I. EL PROBLEMA SOCIOLÓGICO Y METAFÍSICO DE LA TÉCNICA
No me parece
exagerado decir que el problema de la técnica se ha convertido
en el problema del destino del hombre y de la cultura. En este
siglo incrédulo, en el cual declinan no sólo la
antigua fe religiosa sino también la fe humanista del siglo
XIX, la única fe que el hombre de la civilización
moderna conserva es aquélla con la cual rodea a la técnica,
su potencia y su progreso indefinido. Y todo lo que ocurre en
el mundo conspira a alimentar esta nueva creencia. La técnica
representa el último amor del hombre que está listo,
bajo la influencia de este amor, a modificar su propia imagen.
Para poder creer, el hombre aspiraba a los milagros, no sin temer
que no existiesen ya. Ahora bien, la técnica realiza bajo
sus ojos auténticos prodigios. El problema de la técnica
es uno de los más angustiosos para la conciencia cristiana,
que no ha descubierto aún su valor y su significación.
Los cristianos
adoptan,con respecto a la técnica dos actitudes diferentes,
pero que una y otra nos parecen superficiales e incompletas. La
mayoría de ellos considera la técnica como indiferente
y neutra frente a la religión, como "el negocio"
de los ingenieros. Ella acrecienta el bienestar, aporta perfeccionamientos
en la vida de las personas, de los cuales se benefician sin duda
también los cristianos, pero su dominio es un dominio particular
que nada tiene que ver con su conciencia o con su espíritu,
y que no les plantea ningún problema espiritual. En cuanto
a los otros, sufren la técnica como un mal apocalíptico,
aterrorizados por el poder sin cesar creciente que ejerce sobre
la vida humana; ven en ella el triunfo del Anticristo, la Bestia
surgida del abismo.
A decir verdad,
el abuso del Apocalipsis es más peculiar a la ortodoxia
rusa. Todo lo que desagrada, todo lo que destruye "lo habitual"
y "lo convencional" se ve en seguida calificado de "triunfo
del Anticristo", y anuncio del fin del mundo. Semejante solución
del problema es un indicio de pereza, que tiene como origen un
sentimiento de temor. Por lo demás, la primera actitud,
que opta por la neutralidad, representa igualmente un menor esfuerzo
porque se conforma con ignorar el problema.
La técnica
puede ser comprendida, sea en un sentido extenso, sea en un sentido
más restricto: tecnos significa a la vez industria y arte.
Tecnaon quiere decir fabricar, crear con arte. No hablamos sólo
de la técnica económica, industrial, militar, de
una técnica que se relacione con la locomoción y
la comodidad de la vida; hablamos también de la técnica
del pensamiento y de la versificación, de la danza y del
derecho, aun de la vida espiritual y del desenvolvimiento místico.
Así la disciplina del Yoga corresponde a una técnica
espiritual particular. Toda técnica nos enseña la
manera de obtener el mejor resultado al precio del menor esfuerzo.
Y allí está sobre todo el papel de la que rige nuestro
siglo económico. Pero lo que caracteriza a este siglo es
la preponderancia de la cantidad con relación a la calidad,
que sí era inherente al trabajo del artesano en las épocas
anteriores. Spengler en su nuevo opúsculo '"El hombre
y la técnica" define la técnica como una lucha,
pero ella sigue siendo sin contradicción el instrumento
y no la meta.
Puede no haber
"fines" técnicos de la vida; puede no haber sino
"medios" técnicos. Los fines pertenecen siempre
a otro dominio, al del espíritu. Sin embargo, los medios
se sustituyen a menudo; pueden hasta volverse en provecho suyo
hasta en el seno de la vida, aunque el alcance de ésta
puede ser completamente disfrazado, hasta borrado de la conciencia
del hombre. Y es lo que se produce en nuestra época en
proporciones gigantescas.
Ciertamente,
para el sabio que se entrega a investigaciones científicas,
para el ingeniero que se dedica a sus trabajos, la técnica
puede convertirse en el contenido y la meta de la vida; desde
entonces ella adquiere, como modo de conocimiento y acto creador,
un carácter espiritual y se relaciona con la vida del espíritu.
Pero esta transmutación de los medios en razón de
ser de la vida, puede designar también un aminoramiento
y una extinción del espíritu y a eso llega ella
con mucha frecuencia.
Por su propia
naturaleza el útil técnico es heterogéneo,
tanto para el que se sirve de él, como para el que le sirve:
es heterogéneo al hombre, al espíritu y al sentido.
Y esto es lo que determina el papel trágico de la técnica
en la vida humana. La definición del hombre como un homo
faber, es decir, como un ser que construye útiles, definición
tan difundida en la historia de las civilizaciones, atestigua
ya esta sustitución total de los fines mismos de la vida.
El hombre es indiscutiblemente un ingeniero, pero ha creado su
oficio en vista de fines que le trascienden.
La Paradoja Fundamental
Podemos relacionar
a esto lo que decimos sobre la concepción materialista
de la historia en Marx: la economía social es, sin duda,
una condición indispensable de la vida; sin base económica
no hay ni vida espiritual ni vida intelectual, ninguna ideología
es posible; pero el objetivo y el sentido de la vida humana no
podrían estar contenidos en este fundamento, por indispensable
que sea. Lo que se impone a nosotros como una potencia, por su
urgencia y su necesidad, no es necesariamente preciso. Y recíprocamente,
lo que está en la cúspide de al escala jerárquica
de los valores no goza por esto de una fuerza particular. Se podría
decir que la cosa más poderosa en nuestro mundo, es la
materia grosera, pero es también la que tiene menos valor;
y mientras el menos fuerte en nuestro mundo pecador parece ser
Dios, crucificado por este mundo, es Él precisamente el
que representa el valor supremo. Tampoco en razón de una
superioridad última goza la técnica de tal prestigio.
Nos hallamos
ante la paradoja fundamental siguiente: de una parte,. no hay
cultura sin técnica, puesto que los propios orígenes
de la cultura se le relacionan, y de otra parte, el triunfo definitivo
de la técnica pone un cebo a la declinación de la
cultura. Dos elementos coexisten siempre en la cultura: el elemento
técnico y el elemento orgánico; y la victoria definitiva
del primero sobre el segundo señala la degeneración
de la cultura en algo que ya no lo es. El romanticismo, por ejemplo,
encarna la reacción del elemento natural y orgánico
de la cultura contra su elemento técnico; y en la medida
en que se levanta contra la conciencia clásica, se eleva
contra el predominio de la forma técnica sobre la naturaleza.
La vuelta a la naturaleza, eterno leit motiv de la historia de
la cultura, traduce el temor de ver a ésta perecer bajo
la dominación de la técnica, de ver desaparecer
la naturaleza integral del hombre. Porque la aspiración
a la integridad es también un rasgo característico
del romanticismo. El deseo de una vuelta a la naturaleza corresponde
al recuerdo del paraíso perdido y a la nostalgia que nos
invade por el hecho de que nos está prohibido el acceso
al Edén.
Los tomistas
franceses establecen una, diferencia entre actuar: Practon,
y hacer: Poiesis (Maritain: Arte y EScolástica);
es ésta, por lo demás, una antigua distinción
escolástica. "Actuar" equivale a ejercer libremente
sus fuerzas humanas, mientras que "hacer" no es más
que producir objetos, fabricarlos. En el primer caso, el centro
de gravedad se halla en el sujeto creador, en el segundo se ha
transferido a lo que se crea, al producto. La época técnica
exige del hombre la fabricación de un máximum de
productos al precio de un mínimum de esfuerzos. El hombre
se convierte en un medio de producción, en un útil
profesional; el objeto se ha levantado sobre él.
Se podrían
distinguir tres estadios en la historia de la humanidad: la época
natural y orgánica, la época de la cultura propiamente
dicha y la época técnico-mecánica. A cada
una de ellas corresponde una actitud particular del espíritu
hacia la naturaleza. En la primera, el espíritu está
sumergido en la naturaleza; en la segunda, se desprende de ella
y forma una esfera particular de espiritualidad; en la tercera,
por fin adquiere imperio sobre ella y llega a dominarla. Estas
tres fases no pueden ser contempladas como una sucesión
esencialmente cronológica; corresponden ante todo a tres
expresiones diferentes. El hombre perteneciente a la época
de la cultura, continúa, a pesar de todo, viviendo en el
mundo de la naturaleza, que, no ha sido creada por él,
que aparece creada por Dios. Está ligado a la tierra, a
las plantas y a los animales. La mística telúrica,
mística de la tierra, tuvo en todos los tiempos un papel
preponderante; se conoce actualmente el alcance de los cultos
de los vegetales y de los animales; algunos de sus elementos penetran
bajo una forma transfigurada hasta en el cristianismo.
Según
la creencia cristiana, el hombre ha salido de la tierra y debe
volver a ella. La cultura, en la época de su plena expansión
conservó gusto por la naturaleza. Le gustaban los jardines
y los animales, las flores, los parques sombríos y las
yerbas, los pájaros, todo se anudaba a ella. El hombre
de la cultura, aun cuando estuviese alejada de la naturaleza,
miraba todavía el cielo, las estrellas, las nubes que recorren
el espacio. La contemplación de las bellezas de la naturaleza
es hasta por excelencia un producto de la cultura. Se gustaba
considerar la cultura, el Estado, la vida genérica desde
un punto de vista orgánico, identificándolas a los
organismos vivos; su prosperidad aparecía en algún
modo como un proceso vegeto-animal. La cultura estaba nena de
símbolos, las imágenes del cielo aparecían
en ella bajo formas terrestres, los signos de otro mundo se reflejaban
en éste. Pero la técnica, permanece extraña
a los símbolos, no es idealista, no refleja nada, crea
una nueva realidad, todo en ella está presente. Sustrae
al hombre tanto a la naturaleza como al más allá.
Organismo y Organización
Nuestra tesis
descansa sobre la distinción entre el organismo y la organización.
El organismo nace de la vida cósmica y engendra a su vez;
quien dice nacimiento dice organismo: La organización,
al revés, no nace ni engendra. Resulta de la actividad
del hombre. Es creada pero no constituye una forma suprema de
creación. El organismo no es un agregado como el mecanismo,
no se compone, como él, de elementos, es integral. En él
el todo está presente en cada una de sus partes y él
las precede a todas.
El organismo
difiere del mecanismo en que crece y se desarrolla. Hay en él
una conformidad al objetivo que le es inherente; le ha sido dada
por el Creador o la Naturaleza y está determinada por el
predominio del todo sobre las partes. La organización tiene
otra conformidad al objetivo, que le ha sido insertada desde fuera
por el organizador. El mecanismo está compuesto en vista
de un fin determinado, pero no nace con una finalidad inherente.
Un mecanismo de reloj, por ejemplo, funciona en perfecta conformidad
con el resultado por alcanzar, pero este acuerdo depende del que
lo ha creado y armado. Todo mecanismo posee una fuerza de inercia
que puede actuar sobre el organizador y aún esclavizarlo.
La historia
nos muestra que hubo cuerpos organizados conforme a los organismos
vivos. Así, el orden patriarcal, la economía natural
representaban a menudo cuerpos orgánicos, y como tales,
nos parecían eternos. No se consideró generalmente
el orden como una creación del hombre, sino como la de
la naturaleza y la del Creador. Se creyó durante mucho
tiempo en la existencia de un orden de la naturaleza a la vez
objetivo e inmutable, al cual la vida humana debía corresponder
y adaptarse. Se atribuyó, por decirlo así, a.lo
natural un carácter normativo; en otros términos,
lo que le era conforme parecía ser justo y bueno. Para
el griego antiguo y el hombre de la Edad media, existía.
un cosmos inmutable, un sistema jerárquico, un "ordo"
eterno; existía para Aristóteles como para Santo
Tomás de Aquino. La misma noción del orden inmutable
de la naturaleza está ligada al principio de la teología
objetiva. Y he aquí que la técnica, bajo la forma
en que triunfa ya al fin del siglo XVIII, destruye la fe en este
orden eterno, y esto de una manera infinitamente más brutal
y más profunda que el evolucionismo.
El evolucionismo
reconoció las transformaciones, pero únicamente
aquellas que se producen en la antigua realidad natural. Salido
de las ciencias biológicas, contempla al propio progreso
como un proceso orgánico. Pero nosotros no vivimos en el
siglo de las ciencias biológicas; vivimos en el siglo de
las ciencias físicas, en el siglo de Einstein y no en el
de Darwin. Las ciencias físicas son menos favorables a
la concepción orgánica de la naturaleza que las
ciencias biológicas. La biología misma era "mecanista"
en la segunda mitad del siglo XIX, pero favorecía la noción
orgánica en otros dominios, sobre todo en la sociología.
El naturalismo, tal como se formó hacia fines del siglo
anterior, reconocía la evolución de la naturaleza,
pero, para él, ésta se cumplía, según
su orden eterno. Por esto es que él se mantenía
particularmente en el principio de las leyes naturales, principio
al cual la ciencia contemporánea concede mucha menos importancia.
La nueva realidad de la naturaleza, que nos descubre la técnica
contemporánea, no es de ningún modo un producto
de la evolución: es el resultado de la ingeniosidad y de
la actividad creadora del hombre mismo, resultado no de un proceso
orgánico, sino de un proceso organizador. He aquí
en qué reside el sentido y el alcance de toda la época
técnica. La dominación de la técnica indica
ante todo el paso de la vida orgánica a la vida organizada,
el paso de la vida vegetal a la vida constructiva.
Desde el punto
de vista de la vida orgánica, la técnica corresponde
a una desencarnación, a una ruptura que se efectúa
en el interior de los cuerpos históricos, a una escisión
entre la carne y el espíritu. La técnica crea un
orden nuevo: suscita en adelante cuerpos organizados. Y la nueva
realidad que surge es una creación del hombre; resulta
de la irrupción del espíritu en la naturaleza y
de la inserción de la razón en los procesos cósmicos.
La Rebelión de la Criatura
La tragedia
reside en el hecho de que la criatura se rebela contra su creador
y rehusa obedecerle. Es allí donde yace el misterio del
pecado original y lo volvemos a hallar en el curso de toda la
historia de la humanidad. El espíritu prometeico en el
hombre, no llega a dominar la técnica que él mismo
engendrara, no puede llegar a agotar estas energías nuevas
que ha desencadenado. Observamos este fenómeno en todos
los procesos de racionalización, en cuanto la máquina
suplanta al hombre. La técnica sustituye al elemento
orgánico irracional, el elemento racional organizado. Pero
de ello resultan nuevos fenómenos irracionales en la vida
social. Así es como la racionalización de la industria
engendra la desocupación, la calamidad de nuestra época.
La sustitución de la máquina al esfuerzo secular
del trabajo humano corresponde a una conquista positiva, que habría
debido aniquilar la esclavitud y la miseria. Pero la máquina
no obedece a las exigencias del hombre, ella dicta sus propias
leyes.
El hombre
dice a la máquina: "Te necesito para hacer más
fácil mi vida, para desarrollar mi poder", y la
máquina le responde: "Yo nada tengo que hacer contigo,
vete y revienta". El sistema de Taylor presenta una forma
extrema de la racionalización del trabajo, pero coloca
al hombre en el nivel de una máquina perfeccionada. La
máquina quiere que el hombre adopte su imagen y semejanza.
Pero el hombre ha sido creado a imagen de Dios y no puede reflejar
otra sin dejar de existir. La organización ligada a
la técnica supone un sujeto organizante que no puede ser
transformado en máquina; sin embargo, esta organización
tiende precisamente a hacer de él un mecanismo. El espíritu
que crea la técnica y la máquina no puede ser tecnizado
y mecanizado a fondo; guardará siempre un principio irracional.
Pero la técnica quiere servilizar este espíritu,
quiere racionalizarlo, transformarlo en autómata.
Aquí
se traba una lucha titánica entre el hombre y la naturaleza
que él mismo ha tecnificado. El hombre ha vivido desde
luego bajo la dependencia vegeto-animal de la naturaleza y no
se ha libertado de ella sino para volver a caer bajo la sujeción
de una nueva naturaleza, esta vez tecno-mecánica. Allí
es donde reside todo lo trágico del problema. El organismo
psico-físico del hombre fue elaborado en otro mundo y estaba
adaptado a esta antigua naturaleza vegeto-animal. Y el hombre
no ha podido todavía plegarse a las exigencias impuestas
por la técnica y la máquina; no sabe siquiera si
le será posible respirar en esta atmósfera electrizada
y radioactiva, si será capaz de vivir en esta nueva realidad
fría y metálica, desprovista de todo calor animal.
Ignoramos todavía cuánto puede sernos nociva esta
atmósfera creada por nuestros propios descubrimientos e
invenciones; algunos médicos afirman que es peligrosa,
hasta mortal. El organismo humano aparece sin defensa ante las
propias invenciones del hombre. Y la ingeniosidad que despliega
este último para crear instrumentos de destrucción
sobrepasa en mucho su ingeniosidad en materia de técnica
médica o curativa. Así ha sido más fácil
descubrir gases asfixiantes que hallar un tratamiento para el
cáncer o la tuberculosis. Los misterios de la vida orgánica
son infinitamente más difíciles de penetrar que
los de la vida inorgánica donde, con paso tranquilo, nosotros
penetramos en el país de las maravillas
II. UNA NUEVA REALIDAD
El reino de la técnica y de la máquina nos muestra
una nueva realidad que no había sido prevista por la clasificación
de las ciencias y que no tiene ninguna analogía con la
realidad mecánica y físico-química. No la
discernimos sino a través de la historia y de la civilización
y no a través de la naturaleza. Sólo en última
instancia se desarrolla en el proceso cósmico como resultante
de una compleja evolución. social; no emerge sino en las
propias cúspides de la civilización, aunque en ella
actúan fuerzas que son de naturaleza mecánica, física
y química. El arte crea, también, una nueva realidad
que no existe en la naturaleza. Se podría decir que las
imágenes o los héroes de la creación artística
como Don Quijote, Hamlet, Fausto, Mona Lisa de Vinci, o una Sinfonía
de Beethoven, encarnan igualmente nuevas realidades qué
tienen sus propias existencias, sus propios destinos. Estas realidades
actúan sobre la vida humana engendrando las mas graves
consecuencias. Pero mientras la realidad que se manifiesta en
el arte reviste un caracter simbólico, la que crea la técnica
esta totalmente desprovista de él.
Todas estas
metamorfosis provocadas por la técnica no dejan de reaccionar
sobre el arte que sufre a su turno su contragolpe. El cinema,
que suplanta cada vez mas al teatro y cuya influencia es fabulosa,
es una prueba de ello. Pero él mismo no existe sino gracias
a descubrimientos técnicos prodigiosos, gracias particularmente
a los que se efectúan en el dominio de la luz y del sonido
y que los hombres de épocas anteriores habrían tenido
por milagros auténticos. El cinema se hace dueño
de espacios que eran inaccesibles al teatro, subyuga el océano,
el desierto, la montaña, como también subyuga el
tiempo. Por intermedio del film y de la radio, el actory el cantor
se dirigen no ya al auditorio restringido del teatro, a un número
limitado de individuos reunidos en un sitio determinado: se dirigen
a las grandes muchedumbres de todas partes del mundo. Y podemos
decir que estos instrumentos, que sirven a veces a fines tan nefastos
como vulgares, son al mismo tiempo los más poderosos medios
de unión de la humanidad. El cinema es una de las mejores
pruebas de esta fuerza de realización inherente a la técnica
contemporánea. Pero la nueva realidad que no hace entrever
y que transforma radicalmente nuestra noción de espacio
y de tiempo, es una creación del hombre, de su espíritu,
de su razón y de su voluntad. Es una realidad no espiritual
o psíquica, sino más bien supra-física. Porque
existe efectivamente una esfera supra-física como existe
una esfera supra-psíquica.
La técnica
tiene un alcance cosmogónico, por eso es que se crea un
nuevo cosmos. Lafitte, en su libro reciente "Reflexiones
sobre la Ciencia de las maquinas", sugiere que existen paralelamente
a los cuerpos orgánicos e inorgánicos, cuerpos organizados,
que corresponden al reino de las maquinas. Este reino constituye
a decir verdad, una nueva categoría del ser. Su aparición
está estrechamente ligada a la distinción que se
afirma entre lo orgánico y lo organizado. Sería
cometer un error relacionar la máquina al mundo inorgánico
so pretexto de que ella está constituida con elementos
sacados de la realidad mecánica, física o química.
En la naturaleza inorgánica no existen máquinas;
no las encontramos sino en el mundo social. Al revés de
los cuerpos orgánicos, los elementos organizados no aparecen
antes que el hombre, sino que surgen después de su llegada
y nos vienen de él. El hombre ha sabido "llamar
a la vida" una nueva realidad, revelándonos de este
modo su potencia, su vocación creadora y dominatriz en
este mundo, pero denunciándonos también su debilidad,
su tendencia a caer en la esclavitud. La máquina tiene
un sentido no sólo sociológico, sino también
cosmogónico y plantea con acuidad inusitada el problema
del destino del hombre en la sociedad y el cosmos. Es el problema
de las relaciones del hombre y de la naturaleza, del individuo
y de la sociedad, del espíritu y de la materia, de lo irracional
y de lo racional.
El Problema Espiritual
Es curioso
que no se haya pensado todavía en crear una filosofía
de la técnica y de la máquina. Existen ya muchas
obras que tratan de este tema; el camino está pues abierto,
pero lo esencial falta. En otros términos, no se ha contemplado
todavía la máquina como un problema espiritual,
como un factor del destino humano. No ha sido considerada sino
desde fuera, en su proyección social, mientras que vista
por dentro se convierte en el tema de la filosofía de la
existencia humana (Existenzphilosophie). ¿Puede
el hombre existir únicamente en el antiguo cosmos físico
y orgánico que parecía eterno o puede vivir también
en otro, hasta ahora desconocido? El cristianismo, al cual está
ligado el destino del hombre, se halla ante un nuevo universo
y no ha comprendido todavía el sentido de este acontecimiento.
De esta comprensión
depende la elaboración de una fIlosofía de la técnica,
ya que el problema debe ser resuelto en la experiencia espiritual
antes de serIo en el conocimiento filosófico. Por lo demás
siempre ocurre así, aun cuando el conocimiento filosófico
no tenga conciencia de ello.
¿Qué
significan la época técnica y el advenimiento de
un nuevo cosmos en el destino del hombre? ¿Anuncian la
materialización y la muerte de la espiritualidad o puede
dárseles otra significación? La ruptura entre el
espíritu y la antigua vida orgánica, la mecanización
de la vida aparecen como si debieran ser el fin de la espiritualidad
en el mundo. Nunca todavía el materialismo había
sido tan poderoso. El hacinamiento del espíritu y de los
cuerpos históricos era considerado como un orden, eterno,
y para muchos de nosotros él espíritu, cuando ha
sido escindido de la carne, desaparece; la época técnica
parece acarrear efectivamente la muerte de muchas cosas. La experiencia
soviética produce, bajo este particular, una impresión
singularmente angustiosa. Su originalidad consiste menos en una
tecnización - los Estados Unidos han ido más lejos
y es poco probable que Rusia alcance de súbito su vertiginoso
ritmo; - consiste sobre todo en este fenómeno espiritual
que se manifiesta respecto de la construcción técnica.
Allí es donde es preciso discernir efectivamente una nueva
realidad, el advenimiento de un nuevo tipo espiritual. Y es este
fenómeno precisamente el que engendra en nosotros tal angustia.
La técnica
y la economía pueden por sí mismas seguir neutrales,
pero la actitud que el espíritu adopta a su propósito
se convierte ineluctablemente en un problema espiritual. Parece
a veces que vivimos en la época de un predominio definitivo
de la técnica sobre la cordura tomada en el sentido antiguo
y noble de la palabra. La tecnización del espíritu
y de la razón puede acarrear su aniquilamiento. La escatología
cristiana liga la transfiguración de la tierra y del mundo
a la acción del espíritu divino, mientras que la
escatología técnica aspira a señorear la
tierra y el universo, a dominarlos por medio de instrumentos mecánicos.
Definidas estas dos posiciones, el problema de la significación
de la época técnica, desde el punto de vista cristiano
y espiritual, puede a primera vista parecernos muy simple. Pero
no es así en realidad. La técnica en cuanto a su
alcance, comporta, como todo en este mundo, una extraña
dualidad. Arranca al hombre a la tierra; rechaza brutalmente toda
mística telúrica. El actualismo y el titanismo que
le son inherentes son diametralmente opuestos a toda condición
de existencia pasiva y vegeto-animal en el seno de nuestra madre
tierra, Magna Mater: destruyen el bienestar y el calor
de la vida orgánica que se agazapa contra ella. Debemos
ver el sentido de la época técnica, su sentido religioso,
ante todo en el hecho de que ella cierra el período telúrico
de la historia, en que el hombre estaba determinado por la tierra,
no sólo en el sentido físico sino también
en la significación metafísica de la palabra.
La técnica
lleva al hombre a concebir la tierra como un planeta, le da una
noción que de él no tenía antes. Ahora bien,
la vida del hombre difiere sensiblemente según si siente
bajo él la profundidad, la seguridad, la santidad, el misterio
de la tierra, o si la considera como una planta rodeada de innumerables
mundos, que se mueve en el infinito y que puede abandonar a su
antojo para volar en el espacio y transportarse hasta la estratosfera.
Esta modificación
sufrida por nuestra conciencia se había ya producido, teóricamente
hablando, al comienzo de los tiempos modernos, cuando el sistema
de Copérnico hubo reemplazado el de Tolomeo, cuando la
tierra dejó de ser el centro del cosmos, cuando fue descubierta
al hombre la infinidad de los mundos. "El silencio eterno
de estos espacios infinitos me espanta", decía
Pascal. El cosmos antiguo y el cosmos medioeval, el de santo Tomás
de Aquino y de Dante, habían desaparecido. Estimándose
lesionado por la pérdida de este cosmos, en el cual ocupaba
un sitio jerárquico y donde se sentía rodeado de
fuerzas supremas, el hombre trata de indemnizarse, de hallar un
punto de apoyo al transferir el centro de grave!dad al yo, al
sujeto. Y la filosofía idealista de la nueva historia
es una expresión de esta necesidad de compensación.
Pero la técnica goza de una inmensa fuerza de realización
y nos hace sentir de una manera aguda la destrucción definitiva
de este antiguo cosmos que tenia a la tierra por centro.
Todo esto
revoluciona el modo de vida del hombre contemporáneo y
le acarrea consecuencias llenas de dualidad y de contradicciones.
Porque si el hombre se amedrenta ante la infinidad de los espacios
y de los mundos, si, comprendiendo que ha dejado de ser el centro
de este universo para ser reducido al estado de una pelusa ínfima,
se siente humillado y perdido, la potencia de la técnica
que trae consigo un titanismo humano le da también el sentimiento
de su propia grandeza, le comunica la esperanza de poder dominar
un día el universo infinito. En efecto, es la primera vez
que el hombre se convierte en señor y dueño de la
tierra, hasta del universo entero. Desde entonces su actitud frente
al tiempo y al espacio se transforma radicalmente. De miedo de
ser aplastado por ellos, el hombre se apelotonaba antes contra
su madre la tierra; pero ya no teme alejarse ahora que comienza
a dominar estos elementos. Si el hecho de que pueda prescindir
de la solicitud y de la protección maternas atestigua su
madurez, significa también, para él, una lucha más
ruda de sostener, compensación de los beneficios prodigados
por la técnica. Porque la máquina presenta siempre
dos rasgos divergentes: por una parte asegura las comodidades
y el confort, por otra parte exige austeridad y temeridad.
La antigua
cultura bajo sus formas más perfectas, no abarcaba sino
un espacio restringido y un número de hombres limitado.
Así ocurría con la cultura de la Grecia antigua,
con la del Renacimiento en Italia, con la de Francia en el siglo
XVII, o de Alemania a comienzos del siglo XIX. Y es preciso ver
allí el Índice de su principio aristocrático,
de su principio de selección cuantitativa. Pero colocada
ante las masas, se siente súbitamente imponente porque
no posee métodos que le sean apropiados. La técnica
domina inmensos espacios, innumerables poblaciones; su soberanía
hace todas las cosas universales. Allí reside el alcance
sociológico de la era técnica, cuyo principio es
esencialmente democrático y cuyo rasgo específico
es la socialización. Todos los colectivos que vivían
una vida orgánica en las antiguas culturas, allí
se organizan. La vida vegetativa, que había recibido una
sanción religiosa, no exigía la organización
de las masas en el sentido moderno de la palabra. El orden, y
aún un orden muy estable, se mantenía orgánicamente.
La técnica da al hombre de hoy el sentimiento de un inmenso
poder, y al mismo tiempo es ella el producto de la voluntad de
potencia y de la expansión. Este deseo de expansión,
que ha engendrado el capitalismo europeo, invita a las masas populares
a tomar parte en la vida histórica. El antiguo orden orgánico
se cuartea, y una nueva forma de organización creada por
la técnica, se impone necesariamente.
La Reacción Romántica
Ciertamente,
esta nueva forma de existencia que presenta la vida de las masas
organizadas, esta tecnización, destruye la belleza de la
cultura antigua, la individualización, la originalidad;
todo se hace uniformemente colectivo. en ella, todas las cosas
están fabricadas conforme un solo gálibo y pierden
así la impronta de la personalidad. Es la era de la
producción en serie,de la producción anónima.
Y no sólo el lado externo y plástico de la vida
se halla desprovisto de individualidad, sino que la vida interior
y emocional sufre la misma suerte. También se comprende
fácilmente la reacción romántica contra la
técnica, la rebelión de Ruskin y de Tolstoy, que
fue inspirada por motivos tanto estéticos como morales.
Pero una condenación de este género de la técnica
es impotente y no puede en consecuencia ser seguida. No lleva
en definitiva sino a la defensa de sus formas primitivas y atrasadas
sin ser su negación total.
Nos hemos
reconciliado todos con la máquina de vapor y el ferrocarril,
olvidando que hubo un tiempo en que ellos también provocaron
recriminaciones y protestas. Podemos negar las ventajas de un
viaje en avión, pero utilizamos el ferrocarril y el automóvil;
podemos no gustar del metropolitano, pero tomamos con gusto el
tranvía; podemos no admitir el cine parlante, pero apreciamos
el mudo, etc. Estamos inclinados a idealizar las antiguas épocas
culturales que ignoraban la máquina, y esto es muy comprensible
en nuestra vida falsificada y aplastante.
Pero nos olvidamos
de que la vida de antes estaba ligada a una terrible explotación
del hombre y del animal, ligada a la esclavitud y al servilismo;
olvidamos que la máquina puede ser un instrumento de liberación
de este estado de servidumbre. Esta dualidad del pasado está
expresada admirablemente en la poesía de Puchkin La
aldea. El gran poeta describe allí el encanto inefable
de la campiña rusa, cuando súbitamente recuerda
que tiene como contra figura la servidumbre de los hombres y una
atroz iniquidad. El problema de la idealización del pasado
nos pone en presencia de la paradoja del tiempo: el pasado tal
como nos ha seducido fue libertado y purificado por nuestra imaginación
creadora de todo lo que traía de fealdad y de injusticia.
No nos gusta, a decir verdad, sino lo que comunica con la eternidad.
Pero este "pasado" no ha existido nunca en el pasado
ya que todo pasado no es sino una parte integrante de nuestro
presente. En el mismo pasado había otro presente que también
tenía fealdad e iniquidad. Y esto nos prueba precisamente
que no se puede amar sino lo eterno. No hay vuelta posible al
pasado y es inútil aspirar a ella; no podemos desear sino
la vuelta al pasado eterno, sin olvidar que no es eterno y libre
de las tinieblas sino por el acto creador y transfigurador del
recuerdo.
Es imposible
imaginarse una vuelta a la economía natural y al estado
patriarcal, al reino de la economía agrícola y del
artesanado, como soñaba Ruskin. Esta posibilidad no se
ofrece al hombre; él debe cumplir su destino. Las colectividades
de hoy, llamadas a desempeñar su papel en la historia,
exigen nuevas formas de organización y una transformación
incesante de los instrumentos de producción. Pero lo que
llamamos actualmente "la era técnica" no es ya
una era eterna. La época de su extraña dominación
sobre el alma humana tendrá fin; éste no será
la negación de la técnica sino la subordinación
de esta última al espíritu. El hombre no puede quedar
clavado en la tierra, no puede depender de ella en todas las cosas,
pero tampoco puede separarse de ella definitivamente para irse
a vivir en el espacio... Conservará ciertos lazos con ella,
como conservará la economía agrícola, sin
la cual no puede existir. No es dado al hombre reintegrarse al
jardín del paraíso antes del fin y la transfiguración
del mundo, pero el recuerdo y la nostalgia del Edén subsistirán,
como subsistirán siempre los reflejos del paraíso
en la naturaleza, en los jardines y las flores, en el arte. Es
preciso ver en este lazo interior, que liga al hombre con el alma
de la naturaleza, otro aspecto de sus relaciones con ella. La
supresión de este lazo por la actualidad técnica
desfigura no sólo la naturaleza, sino también al
hombre.
No se puede
pensar en el porvenir de la humanidad como una cosa integral.
Será hecho de una multiplicidad de contradicciones. Conoceremos
grandes reacciones contra la técnica y la máquina,
vueltas a la naturaleza original, pero mientras el hombre siga
su camino terrestre, nunca la máquina y la técnica
serán aniquiladas.
III.
EL VERDADERO PELIGRO DE LA TÉCNICA
¿Cuál es el peligro más grave a que la máquina
expone al hombre?
No creemos
que sea el que amenaza el espíritu y la vida espiritual.
La máquina y la técnica atacan a la vida psíquica
del hombre y sobre todo a su vida emocional y sentimental. El
elemento psico-emocional está escondido en la civilización
contemporánea. Sí es posible decir que la antigua
cultura ponía en peligro el cuerpo humano que ella despreciaba,
abrumaba y dejaba debilitar, parece que la civilización
mecano-técnica sea ante todo fatal al alma. El corazón
soporta mal el contacto helado del metal. No hay duda que
los procesos de deterioro de este núcleo del alma, sin
índices de nuestro siglo. El corazón, como órgano
integral de la vida misma, falla en los más grandes escritores
franceses de la época, sobre todo en Proust y en Gide.
Parece que asistimos a su desintegración en elemento intelectual
y elemento puramente sensual. Keyserling tIene perfecta razón
al señalar la destrucción del orden emocional por
la civilización mecánica y al reclamar su restauración.
La máquina asigna golpes temIbles a la concepción
y al ideal humanistas del hombre y de la cultura. Por su propia
naturaleza ella es anti-humanista.
La técnica
tiene una concepción de la ciencia diametralmente opuesta
a la del humanismo, y entra en conflicto con la concepción
que éste tiene de la integralidad humana. Aquí todavía
tocamos el problema de la altura por tomar con respecto al alma.
Si sugerimos que la técnica es menos peligrosa para el
espíritu que para el alma, lo que puede asombrar a primera
vista, es porque en realidad la época en que nosotros vivimos
es a la vez la de la técnica y la del espíritu.
El sentido religioso de la técnica contemporánea
reside precisamente en que ella coloca toda la vida bajo el signo
del problema espiritual, en que ella exige una espiritualidad
intensa, y puede, por esto mismo, llegar a una espiritualización.
La técnica
deja de ser neutral, por lo demás hace tiempo que ya no
lo es y que no es ya indiferente al espíritu y a sus problemas.
Y nada en suma puede permanecer neutral; si una cosa parece serIo,
no es sino en apariencia y sólo durante un tiempo. Si la
técnica tiene una acción mortal sobre el alma, suscita
por lo demás una poderosa reacción del espíritu;
si el alma entregada a sí misma se ha mostrado débil
y sin defensa ante la fuerza creciente de la técnica, el
espíritu puede, por lo contrario, afirmar su supremacía.
La técnica hace del hombre un cosmiurgo.
Cuando se
las compara con las que la técnica ha colocado entre las
manos del hombre, las armas del pasado nos parecen juguetes de
niños. Y esto nos sorprende más particularmente
cuando consideramos la técnica de la guerra. Era imposible
aniquilar grandes ciudades, comprometer la existencia misma de
la cultura, por medio de los cañones, de los fusiles y
de los sables de que se disponía antes, porque su fuerza
destructiva era limitada y localizada; pero actualmente la técnica
proporciona toda las posibilidades para ello. En todos los dominios
delega al hombre un poder temible que puede convertirse en destructor.
Pronto sabios apacibles podrán operar transformaciones
no sólo de orden histórico sino también de
orden cósmico. Un puñado de hombres, poseedores
del secreto de las invenciones técnicas, tendrá
en la mano la suerte de toda la humanidad, eventualidad que se
puede imaginar fácilmente y que por lo demás Renan
había previsto. Pero cuando el hombre adquiere una potencia
por la cual puede regir el mundo y aniquilar una parte de la humanidad
así como su cultura, entonces todo depende de su estado
espiritual y moral, de los fines a los cuales destina esa fuerza,
del espíritu que le anima. El problema de la técnica
se convierte pues en última instancia en un problema espiritual
y religioso, cuya solución va a decidir de la suerte de
la humanidad.
Los prodigios
de la técnica, cuya dualidad no debemos olvidar nunca,
exigen una intensidad espiritual infinitamente mayor que la de
las épocas culturales del pasado. La espiritualidad del
hombre no puede conservar ya un carácter órgano-vegetal.
Estamos colocados ante la necesidad de un nuevo heroísmo,
a la vez interior y exterior; no es ya el heroísmo militar
que toca a su fin, y que no existió ya, por decirlo así,
en la última. guerra, sino este nuevo heroísmo que
exige de nosotros la técnica y cuyas manifestaciones vemos
diariamente. Es el de los sabios obligados a abandonar sus gabinetes
de trabajo y sus laboratorios; el que exige la ascensión
a la estratosfera o la exploración en las profundidades
del océano, el de los vuelos audaces y de los combates
con los elementos desencadenados. Los actos del heroísmo
humano se transportan a las esferas cósmicas. Pero la fuerza
exigida ante todo del hombre es la fuerza espiritual que le impedirá
estar esclavizado a la técnica y ser aniquilado por ella.
En cierto sentido se puede decir que ésta es para él
una cuestión de vida o de muerte.
A veces una
terrible utopía visita nuestro espíritu. Parece
que pudiese venir un tiempo en que las máquinas, que habrían
alcanzado la perfección, funcionarían por sí
mismas y obtendrían el máximo rendimiento; las usinas
fabricarían productos con una celeridad vertiginosa; los
automóviles y los aeroplanos se disputarían la velocidad,
la radio propagaría las música en todo el universo
y reproduciría los discursos de los grandes hombres difuntos.
En cuanto a los últimos hombres, antes de transformarse
ellos mismos en máquinas, habrían desaparecido,
a causa de su inutilidad y porque la respiración y la circulación
de la sangre se habrían hecho imposibles. La naturaleza
estaría entonces sometida a la técnica, y la nueva
realidad, creada por ésta, permanecería en la vida
cósmica. Pero no habría ya hombres, no habría
vida orgánica. En última instancia, depende del
grado de fuerza espiritual del hombre que escape a este terrible
destino o que tenga que sufrirlo. La potencia exclusiva de la
técnica y de la máquina nos lleva precisamente hacia
este límite: el no-ser en la perfección técnica.
Es imposible
tolerar la autonomía de la máquina, dejarle una
completa libertad de acción. Debe estar subordinada al
espíritu y a los valores espirituales, como por lo demás
todo debe estarlo en la vida. Pero el espíritu humano no
llegará a cumplir esta obligación grandiosa si no
se deja de estar aislado, si no cuenta más que consigo
mismo como único punto de apoyo, si no se une a Dios. Sólo
con esta condición subsistirán en el hombre la imagen
y la semejanza divinas, es decir, que el ser humano subsistirá.
Allí se manifiesta la oposición irreductible que
existe entre la escatología cristiana y la escatología
técnica.
IV. LA TÉCNICA Y EL ALMA
El poder de la técnica en la vida humana conduce a una
transformación radical del carácter mismo de la
vida religiosa, y esto, reconozcámoslo, para su mayor bien.
En nuestra
era de la máquina la antigua forma de la religión,
a la vez convencional, hereditaria y condicionada por la sociedad,
desaparece de día en día. El sujeto religioso se
modifica; se siente menos ligado a las tradiciones sociales, al
modo de existencia vegeto-orgánica. La época
técnico-mecánica exige un cristianismo más
interior y espiritual, exige libertarse de las hipnosis sociales.
Allí hay un proceso inevitable. Es por decirlo así
imposible conservar en nuestro mundo moderno una forma de religión
determinada por influencias hereditarias, nacionales, familiares
y sociales. La vida religiosa se hace más personal, se
origina de una dolorosa experiencia, está determinada por
el espíritu. No es éste un individualismo religioso,
porque la comunión en la Iglesia no es de naturaleza social,
sino espiritual.
Sin embargo,
el poder de la técnica puede engendrar consecuencias fatales
para la vida espiritual y religiosa. Porque si, gracias a la máquina,
el hombre llega efectivamente a señorear el tiempo, el
actualismo técnico le somete también a su aceleración
precipitada. En esta cadencia frenética nada de detención
sobre el instante, sobre el Augenblick (en el sentido que
le dio Kierkegaard), que tendría un valor en sí,
porque se evadiría del tiempo para comulgar con la eternidad.
Cada instante debe ser reemplazado lo más rápidamente
posible por el que sigue, todos están arrastrados por el
correr del tiempo, y por consiguiente desaparecen. El instinto
fugitivo es vacío en sí mismo; no trae consigo nada
más que una orientación sobre el minuto que debe
seguir. Pero tal dominio del tiempo, obtenido por la velocidad,
corresponde a una servidumbre. Y esto significa que el actualismo
técnico destruye la eternidad y obstaculiza más
y más el impulso humano hacia ella. El hombre carece
de tiempo para la eternidad.
Esto no quiere
decir que debemos ver la eternidad sólo en el pasado y
considerarla aniquilada por el porvenir. El pasado no pertenece
más a la eternidad que el porvenir; uno y otro forman parte
del tiempo. En ellos, como en todos los tiempos, hay siempre una
posibilidad de evasión hacia la eternidad, hacia el instante
que tiene un valor en sí. El tiempo obedece a la velocidad
de la máquina pero no está por esto ni sobrepujado
ni vencido.
Y el problema
que se plantea para el hombre es el que consiste en saber si él
podrá, sí o no, conservar la posibilidad de estos
instantes de contemplación, contemplación de la
eternidad, de la Divinidad, de la belleza. El actualismo comporta
una verdad, porque el hombre tiene indiscutiblemente una vocación
activa. Pero es igualmente un ser apto a la contemplación
y ésta contiene un elemento que determina su "yo".
En ella, es decir, en la actitud del hombre frente a Dios, hay
un acto creador. El planteamiento de este problema aumenta en
nosotros la certidumbre de que todo el malestar de nuestra civilización
se debe a la desproporción que existe entre nuestra estructura
psíquica, heredada dé épocas anteriores y
esta nueva realidad técnica a la cual no podemos escapar.
El alma humana no puede soportar esta inverosímil rapidez
de vida que exige de ella la civilización moderna y que
tiende a hacer del hombre una máquina. También este
proceso es profundamente doloroso.
El hombre
moderno trata de fortificarse por el deporte; lo utiliza para
luchar contra la regresión antropológica. Y no se
podría negar el valor positivo del deporte, que nos vuelve
a la actitud de la Grecia antigua frente al cuerpo humano. Sin
embargo, si no está subordinado a la idea de la integralidad
humana, puede él también degenerar en una destrucción
del hombre, puede engendrar una deformidad en lugar de una armonía.
La civilización
técnica, por su mismo principio, es impersonalista. Exige
del hombre una actividad, pero se opone a lo que sea una personalidad.
También la individualidad consciente tiene un trabajo extremo
para mantener sus derechos. La persona es en todas las cosas lo
opuesto a la máquina. Representa ante todo la unidad y
la integralidad en la multiplicidad de las formas; fija por si
misma sus propios fines, no consiente en transformarse en parte
constitutiva, en medio,en útil. Pero esto es precisamente
lo que la sociedad tecnizada exige, ella hace todo para que el
hombre deje de ser una unidad y una integralidad, y por consiguiente
una personalidad. También nos hallamos al comienzo de un
temible conflicto entre la persona moral y la civilización
técnica, entre el hombre y la máquina. La técnica
es siempre impiadosa con respecto a todo lo que vive, a todo lo
que existe. Y esta propiedad que ella ignora es la que limitará
su soberanía en la vida.
El maquinismo,
que triunfa en la civilización capitalista, trastorna ante
todo la tabla de los valores. Por esto, limitar su poder es restablecer
esta jerarquía. Este problema no puede ser resuelto por
una vuelta a la antigua estructura psíquica y a la realidad
orgánica. Sin embargo el carácter de la civilización
técnica y las consecuencias que se derivan para el hombre
son insoportables no sólo para la conciencia cristiana,
sino para la conciencia humana;. son incompatIbles con nuestra
dignidad de hombres. El ser humano está llamado a perpetuar
la creación, su obra es en cierto modo la del octavo día;
está destinado a ser el rey y el amo de la tierra. Pero
por una inexorable desviación de las cosas, la obra que
creó y a la cual está llamado, le esclaviza y le
desfigura. El hombre del pasado se consideró como eterno,
por tanto se comportaba como elemento eterno, no era nada por
sí mismo. Un nuevo hombre debe surgir; y la dificultad
consiste mucho menos en esclarecer sus relaciones con el que le
precedió que en definir su actitud frente al hombre eterno.
Lo eterno
en el hombre es imagen de Dios, que sola hace de él una
personalidad. Es preciso no creer que allí hay un estado
estático. La imagen de Dios en el hombre, como ser natural,
se revela y se afirma dinámicamente. Y esto no es otra
cosa que la lucha incesante librada contra el hombre antiguo en
nombre del hombre nuevo. Pero al creer sustituir su imagen a la
de Dios, el maquinismo no crea un hombre huevo, le destruye, le
hace desaparecer, le reemplaza por un ser diferente, cuya existencia
no es ya humana. Allí yace toda la tragedia del problema.
La máquina es creada por el hombre, y éste puede
con justo motivo hallarse orgulloso de esta expresión de
su fuerza y de su dignidad. Pero este orgullo se transforma imperceptiblemente
en humillación. En efecto, puede surgir un ser nuevo que
no tendrá ya nada de humano y esto no en razón de
que el hombre pertenece al viejo mundo y que todo nuevo mundo
debe inevitablemente no sólo transformarle, sino sustituirle
un ser diferente.
El hombre,
a decir verdad, se transformó en el curso de todo su destino
histórico; fue alternativamente "viejo" y "nuevo".
Pero en todas las épocas guardó contacto con la
eternidad y era esto lo que hacía de él un hombre.
Ahora, al romper definitivamente con la eternidad, para amarrarse
exclusivamente al mundo nuevo que debe señorear y dominar,
el nuevo hombre se deshumanizará, aunque de ello permanezca
inconsciente. Y nosotros asistimos ya a este proceso.
Se plantea la siguiente cuestión: ¿está o
no destinado el hombre a subsistir, no el viejo hombre que debe
necesariamente ser sobrepasado, sino el hombre liso y llano? Desde
que en el hombre apareció la conciencia de sí mismo,
aparición que nos es revelada en la Biblia y la Grecia
antigua, nunca todavía este dilema se había planteado
con tanta acuidad. El humanismo europeo creyó en los principios
eternos de la naturaleza humana. Esta fe le había sido
transmitida por el mundo greco-romano. El cristianismo cree que
el hombre es la creación de Dios, que lleva en sí
su imagen y que ha sido rescatado por el Hijo de Dios. Estas dos
creencias fortificaban en el hombre la noción dé
su universalidad. Hoy esta fe se ha derrumbado. El mundo no se
conforma con descristianizarse, sino que también se deshumaniza.
Allí está toda la gravedad del problema que erige
la potencia monstruosa de la técnica.
Una notable
tentativa de resolver este problema se debe al genial pensador
Nicolás Feodoroff, autor de 'La Filosofía de la
obra común'. Para él, como para Marx y Engels, la
filosofía no debe limitarse a conocer el mundo teóricamente,
sino que debe transformarlo activamente, debe ser proyectiva.
El hombre está llamado a subyugar las fuerzas cósmicas
de la naturaleza, que le traen la muerte, y a reglamentar, a ordenar
no sólo la vida social sino también la vida cósmica.
Feodoroff era un cristiano Ortodoxo y la base de su "opra común", que tenía
como meta la historia sobre la muerte y la vuelta a la vida de
todos los difuntos, era una base cristiana. Pero él creía
paralelamente en la ciencia y en la técnica, creía
en sus milagros y exhortaba a los hombres a realizarlos. Ciertamente
no los deificaba porque creía eh Dios y en el Cristo, pero
ellas eran para él los instrumentos supremos por medio
de los cuales el hombre puede triunfar de las fuerzas irracionales
y mortales de la naturaleza.
El ejemplo
de Nicolás Feodoroff presenta para nosotros un poderoso
interés porque la fe en el poder de la técnica se
unía en él a un espíritu radicalmente opuesto
al que predomina en nuestro siglo. Detestaba el maquinismo, detestaba
el capitalismo, creado por hijos pródigos que habían
olvidado a sus padres. Hay una semejanza formal con Marx y el
comunismo junto a un espíritu que está en la antípoda
de los de éstos. Feodoroff es uno de los escasos pensadores
cristianos, y acaso hasta el único, que haya sobrepasado
la concepción pasiva del Apocalipsis. El Apocalipsis es
la revelación de los destinos históricos del hombre
y del mundo, de su fin, de su salida final. Pero no debe ser comprendido
bajo el ángulo del determinismo y del fatalismo. El fin,
el juicio final y la condenación eterna de un gran número
no son en modo alguno fijados por una necesidad divina o natural;
no hay en ellos ninguna fatalidad. El hombre es libre, está
llamado a la actividad, al desenlace; por consiguiente depende
también de él. Las profecías apocalípticas
no tienen sino un carácter condicional.
Si los cristianos
no se unen en torno a la obra común destinada a sobrepasar
las fuerzas cósmicas, a vencer la muerte y a restablecer
la vida universal; si no crean un reino del trabajo cristianamente
espiritualizado, si no superan el dualismo de la razón
teórica y de la razón práctica, del trabajo
intelectual y del trabajo físico, no habrá verdad
cristiana. Si la cristiandad no realiza la fraternidad y el amor
en toda la plenitud de la vida, si no triunfa de la muerte por
las fuerzas conjugadas del amor cristiano y de la ciencia, entonces
llegarán el reino del Anticristo, el fin del mundo, el
juicio final y todo lo que se ha predicho en el Apocalipsis. Pero,
una vez más, todo esto puede no llegar si la "tarea
común" no es emprendida.
La escatología
de Nicolás Feodoroff difiere tanto de la escatología
cristiana corriente como de la escatología de la técnica
moderna, de la religión del maquinismo. El comunismo ruso
evoca más particularmente para nosotros el recuerdo de
Feodoroff, de este pensador tan poco conocido y apreciado en vida,
que formuló en toda su acuidad el problema religioso de
la técnica y de la actividad del hombre. La potencia de
la técnica está ligada al capitalismo de que ella
salió y cuya arma más poderosas la máquina.
El comunismo pide prestada a la civilización capitalista
esta hipertecnicidad y crea una verdadera religión de la
máquina que deifica como un tótem. Es indiscutible
que si la técnica creó el capitalismo, es ella quien
puede, la primera, contribuir a vencerlo y a sustituirlo por otro
régimen social más equitativo. Puede convertirse
en un factor importante en la solución del problema social.
Pero también allí todo depende del espíritu
que rija al hombre. El comunismo materialista subordina el problema
del hombre, en cuanto ser psíco-físico, al problema
de la sociedad: no es el hombre el que debe organizar la sociedad,
sino la sociedad quien debe organizar al hombre. La verdad es
lo contrario de esta afirmación. Al hombre corresponde
la primacía, y lucha por la organización de la sociedad
no sólo como individuo sino también en cuanto ser
social, y allí es donde se manifiesta su vocación
activa y creadora.
Individuos
heridos por la máquina afirman gustosos que ésta
desnaturaliza al hombre, que es la gran culpable. Semejante concepción
no es compatible con la dignidad humana. No es la máquina
creada por el hombre la responsable, y es dar prueba de mala fe
achacarle todos los daños.
Es al hombre
a quien le es preciso apoderarse de la terrible hegemonía
del maquinismo, él mismo ha disgregado su alma. El problema
debe ser traspuesto del exterior al interior. El mundo se deshumaniza,
y la máquina no es sino una proyección de este proceso.
Observamos, por ejemplo, una deshumanización de la ciencia
en la física moderna que estudia los rayos invisibles y
los sonidos imperceptibles, arrastrándonos, por sus prodigiosos
descubrimientos, más allá de los límites
habituales de la luz y del sonido. Así es como Einstein
nos permite franquear los límites tradicionales del mundo
espacial. Los nuevos descubrimientos de la física tienen
un sentido positivo y no son en nada responsables; al contrario;
testimonian el poder del conocimiento humano. La deshumanización
es un estado del espíritu humano, corresponde a su actitud
frente al hombre y al universo. Todo lleva nuevamente al problema
religioso y filosófico del hombre.
El hombre
puede ser absorbido por la infinitud cósmica que se revela
a él. El cristianismo le había libertado del poder
de este infinito en el cual estaba sumergido desde antes; le había
manumitido del compromiso de los espíritus y de los demonios.
Le había fortificado, le había, sustraído
a la dependencia de la naturaleza, para colocarle bajo la de Dios.
Pero llegado a las cúspides de la ciencia, de la civilización
y de la técnica, el hombre, libertado de la naturaleza,
se ha puesto a explorar por si mismo los misterios de la vida
cósmica que hasta ahora le habían permanecido impenetrables,
se ha puesto a descubrir la acción de esas energías
que dormitaban, en cierto modo, en las profundidades de la vida
natural. Y este hecho le coloca en una nueva. Y peligrosa situación
con relación a la vida cósmica. La capacidad
de organización demostrada por el hombre le desorganiza
interiormente. El cristianismo está colocado frente
a un nuevo problema. En efecto, para orientar al hombre en sus
relaciones actuales con el universo, supone una transformación
de la conciencia cristiana, en su concepción de la vocación
humana. No podemos contentarnos ya en adelante con la antropología
patrística, escolástica o humanística. El
problema de la filosofía antropológica se convierte
en el problema central del conocimiento. El hombre y la máquina,
el hombre y el organismo, el hombre y el universo: otros tantos
problemas relativos a la antropología filosófica
y religiosa.
En el curso
de su destino histórico, siempre trágico por lo
demás, el hombre pasó por diversos fases. Al comienzo
fue esclavo de la naturaleza y trabó una lucha heroica
para defender su independencia y su libertad. Creó la cultura,
los Estados, las unidades nacionales, las clases, .pero no tardó
en transformarse en su esclavo. Hoy entra en una era nueva: quiere
hacerse señor de las fuerzas sociales irracionales. Crea
una sociedad organizada y utiliza el progreso técnico para
reglamentar la vida y señorear definitivamente la naturaleza.
Pero, por una monstruosa perversión, se convierte de nuevo
en esclavo de lo que elabora, esclavo de esta máquina,
que la sociedad se ha hecho y en la cual él mismo degenera
insensiblemente.
Libertar al
hombre, subyugar el espíritu de la naturaleza y el de la
sociedad, este triple problema vuelve con aspectos siempre nuevos
y con una urgencia siempre creciente. No puede ser resuelto sino
por una conciencia que coloque al hombre por encima de la naturaleza
y de la sociedad, que coloque al alma humana sobre togas las fuerzas
sociales y cósmicas que deberán serIe sometidas.
Lo que liberte al hombre debe ser aceptado; lo que le esclavice
debe ser rechazado. Esta verdad concerniente al hombre, su dignidad
y su vocación es inherente al cristianismo aunque ella
no esté suficientemente manifiesta y haya sido a menudo
desfigurada.
El camino
de la liberación definitiva del hombre, de la realización
de su vocación es el camino que lleva al Reino de Dios,
que no es sólo el reino de los cielos sino también
el de la tierra y del universo transfigurados.