En mi infancia
fui instruido en el 'protestantismo liberal'. Más tarde
llegué a compenetrarme de los diversos aspectos del pensamiento
secular y laico. La filosofía cientista y fenomenológica
de mis maestros de la Sorbona me llevó casi a desesperar
de la razón. En algún momento llegué a creer
que podría encontrar la certeza total en las ciencias,
tanto que Felix Le Dantec pensaba que mi novia y yo llegaríamos
a ser discípulos de su materialismo biológico. Mi
mayor deuda a los estudios de esa época en la Facultad
de Ciencias fue el encuentro con la mujer que desde entonces,
para mi dicha, ha estado a mi lado en una perfecta y feliz comunión.
Bergson fue el primero que respondió a nuestro deseo profundo
de verdad metafísica, y el que liberó en nosotros
el sentimiento de lo Absoluto.
Antes de ser
cautivado por Santo Tomás de Aquino, fui objeto de grandes
influencias, aquellas de Charles Peguy, Henry Bergson y León
Bloy. Al año de haber conocido a Bloy, mi esposa y yo fuimos
bautizados católicos, ocasión en la que lo elegimos
a él como nuestro padrino.
Fue después
de mi conversión al catolicismo que vine a conocer a Santo
Tomás. Yo había peregrinado apasionadamente por
todas las doctrinas de los filósofos modernos sin haber
encontrado nada más que decepción y una incertidumbre
extrema. Lo que ahora experimentaba fue como la iluminación
de la razón. Mi vocación de filósofo despertó en toda su claridad.
'Hay
de mí si no tomistizara', escribí en uno
de mis primeros libros. Hoy, al cabo de treinta años de
trabajo y combates, he seguido caminando por esa misma senda,
con el sentimiento de una profunda y creciente simpatía
por las exploraciones, descubrimientos y agonías del pensamiento
moderno, en la medida en que lo penetro a la luz de esa sabiduría
desarrollada a través de siglos, una sabiduría resistente
a las fluctuaciones del tiempo.
Pero para
avanzar por esta ruta estamos obligados a conjugar extremos muy
distantes, porque nuestros problemas no tienen soluciones prediseñadas
en la herencia de los antiguos. También estamos obligados
a entresacar meticulosamente la sustancia pura de las verdades
- rechazadas por muchos modernos en su aversión a las que
consideran despreciables opiniones del pasado - de toda la escoria,
los prejuicios, las imágenes añejas y las construcciones
arbitrarias que muchos tradicionalistas confunden con lo que realmente
debe ser venerado como inteligente.
He hablado
de las diferentes experiencias por las que he pasado, porque me
han dado la oportunidad de experimentar personalmente el estado
mental del libre pensador idealista, del converso inexperto y
del cristiano que toma conciencia, en proporción directa
al enraizamiento de su fe, de las purificaciones de que debe ser
objeto esa fe. También he alcanzado alguna idea experimental
de lo que valen tanto el campo de los anti-religiosos como el
campo de los indecisos y neutrales. Ninguno de ellos vale mucho.
Pero la peor
desgracia del segundo de esos campos es que conlleva el riesgo
de comprometer consigo a la Iglesia inocente y perseguida, el
Cuerpo Místico de Cristo, cuya vida esencial, sine macula
sine ruga, está en la Verdad y en los santos, y que
viaja hacia su perfección a través de sus propias
debilidades y de la ferocidad del mundo.
En mi opinión,
Dios nos educa por medio de nuestros propios fracasos y errores,
para hacernos entender que sólo debemos creer en Él
y no en los hombres - lo que nos induce a maravillarnos, a pesar
de todo, de la bondad de los hombres y de todo el bien que hacen
a pesar de ellos mismos.
Yo he llegado
decididamente a la conclusión de que, en la práctica,
sólo hay dos caminos para conocer las cosas en profundidad
o, si se quiere, dos "sabidurías", cada cual
una especie de locura, aunque de maneras opuestas.
Un camino
es el de los pecadores, que en su afán de purgar las cosas
de sus impurezas, se adhieren al vacío del que están
hechas esas cosas y, consecuentemente, alcanzan una experiencia
completa del mundo, más en la maldad del mundo que en su
bondad.
El otro camino
es el camino de los santos, que adhieren a la Bondad subsistente,
Autor de todas las cosas, y reciben en el amor la experiencia
plena de Dios y de su creación, y que, de seguro, se entregan
al mundo por medio de sus sufrimientos y de su compasión.
Pues bien,
es normal esperar que los discípulos de la sabiduría
vana, si no se han endurecido mucho por el orgullo y si son leales
a sus propias experiencias, serán salvados finalmente "por
el fuego" de los amantes de la sabiduría verdadera.
Y si llegasen a vivir para ser convertidos, tal vez lleguen a
ser más duros que otros para censurar a sus hermanos todavía
en la oscuridad, de modo que, después de haber probado
las delicias del mundo, llegarán a probar por un momento
las delicias de sus virtudes y continuarán siendo vanos
hasta el último día, cuando entren en la eternidad.
Este no es
lugar para exponer tesis de la filosofía especulativa.
Solamente diré que considero que la filosofía Tomista
es una filosofía viviente y presente, con todo el poder
de avanzar en la conquista de nuevas áreas de descubrimiento
justamente porque sus principios son firmes y orgánicamente
interrelacionados.
Confrontados
con la sucesión de las hipótesis científicas,
algunas mentes se sorprenden que alguien pueda encontrar hoy día
inspiración en los principios metafísicos reconocidos
por Aristóteles y Santo Tomás, enraizados en la
herencia intelectual más vieja de la raza humana. Mi respuesta
es que el teléfono y la radio no impiden que el hombre
tenga dos brazos, dos piernas y dos pulmones, ni que se enamore
y busque la felicidad como hicieron sus antepasados. Además,
la verdad no reconoce criterios cronológicos, y el arte
del filósofo no debe ser confundido con el arte de los
diseñadores de las modas.
En un nivel
más profundo, debemos explicar que el progreso en las ciencias
de los fenómenos, donde el aspecto "problema"
es tan característico, tiene lugar principalmente por sustitución
de una teoría por otra que aporta hechos y fenómenos
menos conocidos. En cambio, en la metafísica y la filosofía,
donde el aspecto "misterio" es predominante, el progreso
tiene lugar primeramente por la penetración cada ves más
profunda. Además, los diferentes sistemas filosóficos,
no obstante lo erróneamente fundados que sean, constituyen
en alguna medida, en su conjunto, una filosofía virtual
y fluida, en la que se sobreponen formulaciones contradictorias
y doctrinas adversas, y que es sobrellevada por los aspectos de
verdad que contiene. Por ello, si existe entre los hombres un
cuerpo doctrinal sustentado por completo sobre principios verdaderos,
tal doctrina incorporará, más o menos tardíamente,
a causa de la pereza de sus defensores, pero progresivamente en
sí misma tal filosofía virtual, dando forma, en
un grado proporcionado, a su ordenación orgánica.
Tal es mi idea sobre el progreso de la filosofía.
Si agrego
a continuación que la metafísica que considero fundada
en la verdad puede ser descrita como un "realismo crítico"
y como una filosofía de la inteligencia y del ser o, más
precisamente, como una filosofía del acto de existir, considerado
como el acto y la perfección de todas las perfecciones,
me estoy refiriendo, por supuesto, a fórmulas que sólo
interesan a los especialistas.
Así,
pues, una breve reflexión sobre el significado histórico
de la filosofía moderna puede ser, sin duda, mejor apreciado.
En la Edad
Media la filosofía fue ordinariamente y de hecho considerada
como un instrumento al servicio de la Teología. Todavía
no había alcanzado, culturalmente, un estado correspondiente
a su naturaleza.
El advenimiento
de una filosofía o sabiduría secular o laica, que
paulatinamente ha completado su propia formación de acuerdo
a sus propias finalidades, ha sido, pues, una respuesta a una
necesidad histórica.
Desafortunadamente,
este trabajo ha tenido lugar en un marco de división y
de sectarismo racionalista. Descartes separó la filosofía
de toda sabiduría superior, de todo aquello que en el hombre
es superior al hombre.
Estoy convencido
de que la gran carencia del mundo y de la civilización
en el orden intelectual, en los últimos tres siglos, ha
sido la de una filosofía que desarrolle sus exigencias
autónomas en un clima cristiano, una filosofía o
sabiduría de la razón no cerrada sino abierta a
la sabiduría de la gracia.
La razón
en nuestros días debe batallar en contra de la deificación
de los elementos y de los instintos, fuerzas que amenazan con
destruir la propia civilización.
En semejante
lucha, la tarea de la razón es una tarea de integración,
en el entendido que la inteligencia no es el enemigo del misterio,
sino que vive en él. La razón debe alcanzar un debido
entendimiento tanto con el mundo irracional de la afectividad
y de los instintos, así como con el mundo de la voluntad,
de la libertad y del amor, pero también con el mundo sobrenatural
de la gracia y de la vida divina.
Al mismo tiempo,
la armonía dinámica de los grados del saber llegará
a ser más manifiesta. Desde este punto de vista, el problema
propio de la edad en que estamos entrando será, según
me parece, el de la reconciliación de la ciencia con la
sabiduría.
Las ciencias
en sí mismas parecen invitar al trabajo de la inteligencia.
Me parece verlas desprenderse de los residuos de la metafísica
materialista y mecanicista que por algún tiempo mantuvo
ocultas las características que le son propias. Ellas necesitan
de una filosofía de la naturaleza, en cuanto el magnífico
progreso de la física contemporánea está
restaurando la sensibilidad científica en torno al misterio
tartamudeado por el átomo y por el universo.
Una crítica
del conocimiento originada en un espíritu genuinamente
realista y metafísico tiene, consecuentemente, la oportunidad
de ser escuchada cuando afirma la existencia de estructuras de
conocimiento específica y jerárquicamente distintas
- distintas pero no separadas - y cuando muestra que todas ellas
corresponden a tipos de explicación originales que no pueden
ser sustituidos unos por otros.
Los griegos
reconocieron la gran verdad de que la contemplación, en
sí misma, es superior a la acción. Pero, al mismo
tiempo, transformaron esa verdad en un error: ellos creían
que la raza humana existe para beneficio de los intelectuales.
Para ellos, existía una categoría de especialistas,
los filósofos, destinados a vivir una vida sobrehumana,
en tanto que la vida propiamente humana, esto es, la vida civil
y política existía para servirlos a ellos. Para
servir en esa vida civil y política estaba la vida subhumana
del trabajo, la que, en definitiva, era la vida de los esclavos.
Así, la noble verdad de la superioridad de la vida contemplativa
fue dirigida hacia el menosprecio del trabajo y hacia el mal de
la esclavitud.
La cristianidad
transfiguró todo esto. Le enseño al hombre que el
amor tiene mayor valor que la inteligencia. Transformó
la noción de contemplación, la que ya no se detiene
en el intelecto sino en el amor de Dios, el objeto contemplado.
Transformó su significado humano en acción de servicio
a nuestro vecino y rehabilitó al trabajo descubriendo su
valor de redención natural, como si fuese una prefiguración
natural de la comunicación de la caridad. Llamó
a la contemplación de los santos y a la perfección,
no a unos pocos especialistas y privilegiados, sino a todos los
hombres, todos ellos proporcionalmente limitados por la ley del
trabajo. De este modo, el hombre es al mismo tiempo "homo
faber" y "homo sapiens", siendo verdaderamente
"homo faber" antes y en orden a llegar a ser "homo
sapiens".
De esta manera
la cristianidad salvó la idea griega de la superioridad
de la vida contemplativa, transfigurándola y liberándola
del error que la corrompía.
La contemplación
de los santos completa y consuma la aspiración natural
a la contemplación, que es consustancial en el hombre,
y de lo cual dan testimonio los sabios de India y Grecia. Es a
través del amor que el conocimiento de las cosas divinas
se vuelve experimental y fructífero. Y precisamente porque
este conocimiento es el trabajo del amor en acto, también
se transforma en acción en virtud de la propia generosidad
y abundancia del amor, que es la entrega de sí mismo. Así
la acción proviene de la abundancia de la contemplación,
y es por eso que, lejos de suprimir a la acción u oponerse
a ella, la contemplación la vivifica. Es en este sentido,
en relación a la generosidad esencial de la contemplación
del amor, que debemos reconocer con Bergson, en la superabundancia
y exceso del darse a sí mismo de la mística cristiana,
el signo de su éxito en alcanzar la cima heroica de la
vida humana.
La búsqueda
de la más alta contemplación y la búsqueda
de la más alta libertad son los dos aspectos de una misma
búsqueda. En el orden de la vida espiritual, el hombre
aspira a una libertad absoluta y perfecta y, por lo tanto, a una
condición sobrehumana, de lo que dan evidencia los sabios
de todos los tiempos. Así como la función de la
ley es una función de protección, la de la educación
de la libertad es una función del pedagogo. En la conclusión
de esta enseñanza, el hombre espiritualmente perfecto está
libre de toda servidumbre, incluso, como dice San Pablo, de la
servidumbre de la ley, porque el hace espontáneamente lo
que es propio de la ley y es, simplemente, un solo espíritu
y un solo amor con el Creador.
Según
mi modo de pensar, la búsqueda de la libertad está
también en la base del problema social y político.
Pero, en el orden de la vida temporal, no se trata ya de una libertad
divina como objeto de nuestras aspiraciones, sino más bien
de una libertad proporcionada a la condición humana y a
las posibilidades naturales de nuestra existencia terrestre.
Es muy importante
no engañarnos a nosotros mismos sobre la naturaleza del
bien que perseguimos. No se trata simplemente de la conservación
de la libertad de elección de cada cual, ni de la libertad
del poder de la comunidad social. El bien de que se trata es la
libertad de expansión de la persona humana
como parte del pueblo participante en ese bien. La sociedad política
tiene como propósito el desarrollo de las condiciones de
la vida en común, las que, mientras aseguran primeramente
el bien y la paz del todo, deben ayudar positivamente a cada persona
en particular en la progresiva conquista de su libertad de expansión,
una libertad que consiste por encima de todo en el florecimiento
de la vida moral y racional.
Así,
la justicia y la hermandad constituyen los verdaderos fundamentos
de la vida social. La sociedad debe subordinar a los bienes verdaderamente
humanos todos los bienes materiales, el progreso tecnológico
y los medios del poder que también forman parte del bien
común social.
Creo que las
condiciones históricas y el estado todavía retrógrado
del desarrollo humano hacen difícil que la vida social
pueda alcanzar en plenitud sus fines. Es más, en relación
a las posibilidades y exigencias que el Evangelio nos presenta
en la vida social, estamos todavía en una edad prehistórica.
Como vemos
hoy en la psicosis de las masas que adoran a Stalin o a Hitler,
o sueñan con el exterminio de los grupos que ellos consideran
diabólicos, en particular de los judíos, a no dudarlo
porque son el pueblo de Dios, las comunidades humanas cargan con
el peso de un mal de animalidad voluntariamente deseado, por lo
que tomará siglos para que la vida de la personalidad llegue
a integrar verdaderamente en las masas esa plenitud a que aspira.
Sin embargo, todavía es cierto que el fin hacia el que
tiende la vida humana es procurar el bien común de la multitud,
de tal modo que la persona concreta, no solamente una categoría
de privilegiados, sino toda la masa entera, acceda realmente a
la medida de independencia que conviene a la vida civilizada y
que asegure a la vez las garantías económicas del
trabajo y de la propiedad, los derechos políticos, las
virtudes civiles y el cultivo del espíritu.
Estas ideas
están directamente asociadas con una visión más
amplia que, según me parece, puede ser designada más
propiamente con la expresión humanismo integral,
la que envuelve una filosofía global de la historia humana.
Tal humanismo, en cuanto considera al hombre en la integridad
de su ser natural y sobrenatural y que no pone límites
a priori a la presencia divina en el hombre, puede ser llamado
también humanismo de la Encarnación.
En el orden
social temporal no les pide a los hombres sacrificarse al imperialismo
de la raza, de la clase o de la nación. Sólo les
pide sacrificarse por una vida mejor para sus hermanos y por el
bien concreto de la comunidad de personas. Es por eso que no puede
ser menos que un humanismo heroico.
Se ha afirmado
frecuentemente que el liberalismo burgués, que trata de
fundarlo todo en el individuo considerado como un pequeño
dios y en la bondad de sus placeres, en una libertad absoluta
de propiedad, negocios y placeres de la vida, termina fatalmente
en estatismo. La regla del número produce la omnipotencia
del Estado, del rumiante estado plutocrático. El comunismo
puede ser considerado como una reacción contra este individualismo.
Al hacerlo, reclama estar orientado hacia la emancipación
absoluta del hombre, el que por ello llegará a ser el dios
de la historia. Sin embargo, la realidad de tal emancipación,
suponiendo que fuese alcanzada, sería la emancipación
del hombre colectivo y no de la persona humana. La sociedad, considerada
sólo como comunidad económica, esclavizaría
la vida misma de la persona, porque el trabajo esencial de la
sociedad civil consistiría sólo en funciones económicas,
en lugar de estar subordinado a la libertad de expansión
de las personas: lo que los comunistas proponen como una emancipación
del hombre colectivo no sería más que la esclavización
de las personas humanas.
¿Qué
decir de las reacciones anticomunistas y antiindividualistas de
tipo totalitario o dictatorial? No es en el nombre de la comunidad
social y de la libertad del hombre colectivo, sino en el nombre
de la dignidad soberana del Estado, un estado de tipo carnívoro,
o en el nombre del espíritu del pueblo, en el nombre de
la raza y de la sangre, que ellos tratan de anexar al hombre en
su totalidad a un todo social en que la única persona que
disfruta de los privilegios de la personalidad es, propiamente
hablando, la persona del tirano.
Esta es la
razón por la que los estados totalitarios, necesitando
para sí la devoción total de la persona, y no teniendo
sentido alguno de respeto por la persona, buscan inevitablemente
principios de exaltación en mitos de grandeza externa y
en la interminable lucha por el poder y el prestigio. Esto tiende,
por su propia naturaleza, a la guerra y a la autodestrucción
de la comunidad civilizada. Si hay gente en la Iglesia - y ellos
son cada vez menos - que creen en dictaduras de este tipo para
promover la religión de Cristo y la civilización
cristiana, se olvidan que el fenómeno totalitario es un
fenómeno religioso aberrante, en el que el misticismo terrestre
devora todos los demás misticismo, cualesquiera que sean,
y no tolerará ninguno aparte de sí mismo.
Confrontados
con el liberalismo 'burgués', con el comunismo y con el
estatismo totalitario, lo que necesitanos, no me canso de decirlo,
es una nueva solución, una solución que es, al mismo
tiempo, personalista y comunitaria,
una solución que entiende la sociedad humana como una organización
de libertades. De este modo llegamos a la concepción democrática,
una comunidad de hombres libres, completamente diferente de la
de Juan Jacobo Rousseau. Nosotros la llamamos pluralista, porque
requiere que el cuerpo político garantice orgánicamente
las libertades de las diferentes familias espirituales y de los
diferentes organismos sociales que lo forman, comenzando por la
comunidad natural básica, la sociedad familiar.
El drama de
la democracias modernas consiste en que, bajo las apariencias
de un error - la deificación de un individuo ficticio completamente
encerrado en sí mismo - han perseguido sin saberlo una
cosa buena: la expansión de la persona real, abierta a
realidades más altas y al servicio común de la justicia
y la hermandad.
La democracia
personalista sostiene que cada cual está llamado, en virtud
de la dignidad común de la naturaleza humana, a participar
activamente en la vida política, y que aquellos que ostenta
la autoridad - que es una función vital en la sociedad
que importa el derecho real de dirigir al pueblo - deberían
ser libremente designados por el pueblo. Esta es la razón
por la que la democracia personalista ve en el sufragio universal
el primer elemento práctico, mediante el cual la sociedad
toma conciencia de sí misma, y a lo que no podrá
renunciar en caso alguno. No tiene, pues, un lema mejor y más
significativo que el lema republicano, entendido como se ha señalado,
ni una condición establecida en la que el hombre puede
ser instalado, sino una finalidad a ser alcanzada, una meta difícil
y elevada a la que el hombre debe tender a fuerza de coraje, justicia
y virtud.
Porque la
libertad debe ser conquistada, mediante la eliminación
progresiva de muchas formas de servidumbre, ya que no es suficiente
proclamar la igualdad de los derechos fundamentales de la persona
humana, cualquiera sea su raza, su religión o su condición.
Esta igualdad debe transformarse en términos reales y efectivos
en hábitos y en estructuras sociales, para dar sus frutos
a una escala cada vez mayor de participación de todos en
el bien común de la civilización.
Finalmente,
la fraternidad en el cuerpo político requiere que la más
alta y la más generosa de las virtudes, el amor hacia el
que el Evangelio ha llamado a nuestra especie malagradecida, sea
incorporado al propio orden de la vida política. Una democracia
personalista no es realmente concebible sin la superelevación
que la naturaleza y la civilización recibe, cada una en
su propio orden, de las energías del fermento cristiano.
Estoy convencido
que el advenimiento de tal democracia, que presupone la superación
de los antagonismos de clase, exige que, por medio de una genuina
renovación de la vida y la justicia, nos desplacemos verdaderamente
más allá del capitalismo y más allá
del socialismo, cada uno de los cuales está viciado por
la concepción materialista de la vida. Nada es más
opuesto a la democracia personalista que el totalitarismo fascista
- sea social nacionalista o nacional socialista - que va más
allá del capitalismo sólo a través de la
convulsión de sus engendros diabólicos.
Permítanme
destacar que los cristianos están enfrentados hoy día,
en el orden social temporal, con problemas bastante similares
a aquellos que sus ancestros de los siglos XVI y XVII enfrentaron
en el área de la filosofía de la naturaleza. En
esa época, la física y la astronomía moderna,
todavía en sus comienzos, se identificaban con las filosofías
opuestas a la tradición. Los defensores de la tradición,
no sabiendo como hacer las distinciones necesarias, tomaron partido
contra lo que llegaría a ser la ciencia moderna, al mismo
tiempo que se oponían a los errores filosóficos
que al comienzo eran verdaderos parásitos de las ciencias.
Tomó tres siglos deshacerse de este malentendido, si es
que en realidad el mundo se ha deshecho de él. Sería
una muy triste historia si hoy fuésemos culpables, en el
terreno de la filosofía práctica y social, de semejantes
errores.
En palabras
del Papa Pío XI, el gran escándalo del siglo XIX
fue el divorcio de las clases trabajadoras de la Iglesia de Cristo.
En el orden temporal, la separación moral de las masas
trabajadoras de la comunidad política fue una tragedia
comparable. El despertar en las masas trabajadoras a lo que el
vocabulario socialista llama la "conciencia de clase",
nos parece un gran logro, en cuanto vemos en él que el
hombre se da cuenta de la dignidad humana ofendida y humillada
y de una cierta vocación. Pero esa toma de conciencia ha
sido encadenada a una calamidad histórica, porque ha sido
estropeada por el evangelio de la desesperanza y de la guerra
social, que está en la base de la idea marxista de la lucha
de clases y de la dictadura del proletariado. Y fue precisamente
a esta concepción secesionista, cuyo protagonista fue Marx
y cuya demanda es que los proletarios de todos los países
reconozcan sólo el bien común de su clase, a la
que la ceguera de las clases dominantes del siglo XIX empujó a las masas trabajadoras.
Quienquiera
que reflexione sobre estos hechos fundamentales y en la historia
del movimiento obrero, entiende que el problema central de nuestros
tiempos es el problema temporal y espiritual de la reintegración
de las masas. Desde mi punto de vista, no puede ser sino
una solución artificial e ilusoria del problema, cuando
se ha hecho el intento, como en el caso del Nacional Socialismo
alemán, de producir esclavos felices por medio de la violencia
unida a mejoramientos materiales, buenos en sí mismos,
pero logrados por un espíritu de dominación y en
un afán de imponer técnicas sicológicas destinadas
a satisfacer turbios apetitos. El hecho es que sólo se
pueden fabricar esclavos infelices, robots de no-ser.
No obstante
lo difícil, lento y doloroso que pueda ser, la reintegración
del proletariado dentro de la comunidad nacional - no para ejercer
en ella un tipo de dictadura, sino para colaborar en cuerpo y
alma en el trabajo de la comunidad - sólo podrá
tener lugar realmente, esto es, humanamente, mediante una transformación
de las estructuras sociales llevada a cabo en un espíritu
de justicia. No soy tan ingenuo como para creer que esta reintegración
puede ser alcanzada sin golpes y sacrificios, por una parte, en
lo que respecta al bienestar de los hijos privilegiados de la
fortuna y, por la otra, en relación a las teorías
y a los instintos destructivos de los fanáticos revolucionarios.
Pero estoy persuadido de que, lo que se requiere por sobre todo,
es la libre cooperación de los líderes de los trabajadores
(elites) y de las masas que los siguen, colaboración que
debe tener lugar conjuntamente con un mejor entendimiento de las
realidades históricas y con una toma de conciencia de la
dignidad del ser humano como trabajador y ciudadano. De esa manera,
el retorno de las masas a la cristianidad será alcanzado
solamente por medio del amor, quiero decir del amor más
fuerte que la muerte, el fuego del Evangelio.
No debemos
perder nunca la esperanza de una nueva Cristiandad, un nuevo orden
de inspiración cristiana. Pero ahora los medios deben corresponder
al fin, y son actualmente el fin mismo en estado de movimiento
y preparación. Si esto es así, es claro que para
preparar un orden social cristiano debemos usar medios cristianos,
esto es, medios verdaderos, medios justos, medios animados, incluso
cuando son duros por necesidad, de un genuino espíritu
de amor. En dos libros publicados en 1930 y 1933 ('Religión
y Cultura' y 'El Régimen Temporal y la Libertad'), he insistido
extensamente sobre estos axiomas de verdad. Nada es más
serio y escandaloso que ver, como hemos visto por años
en algunos países, el uso de medios inequitativos y bárbaros
por hombres que dicen actuar en nombre del orden cristiano y de
la civilización cristiana. Es una verdad que forma parte
de la naturaleza misma de las cosas, que la Cristiandad será
renovada por medios cristianos o será completamente eclipsada.
El presente
estado de las naciones nos obliga a declarar que el espíritu
nunca ha sido más profundamente humillado en el mundo.
Pero al final es el pesimismo el que lo tira a la basura, porque
descarta la gran ley que podríamos llamar ley del movimiento
doble de las energías de la historia. Mientras el desgaste
y el deterioro, a causa del tiempo, diluye y degrada las cosas
del mundo y la "energía de la historia" - lo
que está referido a la propia actividad humana de la que
depende el movimiento histórico -, las fuerzas creativas
características del espíritu y de la libertad testigo
de ellas, fuerzas que de ordinario encuentran su punto de aplicación
en el esfuerzo de unos pocos - que por ello se entregan al sacrificio
- incrementan más y más la calidad de esa energía.
Éste es exactamente el trabajo del Hijo de Dios en la historia,
es el trabajo de los cristianos que no defraudan su propio nombre.
La gente no
entiende en absoluto este trabajo si imaginan que está
destinado a instalar en el mundo un estado en el que todo mal
e injusticia haya desparecido. Si ese fuera estúpidamente
el propósito, sería sumamente fácil, en consideración
al resultado, condenar al cristianismo como una utopía.
El trabajo que el cristiano debe llevar a cabo es sostener e incrementar
en el mundo la tensión interna y el lento y doloroso movimiento
de liberación, tensión y movimiento debidos al invisible
poder de la verdad y la justicia, a la bondad del amor, actuando
sobre las masas que se le oponen. Este trabajo no puede ser en
vano, pues, con seguridad producirá sus frutos.
Pobre del
mundo si los cristianos le vuelven la espalda, si fracasaran en
su trabajo - cual es elevar aquí en la tierra la carga
y la tensión de lo espiritual - si siguiesen a líderes
ciegos de aquella ceguera que busca los medios hacia el orden
y el bien en aquellas cosas que, por sí mismas, conducen
a la disolución y a la muerte. No nos hacemos ilusiones
sobre la miseria de la condición humana y de la maldad
del mundo. Pero tampoco nos hacemos ilusión alguna acerca
de la ceguera y del mal proceder de los seudo-realistas que cultivan
y exaltan el mal a fin de combatir el mal y que toman el Evangelio
como un mito decorativo que no puede ser considerado seriamente
si no quiebra la maquinaria del mundo. Ellos mismos toman en sus
propias manos la tarea de destruir, agitar y atormentar a este
mundo infeliz.
El fermento
de los fariseos, en contra del cual Cristo nos pone en guardia,
es una tentación permanente para la conciencia religiosa.
Indudablemente, este fermento no será desterrado completamente
del mundo hasta el término de la historia. Mientras tanto,
sea en el orden social como en el espiritual, no debemos nunca
abandonar nuestra lucha contra él. No obstante la enorme
magnitud del mal que el fariseismo pretenda oponer, el abandono
de nuestra lucha espiritual es siempre el mal mayor, porque el
bien así opuesto a la maldad es un bien que no da vida
sino que mata, como la letra sin espíritu: es un bien que
deja a Dios sin recursos en el hombre.
Una de las
más importantes lecciones ofrecidas por la experiencia
de la vida consiste en que, en el hecho, en la conducta práctica
de la mayoría de la gente, todas aquellas cosas que en
sí mismas son buenas y muy buenas - ciencia, progreso técnico,
cultura, etc., e incluso el conocimiento de las leyes morales
y de la fe religiosa en sí misma, fe en el Dios viviente
(que por sí demanda amor y caridad) - todas esas cosas,
sin amor y buena voluntad, sólo sirven para hacer a los
hombres más malos y más infelices. Así, en
lo que concierne a la fe religiosa, esto fue demostrado en la
Guerra Civil Española por los sentimientos inhumanos surgidos
tanto en los "cruzados" como en los "rojos",
pero que fueron confirmados en los primeros en el santuario del
alma. Lo que sucede es que, sin amor y sin caridad, el hombre
convierte lo mejor de sí mismo en una maldad que es todavía
más grande.
Cuando uno
ha entendido esto, ya no pone sus esperanzas terrenales en nada
menos que en la buena voluntad de que habla el Evangelio - habla
de buena voluntad, no de buen deseo -; él pone sus esperanzas
en esas oscuras energías de pequeña bondad real
que persiste en hacer germinar y regerminar la vida en las profundidades
secretas de las cosas. No hay nada más desvalido, nada
más escondido, nada más cercano a la debilidad de
un niño. Y no hay sabiduría más fundamental
o más efectiva que aquella de la simple y tenaz confianza,
no en los medios de violencia, engaño y malicia, que ciertamente
son capaces de aplastar al hombre y de triunfar, como los granos
de arena son capaces de estrellarse unos contra otros, sino la
simple y tenaz confianza en los recursos del coraje personal para
darse uno mismo y de la buena voluntad para hacer como se debe
las tareas de cada día. A través de este desinteresado
espíritu fluye el poder de la naturaleza y del Autor de
la naturaleza.
*
Traducción del inglés por H.I.