A ejemplo
de la Verdad primera, cuyos rayos nos tamiza, Santo Tomás
de Aquino no hace acepción de personas; invita al festín
de la sabiduría tanto a los discípulos como a los
maestros, a los enseñados como a los enseñantes,
a los activos como a los contemplativos, a los seculares como
a los regulares, a los poetas, artistas, sabios, filósofos,
¡qué digo!, al hombre en camino, siempre que
quiera prestar oído, así como a los sacerdotes y
a los teólogos.
Y su doctrina
aparece como la única poseedora de energías harto
poderosas y suficientemente pura como para obrar con eficacia,
no solamente sobre esa selección consagrada que se forma
en los seminarios, la cual, desearíamos se percatase siempre
de sus terribles responsabilidades intelectuales, sino también
sobre el universo entero de la cultura, para restablecer en el
orden a la inteligencia humana y, con la gracia de Dios, conducir
así por los senderos de la verdad al mundo que agoniza
por falta de conocer.
I
1.- El mal
que sufren los tiempos modernos es, ante todo, un mal de la inteligencia;
comenzó por la inteligencia y ahora ha llegado hasta las
más profundas raíces de la inteligencia. ¿Por
qué admirarnos si el mundo aparece como envuelto por las
tinieblas?
De la misma
manera que en el primer instante del pecado se rompió toda
la armonía del ser humano, por cuanto había sido
violado el orden de la razón sometida a Dios, así
también, en el comienzo de todos nuestros desórdenes,
podemos apreciar, por de pronto y ante todo, una ruptura de las
normas supremas de la inteligencia. La responsabilidad de los
filósofos es aquí inmensa.
En el siglo
XVI, y sobre todo en tiempos de Descartes, mientras se destruyen
las jerarquías interiores de los valores de la razón,
al separarse la filosofía de la teología para reivindicarse
el título de ciencia suprema y al sobreponerse, al mismo
tiempo, la ciencia matemática del mundo sensible y de los
fenómenos a la metafísica, la inteligencia humana
comienza a hacer profesión de independencia tanto con relación
a Dios como con relación al ser. Con relación a
Dios, es decir, al objeto supremo de toda inteligencia, a quien
no reconoce sino a su pesar, y cuyo conocimiento íntimo,
procurado sobrenaturalmente por la gracia y la revelación,
no aceptará; con relación al ser, es decir, con
relación al objeto connatural de la inteligencia como tal,
al que ya no se adecua humildemente y al que quiere ahora captar
por medio de ideas de geométrica claridad que se imagina
innatas en sí.
Según
esta doctrina, el orden de la inteligencia a su objeto queda
destruido. Pero nosotros somos tan materiales que apenas
podemos comprender la significación terrible, bañada
en sangre y en lágrimas, de estas palabras abstractas.
Apenas podemos representarnos la inmensa subversión, la
enorme catástrofe que esas palabras significan.
¡La
inteligencia! Esa actividad divina, como decía Aristóteles,
ese prodigio de luz y de vida, esas gloria y esa perfección
suprema de la naturaleza creada, mediante la cual nos identificamos
inmaterialmente con todas las cosas, mediante la cual poseeremos
la beatitud sobrenatural, de la cual proceden, aquí en
la tierra, todos nuestros actos en cuanto actos humanos y de la
cual depende la rectitud de cuanto hacemos, ¿se podrá,
pues, imaginar lo que ocasionaría al hombre la perturbación
de esa vida, que es parte de la luz divina, que lleva consigo?
La revolución
que comienza con Descartes y que continúa con los filósofos
de los siglos XVIII y XIX, y que no ha hecho otra cosa que poner
en libertad las fuerzas destructoras, siempre activas en la razón
de los hijos de Adán, es un cataclismo histórico
infinitamente mayor que los más temibles trastornos de
la corteza terrestre o de la economía internacional.
Indócil
al objeto, a Dios, al ser, la inteligencia se hace todavía,
y por consecuencia, indócil al magisterio humano, rebelde
a toda tradición y continuidad espiritual. Se repliega
y se encierra en la incomunicabilidad del individuo.
Si se reflexiona
que la docibilitas, facultad de aprender, es una propiedad
esencial de la inteligencia creada, aun más, también
ciertas facultades animales en cuanto imitan y se acercan a la
inteligencia tanto que Aristóteles clasifica las bestias
según este criterio, situando en último grado las
que no admiten ningún aprendizaje, si se reflexiona además
que esta docibilitas es en nosotros la verdadera raíz
de la vida social, como quiera que el hombre es, ante todo, un
animal político, pues necesita de otro para progresar en
la obra de la razón especulativa y práctica, que
es su obra específica, débese, por una parte, concluir
que, perdiendo si docilidad a la enseñanza humana como
su docilidad al objeto, la inteligencia ha marchado en los tiempos
modernos hacia un endurecimiento verdaderamente brutal, y hacia
un debilitamiento progresivo de la razón; y, por otra,
que han debido, por un efecto inevitable, deshacerse poco a poco
los lazos más profundos y a la vez más humanos de
la vida social.
El grado de
evolución a que ha llegado el pensamiento después
de las grandes transformaciones iniciada con la reforma cartesiana,
permite discernir tres síntomas principales del mal que
afecta, hoy en día, las raíces mismas de la inteligencia.
La inteligencia
cree afirmar su poder negando y rechazando, tras la teología,
la metafísica como ciencia, renunciando a conocer la Causa
primera y las realidades inmateriales y alimentando una duda,
más o menos refinada, que hiere a la vez la percepción
de los sentidos y los principios de la razón, es decir,
aquello mismo de que depende nuestro conocimiento.
Este presuntuoso
hundimiento del conocimiento humano se puede calificar con una
sola palabra: agnosticismo.
Al mismo tiempo
desprecia la inteligencia los derechos de la Verdad primera y
rechaza el orden sobrenatural, que considera imposible, y esa
negación se extiende a toda la vida de la gracia. Digámoslo
con una sola palabra: naturalismo.
En fin, la
inteligencia se deja seducir por el espejismo de una concepción
mítica de la naturaleza humana que atribuye a esta naturaleza
las condiciones propias del espíritu puro y que supone,
en cada uno de nosotros, tan pura y tan íntegra como lo
es en el ángel su propia naturaleza.
De ahí
que nos reivindique, con el completo dominio sobre la naturaleza,
esa autonomía superior, esa plenitud de propia suficiencia,
propia de las formas puras, como si tales cosas se nos debieran
por estricta justicia. Esto es lo que, dando a la palabra su pleno
sentido metafísico, se puede llamar individualismo:
y que fuera más exacto calificar de angelismo; término
que halla su justificación en las consideraciones históricas
y doctrinales, como quiera que la confusión cartesiana
entre el alma humana y el puro espíritu, como la confusión
leibniziana entre una sustancia cualquiera y la mónada
angélica, han dado su origen ideal y su tipo metafísico
al individualismo moderno.
Sostengo que
estos tres grandes errores son los síntomas de un mal verdaderamente
radical, toda vez que atacan la raíz misma, la triple raíz
racional, religiosa y moral de nuestra vida.
Al comienzo
se hallaban particularmente ocultos y disimulados, en estado de
puras intenciones espirituales. Hoy están ahí,
centelleantes, opresores, extendidos por doquier. Todos los ven
y los sienten, puesto que sus agudos punzones han pasado de la
inteligencia a la carne de la humanidad.
Subrayemos
una vez más, la integridad de la razón natural,
la sencillez del ojo de la inteligencia, para hablar como
el Evangelio, la profunda rectitud del sentido común, son
las que han sufrido las heridas motivadas por esos errores.
¡Extraña
suerte la del racionalismo! Se ha intentado romper con todo registro,
a fin de conquistar el universo y someterlo todo al nivel de la
razón. Y he aquí que al final se viene a renunciar
a lo real, no se osa emplear las ideas para adherirse al ser,
se veda saber algo fuera del hecho sensible y del fenómeno
de la conciencia, se disuelve el objeto del conocimiento en una
especie de materia dinámica que se llama el Devenir o la
Evolución, júzgase bárbaros si no se considera
como candidez todo principio primero y toda demostración
racional, reemplazándose el esfuerzo del pensamiento y
del discernimiento lógico por una especie de juego refinado
del instinto, de la imaginación, de la intuición,
de las conmociones viscerales: ya no se atreve uno a juzgar.
2.- Ahora
bien, es preciso comprender que nada inferior a la inteligencia
puede remediar ese mal que la aqueja y que vino por ella; al contrario,
la inteligencia misma es quien debe subsanarlos.
Si no se salva la inteligencia, no se salvará nada. Por
más enferma que esté, siempre conserva en su interior
una vitalidad esencial que nada puede destruir ni corromper, manteniéndose
siempre, en el orden metafísico, como la facultad más
noble del ser humano.
Debido a la
indefectible energía de su naturaleza espiritual, el mal
que la afecta, por más radical que sea, sigue siendo accidental,
del orden del obrar, y nunca podrá atacar su constitución
esencial. Precisamente cuando ese mal se manifiesta mejor es cuando
hay más motivo para esperar la reacción saludable;
basta con que se percate del mal y se volverá contra él.
Por lo demás,
de nada vale el censurar cuando nos hallamos ante una necesidad
inevitable. Los males que estamos sufriendo han penetrado de tal
manera en la sustancia humana, han causado destrucciones tan generales,
que todos los métodos defensivos, todos los apoyos extrínsecos,
debidos, ante todo, a la estructura social, a las instituciones,
al orden moral de la familia y de la ciudad - y de los que tanto
la verdad como las más altas adquisiciones de la cultura
tienen entre los hombres tan apremiante necesidad -, se encuentran
si no destruidos, al menos gravemente quebrantados.
Todo cuanto
era humanamente firme se halla comprometido, las montañas
se mueven y saltan. El hombre está solo frente
al océano del ser y de los trascendentales. Lo cual es,
para la naturaleza humana, una situación anormal y tan
peligrosa como posible.
Pero, en todo
caso, es la mejor prueba de que, en adelante, todo depende de
la restauración de la inteligencia. Estas verdades metafísicas,
que Pascal hallaba muy extrañas al sentimiento común
de los hombres, serán en lo sucesivo el único refugio
y salvaguarda de la vida común y de los intereses más
inmediatos de la humanidad. Ya no se trata de apostar, cara o
cruz. Se trata de juzgar, bien o mal, y de afrontar las realidades
eternas.
Las tentativas
de enderezamiento político y social provocadas, en medio
del desorden universal, por el instinto de conservación,
no evitarán el retorno a un despotismo brutal y efímero
ni llegarán a realizar algo estable mientras no sea restituida
la inteligencia.
El movimiento
de renovación religiosa que se perfila en el mundo no será durable ni verdaderamente eficaz, si primero no se restaura la
inteligencia.
Ante todo
la Verdad.
Desgraciados
de nosotros si no llegamos a comprender que ahora, como en los
días de la creación del mundo, el Verbo es el principio
de las obras de Dios.
II
3.- Y entre
lo más sublime, divino y eficaz de la personalidad de Santo
Tomás de Aquino, ¿cuál es el carácter
que más nos sorprende, cuál es el rasgo distintivo
de la misma santidad de Santo Tomás?
Lo que caracteriza su santidad es aquello que San Pablo
llama sermo sapientiae, es decir, la unión de las dos sabidurías,
la adquirida y la infusa... (SS Pío XI, Encíclica Studiorum Ducem). Decimos que la santidad de Santo Tomás
es la santidad de la inteligencia, y quisiera yo hacer palpar
toda la realidad de estas palabras.
No solamente
la filosofía de Santo Tomás defiende
mejor que ninguna otra los derechos y la nobleza de la inteligencia,
afirma su primacía natural sobre la voluntad, reuniendo
bajo su luz toda la diversidad jerárquica del ser, identificándola,
en el estado de acto puro, con la naturaleza infinitamente santa
del Dios vivo, recordándonos, en fin, en el orden práctico,
que la vida del hombre y, ante todo, la vida cristiana se
rige a base de inteligencia, sino también, y
esto es de mayor peso, la santidad misma de Tomás
de Aquino, su caridad, el holocausto de su honra, su consumación
en Jesús, todo se realiza y brilla en la cima de su espíritu,
en esa vida de la inteligencia que Aristóteles afirmaba
superior a la vida humana, allí donde la operación
del hombre confina con la operación de las formas puras;
y de allí se desparrama en haces de luz hasta las más
humildes potencias del ser creado.
En este sentido
comprendemos el título de Doctor Angelicus otorgado hace ya mucho tiempo, y con toda justicia, a Tomás
de Aquino. Santo Tomás es, en el sentido más elevado,
el perfecto intelectual, porque la inteligencia misma es,
por excelencia, su medio de servir y amar a Dios, toda vez que
la inteligencia es una hostia de adoración.
Sábese
ya que la principal obra de Santo Tomás ha sido, con la
aprobación y el aliento, más aún, por instigación
misma del papado, cristianizar a Aristóteles, incorporándolo
a la inteligencia cristiana, completándolo, perfeccionándolo
y purificándolo de toda escoria; y, juntamente con Aristóteles,
toda la sabiduría natural de esos filósofos que
Tertuliano llamaba animales gloriosos.
Tamaña
tarea exigióle duros combates. Porque si entre Aristóteles
y el Evangelio, entre la sabiduría humana nacida en el
suelo de Grecia y la revelación descendida del cielo de
Judea, existe en potencia un acuerdo que constituye en sí
mismo una prueba apologética admirable, sin embargo, tal
acuerdo, para hacerlo pasar al acto, triunfando de los obstáculos
originados de las limitaciones del sujeto, no bastaba la madurez
de la civilización del tiempo de San Luis; se necesitaba,
además, toda la fuerza del gran buey mudo de Sicilia.
Muy bien lo
ha visto Pascal cuando dijo que la causa de nuestra caída
en el error es, ante todo, la mediocridad de nuestra envergadura
intelectual, porque ignoramos el arte de hermanar verdades aparentemente
opuestas, pero que, en realidad, se complementan.
La
exclusión es a veces la causa de la
herejía y siempre del error. Los seudoagustininanos
del siglo XIII, por ejemplo, materialmente esclavos de la letra
de su maestro, al confundir los objetos formales de la fe y de
la razón, de la sabiduría metafísica y de
la sabiduría de los santos, en una palabra, inclinados
a lo que llamaríamos hoy el anti-intelectualismo,
no hacían en definitiva, más que que rehusar los
derechos de la verdad de orden natural.
Se verá
más tarde que semejante tendencia se encamina a la herejía
formal con Lutero y su odio inhumano a la razón. Los averroístas,
por el contrario, fanáticos partidarios de un Aristóteles
desfigurado por los árabes, rechazaban los derechos de
la verdad sobrenatural al despreciar la luz propia y la soberanía
de la fe y de la teología, al inclinarse, en una palabra,
hacia el racionalismo. Y sabemos muy bien adónde
debía ir a desembocar esa tendencia. Unos y otros han sido
derrotados por Santo Tomás y los derrotará mientras
dure el combate. Y, al mismo tiempo, fundamentaba Santo Tomás
con principios definitivos la teoría racional de tal distinción
y acuerdo entre el orden natural y el orden sobrenatural, más
caros a la fe católica que la niña de los ojos y
más importantes para la vida del mundo que el ciclo de
los astros y de las estaciones.
Pero este
doble combate contra los averroístas y contra la antigua
escolástica rezagada, esta monumental obra de la integración
de Aristóteles en el pensamiento católico, no es
más que la manifestación y el signo de una lucha
invisible, todavía más grande y portentosa: la obra
propia de Santo Tomás, la empresa que el Señor le
encomendó, fue la de encaminar la inteligencia, la más
soberbia y recia de las potencias - por lo mismo que la más
espiritual -, con todo su aparato de riqueza y majestad, armada
de todas sus energías especulativas, con toda su lógica,
toda su ciencia, todo su arte, todo el armamento de sus recias
virtudes radicadas en el mismo ser, encaminarla, digo, bajo la
luz santa de Cristo, imponiéndole límites pero nunca
abdicación, al servicio del Niño Dios que duerme
entre el buey y el asno. En el transcurso de los siglos, vendrán
los magos en su seguimiento.
Tales consideraciones,
a mi modo de ver, nos permiten vislumbrar algo del misterio de
la vocación de Santo Tomás. Vocación particularísima
y admirable como se lo ha subrayado con frecuencia. Porque el
lugar que debe abandonar Santo Tomás para responder al
llamado de Dios, no es el siglo, sino el claustro, no el mundo,
sino Monte Casino. No es lo que, en frase de la Iglesia, se llama
la ignominia del hábito del siglo; deja el negro hábito
benedictino para vestir la blancura de Santo Domingo. No abandona
el peligro del mundo para abrazar el estado de perfección,
sino que de un estado de perfección pasa a otro más
difícil.
Le es preciso
dejar la casa del bienaventurado Padre Benito, de quien, siendo
pequeño oblato de hábito negro, había aprendido
los doce grados de humildad, y a quien, habiendo consumado ya
su obra de esclarecido Doctor, pedirá, al fin de su vida,
una humilde hospitalidad para morir. Y conociendo ser tal la voluntad
del Señor, se obstina en partir con la tenacidad propia
de una voluntad indomable.
Hermanos,
madre, prisión, astucias y violencias, nada pueden contra
él. ¿Por qué semejante obstinación?
Porque le era necesario estar en los negocios de su Padre. ¿Quién
es Dios? Debía enseñamos a deletrear las cosas divinas.
Y he ahí lo que la condesa Teodora no llegaba a entender.
En el cielo Santo Domingo pedía a San Benito le cediera
al pequeño Tomás, porque el Verbo de Dios se lo
exigía a Santo Domingo, para encomendarle la misión
de dirigir la inteligencia cristiana. El debe servir a la inteligencia,
pero como sirve el sacerdote a la criatura de Dios. Debe instruirla,
bautizarla, alimentarla con el Cuerpo del Señor; debe celebrar
las nupcias de la Inteligencia con el Cordero. Sobre el blanco
guijarro que le dieron y que es al mismo tiempo la piedra ardiente
que purifica sus labios, hállase escrito: verdad.
Santo Tomás
es, ante todo y particularmente, el apóstol de la
inteligencia: primera razón por la que debemos
considerarle como el apóstol de los tiempos modernos.
4. La segunda
razón la constituye lo que podríamos llamar el absolutismo
de la verdad en su alma y en su obra; con esta triple consecuencia
de una intachable pureza en la inteligencia, de un perfecto rigor
lógico, acompañado de una armoniosa complejidad
en la doctrina, y de una perfecta docilidad en la sumisión
a lo real.
Todo filósofo
y todo teólogo desean y anhelan, por cierto, la verdad,
¿Pero la desean de un modo tan vehemente como exclusivo?
Dejando a un lado las preocupaciones particularistas y los vicios
de todo género, amor propio, curiosidad, vanos deseos de
lo original y de lo nuevo, buscados por sí mismos y que
tan frecuentemente echan a perder la investigación, ¿no
sucede a veces que al buscar un filósofo la verdad ordena
también su búsqueda a una segunda intención?
Es rarísimo, por cierto, que el Solo Verdadero atraiga
todo hacia sí en el cielo de la inteligencia. Astros gigantes
y trascendentales mezclan su atracción a la de Aquél,
desviando así el pensamiento. Lo cual es un grave desorden,
puesto que la ciencia como tal no puede regularse más que
por lo verdadero.
En el fondo
del platonismo en metafísica, del escotismo en teología,
¿no hay cómo una secreta colusión de lo Bello
o del Bien con lo Verdadero, del Amor con el Conocimiento? En
otros son influencias más terrenas las que entran en juego:
la comodidad, la facilidad, la adaptación a la época
o a las utilidades de la enseñanza, o más comúnmente,
a la debilidad del espíritu humano y otras tantas por el
estilo, como una inquietud mal regulada de consecuencias prácticas,
hasta un empeño por equilibrar las opiniones opuestas que
se toman por sabiduría y que consiste, en realidad, en
buscar un medium virtutis entre el error y la verdad como entre
dos vicios contrarios. Las verdades se van aminorando así por culpa de los hijos de los hombres.
Santo Tomás
sabe conservar la verdad en su grandeza, que es la grandeza del
Hijo de Dios. Filósofo y teólogo no sabe sino de
la Verdad. Y ¿no es cierto, que en este sentido, filosofía
y teología no han de saber otra cosa que a Jesús
crucificado? Su norma es únicamente el ser, y perfecta
su adecuación al objeto. Sus soluciones se determinan tan
sólo por las necesidades inteligibles y las exigencias
de los principios supremos, aunque algunas veces se hagan, por
eso, más difíciles a los hombres. Si bien es cierto
que en el orden analítico su doctrina se apoya, por entero,
sobre la idea del ser, primer dato de la inteligencia, también
es cierto que en el orden sintético depende, por entero,
de la idea de Dios, de la Verdad primera, objeto supremo de todo
espíritu.
Santo Tomás
arrojó su red en el universo para arrastrar hacia la visión
beatífica todas las cosas, hechas vida en la inteligencia.
Esta teología de pacíficos constituye, bajo la luz
de la fe, un inmenso movimiento del pensamiento entre dos intuiciones:
la intuición del ser y de los primeros principios de la
razón, de donde parte y que se le comunica aquí
abajo, y la intuición de Dios claramente visto, hacia la
cual se encamina y que se le dará más tarde.
Ordenando
todo el raciocinio hacia un fin supremo inefable, continúa
siendo siempre racional, enseñando, sin embargo, a la razón,
a no buscar en sí su medida. Y lo mismo ante los misterios
de aquí abajo - v. gr., la materia y la potencia - como
ante los misterios de allá arriba - v. gr., el influjo
de la premoción divina sobre la libertad creada -, ella
nos exige que rindamos pleitesía a los derechos del ser
sobre nuestro espíritu, como se le ha de rendir a la sublimidad
divina. Razón por la cual es tan tranquila y universal,
tan franca y tan libre, la más osadamente afirmativa y
la más humildemente prudente, la más sistemática
y la menos parcial, la más recia y la que mejor capta todos
los matices de la realidad, la más rica en certezas, y
la que mejor conserva en sus justos límites cuanto pertenece
al dominio de lo probable y de la opinión, la más
firme e intransigente y la más independiente del saber
humano. ¡Tan trascendente es el objeto en que aspira a perderse!
Ahora bien,
también en esto responde Santo Tomás de un modo
particular a las necesidades de los tiempos presentes. Por tan
agudos peligros atraviesa hoy día el espíritu que
no hay paliativo alguno suficiente. Ninguna eficacia tienen ahora
sobre las inteligencias, hondamente socavadas por las controversias
modernas, cuyo mal agravaron las exigencias críticas, todos
aquellos acomodos de feliz resultado en otros tiempos.
Y colocándonos
tan sólo en el terreno de la filosofía, aparece
esto a las claras principalmente cuando se ventilan ciertas cuestiones
fundamentales como la distinción entre la esencia y la
existencia, la analogía del ser, la naturaleza de la intelección,
el valor de la intuición de los sentidos externos y la
relación de preeminencia entre la inteligencia y la voluntad.
El trabajo
demoledor de las fuerzas negativas avanza hoy día en tal
grado que, para triunfar de ellas, se requiere una doctrina implacablemente
rigurosa y, al mismo tiempo, tan amplia que pueda encauzar todas
las variedades en que, falto de luz orientadora, se consume el
pensamiento contemporáneo. Se ve así que lo más
adaptado a las necesidades presentes, es precisamente, el absolutismo
de la verdad, que lo más oportuno y 'práctico' es
el radicalismo doctrinal, pero un radicalismo limpio de toda estrechez
y de toda brutalidad, de toda parcialidad, de todo fanatismo y
que, para eso, está en completa dependencia del único
Absoluto verdadero, de la trascendencia de la Verdad primera,
de quien reciben su ser todas las cosas. Millares de doctrinas
pueden agravar el estado de la inteligencia, pero sólo
una puede subsanarla.
5. El tomismo
- y es ésta la tercera razón por la que Santo Tomás
debe ser llamado el Apóstol de los tiempos modernos - es
el único que puede librar la inteligencia de los tres errores
señalados al principio de este capítulo.
Analizando
metafísicamente el conocimiento, cuya naturaleza original
y misteriosa inmaterialidad respeta, poniendo nuestras ideas en
contacto con las cosas por la intuición de los sentidos
y resolviendo todo nuestro saber en la evidencia del ser y de
los primeros principios, cuyo valor trascendental le permite subir
hasta Dios, la doctrina de Santo Tomás es una sabiduría
suficientemente capaz de preservar, la inteligencia de los falsos
prestigios del agnosticismo y de oponer al demonio idealista
(ya bastante envejecido) un realismo nada ingenuo, sino, por el
contrario, sólidamente crítico.
Consciente
de la elevación infinita e infinita libertad del Creador,
como también del fondo radicalmente contingente del ser
creado, asegurando, gracias a una sana noción de lo universal,
el valor de la naturaleza y de sus leyes, y demostrando que esta
naturaleza es, con respecto a Dios, sumamente dúctil e
inmensamente perfectible y penetrable al influjo divino, reduce
al absurdo el postulado naturalista y la hipocresía
metafísica que, oculta tras las ciencias positivas, se
esfuerza por conferir a la criatura la aseidad divina.
Comprendiendo
todo lo que de grandeza y sujeción implica la noción
misma de animal racional, situando a la inteligencia humana en
el ínfimo grado de la escala de los espíritus, humillando
rudamente sus pretensiones de convertirse en espíritu puro,
poniendo de manifiesto por una parte la autonomÍa que nos
corresponde como a espíritus y, por otra, la dependencia
que nos afecta no sólo como a criaturas, sino además
como a criaturas materiales y como a criaturas heridas, la doctrina
tomista destruye por la raíz, por su raíz angelista,
un individualismo que sacrifica, en realidad, la persona
humana en una imagen ilusoria y devoradora del hombre.
Santo Tomás
- y he aquí su más inmediato beneficio - lleva la
inteligencia a su objeto, la orienta hacia su fin, la vuelve a
su naturaleza. Dícele que ella está hecha para el
ser. ¿Cómo no le ha de escuchar? Es como decirle
al ojo que está hecho para ver y a las alas que están
hechas para volar. La inteligencia se reencuentra a sí
misma al reencontrar su objeto; se ordena por entero al ser; conforme
a la profunda inclinación que sienten las cosas por su
principio, la inteligencia tiende, por encima de todo hacia el
Ser subsistente.
Al mismo tiempo
se hace más simple su mirada; los obstáculos artificiales
no llegan ya a producirle la duda ante la evidencia natural de
los principios; ella restaura la continuidad de la filosofía
y del sentido común.
Sometida al
objeto, mas para llegar a su verdadera libertad - ya que en esta
sumisión obra con la actividad más espontánea
y más viva -, dócil a la enseñanza de los
maestros, mas para intensificar y perfeccionar su propia captación
del objeto - ya que el amor del ser es quien la impele a pedir
al trabajo de los siglos su socorro y su fortaleza -, la inteligencia
restablece dentro de sí misma sus jerarquías esenciales
y el orden de sus virtudes.
Lo que constituye
la nobleza de los filósofos, particularmente de los filósofos
modernos, es que, a pesar de sus errores, aman la inteligencia,
aun cuando la están, en realidad, destruyendo. Pero la
mayoría la ama más que a Dios. Santo Tomás,
por el contrario, ama a Dios más que a la inteligencia,
pero al mismo tiempo su amor a la inteligencia supera al de todos
los demás filósofos. Por eso puede restaurarla recordándole
sus deberes. La saca de su indolencia y le confiere la intrepidez
de afrontar las verdades supremas. Quítale su vanagloria
y la obliga a adecuarse a las cosas y a escuchar la voz de toda
una tradición. Vuélvele a enseñar a la vez
las dos virtudes complementarias que la inteligencia había
perdido conjuntamente, la magnanimidad y la humildad.
6. Apóstol
de la inteligencia, doctor de la verdad, restaurador del orden
intelectual, Santo Tomás no escribió para el siglo
XIII, sino para nuestro tiempo. Su tiempo es el tiempo del espíritu
que domina los siglos. Sostengo que es un autor contemporáneo,
el más actual de todos los pensadores.
Tan exclusivamente
se adhiere a la elevada luz de la sabiduría, que goza,
con respecto a las ciencias inferiores y a sus tornadizas sombras,
de una libertad desconocida para los filósofos: podrá
sucumbir todo el revestimiento sensible tomado de la ciencia del
siglo XIII; su doctrina filosófica y metafísica
permanecerá, sin embargo, íntegra como el alma al
separarse del cuerpo. Y era quizás necesario el despojamiento
debido a las revoluciones operadas en la ciencia de los fenómenos
desde Nicolás Oresme, Vinci y Galileo, para llevar al tomismo
al estado de espiritualidad, por ende, de eficacia, que responde
verdaderamente a la elevación espiritual del pensamiento
mismo de Santo Tomás.
Está
colocado en la encrucijada de nuestros caminos; tiene la clave
de los problemas que oprimen nuestro corazón, nos enseña
a triunfar a la vez del anti-intelectualismo y del racionalismo,
del mal que deprime la razón por debajo de lo real, y del
mal que la exalta por encima; nos confía el secreto del
verdadero humanismo, del supremo desarrollo de la persona humana
y de las virtudes intelectuales, pero todo ello en la santidad,
no en la concupiscencia, por el espíritu y por la cruz,
no por las exaltaciones de la carne.
En una época
profundamente atormentada por el ansia, con frecuencia extraviada
y distraída en las cosas de abajo, de un reino de corazón
y de una vida de amor, la doctrina de Santo Tomás es la
única que sostiene el primado práctica absoluto
de la caridad en nuestra vida y que nos invita al festín
del amor más verdadero, es decir, de la caridad sobrenatural,
sin negar por eso la inteligencia y su superioridad metafísica,
ni adulterar la caridad misma contaminándola sea de formalismo
social, sea de complacencia sensual. La caridad debe siempre
brillar como virtud del primer precepto; por eso la perfección
de la caridad cae bajo precepto, como el fin al que debe tender
cada uno conforme a su condición. Tal es la ley de
gravitación que el Doctor Angélico enseña
al mundo tanto más atormentado por la idea del progreso,
cuanto que generalmente ignora en qué consiste el progreso.
Ya Guillermo
de Tocco no cesaba de insistir sobre la modernidad de Fray Tomás.
A decir verdad, esta modernidad es la antípoda de la modernidad
que se preconiza hoy día y en la que los hombres ponen
sus complacencias. Porque Santo Tomás tiende a lo nuevo
accidentalmente, no buscando sino lo verdadero, mientras hoy se
busca lo nuevo como tal y lo verdadero se busca sólo accidentalmente.
Desde entonces
se tiende mucho más a destruir lo antiguo que a mejorarlo,
y a exaltar la originalidad de cada sujeto pensante más
que a conformar el pensamiento al objeto. Es la completa inversión
del orden: semejante método, esencialmente particularista
y negativo, es, en realidad, esencialmente retrógrado.
Todas las verdades adquiridas se han de ir así fatalmente
destruyendo una tras otra.
El método
de Santo Tomás, por el contrario, es esencialmente universalista
y positivo. Tiende, en efecto, a conservar todo el bagaje de la
adquisición humana para aumentarlo y perfeccionarlo, e
implica la desaparición, cada vez más completa,
de la personalidad del filósofo ante la verdad del objeto.
Si adhiere a Aristóteles no es porque vea en él
a un pensador de moda, recientemente importado por los árabes,
sino porque ha reconocido en él al mejor intérprete
de la razón natural, que estableció la filosofía
sobre fundamentos conformes a su naturaleza. Y no lo sigue sino
juzgándolo a cada paso, rectificándolo y purificándolo
bajo una luz más elevada que no es la de Aristóteles
sino la de la Sabiduría Encarnada.
Si combate
a los discípulos, en extremo materiales, de San Agustín,
no es para destruir al Maestro, sino para seguirle e interpretarle
de una manera más viva y más profundamente fiel,
en un perfectísimo intercambio de espíritu. Ningún
teólogo, además, ha tenido más intensa dilección
por la común y secular sabiduría de que está
divinamente revestida la Iglesia. He ahí por qué
el Doctor Angélico es también el Doctor común
de la Iglesia.
¡Doctor
común! Título admirable que revela una grandeza,
a decir verdad sobrehumana, que pone en su lugar todos nuestros
tristes amores propios y responde a las más urgentes necesidades
del momento. No hemos menester de un Doctor especial, ni de un
Doctor particular, ni de un Doctor original, ni de un Doctor propio
de nuestra persona o de nuestra familia, ni de un Doctor inspirado,
o devoto, o sutil, o irrefragable, facundus, o resolutissimus,
o eximius, o de un venerabilis inceptor. Necesitamos
un Doctor común, el Doctor común de la Iglesia.
Y ahí lo tenemos de pie, en el umbral de los tiempos modernos,
tendiéndonos, en la canastilla engalanada con sus millares
de argumentos, los frutos sagrados de la sabiduría.
Ahora bien,
prodúcese en nuestros días un fenómeno extraordinario,
superior en importancia a numerosos acontecimientos materiales
de más fácil resonancia. A la voz de la Iglesia,
la doctrina de Santo Tomás no ha sido solamente restaurada,
o está en vías de serlo, en las escuelas católicas
y en la educación de los clérigos, sino que, saliendo
de los viejos infolios donde se guardaba en reserva, sin estar
envejecida en sí misma, sino joven con la eterna juventud
de la verdad, se dirige al mundo entero, reivindica su puesto
en la vida intelectual del siglo, da voces en las plazas públicas
como está escrito de la sabiduría.
Después
de la prolongada aberración idealista, debida a Descartes
y a la gran herejía kantiana, asistimos hoy a una tentativa
de reintegración de la filosofía del ser en la civilización
occidental. Los amantes de paradojas y novedades deberían
ser los primeros en regocijarse.
La obra es,
en realidad, vastísima y llena de dificultades y peligros.
Pero es éste un riesgo gravísimo; y, ¿no
es preciso que imitemos a Santo Tomás aun en lo que ha
poco llamé su modernidad, en su osadía en innovar,
en su intrepidez intelectual en arriesgarse por lo nuevo? Porque
es muy cierto, pero en un sentido más sutil que el de los
evolucionistas, que la vida implica siempre sobre la tierra movimiento
y renovación, y, por ende, riesgos que correr e incógnitas
que afrontar. Pero los obstáculos aparecen más en
la restauración del orden que en su desquiciamiento.
No es la destrucción
sino la edificación la que exige fuerza. Santo Tomás
de Aquino es el héroe del orden intelectual; la monumental
empresa filosófica y teológica que asumió
en su tiempo, para cuyo feliz éxito era indispensable no
sólo su genio, sino toda la prudencia y la fuerza, todo
el organismo perfecto de las virtudes y dones de su admirable
santidad, es una aventura mucho más maravillosa que las
más bellas aventuras de los hombres, una aventura angélica.
Decía
a su compañero que él no sería nunca nada
en la Orden ni en la Iglesia. Sobre sus espaldas pesaban todo
el porvenir de la civilización cristiana y de la inteligencia,
y la misión más grande que haya encomendado jamás
la Iglesia a uno de sus hijos.
Pues bien,
nosotros, por menudos que seamos ante tal gigante, debemos, sin
embargo, participar en alguna medida de su espíritu, como
quiera que somos sus discípulos. No somos ciertamente tan
ingenuos como para pretender - accediendo a la invitación
de algunos - hacer con los filósofos modernos, al tomarlos
por maestros y al adoptar sus principios, con Descartes, por ejemplo,
y hasta con Kant y Hegel, lo que Santo Tomás hizo con Aristóteles.
¡Como si pudiéramos hacer con el error lo mismo que
con la verdad y como si para edificar una casa fuera menester
cambiar continuamente su fundamento!
¡No!
Lo que se nos exige es que, rechazando en absoluto los principios
y el espíritu de la filosofía moderna - por cuanto
quieren igualar la criatura con Dios, sujetándonos a los
principios de Santo Tomás con una fidelidad que no será
nunca extrema, sin admitir mengua ni mezcla alguna, ya que la
asimilación es tan sólo posible en un organismo
íntegro -, lo que se nos exige, digo, es hacer brillar
la luz de Santo Tomás en la vida intelectual del siglo,
pensar bajo esa misma luz a nuestro tiempo, poner todas nuestras
fuerzas en informar, animar y ordenar por ella, todos los materiales
palpitantes de vida y cargados, muchas veces, de una tal preciosa
cualidad humana, que el mundo y su arte, su filosofía,
su ciencia, su cultura levantaron primero, para destruirlos luego,
desgraciadamente, en el intervalo de cuatro siglos.
Lo que se
nos exige es esforzarnos por salvar todo cuanto queda todavía
asimilable en el mundo moderno y retomar, para conducirlas al
orden perfecto de la sabiduría, esas constelaciones en
movimiento, esas vías lácteas espirituales que,
por el peso del pecado, tienden hacia la disolución y la
muerte. Por cierto que no me hago ilusiones sobre el feliz éxito
de semejante empresa. Una esperanza tal supondría ilusionarme
grandemente sobre la naturaleza del hombre y el curso de su historia.
Pero lo que se necesita y basta es que se ponga a salvo el depósito,
y que quienes aman la verdad puedan fácilmente encontrada.
7. Nada inferior
a la inteligencia, decíamos más arriba, la puede
subsanar. Debemos invocar también algo superior a la inteligencia,
es decir, la caridad infusa. Porque si es verdad que el retorno
al orden intelectual debe ser obra de la misma inteligencia, es
también cierto que la inteligencia, en esta obra propia,
necesita la ayuda de Aquel que es el principio de su luz y que
no reina en las almas sino por la caridad; si bien la filosofía
y la teología de Santo Tomás están exclusivamente
fundamentadas y establecidas sobre las necesidades objetivas que
se imponen, sea a la razón natural, sea a la razón
iluminada por la fe, la inteligencia humana, sin embargo, es tan
débil por naturaleza, y debilitada aún más
por el primer pecado, y el pensamiento de Santo Tomás es
de una intelectualidad tan elevada que, de hecho, del lado del
sujeto, fueron menester, para que este pensamiento se nos comunicase,
todas las gracias sobrenaturales cuyo socorro le aseguraban la
eminente santidad y la singular misión del Doctor Angélico;
y es necesaria, y lo será siempre, para que viva sin alteración
entre los hombres, la confortación superior de esos dones
del Espíritu Santo que están presentes en todo cristiano
y que aumentan en nosotros por medio de la gracia santificante
y de la caridad.
Gravísimo
engaño sería el desprecio de estas verdades. La
misma difusión del tomismo las ha vuelto particularmente
urgentes. Cuando una doctrina de sabiduría se propaga entre
los hombres, más que los sofismas de sus adversarios debe
temer el peligro de la moda. Dejando a un lado las famosas tinieblas
de la edad media, ¿no es cierto que la misma enseñanza
oficial comienza a interesarse seriamente por Santo Tomás?
Paréceme escuchar la voz de los que dicen que un considerable
número de las tesis doctorales presentadas en la Sorbona
eligen como tema la filosofía tomista.
Nos felicitamos,
por cierto. Pero no disimulamos tampoco que, en la medida en que
sea examinada por espíritus insuficientemente preparados
y formados y más o menos influidos por los prejuicios modernos,
la filosofía tomista correrá el riesgo de ser estudiada
sin la luz conveniente y de sufrir, por ende, interpretaciones
menguadas, llenas de partidismos y tergiversaciones. Es lo que
hemos observado ya, y no sólo en los trabajos de historiadores
universitarios.
¿Cómo
hacer frente a semejante peligro? Santo Tomás mismo nos
lo enseña con su doctrina y, más eficazmente aún,
con su ejemplo. ¿No confesó acaso a su compañero
Reginaldo que la oración había sido la principal
fuente donde bebiera su ciencia? ¿No sucedía, por
ventura, que cuantas veces quería estudiar, discutir, escribir
o dictar, recurría primero al secreto de la oración,
gimiendo ante Dios para que le llenase de la verdad? ¿No
eran acaso en él la sabiduría metafísica
y la sabiduría teológica la peana y el trono de
la sabiduría del Espíritu Santo? ¿No fue
elevado, por ventura, este Doctor, el más grande entre
todos los doctores, a una vida mística tan grande que,
aquello mismo que de Dios había saboreado en el éxtasis,
terminó por tornárselo insípido el saber
humano? Por haber entrevisto muy bien la luz eterna murió antes de haber concluido su trabajo.
Recientes
estudios han descrito de una manera excelente aquella unión
en Santo Tomás de la vida de estudio y de la vida de oración,
tan admirablemente subrayada por la encíclica Studiorum
Ducem. He aquí el secreto de su santidad al par que
de su sabiduría.
He aquí
el secreto del singular esplendor de su magisterio. El magisterio
- nos enseña él mismo - es una obra de la vida activa
y es preciso confesar bien alto que a veces no se encuentran en
él más que las cargas y estorbos propios de la acción;
ocúltase también allí un peligro para la
vida del espíritu, en la pesada revuelta de conceptos que
constituye la labor pedagógica y que está siempre
expuesta, si no se la vigila constantemente, a hacerse material
y mecánica.
Santo Tomás
ha sido un profesor completo, porque fue más que un simple
profesor, ya que en él el discurso pedagógico
descendía por entero de las simplicísimas cumbres
de la contemplación.
Vedle en esa gran disputa que sostiene victoriosamente en París,
hacia la Pascua de 1270, con Juan Peckham, regente de los Frailes
Menores y Arzobispo más tarde de Cantórbury, sobre
el punto más controvertido de su doctrina, la tesis de
la unicidad de la forma substancial. El Obispo de París,
los maestros en teología, todos los doctores, se empeñan
en perderlo. Inflamados de envidia, u ofuscados por el apacible
modo con que Santo Tomás rompe con las santas rutinas,
arrojan sobre él la amenaza con su mirada y con su palabra.
Y en realidad,
tienen de qué desconcertarse, porque Santo Tomás
no es uno de entre ellos; el origen de su sabiduría está
más alto que ellos, toda vez que emanó del purísimo
silencio que es el padre de la predicación. Con toda su
ciencia, este gran teólogo cuya confesión asemejaba,
según el testimonio de Fray Reginaldo, la de un niño
de cinco años, está en medio de sus adversarios
con su sencillez no desarmada ciertamente sino cándida,
natural, y no aprendida, humilde y severa como la inocencia, a
imagen y configuración de Jesús Niño entre
los Doctores.
De este modo
se realiza en él la palabra santa que debe verificarse,
de una manera o de otra, en todos los cristianos y que desea que
la sabiduría se comunique a los niños - a aquellos
que son "pequeñuelos a sus propios ojos",como
dice el libro de los Reyes; Dios elige "lo que no es"
para confundir a "lo que es". Porque el saber, como
el arte y toda plenitud superior de humanidad, no impiden al alma
santa - como lo hiciera creer cierta vez un falso espíritu
de pobreza interior - el considerarse interiormente como verdadera
nada, sin ninguna confianza en sí misma, porque siendo
todo eso nada más que un medio para el impulso de su aspiración,
absolutamente nada de todo eso es el punto de apoyo de su esperanza
que traspasa lo creado para fundarse únicamente en Dios;
absolutamente nada de todo eso es para ella posesión personal
como quiera que la mantiene ligada a su verdadero bien.
Por tener
toda su alma unida únicamente a la llaga de la humanidad
de Cristo, puerta de los misterios de la deidad, Tomás
de Aquino fue perfectamente pobre de espíritu en el seno
mismo de las riquezas de la inteligencia; por conocer bien los
derechos, todos los derechos de la Verdad primera, no penetró
en la ciencia sino con el fin de alcanzar la sabiduría,
entregándose sin reserva al Espíritu de Verdad.
Con su ejemplo y su doctrina demostró que la vida contemplativa
es superior a la activa y que constituye, cuando desborda en apostolado,
el estado de vida pura y simplemente más perfecto; que
la contemplación de los santos es superior a la especulación
de los filósofos, que la intelectualidad más alta
no mengua, sino por el contrario se fortifica y se eleva a la
cima del espíritu por la humildad de la ciencia de la Cruz.
Por eso Santo Tomás enseña a la inteligencia la
condición primera de su salvación; y aun por eso
merece ser llamado el apóstol de los tiempos modernos que
creyeron dar tanto a la intelectualidad y que, en realidad, despreciaron
tan cruelmente sus condiciones; esos tiempos modernos cuya gran
miseria consiste en el olvido de la unión de la vida intelectual
con la espiritual y cuyo reencuentro constituye la más
profunda necesidad, más o menos obscuramente experimentada.
III
8. Existe
todavía una última razón por la que conviene
dar a Santo Tomás el apelativo de apóstol de los
tiempos modernos. Apóstol no es solamente aquel que es
enviado al mundo para predicar la palabra de Dios a los ignorantes
y a los infieles, para convertir las almas a la verdad y ensanchar
así el cuerpo místico del Salvador. Apóstol
es también aquel que conserva y aumenta la fe en las almas,
aquel que se da a la Iglesia para ser en ella columna, baluarte
y luz, y para servir, a título de doctor de la verdad,
al acrecentamiento de su misteriosa vida de gracia y de santidad.
Conócese ya el singular papel desempeñado a este
respecto, en los tiempos modernos, por aquel que, según
proclama la Iglesia en la oración de su fiesta, la esclareció
con su admirable ciencia, la fecundó con su santa operación
y cuya doctrina ruega a Dios nos haga penetrar.
Pero hay todavía
un rasgo que aparece como supremo retoque del arte divino, atento
a delinear de una manera perfecta la figura de sus santos: el
príncipe de la metafísica y de la ciencia sagrada
es también el Doctor del Santísimo Sacramento;
complementa así y consuma su oficio de servidor del Verbo
eterno, Verbo iluminador de las inteligencias, Verbo arquetipo
de todo esplendor, Verbo descendido a la carne y oculto entre
nosotros bajo la blancura del pan.
He allí
la inmensidad divina, he allí la benignidad y la humanidad
de la Verdad a quien Santo Tomás sirve y a quien nosotros
también servimos y que desea seamos llamados, no sus servidores,
sino sus amigos. La misma Verdad es la que quiere comunicársenos
a todos en luz y substancia por la visión y que entretanto
se nos comunica, en luz por la doctrina y por la contemplación
y, en substancia por la Eucaristía.
Distribuida,
repartida entre todos por la enseñanza o por el sacramento,
permanece, sin embargo, entera y sin fractura. Aquí reúne
los espíritus en la claridad que desciende del Verbo increado,
allá une el cuerpo místico de Cristo en la comunión
del Cuerpo y de la Sangre del Verbo encarnado. ¿Y no es
acaso el mismo, el amor con que vela Santo Tomás por su
integridad en la doctrina, participación creada de la Verdad
primera y con el que adora su presencia en el Santísimo
Sacramento donde la Verdad primera se oculta personalmente?
Esta Verdad
que Santo Tomás ama, la tiene en sus manos y, al contemplarla
desfallece su corazón. Y he aquí que el Papa le
pide que cante para la Iglesia entera este gran misterio de la
fe; seis siglos y medio más tarde otro Papa le conferirá
el título de Doctor eucarístico.
Ahora bien, ¿no es acaso el principal carácter de la piedad
católica de los tiempos modernos ese inmenso desarrollo
de la devoción al Santísimo Sacramento que precede
y acompaña la devoción al Sagrado Corazón?
La fiesta de Corpus Domini, ¿no es la gran fiesta moderna
de la Iglesia? Mientras el mundo desciende, la Iglesia, que dispone
de ascensiones en su corazón, ¿no reúne,
con solicitud materna cada vez más apremiante, a las almas
en torno al Cuerpo del Señor?
Doctor eucarístico,
Santo Tomás es, por un título elevadísimo,
el apóstol e instructor de los tiempos modernos. Oímos
que de la muchedumbre cristiana suben esos cánticos divinos
salidos del alma y de los labios del Teólogo. Decía,
poco ha, que detrás de Santo Tomás vienen los magos
en su seguimiento. Síguele todo el pueblo fiel. Santo Tomás
camina ante todas las edades, conduciendo la custodia.
9. Si Santo
Tomas de Aquino es para nosotros cuanto acabo de decir, ¿con
qué confianza no debemos pedirle el secreto de la sabiduría
y de la conquista apostólica del mundo moderno? Nos asiremos
de su manto y no le soltaremos hasta tanto no nos entregue este
secreto. La Iglesia, por la voz de Pedro, nos impele a ello con
extraordinaria insistencia. ¿Dejaremos de escuchar sus
exhortaciones?
Si buscáis
la verdad, proclama bien alto la Iglesia, acudid a esta doctrina.
Yo os indico el camino, id vosotros, abrid los ojos y ved.
Sentimos en
el alma la aberración de aquellos que, no sabiendo ver
o teniendo llenos de prejuicios sus ojos, no quieren siquiera
suponer que su propia vida necesite quizás el apoyo del
estudio y la oración y prefieren pensar que es la Iglesia
de Dios la que tiene pajas en el ojo.
Pero a cuantos
deseen alistarse, según la voluntad de la Iglesia, en la
escuela de Santo Tomás, les hacemos notar que hay dos maneras
de estudiar al Doctor Angélico y si es verdad que el hombre
no llega a la ciencia si no es conducido a ella por la enseñanza;
si es verdad que Tomás de Aquino, Doctor común de
la Iglesia, es, por lo menos en el orden humano, el Maestro por
excelencia, el Maestro siempre viviente que desde el seno de la
visión beatífica vela sobre su doctrina y fecundiza
con ella las almas, entonces es preciso decir que: de estas dos
maneras de estudiar a Santo Tomás, la una es sana y la
otra viciada desde su comienzo.
Tan vivamente
siento yo esto que quisiera, a toda costa, poder persuadir de
ello a la juventud estudiantil. Hay una manera de estudiar a Santo
Tomás que consiste en leer primero a Kant, Bergson y Blondel,
luego a los Padres, luego a Avicena y Averroes, después,
en caso de necesidad, a Pedro Lombarda o Alejandro de Hales y,
por último, los escritos de Santo Tomás por orden
cronológico (y de cada uno, fragmentos, es claro, porque
la vida es corta), a fin de esclarecer a Santo Tomás a la luz de la filosofía moderna y discernir todo cuanta
recibió de sus predecesores, todo cuanto les añadió,
todo cuanto recibió de sí mismo y añadió
a sí mismo en el transcurso de su proceso evolutivo individual.
Este método,
tomado como regla de disciplina intelectual, es vano y estéril.
Porque a fin de cuentas se reduce a considerar a Santo Tomás
como un objeto que se juzga y a obrar como si se poseyese ya la
ciencia, cuando, en realidad, se trata de adquirida.
Semejantes
exámenes y comparaciones - particularmente el estudio profundo
de los filósofos modernos - serán buenos y necesarios
con la sola condición de que se hagan con la luz conveniente
y no se confíe demasiado en ellos y los haga además
quien haya llegado ya a la edad adulta del saber. Para los incipientes sería más bien causa de presunción que de
ciencia.
El segundo
método consiste en colocarse, con respecto a Santo Tomás,
en la misma situación del viviente que recibe frente al
viviente que da, de aquel que es formado e iluminado frente a
aquel que forma e ilumina: con el fin de que Santo Tomás
nos enseñe a pensar y a ver, a progresar bajo su guía
en la conquista del ser inteligible. Método bueno y fecundo
porque coloca al alma en la verdad de su estado, para conducida
a la verdad de las cosas.
Si somos fieles
en seguirle, este método desarrollará en nosotros
un amor profundo al pensamiento vivificador de Santo Tomás
y al texto mismo, superior a todo comentario, que nos entrega
este pensamiento con una nitidez maravillosa y como una gracia
especial de luz y de simplicidad. Semejante método nos
enseña a estudiar este texto integralmente y según
el orden de los artículos. Nos enseñará también,
por el mismo desarrollo progresivo del habitus tomista,
a echar mano, como conviene, de los grandes comentadores y a discernir
en su línea formal la tradición auténtica
indispensable para llegar a la perfecta inteligencia de tan elevada
doctrina.
El pensamiento
de Santo Tomás es singularmente vasto y profundo: tanto
para penetrarlo en su vitalidad esencial, como para responder
a las dificultades nuevas nacidas en el transcurso de los tiempos,
¿bastaría la letra, por más preciosa y esclarecedora
que fuese, para instruimos? ¿No necesitamos que se nos
explique mejor, por el movimiento y el progreso propio de todo
organismo animado, las secretas articulaciones y la inflexible
jerarquía de tesis que regulan este mismo universo espiritual?
Y si es verdad, como dice Platón, que un escrito no puede
defenderse y explicarse solo, sino que necesita siempre el socorro
de su padre, ¿no hemos de creer que al suscitar Dios a
Santo Tomás le proporcionó, en una tradición
viviente, el medio de venir en socorro de su doctrina y de comunicamos
su espíritu?
En este sentido,
al encarecernos León XIII en la encíclica Aeterni
Patris el estudio de la doctrina de Santo Tomás en
sus mismas fuentes, nos aconsejaba también beber en los
ríos puros y limpios nacidos de esta fuente, en oposición
a aquellos otros que crecieron con aguas extrañas y nocivas.
Pero nada
habremos ganado todavía con todos los dones personales
y todos los socorros humanos de la tradición, con todos
los comentadores y glosadores, si aquello que es el objeto y el
fin de la inteligencia, el término de su inclinación
natural no constituye también el objeto y el término
de nuestra inclinación voluntaria, del deseo
que nos impele por entero a nuestro bien, nada habremos ganado
si no amamos la verdad con todo nuestro corazón, si no
nos esforzamos en amarla como la amó este gran Doctor cuyos
tranquilos ojos derramaban lágrimas porque su corazón
se hallaba triste en espera de la visión.
Si amamos
la verdad en las almas, si comprendemos bien de qué sed
agoniza el mundo, si estamos prontos a entregarnos por entero
a fin de que esa sed se alivie, si amamos la verdad en la Iglesia,
si comprendemos bien la importancia de la frase de Benedicto XV,
retomada por S. S. Pío XI: "La Iglesia ha declarado
que la doctrina de Santo Tomás es su propia doctrina",
entonces no nos empecerán demasiado las dificultades de
escuela; podremos esperar tener parte en la luz de Santo Tomás,
de entender verdaderamente las cosas que él enseñó
y de emplearnos en la medida de nuestras fuerzas, por miserables
que seamos, en este trabajo universal de encauzamiento en la verdad
que encomendó a Santo Tomás el Maestro de la historia.