El
poder del filósofo
Un filósofo
es un hombre en busca de sabiduría. Sin embargo, la sabiduría
no parece ser un producto muy abundante; nunca ha habido sobreproducción
en esta área. Tal vez por eso, mientras más escaso
es aquello que supuestamente interesa y preocupa al filósofo,
más inclinados nos sentimos a pensar que la sociedad necesita
de él desesperadamente.
Desafortunadamente,
no existe propiamente eso que llamamos el filósofo; ésta es una abstracción que sólo existe en
nuestra mente. Lo que hay son filósofos; y los filósofos,
en tanto que filosofan, están, o parecen estar, en desacuerdo
en todo, incluso en los primeros principios de la filosofía.
Cada uno sigue su propio camino. Así, ponen en tela de
juicio todo aquello sobre lo que existe común acuerdo,
y sus respuestas son igualmente conflictivas. ¿Qué se puede esperar de ellos para bien de la sociedad?
Por otra parte,
la grandeza de un filósofo y la verdad de su filosofía
son valores completamente independientes. Puede ocurrir que grandes
filósofos se encuentren en el error. Por ejemplo, los historiadores
otorgan el honor de ser los padres del mundo moderno
a dos hombres, el primero de los cuales fue gran soñador
y pobre filósofo, Juan Jacobo Rousseau, y, el segundo,
pobre soñador y gran filósofo, Hegel. Y ha sido
justamente Hegel el que ha sumido al mundo moderno en errores
más profundos y fatales que aquellos provenientes de Rousseau.
En todo caso,
este sólo hecho pone de manifiesto ante nosotros, sea para
bien o para mal, el poder y la importancia de los filósofos.
(Si no recuerdo mal, Esopo dijo lo mismo a propósito de
ese órgano tan valioso: la lengua). Si la mala filosofía
es una plaga de la sociedad, ¡qué bendición
debe ser la buena filosofía!.
No olvidemos
que, si Hegel ha sido el padre del mundo actual, tal como lo conocemos,
en cuanto niega la superioridad de la persona humana y la trascendencia
de Dios, mientras se arrodilla ante la historia, San Agustín
ha sido el padre de la Civilización Cristiana Occidental,
de la que el mundo de hoy todavía participa, no obstante
sus amenazas y fracasos.
Mirando las
cosas desde un punto de vista más analítico, digamos
que, en su existencia actual, la sociedad no puede avanzar sin
los filósofos.
Incluso cuando
están equivocados, los filósofos son una especie
de espejo, en lo más alto de la inteligencia, en el que
se reflejan las tendencias más profundas que oscuramente
juegan en la mente humana en cada época de la historia.
(Mientras más grandes son esas tendencias, más activas
y poderosamente radiantes aparecen en el espejo).
Ahora bien,
si somos seres pensantes, tales espejos nos son indispensables.
Después de todo, es mejor para la sociedad humana tener
los errores hegelianos con Hegel, que esos mismo errores sin Hegel,
esto es, errores difusos y escondidos -- que son de tipo hegeliano
pero anónimos e irreconocibles -- circulando sin freno
en el cuerpo social.
Un gran filósofo
en el error es como un faro en el arrecife diciéndole al
marino: navega lejos de mi. Él le permite a
los hombres (al menos a aquellos que no ha logrado seducir) identificar
los errores que padecen y alcanzar plena conciencia para luchar
contra ellos. Esta es una necesidad esencial de la sociedad, en
cuanto no es una mera sociedad animal, sino una sociedad de personas
dotadas de inteligencia y libertad.
Incluso si
los filósofos están divididos entre sí, al
parecer sin esperanza, en su búsqueda de una verdad superior
y absoluta, al menos buscan la verdad; y sus mismas controversias,
constantemente renovadas, son un signo de la necesidad de dicha
búsqueda. Esas controversias no se refieren al carácter
ilusorio e inalcanzable del objeto que buscan. Se refieren al
hecho de que tal objeto es sumamente difícil a causa de
su importancia crucial. ¿No es un hecho que lo que es crucial
por su importancia, lo es también por su dificultad?
Platón
nos enseñó que las cosas bellas son difíciles
y que, por ello, no debiéramos evadir los peligros hermosos.
La Humanidad caería en grave riesgo y pronto en la desesperanza
si eludiese los peligros hermosos de la razón y la inteligencia.
Más aún teniendo en cuenta que es un lugar común,
en los insuperables desacuerdos que dividen a los filósofos,
que muchas cosas son cuestionables y sobresimplificadas.
En realidad,
no hay duda que estos desacuerdos existen. Sin embargo, en cierto
sentido hay mucha mayor continuidad y estabilidad en la filosofía
que en la ciencia. Así, mientras una nueva teoría
científica cambia completamente la manera misma en que
la antigua teoría presentaba el problema, los problemas
filosóficos son siempre los mismos, en una u otra forma.
Es más, una vez que las ideas filosóficas básicas
han sido descubiertas, se transforman en adquisiciones permanentes
de la herencia filosófica. Y, no obstante ser usadas de
varias maneras, incluso, en sentidos opuestos, ellas siguen todavía
presentes.
Finalmente,
si los filósofos luchan y disputan tan violentamente, es
porque cada uno ha visto algo de la verdad, lo que, frecuentemente,
ha deslumbrado sus ojos, al punto de llegar a conceptualizarla
de una manera insana. De ello debieran tomar nota sus colegas
filósofos, cada uno desde su propia perspectiva.
Utilidad
de la filosofía
Llegamos así
a una consideración esencial: ¿cuál es la
utilidad de la filosofía?
La filosofía,
en sí misma, está por encima de la utilidad. Y por
esta misma razón, la filosofía es de la mayor necesidad
para los hombres. Les recuerda la suprema utilidad de aquellas
cosas que no tienen que ver con los medios sino
con los fines. Porque los hombres no sólo
viven de pan, vitaminas y descubrimientos tecnológicos.
Viven de valores y realidades que están por encima del
tiempo, y que son dignos de ser conocidos por sí mismos;
ellos nos alimentan con la invisible comida que sostiene la vida
del espíritu, y nos mantienen alertas, no de tal o cual
medio al servicio de la vida, sino de las razones profundas para
vivir, sufrir y tener esperanza.
El filósofo
en la sociedad es un testigo de la dignidad suprema del pensamiento.
Él apunta a lo que es eterno en el hombre, a lo que estimula
nuestra sed por el conocimiento puro y desinteresado, por el conocimiento
de aquellas cuestiones fundamentales - acerca de la naturaleza
de las cosas y de la naturaleza de la mente, del hombre mismo
y de Dios - que son superiores e independientes de todo lo que
podemos hacer, producir o crear, porque pensamos antes de actuar
y nada puede limitar el alcance del pensamiento.
Nuestras decisiones
prácticas dependen de las posiciones que asumimos respecto
de aquellas interrogantes últimas y fundamentales que el
pensamiento humano es capaz de plantear. Esa es la razón
por la que los sistemas filosóficos, que no están
dirigidos a ningún uso o aplicación práctico,
tienen, como lo he señalado al comienzo, un impacto tan
grande en la historia humana.
Los representantes
del materialismo dialéctico afirman que la filosofía
no tiene que limitarse a contemplar el mundo, sino que debe transformarlo:
porque la filosofía es esencialmente praxis, un instrumento
de la acción, el poder ejercitado sobre las cosas. Esto
no es sino un regreso a la vieja confusión mágica
entre el conocimiento y el poder, y su completo desprecio de la
función del pensamiento.
La filosofía
es esencialmente una actividad desinteresada, dirigida hacia el
amor a la verdad en sí mismo, y no una actividad utilitaria
por el mero propósito del poder sobre las cosas. Esa es
la razón por la que la necesitamos.
Si la filosofía
es una de esas fuerzas que contribuye al movimiento de la historia
y a los cambios que ocurren en el mundo, es porque ella, en su
primera función -- que es la penetración metafísica
del ser --, está dedicada solamente a discernir y contemplar
lo que es verdad en ciertas materias importantes en sí
mismas y por sí mismas, independientemente de lo que ocurre
en el mundo. Es esa precisamente la razón por la que ejerce
una influencia esencial en el mundo.
Hay dos aspectos
relativos a la función del filósofo en la sociedad
que tienen, me parece, especial importancia en el día de
hoy. Ellos tienen que ver con la Verdad y con la
Libertad.
El mayor peligro
que amenaza a las sociedades modernas es el debilitamiento del
sentido de la Verdad. Por un lado, los hombres han
alcanzado la costumbre de pensar en términos de estímulos
y respuestas y de ajuste al medio ambiente; mientras que por el
otro, aparecen desconcertados por el modo en que las técnicas
políticas de publicidad y propaganda usan las palabras
y el lenguaje mismo, por lo que, al final, tienden a abandonar
todo interés en la verdad: lo único que importa
son los resultados prácticos, la mera verificación
material de hechos y cifras, sin que exista una adhesión
interna a ninguna verdad conocida.
Aunque en
su quehacer especulativo el filósofo no preste atención
a los intereses de los hombres, ni a los del grupo social, ni
a los del Estado, siempre está, sin embargo, recordándole
a la sociedad el carácter absoluto e inquebrantable de
la Verdad.
En cuanto
a la Libertad, el filósofo le recuerda a
la sociedad que ella es la condición primera para el ejercicio del pensamiento. Se trata de un requerimiento
del propio bien común de la sociedad humana, el que se
desintegra tan pronto como el miedo, sobreponiéndose a
las convicciones íntimas, impone una orientación
determinada a la mente humana.
El filósofo,
incluso cuando está equivocado, critica libremente al menos
las cosas hacia las que los hombres se sienten atraídos.
El testimonio de Sócrates ejemplifica esta función
crítica, que es inherente a la filosofía. No obstante
que la sociedad le expresó su gratitud de manera por demás
particular, él sigue siendo un gran ejemplo del filósofo
en la sociedad.
No es sin
razón que Napoleón rechazaba a los ideólogos
y que los dictadores, por regla general, odian a los filósofos.
Filosofía
Moral
Hasta aquí
he hablado primeramente de filosofía especulativa o teorética,
cuyo aspecto principal es la metafísica. El nombre
de Sócrates nos lleva a otra clase de filosofía,
cual es la filosofía moral o práctica.
Aquí,
la necesidad de la filosofía para la sociedad y, más
específicamente, de una filosofía sana, aparece
de una manera más inmediata y urgente.
Se dice frecuentemente
que las ciencias nos proveen de medios cada vez
más y más poderosos y, al mismo tiempo, más
y más asombrosos. Tales medios pueden ser usados para bien
o para mal, dependiendo de la finalidad que sirven.
Pues bien,
la determinación de la verdadera y genuina finalidad de
la vida humana no pertenece al ámbito de la ciencia. Ella
pertenece al ámbito de la sabiduría, esto es, al
ámbito de la filosofía, y, a decir verdad, no solamente
de la sabiduría filosófica, sino de la sabiduría
que es don de Dios.
Es en conexión
con esto que la sociedad necesita de los filósofos. Más
aún, necesita santos.
Desde otro ángulo, las ciencias humanas -- sicología, sociología,
antropología -- nos proveen de un valioso y creciente material
en relación a las conductas individuales y colectivas de
los hombres y a los componentes básicos de la vida humana
y la civilización. Esto es de una ayuda inmensa en nuestro
esfuerzo por penetrar el mundo del hombre. Sin embargo, todo este
material y este inmenso tesoro de hechos carecería de toda
significación si no fuese interpretado a fin de iluminarnos
sobre lo que es realmente el hombre. Esta esprecisamente la tarea
de interpretación que es propia del filósofo.
El punto que
me interesa destacar es que la sociedad necesita especialmente
esta clase de trabajo interpretativo. Puesto que la mera información
material o cualquier reportaje tipo Kinsey sobre los
hábitos humanos, tiende más bien a dañar
los conocimientos raíces de toda sociedad, en tanto no
van acompañados de un conocimiento genuino del hombre,
dependiente en último análisis de la sabiduría
y de la filosofía.
Solamente
el conocimiento filosófico del hombre nos permite, por
ejemplo, distinguir entre lo que es cómodo para la naturaleza
y la razón del hombre, y la manera en que los hombres actúan
de hecho en la mayoría de los casos. En otras palabras,
distinguir entre los tipos de conductas realmente normales y los
modos de comportamiento que son estadísticamente frecuentes.
Por último,
tratándose de los valores y de los estándares morales,
la consideración de nuestro mundo actual nos autoriza a
hacer el siguiente comentario: es muy desafortunado que una civilización
deba sufrir a causa del quiebre entre los ideales que constituyen
su razón de vivir y actuar, y por los cuales continúa
su lucha, y el molde interior de la mente dominante en el pueblo,
que realmente implica duda e inseguridad mental a propósito
de ese mismo ideal.
En el hecho,
la sicología común de una sociedad o civilización,
la memoria de sus experiencias pasadas, sus tradiciones familiares
y comunitarias y esa especie de temperamento emocional o estructura
vegetativa de sentimientos así engendrados, pudieran mantener
en la conducta práctica de los hombres una devoción
profundamente arraigada hacia estándares y valores en los
cuales su intelecto ha dejado de creer.
Bajo tales
circunstancias, es posible que ellos estén dispuesto incluso
a morir, si es necesario, por rechazar algunas acciones contrarias
a la ética o por defender la justicia y la libertad, no
obstante haber perdido toda justificación racional de las
nociones de justicia, libertad y conducta ética. Estas
son cosas que han dejado de tener un objetivo o un valor incondicional
y, tal vez, ningún significado en sus mentes.
Semejante
situación es posible, pero no puede durar.
Así,
pues, vendrán tiempos en que los seres humanos abandonarán
en su vida práctica todos aquellos valores acerca de los
cuales han dejado de tener una convicción intelectual.
De allí que podamos darnos cuenta de cuán necesaria
es la función de una sana filosofía moral
en la sociedad humana. Ella tiene que dar, o devolver, a la sociedad
la fe intelectual en el valor de sus propios ideales.
Estas observaciones
son aplicables, en una forma por demás particular y convincente,
a la sociedad democrática, puesto que los fundamentos de
una sociedad de hombres libres son esencialmente morales.
Existe cierto
número de principios morales -- a propósito de la
dignidad de la persona humana, de los derechos humanos, de la
igualdad humana, de la libertad, de la ley, del respeto mutuo
y de la tolerancia, de la unidad de la especie humana y del ideal
de paz entre los hombres -- respecto de los cuales la democracia
presupone un consentimiento común. Sin una convicción
razonada, general y firme a propósito de tales principios,
la democracia no puede sobrevivir.
No es trabajo
de científicos, expertos, especialistas y técnicos,
sino de los filósofos, el buscar la justificación
racional y el esclarecimiento de la carta constituyente
de la democracia.
En este sentido,
no es aventurado decir que el rol del filósofo en la sociedad,
en el orden de los principios, es tan importante como el rol del
estadista, en el orden práctico del gobierno. Ambos pueden
ser profundamente destructivos si están equivocados. Ambos
pueden ser sirvientes genuinos del bien común, si van por
el camino debido.
Nada es, pues,
más inmediatamente necesario para nuestro tiempo que una
sana filosofía política.
Traicionaría
mis propias convicciones si no agregase que -- dado, por una parte,
el estado de confusión y de división en que se encuentra
la mente moderna, y, por otro, el hecho de que el incentivo profundo
del pensamiento democrático es, como la ha notado Henri
Bergson, una repercusión de la inspiración evangélica
en el orden temporal -- la filosofía, especialmente la
filosofía moral y política, puede llevar a cabo
su función normal en la sociedad moderna, sólo si
mantiene una continuidad vital con el espíritu de la tradición
judeo-cristiana y con la sabiduría del evangelio. Esto
es especialmente necesario en consideración a la necesidad
de la sociedad democrática de establecer genuina y racionalmente
sus principios comunes básicos.
En otras palabras,
la filosofía moral y política requerirá de
un trabajo y esfuerzo de la razón humana de acuerdo a los
más altos requerimientos de los métodos y principios
filosóficos, equipados con todas las armas y la información
de la ciencia contemporánea y guiados por la luz de las
verdades supremas de que nos hace conscientes la fe cristiana.
Sé
perfectamente que la noción de filosofía
cristiana es una noción controversial y más
bien complicada. Desde luego, no tengo intención de discutir
aquí ese problema. Me gustaría sólo señalar
que se trata de algo que no puedo evitar plantear. Personalmente,
mientras más medito en la relación entre filosofía
y teología en el curso de la historia, más me convenzo
que, en la existencia real y concreta, este problema se resuelve
favorablemente en la noción de filosofía cristiana.
Hay un último
punto que quiero señalar, en el que me limitaré
a unas pocas observaciones. Tiene que ver con la actitud del filósofo
hacia los asuntos humanos de carácter social y políticos.
No hay necesidad de decir que un filósofo puede dejar de
lado sus empeños filosóficos y transformarse en
un hombre de la política. Pero, ¿cuál es
la situación del filósofo que se mantiene como simple
filósofo y actúa sólo como filósofo?
Podemos suponer,
por una parte, sin temor a equivocarnos, que carece de la experiencia,
la información y la competencia propias de los hombres
de acción: sería muy desafortunado para él
asumir la tarea de legislar en materias sociales y políticas
en nombre de la lógica pura, como lo hizo Platón.
Sin embargo,
por otra parte, el filósofo no puede -- especialmente en
nuestro tiempo -- encerrarse a sí mismo en una torre de
marfil; él no puede evitar preocuparse de los asuntos humanos,
en el nombre de la filosofía, en sí misma, y en
razón de los mismos valores que la filosofía debe
defender y mantener. Él tiene que ser testigo de esos valores,
cada vez que son atacados, como en los tiempos de Hitler cuando
la insensata teoría racista provocó el asesinato
en masa de los judíos, o como ocurre hoy ante la amenaza
de esclavitud por el despotismo comunista.
El filósofo
debe ser testigo de su tiempo expresando sus pensamientos y diciendo
la verdad tal como la ve. Esto puede tener repercusiones en el
dominio político; en tal caso no es, en sí mismo,
una acción política; es, simplemente, filosofía
aplicada.
Es verdad
que, en este caso, la linea de demarcación es difícil
de señalar. Esto significa que nadie, ni siquiera el filósofo,
puede evitar tomar riesgos cuando la justicia o el amor están
en juego y cuando uno se encuentra cara a cara con el mandamiento
estricto del evangelio: Ahí está lo que
ustedes debían poner por obra, sin descartar lo otro.
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* Traducción
del inglés por H.I.
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Mateo, 23:23: ¡Ay de ustedes, maestros de La ley
y fariseos, que son unos hipócritas! Ustedes pagan el diezmo
hasta sobre la menta, el anís y el comino, pero no cumplen
la Ley en lo que realmente tiene peso: la justicia, la misericordia
y la fe. Ahí está lo que ustedes debían poner
por obra, sin descartar lo otro.