IGLESIA Y TOMISMO

Pablo VI

Carta
LUMEN ECCLESIAE

VII Centenario de la muerte de Santo Tomás de Aquino

20 de noviembre de 1974

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Encíclica 'Æterni Patris'
León XIII
VII Centenario de Santo Tomás
Pablo VI
Academias Teológicas Pontificias
Juan Pablo II
Las 24 Tésis Tomistas
Obra de Sto. Tomás: guía y modelo
Juan Pablo II

Al querido hijo
Vincent de Couesnongle,

Maestro General de la
Orden de los Frailes Predicadores

Querido hijo,
salud y bendición apostólica.


1. Lumbrera de la Iglesia y del mundo entero, así es aclamado con razón Santo Tomás de Aquino, el cual es objeto de especiales celebraciones este año, en que se cumple el VII centenario de su muerte, acaecida en el monasterio de Fossanova el 7 de marzo de 1274, mientras se dirigía al II Concilio General de Lyón, obedeciendo órdenes de nuestro predecesor el Beato Gregorio X.

En el clima del renovado entusiasmo suscitado por este centenario, se han hecho investigaciones, se han publicado trabajos y se han tenido reuniones en muchas universidades y centros de estudios superiores, principalmente en esta ciudad, donde la Orden de Frailes Predicadores, a la que perteneció Santo Tomás, ha organizado un importante congreso. Todavía tenemos en la memoria el espectáculo que ofrecía el aula magna de la Pontificia Universidad que lleva el nombre de Santo Tomás de Aquino, llena de especialistas venidos de todas partes del mundo. En el discurso que les dirigimos, les felicitamos por su trabajo, les animamos a continuar su noble tarea y, al mismo tiempo, enaltecimos a este gran Doctor de la Iglesia. Poco tiempo después, llamamos la atención sobre "el 'retorno' a Santo Tomás, un retorno inesperado ciertamente, pero maravilloso, que confirma lo que el Magisterio supremo había dicho de él: que es el guía autorizado e insustituible de los estudios filosóficos y teológicos" (1); en efecto, muchos indicios nos permitieron colegir que su doctrina interesa e influye también en los hombres de nuestro tiempo.

2. Ahora desearíamos explicar mejor aquella expresión nuestra, poniendo de relieve numerosos elementos de la doctrina del Aquinate que tienen mucha importancia en orden a la salvaguardia e investigación de la verdad revelada; por este motivo lo recomendamos a nuestros contemporáneos -cosa que ha hecho y sigue haciendo la Iglesia- como maestro en el arte de pensar, según fórmula nuestra (2), y como guía para conciliar los problemas filosóficos con los teológicos y, añadimos gustosamente, para plantear correctamente el saber científico en general.

Así, pues, queremos manifestar públicamente nuestra conformidad con los que sostienen que, aun setecientos años después de su muerte, el Santo Doctor debe ser celebrado no sólo como excelso pensador y doctor del pasado, sino también por la vigencia de sus principios, de su doctrina y de su método; y deseamos explicar al mismo tiempo las razones de la autoridad científica que le reconocen el Magisterio y las instituciones de la Iglesia, y especialmente muchísimos predecesores nuestros, que no dudaron en otorgarle el título de "Doctor común", que se le dio por primera vez el año 1317 (3).

Confesamos que al confirmar y reavivar una tradición tan prolongada y venerable del Magisterio de la Iglesia, no nos mueve sólo el respeto a la autoridad de nuestros predecesores, sino también la consideración objetiva de la validez de su doctrina, el fruto que se obtiene estudiando y consultando sus obras -como sabemos por propia experiencia- y la comprobación del poder persuasivo y formativo que ejerce en sus discípulos, sobre todo en los jóvenes, como pudimos observar en los años de nuestro apostolado entre los universitarios católicos, que, estimulados por nuestro predecesor Pío XI, de feliz memoria, se habían dedicado al estudio del Doctor Angélico (4).

3. Sabemos que hoy día no todos están de acuerdo con esto. Pero no se nos oculta que muchas veces el recelo o aversión que se siente hacia Santo Tomás deriva de un contacto superficial y saltuario con su doctrina, más aún, del hecho de que no se leen ni se estudian sus obras. Por eso, también nosotros, como hizo Pío XI, recomendamos a todos los que deseen formarse un criterio maduro acerca de la postura que hay que adoptar en esta materia: ¡Id a Tomás! (5). Buscad y leed las obras de Santo Tomás -repetimos con gusto- no sólo para encontrar alimento espiritual seguro en aquellos opulentos tesoros, sino también y ante todo, para daros cuenta personalmente de la incomparable profundidad, riqueza e importancia de la doctrina que contienen.


I. Santo Tomás en el contexto socio-cultural y religioso de su tiempo

4. Para formarse un juicio exacto del valor perenne del magisterio de Santo Tomás en la Iglesia y en el mundo de la cultura, no basta conocer de modo directo y completo sus textos; es preciso también tener en cuenta el contexto histórico y cultural en que vivió y llevó a cabo su obra de maestro y escritor.

Conviene recordar aunque sólo sea los rasgos esenciales de aquella época, para que destaquen con mayor claridad, como dentro de un marco, las ideas fundamentales del santo Doctor tanto en el ámbito religioso y teológico como en el campo filosófico y social.

Alguien ha hablado de aquel tiempo como de un Renacimiento anticipado; y en realidad las inquietudes que más tarde iban a desplegar toda su fuerza innovadora están fermentando ya entre el 1225 y el 1274, años que abarcan la vida de Santo Tomás.

5. Desde el punto de vista socio-político, son conocidas las vicisitudes que transformaron completamente la fisonomía de Europa: la victoria de los municipios italianos sobre la antigua dominación del Imperio Medieval, encaminado ya al ocaso; la promulgación de la Charta Magna en Inglaterra; la confederación anseática de las ciudades libres marineras y comerciales del norte de Europa; la evolución progresiva de la monarquía francesa; el desarrollo económico de las ciudades más industriosas, como Florencia, y el florecimiento cultural de las grandes universidades, como la escuela teológica de París, la escuela de derecho civil y canónico de Bolonia y la escuela médica de Salerno; la amplia difusión de los descubrimientos científicos y de las elucubraciones filosóficas de los árabes hispanos; y finalmente las nuevas relaciones con Oriente, consecuencia de las Cruzadas.

Comienza entonces, con los municipios y con las monarquías nacionales, el proceso cultura y político que en los siglos XII y XIV lleva a la formación del Estado moderno. La Respublica christiana, fundada en la unidad de fe religiosa en Europa, cede poco a poco el puesto a un nuevo sentimiento nacionalista que orienta la vida del mundo civil europeo por cauces muy distintos de los del Medioevo, cuando dominaba la relación entre las dos autoridades supremas, la papal y la imperial, unidas y en colaboración mutua; sistema que en vano tratará todavía de proponer Dante Alighieri, después de muerto Santo Tomás, como arquetipo de organización política.

En el siglo XIII empieza a perfilarse una marcada tendencia a afirmar la autonomía del orden temporal frente al sagrado y espiritual, y consiguientemente del Estado frente a la Iglesia; en casi todas las esferas de la vida y de la cultura se despierta el entusiasmo por los valores terrenos y una atención nueva hacia la realidad del mundo, emancipándose la razón de la hegemonía de la fe religiosa. Por otra parte, en el mismo siglo, al propagarse las Órdenes mendicantes, cundía cada vez más un vastísimo movimiento de renovación espiritual que, sacando inspiración y empuje del amor a la pobreza y del celo evangelizador, logró que el pueblo cristiano sintiese la apremiante necesidad de volver al verdadero y genuino espíritu evangélico.

Santo Tomás, situado en el centro del gran debate entre las dos culturas, la humana y la sagrada, y atento a la evolución política, se hace cargo sin dificultad de la nueva situación y distingue los "signos" de los principios universales de razón y de fe con los que hay que confrontar las cosas humanas y discernir los acontecimientos. Reconoce una cierta autonomía a los valores e instituciones de este mundo, aunque afirma sin vacilación alguna la transcendencia y la supremacía del fin último al que deben dirigirse y subordinarse todas las cosas del mundo: el reino de Dios, que es a la vez el lugar de salvación del hombre y el fundamento de su dignidad y libertad (6).

6. Esta postura se encuadra dentro de la teoría general de las relaciones entre cultura y religión, razón y fe; teoría que elaboró Santo Tomás atendiendo a los nuevos problemas que surgían y a las nuevas exigencias que se manifestaban dentro del ámbito filosófico y teológico en aquel momento de evolución sociocultural.

Efectivamente, es la época en que se impone cada vez más el imperativo de la investigación racional, iniciada ya de manera nueva y plenamente dialéctica por Abelardo en la universidad de París un siglo antes.

La aceptación respetuosa de la autoridad tradicional es sustituida por la confrontación de sus afirmaciones con las conquistas de la razón, la discusión de las distintas opiniones, el procedimiento lógico en la demostración de las tesis, la pasión por las quaestiones, y finalmente el análisis del lenguaje, realizado de manera tan sistemática y con objetivos tales que parecen anticipar el método científico de la semántica moderna.

En este clima cultural consiguen sus primeros éxitos las ciencias que, sin negar la presencia y la acción de Dios en el universo, tratan de explicar el curso ordinario de este mundo visible en clave natural, como se ve en no pocos autores cristianos de la época, entre los que sobresale San Alberto Magno, maestro de Santo Tomás, a quien nuestro predecesor Pío XII declaró patrono de cuantos se dedican a las ciencias naturales (7).

7. Aunque entonces acababa apenas de estrenarse el método experimental en el estudio de la naturaleza y faltaban aún los instrumentos -que presagiará más tarde Roger Bacon- para la aplicación de la ciencia a la transformación y aprovechamiento de las cosas creadas, sin embargo, constaba ya con certeza el valor e importancia de la razón para la investigación de la realidad concreta y para la explicación del mundo.

Por eso, en los nuevos medios culturales se reciben favorablemente las obras de Aristóteles, difundidas primero por los árabes y luego por los nuevos traductores cristianos, entre los que se cuenta Guillermo de Moerbeke, penitenciario papal, hermano en religión y colaborador de Santo Tomás (8). En efecto, en estas obras se descubren el sentido de la naturaleza y el realismo que, en opinión de muchos, proporcionan valiosos instrumentos de trabajo e incluso bases ideales para un nuevo planteamiento de la especulación filosófica y de la investigación científica.

8. Pero aquí surge el grave problema del nuevo modo de entender las relaciones entre la razón y la fe, y -en una perspectiva más amplia- como hemos sugerido antes, entre todo el orden de las realidades terrenas y la esfera de la verdades religiosas, principalmente las del mensaje cristiano.

En esta materia es evidente el peligro de tropezar en dos escollos opuestos: el del naturalismo, que desaloja por completo a Dios del mundo y especialmente de la cultura, y el de un falso sobrenaturalismo o fideísmo que, para evitar aquel error cultural y espiritual, pretende frenar las legítimas aspiraciones de la razón y el impulso evolutivo del orden de la naturaleza, en nombre del principio de autoridad, sacado de su esfera propia, a saber, la esfera de las verdades reveladas por Cristo a los hombres, que son gérmenes de la vida futura y transcienden absolutamente la capacidad del entendimiento humano. Este doble peligro se vuelve a presentar reiteradamente en el transcurso de los siglos, antes y después de Santo Tomás, y puede decirse que en la actualidad son también los dos escollos en los que tropiezan los que abordan incautamente los numerosos problemas implicados en la relación entre la razón y la fe; lo hacen alegando a menudo el ejemplo de audacia innovadora que dio Santo Tomás en su tiempo, pero sin tener la agudeza y equilibrio de la inteligencia soberana del gran Doctor.

No cabe duda que Santo Tomás poseyó en grado eximio audacia para la búsqueda de la verdad, libertad de espíritu para afrontar problemas nuevos y la honradez intelectual propia de quien, no tolerando que el cristianismo se contamine con la filosofía pagana, sin embargo no rechaza apriorísticamente esta filosofía. Por eso ha pasado a la historia del pensamiento cristiano como precursor del nuevo rumbo de la filosofía y de la cultura universal. El punto capital y como el meollo de la solución que él dio, con su genialidad casi profética, a la nueva confrontación entre la razón y la fe, consiste en conciliar la secularidad del mundo con las exigencias radicales del Evangelio, sustrayéndose así a la tendencia innatural de despreciar el mundo y sus valores, pero sin eludir las exigencias supremas e inflexibles del orden sobrenatural.

En efecto, todo el edificio doctrinal del Aquinate se apoya en el áureo principio, enunciado por él ya en las primeras páginas de la Summa Theologiae, según el cual la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona, y por su parte la naturaleza se subordina a la gracia, la razón a la fe y el amor humano a la caridad (9). La infusión de la gracia, que es el principio de la vida eterna, supone toda la amplia esfera de valores y facultades en que se despliega el impulso vital de la naturaleza humana (10) -ser, entendimiento, amor-, acrecentándolo interiormente con nuevas energías (11). De este modo, incluso la perfección total del hombre natural -mediante un proceso de purificación redentora y de elevación santificadora- se realiza en el orden sobrenatural, que alcanza su plenitud definitiva en la felicidad celeste, pero ya en esta vida da lugar a una síntesis armónica de valores auténticos, ciertamente difícil de conseguir -como la propia vida cristiana-, pero fascinadora.

9. Se puede afirmar que Santo Tomás, superando cierto sobrenaturalismo exagerado, arraigado en las escuelas medievales, y al mismo tiempo haciendo frente al secularismo que cundía en las escuelas europeas merced a la interpretación naturalista del aristotelismo, supo mostrar -tanto en el plano de la teoría como en la práctica, o sea con el ejemplo de su trabajo científico- cómo se compaginan en su pensamiento y en su vida la fidelidad total y absoluta a la palabra de Dios y la máxima apertura de mente al mundo y a sus valores auténticos, el afán innovador y progresista y la resolución de levantar todo el edificio doctrinal sobre el cimiento firme de la tradición.

En efecto, no sólo se preocupó de conocer las ideas nuevas, los problemas nuevos y las nuevas afirmaciones e impugnaciones de la razón acerca de la fe, sino también de estudiar con ahínco ante todo la Sagrada Escritura, que explicó desde sus primeros años de magisterio en París, las obras de los Santos Padres y escritores cristianos, la tradición teológica y jurídica de la Iglesia y al mismo tiempo toda filosofía anterior y contemporánea, no sólo aristotélica, sino también platónica, neoplatónica, romana, cristiana, árabe y judía, sin pretender en absoluto efectuar una ruptura con el pasado, ruptura que lo habría privado de su raíz, de manera que se puede decir con toda razón que asimiló bien la frase de San Pablo: "no eres tú quien sostiene la raíz, sino la raíz la que te sostiene a ti" (Rom 11,18).

Por la misma razón, fue muy dócil al Magisterio de la Iglesia, al que compete guardar y señalar la "regla de la fe" (12) a todos los creyentes, y antes que nada a los teólogos, en virtud del mandato divino y de la asistencia indefectible prometida por Cristo a los Pastores de su rebaño (13). Pero sobre todo reconocía la autoridad suprema y definitiva en materia de fe al Magisterio del Romano Pontífice (14), a cuyo juicio sometió por eso, a punto de morir, todos sus escritos, tal vez porque era plenamente consciente de la inmensa amplitud y de la audacia de la labor innovadora que había realizado.

10. Tal afán de buscar la verdad, entregándose a ella sin escatimar ningún esfuerzo -afán que Santo Tomás consideró misión específica de toda su vida y que cumplió egregiamente con su magisterio y con sus escritos-, hace que pueda llamársele con todo derecho "apóstol de la verdad" (15) y que pueda proponerse como ejemplo a todos los que desempeñan la función de enseñar. Pero brilla también ante nuestros ojos como modelo admirable de erudito cristiano que, para captar las nuevas inquietudes y responder a las exigencias nuevas del progreso cultural, no siente la necesidad de salir fuera del cauce de la fe, de la tradición y del Magisterio, que le proporcionan las riquezas del pasado y el sello de la verdad divina; y, para mantenerse fiel a esta verdad, no rechaza las múltiples verdades descubiertas por la razón en el pasado o en el presente, entre otros motivos porque -como dice el mismo Angélico-, sea quien fuere el que las proponga, proceden del Espíritu Santo: "La verdad, quienquiera que la diga, procede del Espíritu Santo, que infunde la luz natural y mueve a la inteligencia y a la expresión de la verdad" (16).

11. Más bien hay que confesar que su fuerte arraigo en la fe divina impide a Tomás someterse servilmente a maestros humanos, nuevos o antiguos, y en esto Aristóteles no es para él una excepción. Su mente está abierta a todos los avances de la verdad, sea cual fuere la fuente de su procedencia: es la primera faceta de su universalismo. Pero hay otro aspecto, que quizás manifiesta mejor su talante intelectual y su personalidad: la libertad suprema con que se acerca a todos los autores, sin comprometerse con ninguna afirmación de autoridad terrena. Esta libertad e independencia intelectual en el campo filosófico constituye su verdadera grandeza como pensador.

En efecto, mostrándose obediente sobre todo a la verdad, en materia filosófica, y juzgándolo todo "no (...) por la autoridad de quien lo afirma, sino por el valor de las afirma, sino por el valor de las afirmaciones en sí" (17), pudo tratar con gran libertad las tesis de Aristóteles, de Platón y de otros, sin hacerse aristotélico, ni platónico en sentido estricto.

Gracias a esta independencia intelectual - que lo asemeja a los que utilizan los métodos rigurosos de las ciencias positivas -, el Aquinate fue capaz de descubrir y superar las insidias ocultas en el averroísmo, de colmar las deficiencias y lagunas de Platón y Aristóteles, y de elaborar una gnoseología y una ontología que son una obra maestra de objetividad y de equilibrio (18).

Hacia todos los maestros del espíritu humano sentía tres cosas: admiración ante el inmenso patrimonio cultural que entre todos acumularon y legaron a la humanidad (19); reconocimiento del valor e importancia, mas también de las limitaciones, de la obra de cada uno (20); finalmente, cierta compasión hacia los que, careciendo de la luz de la fe, como los sabios de la antigüedad, experimentaban una angustia humanamente insuperable al enfrentarse con los interrogantes últimos de la existencia humana y sobre todo con el problema del fin último del hombre (21), mientras que cualquier pobre vieja, poseyendo la certeza de la fe, está libre de esa angustia y goza de la luz divina mucho más que aquellos ingenios soberanos (22).

12. Pues bien, Santo Tomás, aun remontándose con su agudísima especulación a las cumbres más altas de la razón, era como un niño ante los sublimes e inefables misterios de la fe: solía arrodillarse delante del crucifijo y al pie del altar, implorando la luz de la inteligencia y la pureza de corazón que permiten escrutar lúcidamente los secretos de Dios (23). Reconocía gustoso que había aprendido más en la oración que en el estudio (24), y mantenía tan vivo el sentido de la trascendencia divina que ponía como condición primordial, previa a cualquier investigación teológica, este principio: "en esta vida tanto más perfectamente conocemos a Dios, cuanto mejor entendemos que sobrepasa toda capacidad intelectual" (25). Y hay que considerar esta afirmación no sólo como la tesis principal y como el fundamento del método de investigación que da lugar a la llamada teología "apofáctica", sino también como muestra de su humildad intelectual y de su espíritu de adoración.

Si tenemos en cuenta que Santo Tomás supo armonizar perfectamente el espíritu profundamente cristiano y la agudeza de su talento especulativo, abierto a todos los logros del pensamiento, tanto antiguo como contemporáneo, no puede sorprendernos que, en plena crisis del siglo XIII, lograra encontrar nuevas fórmulas para definir las relaciones entre la razón y la fe; que evitase a tiempo que la doctrina teológica se desviase bajo el influjo de las nuevas corrientes filosóficas; que disipase cualquier compromiso equívoco entre las verdades de razón y las reveladas; finalmente, que presentase batalla a la doctrina de las "dos verdades" -de razón y de fe- que los cristianos podían admitir, aunque fuesen contradictorias, por motivos diversos; doctrina cuyos fautores socavaban la unidad íntima del hombre cristiano y pretendían canonizar ya entonces las polémicas doctrinales que más tarde, abandonado el equilibrio conseguido por Santo Tomás, iban a desgarrar la cultura europea (26).

13. Al realizar la obra cumbre del pensamiento medieval, Santo Tomás no se encontraba solo. Antes y después de él, otros muchos doctores ilustres trabajaron en la misma dirección: entre ellos hay que recordar a San Buenaventura -de cuya muerte se celebra también el VII centenario, pues falleció el mismo año que Santo Tomás-, a San Alberto Magno, Alejandro de Hales y Duns Scoto. Pero sin duda Santo Tomás, por disposición de la divina Providencia, puso el remate a toda la teología y filosofía "escolástica", como suele llamarse, y fijó en la Iglesia el quicio central en torno al cual, entonces y después, ha podido girar y avanzar con paso seguro el pensamiento cristiano.


A él, el Doctor común de la Iglesia, dedicamos nuestro aplauso en este año siete veces centenario de su muerte, como homenaje de gratitud por todo lo que hizo en beneficio del pueblo cristiano y como reconocimiento y exaltación pública de su grandeza imperecedera.


NOTAS

1. Discurso al Comité promotor del Index Thomisticus: L'Osservatore Romano. 20-21 mayo 1974.

2. Alocución al Congreso sobre Santo Tomás de Aquino en el VII centenario de su muerte: cf. L'Osservatore Romano, 22-23 abril 1974.

3. Pío XI, Encícl. Studiorum Ducem: AAS 15, 1923, p. 314. Cf. J. J. Berthier, Sanctus Thomas Aquinas "Doctor Communis" Ecclesiae Romae 1914, p. 177 ss."; J. Koch, Philosophische und theologische Irrtumlisten von 1270-1329: Mélanges Mandonnet, París 1930, t. II, p. 328, n. 2; J. Ramirez, De autoritate doctrinali S. Thomas Aquinatis. Salmanticae 1952, pp. 35-107.

4. Cf. M. Cordovani, San Tommasso nella parola di S.S. Pio XI: Angelicum VI, 1929, p. 10.

5. Encícl. Studiorum Ducem: AAS 15, 1923, p. 323.

6. Cf. Summa Theologiae, I-II. Q. 21, a. 4, ad 3; Ed. Leonina, VI, p, 167.

7. Breve Ad Deum per rerum naturae: AAS 34, 1942, pp. 89-91.

8. Cf. M. D. Chenu, Introduction à l'étude de Saint Thomas d'Aquin, Paris 1950, p. 183 ss.

9. Cf. Summa Theologiae, I, q. 1, a. 8, ad 2: Ed. Leonina, IV, p. 22.

10. Cf. Summa Theologiae, I-II, q, 94, a. 2: Ed. Leonina, VII, pp. 169-170.

11. Summa Theologiae, II-II, q. 24, a. 3, ad 2: Ed. Leonina, VIII, p. 176.

12. Cf. Summa Theologiae, II-II, q. 1, a. 10, ad 3: Ed. Leonina. VIII, p. 24.

13. Cf. Summa Theologiae, ib., a. 10: 1. C.: Lc 22, 32 allí citado.

14. Summa Theologiae, II-II, q, 1, a. 10: Ed. Leonina, VIII, pp. 23-24. Consúltese lo que escribió Santo Tomás en el opúsculo In Symbolum Apostolorum Expositio acerca de la Iglesia Romana: Dominus dixit... "Non praevalebunt". Et inde est quod sola Ecclesiae Petri (in cuis partem venit tota Italia, dum discipuli mitterentur ad praedicandum) semper fuit firma in fide: et cum in aliis partibus vel nulla fides sit, vel sit commixta multis erroribus, Ecclesia tamen Petri et fide viget et ab erroribus munda est. Nec mirum, quia Dominus dixit Petro (Lc 22, 32): "Ego rogavi pro te, Petre, ut non deficiat fides tua" (a. 9: Ed. Parmensis, t. XVI, 1865, p. 148).

15. Cf. Vita S. Thomae Aquinatis auctore Guillelmo de Tocco, cap. XIV: Fontes vitae S. Thomae Aquinatis, ed. D. Prümmer, o.p., fasc. II, Saint-Maximin (Var) 1924, p. 81.

16. Summa Theologiae, I-II, p. 109, a. 1, ad I: Ed. Leonina, VII, p. 290.

17. Expositio super librum Boethii de Trinitate, q. 2, a. 3 ad 8: rec. B. Decker, Leiden 1955, p. 97. Cf. Summa Theologiae, I, q. 1, a. 6, ad 2: Argumentum ad auctoritate fidei est firmissimum, sed ad auctoritate humana est debilissimum (Ed. Leonina, IV, p. 22). Otro texto que evidencia la actitud no servil ni puramente historicista o eclética de Santo Tomás en filosofía: Studium philosophiae non est ad hoc quod sciatur quid homines senserint, sed qualiter se habeat veritas rerum: In librum Aristotelis de coelo et mundo commentarium, 1, lect. XXII: Ed. Parmensis, t. XIX, 1865, p. 58. Cf. Tractatus de spiritualibus creaturis, a. 10, ad 8. Ed. L. W. Keeler, Romae 1938, pp. 131-133.

18. E. Gilson, L'esprit de la philosophie médiévale, Gilford Lectures, Paris 1932, I, p. 42; Le Thomisme. Introduction à la philosophie de Saint Thomas d'Aquin, Paris 1965, 6ª. ed., passim. Cf. También F. van Steen Berghen, Le mouvement doctrinal du XI au XIV siècle: Fliche-Martin. Histoire de L'Eglise, vol. XIII, p. 270.

19. Cf. In XII libros Metaphysicorum Aristotelis Expositio. II, lect. I: Ed. Taurinensis, 1950, n. 287, p. 82.

20. Cf. ib.

21. Cf. Summa contra Gentiles, L. III, c. 48: Ed. Leonina, XIV, pp. 131-132.

22. Cf. In Symbolum Apostolorum Expositio, a. I: Ed. Parmensis, t. XVI, 1865, p.35: Nullus philosophorum ante adventum Christi cum toto conatu suo potuit tantum scire de Deo et de necessariis ad vitam aeternam, quantum post adventum Christi scit vetula per fidem.

23. Cf. Summa Theologiae, II-II, q. 8, a. 7: Ed. Leonina, VIII, p. 72; Vita S. Thomae Aquinatis auctore Guillelmo de Tocco, caps. XXVIII, XXX, IV: Fontes vitae S. Thomae Aquinatis, ed. cit., pp. 102-103, 104-105, 108.

24. Vita S. Thomae Aquinatis auctore Guillelmo de Tocco, cap. XXXI: ed. cit., pp. 105-106; cf. J. Pieper, Einführung zu Thomas von Aquin, München 1958, p. 172 ss.

25. Summa Theologiae, II-II, q. 8, a. 7: Ed. Leonina, VIII, p. 72.

26. Cf. J. Pieper, op. c., p. 69 ss.