«Mi boca meditará la verdad, y mis labios
detestarán la impiedad.»
(Proverbios 8,
7)
Comúnmente suele llamarse sabios y piensa el Filósofo
* que es correcto seguir esta costumbre a quienes saben
ordenar directamente las cosas y gobernarlas bien. Por eso dice
el mismo Filósofo que, entre todos los atributos de un
sabio, es propio suyo el ordenar.
Pero es preciso
que quienes ordenan una cosa a determinado fin, han de tomar la
norma de orden y gobierno del mismo fin. Y es que una cosa se
dice que está perfectamente ordenada, cuando lo está
respecto a su fin; y el fin de cada cosa es su propio bien.
Y así
vemos que entre las artes, una de ellas, a la que pertenece el
fin, es como la principal y gobernadora de las demás. Por
ejemplo la medicina gobierna y dirige la farmacéutica;
porque la medicina busca la salud, y ésta es el fin de
todos los medicamentos que fabrica la farmacéutica. Algo
semejante sucede en el arte de navegar, respecto a la industria
naval; y lo mismo en el arte militar respecto a la caballería
y de los demás aspectos de la milicia.
Tales artes
principales se llaman arquitectónicas o principales; por
lo mismo quienes las dirigen se llaman arquitectos, y con razón
reclaman para sí el nombre de sabios. Pero como éstos
se ocupan de los fines de algunas artes particulares, pero no
del fin universal de todas las cosas, suelen llamarse sabios en
esta o aquella materia. Y así se dice en la primera carta
a los Corintios: "Puse el fundamento como sabio arquitecto".
Pero el nombre
de sabio en su pleno sentido, se reserva para aquéllos
que se dedican a considerar el fin del universo, que es el principio
de todo cuanto existe. Por eso dice el Filósofo que es
propio del sabio considerar las causas más altas.
Y el fin último
de cualquier cosa es aquel que pretendió su primer autor
o motor. Y el primer autor y motor del universo es el intelecto,
como más adelante se expondrá. Por tanto, el fin
último del universo es el bien del intelecto, y dicho bien
es la verdad. Por tanto la verdad es el fin último de todo
el universo, y el fin de todo sabio es principalmente buscarla.
Por eso la
divina Sabiduría afirma que se ha encarnado en el mundo
para manifestar la verdad: "Para eso nací, y para
eso vine al mundo: para dar testimonio de la verdad".
Mas dice el
Filósofo que la primera filosofía es la ciencia
de la verdad; mas no de cualquier verdad, sino de aquella que
es origen de toda verdad, o sea la que pertenece al primer principio
por el cual todo lo demás existe; y por lo cual su verdad
es el principio de toda otra verdad; porque en todas las cosas
su verdad corresponde a su ser.
Por otra parte,
a todo artífice corresponde aceptar un aspecto y rechazar
el contrario; por ejemplo, la medicina por una parte busca la
salud y por otra ataca la enfermedad. Por tanto, así como
es propio del sabio buscar la verdad del primer principio, y conforme
a ésta juzgar de las demás verdades, así
también le es propio impugnar la falsedad contraria.
Por tanto,
acertadamente el libro de la Sabiduría señala al
sabio un doble oficio, en el texto arriba citado: el considerar
y comunicar lo que es la verdad divina, que es la verdad por antonomasia,
y a eso se refiere cuando dice: "Mi boca meditará
la verdad"; e impugnar el error contra la verdad, cuando
añade: "Y mis labios detestarán la injusticia",
que no es sino la falsedad contra la verdad divina, que también
se opone a la religión llamada asimismo piedad (o justicia).
Por ello también se le llama al error impiedad (o injusticia).
*Aristóteles