que confesar que su fuerte arraigo en la fe divina impide
a Tomás someterse servilmente a maestros humanos, nuevos
o antiguos, y en esto Aristóteles no es para él
una excepción. Su mente está abierta a todos los
avances de la verdad, sea cual fuere la fuente de su procedencia:
es la primera faceta de su universalismo. Pero hay otro aspecto,
que quizás manifiesta mejor su talante intelectual y su
personalidad: la libertad suprema con que se acerca a todos los
autores, sin comprometerse con ninguna afirmación de autoridad
terrena. Esta libertad e independencia intelectual en el campo
filosófico constituye su verdadera grandeza como pensador.
En efecto,
mostrándose obediente sobre todo a la verdad, en materia
filosófica, y juzgándolo todo "no (...)
por la autoridad de quien lo afirma, sino por el valor de las
afirma, sino por el valor de las afirmaciones en sí"
(17), pudo tratar con gran libertad las tesis de Aristóteles,
de Platón y de otros, sin hacerse aristotélico,
ni platónico en sentido estricto.
Gracias a
esta independencia intelectual - que lo asemeja a los que utilizan
los métodos rigurosos de las ciencias positivas -, el Aquinate
fue capaz de descubrir y superar las insidias ocultas en el averroísmo,
de colmar las deficiencias y lagunas de Platón y Aristóteles,
y de elaborar una gnoseología y una ontología que
son una obra maestra de objetividad y de equilibrio (18).
Hacia todos
los maestros del espíritu humano sentía tres cosas:
admiración ante el inmenso patrimonio cultural que entre
todos acumularon y legaron a la humanidad (19); reconocimiento
del valor e importancia, mas también de las limitaciones,
de la obra de cada uno (20); finalmente, cierta compasión
hacia los que, careciendo de la luz de la fe, como los sabios
de la antigüedad, experimentaban una angustia humanamente
insuperable al enfrentarse con los interrogantes últimos
de la existencia humana y sobre todo con el problema del fin último
del hombre (21), mientras que cualquier pobre vieja, poseyendo
la certeza de la fe, está libre de esa angustia y goza
de la luz divina mucho más que aquellos ingenios soberanos
(22).
12. Pues bien,
Santo Tomás, aun remontándose con su agudísima
especulación a las cumbres más altas de la razón,
era como un niño ante los sublimes e inefables misterios
de la fe: solía arrodillarse delante del crucifijo y al
pie del altar, implorando la luz de la inteligencia y la pureza
de corazón que permiten escrutar lúcidamente los
secretos de Dios (23). Reconocía gustoso que había
aprendido más en la oración que en el estudio (24),
y mantenía tan vivo el sentido de la trascendencia divina
que ponía como condición primordial, previa a cualquier
investigación teológica, este principio: "en
esta vida tanto más perfectamente conocemos a Dios, cuanto
mejor entendemos que sobrepasa toda capacidad intelectual"
(25). Y hay que considerar esta afirmación no sólo
como la tesis principal y como el fundamento del método
de investigación que da lugar a la llamada teología
"apofáctica", sino también como
muestra de su humildad intelectual y de su espíritu de
adoración.
Si tenemos
en cuenta que Santo Tomás supo armonizar perfectamente
el espíritu profundamente cristiano y la agudeza de su
talento especulativo, abierto a todos los logros del pensamiento,
tanto antiguo como contemporáneo, no puede sorprendernos
que, en plena crisis del siglo XIII, lograra encontrar nuevas
fórmulas para definir las relaciones entre la razón
y la fe; que evitase a tiempo que la doctrina teológica
se desviase bajo el influjo de las nuevas corrientes filosóficas;
que disipase cualquier compromiso equívoco entre las verdades
de razón y las reveladas; finalmente, que presentase batalla
a la doctrina de las "dos verdades" -de razón
y de fe- que los cristianos podían admitir, aunque fuesen
contradictorias, por motivos diversos; doctrina cuyos fautores
socavaban la unidad íntima del hombre cristiano y pretendían
canonizar ya entonces las polémicas doctrinales que más
tarde, abandonado el equilibrio conseguido por Santo Tomás,
iban a desgarrar la cultura europea (26).
13. Al realizar
la obra cumbre del pensamiento medieval, Santo Tomás no
se encontraba solo. Antes y después de él, otros
muchos doctores ilustres trabajaron en la misma dirección:
entre ellos hay que recordar a San Buenaventura -de cuya muerte
se celebra también el VII centenario, pues falleció
el mismo año que Santo Tomás-, a San Alberto Magno,
Alejandro de Hales y Duns Scoto. Pero sin duda Santo Tomás,
por disposición de la divina Providencia, puso el remate
a toda la teología y filosofía "escolástica",
como suele llamarse, y fijó en la Iglesia el quicio central
en torno al cual, entonces y después, ha podido girar y
avanzar con paso seguro el pensamiento cristiano.
A él, el Doctor común de la Iglesia, dedicamos nuestro
aplauso en este año siete veces centenario de su muerte,
como homenaje de gratitud por todo lo que hizo en beneficio del
pueblo cristiano y como reconocimiento y exaltación pública
de su grandeza imperecedera.
NOTAS
1.
Discurso al Comité promotor del Index Thomisticus: L'Osservatore
Romano. 20-21 mayo 1974.
2.
Alocución al Congreso sobre Santo Tomás de Aquino
en el VII centenario de su muerte: cf. L'Osservatore Romano,
22-23 abril 1974.
3.
Pío XI, Encícl. Studiorum Ducem: AAS 15, 1923,
p. 314. Cf. J. J. Berthier, Sanctus Thomas Aquinas "Doctor
Communis" Ecclesiae Romae 1914, p. 177 ss."; J. Koch,
Philosophische und theologische Irrtumlisten von 1270-1329:
Mélanges Mandonnet, París 1930, t. II, p. 328,
n. 2; J. Ramirez, De autoritate doctrinali S. Thomas Aquinatis.
Salmanticae 1952, pp. 35-107.
4.
Cf. M. Cordovani, San Tommasso nella parola di S.S. Pio XI:
Angelicum VI, 1929, p. 10.
5.
Encícl. Studiorum Ducem: AAS 15, 1923, p. 323.
6.
Cf. Summa Theologiae, I-II. Q. 21, a. 4, ad 3; Ed. Leonina,
VI, p, 167.
7.
Breve Ad Deum per rerum naturae: AAS 34, 1942, pp. 89-91.
8.
Cf. M. D. Chenu, Introduction à l'étude de Saint
Thomas d'Aquin, Paris 1950, p. 183 ss.
9.
Cf. Summa Theologiae, I, q. 1, a. 8, ad 2: Ed. Leonina, IV,
p. 22.
10.
Cf. Summa Theologiae, I-II, q, 94, a. 2: Ed. Leonina, VII, pp.
169-170.
11.
Summa Theologiae, II-II, q. 24, a. 3, ad 2: Ed. Leonina, VIII,
p. 176.
12.
Cf. Summa Theologiae, II-II, q. 1, a. 10, ad 3: Ed. Leonina.
VIII, p. 24.
13.
Cf. Summa Theologiae, ib., a. 10: 1. C.: Lc 22, 32 allí citado.
14.
Summa Theologiae, II-II, q, 1, a. 10: Ed. Leonina, VIII, pp.
23-24. Consúltese lo que escribió Santo Tomás
en el opúsculo In Symbolum Apostolorum Expositio acerca
de la Iglesia Romana: Dominus dixit... "Non praevalebunt".
Et inde est quod sola Ecclesiae Petri (in cuis partem venit
tota Italia, dum discipuli mitterentur ad praedicandum) semper
fuit firma in fide: et cum in aliis partibus vel nulla fides
sit, vel sit commixta multis erroribus, Ecclesia tamen Petri
et fide viget et ab erroribus munda est. Nec mirum, quia Dominus
dixit Petro (Lc 22, 32): "Ego rogavi pro te, Petre, ut
non deficiat fides tua" (a. 9: Ed. Parmensis, t. XVI, 1865,
p. 148).
15.
Cf. Vita S. Thomae Aquinatis auctore Guillelmo de Tocco, cap.
XIV: Fontes vitae S. Thomae Aquinatis, ed. D. Prümmer,
o.p., fasc. II, Saint-Maximin (Var) 1924, p. 81.
16.
Summa Theologiae, I-II, p. 109, a. 1, ad I: Ed. Leonina, VII,
p. 290.
17.
Expositio super librum Boethii de Trinitate, q. 2, a. 3 ad 8:
rec. B. Decker, Leiden 1955, p. 97. Cf. Summa Theologiae, I,
q. 1, a. 6, ad 2: Argumentum ad auctoritate fidei est firmissimum,
sed ad auctoritate humana est debilissimum (Ed. Leonina, IV,
p. 22). Otro texto que evidencia la actitud no servil ni puramente
historicista o eclética de Santo Tomás en filosofía:
Studium philosophiae non est ad hoc quod sciatur quid homines
senserint, sed qualiter se habeat veritas rerum: In librum Aristotelis
de coelo et mundo commentarium, 1, lect. XXII: Ed. Parmensis,
t. XIX, 1865, p. 58. Cf. Tractatus de spiritualibus creaturis,
a. 10, ad 8. Ed. L. W. Keeler, Romae 1938, pp. 131-133.
18.
E. Gilson, L'esprit de la philosophie médiévale,
Gilford Lectures, Paris 1932, I, p. 42; Le Thomisme. Introduction
à la philosophie de Saint Thomas d'Aquin, Paris 1965,
6ª. ed., passim. Cf. También F. van Steen Berghen, Le
mouvement doctrinal du XI au XIV siècle: Fliche-Martin.
Histoire de L'Eglise, vol. XIII, p. 270.
19.
Cf. In XII libros Metaphysicorum Aristotelis Expositio. II,
lect. I: Ed. Taurinensis, 1950, n. 287, p. 82.
20.
Cf. ib.
21.
Cf. Summa contra Gentiles, L. III, c. 48: Ed. Leonina, XIV,
pp. 131-132.
22.
Cf. In Symbolum Apostolorum Expositio, a. I: Ed. Parmensis,
t. XVI, 1865, p.35: Nullus philosophorum ante adventum Christi
cum toto conatu suo potuit tantum scire de Deo et de necessariis
ad vitam aeternam, quantum post adventum Christi scit vetula
per fidem.
23.
Cf. Summa Theologiae, II-II, q. 8, a. 7: Ed. Leonina, VIII,
p. 72; Vita S. Thomae Aquinatis auctore Guillelmo de Tocco,
caps. XXVIII, XXX, IV: Fontes vitae S. Thomae Aquinatis, ed.
cit., pp. 102-103, 104-105, 108.
24.
Vita S. Thomae Aquinatis auctore Guillelmo de Tocco, cap. XXXI:
ed. cit., pp. 105-106; cf. J. Pieper, Einführung zu Thomas
von Aquin, München 1958, p. 172 ss.
25.
Summa Theologiae, II-II, q. 8, a. 7: Ed. Leonina, VIII, p. 72.
26.
Cf. J. Pieper, op. c., p. 69 ss.