I. LA SECULARIZACIÓN
DE LA IMAGEN CRISTIANA DEL HOMBRE
Todo gran período de civilización está dominado
por cierta idea peculiar que el hombre se forja del hombre. Nuestra
conducta depende de esa imagen tanto como de nuestra propia naturaleza;
trátase de una imagen que se manifiesta con rasgos nítidos
y brillantes en el espíritu de algunos pensadores particularmente
representativos y que, más o menos inconsciente en la masa
humana, es sin embargo lo suficientemente vigorosa como para moldear,
de acuerdo a su propio arquetipo, las estructuras sociales y políticas
características de una época cultural dada.
En términos
generales, la imagen del hombre que reinó en la cristiandad
de la Edad Media se debía a San Pablo y a San Agustín.
Esa imagen quedó desintegrada desde la época del
Renacimiento y de la Reforma y se repartió entre un extremo
pesimismo cristiano, que desesperaba de la naturaleza humana,
y un extremo optimismo cristiano, que contaba más con el
esfuerzo del hombre que con la gracia divina. La imagen del hombre
que reinó en los tiempos modernos se debió a Descartes,
John Locke, al Iluminismo y a Juan Jacobo Rousseau.
Aquí
nos hallamos frente al proceso de secularización del hombre
cristiano, que se llevó a cabo desde el siglo XVI en
adelante. No nos dejemos engañar por el aspecto puramente
filosófico de tal proceso. En realidad, el hombre del racionalismo
cartesiano era una mente pura concebida de acuerdo a un arquetipo
angélico. El hombre de la religión natural era un
caballero cristiano que no necesitaba de la gracia, del milagro
o de la revelación, y que era virtuoso y justo por su propia
naturaleza buena. El hombre de Juan Jacobo Rousseau era, de manera
mucho más profunda y significativa, el mismo hombre de
San Pablo transferido al plano de la naturaleza pura, era inocente
como Adán antes del pecado original, ansiaba un estado
de libertad y de bienaventuranza divina, y estaba corrompido por
la vida social y la civilización, como los hijos de Adán
por el pecado original. Ese hombre habría de ser redimido
y liberado no por Cristo, sino por la esencial bondad de la naturaleza
humana que era menester restaurar mediante una educación
sin trabas y que debía revelarse en la Ciudad del Hombre
de los futuros siglos, en una forma de Estado en el que "cada
uno, obedeciendo a todos, continuaría no obstante, obedeciéndose
a sí mismo".
Este proceso
no fue, en modo alguno, un proceso puramente racional. Fue un
proceso de secularización de algo consagrado, elevado por
encima de la naturaleza, por Dios, llamado a una perfección
divina, y que vivía una vida divina en una frágil
y cascada vasija, esto es, el hombre del cristianismo, el hombre
de la Encarnación.
Todo esto
significaba sencillamente retraer al hombre a la esfera del hombre
mismo (humanismo antropocéntrico), manteniendo una apariencia
cristiana mientras se reemplazaba el Evangelio por la razón
humana o por la bondad humana, y en tanto se esperaba de la naturaleza
del hombre lo que antes se había esperado de la virtud
de Dios, al darse a sí mismo a sus criaturas. En los albores
de los tiempos modernos se le hicieron al hombre enormes, divinas
promesas. Se creía que la ciencia habría de liberar
al hombre y convertido en amo y señor de toda la naturaleza,
y que un progreso automático y necesario lo conduciría
a un reino terrenal de paz, a esa bienaventurada Jerusalén
que nuestras manos construirían al transformar la vida
social y política y que sería el Reino del Hombre,
en el cual nos convertiríamos en los supremos gobernantes
de nuestra propia historia y cuyos resplandores alentaron las
esperanzas y las energías de los grandes revolucionarios
modernos.
II. EL HOMBRE
MODERNO
Si procurara
ahora desentrañar los resultados últimos de este
vasto proceso de secularización, describiría yo
la progresiva pérdida, operada en la ideología moderna,
de todas las certezas (provenientes ya de concepciones metafísicas,
ya de la fe religiosa) que en el sistema cristiano habían
dado fundamento y garantizado la realidad de la imagen del hombre.
La desgracia histórica consistió en el fracaso de
la razón filosófica que, al hacerse cargo de la
antigua herencia teológica con el fin de adueñarse
de ella, se encontró luego hasta incapaz de sostener sus
propios supuestos metafísicos, su propia justificación
del hombre cristiano secularizado, y se vio obligada a degenerar
en una negación positivista de esta misma justificación.
La razón
humana perdió su facultad de aprehender el ser y sólo
fue útil para la lectura matemática de fenómenos
sensibles y para la constitución de las correspondientes
técnicas materiales, campo del cual toda realidad absoluta,
toda verdad absoluta y todo valor absoluto están, por supuesto,
desterrados.
Señalemos
por eso, lo más brevemente posible, que en lo que respecta
al hombre mismo, el hombre moderno (me refiero al hombre, que
se cree moderno, cuando en realidad está entrando ahora
ya en el pasado) conocía verdades..., sin conocer la Verdad;
era capaz de llegar a las verdades relativas y cambiantes de la
ciencia, pero era incapaz y temeroso de alcanzar toda verdad supratemporal
descubierta a través del esfuerzo metafísico de
la razón, incapaz, asimismo, de alcanzar la divina verdad
expresada por el Verbo de Dios.
El hombre
moderno aspiraba a los derechos humanos y a la dignidad humana...,
pero sin Dios pues su ideología fundaba los derechos del
hombre y la dignidad humana en una voluntad humana semejante a
la divina, e infinitamente autónoma, que cualquier regla
o medición procedente de Otro podría dañar
y destruir.
El hombre
moderno confiaba en la paz y en la fraternidad..., sin Jesucristo,
pues no tenía necesidad de un Redentor, ya que iba a salvarse
por sí mismo, y porque su amor por la humanidad no tenía
necesidad de basarse en la caridad divina.
El hombre
moderno constantemente avanzaba hacia el bien y hacia la posesión
de la tierra..., sin enfrentarse con el mal que hay en la tierra,
pues no creía en la existencia del mal; el mal era tan
sólo una fase imperfecta de la evolución que otra
fase ulterior habría natural y necesariamente de trascender.
El hombre
moderno gozaba de la vida humana y reverenciaba la vida humana,
considerándola como algo dotado de infinito valor..., sin
poseer un alma ni conocer el don de sí mismo, porque el
alma era un concepto nada científico, heredado de los sueños
de los hombres primitivos. Y si el hombre no entrega su alma a
Aquel a quien ama, ¿qué puede dar? Puede entregar
dinero, pero no puede hacer don de sí mismo.
En lo tocante
a la civilización, el hombre moderno tenía en el
estado burgués una vida social y política, una vida
en común... sin bien común y sin obra común,
pues, el objeto de la vida en común consistía tan
sólo en la conservación de la libertad necesaria
para gozar de la propiedad privada, adquirir riquezas y buscar
placeres.
El hombre
moderno creía en la libertad, sin tener dominio del yo
o responsabilidad moral pues el libre arbitrio era incompatible
con el determinismo científico; y creía en la igualdad...,
sin justicia, porque también la justicia era una idea metafísica
que había perdido todo fundamento racional y que carecía
de todo criterio en la concepción moderna de la biología
y de la sociología.
El hombre
moderno cifraba sus esperanzas en el maquinismo, en la técnica
y en una civilización mecánica o industrial...,
sin tener ciencia para dominarlos y ponerlos al servicio del bien
humano y de la libertad humana, pues el hombre moderno esperaba
la libertad del desarrollo de las técnicas exteriores mismas,
no de un esfuerzo ascético tendiente a lograr la posesión
interior del yo. Y el que no posee las normas de la vida humana,
que son metafísicas ¿cómo podría aplicadas
al uso que damos a las máquinas? La ley de la máquina,
que es la ley de la materia, se aplicará por sí
misma al hombre y lo reducirá a la esclavitud.
En lo tocante,
por último, al dinamismo interno de la vida humana, el
hombre moderno buscaba la felicidad..., pero no tenía ninguna
meta final a que tender, ni ningún arquetipo racional al
cual adherirse; de manera que el concepto más natural y
el motor más poderoso de nuestra vida, esto es, la felicidad,
quedó desviado por la pérdida del concepto y del
sentido de finalidad (porque la finalidad no es sino lo deseable,
y lo deseable no es otra cosa que la felicidad). La felicidad
se convirtió en el impulso mismo hacia la felicidad, un
movimiento ilimitado y de nivel cada vez más bajo, y cada
vez más estancado.
Y el hombre
moderno aspiraba a la democracia..., sin tener que cumplir ninguna
heroica misión de justicia y sin alimentar el amor fraternal
de donde obtener inspiración. La más significativa
conquista política de los tiempos modernos, el concepto
de los derechos de la persona humana y de los derechos del pueblo,
quedó así viciada por obra de la misma pérdida
del concepto del sentido de finalidad, y por el repudio del fermento
evangélico que obra en la historia humana; la democracia
tendió a convertirse en una encarnación de la soberana
voluntad del pueblo en el mecanismo de un Estado burocrático
cada vez más irresponsable y cada vez más apático.
III. LA
CRISIS DE NUESTRA CIVILIZACIÓN
Acabo
de hablar de las infinitas promesas que fueron hechas al hombre
en los albores de los tiempos modernos.
La gigantesca
empresa del hombre cristiano secularizado alcanzó espléndidos
resultados en todas las esferas, menos para el hombre mismo: en
lo tocante al hombre mismo las cosas no salieron bien..., y esto
no ha de sorprendernos. El proceso de secularización del
hombre cristiano atañe sobre todo a la idea del hombre
y a la filosofía de la vida desarrollada en los tiempos
modernos. En la realidad concreta de la historia humana, se desarrolló
parejamente un proceso de crecimiento y se alcanzaron grandes
conquistas humanas, debidas al movimiento natural de la civilización
y al impulso primitivo (impulso evangélico) enderezado
hacía el ideal democrático.
Por lo menos,
la civilización del siglo XIX permaneció cristiana
en sus principios reales, aunque fueran olvidados o pasados por
alto; en los restos secularizados contenidos en su misma idea
del hombre y de la civilización; en la libertad religiosa
- por más que se la haya trabado en ciertos momentos y
en ciertos países -, que esa civilización conservó
de buen o mal gradó; hasta en el mismo énfasis que
al hablar sobre la razón y sobre la grandeza humana, los
librepensadores de la época emplearon como arma contra
el cristianismo; y, por fin, en el sentimiento secularizado que
inspiró, a pesar de su ideología equivocada, mejoras
sociales y políticas y las grandes esperanzas del siglo.
Pero la escisión
operada entre la conducta real de este mundo cristiano secularizado
y los principios morales y espirituales que le habían dado
su significación y su consistencia interior, principios
que llegó a ignorar, fue haciéndose progresivamente
mayor. Así el mundo parecía viciado de sus propios
principios; tendía a convertirse en un universo de palabras,
en un universo nominalista, en una masa sin levadura. Vivía
y perduraba por el hábito y la fuerza heredada del pasado,
no por su propio poder.
Era impulsado
hacia adelante, pero no por un dinamismo interior. Era un mundo
utilitario, su regla suprema era la utilidad. Pero la utilidad
que no es un medio para lograr un fin de ningún modo es
útil. Era un mundo capitalista (en el sentido que tenía
esa palabra en el siglo XIX, que es el auténtico y crudo
sentido), y una civilización capitalista capacitaba a la
iniciativa individual para llevar a cabo enormes conquistas sobre
la naturaleza material. Pero, como lo hizo notar Werner Sombart,
el hombre de esa época no era ni "ontológico" ni "erótico"; es decir, que había
perdido el sentido del Ser, porque vivía en medio de signos
y por los signos; y que había perdido el sentido del Amor,
porque no gozaba de la vida de una persona que trata a otras personas,
sino que estaba sometido a la dura labor del enriquecimiento por
amor del enriquecimiento en si.
A pesar de
la ideología equivocada que acabo de describir y de la
imagen desfigurada del hombre, vinculada a aquélla, nuestra
civilización conserva en su substancia misma la sagrada
herencia de valores humanos y divinos, debida a la lucha de nuestros
antepasados por la libertad, a la tradición judeocristiana
y a la antigüedad clásica, herencia que quedó sin duda penosamente debilitada en su eficacia, pero en modo alguno
destruida en sus reservas potenciales.
El síntoma
más alarmante en la crisis actual consiste en que mientras
estamos empeñados en una lucha a muerte para defender estos
valores, con harta frecuencia hemos perdido la fe y la confianza
en los principios en que se funda lo que estamos defendiendo.
Pues lo más frecuente es que olvidemos los verdaderos y
auténticos principios y porque, al mismo tiempo, sentimos
más o menos conscientemente la debilidad de esa ideología
insubstancial que, cual un parásito, se alimentó a expensas de ellos.
IV. ENGAÑOS
DEL MARXISMO Y DEL RACISMO
Los grandes
movimientos revolucionarios que reaccionaron contra nuestro mundo
cristiano secularizado hubieron de agravar el mal y llevado a
un punto culminante. En efecto, esos movimientos tendían
a romper definitivamente con los valores cristianos. Aquí
se trata de una cuestión tanto de oposición doctrinaria
al cristianismo como de oposición existencial a la presencia
y acción de Jesucristo en el seno de la historia humana.
Un primer
movimiento continuó e hizo llegar a su punto culminante
la tendencia de la razón secularizada, el "humanismo
antropocéntrico", en la dirección que siguió
desde sus orígenes, es decir, en la dirección de
las esperanzas racionalistas, constituidas ahora no ya exclusivamente
como ideología filosófica, sino como una religión
vivida. Este movimiento nace de desarrollar hasta sus últimas
consecuencias el principio de que el hombre solo y por sí
mismo es capaz de labrar su salvación.
El caso más
puro de esta tendencia es el marxismo. No importa hasta qué
punto puedan ser pesimistas algunos aspectos del marxismo. Lo
cierto es que el marxismo permanece asido a ese postulado. El
materialismo marxista continúa siendo racionalista en cuanto
sustenta que el movimiento propio de la materia es un movimiento dialéctico.
Si el hombre
solo y por sí mismo puede lograr su salvación, luego
esta salvación no puede ser sino pura y exclusivamente
temporal y ha de cumplirse sin la intervención de Dios
y aun contra Dios; quiero decir contra todo lo que en el hombre
y en el mundo humano conserve semejanza con Dios; esto es (desde
el punto de vista marxista), semejanza de "enajenación"
y esclavitud. Esa salvación exige renunciar a la personalidad,
y que el hombre colectivo se organice en un cuerpo único,
cuyo destino supremo es lograr el dominio de la materia y de la
historia humana.
¿En
qué se convierte pues, aquí, la imagen del hombre?
El hombre no es ya la criatura de Dios hecha a su imagen y semejanza,
ni una personalidad que posee libre albedrío y que es responsable
de su destino eterno; ya no es un ser que tiene derechos y está
llamado a conquistar la libertad y a realizarse a sí mismo
en el amor y en la caridad. Es una partícula del todo social
y vive en la conciencia colectiva del todo, de suerte que su felicidad
y su libertad estriban en ponerse al servicio de la obra del todo.
Este todo es en sí mismo un todo económico e industrial;
su obra esencial y primordial consiste en lograr el dominio industrial
de la naturaleza, en beneficio de ese mismo todo, que es lo único
que presenta valor absoluto y que está por encima de todas
las cosas. Hay aquí una gran sed de comunión, pero
se busca la comunión en la actividad económica,
en la pura productividad que, considerada como el paraíso
y la única meta auténtica de los esfuerzos humanos,
no es sino el mundo de una razón decapitada, no ya hecha
para la verdad, sino inmersa en una tarea de demiurgo, destinada
a producir y dominar todas las cosas. La persona humana queda
así sacrificada al titanismo de la industria, que es el
dios de la comunidad meramente industrial.
La razón
racionalista se embriaga con la materia. Pero al mismo tiempo
entra en un proceso de degradación. Y es así como
en la visión del mundo que nos ofrece el materialismo marxista
el superoptimismo racionalista viene a coincidir, en muchos aspectos,
con otro movimiento debido a una tendencia espiritual diametralmente
opuesta, que podría caracterizarse como una reacción
extrema contra toda clase de racionalismo y humanismo. Las raíces
de este otro movimiento son pesimistas y corresponden a un proceso
de animalización de la imagen del hombre, en el cual una
metafísica informe se aprovecha de toda concepción
errada y fundada en los datos científicos o sociológicos,
para satisfacer un recóndito resentimiento contra la razón
y la dignidad humana. Según esta tendencia mental, el género
humano es sólo una rama, brotada por casualidad, en el
árbol genealógico de los monos; todos nuestros sistemas
de ideas y valores no son sino un epifenómeno de la evolución
social del clan primitivo; o una superestructura ideológica
determinada por los intereses de clase y las ambiciones imperialistas,
estructura que enmascara la lucha por la vida.
Toda nuestra conducta aparentemente racional y libre, es una ilusoria
apariencia, que emerge del infierno de nuestro inconsciente y
del instinto. Todos nuestros sentimientos y actividades aparentemente
espirituales, la creación poética, la devoción
y la piedad humanas, la fe religiosa, el amor contemplativo, no
son sino la sublimación de la libido sexual o una secreción
de la materia. El hombre queda así desenmascarado y se
revela la faz de la bestia. El carácter específico
del hombre, que el racionalismo había esfumado en la espiritualidad,
se desvanece ahora en la animalidad.
Sin embargo,
el movimiento de que estoy hablando tiene sus fuentes reales en
algo mucho más profundo, que comenzó a manifestarse
a partir de la segunda mitad del siglo pasado: la angustia y la
desesperación, tales como quedan ejemplificadas en Demonios,
de Dostoyevski. Al desenmascarar al hombre, se nos revela un abismo
más profundo que el de la animalidad. Habiendo renunciado
a Dios, por considerarse autosuficiente, el hombre perdió
los rastros de su alma. Se busca a sí mismo en vano; revuelve
el universo de arriba a abajo en un intento de encontrarse, pero
sólo encuentra máscaras y detrás de las máscaras,
la muerte.
Luego hubimos
de ser testigos del espectáculo de una gran ola de irracionalidad,
de odio a la inteligencia, del despertar de una trágica
oposición entre vida y espíritu. Para superar la
desesperación, Nietzsche proclamó el advenimiento
del superhombre, de la voluntad de dominio, la muerte de Dios.
Voces más terribles, las voces de una vil multitud cuya
bajeza se nos manifiesta como un signo apocalíptico, gritan:
¡Basta ya de las mentiras del optimismo y de la moralidad
ilusoria! ¡Basta de libertad y de dignidad personal! ¡Basta
de justicia, de paz, honestidad y bondad, cosas que nos enloquecieron
de dolor! ¡Cedamos a las infinitas promesas del mal y a
la muerte bullente, a la bienaventurada esclavitud y a la desesperación
triunfante!
El caso más
puro de esta tendencia fue el racismo nazi. Se fundaba no sólo
en una idolatría de la razón que culminaba en el
odio de todo valor trascendente, sino en un misticismo del instinto
y de la vida, que terminaba por odiar la razón. Según
esta tendencia, el intelecto sólo servía para desarrollar
técnicas de destrucción y para pervertir la función
del lenguaje. Su demoníaca religiosidad procuró
pervertir hasta la naturaleza misma de Dios y convertir al propio
Dios en un ídolo. Invocaba a Dios, pero como a un espíritu
protector ligado a la gloria de un pueblo o de un Estado, o como
a un demonio de la raza. Un Dios que terminó por identificarse
con una fuerza invencible latente en la sangre fue erigido contra
el Dios del Sinaí, contra el Dios del Calvario, contra
el Dios Uno, cuya ley gobierna la naturaleza y la conciencia humana,
contra el Verbo, que era en el principio, contra el Dios de quien
se dice que es Amor.
Aquí
igualmente, el hombre ya no es la criatura y la imagen de Dios,
ya no es una persona animada por un alma espiritual, dotada de
libre albedrío, y responsable de un destino eterno. Ya
no es una persona que posee derechos y que está llamada
a conquistar la libertad y a realizarse a sí misma en el
amor y en la caridad. Ahora la imagen desfigurada del hombre hunde
sus raíces en un pesimismo guerrero. El hombre es una partícula
del todo político; pero para este todo colectivo ya ni
siguiera hay un señuelo de felicidad, de libertad y de
emancipación universal, sino tan sólo la fuerza
y la posibilidad de realizarse a sí mismo sólo por
la violencia. Aquí se busca la comunión en la glorificación
de la raza y en el odio común a algún enemigo, en
la sangre animal que, separada del espíritu, no es más
que un infierno biológico. La persona humana queda sacrificada
al demonio de la sangre, que es el dios de la comunidad de sangre.
No podemos
esperar sino humana desesperación ya del comunismo, ya
del racismo. Por una parte el racismo, fundándose en su
base antirracional y biológica, rechaza todo universalismo
y hasta quiebra la natural unidad del género humano, puesto
que llega a imponer la hegemonía de una esencia racial
llamada superior. Por otra parte, si es cierto que en la dialéctica
de la cultura el comunismo es el estado final del racionalismo
antropocéntrico, de ello se sigue que en virtud de la universalidad
inherente a la razón - aun a la razón enloquecida
-, el comunismo sueña con una emancipación que lo
abarque todo y pretende sustituir la universalidad del cristianismo
por su propia universalidad terrenal, por el universalismo de
las buenas nuevas de la decepción, del terror y de la inmolación
del hombre al dios ciego de la historia.
V. LA IDEA
DE UNA NUEVA CIVILIZACIÓN CRISTIANA
Si la descripción
que tracé más arriba es exacta, resulta evidente
que el único modo de regenerar la comunidad humana es volver
a descubrir la verdadera imagen del hombre y realizar un intento
definitivo por erigir una nueva civilización cristiana,
una nueva cristiandad. En los tiempos modernos los hombres buscaron
muchas cosas buenas siguiendo pistas equivocadas. La cuestión
está ahora en buscar esas cosas buenas siguiendo pistas
acertadas, y salvar los valores y las realizaciones del hombre,
anhelados por nuestros antepasados, y puestos en peligro por la
falsa filosofía de la vida del siglo pasado.
Debemos asimismo
tener el valor y la audacia de proponernos realizar una gigantesca
obra de renovación, de transformación interna y
externa. Un cobarde se aparta de las cosas nuevas y retrocede;
el hombre de coraje avanza y penetra en las cosas nuevas.
Los cristianos
se encuentran hoy, en el orden de la civilización temporal,
frente a problemas parecidos a los que sus antepasados tuvieron
que hacer frente en los siglos XVI Y XVII. En aquella época,
la física y la astronomía modernas formaban un todo
con los sistemas filosóficos en pugna con la tradición
cristiana. Los defensores de ésta no sabían cómo
hacer la necesaria distinción; asumieron una posición
tanto contra lo que había llegado a convertirse en ciencia
moderna como contra los errores filosóficos que, como parásitos,
se alimentaban a expensas de esa ciencia. Fueron necesarios tres
siglos para salir de este error, si es cierto que una concepción
filosófica mejor ha determinado realmente que hoy nos hayamos
liberado de tal equivocación. Sería desastroso volver
a caer hoy nuevamente en parecidos errores, en el campo de la
filosofía de la civilización. La verdadera substancia
de las aspiraciones del siglo XIX, así como las conquistas
humanas alcanzadas, deben salvarse, tanto de sus propios errores
como de la agresión de la barbarie totalitaria. Hay que
construir un mundo de inspiración genuinamente humanista
y cristiana.
A los ojos
del observador de la evolución histórica, una nueva
civilización cristiana será bien diferente de la
civilización medieval, aunque el cristianismo esté
en la raíz de ambas. En efecto, el clima histórico
de la Edad Media y el de los tiempos modernos son absolutamente
distintos. Para decirlo brevemente, la civilización medieval,
cuyo ideal histórico era el Santo Imperio, constituía
una civilización cristiana "sacra"
en la que las cosas temporales, la razón filosófica
y científica y los poderes reinantes eran órganos
subordinados o instrumentos de las cosas espirituales, de la fe
religiosa y de la Iglesia.
En el transcurso
de los siglos posteriores las cosas temporales fueron conquistando
una posición de autonomía y éste fue en sí
mismo un proceso normal. La desgracia estriba en que ese proceso
tomó mal camino y en lugar de ser un proceso de distinción,
con miras a lograr una mejor forma de unión, fue separando
progresivamente la civilización terrenal de la inspiración
evangélica.
La nueva era
del cristianismo, si es que ha de sobrevenir, será una
era de ajuste de aquello que fue separado; será la época
de una civilización cristiana "secular",
en la que las cosas temporales, la razón filosófica
y científica y la sociedad civil gocen de autonomía
y al mismo tiempo reconozcan el papel animador e inspirador que
desempeñan desde su plano superior las cosas espirituales,
la fe religiosa y la Iglesia. Entonces, una filosofía cristiana
de la vida guiaría a una comunidad vitalmente yno decorativamente
cristiana, a una comunidad con derechos humanos y con la dignidad
de la persona humana, en la que los hombres pertenecientes a diferentes
razas y a diversas formaciones espirituales trabajarían
en una tarea común temporal que fuera realmente humana
y progresista.
Finalmente,
diría yo que, desde el fin de la Edad Media - momento en
que la criatura humana, al despertar para sí misma, se
sintió oprimida y deshecha en su soledad -, los tiempos
modernos ansiaron una rehabilitación de la criatura humana.
Buscaron esta rehabilitación en una separación de
Dios, cuando debían habérsela buscado en Dios. La
criatura humana aspira al derecho de ser amada, pero únicamente
en Dios puede ser amada real y eficazmente. Hay que respetar a
la criatura humana en su relación misma con Dios y porque
todo - hasta su misma dignidad - lo recibe de Él.
Después
de la gran desilusión determinada por el "humanismo
antropocéntrico" y de la atroz experiencia del
antihumanismo de nuestros días, lo que el mundo necesita
es un nuevo humanismo, un humanismo "teocéntrico
o integral" que considere al hombre en toda su grandeza
y en toda su debilidad naturales, en la totalidad de su ser herido
y habitado por Dios, en toda la realidad de su naturaleza, de
su pecado y de su santidad. Tal humanismo reconocería todo
lo que hay de irracional en el hombre, para hacerlo dócil
a la razón, y todo lo que tiene de suprarracional, a fin
de que la razón quede vivificada por ello, y de que el
hombre sea accesible al descenso, en él, de lo divino.
La obra principal de este nuevo humanismo consistiría en
hacer que el fermento y la inspiración del Evangelio penetraran
en las estructuras seculares de la vida; sería, pues, una
obra de santificación del orden temporal.
Este "humanismo
de la Encarnación" cuidaría de las masas,
de los derechos de éstas a una condición temporal
digna del hombre, y a la vida espiritual, y también atendería
al movimiento que lleva a las clases trabajadoras a la responsabilidad
social propia de su madurez. Tendería a substituir la civilización
materialista individualista y un sistema económico basado
en la fecundidad del dinero, no por una economía colectivista,
sino por una democracia "personalista cristiana".
Esta tarea está ligada al esfuerzo que se cumple actualmente
por defender la libertad de la agresión totalitaria y con
una obra simultánea de reconstrucción, que requiere
no menos vigor. Está asimismo vinculada a un completo despertar
de la conciencia religiosa. Una de las peores enfermedades del
mundo moderno, como hube de señalarlo en un ensayo anterior
(Scholasticism and Politics, 1940, Capítulo
I), es su dualismo, la disociación entre las cosas de Dios
y las cosas del mundo. Estas últimas, las cosas de la vida
social, económica y política, quedaron abandonadas
a su propia ley material y alejadas de las exigencias del Evangelio.
El resultado fue que cada vez se ha hecho más imposible
vivir con ellas. Al propio tiempo, la ética cristiana al
no penetrar realmente la vida social del pueblo se convirtió
- y téngase en cuenta que no me refiero a la ética
cristiana misma o a la Iglesia, sino al mundo en su conducta cultural
general - en un universo de fórmulas y palabras; y este
universo de fórmulas y palabras quedó efectivamente
subordinado, en la conducta cultural práctica, a las energías
mismas de ese mundo temporal que está existencialmente
separado de Cristo.
Además,
la civilización moderna, que paga hoy muy caro los errores
del pasado, da la impresión de verse impulsada por fuerzas
contradictorias y ciegas hacia formas acusadas de miseria y de
intensificado materialismo. Para sobreponernos a estas ciegas
coacciones necesitamos un despertar de la libertad y de sus fuerzas
creadoras, cosa que el hombre podrá lograr no por obra
del Estado o de la pedagogía, sino por ése amor
que fija el centro de la vida humana infinitamente por encima
del mundo y de la historia temporal. En particular, el proceso
de paganización de nuestras sociedades se debe a que el
hombre cifró sus esperanzas únicamente en la fuerza
y en la eficacia del odio, en tanto que para el humanismo integral,
lo único capaz de dirigir la obra de regeneración
social es un ideal político de justicia y de fraternidad
cívica que, si bien requiere fuerza política y elementos
técnicos, ha de estar inspirado por el amor.
VI. LA VERDADERA
IMAGEN DEL HOMBRE
La imagen
del hombre del humanismo integral es la de un ser hecho de materia
y espíritu, cuyo cuerpo puede haber surgido de la evolución
natural de formas animales, pero cuya alma inmortal procede directamente
de la creación divina. El hombre está hecho para
conocer la verdad y es capaz de conocer a Dios como la causa del
Ser por medio de su razón, y de conocerlo en su vida íntima,
a través del don de la fe. La dignidad del hombre es la
dignidad propia de una imagen de Dios; sus derechos, así
como sus virtudes, derivan de la ley natural, cuyas exigencias
expresan en la criatura el plan eterno de la Sabiduría
creadora. Herido por el pecado y la muerte, desde el primer pecado
cometido por su raza, pecado cuya carga pesa sobre todos nosotros,
el hombre está hecho, por obra de Cristo, para convertirse
en un ser de la raza de Dios, que viva por la vida divina, y está
llamado a entrar en la misma obra de redención de Jesucristo,
por medio del sufrimiento y el amor.
Llamado asimismo
por su naturaleza a desarrollar históricamente sus potencialidades
internas, al alcanzar poco a poco el dominio de la razón
sobre su propia animalidad y sobre el universo material, el progreso
del hombre en la tierra no es automático o meramente natural,
sino que se cumple parejamente con la libertad y conjuntamente
con la íntima ayuda de Dios; tarea en la que se ve constantemente
trabado por el poder del mal, que es el poder que tienen algunos
espíritus creados para infundir la nada en el ser, y que
incesantemente tiende a degradar la historia humana en tanto que,
con fuerzas mayores, las energías creadoras de la razón
y del amor se renuevan y vuelven a encumbrarla.
Nuestro amor
natural por Dios y por el ser humano es frágil; sólo
la caridad recibida de Dios como una participación en su
propia vida hace que el hombre ame eficazmente a Dios por encima
de todas las cosas, y a cada persona humana en Dios. De esta suerte,
el amor fraternal trae a la tierra, a través del corazón
del hombre, el fuego de la vida eterna, que es el verdadero pacificador
y que ha de renovar desde adentro esa virtud natural de la fraternidad,
desatendida por tantos necios, que es el alma verdadera de las
comunidades sociales. Al mismo tiempo la sangre humana es de infinito
valor y debe derramarse a lo largo de todos los caminos de la
humanidad "para redimir la sangre del hombre".
Por un lado,
nada en el mundo es más precioso que la persona humana,
y por otro, el hombre nada expone de tan buena gana a todos los
peligros y destrucciones como su propio ser; y esta condición
es normal. El significado de tal paradoja es que el hombre sabe
muy bien que la muerte no es un fin, sino un comienzo. Si considero
la vida perecedera del hombre, ella es por cierto algo naturalmente
sagrado, pero muchas otras cosas son más preciosas aún:
el hombre puede ser llamado a sacrificarse por devoción
a su prójimo o por cumplir con su deber hacia su patria.
Además, una sola palabra puede ser más preciosa
que la vida humana, si al pronunciarla un hombre desafía
a un tirano, por amor a la verdad o a la libertad. Si considero
la vida imperecedera del hombre, esa vida que lo hace "un
dios por participación", vida que comienza aquí
abajo y que consiste en ver a Dios frente a frente, en el mundo
nada hay más precioso que la vida humana. Y cuanto más
se entrega un hombre, tanto más intensa se torna esta vida
en su interior. Todo sacrificio de uno mismo, todo don de sí
mismo supone, por mínimo que sea, un agonizar por aquel
a quien amamos.
El hombre
que sabe que "después de todo, la muerte es sólo
un episodio", está dispuesto a entregarse con
humildad, y nada es más humano y más divino que
el don de uno mismo, pues "más bienaventurado es
dar que recibir".
En lo referente
a la civilización, el hombre del humanismo cristiano sabe
que la vida política aspira a un bien común, superior
a una mera colección de bienes individuales, y que sin
embargo debe remitirse siempre a las personas humanas. El hombre
del humanismo cristiano sabe que la obra común debe tender,
sobre todo, a mejorar la vida humana misma, a hacer posible que
todos vivan en la tierra como hombres libres y gocen de los frutos
de la cultura y del espíritu. Sabe que la autoridad de
quienes están a cargo del bien común y que, en una
comunidad de hombres libres, son designados por el pueblo y responsables
ante el pueblo, se origina en el Autor de la naturaleza y está ligada a la conciencia, siempre que dicha autoridad sea justa.
El hombre
del humanismo cristiano aprecia la libertad como algo de que hay
que ser merecedor; comprende la igualdad esencial que hay entre él y los otros hombres y la manifiesta en el respeto y
en la fraternidad; y ve en la justicia la fuerza de conservación
de la comunidad política y el requisito previo que , hace posible que nazca la fraternidad cívica; se
da cuenta tanto de la tremenda prueba a que el advenimiento del
maquinismo somete a la historia humana, como del maravilloso poder
de liberación que el maquinismo ofrece al hombre, si el
brutal instinto de dominar no aprovecha las técnicas del
maquinismo y de la ciencia misma, para reducir a esclavitud a
la humanidad, y si la razón y la sabiduría son lo
suficientemente fuertes como para poner esas técnicas al
servicio de aspiraciones verdaderamente humanas y aplicarles las
normas de la vida humana.
El hombre
del humanismo cristiano no busca una civilización meramente
industrial, sino una civilización íntegramente humana
(por industrial que pueda ser en lo tocante a sus condiciones
materiales) y de inspiración evangélica.
VII. EL
MOVIMIENTO VERTICAL Y EL MOVIMIENTO HORIZONTAL EN LA VIDA DEL
HOMBRE
En lo que respecta, por último, al dinamismo interno de
la vida humana, el hombre del humanismo cristiano tiene un Objetivo
final: ver a Dios y poseerlo, y tiende hacia la perfección
de sí mismo, que es el elemento capital de esa felicidad
imperfecta, accesible al hombre en la existencia terrenal. De
esta suerte, la vida tiene un sentido y un norte para él,
y así puede avanzar por su senda sin titubeos, sin volverse
y dejando de ser espiritualmente un niño. Esa perfección
hacia la que él tiende, no es la perfección de un
atletismo estoico, en virtud del cual un hombre se haría
impecable, sino la perfección de amor, de amor a Otro,
a quien el hombre ama más que a sí mismo y a quien
aspira a unirse y a amar todavía más, aun cuando
en el proceso lleve consigo imperfecciones y debilidades. En esta
perfección evangélica reside la libertad perfecta
que ha de conquistarse mediante el esfuerzo ascético, pero
que, en última instancia, es dada por Aquel a quien se
ama, y que fue el primero en amarnos.
Pero este
movimiento vertical hacia la unión con Dios y hacia la
perfección de sí mismo no es el único movimiento
comprendido en el dinamismo interno de la vida humana. El segundo,
el movimiento horizontal, concierne a la evolución de la
humanidad, y progresivamente revela la substancia y las fuerzas
creadoras del hombre en la historia.
El movimiento
horizontal de la civilización, cuando tiende a sus auténticos
fines temporales ayuda y fomenta el movimiento vertical de las
almas.
Y sin el tránsito
de las almas hacia su objeto eterno, el movimiento de la civilización
perdería la carga de energía espiritual, de presión
humana y de esplendor creador que la estimula y dirige hacia sus
realizaciones temporales. Para el hombre del humanismo cristiano,
la historia tiene un sentido y una dirección. La integración
progresiva de la humanidad es también una emancipación
progresiva de la miseria y de la esclavitud humanas, así
como de las imposiciones de la naturaleza material. De manera
que el ideal supremo a que ha de tender la obra política
y social es inaugurar una ciudad fraternal que no implique la
esperanza de que todos los hombres sean algún día
perfectos en esta tierra y que se amen los unos a los otros con
amor fraternal; pero alentará la creencia de que, el estado
existencial de la vida humana y las estructuras de la civilización
estén cerca de la perfección.
Y la pauta
de esto es la justicia y la fraternidad..., ¿y a qué
otra meta habríamos de aspirar sino a la perfección?
Este ideal supremo es el ideal mismo de una auténtica democracia,
de la nueva democracia, cuyo advenimiento esperamos. Ella requiere
no sólo el desarrollo de poderosos elementos técnicos
y de una organización politicosocial firme y racional,
en las comunidades humanas, sino también una filosofía
heroica de la vida y el fermento interno y vivificador de la inspiración
evangélica. La comunidad debe ser fuerte, para poder avanzar
hacia ese ideal. La inauguración de una vida común
que responda a la realidad de nuestra naturaleza; la libertad
que es menester alcanzar, y la fraternidad que debe constituir
el centro de una civilización animada por virtudes más
elevadas que las virtudes cívicas, todo esto define el
ideal histórico por el cual puede pedirse a los hombres
que trabajen, luchen y mueran. Contra los engañosos mitos
erigidos por los poderes de la ilusión, es menester que
nazca una esperanza mayor y más extensa, es necesario hacer
una promesa más valiente al género humano.
La verdad
de la imagen de Dios, tal como está naturalmente impresa
en nosotros, la libertad y la fraternidad no han muerto. Si nuestra
civilización lucha con la muerte, no es porque ella se
atreva a demasiado y ofrezca demasiado a los hombres, sino porque
no se atreve lo suficiente, o no les ofrece lo suficiente. Nuestra
civilización revivirá, o bien nacerá una
nueva civilización, únicamente si anhela, quiere
y ama real y heroicamente la verdad, la libertad y la fraternidad.