ENSAYOS

 

EL HOMBRE Y LA MÁQUINA

Nicolás Berdiaeff

 

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El hombre y la máquina
Nicolás Berdiaeff
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I. EL PROBLEMA SOCIOLÓGICO Y METAFÍSICO DE LA TÉCNICA

No me parece exagerado decir que el problema de la técnica se ha convertido en el problema del destino del hombre y de la cultura. En este siglo incrédulo, en el cual declinan no sólo la antigua fe religiosa sino también la fe humanista del siglo XIX, la única fe que el hombre de la civilización moderna conserva es aquélla con la cual rodea a la técnica, su potencia y su progreso indefinido. Y todo lo que ocurre en el mundo conspira a alimentar esta nueva creencia. La técnica representa el último amor del hombre que está listo, bajo la influencia de este amor, a modificar su propia imagen. Para poder creer, el hombre aspiraba a los milagros, no sin temer que no existiesen ya. Ahora bien, la técnica realiza bajo sus ojos auténticos prodigios. El problema de la técnica es uno de los más angustiosos para la conciencia cristiana, que no ha descubierto aún su valor y su significación.

Los cristianos adoptan,con respecto a la técnica dos actitudes diferentes, pero que una y otra nos parecen superficiales e incompletas. La mayoría de ellos considera la técnica como indiferente y neutra frente a la religión, como "el negocio" de los ingenieros. Ella acrecienta el bienestar, aporta perfeccionamientos en la vida de las personas, de los cuales se benefician sin duda también los cristianos, pero su dominio es un dominio particular que nada tiene que ver con su conciencia o con su espíritu, y que no les plantea ningún problema espiritual. En cuanto a los otros, sufren la técnica como un mal apocalíptico, aterrorizados por el poder sin cesar creciente que ejerce sobre la vida humana; ven en ella el triunfo del Anticristo, la Bestia surgida del abismo.

A decir verdad, el abuso del Apocalipsis es más peculiar a la ortodoxia rusa. Todo lo que desagrada, todo lo que destruye "lo habitual" y "lo convencional" se ve en seguida calificado de "triunfo del Anticristo", y anuncio del fin del mundo. Semejante solución del problema es un indicio de pereza, que tiene como origen un sentimiento de temor. Por lo demás, la primera actitud, que opta por la neutralidad, representa igualmente un menor esfuerzo porque se conforma con ignorar el problema.

La técnica puede ser comprendida, sea en un sentido extenso, sea en un sentido más restricto: tecnos significa a la vez industria y arte. Tecnaon quiere decir fabricar, crear con arte. No hablamos sólo de la técnica económica, industrial, militar, de una técnica que se relacione con la locomoción y la comodidad de la vida; hablamos también de la técnica del pensamiento y de la versificación, de la danza y del derecho, aun de la vida espiritual y del desenvolvimiento místico. Así la disciplina del Yoga corresponde a una técnica espiritual particular. Toda técnica nos enseña la manera de obtener el mejor resultado al precio del menor esfuerzo. Y allí está sobre todo el papel de la que rige nuestro siglo económico. Pero lo que caracteriza a este siglo es la preponderancia de la cantidad con relación a la calidad, que sí era inherente al trabajo del artesano en las épocas anteriores. Spengler en su nuevo opúsculo '"El hombre y la técnica" define la técnica como una lucha, pero ella sigue siendo sin contradicción el instrumento y no la meta.

Puede no haber "fines" técnicos de la vida; puede no haber sino "medios" técnicos. Los fines pertenecen siempre a otro dominio, al del espíritu. Sin embargo, los medios se sustituyen a menudo; pueden hasta volverse en provecho suyo hasta en el seno de la vida, aunque el alcance de ésta puede ser completamente disfrazado, hasta borrado de la conciencia del hombre. Y es lo que se produce en nuestra época en proporciones gigantescas.

Ciertamente, para el sabio que se entrega a investigaciones científicas, para el ingeniero que se dedica a sus trabajos, la técnica puede convertirse en el contenido y la meta de la vida; desde entonces ella adquiere, como modo de conocimiento y acto creador, un carácter espiritual y se relaciona con la vida del espíritu. Pero esta transmutación de los medios en razón de ser de la vida, puede designar también un aminoramiento y una extinción del espíritu y a eso llega ella con mucha frecuencia.

Por su propia naturaleza el útil técnico es heterogéneo, tanto para el que se sirve de él, como para el que le sirve: es heterogéneo al hombre, al espíritu y al sentido. Y esto es lo que determina el papel trágico de la técnica en la vida humana. La definición del hombre como un homo faber, es decir, como un ser que construye útiles, definición tan difundida en la historia de las civilizaciones, atestigua ya esta sustitución total de los fines mismos de la vida. El hombre es indiscutiblemente un ingeniero, pero ha creado su oficio en vista de fines que le trascienden.


La Paradoja Fundamental

Podemos relacionar a esto lo que decimos sobre la concepción materialista de la historia en Marx: la economía social es, sin duda, una condición indispensable de la vida; sin base económica no hay ni vida espiritual ni vida intelectual, ninguna ideología es posible; pero el objetivo y el sentido de la vida humana no podrían estar contenidos en este fundamento, por indispensable que sea. Lo que se impone a nosotros como una potencia, por su urgencia y su necesidad, no es necesariamente preciso. Y recíprocamente, lo que está en la cúspide de al escala jerárquica de los valores no goza por esto de una fuerza particular. Se podría decir que la cosa más poderosa en nuestro mundo, es la materia grosera, pero es también la que tiene menos valor; y mientras el menos fuerte en nuestro mundo pecador parece ser Dios, crucificado por este mundo, es Él precisamente el que representa el valor supremo. Tampoco en razón de una superioridad última goza la técnica de tal prestigio.

Nos hallamos ante la paradoja fundamental siguiente: de una parte,. no hay cultura sin técnica, puesto que los propios orígenes de la cultura se le relacionan, y de otra parte, el triunfo definitivo de la técnica pone un cebo a la declinación de la cultura. Dos elementos coexisten siempre en la cultura: el elemento técnico y el elemento orgánico; y la victoria definitiva del primero sobre el segundo señala la degeneración de la cultura en algo que ya no lo es. El romanticismo, por ejemplo, encarna la reacción del elemento natural y orgánico de la cultura contra su elemento técnico; y en la medida en que se levanta contra la conciencia clásica, se eleva contra el predominio de la forma técnica sobre la naturaleza. La vuelta a la naturaleza, eterno leit motiv de la historia de la cultura, traduce el temor de ver a ésta perecer bajo la dominación de la técnica, de ver desaparecer la naturaleza integral del hombre. Porque la aspiración a la integridad es también un rasgo característico del romanticismo. El deseo de una vuelta a la naturaleza corresponde al recuerdo del paraíso perdido y a la nostalgia que nos invade por el hecho de que nos está prohibido el acceso al Edén.

Los tomistas franceses establecen una, diferencia entre actuar: Practon, y hacer: Poiesis (Maritain: ‘Arte y EScolástica’); es ésta, por lo demás, una antigua distinción escolástica. "Actuar" equivale a ejercer libremente sus fuerzas humanas, mientras que "hacer" no es más que producir objetos, fabricarlos. En el primer caso, el centro de gravedad se halla en el sujeto creador, en el segundo se ha transferido a lo que se crea, al producto. La época técnica exige del hombre la fabricación de un máximum de productos al precio de un mínimum de esfuerzos. El hombre se convierte en un medio de producción, en un útil profesional; el objeto se ha levantado sobre él.

Se podrían distinguir tres estadios en la historia de la humanidad: la época natural y orgánica, la época de la cultura propiamente dicha y la época técnico-mecánica. A cada una de ellas corresponde una actitud particular del espíritu hacia la naturaleza. En la primera, el espíritu está sumergido en la naturaleza; en la segunda, se desprende de ella y forma una esfera particular de espiritualidad; en la tercera, por fin adquiere imperio sobre ella y llega a dominarla. Estas tres fases no pueden ser contempladas como una sucesión esencialmente cronológica; corresponden ante todo a tres expresiones diferentes. El hombre perteneciente a la época de la cultura, continúa, a pesar de todo, viviendo en el mundo de la naturaleza, que, no ha sido creada por él, que aparece creada por Dios. Está ligado a la tierra, a las plantas y a los animales. La mística telúrica, mística de la tierra, tuvo en todos los tiempos un papel preponderante; se conoce actualmente el alcance de los cultos de los vegetales y de los animales; algunos de sus elementos penetran bajo una forma transfigurada hasta en el cristianismo.

Según la creencia cristiana, el hombre ha salido de la tierra y debe volver a ella. La cultura, en la época de su plena expansión conservó gusto por la naturaleza. Le gustaban los jardines y los animales, las flores, los parques sombríos y las yerbas, los pájaros, todo se anudaba a ella. El hombre de la cultura, aun cuando estuviese alejada de la naturaleza, miraba todavía el cielo, las estrellas, las nubes que recorren el espacio. La contemplación de las bellezas de la naturaleza es hasta por excelencia un producto de la cultura. Se gustaba considerar la cultura, el Estado, la vida genérica desde un punto de vista orgánico, identificándolas a los organismos vivos; su prosperidad aparecía en algún modo como un proceso vegeto-animal. La cultura estaba nena de símbolos, las imágenes del cielo aparecían en ella bajo formas terrestres, los signos de otro mundo se reflejaban en éste. Pero la técnica, permanece extraña a los símbolos, no es idealista, no refleja nada, crea una nueva realidad, todo en ella está presente. Sustrae al hombre tanto a la naturaleza como al más allá.


Organismo y Organización

Nuestra tesis descansa sobre la distinción entre el organismo y la organización. El organismo nace de la vida cósmica y engendra a su vez; quien dice nacimiento dice organismo: La organización, al revés, no nace ni engendra. Resulta de la actividad del hombre. Es creada pero no constituye una forma suprema de creación. El organismo no es un agregado como el mecanismo, no se compone, como él, de elementos, es integral. En él el todo está presente en cada una de sus partes y él las precede a todas.

El organismo difiere del mecanismo en que crece y se desarrolla. Hay en él una conformidad al objetivo que le es inherente; le ha sido dada por el Creador o la Naturaleza y está determinada por el predominio del todo sobre las partes. La organización tiene otra conformidad al objetivo, que le ha sido insertada desde fuera por el organizador. El mecanismo está compuesto en vista de un fin determinado, pero no nace con una finalidad inherente. Un mecanismo de reloj, por ejemplo, funciona en perfecta conformidad con el resultado por alcanzar, pero este acuerdo depende del que lo ha creado y armado. Todo mecanismo posee una fuerza de inercia que puede actuar sobre el organizador y aún esclavizarlo.

La historia nos muestra que hubo cuerpos organizados conforme a los organismos vivos. Así, el orden patriarcal, la economía natural representaban a menudo cuerpos orgánicos, y como tales, nos parecían eternos. No se consideró generalmente el orden como una creación del hombre, sino como la de la naturaleza y la del Creador. Se creyó durante mucho tiempo en la existencia de un orden de la naturaleza a la vez objetivo e inmutable, al cual la vida humana debía corresponder y adaptarse. Se atribuyó, por decirlo así, a.lo natural un carácter normativo; en otros términos, lo que le era conforme parecía ser justo y bueno. Para el griego antiguo y el hombre de la Edad media, existía. un cosmos inmutable, un sistema jerárquico, un "ordo" eterno; existía para Aristóteles como para Santo Tomás de Aquino. La misma noción del orden inmutable de la naturaleza está ligada al principio de la teología objetiva. Y he aquí que la técnica, bajo la forma en que triunfa ya al fin del siglo XVIII, destruye la fe en este orden eterno, y esto de una manera infinitamente más brutal y más profunda que el evolucionismo.

El evolucionismo reconoció las transformaciones, pero únicamente aquellas que se producen en la antigua realidad natural. Salido de las ciencias biológicas, contempla al propio progreso como un proceso orgánico. Pero nosotros no vivimos en el siglo de las ciencias biológicas; vivimos en el siglo de las ciencias físicas, en el siglo de Einstein y no en el de Darwin. Las ciencias físicas son menos favorables a la concepción orgánica de la naturaleza que las ciencias biológicas. La biología misma era "mecanista" en la segunda mitad del siglo XIX, pero favorecía la noción orgánica en otros dominios, sobre todo en la sociología. El naturalismo, tal como se formó hacia fines del siglo anterior, reconocía la evolución de la naturaleza, pero, para él, ésta se cumplía, según su orden eterno. Por esto es que él se mantenía particularmente en el principio de las leyes naturales, principio al cual la ciencia contemporánea concede mucha menos importancia. La nueva realidad de la naturaleza, que nos descubre la técnica contemporánea, no es de ningún modo un producto de la evolución: es el resultado de la ingeniosidad y de la actividad creadora del hombre mismo, resultado no de un proceso orgánico, sino de un proceso organizador. He aquí en qué reside el sentido y el alcance de toda la época técnica. La dominación de la técnica indica ante todo el paso de la vida orgánica a la vida organizada, el paso de la vida vegetal a la vida constructiva.

Desde el punto de vista de la vida orgánica, la técnica corresponde a una desencarnación, a una ruptura que se efectúa en el interior de los cuerpos históricos, a una escisión entre la carne y el espíritu. La técnica crea un orden nuevo: suscita en adelante cuerpos organizados. Y la nueva realidad que surge es una creación del hombre; resulta de la irrupción del espíritu en la naturaleza y de la inserción de la razón en los procesos cósmicos.


La Rebelión de la Criatura

La tragedia reside en el hecho de que la criatura se rebela contra su creador y rehusa obedecerle. Es allí donde yace el misterio del pecado original y lo volvemos a hallar en el curso de toda la historia de la humanidad. El espíritu prometeico en el hombre, no llega a dominar la técnica que él mismo engendrara, no puede llegar a agotar estas energías nuevas que ha desencadenado. Observamos este fenómeno en todos los procesos de racionalización, en cuanto la máquina suplanta al hombre. La técnica sustituye al elemento orgánico irracional, el elemento racional organizado. Pero de ello resultan nuevos fenómenos irracionales en la vida social. Así es como la racionalización de la industria engendra la desocupación, la calamidad de nuestra época. La sustitución de la máquina al esfuerzo secular del trabajo humano corresponde a una conquista positiva, que habría debido aniquilar la esclavitud y la miseria. Pero la máquina no obedece a las exigencias del hombre, ella dicta sus propias leyes.

El hombre dice a la máquina: "Te necesito para hacer más fácil mi vida, para desarrollar mi poder", y la máquina le responde: "Yo nada tengo que hacer contigo, vete y revienta". El sistema de Taylor presenta una forma extrema de la racionalización del trabajo, pero coloca al hombre en el nivel de una máquina perfeccionada. La máquina quiere que el hombre adopte su imagen y semejanza. Pero el hombre ha sido creado a imagen de Dios y no puede reflejar otra sin dejar de existir. La organización ligada a la técnica supone un sujeto organizante que no puede ser transformado en máquina; sin embargo, esta organización tiende precisamente a hacer de él un mecanismo. El espíritu que crea la técnica y la máquina no puede ser tecnizado y mecanizado a fondo; guardará siempre un principio irracional. Pero la técnica quiere servilizar este espíritu, quiere racionalizarlo, transformarlo en autómata.

Aquí se traba una lucha titánica entre el hombre y la naturaleza que él mismo ha tecnificado. El hombre ha vivido desde luego bajo la dependencia vegeto-animal de la naturaleza y no se ha libertado de ella sino para volver a caer bajo la sujeción de una nueva naturaleza, esta vez tecno-mecánica. Allí es donde reside todo lo trágico del problema. El organismo psico-físico del hombre fue elaborado en otro mundo y estaba adaptado a esta antigua naturaleza vegeto-animal. Y el hombre no ha podido todavía plegarse a las exigencias impuestas por la técnica y la máquina; no sabe siquiera si le será posible respirar en esta atmósfera electrizada y radioactiva, si será capaz de vivir en esta nueva realidad fría y metálica, desprovista de todo calor animal. Ignoramos todavía cuánto puede sernos nociva esta atmósfera creada por nuestros propios descubrimientos e invenciones; algunos médicos afirman que es peligrosa, hasta mortal. El organismo humano aparece sin defensa ante las propias invenciones del hombre. Y la ingeniosidad que despliega este último para crear instrumentos de destrucción sobrepasa en mucho su ingeniosidad en materia de técnica médica o curativa. Así ha sido más fácil descubrir gases asfixiantes que hallar un tratamiento para el cáncer o la tuberculosis. Los misterios de la vida orgánica son infinitamente más difíciles de penetrar que los de la vida inorgánica donde, con paso tranquilo, nosotros penetramos en el país de las maravillas…


II. UNA NUEVA REALIDAD


El reino de la técnica y de la máquina nos muestra una nueva realidad que no había sido prevista por la clasificación de las ciencias y que no tiene ninguna analogía con la realidad mecánica y físico-química. No la discernimos sino a través de la historia y de la civilización y no a través de la naturaleza. Sólo en última instancia se desarrolla en el proceso cósmico como resultante de una compleja evolución. social; no emerge sino en las propias cúspides de la civilización, aunque en ella actúan fuerzas que son de naturaleza mecánica, física y química. El arte crea, también, una nueva realidad que no existe en la naturaleza. Se podría decir que las imágenes o los héroes de la creación artística como Don Quijote, Hamlet, Fausto, Mona Lisa de Vinci, o una Sinfonía de Beethoven, encarnan igualmente nuevas realidades qué tienen sus propias existencias, sus propios destinos. Estas realidades actúan sobre la vida humana engendrando las mas graves consecuencias. Pero mientras la realidad que se manifiesta en el arte reviste un caracter simbólico, la que crea la técnica esta totalmente desprovista de él.

Todas estas metamorfosis provocadas por la técnica no dejan de reaccionar sobre el arte que sufre a su turno su contragolpe. El cinema, que suplanta cada vez mas al teatro y cuya influencia es fabulosa, es una prueba de ello. Pero él mismo no existe sino gracias a descubrimientos técnicos prodigiosos, gracias particularmente a los que se efectúan en el dominio de la luz y del sonido y que los hombres de épocas anteriores habrían tenido por milagros auténticos. El cinema se hace dueño de espacios que eran inaccesibles al teatro, subyuga el océano, el desierto, la montaña, como también subyuga el tiempo. Por intermedio del film y de la radio, el actory el cantor se dirigen no ya al auditorio restringido del teatro, a un número limitado de individuos reunidos en un sitio determinado: se dirigen a las grandes muchedumbres de todas partes del mundo. Y podemos decir que estos instrumentos, que sirven a veces a fines tan nefastos como vulgares, son al mismo tiempo los más poderosos medios de unión de la humanidad. El cinema es una de las mejores pruebas de esta fuerza de realización inherente a la técnica contemporánea. Pero la nueva realidad que no hace entrever y que transforma radicalmente nuestra noción de espacio y de tiempo, es una creación del hombre, de su espíritu, de su razón y de su voluntad. Es una realidad no espiritual o psíquica, sino más bien supra-física. Porque existe efectivamente una esfera supra-física como existe una esfera supra-psíquica.

La técnica tiene un alcance cosmogónico, por eso es que se crea un nuevo cosmos. Lafitte, en su libro reciente "Reflexiones sobre la Ciencia de las maquinas", sugiere que existen paralelamente a los cuerpos orgánicos e inorgánicos, cuerpos organizados, que corresponden al reino de las maquinas. Este reino constituye a decir verdad, una nueva categoría del ser. Su aparición está estrechamente ligada a la distinción que se afirma entre lo orgánico y lo organizado. Sería cometer un error relacionar la máquina al mundo inorgánico so pretexto de que ella está constituida con elementos sacados de la realidad mecánica, física o química. En la naturaleza inorgánica no existen máquinas; no las encontramos sino en el mundo social. Al revés de los cuerpos orgánicos, los elementos organizados no aparecen antes que el hombre, sino que surgen después de su llegada y nos vienen de él. El hombre ha sabido "llamar a la vida" una nueva realidad, revelándonos de este modo su potencia, su vocación creadora y dominatriz en este mundo, pero denunciándonos también su debilidad, su tendencia a caer en la esclavitud. La máquina tiene un sentido no sólo sociológico, sino también cosmogónico y plantea con acuidad inusitada el problema del destino del hombre en la sociedad y el cosmos. Es el problema de las relaciones del hombre y de la naturaleza, del individuo y de la sociedad, del espíritu y de la materia, de lo irracional y de lo racional.


El Problema Espiritual

Es curioso que no se haya pensado todavía en crear una filosofía de la técnica y de la máquina. Existen ya muchas obras que tratan de este tema; el camino está pues abierto, pero lo esencial falta. En otros términos, no se ha contemplado todavía la máquina como un problema espiritual, como un factor del destino humano. No ha sido considerada sino desde fuera, en su proyección social, mientras que vista por dentro se convierte en el tema de la filosofía de la existencia humana (Existenzphilosophie). ¿Puede el hombre existir únicamente en el antiguo cosmos físico y orgánico que parecía eterno o puede vivir también en otro, hasta ahora desconocido? El cristianismo, al cual está ligado el destino del hombre, se halla ante un nuevo universo y no ha comprendido todavía el sentido de este acontecimiento.

De esta comprensión depende la elaboración de una fIlosofía de la técnica, ya que el problema debe ser resuelto en la experiencia espiritual antes de serIo en el conocimiento filosófico. Por lo demás siempre ocurre así, aun cuando el conocimiento filosófico no tenga conciencia de ello.

¿Qué significan la época técnica y el advenimiento de un nuevo cosmos en el destino del hombre? ¿Anuncian la materialización y la muerte de la espiritualidad o puede dárseles otra significación? La ruptura entre el espíritu y la antigua vida orgánica, la mecanización de la vida aparecen como si debieran ser el fin de la espiritualidad en el mundo. Nunca todavía el materialismo había sido tan poderoso. El hacinamiento del espíritu y de los cuerpos históricos era considerado como un orden, eterno, y para muchos de nosotros él espíritu, cuando ha sido escindido de la carne, desaparece; la época técnica parece acarrear efectivamente la muerte de muchas cosas. La experiencia soviética produce, bajo este particular, una impresión singularmente angustiosa. Su originalidad consiste menos en una tecnización - los Estados Unidos han ido más lejos y es poco probable que Rusia alcance de súbito su vertiginoso ritmo; - consiste sobre todo en este fenómeno espiritual que se manifiesta respecto de la construcción técnica. Allí es donde es preciso discernir efectivamente una nueva realidad, el advenimiento de un nuevo tipo espiritual. Y es este fenómeno precisamente el que engendra en nosotros tal angustia.

La técnica y la economía pueden por sí mismas seguir neutrales, pero la actitud que el espíritu adopta a su propósito se convierte ineluctablemente en un problema espiritual. Parece a veces que vivimos en la época de un predominio definitivo de la técnica sobre la cordura tomada en el sentido antiguo y noble de la palabra. La tecnización del espíritu y de la razón puede acarrear su aniquilamiento. La escatología cristiana liga la transfiguración de la tierra y del mundo a la acción del espíritu divino, mientras que la escatología técnica aspira a señorear la tierra y el universo, a dominarlos por medio de instrumentos mecánicos. Definidas estas dos posiciones, el problema de la significación de la época técnica, desde el punto de vista cristiano y espiritual, puede a primera vista parecernos muy simple. Pero no es así en realidad. La técnica en cuanto a su alcance, comporta, como todo en este mundo, una extraña dualidad. Arranca al hombre a la tierra; rechaza brutalmente toda mística telúrica. El actualismo y el titanismo que le son inherentes son diametralmente opuestos a toda condición de existencia pasiva y vegeto-animal en el seno de nuestra madre tierra, Magna Mater: destruyen el bienestar y el calor de la vida orgánica que se agazapa contra ella. Debemos ver el sentido de la época técnica, su sentido religioso, ante todo en el hecho de que ella cierra el período telúrico de la historia, en que el hombre estaba determinado por la tierra, no sólo en el sentido físico sino también en la significación metafísica de la palabra.

La técnica lleva al hombre a concebir la tierra como un planeta, le da una noción que de él no tenía antes. Ahora bien, la vida del hombre difiere sensiblemente según si siente bajo él la profundidad, la seguridad, la santidad, el misterio de la tierra, o si la considera como una planta rodeada de innumerables mundos, que se mueve en el infinito y que puede abandonar a su antojo para volar en el espacio y transportarse hasta la estratosfera.

Esta modificación sufrida por nuestra conciencia se había ya producido, teóricamente hablando, al comienzo de los tiempos modernos, cuando el sistema de Copérnico hubo reemplazado el de Tolomeo, cuando la tierra dejó de ser el centro del cosmos, cuando fue descubierta al hombre la infinidad de los mundos. "El silencio eterno de estos espacios infinitos me espanta", decía Pascal. El cosmos antiguo y el cosmos medioeval, el de santo Tomás de Aquino y de Dante, habían desaparecido. Estimándose lesionado por la pérdida de este cosmos, en el cual ocupaba un sitio jerárquico y donde se sentía rodeado de fuerzas supremas, el hombre trata de indemnizarse, de hallar un punto de apoyo al transferir el centro de grave!dad al yo, al sujeto. Y la filosofía idealista de la nueva historia es una expresión de esta necesidad de compensación. Pero la técnica goza de una inmensa fuerza de realización y nos hace sentir de una manera aguda la destrucción definitiva de este antiguo cosmos que tenia a la tierra por centro.

Todo esto revoluciona el modo de vida del hombre contemporáneo y le acarrea consecuencias llenas de dualidad y de contradicciones. Porque si el hombre se amedrenta ante la infinidad de los espacios y de los mundos, si, comprendiendo que ha dejado de ser el centro de este universo para ser reducido al estado de una pelusa ínfima, se siente humillado y perdido, la potencia de la técnica que trae consigo un titanismo humano le da también el sentimiento de su propia grandeza, le comunica la esperanza de poder dominar un día el universo infinito. En efecto, es la primera vez que el hombre se convierte en señor y dueño de la tierra, hasta del universo entero. Desde entonces su actitud frente al tiempo y al espacio se transforma radicalmente. De miedo de ser aplastado por ellos, el hombre se apelotonaba antes contra su madre la tierra; pero ya no teme alejarse ahora que comienza a dominar estos elementos. Si el hecho de que pueda prescindir de la solicitud y de la protección maternas atestigua su madurez, significa también, para él, una lucha más ruda de sostener, compensación de los beneficios prodigados por la técnica. Porque la máquina presenta siempre dos rasgos divergentes: por una parte asegura las comodidades y el confort, por otra parte exige austeridad y temeridad.

La antigua cultura bajo sus formas más perfectas, no abarcaba sino un espacio restringido y un número de hombres limitado. Así ocurría con la cultura de la Grecia antigua, con la del Renacimiento en Italia, con la de Francia en el siglo XVII, o de Alemania a comienzos del siglo XIX. Y es preciso ver allí el Índice de su principio aristocrático, de su principio de selección cuantitativa. Pero colocada ante las masas, se siente súbitamente imponente porque no posee métodos que le sean apropiados. La técnica domina inmensos espacios, innumerables poblaciones; su soberanía hace todas las cosas universales. Allí reside el alcance sociológico de la era técnica, cuyo principio es esencialmente democrático y cuyo rasgo específico es la socialización. Todos los colectivos que vivían una vida orgánica en las antiguas culturas, allí se organizan. La vida vegetativa, que había recibido una sanción religiosa, no exigía la organización de las masas en el sentido moderno de la palabra. El orden, y aún un orden muy estable, se mantenía orgánicamente. La técnica da al hombre de hoy el sentimiento de un inmenso poder, y al mismo tiempo es ella el producto de la voluntad de potencia y de la expansión. Este deseo de expansión, que ha engendrado el capitalismo europeo, invita a las masas populares a tomar parte en la vida histórica. El antiguo orden orgánico se cuartea, y una nueva forma de organización creada por la técnica, se impone necesariamente.


La Reacción Romántica

Ciertamente, esta nueva forma de existencia que presenta la vida de las masas organizadas, esta tecnización, destruye la belleza de la cultura antigua, la individualización, la originalidad; todo se hace uniformemente colectivo. en ella, todas las cosas están fabricadas conforme un solo gálibo y pierden así la impronta de la personalidad. Es la era de la producción en serie,de la producción anónima. Y no sólo el lado externo y plástico de la vida se halla desprovisto de individualidad, sino que la vida interior y emocional sufre la misma suerte. También se comprende fácilmente la reacción romántica contra la técnica, la rebelión de Ruskin y de Tolstoy, que fue inspirada por motivos tanto estéticos como morales. Pero una condenación de este género de la técnica es impotente y no puede en consecuencia ser seguida. No lleva en definitiva sino a la defensa de sus formas primitivas y atrasadas sin ser su negación total.

Nos hemos reconciliado todos con la máquina de vapor y el ferrocarril, olvidando que hubo un tiempo en que ellos también provocaron recriminaciones y protestas. Podemos negar las ventajas de un viaje en avión, pero utilizamos el ferrocarril y el automóvil; podemos no gustar del metropolitano, pero tomamos con gusto el tranvía; podemos no admitir el cine parlante, pero apreciamos el mudo, etc. Estamos inclinados a idealizar las antiguas épocas culturales que ignoraban la máquina, y esto es muy comprensible en nuestra vida falsificada y aplastante.

Pero nos olvidamos de que la vida de antes estaba ligada a una terrible explotación del hombre y del animal, ligada a la esclavitud y al servilismo; olvidamos que la máquina puede ser un instrumento de liberación de este estado de servidumbre. Esta dualidad del pasado está expresada admirablemente en la poesía de Puchkin ‘La aldea’. El gran poeta describe allí el encanto inefable de la campiña rusa, cuando súbitamente recuerda que tiene como contra figura la servidumbre de los hombres y una atroz iniquidad. El problema de la idealización del pasado nos pone en presencia de la paradoja del tiempo: el pasado tal como nos ha seducido fue libertado y purificado por nuestra imaginación creadora de todo lo que traía de fealdad y de injusticia. No nos gusta, a decir verdad, sino lo que comunica con la eternidad. Pero este "pasado" no ha existido nunca en el pasado ya que todo pasado no es sino una parte integrante de nuestro presente. En el mismo pasado había otro presente que también tenía fealdad e iniquidad. Y esto nos prueba precisamente que no se puede amar sino lo eterno. No hay vuelta posible al pasado y es inútil aspirar a ella; no podemos desear sino la vuelta al pasado eterno, sin olvidar que no es eterno y libre de las tinieblas sino por el acto creador y transfigurador del recuerdo.

Es imposible imaginarse una vuelta a la economía natural y al estado patriarcal, al reino de la economía agrícola y del artesanado, como soñaba Ruskin. Esta posibilidad no se ofrece al hombre; él debe cumplir su destino. Las colectividades de hoy, llamadas a desempeñar su papel en la historia, exigen nuevas formas de organización y una transformación incesante de los instrumentos de producción. Pero lo que llamamos actualmente "la era técnica" no es ya una era eterna. La época de su extraña dominación sobre el alma humana tendrá fin; éste no será la negación de la técnica sino la subordinación de esta última al espíritu. El hombre no puede quedar clavado en la tierra, no puede depender de ella en todas las cosas, pero tampoco puede separarse de ella definitivamente para irse a vivir en el espacio... Conservará ciertos lazos con ella, como conservará la economía agrícola, sin la cual no puede existir. No es dado al hombre reintegrarse al jardín del paraíso antes del fin y la transfiguración del mundo, pero el recuerdo y la nostalgia del Edén subsistirán, como subsistirán siempre los reflejos del paraíso en la naturaleza, en los jardines y las flores, en el arte. Es preciso ver en este lazo interior, que liga al hombre con el alma de la naturaleza, otro aspecto de sus relaciones con ella. La supresión de este lazo por la actualidad técnica desfigura no sólo la naturaleza, sino también al hombre.

No se puede pensar en el porvenir de la humanidad como una cosa integral. Será hecho de una multiplicidad de contradicciones. Conoceremos grandes reacciones contra la técnica y la máquina, vueltas a la naturaleza original, pero mientras el hombre siga su camino terrestre, nunca la máquina y la técnica serán aniquiladas.

 

III. EL VERDADERO PELIGRO DE LA TÉCNICA


¿Cuál es el peligro más grave a que la máquina expone al hombre?

No creemos que sea el que amenaza el espíritu y la vida espiritual. La máquina y la técnica atacan a la vida psíquica del hombre y sobre todo a su vida emocional y sentimental. El elemento psico-emocional está escondido en la civilización contemporánea. Sí es posible decir que la antigua cultura ponía en peligro el cuerpo humano que ella despreciaba, abrumaba y dejaba debilitar, parece que la civilización mecano-técnica sea ante todo fatal al alma. El corazón soporta mal el contacto helado del metal. No hay duda que los procesos de deterioro de este núcleo del alma, sin índices de nuestro siglo. El corazón, como órgano integral de la vida misma, falla en los más grandes escritores franceses de la época, sobre todo en Proust y en Gide. Parece que asistimos a su desintegración en elemento intelectual y elemento puramente sensual. Keyserling tIene perfecta razón al señalar la destrucción del orden emocional por la civilización mecánica y al reclamar su restauración. La máquina asigna golpes temIbles a la concepción y al ideal humanistas del hombre y de la cultura. Por su propia naturaleza ella es anti-humanista.

La técnica tiene una concepción de la ciencia diametralmente opuesta a la del humanismo, y entra en conflicto con la concepción que éste tiene de la integralidad humana. Aquí todavía tocamos el problema de la altura por tomar con respecto al alma. Si sugerimos que la técnica es menos peligrosa para el espíritu que para el alma, lo que puede asombrar a primera vista, es porque en realidad la época en que nosotros vivimos es a la vez la de la técnica y la del espíritu. El sentido religioso de la técnica contemporánea reside precisamente en que ella coloca toda la vida bajo el signo del problema espiritual, en que ella exige una espiritualidad intensa, y puede, por esto mismo, llegar a una espiritualización.

La técnica deja de ser neutral, por lo demás hace tiempo que ya no lo es y que no es ya indiferente al espíritu y a sus problemas. Y nada en suma puede permanecer neutral; si una cosa parece serIo, no es sino en apariencia y sólo durante un tiempo. Si la técnica tiene una acción mortal sobre el alma, suscita por lo demás una poderosa reacción del espíritu; si el alma entregada a sí misma se ha mostrado débil y sin defensa ante la fuerza creciente de la técnica, el espíritu puede, por lo contrario, afirmar su supremacía. La técnica hace del hombre un cosmiurgo.

Cuando se las compara con las que la técnica ha colocado entre las manos del hombre, las armas del pasado nos parecen juguetes de niños. Y esto nos sorprende más particularmente cuando consideramos la técnica de la guerra. Era imposible aniquilar grandes ciudades, comprometer la existencia misma de la cultura, por medio de los cañones, de los fusiles y de los sables de que se disponía antes, porque su fuerza destructiva era limitada y localizada; pero actualmente la técnica proporciona toda las posibilidades para ello. En todos los dominios delega al hombre un poder temible que puede convertirse en destructor. Pronto sabios apacibles podrán operar transformaciones no sólo de orden histórico sino también de orden cósmico. Un puñado de hombres, poseedores del secreto de las invenciones técnicas, tendrá en la mano la suerte de toda la humanidad, eventualidad que se puede imaginar fácilmente y que por lo demás Renan había previsto. Pero cuando el hombre adquiere una potencia por la cual puede regir el mundo y aniquilar una parte de la humanidad así como su cultura, entonces todo depende de su estado espiritual y moral, de los fines a los cuales destina esa fuerza, del espíritu que le anima. El problema de la técnica se convierte pues en última instancia en un problema espiritual y religioso, cuya solución va a decidir de la suerte de la humanidad.

Los prodigios de la técnica, cuya dualidad no debemos olvidar nunca, exigen una intensidad espiritual infinitamente mayor que la de las épocas culturales del pasado. La espiritualidad del hombre no puede conservar ya un carácter órgano-vegetal. Estamos colocados ante la necesidad de un nuevo heroísmo, a la vez interior y exterior; no es ya el heroísmo militar que toca a su fin, y que no existió ya, por decirlo así, en la última. guerra, sino este nuevo heroísmo que exige de nosotros la técnica y cuyas manifestaciones vemos diariamente. Es el de los sabios obligados a abandonar sus gabinetes de trabajo y sus laboratorios; el que exige la ascensión a la estratosfera o la exploración en las profundidades del océano, el de los vuelos audaces y de los combates con los elementos desencadenados. Los actos del heroísmo humano se transportan a las esferas cósmicas. Pero la fuerza exigida ante todo del hombre es la fuerza espiritual que le impedirá estar esclavizado a la técnica y ser aniquilado por ella. En cierto sentido se puede decir que ésta es para él una cuestión de vida o de muerte.

A veces una terrible utopía visita nuestro espíritu. Parece que pudiese venir un tiempo en que las máquinas, que habrían alcanzado la perfección, funcionarían por sí mismas y obtendrían el máximo rendimiento; las usinas fabricarían productos con una celeridad vertiginosa; los automóviles y los aeroplanos se disputarían la velocidad, la radio propagaría las música en todo el universo y reproduciría los discursos de los grandes hombres difuntos. En cuanto a los últimos hombres, antes de transformarse ellos mismos en máquinas, habrían desaparecido, a causa de su inutilidad y porque la respiración y la circulación de la sangre se habrían hecho imposibles. La naturaleza estaría entonces sometida a la técnica, y la nueva realidad, creada por ésta, permanecería en la vida cósmica. Pero no habría ya hombres, no habría vida orgánica. En última instancia, depende del grado de fuerza espiritual del hombre que escape a este terrible destino o que tenga que sufrirlo. La potencia exclusiva de la técnica y de la máquina nos lleva precisamente hacia este límite: el no-ser en la perfección técnica.

Es imposible tolerar la autonomía de la máquina, dejarle una completa libertad de acción. Debe estar subordinada al espíritu y a los valores espirituales, como por lo demás todo debe estarlo en la vida. Pero el espíritu humano no llegará a cumplir esta obligación grandiosa si no se deja de estar aislado, si no cuenta más que consigo mismo como único punto de apoyo, si no se une a Dios. Sólo con esta condición subsistirán en el hombre la imagen y la semejanza divinas, es decir, que el ser humano subsistirá. Allí se manifiesta la oposición irreductible que existe entre la escatología cristiana y la escatología técnica.


IV. LA TÉCNICA Y EL ALMA


El poder de la técnica en la vida humana conduce a una transformación radical del carácter mismo de la vida religiosa, y esto, reconozcámoslo, para su mayor bien.

En nuestra era de la máquina la antigua forma de la religión, a la vez convencional, hereditaria y condicionada por la sociedad, desaparece de día en día. El sujeto religioso se modifica; se siente menos ligado a las tradiciones sociales, al modo de existencia vegeto-orgánica. La época técnico-mecánica exige un cristianismo más interior y espiritual, exige libertarse de las hipnosis sociales.

Allí hay un proceso inevitable. Es por decirlo así imposible conservar en nuestro mundo moderno una forma de religión determinada por influencias hereditarias, nacionales, familiares y sociales. La vida religiosa se hace más personal, se origina de una dolorosa experiencia, está determinada por el espíritu. No es éste un individualismo religioso, porque la comunión en la Iglesia no es de naturaleza social, sino espiritual.

Sin embargo, el poder de la técnica puede engendrar consecuencias fatales para la vida espiritual y religiosa. Porque si, gracias a la máquina, el hombre llega efectivamente a señorear el tiempo, el actualismo técnico le somete también a su aceleración precipitada. En esta cadencia frenética nada de detención sobre el instante, sobre el Augenblick (en el sentido que le dio Kierkegaard), que tendría un valor en sí, porque se evadiría del tiempo para comulgar con la eternidad. Cada instante debe ser reemplazado lo más rápidamente posible por el que sigue, todos están arrastrados por el correr del tiempo, y por consiguiente desaparecen. El instinto fugitivo es vacío en sí mismo; no trae consigo nada más que una orientación sobre el minuto que debe seguir. Pero tal dominio del tiempo, obtenido por la velocidad, corresponde a una servidumbre. Y esto significa que el actualismo técnico destruye la eternidad y obstaculiza más y más el impulso humano hacia ella. El hombre carece de tiempo para la eternidad.

Esto no quiere decir que debemos ver la eternidad sólo en el pasado y considerarla aniquilada por el porvenir. El pasado no pertenece más a la eternidad que el porvenir; uno y otro forman parte del tiempo. En ellos, como en todos los tiempos, hay siempre una posibilidad de evasión hacia la eternidad, hacia el instante que tiene un valor en sí. El tiempo obedece a la velocidad de la máquina pero no está por esto ni sobrepujado ni vencido.

Y el problema que se plantea para el hombre es el que consiste en saber si él podrá, sí o no, conservar la posibilidad de estos instantes de contemplación, contemplación de la eternidad, de la Divinidad, de la belleza. El actualismo comporta una verdad, porque el hombre tiene indiscutiblemente una vocación activa. Pero es igualmente un ser apto a la contemplación y ésta contiene un elemento que determina su "yo". En ella, es decir, en la actitud del hombre frente a Dios, hay un acto creador. El planteamiento de este problema aumenta en nosotros la certidumbre de que todo el malestar de nuestra civilización se debe a la desproporción que existe entre nuestra estructura psíquica, heredada dé épocas anteriores y esta nueva realidad técnica a la cual no podemos escapar. El alma humana no puede soportar esta inverosímil rapidez de vida que exige de ella la civilización moderna y que tiende a hacer del hombre una máquina. También este proceso es profundamente doloroso.

El hombre moderno trata de fortificarse por el deporte; lo utiliza para luchar contra la regresión antropológica. Y no se podría negar el valor positivo del deporte, que nos vuelve a la actitud de la Grecia antigua frente al cuerpo humano. Sin embargo, si no está subordinado a la idea de la integralidad humana, puede él también degenerar en una destrucción del hombre, puede engendrar una deformidad en lugar de una armonía.

La civilización técnica, por su mismo principio, es impersonalista. Exige del hombre una actividad, pero se opone a lo que sea una personalidad. También la individualidad consciente tiene un trabajo extremo para mantener sus derechos. La persona es en todas las cosas lo opuesto a la máquina. Representa ante todo la unidad y la integralidad en la multiplicidad de las formas; fija por si misma sus propios fines, no consiente en transformarse en parte constitutiva, en medio,en útil. Pero esto es precisamente lo que la sociedad tecnizada exige, ella hace todo para que el hombre deje de ser una unidad y una integralidad, y por consiguiente una personalidad. También nos hallamos al comienzo de un temible conflicto entre la persona moral y la civilización técnica, entre el hombre y la máquina. La técnica es siempre impiadosa con respecto a todo lo que vive, a todo lo que existe. Y esta propiedad que ella ignora es la que limitará su soberanía en la vida.

El maquinismo, que triunfa en la civilización capitalista, trastorna ante todo la tabla de los valores. Por esto, limitar su poder es restablecer esta jerarquía. Este problema no puede ser resuelto por una vuelta a la antigua estructura psíquica y a la realidad orgánica. Sin embargo el carácter de la civilización técnica y las consecuencias que se derivan para el hombre son insoportables no sólo para la conciencia cristiana, sino para la conciencia humana;. son incompatIbles con nuestra dignidad de hombres. El ser humano está llamado a perpetuar la creación, su obra es en cierto modo la del octavo día; está destinado a ser el rey y el amo de la tierra. Pero por una inexorable desviación de las cosas, la obra que creó y a la cual está llamado, le esclaviza y le desfigura. El hombre del pasado se consideró como eterno, por tanto se comportaba como elemento eterno, no era nada por sí mismo. Un nuevo hombre debe surgir; y la dificultad consiste mucho menos en esclarecer sus relaciones con el que le precedió que en definir su actitud frente al hombre eterno.

Lo eterno en el hombre es imagen de Dios, que sola hace de él una personalidad. Es preciso no creer que allí hay un estado estático. La imagen de Dios en el hombre, como ser natural, se revela y se afirma dinámicamente. Y esto no es otra cosa que la lucha incesante librada contra el hombre antiguo en nombre del hombre nuevo. Pero al creer sustituir su imagen a la de Dios, el maquinismo no crea un hombre huevo, le destruye, le hace desaparecer, le reemplaza por un ser diferente, cuya existencia no es ya humana. Allí yace toda la tragedia del problema. La máquina es creada por el hombre, y éste puede con justo motivo hallarse orgulloso de esta expresión de su fuerza y de su dignidad. Pero este orgullo se transforma imperceptiblemente en humillación. En efecto, puede surgir un ser nuevo que no tendrá ya nada de humano y esto no en razón de que el hombre pertenece al viejo mundo y que todo nuevo mundo debe inevitablemente no sólo transformarle, sino sustituirle un ser diferente.

El hombre, a decir verdad, se transformó en el curso de todo su destino histórico; fue alternativamente "viejo" y "nuevo". Pero en todas las épocas guardó contacto con la eternidad y era esto lo que hacía de él un hombre. Ahora, al romper definitivamente con la eternidad, para amarrarse exclusivamente al mundo nuevo que debe señorear y dominar, el nuevo hombre se deshumanizará, aunque de ello permanezca inconsciente. Y nosotros asistimos ya a este proceso.


Se plantea la siguiente cuestión: ¿está o no destinado el hombre a subsistir, no el viejo hombre que debe necesariamente ser sobrepasado, sino el hombre liso y llano? Desde que en el hombre apareció la conciencia de sí mismo, aparición que nos es revelada en la Biblia y la Grecia antigua, nunca todavía este dilema se había planteado con tanta acuidad. El humanismo europeo creyó en los principios eternos de la naturaleza humana. Esta fe le había sido transmitida por el mundo greco-romano. El cristianismo cree que el hombre es la creación de Dios, que lleva en sí su imagen y que ha sido rescatado por el Hijo de Dios. Estas dos creencias fortificaban en el hombre la noción dé su universalidad. Hoy esta fe se ha derrumbado. El mundo no se conforma con descristianizarse, sino que también se deshumaniza. Allí está toda la gravedad del problema que erige la potencia monstruosa de la técnica.

Una notable tentativa de resolver este problema se debe al genial pensador Nicolás Feodoroff, autor de 'La Filosofía de la obra común'. Para él, como para Marx y Engels, la filosofía no debe limitarse a conocer el mundo teóricamente, sino que debe transformarlo activamente, debe ser proyectiva. El hombre está llamado a subyugar las fuerzas cósmicas de la naturaleza, que le traen la muerte, y a reglamentar, a ordenar no sólo la vida social sino también la vida cósmica. Feodoroff era un cristiano Ortodoxo y la base de su "opra común", que tenía como meta la historia sobre la muerte y la vuelta a la vida de todos los difuntos, era una base cristiana. Pero él creía paralelamente en la ciencia y en la técnica, creía en sus milagros y exhortaba a los hombres a realizarlos. Ciertamente no los deificaba porque creía eh Dios y en el Cristo, pero ellas eran para él los instrumentos supremos por medio de los cuales el hombre puede triunfar de las fuerzas irracionales y mortales de la naturaleza.

El ejemplo de Nicolás Feodoroff presenta para nosotros un poderoso interés porque la fe en el poder de la técnica se unía en él a un espíritu radicalmente opuesto al que predomina en nuestro siglo. Detestaba el maquinismo, detestaba el capitalismo, creado por hijos pródigos que habían olvidado a sus padres. Hay una semejanza formal con Marx y el comunismo junto a un espíritu que está en la antípoda de los de éstos. Feodoroff es uno de los escasos pensadores cristianos, y acaso hasta el único, que haya sobrepasado la concepción pasiva del Apocalipsis. El Apocalipsis es la revelación de los destinos históricos del hombre y del mundo, de su fin, de su salida final. Pero no debe ser comprendido bajo el ángulo del determinismo y del fatalismo. El fin, el juicio final y la condenación eterna de un gran número no son en modo alguno fijados por una necesidad divina o natural; no hay en ellos ninguna fatalidad. El hombre es libre, está llamado a la actividad, al desenlace; por consiguiente depende también de él. Las profecías apocalípticas no tienen sino un carácter condicional.

Si los cristianos no se unen en torno a la obra común destinada a sobrepasar las fuerzas cósmicas, a vencer la muerte y a restablecer la vida universal; si no crean un reino del trabajo cristianamente espiritualizado, si no superan el dualismo de la razón teórica y de la razón práctica, del trabajo intelectual y del trabajo físico, no habrá verdad cristiana. Si la cristiandad no realiza la fraternidad y el amor en toda la plenitud de la vida, si no triunfa de la muerte por las fuerzas conjugadas del amor cristiano y de la ciencia, entonces llegarán el reino del Anticristo, el fin del mundo, el juicio final y todo lo que se ha predicho en el Apocalipsis. Pero, una vez más, todo esto puede no llegar si la "tarea común" no es emprendida.

La escatología de Nicolás Feodoroff difiere tanto de la escatología cristiana corriente como de la escatología de la técnica moderna, de la religión del maquinismo. El comunismo ruso evoca más particularmente para nosotros el recuerdo de Feodoroff, de este pensador tan poco conocido y apreciado en vida, que formuló en toda su acuidad el problema religioso de la técnica y de la actividad del hombre. La potencia de la técnica está ligada al capitalismo de que ella salió y cuya arma más poderosas la máquina. El comunismo pide prestada a la civilización capitalista esta hipertecnicidad y crea una verdadera religión de la máquina que deifica como un tótem. Es indiscutible que si la técnica creó el capitalismo, es ella quien puede, la primera, contribuir a vencerlo y a sustituirlo por otro régimen social más equitativo. Puede convertirse en un factor importante en la solución del problema social. Pero también allí todo depende del espíritu que rija al hombre. El comunismo materialista subordina el problema del hombre, en cuanto ser psíco-físico, al problema de la sociedad: no es el hombre el que debe organizar la sociedad, sino la sociedad quien debe organizar al hombre. La verdad es lo contrario de esta afirmación. Al hombre corresponde la primacía, y lucha por la organización de la sociedad no sólo como individuo sino también en cuanto ser social, y allí es donde se manifiesta su vocación activa y creadora.

Individuos heridos por la máquina afirman gustosos que ésta desnaturaliza al hombre, que es la gran culpable. Semejante concepción no es compatible con la dignidad humana. No es la máquina creada por el hombre la responsable, y es dar prueba de mala fe achacarle todos los daños.

Es al hombre a quien le es preciso apoderarse de la terrible hegemonía del maquinismo, él mismo ha disgregado su alma. El problema debe ser traspuesto del exterior al interior. El mundo se deshumaniza, y la máquina no es sino una proyección de este proceso. Observamos, por ejemplo, una deshumanización de la ciencia en la física moderna que estudia los rayos invisibles y los sonidos imperceptibles, arrastrándonos, por sus prodigiosos descubrimientos, más allá de los límites habituales de la luz y del sonido. Así es como Einstein nos permite franquear los límites tradicionales del mundo espacial. Los nuevos descubrimientos de la física tienen un sentido positivo y no son en nada responsables; al contrario; testimonian el poder del conocimiento humano. La deshumanización es un estado del espíritu humano, corresponde a su actitud frente al hombre y al universo. Todo lleva nuevamente al problema religioso y filosófico del hombre.

El hombre puede ser absorbido por la infinitud cósmica que se revela a él. El cristianismo le había libertado del poder de este infinito en el cual estaba sumergido desde antes; le había manumitido del compromiso de los espíritus y de los demonios. Le había fortificado, le había, sustraído a la dependencia de la naturaleza, para colocarle bajo la de Dios. Pero llegado a las cúspides de la ciencia, de la civilización y de la técnica, el hombre, libertado de la naturaleza, se ha puesto a explorar por si mismo los misterios de la vida cósmica que hasta ahora le habían permanecido impenetrables, se ha puesto a descubrir la acción de esas energías que dormitaban, en cierto modo, en las profundidades de la vida natural. Y este hecho le coloca en una nueva. Y peligrosa situación con relación a la vida cósmica. La capacidad de organización demostrada por el hombre le desorganiza interiormente. El cristianismo está colocado frente a un nuevo problema. En efecto, para orientar al hombre en sus relaciones actuales con el universo, supone una transformación de la conciencia cristiana, en su concepción de la vocación humana. No podemos contentarnos ya en adelante con la antropología patrística, escolástica o humanística. El problema de la filosofía antropológica se convierte en el problema central del conocimiento. El hombre y la máquina, el hombre y el organismo, el hombre y el universo: otros tantos problemas relativos a la antropología filosófica y religiosa.

En el curso de su destino histórico, siempre trágico por lo demás, el hombre pasó por diversos fases. Al comienzo fue esclavo de la naturaleza y trabó una lucha heroica para defender su independencia y su libertad. Creó la cultura, los Estados, las unidades nacionales, las clases, .pero no tardó en transformarse en su esclavo. Hoy entra en una era nueva: quiere hacerse señor de las fuerzas sociales irracionales. Crea una sociedad organizada y utiliza el progreso técnico para reglamentar la vida y señorear definitivamente la naturaleza. Pero, por una monstruosa perversión, se convierte de nuevo en esclavo de lo que elabora, esclavo de esta máquina, que la sociedad se ha hecho y en la cual él mismo degenera insensiblemente.

Libertar al hombre, subyugar el espíritu de la naturaleza y el de la sociedad, este triple problema vuelve con aspectos siempre nuevos y con una urgencia siempre creciente. No puede ser resuelto sino por una conciencia que coloque al hombre por encima de la naturaleza y de la sociedad, que coloque al alma humana sobre togas las fuerzas sociales y cósmicas que deberán serIe sometidas. Lo que liberte al hombre debe ser aceptado; lo que le esclavice debe ser rechazado. Esta verdad concerniente al hombre, su dignidad y su vocación es inherente al cristianismo aunque ella no esté suficientemente manifiesta y haya sido a menudo desfigurada.

El camino de la liberación definitiva del hombre, de la realización de su vocación es el camino que lleva al Reino de Dios, que no es sólo el reino de los cielos sino también el de la tierra y del universo transfigurados.