El mejor medio para que comprendamos una época es siempre
el observar su hombre representativo". Pues no basta
observar en ellas al hombre. Este es de todo los tiempos, y hay
en él dos fases bien distintas: lo que constituye su naturaleza
específica y lo que constituye su particularidad individual,
étnica, nacional o cronológica. La primera es inmutable
y se compone de las dos características fundamentales que
distinguen a la especie humana de las demás especies animales:
la razón y la libertad.
Todos los
hombres, en todos los tiempos y en todos los lugares del mundo,
eran y continúan distinguiéndose como seres vivos
racionales y libres. Ese concepto, sin embargo nos da sólo
una noción genérica del hombre como especie. Pero
no agota el concepto verdadero del hombre que es un ser no sólo
abstracto sino concreto, y dotado por consiguiente de características
no sólo inmutables y constantes como esas, sino aún
de otras, variables, particulares, efímeras. Y es con estas
últimas que se constituye el hombre representativo, es
decir, el tipo que reúne toda una serie de individuos.
Puede el hombre ser representativo, de muchas cosas, sea de una
profesión, sea de una raza, sea de una clase, etc. El hombre
moderno es el hombre representativo de una época. En él
se reflejan los signos distintivos de un determinado momento del
tiempo, de una cierta sociedad. Pues el hombre es siempre el espejo
de su tiempo. Aún cuando imprime a su tiempo el sello de
sus rasgos individuales.
El hombre,
como criatura racional y libre que es, nunca se limita a reflejar
pasivamente su tiempo. Cuanto más fuerte su personalidad,
más grabada la deja en su tiempo, o por lo menos en el
medio en que vive. No quiere decir esto que el hombre sea tanto
más independiente de su tiempo, cuanto más fuerte
sea su individualidad. La inadecuación a su época
no es un criterio de superioridad. Hay hombres inferiores que
poseen la idiosincrasia del tiempo en que viven y que reaccionan
contra él por misantropía o por anacronismo. Como
hay hombres geniales que expresan perfectamente a su época,
como Erasmo al Renacimiento o Dante a la Edad Media. Es cierto,
sin embargo, que el hombre socialmente representativo es más
bien el hombre medio, como en materia literaria son los "minor
writers", según decía Saintsbury, los que mejor
reflejan los rasgos de una determinada literatura. El grande hombre
tiende mucho a ser un hombre de todos los tiempos y de todos los
lugares, con la natural ambición que los hombres tienen,
a medida que se elevan intelectualmente, de resumir el universo.
El hombre de genio, por lo tanto, es generalmente más representativo
de la especie humana, o cuando menos, de una gran familia espiritual,
más bien que de una determinada época histórica.
EL
HOMBRE MODERNO
Ahora bien, lo que estamos investigando aquí no es el hombre
en sí, sino el hombre moderno, es decir, el hombre de nuestros
días, que se diferencia del pasado y se opone a él.
Es por consiguiente entre los hombres medianos de nuestros días,
y particularmente entre los jóvenes, que podemos encontrar
mejor los rasgos que comunican a nuestro contemporáneo
la categoría de modernidad, en el sentido en que la entendemos.
Para que sepamos
lo que es el hombre moderno y confrontemos su figura con la del
hombre Eterno, debemos comenzar por advertir que en la realidad
no existe el hombre moderno, sino éste o aquel hombre moderno,
pues cada ser humano es inconmensurable por los demás.
Lo que la caracteriología aportó de nuevo y de fuerte
a la psicología, fue justamente buscar cierta individualización
de la ciencia del alma humana, que permitiese conservar el carácter
científico del conocimiento del hombre, sin negar por eso
esa característica fundamental del espíritu humano,
que es su irreductibilidad a denominadores comunes.
Siempre que
hablamos del hombre o de una Institución moderna, hablamos
de un tipo, y un tipo es hasta cierto punto irreal. Para que apliquemos
el concepto del hombre moderno a este o aquel hombre moderno hemos
de hacer una transposición de caracteres, seleccionando
los que corresponden a este o aquel ejemplar de la especie.
Hago esta
advertencia preliminar para prevenir la objeción inevitable.
de que el hombre es una abstracción y de que sólo
los hombres son una realidad. Una cosa no. excluye a la otra,
y el hombre existe como existe cada hombre en particular, sólo
en modalidades diferentes. La sociedad también tiene su
personalidad abstracta, que ni por eso se confunde con la personalidad
humana, como ésta no se confunde con las personas divinas.
Es preciso
conservar siempre la plasticidad de los términos para que
podamos reproducir, hasta cierto punto, la inmensa complejidad
de las cosas. Por consiguiente, el hombre moderno existe como
abstracción; pero de modo tan inconfundible como los hombres,
modernos en su realidad completa. Además, como sólo
hay ciencia de lo general, fatalmente tenemos que abstraer para
abrazar lo real en su totalidad. Lo que no quiere decir que no
debamos tener siempre presente la relación continua con
la realidad concreta, de la cual la abstracción es una
expresión superior y general, y no una mutilación
o un artificio.
No sólo.
es, pues, perfectamente lícito estudiar al hombre moderno
en su existencia genérica, sino que aún más,
es necesario para llegar a un resultado. menos caótico
que la simple observación, caso por caso. Para que lleguemos,
sin embargo, a trazar algunas signos de lo que él es, comencemos
por indagar lo que no es.
Vimos ya que
no es moderno todo y cualquier hombre de nuestros días,
pues el concepto de modernismo no se confunde con el de actualidad.
Hay, pues,en nuestros días,hombres modernos y hombres anti-modernos
o amodernos. Antimodernos son aquellos que voluntariamente se
oponen al modernismo, y cultivan en sí caracteres psicológicos
o ideas distintas, y procuran vivir una vida opuesta a la del
hombre moderno.
En cuanto
al amoderno es aquel que no se preocupa con esa categoría
y a veces coincide con ella, a veces se aparta de ella, sea por
ignorancia, por displicencia o por superación, como en
el caso del Hombre Eterno. Podemos todavía agregar que
el modernismo es una categoría que, en general, sucede
a algún fuerte cataclismo social, como ser una guerra o
una revolución. Un choque de esos provoca en la sociedad
ese fenómeno típico del modernismo que es la búsqueda
de lo nuevo. Una revolución es siempre precursora de una
época que se complace en ser moderna, pues la revolución
coloca al pueblo en estado de disponibilidad, rompe en el pasado,
desplaza el poder de unas manos a otras, opera a veces desplazamientos
de propiedad y finalmente exige para su justificación,
que se renueven los hombres, las leyes y las instituciones. Y
esa renovación trae consigo la sed de modernización
a todo trance. Por consiguiente, las épocas típicamente
modernas son épocas que regularmente siguen a esos grandes
cataclismos sociales, que arruinan las civilizaciones, o, por
lo menos, substituyen los regímenes, las clases o los hombres.
Esto es lo que hace de nuestros días una época tan
marcadamente moderna, en contraste con el fin del siglo pasado
y comienzos del nuestro (antes de los acontecimientos de las últimas
décadas), época que fue típicamente amoderna.
Los hombres
de nuestros días que no participan del modernismo de nuestra
época, son hombres hasta cierto punto fuera de la época.
Como, hace treinta años, eran de la época algunos
excéntricos que se jactaban de ser modernos. El art nouveau
de hace cuarenta años murió, por ser arte moderno
en una época no moderna. Mientras que la decoración
moderna de nuestros días-, tal vez lo más sólido
que está creando e! espíritu modernista en materia
de arte es una forma de arte quedará para siempre
naturalmente adecuada a nuestra época y hasta ha conseguido
reunir en torno de sus realizaciones, tanto a los hombres modernos
como a los anti-modernos y a los no modernos. Pero, no anticipemos.
.
La guerra de 1911 a 1918 provocó una inmensa onda de modernismo
puro, es decir de tendencia a lo moderno por lo moderno. Igual
ocurrió con las revoluciones posteriores. Hoy ya notamos,
sin embargo, una modalidad diversa en ese terreno. Pues el modernismo
puro tiende a ceder ante el modernismo que yo llamaría
dirigido; es decir a "lo moderno por lo moderno", viene
a sucederle lo moderno por este o aquel ideal: político,
económico, religioso, etc. Ideal moderno, bien entendido;
pero. encuadrado, delimitado, dirigido, definido y no solamente
cronológico, como es el modernismo en sí, que tuvo
su mayor auge inmediatamente después de la guerra.
Tanto el hombre
como las instituciones modernas, tienden actualmente a dividirse
en diferentes especies, partiendo todas del mismo espíritu
de innovación y rechazo del pasado; pero encasillándose
en determinados surcos a medida que necesitan definir .sus rasgos
propios: existe lo moderno de derecha, como el de izquierda; hay
lo moderno espiritualista y el materialista, y así continúan.
La categoría cronológica comienza a ceder ante las
categorías ideológicas; pero sólidas y constantes.
Por consiguiente,
no todo hombre de nuestros días es moderno, y mucho menos
típicamente moderno; tal es la primera observación,
que podemos hacer sobre lo que no es el hombre moderno.
Tampoco es moderno lo que se distingue como mejor o como peor
en nuestros días. Ya vimos que esa categoría es
moralmente indiferente en sí; aunque difícilmente
escapa a un juicio de valor cuando se aplica al hombre, pues ningún
acto humano. es moralmente indiferente. Lo que decimos, no obstante,
es que el hecho de ser o no ser moderno se basa en el falso supuesto
de que el tiempo es un criterio de valor, cuando de hecho en nada
afecta al mérito de alguien. Ni el pasado en sí
es mejor que el presente, ni éste que aquel. Los valores
motales son constantes e inmutables, de modo que la historia por
sí sola no quita ni da al hombre lo que en cualquier momento
del tiempo puede siempre alcanzar por la colaboración de
su naturaleza con la gracia divina.
El hombre
moderno en nuestros días no es tampoco, como se puede creer
el más joven. Siendo el modernismo una categoría
de innovación, es natural que el hambre joven en edad,
se jacte de ser también joven en ideas, actitudes y creaciones.
Y entre los jóvenes encontramos más fácilmente
los tipos de mentalidad moderna por excelencia. Y aun es una de
las características del modernismo esa preeminencia de
la mocedad sobre la edad madura o la ancianidad, como veremos.
No por eso
podremos erigir ese rasgo accesorio en criterio principal. En
todas las edades encontramos los hombres típicamente modernos
de nuestros días. Y aun entre nosotros, en el Brasil, no
fue un hijo de la nueva generación sino un hombre ya maduro,
como Graça Aranha, el que lanzó el mayor clamor
de modernismo, de "Espíritu Moderno" (1931) .
proponiéndolo como ideal de la inteligencia brasileña
de nuestros tiempos. Y fue a encontrar entre las jóvenes,
no sólo aquiescencia, sino también hostilidad para
con sus ideas. Podríamos multiplicar los ejemplos. No hay
por consiguiente, una vinculación necesaria entre la edad
de una ideología y los hombres que la propugnan.
El hombre
moderno no es tampoco, necesariamente, todo miembro de un Estada
Moderno. Naturalmente se propaga con más facilidad en esos
Estados la ideología modernista. Desde el momento que las
instituciones sociales se edifican a base de una conciencia específicamente
innovadora, los miembros de esa nación encuentran un ambiente
más favorable para sus tendencias innovadoras, de modo
que el hombre moderno es más corriente en una nación
de estructura política moderna que en un Estado que conservó
intactas sus instituciones. Como el hombre no es, sin embargo,
producto de las instituciones, sino. condicionado por ellas solamente.
puede estar en desacuerdo con ellas, aunque sea únicamente
en virtud de ese espíritu de contradicción que a
veces nos hace tomar actitudes ajenas. De consiguiente, el hombre
moderno puede ser o no miembro de un Estado Moderno. Su modo de
ser es independiente, hasta cierto punto, de la sociedad en que
vive y de sus instituciones políticas o económicas.
*
* *
Examinando rápidamente lo que no es el hombre moderno, pasemos revista a algunos de los signos más típicos
de su psicología, tal como podemos abstraerla de los casos
concretos que observamos en nuestro tiempo.
¿Qué
es el hombre moderno?
Es, ante todo,
el. que se dice moderno y se empeña en serIo. Y de acuerdo
con el concepto que dimos de modernismo, será aquel que
se precia de ser diferente, repudia y combate el pasado por sistema
y acepta el presente.
Estas tres
condiciones son necesarias y se completan para constituir la fisonomía
del hombre moderno, pues aisladamente pueden llegar a diferentes
especies de hombres y no llamar, con propiedad, moderno.
Ser diferente,
por ejemplo, puede constituir un mero síntoma de extravagancia
individual. Pues bien, el extravagante es aquel que se precia
de ser diferente, tanto del pasado como del presente. Es el tipo
que, por este o aquel motivo, pretende sobresalir de los demás,
simplemente por excentricidad.
Ahora bien,
el moderno no se confunde con el excéntrico. El excéntrico
es el que desea la diferencia por la diferencia y sólo
busca sobresalir. El moderno es, por sí, diferente y quiere
imponer su diferencia a su época o aceptar todo aquello
en que ella es diferente. En el hombre moderno hay, pues, no sólo
el gusto por la diferencia; sino más bien el propósito
de crear un estilo nuevo, un nuevo modo de ser y de vivir, que
no sea únicamente de él. La excentricidad es individual,
mientras que el modernismo es o tiende a ser colectivo.
Por su parte,
la repulsión del pasado no es, en el hombre moderno, puramente
gratuita, sino sistemática. Y por lo general asume el aspecto,
no de un repudio integral o como se da en los casos de meros caprichos
antipasadistas por parte de los falsos modernos, sino de una localización
del pasado en el pasado, como cosa que pasó definitivamente
y que no puede influir en el presente. En tesis, nada habría
que objetar pues cada fase de la historia tiene su vida propia
y el consejo de dejar que los muertos entierren a los muertos
es de boca del mismo Cristo. Esa localización del pasado,
aunque bien entendida sería aceptable, se presta fácilmente
a dos grandes errores:
o
entender por pasado mucha cosa que es del más vivo presente,
como quisieran los positivistas localizando la Iglesia en la
Edad Media;
o
crear un verdadero foso entre el pasado y el presente.
El hombre
moderno en su repudio al pasado, aun bajo la forma menos
sectaria de esa localización a que nos referimos
cae fácilmente en uno u otro de los errores apuntados.
Lo que deseo indicar aquí más bien es que ese repudio
se hace no por incomprensión del pasado o por ignorancia
de lo que él consiguió hacer, sino por convicción
de que el pasado es sólo la muerte del presente. Y que
sólo éste vive.
El hombre
moderno razona generalmente (por lo menos el hombre moderno de
nuestro tiempo), partiendo de una estructura mental evolucionista.
Es un hecho que. el evolucionismo del siglo XIX impregnó
de tal modo la mentalidad de su tiempo que trasmitió a
sus sucesores del siglo XX toda esa estructura mental inconsciente,
a partir de la cual piensan los hombres del siglo. La meditación.
de los problemas a partir de una posición evolucionista,
en el tiempo, es uno de los síntomas típicos de
la mentalidad moderna.
El moderno
piensa en el tiempo. Todo se le presenta en el tiempo. Todo lo
ve, en función del tiempo. Cuando considera los fenómenos,
los mira en el acto bajo el punto de vista del antes y del después.
En todo indaga los orígenes, el estado actual y las posibilidades
futuras. La mentalidad moderna es una mentalidad por naturaleza
temporal.
Siendo así,
colocándose en el curso de los acontecimientos, viendo
a cada momento el paso de todo y considerando que sólo
lo que no pasó (el presente, por lo tanto), posee la vida,
el hombre moderno se ve arrastrado a afirmar otro de sus dogmas,
conscientes o inconscientes: la superioridad del presente sobre
el pasado.
El hombre
moderno de hoy no discute ya esa tesis; la acepta como lugar común.
Sólo que, como es sujeto de las mismas variaciones temperamentales
que los demás ya que entre los modernos hay realistas
y románticos, ensimismados y exuberantes, patentes o furtivos,
etc. , no reclama de modo uniforme esa superioridad del
presente. Tanto más cuanto que, siendo el fenómeno
uno de esos que viven en el siglo y en toda la tierra, y no sólo
un corto período o en un determinado rincón de un
continente, va pasando por todas partes las vicisitudes de un
siglo lleno de acontecimientos como el nuestro. Ya se puede hacer
una historia del modernismo entre los modernos, pues el sentimiento
ha pasado por altos y bajos considerables, en estos últimos
veinte años (tomándose la Gran Guerra como la iniciación
histórica del siglo XX). Hay una constante, que es la conciencia
y el deseo del modernismo en un número considerable de
espíritus. Y hay muchas variables, que son las diferenciaciones
infinitas del fenómeno según los individuos, los
países, los acontecimientos, los momentos, etc.
Es así
como los temperamentos extravertidos tienden, ya sea al rechazarlo,
ya sea a poseerlo en profundidad. Entre los primeros se recluta
en gran parte legión de los falsos modernos,que chocan,
llaman la atención, constituyen la masa de los acompañantes;
pero poco dejan de sobresaliente. Los otros son los verdaderos
modernos, los más realmente originales y sinceros, por
eso mismo los más culpables por todo aquello en que lo
moderno se aparta de lo Eterno en el hombre y en la sociedad.
Ese dogma moderno de la superioridad del presente sobre el pasado,
resulta así encarado, comprendido y expuesto de diferentes
maneras, de acuerdo con las diferencias de temperamento en el
hombre moderno. Es preciso que no se tenga de éste la falsa
concepción de un autómata, creado por superposición
de piezas y sin realidad concreta. Es una advertencia que no me
canso de repetir para que nose caiga en una abstracción
exagerada e irreal, en que el tipo substituye a la persona.
Pasemos, sin
embargo, a otro rasgo característico del hombre moderno,
que es la indistinción entre persona e individuo.
Esa distinción
modernamente renovada por algunos grandes espíritus
como Garrigou Lagrange y Maritain que no se atan al prejuicio
del modernismo la vamos a encontrar, no sólo en
el pensamiento griego, sino además en la sabiduría
china que decía "la persona es del cielo y el individuo
de la tierra".
Ese concepto
del hombre ve en él la parte constante y la parte móvil,
la parte libre y la parte sierva; el polo de contacto con la divinidad
y el polo de subordinación a las leyes de la naturaleza
exterior. La primera es la persona y la segunda el individuo.
Para él
persona e individuo se confunden, pues el hombre es un momento
en el tiempo y en la especie, y sus concepciones son tan efímeras
como él. Para él el hombre es indivisible. Heredero
de los monistas, que veían en el hombre un fruto de la
materia, principio único del universo, aunque se incline
más al panteísmo (monismo espiritualista) que al
monismo materialista, se considera al hombre moderno como un todo
indistinto, en que todas la partes se presentan simultáneamente,
indisociables, girando en torno de un yo indisolublemente ligado
a las condiciones materiales y orgánicas de su existencia.
La persona se diluye en el individuo, el hombre espiritual en
el hombre material, con predominio de las características
de éste sobre las de aquél.
De ahí
el repudio del hombre moderno por todo ascetismo que no lleve
a resultados tangibles, como ser el adelgazar o el perfeccionamiento
deportivo, aquél principalmente en las mujeres y éste
en los hombres. Es uno de los sÍntomas del predominio del
individuo, en el hombre moderno, ese repudio natural a toda mortificación
y el que la acepte sólo cuando lleva a resultados sensibles.
Pues el hombre moderno hace girar su vida y la vida del universo
en torno de los sentidos. Aún el espiritualismo del hombre
moderno es, generalmente, sensual. Pues solo cree' en lo que ve,
toca o siente, de algún modo presente.
Esa repugnancia
por aceptar la distinción entre orden natural y orden sobrenatural.
O bien, cuando es creyente (pues el hombre moderno no es por definición
un impío o un ateo) a aceptarla como materia dogmática
superior a la razón y sin repercusión alguna en
esa zona de intuición profunda, en que aún los más
supra racionales de los dogmas se presentan a nosotros, después
de cierta meditación y cierta decantación íntima
como adecuables de la naturaleza racional del hombre.
Para el moderno, esas distinciones exteriores a su "yo",
constituyen obstáculos tan incomprensibles como la distinción
interior entre persona e individuo. La naturaleza para él
es una sola, distinta, indivisible como su propio "yo".
En la inmensa mayoría de los casos, el moderno no comprende
siquiera la posibilidad de lo sobrenatural. Cuando mucho, alcanza
a lo preternatural, fruto por lo demás de la ignorancia,
congénita o pasajera, sobre la riqueza y complejidad de
los fenómenos. Por regla general, domina entre los modernos
el más absoluto naturalismo. El propio sentimiento religioso,
cuando no lo niegan, pasa a ser un simple fenómeno natural,
que representa la parte del corazón frente al misterio
provisorio o al sufrimiento perenne. El hombre moderno se coloca,
por lo tanto, en pleno naturalismo con la misma inconsciencia
con que se coloca en pleno temporalismo.
Otra nota
del hombre moderno es que lejos de reconocer la superioridad
de los fines sobre los medios atribuye a los medios el
valor de fin.
El hombre
moderno tiene la obsesión del método. Todo para
él está en el modo de hacer las cosas. Su preocupación
es perfeccionar esos métodos al máximum, pues cree
que un buen método llegará ciertamente a un buen
fin. De ahí su preocupación por la técnica.
Técnica
en el tratamiento de la naturaleza exterior; en el dominio de
su propia naturaleza; en la pesquisa de la ciencia, en cualquier
dominio que sea, en la organización de su vida social,
en todas parte lo que domina en el hombre moderno es la preocupación
de aplicar medios modernos, eficientes, mejorados. Y paulatinamente
se desinteresa de los fines y se estaciona en la selección
de los medios. El interés de las cosas para él,
pasa a ser más el esfuerzo de buscadas que el placer de
obtenerlas. Todavía reaparece aquí el fenómeno
del paso (o pasada). Sintiéndose de paso por todo, también
le interesa únicamente lo que representa el paso de una
cosa a otra, el medio. y no el fin. De ahí su endiosamiento
de la curiosidad, sea por el objeto que fuera. Interesa menos
el saber algo que el esfuerzo en buscar el mucho saber.
La superficialidad,
que en general distingue al hombre moderno, proviene en parte
de esta fisonomía psicológica suya. Ella busca menos
la profundidad que la extensión. Le interesa menos conocer
bien unas pocas cosas que andar por las ramas en muchas. La curiosidad
desgobernada es así, conduce a una movilidad continua de
la atención, que sacrifica la cualidad a la cantidad.
Como consecuencia
de algunos de esos rasgos del hombre moderno, llegamos a otro:
la dislocación de lo absoluto hacia lo relativo, si así
se puede decir.
El hombre
moderno perdió la noción de la unidad del universo
y lo juzga bajo el signo de la multiplicidad. El tiempo expulsó
a la eternidad. Lo relativo a lo absoluto. Y siendo así
todas las cosas pasaron a tener la posibilidad de ser la medida
de lo demás. El hombre moderno substituyó, en su
visión del mundo, la noción de jerarquía
por la de equivalencia. Todo vale. Todo se substituye. El inferior
y el superior son categorías meramente arbitrarias y pasajeras.
Todos los grandes efectos pasan a ser consecuencias de pequeñas
causas, de modo que se invierten todas las posiciones y la transmutación
de valores, que obsesionó la vida de Nietzsche, pasa a
ser la preocupación máxima de cada uno. La noción
de absoluto, para el hombre moderno, pasa a ser meramente relativa.
Es absoluto para mí lo que yo considero que es absoluto.
No existen seres ni valores absolutos. Existe la categoría
de lo absoluto al servicio de mi relatividad.
El hombre
moderno no suprime la noción de absoluto: la multiplica
y subordina a la manera de ser de cada uno. Pues él es
esencialmente el hombre del punto de vista. Aún cuando
dogmatiza e impone su punto de vista, reserva la posibilidad de
una modificación. "Hoy sin embargo, es así
y debe ser así para todos. Los que no aceptaren, sométanse,
pues ese es el espíritu de nuestro tiempo; o la fase de
nuestra evolución".
El concepto
del Zeitgeist es, como se sabe, el ambiente mismo en que vive,
piensa y actúa el hombre moderno. La modernidad, para él,
no es un capricho o una extravagancia, ni siquiera una preferencia
suya: es una imposición del momento. La edad en que vivimos
es la que nos impone esta o aquella actitud. No siempre el hombre
que se precia de moderno concuerda con ella. Pero su invencible
tendencia al conformismo fatalista lo lleva muchas veces a ser
víctima del modernismo. El hombre moderno, fatalista, se
inclina, y se inclina con la resignación de quien está
sometido en un engranaje del cual no le es lícito escapar,
a no ser para hallar la infelicidad. Pues la felicidad es para
el hombre moderno la conformidad con el espíritu del tiempo.
Y como la felicidad es su mayor preocupación felicidad
propia en los egoístas, felicidad colectiva en los desinteresados
vive preocupado de observar,comprender y seguir el espíritu
del tiempo, para no crear un desorden.
Pues oponerse
al Zeitgeist, piensa el Moderno, es huir al imperativo del orden.
Y el hombre moderno no ama el desorden. Su contradicción
máxima está justamente en conciliar un espíritu
de extremado individualismo, de liberación, de revolución,
de autonomía del pensamiento y de los sentidos, con una
profunda reverencia por todo lo que es estructura, colectividad,
masa, organización. En la conciliación de esos dos
polos de su mundo, estará tal vez la tragedia del hombre
moderno, que se traduce, a veces, en grandes gritos poéticos
o sociales de desesperación y de alucinación.
Vive, pues,
el hombre moderno bajo el signo de la multiplicidad y atribuyendo
valor absoluto a las ideas e instituciones relativas, como la
Clase, la Raza, la Nación o el Sexo.
Esa pérdida
del verdadero sentido de la jerarquía que hace al
hombre moderno vivir en un mundo de equidistancias en que todo
equivale lo lleva también a otro rasgo de su sicología:
la consideración del movimiento como factor de superioridad.
La equivalencia
mencionada no impide que él procure rehacer una escala,
sólo esbozada y constantemente modificada. Uno de sus pocos
criterios estables es justamente ese de la primacía del
dinamismo. Se considera como lo mejor lo que es más movido,.o
antes bien lo más agitado. Pues esa deificación
del dinamismo lleva a la confusión entre movimiento y agitación.
Es la agitación, es decir el movimiento por el movimiento,
lo que se lleva el sufragio de los modernos. El hombre, para ser
moderno, tiene que ser hombre de acción que se disloca
fácilmente, que muda fácilmente de propósito,
de partido, de corbatas o de mujer. El dinamismo es confundido
con la vida. Y ésta pasa a ser entonces sinónimo
de carie, de multiplicidad, de aventura y de relativismo. Cuanto
más cambia, más vive el hombre. Y es el dinamismo
el que estampa en el hombre el sello del modernismo. Lo estable,
lo recatado, lo sobrio, lo silencioso, son valores superados para
el Moderno. Lo mudable, lo exuberante, lo original, lo que se
adapta a los demás y a nuevas formas de vida, son los valores
modernos y vivos.
Al mismo tiempo
que avalúa el dinamismo como un factor de superioridad,
el hombre moderno no considera la violencia como factor de inferioridad;
al contrario.
Si el mundo
moderno vive bajo la inclinación de la violencia es porque
la empuña como una insignia. La violencia se convierte
en símbolo de heroísmo, virtudes heroicas, sacrificios,
abnegación. Y no es raro que de las palabras se pase a
la acción. Toda esa actitud, sin embargo,. viene impregnada
no sólo de una adaptación de la violencia como inevitable,
sino aún del culto mIsmo de la violencia.
Culto inconfesado, a veces inconsciente, pero culto que no por
eso deja de tener numerosos y fieles adeptos. Tanto en el orden
internacional como en las relaciones entre clases, el ambiente
que se respira entre los modernos es el de guerra y el de lucha
de clases. Y entre los individuos, como dentro de los individuos,
aunque asumiendo formas y modalidades diversas, no dejamos de
ver por todas partes las señales de la violencia en las
ideas, en las actitudes, en las polémicas.
La violencia para el moderno es señal inequívoca
de vitalidad. Y como los fines le importan menos que los medios,
como él atribuye valores absolutos a las cosas relativas,
los procedimientos violentos logran éxito y renombre entre
aquéllos que hacen de la modernidad su dominio secreto.
Otra inversión
de valores común entre los modernos es colocar el instinto
por encima de la razón.
Siempre que nos referimos a estas transmutaciones de valores,
queda entendido que las subordinamos siempre a aquel sentido de
la equivalencia, a que antes nos referimos, y según el
cual toda jerarquía es para el moderno una cuestión
de nombre y de puntos de vista. "Yo llamo razón tal
cosa. Yo llamo instinto tal otra. Todo es lo mismo. Cuestión
de punto de vista. Habrá, pues, error antimoderno
(para el Moderno) si se coloca la razón, en su valor tradicional,
como gobernando el instinto.
Spearman habla
de la concepción monárquica del hombre, que sería
la tradicional consideración' del ser humano como un ser
unificado por el gobierno de la inteligencia.
El moderno,
que es demócrata por naturaleza (no en el sentido burgués
sino en el sentido etimológico) rechaza esa concepción
monárquica del hombre y acepta, al contrario, la más
amplia y libre democracia de los instintos. El instinto es el
pueblo dentro de nosotros, piensa el moderno. El dominio sobre
los instintos será la opresión del pueblo, si no
admitimos que gobierne ampliamente nuestra vida. Y ésta
será tanto más libre y abundante cuanto mayor sea
la colaboración de los instintos. De la misma manera que
en la vida social, el hombre moderno quiere ver la masa dominando,
así también en la vida sicológica promueve
la sublevación o el predominio de los instintos. La inteligencia
sólo vale cuando es vitalizada por los instintos. El instinto
si que es la vida; la inteligencia, sólo una coordinadora
secundaria, al servicio de la vida instintiva, o más bien
una dominadora que niega o desvirtúa la vida. La instabilidad
tan del agrado del hombre moderno, su sensualidad; su amor a lo
concreto, sus ideales a corto plazo, su vida dominada por preocupaciones
terrenas, su avidez por las ganancias, su fiebre de aventura,
sus curiosidades desbordantes, su agitación continua, todo
son consecuencias de ese predominio de la vida instintiva sobre
la vida racional, lo que es uno de los fenómenos más
típicos del modernismo en nuestros días.
A ese instintivismo
está ligado en el hombre moderno, un constante pragmatismo,
pudiendo decir que no se guía por los principios y sí
por los resultados.
En sentido
formal, el principio es una anticipación del fin. Guiarse
por los principios es, en la vida práctica, establecer
la finalidad como guía de nuestros actos. Pues bien, ya
vimos que los fines no son los guías del hombre moderno,
sino los medios. Y la finalidad que se tiene en vista está
constituida por los resultados inmediatos alcanzados. De ahí
la importancia del éxito en la vida moderna. El éxito
pasa a ser un criterio de valor. El hecho consumado pasa a tornar
el puesto de los principios destronados. Lo que resultó
y lo que venció pasa a ser lo que debía resultar
y lo que debía vencer. Y tanto más moderno será
el hombre cuanto más plástico sea a todo lo que
es moderno. Porque la plasticidad en sí, el amorfismo no
es, en absoluto cualidad moderna. Por el contrario, ya vimos que
la violencia está entre los atributos de que se vanagloria
ese espécimen de hombre de nuestros días, que hace
de la revolución su ambiente y de la imposición
su sistema. La plasticidad del hombre moderno es sólo a
todo lo que sea o pretenda ser moderno. En ese caso si que cede
o no ofrece resistencia invencible basada en principios establecidos,
en contradicción con su actitud de absoluta libertad frente
a la vida, a sus gestiones y oportunidades.
El principio
moderno por excelencia es ausencia de principios intangibles.
O, mejor, la subordinación de los principios a los casos.
La ruta del
hombre moderno se traza, no de antemano, sino en tanto va su viaje
discurriendo por la vida. Y como tiene la preocupación
constante de estar en contacto con las cosas más concretas,
presentando en cambio una gran reserva, si no repulsión,
por todo lo que sea abstracción, no son los principios
sino los casos los que lo gobiernan. El hombre moderno es substancialmente
casuista. Sus raciocinios se basan siempre en hechos, acontecimientos,
experiencias, y en todos los terrenos toma la ejemplificación
como punto de partida para ir a la regla. La regla, para él,
pasa a valer menos que el ejemplo, pues es éste el que
determina a aquélla. De ahí que coloque la opinión
por encima de la fe, y la fe por encima del saber. Pues el cientismo,
que en nombre del saber (experimental, solamente, por lo tanto
medio saber) elimina la fe y la opinión, ya es hoy, para
el verdadero hombre moderno, una forma caduca. Su amor exaltado
por lo concreto, por lo tangible, lo hace invertir el orden real
de la certeza, haciendo del mundo moderno el paraíso de
la opinión. "Yo pienso así", es la última
ratio de un mundo en tales condiciones. Es lo que oímos
frecuentemente de los labios de aquellos que poseen, consciente
o inconscientemente el Zeitgeist ambiente. No son, pues, los principios
los que orientan los actos del hombre moderno. Son sus actos los
que él transforma generalmente en principios.
Pues la primacía
de la vida activa sobre la vida contemplativa es otro de los dogmas
del tipo humano que estamos estudiando.
La vida contemplativa,
para el hombre moderno, es una prodigalidad. Al amar los resultados
más que los principios, las consecuencias más que
las causas, lo concreto más que lo abstracto, sólo
le parece digna la vida que más se acerca a esa jerarquía
de valores. Y como ama el movimiento más que el reposo
y la agitación más que el movimiento, no puede comprender
una vida que coloque la contemplación por encima de la
acción. Pues la verdad, para él, no está
en el Acto sino en la Potencia. Y como es la vida contemplativa
la que nos pone en ecuación con el acto, y la vida activa
con la potencia, el Moderno es enteramente lógico al pronunciarse
en favor de la primacía de la acción sobre la contemplación.
Un rasgo que
parece un tanto paradojal en el hombre moderno es su amor por
las instituciones. La institución es una formación
social colectiva que se impone a la voluntad individual y agrupa
a los hombres por afinidades parciales. Así, por ejemplo,
la Familia, el Estado, la Iglesia. Así también la
empresa, el club, la cooperativa o el partido.
En la era
individualista las instituciones dejaban, naturalmente, de existir,
pues, naturales como son, se sobreponen a la psicología
parcial de las épocas históricas. Pero eran consideradas
como supervivencias, del pasado (Iglesia); como grupos privados
(Familia, empresas, clubs, etc.); o como males tolerables o necesarios
(Estado, Sindicatos, partidos, etc.).
Para el hombre
de nuestros días, la institución no es eso. A despecho
de sus tendencias individualistas, él ve en las instituciones
no sólo formaciones superiores a los caprichos individuales,
sino principalmente refugios o armaduras sociales. La sociedad
llegó, por el uso y abuso de todos los dogmas del modernismo
a un estado tal de inseguridad que el hombre moderno sintió
la impotencia de su individualismo para contener las fuerzas que
él mismo desencadenara. Y recurrió, entonces, a
esas formaciones parciales, para encarar la tempestad desencadenada
sobre el mundo. Los hombres se recogen en las instituciones ante
el embate del torbellino. Pero en ellas ven mucho menos una obra
de naturaleza social, superior a la voluntad del hombre, que una
especie de tanque social, construido libremente por
el hombre de nuestros días para atravesar las intemperies
ambientes. De modo que el hombre moderno ve en la institución
un refugio social transitorio y una formación social permanente.
Su gusto profundo sería verse libre de ella, pues obliga
a veces a sacrificios incompatibles con su sed profunda de liberación.
Pero reconoce que los demonios andan sueltos y que el hombre solo
es hoy un hombre perdido (por lo menos para su ideal de seguridad,
de confort o diversión).
Porque otra
paradoja del hombre moderno es vivir en constante inseguridad
haciendo de la seguridad su ideal constante.
El recurrir
a la institución, contra el aluvión de inseguridad
moderna, es siempre precario. En las tempestades modernas las
instituciones ofrecen refugios muy relativos. Tanto más
cuanto que haciendo el hombre moderno de las instituciones un
producto de su creación libre, pretende también
modificar libremente las instituciones, o cambiar unas por otras.
Y con esto crea instituciones aparentemente muy sólidas,
y aún agresivas en sus estructuras imponentes, pero que
descansan sobre pies de barro, ya que lo que hace la solidez de
una institución es que el hombre se sienta necesariamente
subordinado a ella. Siempre que el hombre se siente superior a
la institución o no siente que el bien común de
la institución es superior a su propio bien; siempre que
no ve que la institución es superior a él, como
fruto de la naturaleza de las cosas y no de su capricho, es inevitable
la precariedad de las instituciones. Pues son frágiles
todas las que crea con los defectos originales que anotamos.
Guerras, revoluciones,
escándalos, boatos, catástrofes, crisis, todo concurre
a crear, en el mundo de nuestros días, un ambiente de eterna
e incurable inquietud. En todo se procede, por lo demás,
como si el mundo viviese una vida de absoluta normalidad. De manera
que quien sólo mire el exterior de la vida moderna verá
únicamente una intensificación natural de la vida
antigua y nada más. Sin embargo, basta penetrar un poco
en el mundo de los espíritus para que se comprenda que
todo es distinto, a despecho de un innegable fenómeno de
entorpecimiento intelectual que a veces nos asombra. La mayoría
de los hombres, sobre todo en un medio como el nuestro, vive siempre
al margen de los acontecimientos y en especial de cualquier sensibilidad
para con las mutaciones de los estados de espíritu. No
hablo de los medios analfabetos o rurales, donde esa pasividad
sería natural. La encontramos, al contrario, en los ambientes
urbanos y medianos, cuando no superiormente cultivados.
Ese entorpecimiento
en el modernismo no opta, por lo demás, para que la atmósfera
de los acontecimientos y la mentalidad de los no-entorpecidos,
actúe sobre el ambiente de tal modo que, inconscientemente,
se va creando una nueva atmósfera en que la inseguridad
es uno de los datos más evidentes del problema. El mundo
pasa a ser un estado de espíritu casi permanente. Y así
es como, a despecho de las apariencias de serenidad, provocadas
por la inercia social y por el mencionado entorpecimiento de los
espíritus, basta un poco de penetración para que
sintamos que la inseguridad es el ambiente del hombre moderno.
Se dirá que él ama esa inseguridad. No
lo creo. La aventura a que aspira el hombre moderno es aquella
que no acarree un riesgo irreparable a su grande y hasta exagerado
amor a la vida. Ama las aventuras de amor, de arte, de turismo,
o de ideas. Pero, salvo los momentos de psicosis colectiva, o
campañas pasajeras, la aventura social no lo seduce. El
hombre moderno ama el orden. Uno de sus máximos problemas
consiste precisamente en conciliar ese amor profundo por el orden,
con su profundo desorden íntimo. No ve la conexión
entre ambos. Y no quiere sacrificar uno al otro. De ahí,
como vimos, su amor a las estructuras sociales que corrijan la
inseguridad de los tiempos. Siempre que no exijan el sacrificio
de las veleidades particulares. La vida moderna es, por lo tanto,
insegura, pero el hombre moderno quiere asegurarse lo más
posible contra ella, pues su ideal social es de orden y autoridad
que le permitan cultivar en paz su desorden y su libertinaje (en
el sentido que daba al término el siglo XII).
Esas y otras
paradojas son naturales al hombre moderno, que hace de la contradicción
una ley de la vida.
Lo que lo
guía en todos sus actos es, por lo demás, esa conclusión,
que se impone, de la primacía de la vida. "Es la vida",
es la frase que con más frecuencia oÍmos de sus
labios. La contradicción es la vida; lo lógico es
la vida; el pecado es la vida; el error es la vida; todo es la
vida. La vida recoge todo con su manto de infinita mansedumbre.
Cuando el hombre moderno la invoca asume así un ligero
aire de misterio y de martirio, como si esa invocación
contuviese el último secreto de los sabios y la última
renuncia de los santos. Pero, de hecho, lo que así encubre
para él la vida es su poco deseo de reaccionar contra ella
en nombre de algo que se oponga a su curso indeclinable. Y en
los medios modernos se vuelve de mal gusto invocar algo contra
ese chaparrón turbio que el hombre moderno llama la vida.
Pues lo que en esa invocación le aprovecha es el que la
vida, así entendida, confunde todo, equipara todo, todo
lo carga indistintamente en sus aguas indiferentes. Y como el
hombre moderno no distingue el bien del mal o la verdad del error,
sino por lo que represente en su opinión, o por los resultados
que provoca en el curso de las cosas, pasa la primacía
de la vida a ser para él la evidencia de que lo natural
es la contradicción y lo lógico es lo artificial.
Lo imprevisto pasa así a ser la primera de sus previsiones.
Pues siendo la vida contradictoria y constituyendo el supremo
valor para el hombre por contener en sí todos los
valores dispuestos en forma no-jerárquica todo en
la vida es susceptible de una reducción al orden, sino
como imposición artificial de su curso inexorable (como
es el caso de las instituciones, especies de recursos de emergencia
contra los abusos de las contradicciones vitales).
Ese amor a
lo indistinto, que se traduce en la proclamación del primado
de la vida, lleva aún al hombre moderno a eliminar toda
diferenciación entre el hombre y la mujer, o entre el niño
y el adulto.
A medida que,
para él, crece la importancia del sexo, decrece la diferencia
de los sexos. A la ley del hombre con que el concepto burgués
de la vida desequilibró la jerarquía cristiana entre
los sexos opone el hombre moderno la ley de la indistinción
sexual. Hombre y mujer se equivalen en todo y se substituyen recíprocamente
en todo. La variedad de los sexos es un accidente de la naturaleza,
que socialmente no debe ser tomado en cuenta. De modo que en la
familia y fuera de ella, en la vida individual como en la vida
social, desaparece toda distinción entre los sexos. Pero
no es un orden intermedio que se opone a ambos, sino la imposición
a la mujer del orden masculino, del modo de ser, de pensar, de
obrar del "sexo fuerte". Es lo que el hombre moderno
llama generalmente "liberación de la mujer" y
que considera como uno de los dogmas intangibles del modernismo.
Lo que se da entre los sexos se repite entre las edades. El siglo
moderno completa la liberación de la mujer con la liberación
del niño. "Siglo del niño" llama el hombre
moderno a nuestro siglo, y llega a afirmar que el niño
"es un descubrimiento del siglo XX". Sólo un
derecho, ya lo vimos, se .le niega al niño por parte del
hombre moderno: el de nacer... El adulto puede y aún debe
impedir el nacimiento del niño. Es el anticoncepcionismo,
tan familiar al hombre moderno. Llega también ya al aborto.
Al infanticidio todavía no (pues es preciso dejar algo
al hombre moderno del siglo XXI). Una vez nacido, pasa el niño
a tener todos los derechos, incluso contra los padres. Sólo
hay una autoridad superior a la del niño: la del Estado.
Este. sin embargo, se esmera en que su autoridad no se haga sentir,
de modo que el niño moderno tenga la noción perfecta
de su soberanía sobre el mundo.
Como corolario.
de esta primacía del niño, encontramos en el hombre
moderno la convicción de que la juventud es un criterio
de valor. Consecuencia natural, también, de una concepción
de la vida que da al tiempo un valor en sí, haciendo de
lo moderno un factor de superioridad sobre lo antiguo.
Siendo así, es natural que el joven sea necesariamente
mejor que el viejo. Es lo que piensa, al menos inconscientemente,
el hombre moderno. Tanto es así que hace cuanto puede por
retardar la ancianidad, que pasa a ser un mal en sí. "El
mundo es de los jóvenes", es otro lugar común
con que el hombre moderno ilustra su escaso vocabulario, del que
un nuevo León Bloy tendría que hacer un día
una exégesis semejante a la que genialmente hizo aquel
de 'burgués para el vocabulario corriente.
Ahí
tenéis los rasgos del Hombre tal como lo considera una
concepción evolucionista de la existencia, para la cual
el Tiempo no es sólo una condición de vida, sino
también un criterio de valor. En el próximo capítulo
veremos al Hombre, en sus características intemporales.