1. El primer
paso en el camino del realismo es darse cuenta de que siempre
se ha sido realista; el segundo, comprender que, por más
que se haga para pensar de otro modo, jamás se conseguirá;
el tercero, comprobar que los que pretenden pensar de otra
manera piensan como realistas tan pronto como se olvidan de que
están desempeñando un papel. Si entonces se preguntan
por qué, la conversión está casi terminada.
2. La mayoría
de los que se dicen y se creen idealistas preferirían dejar
de serlo, pero no se reconocen este derecho. Se les hace observar
que nunca saldrán de su pensamiento y que un más
allá del pensamiento ni siquiera puede pensarse. Si acceden
a buscar una respuesta a esta objeción, están perdidos
de antemano, porque todas las objeciones del idealista al realista
están formuladas en términos idealistas. ¿Qué
tiene, pues, de extraño que el idealista quede siempre
victorioso? La solución idealista de los problemas va siempre
implícita en su planteamiento. Por consiguiente, lo primero
que ha de hacer el realista es acostumbrarse a rehusar la discusión
en un terreno que no es el suyo, y a no considerarse fracasado
porque no sepa responder a cuestiones verdaderamente insolubles,
pero que a él no se le plantean.
3. Es preciso
comenzar por desconfiar de este término: el pensamiento;
porque la diferencia mayor entre el realista y el idealista está
en que éste piensa, mientras que el realista conoce. Para
el realista, pensar es sólo ordenar conocimientos o reflexionar
sobre su contenido, jamás se le ocurriría tomar
el pensamiento como punto de partida de su reflexión, porque
para él no es posible el pensamiento si no hay antes conocimientos.
El idealista, por el hecho mismo de proceder del pensamiento a
las cosas, no puede saber si lo que toma como punto de partida
corresponde o no a un objeto; cuando pregunta al realista cómo
llegar al objeto partiendo del pensamiento, el realista debe contestar
inmediatamente que eso es imposible, y que precisamente aquí
está la razón principal para no ser idealista, porque
el realismo parte del conocimiento, es decir, de un acto del entendimiento
que consiste esencialmente en captar un objeto. Así, para
el realista, semejante pregunta no plantea un problema insoluble,
sino un seudoproblema, que es muy diferente.
4. Siempre
que un idealista nos exija responder a cuestiones que plantea
el pensamiento, podemos estar seguros de que habla en nombre del
Espíritu. Para él, el Espíritu es lo que
piensa, como para nosotros el entendimiento es lo que conoce.
Debemos, pues evitar en lo posible comprometernos con este término.
Esto no siempre es fácil, porque dicho término tiene
un sentido legítimo; pero vivimos tiempos en que se impone
la necesidad de volver, antes de nada, a traducir al lenguaje
realista todos los términos que el idealismo nos ha robado
y corrompido. Un término idealista es generalmente un término
realista que designa una de las condiciones espirituales del conocimiento,
considerada en adelante como generatriz de su contenido.
5. El conocimiento,
en lenguaje realista, es la unidad vivida y experimentada de un
entendimiento y de algo real aprehendido. Por eso, el filósofo
realista atiende siempre a esto mismo que es aprehendido y sin
lo cual no habría conocimiento. Los filósofos idealistas,
al contrario, por el hecho de partir del pensamiento, llegan muy
pronto a elegir como objeto la ciencia o la filosofía.
El idealista, cuando piensa verdaderamente como idealista, realiza
en su forma perfecta la esencia del "profesor de filosofía",
mientras que el realista, cuando piensa verdaderamente como realista,
se ajusta a la esencia auténtica del filósofo; porque
el filósofo habla de las cosas, mientras que el profesor
de filosofía habla de filosofía.
6. Así
como no debemos tratar de ir del pensamiento a las cosas (sabiendo
que es imposible esta empresa), tampoco debemos preguntarnos si
puede pensarse un más allá del pensamiento. En efecto,
quizás no pueda pensarse un más allá del
pensamiento; pero es seguro que todo conocimiento implica un más
allá del pensamiento. El hecho de que este más allá
del pensamiento sólo sea dado por el conocimiento en el
pensamiento, no le impide ser un más allá; pero
el idealista confunde siempre el "ser dado en el pensamiento"
y el "ser dado por el pensamiento". Para quien parte
del conocimiento no sólo puede pensarse un más allá
del pensamiento, sino que este género de pensamiento es
el único para el cual puede haber un más allá.
7. Es un error
del mismo género lo que mueve al realista a preguntarse
cómo, partiendo del yo, puede probarse la existencia de
un no-yo. Para el idealista, que parte del yo, es éste
el planteamiento normal, e incluso el único planteamiento
posible de la cuestión. El realista debe desconfiar aquí
por dos motivos: primero, porque él no parte del yo, y
segundo, porque el mundo no es para él un no-yo (lo cual
no es nada), sino un en-sí. Un en-sí puede ser dado
en un conocimiento; un no-yo es a lo que se reduce lo real para
el idealista, y esto no puede ser ni captado por un conocimiento
ni probado por un pensamiento.
8. Tampoco
hay que inquietarse ante la clásica objeción del
idealista contra la posibilidad de llegar a un en-sí y,
sobre todo, de tener de él un conocimiento verdadero. Vosotros,
dice el idealista, definís el conocimiento verdadero como
una copia adecuada de la realidad; pero, ¿cómo podéis
saber que la copia reproduce la cosa tal cual es, siendo así
que la cosa no os es dada más que en el pensamiento? La
objeción no tiene sentido más que para el idealismo,
que pone el pensamiento antes que el ser, y, no pudiendo establecer
comparación entre ellos, se pregunta cómo puede
hacerlo otro. El realista, por el contrario, no necesita preguntarse
si las cosas corresponden o no al conocimiento que de ellas tiene,
puesto que el conocimiento consiste para él en asimilarse
a las cosas. En un orden en que la adecuación del entendimiento
a la cosa, que el juicio formula, supone la adecuación
concreta y vivida del entendimiento a sus objetos, sería
absurdo exigir al conocimiento que garantizase una conformidad
sin la cual el mismo conocimiento no podría existir siquiera.
9. Es preciso
tener siempre presente que las dificultades con que el idealismo
quiere cerrar el paso al realismo son obra exclusivamente del
idealismo. Cuando nos desafía a que comparemos la cosa
conocida con la cosa en sí misma no hace más que
descubrir el mal interno que lo roe. Para el realista no existe
el "noúmeno" en el sentido en que lo entiende
el idealista. Toda vez que el conocimiento presupone la presencia
de la cosa misma en el entendimiento, no hay por qué suponer,
detrás de la cosa que está en el pensamiento, un
doble misterioso e incognoscible, que sería la cosa de
la cosa que está en el pensamiento. Conocer no es aprehender
una cosa tal como ésta es en el pensamiento, sino, en el
pensamiento, aprehender la cosa tal como ella es.
10. Por consiguiente,
no basta comprobar que todo nos es dado en el pensamiento para
tener derecho a establecer la conclusión de que necesariamente
hemos de ir del pensamiento a las cosas y que es imposible proceder
de otro modo. De hecho, procedemos de otro modo. El despertar
de la inteligencia coincide con la aprehensión de cosas
que, tan pronto como las percibimos, son clasificadas según
sus analogías más patentes. De este hecho, que nada
tiene que ver con ninguna teoría, debe tomar nota la teoría.
Así lo hace el realismo, siguiendo en esto al sentido común.
Por eso todo realismo es una filosofia del sentido común.
11. De aquí
no se sigue que el sentido común sea una filosofía,
pero toda filosofía sana lo presupone y se apoya en él,
reservándose el derecho de apelar, siempre que sea preciso,
del sentido común mal informado al sentido común
mejor informado. Así procede la ciencia, que no es una
crítica del sentido común, sino de sus aproximaciones
sucesivas a lo real. La ciencia y la filosofía atestiguan
por su historia que el sentido común es capaz de invención
gracias al uso metódico que hace de sus recursos; por consiguiente,
se le debe invitar a criticar incesantemente las conclusiones
que ha obtenido, lo cual equivale a invitarlo a seguir siendo
él, no a renunciar a sí mismo.
12. La palabra
"invención" se ha dejado contaminar por el idealismo,
como otras muchas. Inventar quiere decir encontrar, no crear.
El inventor no se asemeja al creador más que en el orden
de la práctica, y especialmente en el de la fabricación,
tanto utilitaria como artística. Como el sabio, el filósofo
no inventa más que encontrando, descubriendo lo que hasta
entonces había permanecido oculto. Toda la actividad de
la inteligencia consiste, pues, en su función especulativa
de lo real: si la inteligencia crea, lo creado por ella nunca
es un objeto, sino un modo de explicación del objeto en
el interior de este objeto.
13. Por eso
el realista no pide jamás a su conocimiento que engendre
un objeto sin el cual no existiría el conocimiento mismo.
El realista, como el idealista, usa de su reflexión, pero
manteniéndola dentro de los límites de lo real dado.
Por consiguiente. el punto de partida de su reflexión debe
ser lo que efectivamente es para nosotros el comienzo del conocimiento:
res sunt. Si profundizamos en la naturaleza del objeto que nos
es dado, nos orientamos hacia una ciencia. coronada por una metafísica
de la naturaleza; si ahondamos en las condiciones en que nos es
dado el objeto, nos orientaremos hacia una psicología,
que sería coronada por una metafísica del conocimiento.
Estos dos métodos no sólo son compatibles, sino
complementarios, porque reposan sobre la unidad primitiva del
sujeto y del objeto en el acto del conocimiento, y toda filosofía
completa implica la conciencia de esta unidad.
14. Por consiguiente,
nada impide al realista proceder, por vía de análisis
reflexivo del objeto dado en el conocimiento al intelecto y al
sujeto que conoce. Muy al contrario, no dispone de otro método
para asegurarse de la existencia y de la naturaleza del sujeto
cognoscente. Res sunt, ergo cognosco, ergo sum res cognoscens.
Lo que distingue al realista del idealista no es que uno se niegue
a entregarse a este análisis mientras que el otro lo acepta,
sino el hecho de que el realista rehúye considerar el término
último de su análisis como un principio generador
de lo analizado. De que el análisis del conocimiento nos
lleve a un cogito no se deduce que el cogito sea el primer principio
del conocimiento. De que toda representación sea, en efecto,
un pensamiento no se deduce ni que dicha representación
no sea más que un pensamiento, ni siquiera que el cogito
condicione todas mis representaciones.
15. Toda la
fuerza del idealismo nace de la coherencia con que desarrolla
las consecuencias de su error inicial. Se equivocan, pues, los
que para refutarlo le reprochan su falta de lógica; es,
por el contrario, una doctrina que sólo puede vivir de
la lógica, puesto que, en ella, el orden y la conexión
de las ideas reemplazan al orden y a la conexión de las
cosas. EL saltus mortalis que precipita a la doctrina en el abismo
de sus consecuencias es anterior a la doctrina misma, y el idealismo
puede justificarlo todo con su método, excepto a sí
mismo, porque la causa del idealismo no es idealista, ni está
siquiera en la teoría del conocimiento: está en
la moral.
16. Antes
que toda explicación filosófica del conocimiento
se encuentra el hecho no sólo del conocimiento mismo, sino
también del ardiente deseo de comprender que tienen los
hombres. Si la razón se contenta demasiadas veces con explicaciones
someras e incompletas; si en ocasiones hace violencia a los hechos,
deformándolos o pasándolos por alto cuando le molestan,
es precisamente porque la pasión de comprender domina en
ella sobre el deseo de conocer, o porque los medios cognoscitivos
de que dispone son incapaces de satisfacerla. El realista no
está menos expuesto que el idealista a estas tentaciones,
ni cede ante ellas con menor frecuencia. La diferencia está
en que el realista cede en contra de sus principios, mientras
que el idealista sienta como principio que es legítimo
ceder a ellas. En el origen del realismo se encuentra la resignación
del entendimiento a depender de lo real que causa su conocimiento;
en el origen del idealismo se encuentra la impaciencia de la razón
que quiere reducir lo real al conocimiento, para estar segura
de que su conocimiento no dejará escapar nada.
17. Si el
idealismo se ha aliado muchas veces con las matemáticas,
se debe precisamente a que esta ciencia, cuyo objeto es la cantidad,
extiende su jurisdicción sobre toda la naturaleza material
en cuanto que esta depende de la cantidad. Pero si el idealismo
ha creído encontrar su justificación en los triunfos
de la matemática, estos no deben nada al idealismo. No
son, en modo alguno, solidarios suyos, y lo justifican tanto menos
cuanto que la física más completamente matematizada
mantiene todas sus construcciones en el interior de hechos experimentales
que ellas interpretan. Un hecho nuevo, y, después de vanos
esfuerzos para asimilárselo, toda la física matemática
tendrá que reformarse para conseguirlo. El idealista rara
vez es un sabio, y menos aun un hombre de laboratorio, y, sin
embargo, el laboratorio es el que proporciona a la física
matemática de mañana la materia de sus explicaciones.
18. Así,
pues, el realista no tiene por qué temer que el idealista
lo ponga en contradicción con el pensamiento científico,
porque todo sabio, en cuanto sabio, piensa como realista. Un
sabio no comienza nunca por definir el método de la ciencia
que va a fundar; incluso éste es el rasgo por el que con
más seguridad se reconocen las falsas ciencias: que se
hacen preceder por sus métodos; porque el método
se deduce de la ciencia, no la ciencia del método. Por
eso ningún realista jamás ha escrito ningún
Discours de la Méthode; el realista no puede saber de
qué manera se conocen las cosas antes de haberlas conocido,
ni cómo se conoce cada orden de cosas sino después
de conocerlo.
19. Entre
todos los métodos, el más peligroso es el "método
reflexivo"; el realista se contenta con la reflexión.
Cuando la reflexión se convierte en método, ya no
se limita a ser una reflexión inteligentemente dirigida,
que es lo que debe ser, sino que pasa a ser una reflexión
que sustituye a lo real, en cuanto que su orden se convierte en
el orden de lo real. Cuando es fiel a su esencia, el "método
reflexivo" supone siempre que el último término
de la reflexión es también el primer principio de
nuestro conocimiento: de donde resulta naturalmente que el último
término del análisis debe contener virtualmente
la totalidad de lo analizado, y en fin, que lo que no se puede
volver a encontrar partiendo del último término
de la reflexión, o no existe o puede ser legítimamente
tratado como no existente. Así es como el idealista se
ve obligado a excluir del conocimiento, e incluso de la realidad,
aquello sin lo cual el conocimiento no existiría.
20. La segunda
nota por la cual pueden reconocerse las falsas ciencias engendradas
por el idealismo es que, partiendo de lo que ellas denominan el
pensamiento se obligan a definir la verdad como un caso particular
del error. Taine prestó un gran servicio al buen sentido
definiendo la sensación como una alucinación verdadera,
porque así mostró a dónde es conducido necesariamente
el idealismo por la lógica. La sensación se convierte
aquí en lo que es una alucinación cuando ésta
no es tal alucinación. Por consiguiente, no hay que
dejarse impresionar por los famosos "errores de los sentidos",
ni asombrarse del enorme consumo que de ellos hacen los idealistas.
Estos son gente para quien lo normal no puede ser más que
un caso particular de lo patológico. Cuando Descartes afirma
triunfalmente que ni siquiera un insensato puede negar este primer
principio, "Pienso, luego existo", nos ayuda mucho a
ver en qué se convierte la razón cuando queda reducida
a este primer principio.
21. Por consiguiente,
hay que considerar como errores del mismo orden los argumentos
que los idealistas toman prestados de los escépticos sobre
los sueños, las ilusiones de los sentidos y la locura.
Hay, efectivamente, ilusiones visuales; pero esto prueba, ante
todo, que no todas nuestras percepciones visuales son ilusiones.
Cuando uno sueña no se siente diferente de cuando vela,
pero cuando vela se sabe totalmente diferente de cuando sueña;
sabe, incluso, que no se puede tener eso que llaman alucinaciones
sin haber tenido antes sensaciones, como sabe que jamás
soñaría nada sin haber estado antes despierto. Que
algunos insensatos nieguen la existencia del mundo exterior, e
incluso, pese a Descartes, la suya propia, no es razón
para considerar la certeza de nuestra existencia como un caso
particular de "delirio verdadero". El motivo de que
estas ilusiones sean tan inquietantes para el idealista es que
no sabe cómo probar que son ilusiones, pero no tienen porqué
inquietar al realista, que es el único para quien son verdaderamente
ilusiones.
22. No debemos
tomar en serio el reproche que nos dirigen ciertos idealistas,
según los cuales estaríamos condenados a la infalibilidad
por nuestra teoría del conocimiento. Somos, sencillamente,
filósofos para quienes la verdad es normal y el error anormal,
lo cual no quiere decir que la verdad no sea para nosotros tan
difícil de conseguir y conservar como una salud perfecta.
El realista no difiere del idealista en que no pueda equivocarse,
sino, primeramente, en que, cuando se equivoca, no es un pensamiento
infiel a sí mismo el que yerra, sino un conocimiento infiel
a su objeto. Pero, sobre todo, el realista no se equivoca más
que cuando es infiel a sus principios, mientras que el idealista
sólo tiene razón en la medida en que es infiel a
los suyos.
23. Decir
que todo conocimiento es la captación de la cosa tal como
ésta es, no significa, en absoluto, que el entendimiento
capte infaliblemente la cosa tal como ésta es, sino que
únicamente cuando así lo hace existe el conocimiento.
Esto significa todavía menos que el entendimiento agote
en un solo acto el contenido de su objeto. Lo que el conocimiento
capta en el objeto es real, pero lo real es inagotable y, aun
cuando el entendimiento llegara a discernir todos sus detalles,
todavía chocaría con el misterio de la existencia
misma. El que cree captar infaliblemente y de una sola vez todo
lo real es el idealista Descartes; el realista Pascal sabe muy
bien cuán ingenua es esta pretensión de los filósofos:
"comprender los principios de las cosas y, partiendo de ellos,
llegar a conocerlo todo con una presunción tan infinita
como el objeto que se proponen". La virtud propia del
realista es la modestia en el conocimiento y, si no siempre la
practica, por lo menos está obligado a practicarla por
la doctrina que profesa.
24. La tercera
señal por la cual se reconocen las falsas ciencias engendradas
por el idealismo es la necesidad que éstas experimentan
de "fundamentar" sus objetos. Es que, en efecto, no
tienen la seguridad de que sus objetos existan. Para el realista,
cuyo pensamiento se ordena al ser, el Bien, lo Verdadero y lo
Bello son, con todo derecho, reales, puesto que no son más
que el ser mismo querido, conocido y admirado. Pero tan pronto
como el pensamiento pasa a ocupar el lugar del conocimiento, estos
trascendentales comienzan a flotar en el vacío sin saber
sobre qué posarse. Por eso el idealismo emplea su tiempo
en "fundamentar" la moral, el conocimiento y el arte,
como si lo que el hombre debe hacer no estuviese inscrito en la
naturaleza humana, la manera de conocer, en la estructura misma
de nuestro entendimiento, y el arte, en la actividad práctica
del artista. El realista nunca tiene que fundamentar nada; lo
que tiene que hacer siempre es descubrir los fundamentos de sus
operaciones, y éstos los encuentra en la naturaleza de
las cosas: operatio sequitur esse.
25. Por
consiguiente, también hay que apartarse cuidadosamente
de toda especulación sobre los "valores", porque
los valores no son otra cosa sino trascendentales que se han separado
del ser e intentan sustituirlo. "Fundamentar valores":
la obsesión del idealista; para el realista, una expresión
vacía.
26. Lo más
duro para un hombre de nuestro tiempo es admitir que no es un
"espíritu crítico"; sin embargo, el realista
debe resignarse a ello, porque el Espiritu crítico es el
lado fuerte del idealismo, y es aquí donde se lo encuentra
a cada paso, no como principio o doctrina, sino como voluntad
de servicio a una causa. El espíritu crítico expresa,
en efecto, la resolución de someter los hechos al tratamiento
conveniente para que nada en ellos pueda resistir ya al espíritu.
La política que ha de seguirse para llegar a esto es sustituir
siempre el punto de vista de lo observado por el del observador.
La descalificación de lo real será proseguida, si
es preciso, hasta sus últimas consecuencias, y, cuanto
más viva sea la resistencia que ofrezca más se esforzará
el idealista en desacreditarlo. El realista, por el contrario,
debe reconocer siempre que es el objeto el que causa el conocimiento,
y tratarlo con el mayor respeto.
27. Respetar
el objeto del conocimiento es, ante todo, no querer reducirlo
a lo que debería ser para ajustarse a las reglas de un
tipo de conocimiento arbitrariamente elegido por nosotros. La
introspección no permite reducir la psicología a
la condición de ciencia exacta; esto no es razón
para condenar la introspección, porque muy bien puede ser
que el objeto de la psicología sea de tal naturaleza que
no deba convertirse en una ciencia exacta, si es que quiere permanecer
fiel a su objeto. La psicología humana, tal como la conoce
el perro, debe ser por lo menos tan segura como nuestra ciencia
de la naturaleza; y nuestra ciencia de la naturaleza es aproximadamente
tan penetrante como la psicología humana tal como la conoce
el perro. Así, pues, la "psicología de la conducta"
obra muy sabiamente adoptando el punto de vista del perro sobre
el hombre, porque, tan pronto como la conciencia entra en escena,
son tantas las cosas que nos revela, que la distancia infinita
entre una ciencia de la conciencia y la conciencia misma salta
a la vista. Si nuestro organismo tuviera conciencia de si, ¿
quién sabe si la biología y la física seguirían
siéndonos posibles?
28. Por consiguiente,
el realista deberá mantener siempre, contra el idealista,
que a todo orden de lo real debe corresponder determinada manera
de abordar y explicar lo real incluido en dicho orden. De este
modo, habiendo rehusado entregarse a una critica previa del conocimiento,
se encontrará libre, mucho más libre que el idealista,
para entregarse a la crítica de los conocimientos, midiéndolos
por el objeto de éstos; porque el "Espíritu
critico" lo critica todo excepto a sí mismo, mientras
que el realista, porque no es un espíritu crítico,
no cesa de criticarse. El realista jamás creerá
que una psicología que desde el primer momento se sitúa
fuera de la conciencia para conocerla mejor pueda darle lo equivalente
a la conciencia: ni, con Durkheim, que los verdaderos salvajes
están en los libros; ni que lo social se reduzca a un constreñimiento
acompañado de sanciones, como si la única sociedad
que hubiéramos de explicar fuera la del Levítico.
Tampoco creerá que la crítica histórica esté
en mejores condiciones que los testigos invocados por ella para
saber lo que les ha sucedido y discernir el sentido exacto de
lo que ellos mismos han dicho. Por eso el realismo, al subordinar
el conocimiento a sus objetos, pone a la inteligencia en las condiciones
más favorables para el descubrimiento, porque , si es cierto
que las cosas no siempre han pasado exactamente como sus testigos
han creído, los errores relativos que éstos han
podido cometer son poca cosa al lado de aquellos en que nos precipitaría
nuestra fantasía, si reconstruyéramos, según
mejor nos parezca, hechos, sentimientos o ideas que no hemos experimentado.
29. Tal
es la libertad del realista, porque no tenemos más que
dos caminos: o sujetarnos a los hechos y ser libres de nuestro
pensamiento, o, libertándonos de los hechos, caer en la
esclavitud de nuestro pensamiento. Volvámonos, pues,
a las cosas mismas que aprehende el conocimiento, y a la relación
de nuestros conocimientos con las cosas por ellos aprehendidas,
a fin de que la filosofía, guiándose cada vez mejor
por ellas, pueda progresar de nuevo.
30. Este es,
también, el espíritu con que conviene leer a los
grandes filósofos que siguieron antes que nosotros el camino
del realismo. No es en Montaigne escribe Pascal ,
sino en mí, donde encuentro todo lo que aquí veo.
Digamos también nosotros: "No es en Santo Tomás
ni en Aristóteles, sino en las cosas, donde el verdadero
realista ve todo lo que en ellos ve." Por eso no
dudará en apelar a estos maestros, porque no son para él
más que guías hacia la realidad misma. Y si el idealista
le reprocha, como uno de ellos acaba de hacerlo amablemente, el
vestirse ricamente con retales, por cuenta de la verdad, tenga
siempre a punto esta respuesta: más vale vestirse ricamente
con retales, por cuenta de la verdad de los otros, como hace el
realista en caso de necesidad, que negarse a hacerlo, como el
idealista, y andar desnudo.