ENSAYOS



EL HOMBRE MODERNO Y EL HOMBRE ETERNO (I)

Tristán de Athayde

(Alceu Amoroso Lima, filósofo brasileño, profesor universitario, autor de numerosas obras de Filosofía Social. Amigo y discípulo de Maritain)

ENLACES
(click en los botones rojos)
Aristóteles
William Turner
El hombre y la máquina
Nicolás Berdiaeff
Hombre Moderno - Hombre Eterno
Tristán de Athayde
El Hombre Moderno... (Primera parte)
... el Hombre Eterno. (Segunda parte)



El mejor medio para que comprendamos una época es siempre el observar su “hombre representativo". Pues no basta observar en ellas al hombre. Este es de todo los tiempos, y hay en él dos fases bien distintas: lo que constituye su naturaleza específica y lo que constituye su particularidad individual, étnica, nacional o cronológica. La primera es inmutable y se compone de las dos características fundamentales que distinguen a la especie humana de las demás especies animales: la razón y la libertad.

Todos los hombres, en todos los tiempos y en todos los lugares del mundo, eran y continúan distinguiéndose como seres vivos racionales y libres. Ese concepto, sin embargo nos da sólo una noción genérica del hombre como especie. Pero no agota el concepto verdadero del hombre que es un ser no sólo abstracto sino concreto, y dotado por consiguiente de características no sólo inmutables y constantes como esas, sino aún de otras, variables, particulares, efímeras. Y es con estas últimas que se constituye el hombre representativo, es decir, el tipo que reúne toda una serie de individuos. Puede el hombre ser representativo, de muchas cosas, sea de una profesión, sea de una raza, sea de una clase, etc. El hombre moderno es el hombre representativo de una época. En él se reflejan los signos distintivos de un determinado momento del tiempo, de una cierta sociedad. Pues el hombre es siempre el espejo de su tiempo. Aún cuando imprime a su tiempo el sello de sus rasgos individuales.

El hombre, como criatura racional y libre que es, nunca se limita a reflejar pasivamente su tiempo. Cuanto más fuerte su personalidad, más grabada la deja en su tiempo, o por lo menos en el medio en que vive. No quiere decir esto que el hombre sea tanto más independiente de su tiempo, cuanto más fuerte sea su individualidad. La inadecuación a su época no es un criterio de superioridad. Hay hombres inferiores que poseen la idiosincrasia del tiempo en que viven y que reaccionan contra él por misantropía o por anacronismo. Como hay hombres geniales que expresan perfectamente a su época, como Erasmo al Renacimiento o Dante a la Edad Media. Es cierto, sin embargo, que el hombre socialmente representativo es más bien el hombre medio, como en materia literaria son los "minor writers", según decía Saintsbury, los que mejor reflejan los rasgos de una determinada literatura. El grande hombre tiende mucho a ser un hombre de todos los tiempos y de todos los lugares, con la natural ambición que los hombres tienen, a medida que se elevan intelectualmente, de resumir el universo. El hombre de genio, por lo tanto, es generalmente más representativo de la especie humana, o cuando menos, de una gran familia espiritual, más bien que de una determinada época histórica.

 

EL HOMBRE MODERNO


Ahora bien, lo que estamos investigando aquí no es el hombre en sí, sino el hombre moderno, es decir, el hombre de nuestros días, que se diferencia del pasado y se opone a él. Es por consiguiente entre los hombres medianos de nuestros días, y particularmente entre los jóvenes, que podemos encontrar mejor los rasgos que comunican a nuestro contemporáneo la categoría de modernidad, en el sentido en que la entendemos.

Para que sepamos lo que es el hombre moderno y confrontemos su figura con la del hombre Eterno, debemos comenzar por advertir que en la realidad no existe el hombre moderno, sino éste o aquel hombre moderno, pues cada ser humano es inconmensurable por los demás. Lo que la caracteriología aportó de nuevo y de fuerte a la psicología, fue justamente buscar cierta individualización de la ciencia del alma humana, que permitiese conservar el carácter científico del conocimiento del hombre, sin negar por eso esa característica fundamental del espíritu humano, que es su irreductibilidad a denominadores comunes.

Siempre que hablamos del hombre o de una Institución moderna, hablamos de un tipo, y un tipo es hasta cierto punto irreal. Para que apliquemos el concepto del hombre moderno a este o aquel hombre moderno hemos de hacer una transposición de caracteres, seleccionando los que corresponden a este o aquel ejemplar de la especie.

Hago esta advertencia preliminar para prevenir la objeción inevitable. de que el hombre es una abstracción y de que sólo los hombres son una realidad. Una cosa no. excluye a la otra, y el hombre existe como existe cada hombre en particular, sólo en modalidades diferentes. La sociedad también tiene su personalidad abstracta, que ni por eso se confunde con la personalidad humana, como ésta no se confunde con las personas divinas.

Es preciso conservar siempre la plasticidad de los términos para que podamos reproducir, hasta cierto punto, la inmensa complejidad de las cosas. Por consiguiente, el hombre moderno existe como abstracción; pero de modo tan inconfundible como los hombres, modernos en su realidad completa. Además, como sólo hay ciencia de lo general, fatalmente tenemos que abstraer para abrazar lo real en su totalidad. Lo que no quiere decir que no debamos tener siempre presente la relación continua con la realidad concreta, de la cual la abstracción es una expresión superior y general, y no una mutilación o un artificio.

No sólo. es, pues, perfectamente lícito estudiar al hombre moderno en su existencia genérica, sino que aún más, es necesario para llegar a un resultado. menos caótico que la simple observación, caso por caso. Para que lleguemos, sin embargo, a trazar algunas signos de lo que él es, comencemos por indagar lo que no es.

Vimos ya que no es moderno todo y cualquier hombre de nuestros días, pues el concepto de modernismo no se confunde con el de actualidad. Hay, pues,en nuestros días,hombres modernos y hombres anti-modernos o amodernos. Antimodernos son aquellos que voluntariamente se oponen al modernismo, y cultivan en sí caracteres psicológicos o ideas distintas, y procuran vivir una vida opuesta a la del hombre moderno.

En cuanto al amoderno es aquel que no se preocupa con esa categoría y a veces coincide con ella, a veces se aparta de ella, sea por ignorancia, por displicencia o por superación, como en el caso del Hombre Eterno. Podemos todavía agregar que el modernismo es una categoría que, en general, sucede a algún fuerte cataclismo social, como ser una guerra o una revolución. Un choque de esos provoca en la sociedad ese fenómeno típico del modernismo que es la búsqueda de lo nuevo. Una revolución es siempre precursora de una época que se complace en ser moderna, pues la revolución coloca al pueblo en estado de disponibilidad, rompe en el pasado, desplaza el poder de unas manos a otras, opera a veces desplazamientos de propiedad y finalmente exige para su justificación, que se renueven los hombres, las leyes y las instituciones. Y esa renovación trae consigo la sed de modernización a todo trance. Por consiguiente, las épocas típicamente modernas son épocas que regularmente siguen a esos grandes cataclismos sociales, que arruinan las civilizaciones, o, por lo menos, substituyen los regímenes, las clases o los hombres. Esto es lo que hace de nuestros días una época tan marcadamente moderna, en contraste con el fin del siglo pasado y comienzos del nuestro (antes de los acontecimientos de las últimas décadas), época que fue típicamente amoderna.

Los hombres de nuestros días que no participan del modernismo de nuestra época, son hombres hasta cierto punto fuera de la época. Como, hace treinta años, eran de la época algunos excéntricos que se jactaban de ser modernos. El art nouveau de hace cuarenta años murió, por ser arte moderno en una época no moderna. Mientras que la decoración moderna de nuestros días-, tal vez lo más sólido que está creando e! espíritu modernista en materia de arte – es una forma de arte quedará para siempre naturalmente adecuada a nuestra época y hasta ha conseguido reunir en torno de sus realizaciones, tanto a los hombres modernos como a los anti-modernos y a los no modernos. Pero, no anticipemos.
.
La guerra de 1911 a 1918 provocó una inmensa onda de modernismo puro, es decir de tendencia a lo moderno por lo moderno. Igual ocurrió con las revoluciones posteriores. Hoy ya notamos, sin embargo, una modalidad diversa en ese terreno. Pues el modernismo puro tiende a ceder ante el modernismo que yo llamaría dirigido; es decir a "lo moderno por lo moderno", viene a sucederle lo moderno por este o aquel ideal: político, económico, religioso, etc. Ideal moderno, bien entendido; pero. encuadrado, delimitado, dirigido, definido y no solamente cronológico, como es el modernismo en sí, que tuvo su mayor auge inmediatamente después de la guerra.

Tanto el hombre como las instituciones modernas, tienden actualmente a dividirse en diferentes especies, partiendo todas del mismo espíritu de innovación y rechazo del pasado; pero encasillándose en determinados surcos a medida que necesitan definir .sus rasgos propios: existe lo moderno de derecha, como el de izquierda; hay lo moderno espiritualista y el materialista, y así continúan. La categoría cronológica comienza a ceder ante las categorías ideológicas; pero sólidas y constantes.

Por consiguiente, no todo hombre de nuestros días es moderno, y mucho menos típicamente moderno; tal es la primera observación, que podemos hacer sobre lo que no es el hombre moderno.
Tampoco es moderno lo que se distingue como mejor o como peor en nuestros días. Ya vimos que esa categoría es moralmente indiferente en sí; aunque difícilmente escapa a un juicio de valor cuando se aplica al hombre, pues ningún acto humano. es moralmente indiferente. Lo que decimos, no obstante, es que el hecho de ser o no ser moderno se basa en el falso supuesto de que el tiempo es un criterio de valor, cuando de hecho en nada afecta al mérito de alguien. Ni el pasado en sí es mejor que el presente, ni éste que aquel. Los valores motales son constantes e inmutables, de modo que la historia por sí sola no quita ni da al hombre lo que en cualquier momento del tiempo puede siempre alcanzar por la colaboración de su naturaleza con la gracia divina.

El hombre moderno en nuestros días no es tampoco, como se puede creer el más joven. Siendo el modernismo una categoría de innovación, es natural que el hambre joven en edad, se jacte de ser también joven en ideas, actitudes y creaciones. Y entre los jóvenes encontramos más fácilmente los tipos de mentalidad moderna por excelencia. Y aun es una de las características del modernismo esa preeminencia de la mocedad sobre la edad madura o la ancianidad, como veremos.

No por eso podremos erigir ese rasgo accesorio en criterio principal. En todas las edades encontramos los hombres típicamente modernos de nuestros días. Y aun entre nosotros, en el Brasil, no fue un hijo de la nueva generación sino un hombre ya maduro, como Graça Aranha, el que lanzó el mayor clamor de modernismo, de "Espíritu Moderno" (1931) . proponiéndolo como ideal de la inteligencia brasileña de nuestros tiempos. Y fue a encontrar entre las jóvenes, no sólo aquiescencia, sino también hostilidad para con sus ideas. Podríamos multiplicar los ejemplos. No hay por consiguiente, una vinculación necesaria entre la edad de una ideología y los hombres que la propugnan.

El hombre moderno no es tampoco, necesariamente, todo miembro de un Estada Moderno. Naturalmente se propaga con más facilidad en esos Estados la ideología modernista. Desde el momento que las instituciones sociales se edifican a base de una conciencia específicamente innovadora, los miembros de esa nación encuentran un ambiente más favorable para sus tendencias innovadoras, de modo que el hombre moderno es más corriente en una nación de estructura política moderna que en un Estado que conservó intactas sus instituciones. Como el hombre no es, sin embargo, producto de las instituciones, sino. condicionado por ellas solamente. puede estar en desacuerdo con ellas, aunque sea únicamente en virtud de ese espíritu de contradicción que a veces nos hace tomar actitudes ajenas. De consiguiente, el hombre moderno puede ser o no miembro de un Estado Moderno. Su modo de ser es independiente, hasta cierto punto, de la sociedad en que vive y de sus instituciones políticas o económicas.

 

* * *

Examinando rápidamente lo que no es el hombre moderno, pasemos revista a algunos de los signos más típicos de su psicología, tal como podemos abstraerla de los casos concretos que observamos en nuestro tiempo.

¿Qué es el hombre moderno?

Es, ante todo, el. que se dice moderno y se empeña en serIo. Y de acuerdo con el concepto que dimos de modernismo, será aquel que se precia de ser diferente, repudia y combate el pasado por sistema y acepta el presente.

Estas tres condiciones son necesarias y se completan para constituir la fisonomía del hombre moderno, pues aisladamente pueden llegar a diferentes especies de hombres y no llamar, con propiedad, moderno.

Ser diferente, por ejemplo, puede constituir un mero síntoma de extravagancia individual. Pues bien, el extravagante es aquel que se precia de ser diferente, tanto del pasado como del presente. Es el tipo que, por este o aquel motivo, pretende sobresalir de los demás, simplemente por excentricidad.

Ahora bien, el moderno no se confunde con el excéntrico. El excéntrico es el que desea la diferencia por la diferencia y sólo busca sobresalir. El moderno es, por sí, diferente y quiere imponer su diferencia a su época o aceptar todo aquello en que ella es diferente. En el hombre moderno hay, pues, no sólo el gusto por la diferencia; sino más bien el propósito de crear un estilo nuevo, un nuevo modo de ser y de vivir, que no sea únicamente de él. La excentricidad es individual, mientras que el modernismo es o tiende a ser colectivo.

Por su parte, la repulsión del pasado no es, en el hombre moderno, puramente gratuita, sino sistemática. Y por lo general asume el aspecto, no de un repudio integral o como se da en los casos de meros caprichos antipasadistas por parte de los falsos modernos, sino de una localización del pasado en el pasado, como cosa que pasó definitivamente y que no puede influir en el presente. En tesis, nada habría que objetar pues cada fase de la historia tiene su vida propia y el consejo de dejar que los muertos entierren a los muertos es de boca del mismo Cristo. Esa localización del pasado, aunque bien entendida sería aceptable, se presta fácilmente a dos grandes errores:

 

• o entender por pasado mucha cosa que es del más vivo presente, como quisieran los positivistas localizando la Iglesia en la Edad Media;

• o crear un verdadero foso entre el pasado y el presente.

El hombre moderno – en su repudio al pasado, aun bajo la forma menos sectaria de esa localización a que nos referimos – cae fácilmente en uno u otro de los errores apuntados. Lo que deseo indicar aquí más bien es que ese repudio se hace no por incomprensión del pasado o por ignorancia de lo que él consiguió hacer, sino por convicción de que el pasado es sólo la muerte del presente. Y que sólo éste vive.

El hombre moderno razona generalmente (por lo menos el hombre moderno de nuestro tiempo), partiendo de una estructura mental evolucionista. Es un hecho que. el evolucionismo del siglo XIX impregnó de tal modo la mentalidad de su tiempo que trasmitió a sus sucesores del siglo XX toda esa estructura mental inconsciente, a partir de la cual piensan los hombres del siglo. La meditación. de los problemas a partir de una posición evolucionista, en el tiempo, es uno de los síntomas típicos de la mentalidad moderna.

El moderno piensa en el tiempo. Todo se le presenta en el tiempo. Todo lo ve, en función del tiempo. Cuando considera los fenómenos, los mira en el acto bajo el punto de vista del antes y del después. En todo indaga los orígenes, el estado actual y las posibilidades futuras. La mentalidad moderna es una mentalidad por naturaleza temporal.

Siendo así, colocándose en el curso de los acontecimientos, viendo a cada momento el paso de todo y considerando que sólo lo que no pasó (el presente, por lo tanto), posee la vida, el hombre moderno se ve arrastrado a afirmar otro de sus dogmas, conscientes o inconscientes: la superioridad del presente sobre el pasado.

El hombre moderno de hoy no discute ya esa tesis; la acepta como lugar común. Sólo que, como es sujeto de las mismas variaciones temperamentales que los demás – ya que entre los modernos hay realistas y románticos, ensimismados y exuberantes, patentes o furtivos, etc. –, no reclama de modo uniforme esa superioridad del presente. Tanto más cuanto que, siendo el fenómeno uno de esos que viven en el siglo y en toda la tierra, y no sólo un corto período o en un determinado rincón de un continente, va pasando por todas partes las vicisitudes de un siglo lleno de acontecimientos como el nuestro. Ya se puede hacer una historia del modernismo entre los modernos, pues el sentimiento ha pasado por altos y bajos considerables, en estos últimos veinte años (tomándose la Gran Guerra como la iniciación histórica del siglo XX). Hay una constante, que es la conciencia y el deseo del modernismo en un número considerable de espíritus. Y hay muchas variables, que son las diferenciaciones infinitas del fenómeno según los individuos, los países, los acontecimientos, los momentos, etc.

Es así como los temperamentos extravertidos tienden, ya sea al rechazarlo, ya sea a poseerlo en profundidad. Entre los primeros se recluta en gran parte legión de los falsos modernos,que chocan, llaman la atención, constituyen la masa de los acompañantes; pero poco dejan de sobresaliente. Los otros son los verdaderos modernos, los más realmente originales y sinceros, por eso mismo los más culpables por todo aquello en que lo moderno se aparta de lo Eterno en el hombre y en la sociedad.
Ese dogma moderno de la superioridad del presente sobre el pasado, resulta así encarado, comprendido y expuesto de diferentes maneras, de acuerdo con las diferencias de temperamento en el hombre moderno. Es preciso que no se tenga de éste la falsa concepción de un autómata, creado por superposición de piezas y sin realidad concreta. Es una advertencia que no me canso de repetir para que nose caiga en una abstracción exagerada e irreal, en que el tipo substituye a la persona.

Pasemos, sin embargo, a otro rasgo característico del hombre moderno, que es la indistinción entre persona e individuo.

Esa distinción – modernamente renovada por algunos grandes espíritus como Garrigou Lagrange y Maritain que no se atan al prejuicio del modernismo – la vamos a encontrar, no sólo en el pensamiento griego, sino además en la sabiduría china que decía "la persona es del cielo y el individuo de la tierra".

Ese concepto del hombre ve en él la parte constante y la parte móvil, la parte libre y la parte sierva; el polo de contacto con la divinidad y el polo de subordinación a las leyes de la naturaleza exterior. La primera es la persona y la segunda el individuo.

Para él persona e individuo se confunden, pues el hombre es un momento en el tiempo y en la especie, y sus concepciones son tan efímeras como él. Para él el hombre es indivisible. Heredero de los monistas, que veían en el hombre un fruto de la materia, principio único del universo, aunque se incline más al panteísmo (monismo espiritualista) que al monismo materialista, se considera al hombre moderno como un todo indistinto, en que todas la partes se presentan simultáneamente, indisociables, girando en torno de un yo indisolublemente ligado a las condiciones materiales y orgánicas de su existencia. La persona se diluye en el individuo, el hombre espiritual en el hombre material, con predominio de las características de éste sobre las de aquél.

De ahí el repudio del hombre moderno por todo ascetismo que no lleve a resultados tangibles, como ser el adelgazar o el perfeccionamiento deportivo, aquél principalmente en las mujeres y éste en los hombres. Es uno de los sÍntomas del predominio del individuo, en el hombre moderno, ese repudio natural a toda mortificación y el que la acepte sólo cuando lleva a resultados sensibles. Pues el hombre moderno hace girar su vida y la vida del universo en torno de los sentidos. Aún el espiritualismo del hombre moderno es, generalmente, sensual. Pues solo cree' en lo que ve, toca o siente, de algún modo presente.

Esa repugnancia por aceptar la distinción entre orden natural y orden sobrenatural. O bien, cuando es creyente (pues el hombre moderno no es por definición un impío o un ateo) a aceptarla como materia dogmática superior a la razón y sin repercusión alguna en esa zona de intuición profunda, en que aún los más supra racionales de los dogmas se presentan a nosotros, después de cierta meditación y cierta decantación íntima como adecuables de la naturaleza racional del hombre.
Para el moderno, esas distinciones exteriores a su "yo", constituyen obstáculos tan incomprensibles como la distinción interior entre persona e individuo. La naturaleza para él es una sola, distinta, indivisible como su propio "yo". En la inmensa mayoría de los casos, el moderno no comprende siquiera la posibilidad de lo sobrenatural. Cuando mucho, alcanza a lo preternatural, fruto por lo demás de la ignorancia, congénita o pasajera, sobre la riqueza y complejidad de los fenómenos. Por regla general, domina entre los modernos el más absoluto naturalismo. El propio sentimiento religioso, cuando no lo niegan, pasa a ser un simple fenómeno natural, que representa la parte del corazón frente al misterio provisorio o al sufrimiento perenne. El hombre moderno se coloca, por lo tanto, en pleno naturalismo con la misma inconsciencia con que se coloca en pleno temporalismo.

Otra nota del hombre moderno es que – lejos de reconocer la superioridad de los fines sobre los medios – atribuye a los medios el valor de fin.

El hombre moderno tiene la obsesión del método. Todo para él está en el modo de hacer las cosas. Su preocupación es perfeccionar esos métodos al máximum, pues cree que un buen método llegará ciertamente a un buen fin. De ahí su preocupación por la técnica.

Técnica en el tratamiento de la naturaleza exterior; en el dominio de su propia naturaleza; en la pesquisa de la ciencia, en cualquier dominio que sea, en la organización de su vida social, en todas parte lo que domina en el hombre moderno es la preocupación de aplicar medios modernos, eficientes, mejorados. Y paulatinamente se desinteresa de los fines y se estaciona en la selección de los medios. El interés de las cosas para él, pasa a ser más el esfuerzo de buscadas que el placer de obtenerlas. Todavía reaparece aquí el fenómeno del paso (o pasada). Sintiéndose de paso por todo, también le interesa únicamente lo que representa el paso de una cosa a otra, el medio. y no el fin. De ahí su endiosamiento de la curiosidad, sea por el objeto que fuera. Interesa menos el saber algo que el esfuerzo en buscar el mucho saber.

La superficialidad, que en general distingue al hombre moderno, proviene en parte de esta fisonomía psicológica suya. Ella busca menos la profundidad que la extensión. Le interesa menos conocer bien unas pocas cosas que andar por las ramas en muchas. La curiosidad desgobernada es así, conduce a una movilidad continua de la atención, que sacrifica la cualidad a la cantidad.

Como consecuencia de algunos de esos rasgos del hombre moderno, llegamos a otro: la dislocación de lo absoluto hacia lo relativo, si así se puede decir.

El hombre moderno perdió la noción de la unidad del universo y lo juzga bajo el signo de la multiplicidad. El tiempo expulsó a la eternidad. Lo relativo a lo absoluto. Y siendo así todas las cosas pasaron a tener la posibilidad de ser la medida de lo demás. El hombre moderno substituyó, en su visión del mundo, la noción de jerarquía por la de equivalencia. Todo vale. Todo se substituye. El inferior y el superior son categorías meramente arbitrarias y pasajeras. Todos los grandes efectos pasan a ser consecuencias de pequeñas causas, de modo que se invierten todas las posiciones y la transmutación de valores, que obsesionó la vida de Nietzsche, pasa a ser la preocupación máxima de cada uno. La noción de absoluto, para el hombre moderno, pasa a ser meramente relativa. Es absoluto para mí lo que yo considero que es absoluto. No existen seres ni valores absolutos. Existe la categoría de lo absoluto al servicio de mi relatividad.

El hombre moderno no suprime la noción de absoluto: la multiplica y subordina a la manera de ser de cada uno. Pues él es esencialmente el hombre del punto de vista. Aún cuando dogmatiza e impone su punto de vista, reserva la posibilidad de una modificación. "Hoy sin embargo, es así y debe ser así para todos. Los que no aceptaren, sométanse, pues ese es el espíritu de nuestro tiempo; o la fase de nuestra evolución".

El concepto del Zeitgeist es, como se sabe, el ambiente mismo en que vive, piensa y actúa el hombre moderno. La modernidad, para él, no es un capricho o una extravagancia, ni siquiera una preferencia suya: es una imposición del momento. La edad en que vivimos es la que nos impone esta o aquella actitud. No siempre el hombre que se precia de moderno concuerda con ella. Pero su invencible tendencia al conformismo fatalista lo lleva muchas veces a ser víctima del modernismo. El hombre moderno, fatalista, se inclina, y se inclina con la resignación de quien está sometido en un engranaje del cual no le es lícito escapar, a no ser para hallar la infelicidad. Pues la felicidad es para el hombre moderno la conformidad con el espíritu del tiempo. Y como la felicidad es su mayor preocupación – felicidad propia en los egoístas, felicidad colectiva en los desinteresados – vive preocupado de observar,comprender y seguir el espíritu del tiempo, para no crear un desorden.

Pues oponerse al Zeitgeist, piensa el Moderno, es huir al imperativo del orden. Y el hombre moderno no ama el desorden. Su contradicción máxima está justamente en conciliar un espíritu de extremado individualismo, de liberación, de revolución, de autonomía del pensamiento y de los sentidos, con una profunda reverencia por todo lo que es estructura, colectividad, masa, organización. En la conciliación de esos dos polos de su mundo, estará tal vez la tragedia del hombre moderno, que se traduce, a veces, en grandes gritos poéticos o sociales de desesperación y de alucinación.

Vive, pues, el hombre moderno bajo el signo de la multiplicidad y atribuyendo valor absoluto a las ideas e instituciones relativas, como la Clase, la Raza, la Nación o el Sexo.

Esa pérdida del verdadero sentido de la jerarquía – que hace al hombre moderno vivir en un mundo de equidistancias en que todo equivale – lo lleva también a otro rasgo de su sicología: la consideración del movimiento como factor de superioridad.

La equivalencia mencionada no impide que él procure rehacer una escala, sólo esbozada y constantemente modificada. Uno de sus pocos criterios estables es justamente ese de la primacía del dinamismo. Se considera como lo mejor lo que es más movido,.o antes bien lo más agitado. Pues esa deificación del dinamismo lleva a la confusión entre movimiento y agitación. Es la agitación, es decir el movimiento por el movimiento, lo que se lleva el sufragio de los modernos. El hombre, para ser moderno, tiene que ser hombre de acción que se disloca fácilmente, que muda fácilmente de propósito, de partido, de corbatas o de mujer. El dinamismo es confundido con la vida. Y ésta pasa a ser entonces sinónimo de carie, de multiplicidad, de aventura y de relativismo. Cuanto más cambia, más vive el hombre. Y es el dinamismo el que estampa en el hombre el sello del modernismo. Lo estable, lo recatado, lo sobrio, lo silencioso, son valores superados para el Moderno. Lo mudable, lo exuberante, lo original, lo que se adapta a los demás y a nuevas formas de vida, son los valores modernos y vivos.

Al mismo tiempo que avalúa el dinamismo como un factor de superioridad, el hombre moderno no considera la violencia como factor de inferioridad; al contrario.

Si el mundo moderno vive bajo la inclinación de la violencia es porque la empuña como una insignia. La violencia se convierte en símbolo de heroísmo, virtudes heroicas, sacrificios, abnegación. Y no es raro que de las palabras se pase a la acción. Toda esa actitud, sin embargo,. viene impregnada no sólo de una adaptación de la violencia como inevitable, sino aún del culto mIsmo de la violencia. Culto inconfesado, a veces inconsciente, pero culto que no por eso deja de tener numerosos y fieles adeptos. Tanto en el orden internacional como en las relaciones entre clases, el ambiente que se respira entre los modernos es el de guerra y el de lucha de clases. Y entre los individuos, como dentro de los individuos, aunque asumiendo formas y modalidades diversas, no dejamos de ver por todas partes las señales de la violencia en las ideas, en las actitudes, en las polémicas.


La violencia para el moderno es señal inequívoca de vitalidad. Y como los fines le importan menos que los medios, como él atribuye valores absolutos a las cosas relativas, los procedimientos violentos logran éxito y renombre entre aquéllos que hacen de la modernidad su dominio
secreto.

Otra inversión de valores común entre los modernos es colocar el instinto por encima de la razón.
Siempre que nos referimos a estas transmutaciones de valores, queda entendido que las subordinamos siempre a aquel sentido de la equivalencia, a que antes nos referimos, y según el cual toda jerarquía es para el moderno una cuestión de nombre y de puntos de vista. "Yo llamo razón tal cosa. Yo llamo instinto tal otra. Todo es lo mismo. Cuestión de punto de vista”. Habrá, pues, error antimoderno (para el Moderno) si se coloca la razón, en su valor tradicional, como gobernando el instinto.

Spearman habla de la concepción monárquica del hombre, que sería la tradicional consideración' del ser humano como un ser unificado por el gobierno de la inteligencia.

El moderno, que es demócrata por naturaleza (no en el sentido burgués sino en el sentido etimológico) rechaza esa concepción monárquica del hombre y acepta, al contrario, la más amplia y libre democracia de los instintos. El instinto es el pueblo dentro de nosotros, piensa el moderno. El dominio sobre los instintos será la opresión del pueblo, si no admitimos que gobierne ampliamente nuestra vida. Y ésta será tanto más libre y abundante cuanto mayor sea la colaboración de los instintos. De la misma manera que en la vida social, el hombre moderno quiere ver la masa dominando, así también en la vida sicológica promueve la sublevación o el predominio de los instintos. La inteligencia sólo vale cuando es vitalizada por los instintos. El instinto si que es la vida; la inteligencia, sólo una coordinadora secundaria, al servicio de la vida instintiva, o más bien una dominadora que niega o desvirtúa la vida. La instabilidad tan del agrado del hombre moderno, su sensualidad; su amor a lo concreto, sus ideales a corto plazo, su vida dominada por preocupaciones terrenas, su avidez por las ganancias, su fiebre de aventura, sus curiosidades desbordantes, su agitación continua, todo son consecuencias de ese predominio de la vida instintiva sobre la vida racional, lo que es uno de los fenómenos más típicos del modernismo en nuestros días.

A ese instintivismo está ligado en el hombre moderno, un constante pragmatismo, pudiendo decir que no se guía por los principios y sí por los resultados.

En sentido formal, el principio es una anticipación del fin. Guiarse por los principios es, en la vida práctica, establecer la finalidad como guía de nuestros actos. Pues bien, ya vimos que los fines no son los guías del hombre moderno, sino los medios. Y la finalidad que se tiene en vista está constituida por los resultados inmediatos alcanzados. De ahí la importancia del éxito en la vida moderna. El éxito pasa a ser un criterio de valor. El hecho consumado pasa a tornar el puesto de los principios destronados. Lo que resultó y lo que venció pasa a ser lo que debía resultar y lo que debía vencer. Y tanto más moderno será el hombre cuanto más plástico sea a todo lo que es moderno. Porque la plasticidad en sí, el amorfismo no es, en absoluto cualidad moderna. Por el contrario, ya vimos que la violencia está entre los atributos de que se vanagloria ese espécimen de hombre de nuestros días, que hace de la revolución su ambiente y de la imposición su sistema. La plasticidad del hombre moderno es sólo a todo lo que sea o pretenda ser moderno. En ese caso si que cede o no ofrece resistencia invencible basada en principios establecidos, en contradicción con su actitud de absoluta libertad frente a la vida, a sus gestiones y oportunidades.

El principio moderno por excelencia es ausencia de principios intangibles. O, mejor, la subordinación de los principios a los casos.

La ruta del hombre moderno se traza, no de antemano, sino en tanto va su viaje discurriendo por la vida. Y como tiene la preocupación constante de estar en contacto con las cosas más concretas, presentando en cambio una gran reserva, si no repulsión, por todo lo que sea abstracción, no son los principios sino los casos los que lo gobiernan. El hombre moderno es substancialmente casuista. Sus raciocinios se basan siempre en hechos, acontecimientos, experiencias, y en todos los terrenos toma la ejemplificación como punto de partida para ir a la regla. La regla, para él, pasa a valer menos que el ejemplo, pues es éste el que determina a aquélla. De ahí que coloque la opinión por encima de la fe, y la fe por encima del saber. Pues el cientismo, que en nombre del saber (experimental, solamente, por lo tanto medio saber) elimina la fe y la opinión, ya es hoy, para el verdadero hombre moderno, una forma caduca. Su amor exaltado por lo concreto, por lo tangible, lo hace invertir el orden real de la certeza, haciendo del mundo moderno el paraíso de la opinión. "Yo pienso así", es la última ratio de un mundo en tales condiciones. Es lo que oímos frecuentemente de los labios de aquellos que poseen, consciente o inconscientemente el Zeitgeist ambiente. No son, pues, los principios los que orientan los actos del hombre moderno. Son sus actos los que él transforma generalmente en principios.

Pues la primacía de la vida activa sobre la vida contemplativa es otro de los dogmas del tipo humano que estamos estudiando.

La vida contemplativa, para el hombre moderno, es una prodigalidad. Al amar los resultados más que los principios, las consecuencias más que las causas, lo concreto más que lo abstracto, sólo le parece digna la vida que más se acerca a esa jerarquía de valores. Y como ama el movimiento más que el reposo y la agitación más que el movimiento, no puede comprender una vida que coloque la contemplación por encima de la acción. Pues la verdad, para él, no está en el Acto sino en la Potencia. Y como es la vida contemplativa la que nos pone en ecuación con el acto, y la vida activa con la potencia, el Moderno es enteramente lógico al pronunciarse en favor de la primacía de la acción sobre la contemplación.

Un rasgo que parece un tanto paradojal en el hombre moderno es su amor por las instituciones. La institución es una formación social colectiva que se impone a la voluntad individual y agrupa a los hombres por afinidades parciales. Así, por ejemplo, la Familia, el Estado, la Iglesia. Así también la empresa, el club, la cooperativa o el partido.

En la era individualista las instituciones dejaban, naturalmente, de existir, pues, naturales como son, se sobreponen a la psicología parcial de las épocas históricas. Pero eran consideradas como supervivencias, del pasado (Iglesia); como grupos privados (Familia, empresas, clubs, etc.); o como males tolerables o necesarios (Estado, Sindicatos, partidos, etc.).

Para el hombre de nuestros días, la institución no es eso. A despecho de sus tendencias individualistas, él ve en las instituciones no sólo formaciones superiores a los caprichos individuales, sino principalmente refugios o armaduras sociales. La sociedad llegó, por el uso y abuso de todos los dogmas del modernismo a un estado tal de inseguridad que el hombre moderno sintió la impotencia de su individualismo para contener las fuerzas que él mismo desencadenara. Y recurrió, entonces, a esas formaciones parciales, para encarar la tempestad desencadenada sobre el mundo. Los hombres se recogen en las instituciones ante el embate del torbellino. Pero en ellas ven mucho menos una obra de naturaleza social, superior a la voluntad del hombre, que una especie de ‘tanque’ social, construido libremente por el hombre de nuestros días para atravesar las intemperies ambientes. De modo que el hombre moderno ve en la institución un refugio social transitorio y una formación social permanente. Su gusto profundo sería verse libre de ella, pues obliga a veces a sacrificios incompatibles con su sed profunda de liberación. Pero reconoce que los demonios andan sueltos y que el hombre solo es hoy un hombre perdido (por lo menos para su ideal de seguridad, de confort o diversión).

Porque otra paradoja del hombre moderno es vivir en constante inseguridad haciendo de la seguridad su ideal constante.

El recurrir a la institución, contra el aluvión de inseguridad moderna, es siempre precario. En las tempestades modernas las instituciones ofrecen refugios muy relativos. Tanto más cuanto que haciendo el hombre moderno de las instituciones un producto de su creación libre, pretende también modificar libremente las instituciones, o cambiar unas por otras. Y con esto crea instituciones aparentemente muy sólidas, y aún agresivas en sus estructuras imponentes, pero que descansan sobre pies de barro, ya que lo que hace la solidez de una institución es que el hombre se sienta necesariamente subordinado a ella. Siempre que el hombre se siente superior a la institución o no siente que el bien común de la institución es superior a su propio bien; siempre que no ve que la institución es superior a él, como fruto de la naturaleza de las cosas y no de su capricho, es inevitable la precariedad de las instituciones. Pues son frágiles todas las que crea con los defectos originales que anotamos.

Guerras, revoluciones, escándalos, boatos, catástrofes, crisis, todo concurre a crear, en el mundo de nuestros días, un ambiente de eterna e incurable inquietud. En todo se procede, por lo demás, como si el mundo viviese una vida de absoluta normalidad. De manera que quien sólo mire el exterior de la vida moderna verá únicamente una intensificación natural de la vida antigua y nada más. Sin embargo, basta penetrar un poco en el mundo de los espíritus para que se comprenda que todo es distinto, a despecho de un innegable fenómeno de entorpecimiento intelectual que a veces nos asombra. La mayoría de los hombres, sobre todo en un medio como el nuestro, vive siempre al margen de los acontecimientos y en especial de cualquier sensibilidad para con las mutaciones de los estados de espíritu. No hablo de los medios analfabetos o rurales, donde esa pasividad sería natural. La encontramos, al contrario, en los ambientes urbanos y medianos, cuando no superiormente cultivados.

Ese entorpecimiento en el modernismo no opta, por lo demás, para que la atmósfera de los acontecimientos y la mentalidad de los no-entorpecidos, actúe sobre el ambiente de tal modo que, inconscientemente, se va creando una nueva atmósfera en que la inseguridad es uno de los datos más evidentes del problema. El mundo pasa a ser un estado de espíritu casi permanente. Y así es como, a despecho de las apariencias de serenidad, provocadas por la inercia social y por el mencionado entorpecimiento de los espíritus, basta un poco de penetración para que sintamos que la inseguridad es el ambiente del hombre moderno. Se dirá que él ama esa inseguridad. No lo creo. La aventura a que aspira el hombre moderno es aquella que no acarree un riesgo irreparable a su grande y hasta exagerado amor a la vida. Ama las aventuras de amor, de arte, de turismo, o de ideas. Pero, salvo los momentos de psicosis colectiva, o campañas pasajeras, la aventura social no lo seduce. El hombre moderno ama el orden. Uno de sus máximos problemas consiste precisamente en conciliar ese amor profundo por el orden, con su profundo desorden íntimo. No ve la conexión entre ambos. Y no quiere sacrificar uno al otro. De ahí, como vimos, su amor a las estructuras sociales que corrijan la inseguridad de los tiempos. Siempre que no exijan el sacrificio de las veleidades particulares. La vida moderna es, por lo tanto, insegura, pero el hombre moderno quiere asegurarse lo más posible contra ella, pues su ideal social es de orden y autoridad que le permitan cultivar en paz su desorden y su libertinaje (en el sentido que daba al término el siglo XII).

Esas y otras paradojas son naturales al hombre moderno, que hace de la contradicción una ley de la vida.

Lo que lo guía en todos sus actos es, por lo demás, esa conclusión, que se impone, de la primacía de la vida. "Es la vida", es la frase que con más frecuencia oÍmos de sus labios. La contradicción es la vida; lo lógico es la vida; el pecado es la vida; el error es la vida; todo es la vida. La vida recoge todo con su manto de infinita mansedumbre. Cuando el hombre moderno la invoca asume así un ligero aire de misterio y de martirio, como si esa invocación contuviese el último secreto de los sabios y la última renuncia de los santos. Pero, de hecho, lo que así encubre para él la vida es su poco deseo de reaccionar contra ella en nombre de algo que se oponga a su curso indeclinable. Y en los medios modernos se vuelve de mal gusto invocar algo contra ese chaparrón turbio que el hombre moderno llama la vida. Pues lo que en esa invocación le aprovecha es el que la vida, así entendida, confunde todo, equipara todo, todo lo carga indistintamente en sus aguas indiferentes. Y como el hombre moderno no distingue el bien del mal o la verdad del error, sino por lo que represente en su opinión, o por los resultados que provoca en el curso de las cosas, pasa la primacía de la vida a ser para él la evidencia de que lo natural es la contradicción y lo lógico es lo artificial. Lo imprevisto pasa así a ser la primera de sus previsiones. Pues siendo la vida contradictoria y constituyendo el supremo valor para el hombre – por contener en sí todos los valores dispuestos en forma no-jerárquica – todo en la vida es susceptible de una reducción al orden, sino como imposición artificial de su curso inexorable (como es el caso de las instituciones, especies de recursos de emergencia contra los abusos de las contradicciones vitales).

Ese amor a lo indistinto, que se traduce en la proclamación del primado de la vida, lleva aún al hombre moderno a eliminar toda diferenciación entre el hombre y la mujer, o entre el niño y el adulto.

A medida que, para él, crece la importancia del sexo, decrece la diferencia de los sexos. A la ley del hombre – con que el concepto burgués de la vida desequilibró la jerarquía cristiana entre los sexos – opone el hombre moderno la ley de la indistinción sexual. Hombre y mujer se equivalen en todo y se substituyen recíprocamente en todo. La variedad de los sexos es un accidente de la naturaleza, que socialmente no debe ser tomado en cuenta. De modo que en la familia y fuera de ella, en la vida individual como en la vida social, desaparece toda distinción entre los sexos. Pero no es un orden intermedio que se opone a ambos, sino la imposición a la mujer del orden masculino, del modo de ser, de pensar, de obrar del "sexo fuerte". Es lo que el hombre moderno llama generalmente "liberación de la mujer" y que considera como uno de los dogmas intangibles del modernismo.

Lo que se da entre los sexos se repite entre las edades. El siglo moderno completa la liberación de la mujer con la liberación del niño. "Siglo del niño" llama el hombre moderno a nuestro siglo, y llega a afirmar que el niño "es un descubrimiento del siglo XX". Sólo un derecho, ya lo vimos, se .le niega al niño por parte del hombre moderno: el de nacer... El adulto puede y aún debe impedir el nacimiento del niño. Es el anticoncepcionismo, tan familiar al hombre moderno. Llega también ya al aborto. Al infanticidio todavía no (pues es preciso dejar algo al hombre moderno del siglo XXI). Una vez nacido, pasa el niño a tener todos los derechos, incluso contra los padres. Sólo hay una autoridad superior a la del niño: la del Estado. Este. sin embargo, se esmera en que su autoridad no se haga sentir, de modo que el niño moderno tenga la noción perfecta de su soberanía sobre el mundo.

Como corolario. de esta primacía del niño, encontramos en el hombre moderno la convicción de que la juventud es un criterio de valor. Consecuencia natural, también, de una concepción de la vida que da al tiempo un valor en sí, haciendo de lo moderno un factor de superioridad sobre lo antiguo. Siendo así, es natural que el joven sea necesariamente mejor que el viejo. Es lo que piensa, al menos inconscientemente, el hombre moderno. Tanto es así que hace cuanto puede por retardar la ancianidad, que pasa a ser un mal en sí. "El mundo es de los jóvenes", es otro lugar común con que el hombre moderno ilustra su escaso vocabulario, del que un nuevo León Bloy tendría que hacer un día una exégesis semejante a la que genialmente hizo aquel de 'burgués’ para el vocabulario corriente.

Ahí tenéis los rasgos del Hombre tal como lo considera una concepción evolucionista de la existencia, para la cual el Tiempo no es sólo una condición de vida, sino también un criterio de valor. En el próximo capítulo veremos al Hombre, en sus características intemporales.