Este número del Courrier no es
más que una carta dirigida a mis amigos, lo que me excusa
por hablar en primera persona. Ella tiene que ver con cuestiones
de inmediata actualidad y no con los problemas generalmente tratados
por los filósofos.
FILOSOFÍA y POLÍTICA
Como lo recuerda
Montherlant en su último libro, el escritor, que en lo
esencial es ajeno a la política, no puede en épocas
de grave crisis tomar refugio en ello y cerrar los ojos a las
angustias de los hombres y de la ciudad. Me parece que tal obligación
concierne también de una manera muy especial al filósofo.
Porque no solamente hay una filosofía especulativa, sino
también una filosofía práctica que, a mi
juicio, debe descender hasta el límite mismo en que el
conocimiento filosófico se une a la acción.
En virtud
de la idea de que conocer es transformar, Marx confundió
al filósofo y al hombre de acción en una misma y
única esencia, afirmando que el único filósofo
auténtico es el que lucha por la revolución. El
filósofo que no es un pensador revolucionario es rechazado a priori como perteneciente a los pensadores de contrabando.
Esta idea del conocimiento, consistente en su esencia misma en
un proceso de transformación del mundo, que es una de las
ideas más profundas de Marx y, a no dudarlo, la más
chocante, me parece un error que destruye toda libertad espiritual
y toda verdadera filosofía. Con ella, todo el pensamiento
se agota en el movimiento mismo de la acción transitiva
y de la dialéctica del devenir. A los ojos del metafísico
esa es la quinta esencia del inmanentismo y del materialismo de
Marx.
Sin embargo,
este error brutal es como la hipertrofia de una importante verdad
ignorada que, en lenguaje tomista, puede formularse como sigue:
la filosofía moral y especialmente la filosofía
política, ordenadas desde sus orígenes hacia la
acción, deben ir hasta el último límite práctico
de la ciencia práctica. Bajo ese límite está
el dominio de la acción en sí misma, que es regulada
directamente por la virtud de la prudencia (en el sentido cristiano,
no mundano de la palabra) y, especialmente, por la virtud de la
prudencia política, que requiere necesariamente de un aporte
considerable de la técnica y del arte. El filósofo,
como tal, no tiene que penetrar en el dominio del flujo de las
circunstancias y de la variabilidad de lo singular; eso corresponde
al hombre de empresa y al hombre de acción. (Rechazar esta
distinción, propia del sentido común, es aceptar
de hecho, como he dicho, el prejuicio metafísico que niega
la trascendencia del espíritu).
Sin embargo,
el filósofo, como tal, puede y debe aproximarse al dominio
propio de la acción humana y política tan cerca
como sea posible, en busca de un conocimiento que permanece general
e interesado en las leyes universales (en esto, específicamente
distinto de la prudencia). Actuando así, en su propio nivel,
podrá preparar el trabajo de aquellas operaciones capaces
de trasformar inmediatamente el mundo y la vida.
He aquí
por qué, en las angustias del presente, no he abandonado
la filosofía - la filosofía práctica -, sino,
muy por el contrario, permanezco en mi propio plano, actuando
todavía como filósofo, mientras intento pensar acerca
de los problemas existentes, conforme a principios capaces de
esclarecerlos en alguna medida.
El filósofo,
en cuanto filósofo, es de poca utilidad para los hombres.
Sin embargo, para permanecer filósofo y actuar como filósofo,
uno debe mantener siempre la libertad de la filosofía y,
en especial, afirmar sin descanso su independencia con respecto
a los partidos, cualesquiera que éstos sean.
No pertenezco
ni a la izquierda ni a la derecha.
La independencia
del filósofo - exigida por la propia naturaleza de un conocimiento
que es de por sí una sabiduría - incluso cuando
se aplica de la manera más estricta a lo contingente, todavía
lo domina.
La independencia
del filósofo atestigua la libertad del intelecto frente
al instante que pasa.
La independencia
del cristiano atestigua la libertad de la fe frente al mundo.
Es todo lo
contrario de una retirada o de una evasión; todo lo contrario
de una defección ante el drama de la existencia y de la
vida, o de la mera curiosidad del espectador en su refugio. Es
el más real de los compromisos, puesto que la libertad
interior es inviolable. En realidad es una consecuencia de la
ley de Encarnación, en cuyo enorme dinamismo es arrastrado
todo cristiano, si no resiste a lo que es. ¿Quién
puede entender estas cosas si no es cristiano? ¿Y qué
cristiano puede jactarse de comprenderlas? Nuestro Dios se encarnó
al descender y murió en la cruz. Él, que era el
Señor por quien todo había sido creado y la Libertad
en Persona.
PERMANECER LIBRES
Si el filósofo
experimenta, por su amor a la inteligencia, cierta incertidumbre
y angustia frente a los juegos ordinarios de la arena política,
a causa de la terrible irracionalidad que los domina, no se puede
ocultar que, para el cristiano, existe desde el comienzo un profundo
desánimo que es preciso superar.
¿Qué
otra cosa puede ver en esos juegos, sino la presencia del pecado
sobrepuesta a la del bien, puesto que los hombres viven de hecho
la mayor parte del tiempo en los sentidos y, según dice
Santo Tomás, el mal es más frecuente en
ellos que el bien, hallándose ambos inevitablemente
mezclados en su conducta colectiva? Ve en ellos la mentira y la
ilusión apoderándose de lo real y devorándolo,
por el solo hecho de que lo real no obra allí más
que en función de la opinión de los hombres para
convertirse en otra cosa. Ve como la interferencia de las
cosas del alma y de las cosas de la vida pública, de lo
espiritual y de lo social, son allí más graves que
en cualquier otro lugar. Ve el comercio malvado de las apariencias
y de la sangre; ve los horrores y los odios manipulando al pobre
ser humano. Es a ese circo de bestias al que tenemos que descender.
Nuestro Dios descendió aún más bajo.
Lejos de estar
exento de las obligaciones que corresponden a todo hombre en el
orden social y político, el cristiano sabe que, además,
él debe, como cristiano, traer la presencia del espíritu
incluso al mundo de la violencia y de la contradicción.
El filósofo
cristiano sabe que necesita elaborar, bajo el cielo de los principios
supremos cuyo depósito tiene la Iglesia, una filosofía
política y social capaz de enfrentar los riesgos y peligros
en la tierra y en la historia profana, siendo tan realista como
para arraigarse en el trabajo histórico en marcha ante
nuestros ojos y, al mismo tiempo, lo suficientemente libre para
afirmar la primacía política - que el mundo actual
no deja de escarnecer - de la dignidad de la persona humana, del
bien común de la multitud congregada y de los valores morales
y espirituales.
Sabe también
que debe mantener un actitud abierta al futuro y alerta para no
dejar pasar el menor movimiento que dé un poco de esperanza
de que la paloma del espíritu divino esté escondida
en esas aguas más tenebrosas que nunca. Pero también
debe prestar una atención igualmente alerta a mantener,
en medio de las vicisitudes, las verdades que no cambian. Sería
ciertamente más fácil adoptar una actitud universitaria,
enseñando los grandes principios, incluso los falsos, con
satisfacción y seguridad.
El cristiano
debe estar en todas partes y en todas partes debe permanecer libre.
¿Por
qué no declarar aquí el conflicto interior que,
a mi juicio, obstaculiza muchos esfuerzos generosos para expandir
el reino de Dios? El instinto social o sociológico, propio
del mundo, ese instinto de la colectividad terrestre pretende
colocar a los cristianos en un mundo cerrado - en el propio mundo
temporal, en el orden de la civilización - en una fortaleza
construida por la mano del hombre, detrás de cuyas murallas
estarán todos los buenos unidos para luchar contra todos
los malos que los asedian. El instinto espiritual, que pertenece
a Dios, exige a los cristianos que se dispersen por el mundo creado
por Dios para llevar a él su testimonio y vivificarlo.
En realidad,
los buenos y los malos están mezclados en todas partes,
incluso en la Iglesia; y la imagen de una fortaleza o ciudadela
erigida en el mundo, debiera ser más bien, en el presente
estado de cosas, la de un ejército en campaña en
una guerra de movimientos.
Las murallas
temporales existentes no son de un mundo cristiano, sino de un
mundo apóstata. Es preciso, por cierto, defender los valores
humanos y cristianos todavía subsistentes en él,
pero es necesario también, en la medida del esfuerzo humano,
crear un mundo nuevo, un nuevo mundo cristiano.
La Iglesia,
nacida de Dios y superior al tiempo, es una ciudad rodeada de
murallas - la muralla de la ciudad fue construida de
jaspe... (Apoc. xxi, 18) - y, por una admirable paradoja,
es perfectamente cerrada porque es universal y porque no sólo
los bautizados, sino, de un modo invisible, todos los hombres
le pertenecen. Pero es un gran error confundir a la Iglesia, reino
de Dios que peregrina por este mundo, centrada toda sobre la vida
eterna, con las estructuras sociales-terrestres de la vida política
y temporal de los hombres, incluso cuando éstos son, al
menos de nombre, cristianos.
En otro estudio
he intentado demostrar que, desde el punto de vista de una filosofía
cristiana de la historia, el problema central de nuestro tiempo
es el de la reintegración de las masas, separadas
del cristianismo por culpa principal de un mundo cristiano infiel
a su vocación. Este problema es obviamente central en el
orden espiritual, el de la salvación. Pero también
es central en el orden temporal, político y social. Permítanme
reproducir aquí lo que he escrito recientemente sobre este
tema:
Desde
nuestro punto de vista, el dilema es inevitable: o bien las masas
populares se aliarán más y más a las varias
formas de materialismo que procuran seducirlas y viciar su movimiento
de progreso histórico, y entonces este movimiento se desarrollará
bajo unas formas anormales y engañosas; o bien se volverán
al cristianismo, por su filosofía del mundo y de la vida,
y a la formación de un humanismo teocéntrico, cuyo
valor universal permanecerá abierto a los hombres de todas
las condiciones, incluso en el dominio temporal y cultural. De
esta manera, su deseo de renovación social se realizará
y alcanzarán la libertad propia de la persona adulta, libertad
y personalidad no de la clase que absorbe al hombre para el aplastamiento
de otra clase, sino del hombre transmitiendo a su clase la dignidad
propia del hombre, para la instauración común de
una sociedad de la cual habrán desaparecido, no ciertamente
todas las diferenciaciones y jerarquías, pero sí
la presente división de clases.
No
tiene sentido insistir en las proporciones de la transformación
histórica implicada en semejante hipótesis. Por
un lado, será necesario despertar en las masas poderosos
centros de renovación espiritual y religiosa. Por otro,
será preciso que los cristianos se liberen de muchos prejuicios
sociológicos más o menos inconscientes. El pensamiento
cristiano tendrá que integrar las verdades permanentes,
desformadas por los esfuerzos sociales-terrenales de la época
moderna, purificándolas de los errores anticristianos en
medio de los cuales han nacido. La acción política
y social nacida de este pensamiento tendrá que desarrollarse
en vastas proporciones.
Mucho
más que cualquier derrocamiento de alianzas, lo que se
requiere es una redistribución general de las fuerzas históricas
que, en semejantes perspectivas, podamos concebir.
Podría
ser que entonces entendiésemos el enigma, tan irritante
para el espíritu, de la oposición provisional, ocurrida
en los siglos modernos y sobre todo en el siglo XIX, entre un
mundo cristiano cada vez más separado de las fuentes de
su propia vida y los esfuerzos de transformación del régimen
temporal, dirigidos a la justicia social, aunque nutridos de las
más falsas metafísicas. Podría suceder que
ese escándalo del siglo XIX, del que hablaba el Papa Pío
XI, encontrase una cierta inteligibilidad conforme a un misterio
incomparablemente mayor y elevado.
Con
respecto al rechazo provisional y a la reintegración final
del pueblo judío, ¿no nos ha dicho San Pablo que
Dios encerró a todos en el pecado para tener misericordia
de todos? Tal vez pudiéramos alcanzar una mejor idea de
la enorme magnitud del cambio histórico implicado en el
establecimiento de una nueva cristiandad, si entendemos que un
nuevo orden temporal cristiano no podrá alcanzarse de manera
plena y durable hasta que la desobediencia y el pecado,
en los que el mundo cristiano ha sido encerrado en
estos tiempos antropocéntricos, reciba una
nueva efusión de "misericordia".
(Revista Esprit, Octubre 1935).
Mientras tanto, ¿podemos permanecer impasibles? ¿Podemos pensar,
sin estremecernos de dolor, en esa multitud de hombres cuyo profundo
resentimiento, nacido de su dignidad humana humillada y ofendida,
los ha vuelto contra el cristianismo, que ellos han confundido
con un régimen temporal que rechaza la propia existencia
de las verdades cristianas? ¿Podemos ignorar cuántos
de ellos son cristianos sin saberlo? ¿No sabemos lo que
representan para la historia las reservas de auténtica
humanidad, de bondad y de heroísmo encarnadas en el trabajo
cotidiano y en la pobreza el pueblo obrero y campesino?
Mientras escribo
estas líneas recuerdo la reacción, hace unos años,
de algunos espectadores de 'Coriolano', que se manifestaban violenta
y entusiastamente a cada insulto lanzado contra la plebe, confesando
así públicamente su propia miseria interior.
Sería
absurdo ignorar los admirables recursos que subsisten en los hombres
de otras clases. Pero es más bien en el ámbito de
la vida individual o personal donde tales recursos se muestran;
y si la fuerza de la inteligencia técnica reside todavía
en la clase burguesa, parece que el espectáculo del mundo
actual nos enseña claramente que las estructuras internas
de la burguesía, como clase, están en vías
de disolución. El acontecimiento capital del mundo moderno
ha sido la llegada de las masas a la existencia histórica,
así como el hecho de que en todas partes desempeñan
el papel de un actor principal, incluso en los gobiernos que las
han privado de toda vida política a fin de incorporarlas
a un Estado totalitario o a un Estado comunista. Sin embargo,
estas grandes fuerzas humanas, la última reserva de la
historia, son entregadas al sistema anticristiano por el sistema
del bien pensar vigente.
Lo que llamo
el sistema del bien pensar, es un sistema de
ilusión y de inercia. Formados en él, los hombres,
excelentes en su vida privada, se encierran, en cuanto se trata
de asuntos sociales y políticos, en la amarga y voluntaria
ignorancia de su prójimo y de las realidades más
evidentes, mientras rechazan, como derrotados de antemano, toda
iniciativa que la acción de Dios en el tiempo les exige.
Se quejan de que el mundo se les escapa y, no pudiendo hacer nada
al respecto, pasan por la historia como momias en sarcófagos
de buenos pensamientos.
Pues bien,
volviendo a mi tema, la imagen sumaria de la ideología
del bien pensar impulsa a un gran número
de almas de buena fe a obrar como si la mitad de Francia - aquella
que vota por la izquierda - estuviese alineada por anticipado
con el ateísmo y con el comunismo. En verdad, si el cristianismo
permanece paralizado, se estará alineando por anticipado,
no diré con una revolución comunista, cuyas probabilidades
parecen escasas en el estado actual de las cosas, sino con la
ideología comunista y el ateísmo que conlleva, puesto
que los comunistas poseen una doctrina coherente y vigorosa en
contra de la cual la ideología liberal carece de fuerza.
Los cristianos,
por sí solos, pueden tener una doctrina fuerte, firme y
vigorosa suficiente para privar sus pretextos al ateísmo,
y para enfrentar, en una libre confrontación espiritual,
filosofía contra filosofía, la filosofía
en la fe contra filosofía atea, la libertad real de la
persona contra la libertad ateísta, el humanismo integral
contra humanismo ateo. Y al hablar así, no estoy pensando
sólo en el apostolado cristiano, que en el orden puramente
espiritual busca dirigir las almas hacia la vida eterna. Pienso
en una filosofía cristiana que en el orden temporal, y
sin ninguna reserva mental respecto del apostolado religioso,
procura encontrar la verdad práctica, para servir a la
vida temporal de los hombres trabajando por la renovación
de las estructuras de la sociedad. Semejante filosofía
no tendría nada que ver con un orden cristiano puramente
decorativo, que enchapa con principios y fórmulas cristianas
el desorden consubstancial, superfluamente retocado, de un régimen
social y cultural inhumano.
Y dado que
tal filosfía política se opone a principios profundos,
requiere una revolución más profunda que todo lo
que la literatura revolucionaria llama con ese nombre. Son muchos,
creo yo, entre los que buscan obscuramente por ese lado, los que
estarían prontos a darle la bienvenida.
Mas,
si los cristianos no llevan el debate a las masas, ¿quién
lo hará por ellos? ¿Quién escuchará
si nadie habla? Si los cristianos rechazan hablar allí
donde existe alguna probabilidad de ser oídos, ¿cómo
va a ser nunca entendida su palabra? ¿Cómo esos
hombres, separados de nosotros por murallas de prejuicios centenarios,
podrán tener en cuanta nuestra fe, si, en lugar de hacer
honor a sus almas, a sus aspiraciones, a sus ansiedades espirituales,
permanecemos atrincherados en no sé qué aislamiento
farisaico?
La respuesta
a tales preguntas es clara. La cosa no puede ser hecha sin dolor
y sin muchas dificultades, a causa del mal entendimiento eterno
entre el mundo y el cristiano. Lo que el mundo exige de los cristianos,
lo que espera de ellos, es que se lancen por entero, como una
fuerza en los ejércitos de la cólera que están
constantemente movilizados por las contradicciones que lo destruyen
pero que ama. El mundo, del bien pensar y del mal
pensar, el mundo de la conservación social o el mundo
de la revolución, el mundo fija sobre los cristianos su
triste mirada de Minotauro. iCon qué ternura atroz, con
cuánta envidia espera una mirada de respuesta!
Pero la
respuesta no es nunca comprendida. Allí donde Dios lee
amor, el mundo lee complicidad. El mundo cree que su propio deseo
es comprendido y que se va a tragar una imagen de Dios
en su vientre tenebroso, como dice San Juan de la Cruz.
El cristiano cree que su propio deseo es comprendido y que el
mensaje transmitido por él va a ser recibido por el mundo.
No estamos aquí, como creería un barthiano, enfrentados
a una tragedia sin sentido, a una antinomia irreductible. La antinomia
se resuelve por la dialéctica del dolor.
El cristianismo
no entrega su alma al mundo. Pero debe ir al mundo, debe hablar
al mundo, debe estar en el mundo hasta la muerte: no sólo
para dar testimonio ante Dios y la vida eterna, sino también
para cumplir, como cristiano, su misión de hombre en el
mundo, a fin de hacer progresar la vida temporal del mundo hacia
las riveras de Dios, no obstante el gran malentendido de que he
hablado previamente y en el corazón mismo de tal malentendido.
Y en el mundo, en lo más profundo del mundo, debe mantener
contra el mundo una doble independencia: primero, aquella de su
fe, de la palabra de Dios, de las virtudes dirigidas también
a la vida eterna; y segundo, también en su actividad temporal
del cristiano, la independencia política, otorgándole
a esa palabra el sentido amplio dado por Aristóteles, que
corresponde más propiamente a las virtudes políticas
cristianas dirigidas hacia la vida temporal y hacia el bien de
la civilización humana.
UNA EXPERIENCIA
Quisiera decir
ahora sólo una palabra acerca de una experiencia personal;
y dar una explicación sobre un caso particular, en sí mismo insignificante.
Durante el
verano pasado me enteré del proyecto de crear un nuevo
semanario, políticamente orientado hacia la izquierda,
pero independiente de todos los partidos, donde, en el plano de
las ideas, los escritores preocupados por la libertad podrían
presentar su concepciones del mundo y de la vida; en él,
los católicos podrían expresarse con igual franqueza
y libertad que los comunistas. Cuando recibí una invitación
para colaborar, me pareció que rechazarla hubiese sido
un error, no obstante que haberlo hecho hubiese sido, indudablemente,
mucho más favorable para mi tranquilidad personal.
Las razones
para mi aceptación han sido suficientemente explicadas
en las páginas precedentes. Estaba dispuesto a escribir
dondequiera se respetase la libertad para dar mi testimonio, fuese
en un periódico de derecha lo mismo que en uno de izquierda
(considerando que todo periódico con una gran audiencia
termina fatalmente encasillado en uno o otro molde). En el presente
caso, me agradó por una razón especial escribir
para un periódico de izquierda, puesto que el público
de izquierda es precisamente el que sólo raramente tiene
la oportunidad de escuchar una voz cristiana, y porque es allí
donde los prejuicios más fuertes son esgrimidos contra
el cristianismo, no tanto por razones metafísicas como
por razones meramente sociales.
No siempre
es fácil conseguir lo que uno quiere, sobre todo cuando
es asunto de un periódico. Entre las mejores intenciones
y los resultados que se obtienen existe un margen de dificultades
propias de cada asunto. No sé si las bases de 'Vendredi' han sido satisfechas desde su primer número. A mí
me han defraudado porque escasamente han correspondido a la idea
que me formé de ellas. Demasiada política, no suficiente
libertad y la ausencia de explicaciones relativas tanto a la independencia
de los colaboradores entre sí, como en relación
a la dirección política del periódico. El
público francés, que ve la política en todo,
que no está acostumbrado en absoluto a un diálogo
en un mismo lugar entre quienes discrepan, podría haber
tomado como signo de alianza lo que era un signo de diversidad.
Sin embargo, considerando el texto de mi artículo y lo
que digo sobre el humanismo y sobre el heroísmo
¿quién hubiese podido llegar a semejante conclusión?
Los malentendidos,
por lo que puedo juzgar hasta ahora, han sido tan grandes en la
izquierda como en la derecha. Algunos han creído que yo
me estaba afiliando. La carta que escribí de inmediato,
poniendo las cosas en su lugar, fue publicada en el segundo número:
allí señalé mi oposición a todos los
partidos actuales y mi deseo de no seguir la política de 'Vendredi' ni ninguna otra. Sin embargo, una falsa
impresión desde el comienzo no se borra fácilmente.
Tan pronto algo llega a ser tema de opinión pública,
la independencia sólo puede ser salvada si es debidamente
entendida.
En todo caso,
al dar mi artículo al primer número de 'Vendredi' (el artículo se titula Humanismo y Heroísmo,
y fue publicado el 8 de Noviembre de 1935), me alegra el haber
podido dar un testimonio que no rechazaba la conversación
que estaba dispuesto a enfrentar. Espero que los editores de ese
periódico me entenderán cuando digo que la experiencia
ha sido malamente entendida, dada la formulación propia
del periódico. En todo caso, estoy muy lejos de renunciar
a encuentros y confrontaciones, puesto que otorgo más importancia
que nunca a cada posibilidad de diálogo con aquellos situados
en posiciones diferentes, incluso antagónicas, pero que
están preocupados por el trabajo histórico desarrollado
en nuestros días. Eso, sin embargo, sólo puede tener
lugar en una atmósfera suficientemente purificada de las
pasiones del momento.
Agregaré
todavía algo más. Más allá de que
uno pueda llamar cristiana a una acción civil, aquella
preocupada de la defensa de las libertades religiosas como asimismo
de los bienes y valores de la ley natural anexos a aquellas, a
la que sean llamados todos los cristianos, no existe una acción
civil cristiana propiamente política - (quiero decir, en
el plano de la acción, puesto que en el plano de los principios
de tal política, éstos ya han sido establecidos
no solamente por teólogos y filósofos católicos,
sino por las enseñanzas ordinarias de la Iglesia, particularmente
por las encíclicas papales), - digo, pues, que no existe
una Política Cristiana que sea vital e intrínsecamente
cristiana y no sólo cristiana en apariencia. Ha sido bosquejada
aquí y allá, pero todavía no ha surgido en
la historia. El trabajo generoso llevado a cabo desde hace tiempo
por varios grupos con diversos métodos no se ha concretado.
Mi trabajo
como filósofo en el orden de la filosofía práctica
está dirigido a preparar intelectualmente ese camino. Es
extremadamente importante, a causa de los malentendidos a que
me he referido, que la posición política que he
concebido no sea mal apreciada y confundida con políticas
que son muy diferentes. Por estas razones, así como por
las que desarrollaré más adelante, he estimado indispensable
afirmar nuevamente en este número del Courrier des
Iles aquellas posiciones que he definido en otras partes.
EL COURRIER DES ILES
Existe una
ventaja para cada grupo de escritores que comparten ideas comunes,
cualesquiera sean las actividades que cada uno desarrolla en otros
lados, en disponer de medios de publicación que les permitan
expresar sus propios puntos de vista respecto de los problemas
del presente. El Courrier des Iles me
ofrece a mí hoy ese medio y puede hacer lo mismo por otros.
Volvemos,
pues, a la idea original del Courrier,
dispuestos a determinarla con mayor precisión. Por consiguiente,
a diferencia de la colección Les Iles,
el Courrier sólo publicará
estudios relativos a problemas existentes en todos los niveles
del pensamiento, filosófico o literario, social o político.
Es nuestro deseo que así pueda servir, por sobre todo,
para hacer público el pensamiento de ciertos escritores
católicos que, aunque pocos en número, están
unidos por un mismo espíritu de fe y de libertad y por
una activa amistad intelectual.
Es un asunto
de amistad, no de equipo. Cada uno escribirá bajo su propia
responsabilidad sin polemizar con el pensamiento de otros. La
forma de publicación no será la de una revista o
periódico con suscripciones. Los números del Courrier no aparecerán de acuerdo a ningún plan regular y
serán vendidos por números, dirigidos a lectores
que hagan el esfuerzo de buscarlos más allá de las
librerías, porque están interesados en los temas
que allí se tratan. Gracias a la devota colaboración
de nuestros editores, a los que expreso mis agradecimientos, los
manuscritos serán impresos sin demora. Esto permitirá a los autores penetrar de cerca en la actualidad, no como lo hacen
las publicaciones diarias o semanales, pero lo suficientemente
cerca como para tratarla al nivel de las ideas.
En síntesis,
esperamos que con nuestros limitados medios, por ello mismo los
más apropiados al caso, el Courrier pueda ser un instrumento de cultura viva y contribuya con su aporte
al nacimiento, a la toma de conciencia y al estado intelectual
necesarios para la preparación de una nueva cristiandad,
sea en el orden del pensamiento o en el de la acción. Naturalmente,
también esperamos que sea útil en las confrontaciones
con ideas discrepantes, a las que me he referido más arriba.
Semejantes encuentros, como ha sido señalado, son útiles
solamente si tienen lugar en una atmósfera de serenidad
y de libertad interior, purificadas de los complejos pasionales,
cuyo único resultado es el establecimiento, en todos los
grupos rivales que dividen a nuestro país, de una mentalidad
que se conforma con una igualdad de calidad mediocre.
Afortunadamente,
hay mucha gente joven reaccionando contra esta situación,
incluso dentro de esos mismos grupos. En efecto, sólo la
angustia compartida al aproximarnos a nuestro destino y un cierto
sentimiento de miseria espiritual y, no obstante ello, también
de promesa de los tiempos, junto a la firme intención de
llevar a cabo un análisis objetivo de los problemas, puede
proveer las condiciones para el encuentro de los hombres de buena
fe que, de otro modo, permanecerán tan terriblemente divididos.
ENTRE LAS FACCIONES
Luego de esta
digresión, volvamos a los asuntos que son el tema de esta
carta.
He dicho en
otra parte que la posición de un hombre que no
sólo rechaza, por un deseo de independencia, pertenecer
a ninguno de los partidos políticos existente, sino que
está además en contra de cada uno de ellos por razones
definitivas, y que, al mismo tiempo, está perfectamente
consciente de la gran importancia de las realidades políticas,
es una posición ciertamente inconfortable. Tal posición
es la mía. (Carta a la revista Vendredi.
8 de Noviembre de 1935). Esa es también, creo yo, la posición
de muchos católicos.
Verdaderamente,
hoy día estamos pagando las faltas de nuestros padres.
Y es necesario repetirlo todavía una vez más: la
concepción de un partido político con una definición
confesional, como lo es por ejemplo el Centro Alemán, me
parece errónea y desafortunada, no obstante mi convicción
de que la existencia de formaciones políticas, estrictamente
políticas y de inspiración cristiana, son una necesidad.
Semejantes formaciones pertenecen a un orden esencialmente distinto
de la llamada Acción Católica, de acuerdo al concepto
y al nombre establecido por el Papa Pío XI.
La Acción
Católica está interesada en el plano espiritual,
ya sea considerado puramente en sí mismo o en sus relaciones
con lo temporal; mientras que las formaciones específicamente
políticas están interesadas directamente en lo temporal,
en sí mismo, y en la actividad cívica en que los cristianos deben participar, no como miembros de la
Iglesia de Cristo ni como conciudadanos de los santos,
sino como miembros - cristianos - de cierta ciudad social-terrenal
y de cierto mundo de civilización, y como conciudadanos
de los hombres que sufren y se fatigan en el trabajo perecedero
de esta vida mortal. En otras palabras, corresponde a la esfera
de la acción externa y pública, a la existencia
en el alma de las virtudes políticas del orden natural,
que en un alma existencialmente cristiana alcanzan
su propio orden justamente a un nivel más alto, puesto
que son intrínsecamente elevadas y fortificadas por las
más altas virtudes.
Debemos notar
con amargo pesar la carencia de semejantes formaciones políticas.
La posibilidad de que uno de estos días surja, sanamente
concebida, alguna de ellas, es un resultado que hay derecho a
esperar de la elaboración de una filosofía política
fundada en una justa idea de la historia moderna.
Mientras tanto,
tenemos la completa seguridad que la ausencia de organismos de
actividad temporal de semejante tipo, constituye una anormalidad
en países como el nuestro, lo que causa confusión
en un gran número de cristianos preocupados de sus responsabilidades
temporales, y hace más angustiantes los problemas del tiempo
presente por la división de Francia en dos campos enemigos.
Incluso en
la ausencia de las formaciones en cuestión, yo imagino
que católicos de una formación más desarrollada,
podrían haber tomado ya la iniciativa para la creación
de un tercer partido, del que he hablado en el manifiesto Por
el Bien Común (1934). Tal partido no debiera
ser considerado como un partido que disputa el terreno con otros
partidos en un mismo nivel - como políticos en maniobras
y en combinaciones electorales y de gobierno -, sino como una
gran asamblea de hombres de buena voluntad, conscientes de la
unidad moral que subsiste, a pesar de todo, entre los franceses
dispuestos a demandar la verdadera meta política de hacer
imposible la guerra civil. Tal meta, que está por encima
de las pasiones partidistas, debe consistir no solamente en una
incesante propaganda moral destinada a que los franceses se reconozcan
unos a otros, sino también en la presentación y
promoción de reformas realistas, orientadas siempre al
servicio de la justicia y la paz, cualesquiera sean las fluctuaciones
y vicisitudes de los movimientos de la vida política.
Semejante
asamblea, concebible sólo sobre la base de las libertades
institucionales existentes en el presente contexto, podrá
ser capaz de tomar una acción decisiva para los destinos
del país sólo en el entendido que sus miembros son
suficientemente numerosos y suficientemente bien organizados.
Una actividad
como ésta no puede lograr un prestigio definitivo - (por
tratarse de una de esas medicaciones de mantenimiento de que hablaré más adelante) - y correrá el riesgo de dar lugar a los juicios despreciativos que la actitud
corriente de los sabios y de los moderados atribuye a las virtudes de ese mismo nombre, las que, sin embargo,
consideradas en sí mismas y en relación a su propia
naturaleza, son las virtudes políticas por excelencia. Es esencial
que no encuentren justificación para semejante juicio.
El amor por
nuestra patria material, el celo por la paz cívica, el
sentido de comunidad del pueblo y su vocación y la amistad
que verdaderamente alcanza al corazón de las personas humanas
que forman el pueblo, todo esto no es, ciertamente, un maná
demasiado insípido para los hombres de buena voluntad.
Pero, ¿será
preciso considerar el futuro de un tercer partido, así
entendido, como decididamente incompatible con las actuales circunstancias?
Durante dos años la zona que separa a los dos campos enemigos
se ha reducido notablemente. No obstante ello, subsiste un inmenso
número de franceses que no quieren la guerra civil y que
podrían ser movilizados si sólo se les mostrase
el camino. En cualquier caso, antes o después de la catástrofe,
será siempre por medio de una acción civil, como
aquella en que el Canciller de lHospital entendió
esta misma necesidad en el tiempo de las guerras de religión,
que Francia ha de sobreponerse al desastroso estado en que hoy
se debate. Debo agregar, primero para enfatizar expresamente que
el país no puede esperar nada bueno de revoluciones tipo
Mussolini ni enfeudándose en el frente político
opuesto, y, segundo, si se desea realmente la reconciliación
del pueblo francés, que no será posible lograrlo
en contra del pueblo francés ni mediante la amenaza, sino
por Francia que está allí como la historia la ha
hecho y por medio de un trabajo que debe ser positivo, paciente
y perseverante.
DERECHA
E IZQUIERDA
Aún
siendo necesaria, la solución ofrecida por un tercer partido
es, sin embargo, insuficiente, sobre todo en relación al
futuro.
Antes de seguir
avanzando más lejos en presentar mi proposición,
diré de una vez por todas lo que pienso del problema de
la Derecha y de la Izquierda.
No ser ni
de derecha ni de izquierda: muchos aspiran con razón
a superar la oposición entre estos dos mundos de prejuicios
e ilusiones. Sin embargo, es menos fácil de lo que pudiera
parecer y se hace necesario entender el significado de esas palabras,
ya que se entremezclan en dos sentidos, uno sicológico
y otro político.
En el sentido
sicológico, uno es de derecha o de
izquierda por una disposición temperamental,
así como los seres humanos nacen biliosos o sanguíneos.
En este sentido, es vano pretender ser de derecha o de izquierda;
lo único que se puede hacer es procurar corregir el temperamento
para situarlo en un cierto equilibrio que se acerca más
o menos al punto en que ambas inclinaciones se unen. En el extremo
más bajo de estas inclinaciones nos encontramos con una
especie de monstruosidad mental: a la derecha el puro cinismo
y a la izquierda el puro irrealismo (o idealismo, en el
sentido metafísico del término). El hombre puro
de izquierda detesta el ser, prefiriendo siempre, por una suposición
de acuerdo a la palabra de Juan Jacobo Rousseau, aquello que
no es a lo que es. El hombre puro de derecha detesta la justicia
y la caridad, prefiriendo siempre, por una suposición de
acuerdo a la palabra de Goethe (él mismo un enigma, enmascarando
su derecha con su izquierda), la injusticia al desorden. Nietzsche
es un noble y fino tipo de hombre de derecha, mientras que Tolstoy
es un noble y fino tipo de hombre de izquierda.
En el sentido
político, los términos Izquierda y Derecha designan
ideales, energías y formaciones históricas por medio
de las cuales los hombres de estos dos temperamentos opuestos
tienden agruparse. Incluso, considerando las circunstancias históricas
de cada país en un momento determinado, es imposible que
aquellos que toman con pasión las realidades políticas
no sean arrastrados también hacia la derecha o hacia la
izquierda. Más aún, algunas veces las cosas se confunden
al extremo cuando hombres de derecha (en el sentido sicológico
de la palabra) asumen políticas de izquierda y viceversa.
Pienso que Lenin es un buen ejemplo del primer caso. No hay revoluciones
más terribles que las revoluciones de izquierda hechas
por temperamentos de derecha. No hay gobiernos más débiles
que los gobiernos de derecha conducidos por temperamentos de izquierda
(Luis XVI).
Pero las cosas
alcanzan su peor nivel cuando, en momentos de profunda crisis,
los partidos políticos de derecha e izquierda cesan de
ser cuerpos con una mentalidad más o menos controlada por
una razón política firme, para trasformarse en complejos
pasionales exacerbados, arrastrados por el mito de sus ideales
políticos, en donde la razón no hace más
que servir a la pasión.
Así,
pues, no ser ni de derecha ni de izquierda significa querer conservar
la razón.
Esto puede
tener asimismo un doble significado. Puede significar una especie
de atrincheramiento detrás de lo espiritual, en cuyo caso
el reproche de evasión y secesión no es injustificado,
al menos para aquellos que no están separados del mundo
por su trabajo o por su condición.
Pero también
puede significar algo completamente diferente. Puede significar
que uno ha decidido mantener, dentro de y para el orden temporal,
no sólo el trabajo orgánico necesario - las actividades
cívicas, culturales y sociales requeridas por el bien común
temporal, mejor servidas así que por la disensión
-, sino también una concepción política,
un cierto testimonio político, una cierta semilla de actividad
política que estima indispensable para el futuro de la
ciudad y de la civilización.
En esto, todo
el asunto se reduce a saber si uno cree o no que una política
auténtica y vitalmente cristiana puede surgir en la historia
preparándose invisiblemente a sí misma desde hoy
en adelante. Todo se reduce a saber si el cristianismo puede llegar
a encarnarse en este punto, si la misión temporal del cristiano
puede llegar tan lejos, si el testimonio del amor vivificante
puede descender aquí y ahora, o si uno ha de abandonar
el mundo al demonio justamente en aquello que le resulta ser más
connatural: la vida civil y política.
Si uno cree
en la posibilidad de una política auténtica y vitalmente
cristiana, entonces la tarea temporal más urgente es trabajar
para establecerla, así como el mayor mal será permitir
que fracasase.
No soy tan
ingenuo como para pensar que semejante política inauguraría
el reino de Dios en la tierra o que transformaría a un
gran número de hombres en hombres buenos. Entiendo, sí,
que deberá luchar constantemente, mientras es constantemente
rechazada, constantemente combatida y constantemente traicionada,
para lograr que las estructuras de la vida social y política
sean más dignas de la persona humana y de su vocación.
No es este
el lugar más apropiado para desarrollar semejante concepción,
que no es fundamentalmente menos ajena a la concepción
ateista-comunista que a la concepción totalitaria fascista
de la vida social. Diré
solamente que, en mi opinión, los nombres que mejor la
caracterizan son: personalista y comunitaria, pluralista
y humanista integral.
También
debo decir que una filosofía política justa - justa
en tanto doctrina, y, por ello, por encima de las diversidades
materiales de temperamento - no es ni de derecha ni de izquierda.
Sin embargo, en cuanto a los requisitos de aplicación impuestos
por el presente estado de cosas, una sana política cristiana
(quiero decir inspirada por principios cristianos, pero aceptada
por todos los no cristianos que la encuentren justa y humana)
aparecería, sin duda, claramente inclinada a la izquierda
respecto a las soluciones técnicas, en consideración
al movimiento concreto de la historia y a la necesidad de transformar
el sistema económico presente. Todo ello, mientras se tiene
posiciones absolutamente originales y se procede conforme al orden
moral y espiritual de los principios, completamente diferentes
de las concepciones del mundo y de la vida, de la familia y de
la ciudad sustentadas por los diversos partidos de izquierda.
Estos principios (que algunos hombres considerados de derecha
han servido admirablemente, como Albert de Mun o La Tour du Pin),
no son ni de derecha ni de izquierda. Son superiores y fundados
en Dios.
NECESIDAD DE NUEVAS FORMACIONES POLÍTICAS
Como lo he
señalado, es necesario organizarse en oposición
a la guerra civil. Pero es igualmente necesario tener una nueva
formación política que tenga como tarea la reorganización
del sistema social conforme a los principios del humanismo integral
- que es algo que espero tanto como lamento su ausencia:
Un
partido, o mejor dicho, una sociedad política que no buscase
agrupar a los católicos en cuanto católicos, sino
solamente a aquellos católicos que tengan una concepción
de un ideal histórico a alcanzar, como la que he propuesto,
así como de los medios a emplear en esa tarea: un partido
que no procurase ser exclusivamente católico o ni siquiera
exclusivamente cristiano, sino que acojiese a todos aquellos que
estén dispuestos, de hecho, a dedicarse a la empresa definitiva
de hacer historia. Ahora bien, que semejante empresa esté
basada en sí misma en una metafísica y en una espiritualidad
católica y que, consecuentemente, requiera un liderazgo
de católicos, es un asunto diferente. También debe
ser fiel a su propia naturaleza y, en tanto que esto se logre,
debe llamar a la cooperación a todos y a cada trabajador
de buena voluntad. ('Du regime temporel et de
la liberté')
En el mismo
libro del que he extraído estas líneas agregaba
que tal formación política y socio-temporal - si
alguna vez llega a existir - debe llamar primeramente a un trabajo
espiritual y a un combate con las armas del heroísmo cristiano. Los únicos que pueden quedar atónitos frente
a esta aparente paradoja son aquellos incapaces de reconocer la
dependencia esencial que tienen lo político y lo social
del orden moral, lo temporal respecto de lo espiritual y que no
ven que los males que sufre la humanidad en nuestros tiempos son
incurables si lo divino no es reincorporado a las profundidades
de lo humano, de lo profano y del orden secular. ('Du
regime temporel et de la liberté')
Imaginemos
que una formación política de esta clase existe
y que un grupo de hombres decide reasumir (aunque en
forma diferente, dado que disponen de recursos propios de la lucha
política) y transponer al orden temporal actual los métodos
de los primeros cristianos y de los apóstoles de todos
los tiempos ('Du regime temporel et de la liberté').
Imaginemos también que ya han adoptado todas sus posiciones,
tanto respecto de sus finalidades últimas, como de aquellas
de la hora presente. Entonces tendrían que recuirrir a
todos los medios tácticos, que estimen justos y oportunos,
para procurar las alianzas que crean necesarias, dentro de los
límites que se hayan fijado, sin comprometer su libertad
ni el depósito que tienen a su cargo.
Pero, ¿qué
sucede con cada uno de nosotros mientras no disponemos de semejante
formación? En el orden espiritual, que es supra-político,
la libertad del cristiano exige que él sea todo para todos
los hombres, que lleve a todo lugar su testimonio y su palabra,
que en todas partes establezca lazos de verdadera amistad y bondad
fraternal, los lazos de las virtudes naturales de fidelidad, devoción
y gentileza, sin las cuales no es posible ayudarnos unos a otros.
Sin esos lazos, la Caridad sobrenatural, o lo que tomamos por
ella, corre el riesgo de transformarse en maldad o en un mero
proselitismo de clan. De igual manera, en el orden político,
ante la ausencia de una política vitalmente cristiana,
debemos preservar la semilla de semejante política en contra
de todo aquello que pretenda cambiarla.
Cuanto más
frágil, oculto y discutido es todavía ese germen,
mayor intransigencia y mayor dureza hay que emplear para conservarlo
puro. En esto, la lección de los grandes conquistadores
de las revoluciones es singularmente educativa para nosotros.
Lo que requiere la libertad del cristiano es la negativa a ceder
el paso, no para atrincherarse y caer en una especie de purismo
espiritual, sino para entregarse a ella más vitalmente,
con plena conciencia de sus responsabilidades temporales. De aquí
en adelante, en las condiciones más ingratas y con la torpeza
propia de los principiantes, esta marcha habrá comenzado.
Incluso cuando
la llama invisible de la misión temporal del cristiano,
de esa política cristiana que el mundo todavía no
logra entender, arda sólo en unos pocos corazones, porque
la madera no está seca todavía, el testimonio será
al menos mantenido y el depósito traspasado de mano en
mano. Todo ello dentro del creciente horror de un mundo donde
la justicia, la fortaleza, la libertad, el orden, la revolución,
la guerra, la paz, el trabajo, la pobreza, todos ellos, han sido
deshonrados por una política que lleva adelante sus propósitos
corrompiendo las almas con mentiras y haciéndose cómplice
de los crímenes de la historia, donde la dignidad de la
persona humana ha sido escarnecida sin fin. Pero
mientras sean afirmadas la reivindicación de la dignidad
humana y la justicia y la primacía de los valores humanos
y morales, que constituyen el bien principal del bien común
terrenal, continuará brillando entre los hombres una pequeña
esperanza de que el retorno del amor al orden temporal es posible.
En política,
el principio del mal menor es invocado con frecuencia. Sin embargo,
no hay mayor mal que dejar sin testigos la justicia y la caridad,
quiero decir, en el orden temporal y con respecto al bien temporal,
en sí mismos.
Terminaré
estas páginas presentando las conclusiones de un estudio,
ya citado (el artículo de la revista Esprit),
que establece claramente algunas ideas de gran importancia para
mi propósito actual.
Se han planteado
algunas interrogantes en torno a la actitud que debieran asumir,
en las presentes circunstancias, quienes, conscientes de la tarea
temporal del cristianismo, pretenden actuar en ese terreno para
clarificar el uso de los conceptos políticos, digamos,
al estilo de la cives praeclari de los antiguos
filósofos.
En primer
lugar, hagamos una distinción, esencial para nuestro propósito,
entre lo que podemos llamar una acción política
de objetivo próximo y una acción
política de objetivo remoto.
Una acción política de objetivo próximo
es aquella que, aún cuando trabaje en función de
un futuro lejano, está determinada en su acción
y en su dimensión por una realización próxima
que le sirve de punto de destino.
Si es cierto
que, por causa de sus vicios internos, nuestro actual régimen
de civilización se encuentra preso entre contradicciones
y males irremediables, una política de objetivo cercano,
una política dependiente del porvenir inmediato y que sitúa
en un resultado próximo su fin directamente determinante,
puede optar entre tres clases de medicaciones: Una medicación
de mantenimiento que, para conservar la paz civil, se contente
con el mal menor recurriendo a medios paliativos. Una medicación
draconiana que proclame la salvación inmediata de este
mundo enfermo mediante una revolución que establezca la
dictadura comunista del proletariado. Y una medicación
draconiana que ponga sus esperanzas en una revolución
o, más bien, en un procedimiento defensivo reflejo derivado
de la reestructuración totalitaria del Estado nacional.
Pudiese ser
que en ciertos países y en un determinado momento, el primer
método pudiese acomodar, con algunos atenuantes, sea el
segundo o el tercero de estos métodos. Éstos dos
últimos son sumamente parecidos, salvo en que el segundo
otorga la preferencia a la comunidad proletaria en formación
sobre la ciudad política existente, mientras el tercero
se la da a la ciudad política existente sobre la comunidad
proletaria en formación. Sin embargo, no pareciera que
los líderes políticos más destacados pudieran
inclinarse fácilmente en uno u otro sentido. ¿No
es un hecho que los partidarios del primer método sufren
de las miserias del empirismo y del oportunismo y, como en toda
política de día a día, presuponen la aceptación
del sistema de civilización existente? ¿No es efectivo
que el segundo método, subordinado a una filosofía
y a una mística expresamente ateísta, repudia por
razones de principios los lazos creados entre los hombres y las
comunidades nacionales históricamente establecidas? En
cuanto al tercer método (sin hablar, al igual que respecto
del segundo, de los obstáculos que les presentaría
una actividad política cristiana efectivamente desarrollada)
¿no resulta ser sino la pretensión de enmendar ciertos
males mediante la agregación de otros, y la aniquilación
de las condiciones básicas para el establecimiento temporal
de los principios cristianos, específicamente de la posibilidad
del retorno de las masas al cristianismo en tanto avanzan, como
hemos dicho, hacia una condición social de adultos?
Enfrentados
a las grandes dificultades que acabo de mencionar, podría
suceder que nuestros buenos ciudadanos se sintiesen tentados a
regresar a una actividad temporal que se alza por encima de las
diferencias de los partidos políticos (porque sólo
se refiere al encuentro de lo temporal con lo espiritual, tocando
sólo de manera indirecta la vida política propiamente
tal, puesto que estaría limitada estrictamente a la defensa
temporal de los intereses religiosos y de las libertades religiosas,
sin importar en absoluto todo lo demás). Semejante actividad
es ciertamente indispensable y necesaria, pero no es suficiente.
Requiere imperiosamente del cristiano, aunque éste no debe
replegarse en ella. El cristiano no debe estar ausente en ningún
área de acción humana; es requerido en todas partes.
Debe trabajar a un mismo tiempo - justamente como cristiano -
en el plano de la acción religiosa (que es indirectamente
política) - y también justamente como miembro de
la comunidad temporal - en el plano de la acción propiamente
temporal y directamente política.
Pero entonces, ¿cómo deberá proceder? Pues bien, yo sostengo
que nuestros cives praeclari están invitados a una
acción de objetivo remoto o de largo
alcance. No será ciertamente ni una medicación
de mantenimiento ni una medicación draconiana, sino que
será tal vez una medicación heroica.
Debe ser notado
que cuando hablamos de la realización de un ideal histórico
temporal cristiano, estas palabras deben ser bien entendidas.
Un ideal histórico concreto no será nunca realizado
como algo terminado o como una cosa hecha (como para que se pueda
decir: Se acabó, ahora descansaremos),
sino como algo en movimiento, como una cosa en vías de
realización y siempre por realizar (así como un
ser viviente, una vez nacido, continúa creciendo). ¿En
qué momento tiene lugar la "realización"
de ese ideal, su "instauración"?
Cuando nace a la existencia histórica, esto es, cuando
empieza a ser reconocido por la conciencia común y a desempeñar
una función motriz en la obra de la vida social. Antes
estaba en preparación, después debe continuar.
Siempre he
llamado la atención sobre la diferencia existente entre
una utopía y un ideal histórico concreto.
(La vie intellectuelle. 1935). Una utopía es un modelo que debe ser realizado como
algo terminado en un punto de reposo y, por ello, es irrealizable.
Un ideal histórico concreto es una imagen dinámica
que debe ser realizada como un movimiento o como una linea de
fuerza, y es justamente por eso que es realizable. A partir de
esto es posible ver que su realización puede ser muy lejana
(y en el caso de un nuevo orden cristiano en el mundo, aún
mucho más lejana), aunque, no obstante ello, puede servir
como un punto de mira para dirigir, durante un período
preparatorio, que puede ser muy extenso, una acción que
está determinada tanto por el futuro como por las actuales
circunstancias. Eso es lo que llamamos una acción política de largo alcance. Sólo así podremos escapar
de las antinomias mencionadas más arriba.
Las ciudades
políticas y las comunidades nacionales existentes no son
lo mismo que el orden de la civilización en el que existen
en una época determinada. Esa es una distinción
esencial que nuestras preclaras políticas no debieran sacrificar
en aras de la abolición del orden de civilización
presente ni del establecimiento de un orden de civilización
aún menos digno de los seres humanos. El problema a enfrentar,
insoluble para toda política de objetivo próximo,
consiste en conducir a las ciudades políticas existentes,
mediante los cambios estructurales profundos que sean necesarios,
así como de la disminución necesaria de la soberanía
para el establecimiento de una verdadera comunidad internacional
temporal, en tránsito desde las vicisitudes de la disolución
del presente sistema hacia un nuevo sistema de civilización
fundamentalmente diferente del actual, uno que refleje en la sociedad
terrestre las exigencias del evangelio.
Supongamos,
pues, que llegan a existir - algo que nos parece eminentemente
deseable - uno o varios grupos verdaderamente políticos,
tanto en su denominación como en su especificación
(implicando así una visión concretamente determinada
del bien común temporal como tal), y, al mismo tiempo,
auténticamente cristianos en espíritu. Podrían
ser grupos diversos, puesto que hombres unidos por una misma fe
religiosa pueden, por cierto, discrepar e incluso estar en posiciones
opuestas.
Si las consideraciones
precedentes son correctas, aquellos grupos fundados en una buena
filosofía política y en una buena filosofía
de la historia moderna, trabajarán por una acción
política a largo plazo y, en lugar de ser hipnotizados
por el momento presente, afirmarán la idea de duración,
tomando en cuenta el tiempo necesario para la maduración
de una renovación humanista integral del orden temporal.
Comenzarán
trabajando hoy mismo por el presente. No se despreocuparán
de las necesidades presentes del cuerpo social, porque es una
obligación participar en la solución de las necesidades
actuales de los hombres que están frente a nosotros y que
no pueden esperar. Pero estas obligaciones no significan que todo
debe ser sacrificado a las necesidades presentes, así como,
por ejemplo, un general en medio de la batalla piensa más
en la victoria final que en el sufrimiento inmediato de sus soldados.
¿Como
puede ser posible enfrentar los males presentes teniendo en cuenta
que otros males amenazan gravemente el futuro? Con medidas que,
al mismo tiempo que sirven al bien común, organizan y preparan
transformaciones aún más profundas. Aunque tales
medidas exigen paciencia y pueden parecer paliativas, mientras
se espera por la liquidación del sistema imperante, son
en realidad más que paliativos y trascienden tanto el empirismo
como el oportunismo, porque preparan positivamente un nuevo sistema
de civilización.
Así
es como la acción política que estamos proponiendo
debe proceder, avanzando por etapas, proponiendo y ejecutando,
en la medida que son exitosos, los planes y programas especificados
por los fines que les son propias.
Pero estos
fines constituyen una meta muy lejana. El ingeniero forestal trabaja
hoy por un futuro del bosque cuidadosamente calculado, que ni
sus ojos no los ojos de sus hijos jamás han de ver. De
igual manera, es en función de una finalidad distante que
la acción política que estamos definiendo medirá
su empuje, mediante realizaciones precisas, aunque lejanas en
el tiempo, en las que descansan sus fines determinantes y en función
de los cuales es dirigido todo lo demás.
Toda revolución
auténtica supone que algún día comenzará
a separarse del presente e incluso a desesperar de él.
Transferir los propósitos específicos de esta actividad
a un estado incompatible con los principios del propósito
presente, cargar con un futuro que sólo puede nacer después
del quiebre esencial, cuidar primero de ese futuro, así
como del presente en relación a él, preparar para
él todos los medios requeridos - elaboración doctrinaria,
atractivo intelectual, trabajo social y cultural, acción
política -, tal es el primer rudimento de una actitud revolucionaria
en el más amplio y legítimo sentido de la palabra.
Dicha actitud
revolucionaria de los cristianos pudiera parecer secesionista,
al enfrentarse a aquellos que desearía agregar a esta lista
de tareas una especie de deber de guerra civil, forzando a todo
el mundo a elegir entre ilusiones opuestas (aunque comparables
en muchos aspectos) para alcanzar la salvación temporal
inmediata. Efectivamente, hay en ello una cierta separación,
pero sólo en el caso que el presente estado del mundo cese
de proporcionar un punto de mira hacia un objetivo definitivo.
Sin embargo, no hay propiamente secesión, ni atrincheramiento,
sino sólo el rechazo de sacrificar el futuro al presente
(nada es más verdaderamente humano que eso), es una conversión
hacia una meta y una concentración en torno a un
centro que no es el orden presente, sino una nueva cristiandad
que nos llama a un proceso de larga y madura preparación.
A decir verdad,
nada es más escandaloso, y en cierto sentido más
revolucionario (revolucionario incluso con respecto a la revolución)
que creer en una política cristiana y en el propósito
de llevar adelante en este mundo una acción política
cristiana. El cristiano, consciente de estas cosas, sabe que la
mejor manera de servir al bien común temporal es mantenerse
fiel a los valores de la verdad, de la justicia y de la amistad
fraternal, que son sus elementos principales. Y con el mismo ardor
con que los discípulos de Proudhon o Marx guardan y protegen
el futuro de su revolución al costo de rechazos inevitables,
el cristiano tiene por misión guardar y alimentar en su
alma la semilla y el ideal de una nueva cristiandad, para preparar
en el tiempo y para el tiempo la historia futura de esta pobre
tierra.
Así,
tanto en el plano temporal como espiritual, bajo diferentes modalidades
aunque con igual rigor, los cristianos deben entregarse a su misión
bajo una misma ley de independencia; no de aislamiento, sino de
comunicación y compromiso. La libertad que deben poner
de manifiesto en las profundidades del mundo es una libertad encarnada.
En el corazón de los sufrimientos que hoy experimenta toda
la tierra, hay sin duda una necesidad divina de romper, no con
el mundo, sino con las viejas esclavitudes de este mundo, lo que
constituye la más dura exigencia de esta libertad comprometida.
J.M.
*
Traducido del inglés por H.I.