INTRODUCCIÓN
Estas páginas
son el texto de una conferencia pronunciada en el teatro Marigny
de París, el 8 de Febrero del 1939, y que se ha publicado
por primera vez en 'Nouvelles Lettres'.
Francia es
actualmente víctima de una catástrofe inaudita,
es prisionera de guerra, su pueblo sufre una agonía física
y moral inenarrable, pero aún en esta agonía reúne
invisiblemente sus fuerzas profundas. En comunión con el
pueblo de Francia y con sus esperanzas, y en este Nuevo Continente,
en que un francés puede aún hablar con libertad,
ahora repetimos lo que decíamos hace dos años.
Nada he cambiado
de lo que dije entonces y creo que mis pensamientos conservan
todavía hoy, no solamente su actualidad, sino su verdad.
La vocación de Francia no es una cosa que pueda ser destruida
por un desastre militar sin precedentes ni por la quiebra moral
de las clases dirigentes y de muchos elementos de la intelligentsia.
Nosotros sabemos que la vida profunda del pueblo, actualmente
muda e inerme, y las energías evangélicas del catolicismo
francés, han permanecido fieles a esta vocación.
El día en que Francia sea de nuevo libre, continuará
su misión histórica. Lo que decíamos hace
dos años, con ser poco, contenía un poco de esperanza.
Aquel poco de esperanza subsiste y crece en medio del dolor.
El pesimismo
de la fórmula el crepúsculo de la civilización era únicamente un pesimismo relativo. Si el crepúsculo
es el anuncio de la noche, ésta precede al día.
Y en la historia humana acontece a menudo que en el crepúsculo
de la tarde se mezclan las primeras claridades de un crepúsculo
auroral. En mi pensamiento, la idea de los sufrimientos experimentados
actualmente por la civilización era inseparable de la de
un nuevo humanismo que se está gestando en la agonía
del mundo y prepara al mismo tiempo el retoñar de la civilización,
aunque solamente sea como una «resurrección entre
los muertos», según anunciaba San Pablo.
Por ahora,
la civilización no se halla solamente sumergida dentro
del crepúsculo sino arrebatada por un huracán devastador.
Todos los peligros en los cuales yo pensaba hace dos años
se han realizado en una sola forma monstruosa: la de la guerra
desatada por la revolución nazi y bajo la cual el Imperio
pagano aplasta actualmente a Europa. Lo que en esta forma es más
importante que todo para la libertad y la civilización,
es que el esfuerzo común del Commonwealth británico
y de los Estados Unidos gane esta guerra. Es obvio que no es suficiente
que Alemania sea vencida para que todos los problemas de la libertad
no conquistada, de la civilización por salvar y rehacer,
se encuentren resueltos. Pero, indudablemente, es una condición
para que puedan ser resueltos y para que el mundo se vea libre
de la esclavitud que amenaza hoy a todos y a cada uno de nosotros.
Chicago, 11 de Enero de 1941
1.
LA CRISIS DEL HUMANISMO MODERNO
La palabra
humanismo se presta a muy diferentes interpretaciones, que dependen
de la idea que se tenga del hombre. Conviene, pues, que desde
ahora aventuremos una definición. Para dejar abierta toda
discusión, diremos que el humanismo (y esta definición
puede ser desarrollada siguiendo líneas muy divergentes)
tiende esencialmente a hacer más realmente humano al hombre
y a manifestar su grandeza original haciéndole participar
de todo lo que pueda enriquecerlo en la naturaleza y la historia;
pide al hombre que desarrolle las virtualidades que se hallan
encerradas en él, sus fuerzas creadoras y la vida de la
razón, y que trabaje para convertir las fuerzas del mundo
físico en instrumentos de su libertad. Es evidente que
la antigua sabiduría griega que, según afirmaba
ella misma, tenía por objeto "lo que es superior a
la razón teniendo por principio la razón",
no puede ser suprimida de la tradición humanista. Esto,
en último término, nos previene contra la menor
veleidad de definir el humanismo como una exclusión de
toda ordenación a lo sobrehumano y como abjuración
de toda trascendencia.
Desde el punto
de vista de la lógica concreta de los acontecimientos históricos,
se constata que en este orden, no el de la pura especulación
filosófica, sino de la vida humana y de la acción
humana, muchas posiciones teóricamente sostenidas (con
razón o sin ella) son rápidamente abandonadas porque
en poco tiempo demuestran ser no vivientes, no sólo para
este o aquel individuo, sino para la consciencia común.
Aquí
vemos cuál ha sido el vicio propio del humanismo clásico,
es decir, del humanismo que desde el Renacimiento ha ocupado los
tres últimos siglos. Este vicio, según mi opinión,
se refiere no solamente a lo que es afirmación en el humanismo,
sino también a lo que es negación, rehusamiento,
separación, lo que se podría llamar una concepción
antropocéntrica del hombre y la cultura. Me doy cuenta
de que esta palabra no es muy afortunada, pero la empleo a falta
de otra mejor. Se podría también afirmar que el
error de que se trata es la idea de una naturaleza humana encerrada
en ella misma o que se bastase absolutamente a ella misma.
En vez de
una naturaleza humana abierta y de una razón abierta, que
son la naturaleza y la razón reales, se ha pretendido establecer
en la existencia una naturaleza y una razón aisladas en
sí y encerradas en ellas mismas, al margen de todo lo que
no son.
En vez de
un desarrollo humano y racional que continúe el Evangelio,
se ha pedido dicho desarrollo a la razón pura y no al Evangelio.
Y para la
vida humana, para el movimiento concreto de la historia, esto
significa evidentes e importantes amputaciones.
Plegaria,
milagro, verdades suprarracionales, consciencia del pecado y de
la gracia, beatitudes evangélicas, necesidad de la ascesis,
de la contemplación, de la cruz, todo esto es puesto en
duda o negado. En el régimen concreto de la vida humana,
la razón se aísla de lo suprarracional.
La razón
se aísla también de todo lo que es irracional en
el hombre o lo niega, siempre en virtud del mismo sofisma de que
lo es "irracional" en el sentido de no reductible a
la razón misma, sería "irracional" en
el sentido de antirracional o de incompatible con la razón.
En cierta manera, la vida del universo de la voluntad es desconocida.
Y lo que hay de no-racional en el mundo del conocimiento es igualmente
desconocido. Por otra parte, todo el mundo de lo infrarracional,
de los instintos, de las tendencias obscuras, del inconsciente,
con todo lo que comporta de maligno, casi de demoníaco,
pero también con lo que comporta de fecundo, es puesto
entre paréntesis y púdicamente olvidado.
De esta manera,
poco a poco, se ha ido formando el hombre del fariseísmo
burgués en quien el siglo XIX ha creído durante
mucho tiempo y que Marx, Nietzsche y Freud se empeñaron
en desenmascarar. Y, en efecto, lo consiguieron, pero no sin al
mismo tiempo desfigurarlo.
Desde la época
de Descartes se han hecho a los hombres promesas enormes. El progreso
del espíritu tenía que dar, automáticamente,
una gran felicidad de paz y reposo, una beatitud terrestre.
Pues bien, que todo esto no ha sido es lo que la historia ha demostrado.
Después de haber perdido a Dios con el fin de bastarse
a sí mismo, el hombre pierde su alma, se busca en vano,
complica el universo para hallarse, encuentra máscaras
y detrás de todo la muerte.
Y entonces
asistimos al espectáculo de un oleaje irracionalista, que
consiste en el despertar de una oposición trágica
entre la vida y la inteligencia.
Esta oposición
había empezado con Lutero y continuado con Rousseau. Pero
en seguida se produjeron fenómenos de simbiosis que no
tengo tiempo de analizar ahora.
Actualmente
dicha oposición se presenta a veces bajo formas serviles,
por ejemplo, bajo la forma del racismo o bajo la forma extraordinariamente
simplificada que le dan los que gritan "muera la inteligencia".
A ello me referiré en seguida.
La referida
oposición se manifiesta también en formas nobles,
muy nobles, y al decir esto recuerdo pensadores como Nietzsche,
Kierkegaard, Karl Barth, Chestov. Fue por amor hacia lo más
espiritual y libre que existe por lo que ellos emprendieron la
tarea de defender al hombre contra la razón, y si el camino
por donde anduvieron fue equivocado sería muy injusto confundirlo
con el de los enemigos serviles de la razón, que son también
sus enemigos. Con todo, a pesar de que alguna inteligencia atribuya
valor a la inteligencia y de que alguna generosidad trate de salvar
los valores humanos, esta posición da lugar, en definitiva,
a lo que podríamos llamar un contra-humanismo. Y en la
existencia concreta y evolución efectiva de las sociedades,
la desgracia de las formas de contra-humanismo noble radica en
que fatalmente los hombres acaban por substituirlas por formas
serviles: Nietzsche da paso a Rosenberg.
Parece aquí
que la razón está en peligro por la adoración
de la razón, y el humanismo lo está por el humanismo
antropocéntrico, es decir, por el falso humanismo. Voces
terribles se elevan en el hombre y gritan: ¡basta ya de
optimismo falaz y de moralidades ilusorias, basta ya de idealismo
que nos mata, que niega el mal y la desgracia y que nos arrebata
el medio de luchar contra ellos! Volvamos a la gran fecundidad
espiritual del abismo, del absurdo y de la ética de la
desesperación! ¡Pobre Nietzsche! La voz en verdad
terrible, la voz fatal, no es la voz de Nietzsche: es la voz de
esta multitud mediocre y chata, cuya chatez, mediocridad y futileza
son como signos apocalípticos, y que esparce a los vientos
del mundo bajo la forma del culto a la guerra (de la guerra
misma o de su sombra pavorosa y fecunda en beneficios), o bajo
la forma del culto a la raza o a la sangre el evangelio
del odio a la razón.
Cuando el
amor y la santidad no transfiguran la condición humana
y no mudan los esclavos en hijos de Dios, la Ley inmola muchas
víctimas. Nietzsche no podía soportar el espectáculo
de los lisiados del cristianismo y, con más intensidad
que Goethe, se rebeló contra la cruz; su sueño era
un superhombre dionisíaco, completamente ficticio. Dionisos,
los periódicos y la radio, cada mañana nos comunican
como dicho superhombre dirige su danza a través de los
campos de concentración, en los nuevos ghettos donde millares
de judíos y políticos sospechosos son condenados
a una muerte lenta, por las ciudades bombardeadas de China y España,
en la Europa locamente armada.
Nietzsche
no vio que los hombres sólo tienen dos caminos para escoger:
el del calvario o el de la matanza. La marea irracionalista es
en realidad la peripecia trágica del humanismo racionalista
que reacciona contra el humanismo de la razón encerrada
en ella misma, pero integrando el hombre a las potencias terrenas,
separándolo de las comunicaciones superiores y del espíritu
que libera, sumiendo la criatura en el abismo de la vitalidad
animal.
Otro espectáculo
al que asistimos es, por el contrario, el de una continuación,
agravación y exasperación del humanismo antropocéntrico
en la dirección de las esperanzas racionalistas, continuadas
ahora no solamente como religión filosófica, sino
como religión vivida.
Esto proviene
de haber llevado hasta las últimas consecuencias el principio
de que la salvación del hombre está en él
mismo.
Así
nos enfrentamos con el marxismo. Marx transmutó el hegelianismo,
pero permaneció hasta tal punto racionalista que el movimiento
de la materia es para él un movimiento dialéctico.
En el materialismo marxista no existen los instintos irracionales
ni la mística biológica. La razón decapita
a la razón.
La creencia
de que la salvación del hombre está en él
mismo, cumple su destino. Así, pues, este destino es mera
y exclusivamente temporal; la salvación tiene lugar naturalmente
sin Dios, ya que el hombre no está ni obra verdaderamente
solo sino a condición de que Dios no exista; y aun contra
Dios, es decir, contra todo lo que en el hombre y en el medio
humano es la imagen de Dios, o sea, la heteronomía. Esta
salvación exige la organización de la humanidad
en un cuerpo cuyo fin supremo no es la contemplación de
Dios, sino el dominio completo de la historia. Es una posición
que todavía se declara humanista, pero que es radicalmente
atea y por esto mismo destruye la realidad del humanismo, que
teóricamente profesa.
La manera
como la dialéctica revolucionaria materialista, tal como
ella ha vivido desde hace veinte años en el país
que conquistó 1, devora a sus jefes y ha eliminado en ellos,
por todos los medios, la consciencia moral al servicio de su finalidad,
ha perseguido, internado en los campos de concentración,
condenado a muerte, a millares y millares de sospechosos, es suficiente,
para convencernos sobre este capítulo.
Hay una posición
tan alejada del humanismo antropocéntrico como del irracionalismo
antihumanista: la posición cristiana humanista, según
la cual la fatalidad del humanismo clásico no es debida
a ser humanismo, sino a ser antropocéntrico; no ha sido
de creer en la razón, sino de asimilarla y marchitarla;
no ha sido de buscar la libertad, sino de orientarse hacia el
mito ilusorio de la Ciudad del individuo-dios, en vez de orientarse
hacia el ideal de la Ciudad de la persona a imagen de Dios.
En una palabra,
según esta manera de ver las cosas el mundo moderno ha
buscado lo bueno por malos caminos; ha comprometido de esta manera
la búsqueda de auténticos valores humanos que es
preciso salvar ahora por la posesión consciente de una
verdad más profunda, por una nueva creación substancial
del humanismo.
Un nuevo humanismo
debe reasumir, bajo un clima purificado, todo el trabajo de la
edad clásica, tiene que rehacer la antropología,
hallar la rehabilitación y la "dignificación"
de la 'criatura, no en un aislamiento, en un encerrarse en sí
misma, sino en su eclosión en el mundo de lo divino y de
lo suprarracional: esto presupone prácticamente una obra
de santificación de lo profano y de lo temporal; esto significa
el descubrimiento de un sentido más profundo y más
real de la persona humana gracias a lo cual el hombre se hallaría
a sí mismo al encontrar a Dios, y dirigiría la obra
social hacia un ideal heroico de amistad fraternal concebida no
como un regreso espontáneo del sentimiento a un ignorado
e ilusorio estado primitivo, sino como una difícil y dolorosa
conquista del espíritu, una obra de gracia y virtud.
Un humanismo
de esta clase, que considera el hombre en la integridad de su
ser natural y sobrenatural y que no se impone ningún límite
a priori en cuanto al descendimiento de lo divino en el hombre,
podría llamarse humanismo de la Encarnación.
En la visión
de este humanismo integral, no hay para qué escoger, o
sacrificar uno al otro, entre el movimiento vertical hacia la
vida eterna (que nace y empieza en este mundo) y el movimiento
horizontal en el que se revelan gradualmente la substancia y las
fuerzas creadoras del hombre en la historia. Estos dos movimientos
deben ser perseguidos simultáneamente. Y el segundo, el
movimiento horizontal de progresión histórica, no
se realiza bien y sin redundar en daño de lo humano, si
no se junta de una manera vital con el primero, con el movimiento
vertical hacia la vida eterna. Porque este segundo movimiento,
el movimiento horizontal, poseyendo finalidades propias y tendiendo
a mejorar la condición del hombre en la tierra, prepara,
no obstante, el reino de Dios en la historia, el cual, tanto para
el individuo como para toda la humanidad, es algo que, se halla
más allá de la historia.
2.
LAS GRANDES FUERZAS ANTICRISTIANAS
He aquí
como se me aparece, a grandes rasgos, la dialéctica del
humanismo moderno: mientras el nuevo humanismo de que acabo de
hablar, y que responde de una manera muy significativa a la vocación
de Francia, no se haya realizado en la historia, la dialéctica
del humanismo fallido sólo puede tener por resultado la
oposición y confusión más temibles. De ahí
el crepúsculo de la civilización occidental. Considerada
en sus causas inmediatas, la noche que nos amenaza es debida a
la aparición de fenómenos históricos designados,
en su aspecto político, (que sin ninguna duda no es el
más profundo) con el nombre de totalitarismo: totalitarismo
comunista, por una parte, (es decir totalitarismo de la comunidad
social), y por otra, totalitarismo fascista (o del Estado político)
y nacional socialista (o de la comunidad racial).
Estas dos
familias opuestas de totalitarismo presentan analogías
profundas y fenómenos de ósmosis: quizá un
día desgraciadamente para los hombres, llegarán
a fundirse y a compenetrarse. No obstante, hay diferencias radicales
entre sus principios metafísicos. Considerándolos
desde este punto de vista, se podría afirmar en definitiva
que prácticamente, en la existencia concreta, hay
aquí un ateísmo que declara que Dios no existe
y que convierte un ídolo en su dios; y hay allá
un ateísmo que declara que Dios existe, pero que
hace un ídolo del propio Dios porque niega con sus actos,
sino con sus palabras, la naturaleza y transcendencia de Dios;
invoca a Dios, pero como a un genio protector incorporado a la
gloria de un pueblo o un Estado, o como un demonio de la raza.
Prácticamente,
de los tres totalitarismos a que me he referido, es el primero,
el totalitarismo ruso-comunista el que ha empezado y el que ha
demostrado más virulencia; ha destruido tantas vidas humanas
que sus brillantes rivales aun no le han igualado en hecatombes.
(2) Pero por ahora parece encontrarse asaz debilitado, y son los
otros dos los que en la hora actual amenazan más directamente
al universo.
Las fuerzas
ante cuya presencia nos encontramos aquí son fuerzas anticristianas
desde su principio. Quizás sería más exacto
llamarlas "anticrísticas", porque se trata menos
de una oposición doctrinal al cristianismo quede una oposición
existencial a la presencia y acción de Cristo en el seno
de la historia humana.
Quisiera analizar,
brevemente la significación espiritual, la significación
religiosa de estas fuerzas, es decir, ante todo, del racismo nazi
y del comunismo. Es inútil hablar desde este punto de vista
del fascismo, porque, por diversas razones sobre las cuales me
abstengo de insistir por falta de tiempo, el dinamismo religioso
y místico del fascismo permanece bastante débil;
a causa de esto le es difícil substraerse, en este dominio,
a la influencia de otras formas más virulentas. Por el
momento, es el racismo alemán el que lo arrastra.
Consideremos
primero el principio racista. El racismo, es, como decía
al empezar, una reacción irracionalista. El racismo germánico
es una protesta patológica, sostenida por la pedantería
más absurda (y en este caso cuanto más absurda es
la pedantería, más eficaz resulta); es la protesta
patológica de la naturaleza con todas sus fuerzas vitales
y feroces surgidas de la hondura de la tierra madre, con sus necesidades
de euforia y potencia y con el odio implacable que puede enardecer
el instinto cuando el espíritu, traicionándose a
sí mismo, sé aniquila en la animalidad, contra una
razón ilusoriamente optimista y, si me es permitido hablar
así, contra un clericalismo de la razón pura que
durante todo el siglo XIX había prometido el paraíso
en la tierra y que no tenía el sentimiento de la naturaleza
ni el de la miseria humana.
Un odio místico
contra toda sutileza intelectual o moral, un odio místico
contra toda sabiduría y ascetismo y, al mismo tiempo, una
cierta religiosidad potente, una religiosidad inherente a la substancia
humana en sus fibras físicas más elementales. Se
invoca a Dios, pero solamente en virtud del deseo de naturaleza
incrustado en los elementos biológicos del ser humano;
y a causa del proceso fundamental de reacción que
he indicado antes se le invoca contra el Dios del espíritu,
de la inteligencia y del amor, excluyendo y odiando a este Dios.
Por un fenómeno espiritual extraordinario, he aquí
que se cree en Dios sin conocerle. La idea de Dios es afirmada
y, al mismo tiempo, desfigurada y pervertida. Un dios que acabará
por identificarse con la fuerza invencible que late en la sangre,
se levanta contra el Dios del Sinaí y contra el Dios del
Calvario, contra el Ser trascendente. Aquel que es y que vive
una gloria inaccesible, contra el Verbo, contra el Dios del Amor.
Nos encontramos
no ante un ateísmo pseudo científico, sino ante
una para-teísmo o un pseudo teísmo demoníaco,
que si por un lado rechaza a la inteligencia, por otro se entrega
a todos los ocultismos y es tan anticristiano como el ateísmo.
El racismo
está existencialmente unido a este pseudo teísmo
demoníaco. Porque, en su reacción contra el individualismo
y en su sed de comunión, busca esta comunión en
la animalidad humana que, separada del espíritu, no es
más que un infierno biológico. En la metafísica
de lo concreto social, el dios de la comunidad de la sangre es
solamente el demonio de la sangre. El neopaganismo racista es
así inferior al paganismo de la antigüedad clásica,
que poseía la piedad de las Leyes eternas y de la suprema
divinidad. Y es lo más bajo del paganismo lo que incorpora
a la existencia.
La relación
entre el ateísmo y el comunismo suscita una discusión
parecida. La génesis del comunismo en Marx es de orden
filosófico, procede de impulsiones venidas de la izquierda
hegeliana y de Feuerbach: en el espíritu de Marx la idea
de que el trabajo humano es deshumanizado por la propiedad privada
fue posterior, de hecho, antes de convertirse en la primera en
derecho, a la idea de Feuerbach de que la consciencia humana es
deshumanizada por la idea de Dios.
En su sentido
más profundo, la teoría del materialismo histórico,
según la concibió Marx, implica una posición
ateísta absoluta; porque implica un proceso universal de
substitución del movimiento dialéctico de la historia
a toda causalidad transcendente y al universo del cristianismo
en general; implica, por consiguiente, la idea de que el mundo
de la naturaleza y el mundo humano son un acontecer que se coloca
por sí mismo en el ser, y esta idea excluye, por hipótesis,
toda la existencia divina.
El comunismo
está existencialmente unido a este ateísmo. Si reacciona
contra el individuo, si tiene sed de comunión, es sin descubrir
un principio superior al del humanismo antropocéntrico,
agravando éste y buscando esta comunión en la actividad
económica, en la productividad, que, considerada como el
lugar propio y la patria de la acción humana, no es más
que el mundo de una razón decapitada, de una razón
sin Dios. En la metafísica de lo concreto social, el dios
de la comunidad industrial no puede ser más que la razón
humana demiúrgica y fabricante, el titanismo de la industria.
El comunismo convierte así la comunión cristiana
en otra comunión, completamente temporal, que se realiza
con la abolición o extenuación de la propiedad privada.
Sobre este
capítulo del comunismo y del racismo se puede hacer todavía
una última observación: si verdaderamente el comunismo
es, en la dialéctica de la cultura, el último estado
del racionalismo antropocéntrico, se comprende que en virtud
de la universalidad inherente a la razón incluso insensata,
sea universalista y se oponga al cristianismo pretendiendo substituir
el universalismo del cuerpo místico de Cristo por su propio
universalismo terrestre. Mientras que el racismo, de base irracionalista
y biológica, se opone al cristianismo rechazando todo universalismo
y rompiendo la unidad natural del género humano para imponer
la hegemonía de una esencia racial considerada superior.
3.
EL EVANGELIO Y EL IMPERIO PAGANO
Pues bien, ¿causa todo esto a la civilización occidental una
situación desesperada? Tanto es de temer el entusiasmo
de los optimistas profesionales como el pesimismo de los fatalistas.
Creo que no me apartaré de la verdad si digo que todo depende
aquí de un esfuerzo tenaz y difícil, pero no imposible
y que ya ha empezado, de la libertad del hombre y de sus energías
espirituales. La situación sería realmente desesperada,
por lo menos en el porvenir inmediato, si los hombres y las naciones
que conocen el precio de la libertad no estuvieren dispuestas
a un esfuerzo de levantamiento heroico.
He hablado,
en la primera parte de este trabajo del nuevo humanismo, del humanismo
integral que se podría llamar humanismo de la Encarnación
y que creo que es, en nuestra edad histórica, el único
capaz de remediar los males que sufre el mundo.
Una de las
características de este humanismo consistiría en
que lejos de limitarse a la cultura del hombre de biblioteca,
se ocuparía de las masas, de su derecho a los medios necesarios
de existencia y a la vida del espíritu. El problema de
las masas está definitivamente planteado en nuestro tiempo.
La solución
totalitaria es: especulando con la miseria natural del hombre
tratará de hacer de ellas, de las masas, instrumentos bien
dirigidos por técnicos socialistas, enormes muchedumbres
ilusionadas, estandardizadas, envenenadas de mentiras
y esclavos que se creerán felices.
La solución del humanismo cristiano es: aprovechando las
energías más altas del hombre y la fuerza de su
espíritu, se buscará el abrirle acceso a una vida
y una libertad verdaderamente dignas de la persona humana y de
su vocación. No existe término medio.
Sobre la significación
social de un humanismo cristiano, me limitaré a decir que,
según mi opinión, dicho humanismo debe asumir una
tarea de transformación profunda en el orden temporal que
tienda a substituir una civilización mercantil y una economía
fundada sobre la fecundidad del dinero, no por una economía
colectivista, sino por una civilización y una economía
"personalista" donde brille el resplandor temporal de
las verdades evangélicas.
Esta tarea
está relacionada con la renovación profunda de la
conciencia religiosa. Uno de los vicios profundos del mundo moderno
ha sido el dualismo, la disociación entre las cosas de
Dios y las cosas del mundo. Estas, las cosas de la vida económica
y política, han sido abandonadas a su propia ley carnal,
alejadas de las exigencias del Evangelio. El resultado ha sido
que cada vez han sido menos vivientes; al mismo tiempo, la moral
cristiana, muy poco práctica, en la vida social de los
pueblos, se convertía no en ella misma ni en la
Iglesia, sino en el mundo, en la marcha general de la cultura
en un universo de fórmulas y palabras. Y allí,
en la marcha práctica de la civilización, este universo
de fórmulas y palabras se encontraba prisionero de energías
temporales desligadas, en realidad, de Cristo. Este desorden sólo
puede ser eliminado por una renovación de las más
profundas energías de la conciencia religiosa que surjan
de la existencia temporal.
Por su parte,
la civilización moderna, que está hoy pagando la
carga de su pasado, aparece como proyectada, por las contradicciones
y fatalidades que sufre, hacia formas contrastantes de desgracia
y materialismo acentuado. Para superar estas fatalidades es necesario
un despertar de la libertad y de sus fuerzas creadoras, son necesarias
energías de resurrección espiritual y social que
ningún Estado ni ninguna pedagogía de partido pueden
dar al hombre, que únicamente puede recibir de un amor
que establece el centro de su vida infinitamente por encima del
mundo y de la historia temporal. En particular, la paganización
general de nuestra civilización tiene por resultado que
los hombres sólo cifren sus esperanzas en la fuerza y eficacia
del odio, cuando precisamente para el humanismo integral sólo
un ideal político de amistad fraternal puede orientar el
trabajo de la auténtica regeneración social. De
ahí que para preparar una nueva edad en el mundo sean antes
necesarios mártires de amor al prójimo. Y esto demuestra
también hasta qué punto todo depende de una renovación
profunda de las energías interiores de la consciencia.
En verdad,
es la idea de la primacía de lo espiritual lo que dirige
aquí el debate. Afirmar que la cristiandad se restablecerá
por medios cristianos o desaparecerá completamente; decir
que nada bueno hay que esperar de la violencia animada por el
mismo espíritu que es el origen de los males que sufre
actualmente la civilización; sostener que el testimonio
y la acción paciente y perseverante del espíritu
cristiano en el mundo son más importantes que el aparato
exterior de un orden cristiano, es simplemente afirmar que el
principio de la primacía de lo espiritual pide ser respetado
en la manera misma en que se trabaja para realizarlo en la existencia;
es simplemente afirmar que la primacía de lo espiritual
no puede realizarse negándose a sí misma.
Al mismo tiempo,
en el orden temporal, me parece claro que una actitud que corresponde
a lo que siempre se ha llamado la libertad del cristiano ante
el mundo y las potencias de la carne, es la que salvaguarda
para mañana o pasado mañana, para una solución
favorable de la crisis actual o para una aurora después
de una noche interminable , la esperanza de los hombres
en la eficacia terrestre del Evangelio y la razón.
A fin de comprender
estas cosas más profundamente, es necesario entrar por
un momento en consideraciones, que se refieren a algunas nociones
fundamentales del pensamiento cristiano.
El Evangelio
condena el mundo: lo que entonces él llama el mundo no
es la naturaleza, es la naturaleza en tanto que ella pretende
bastarse a sí misma y rechazar el don de Dios; no es la
política es la política en tanto que ella pretende
regimentar toda la vida del hombre y substraerse a la verdad de
Dios que ha creado al hombre a imagen suya.
La política
comprendida y vivida así tiene una significación
mucho más profunda y misteriosa de lo que frecuentemente
se cree; tiende en definitiva a crear en el seno de la humanidad
un cuerpo colectivo que, atrayendo hacia sí toda la substancia
humana, realice en sí mismo la divinidad del hombre; tiende
al Imperio pagano tal como lo ha descrito el Apocalipsis, y es
contra este Imperio contra el que Cristo se rebeló.
Entre Cristo
y el Imperio pagano no existe compatibilidad; los antiguos y los
nuevos Nerones no lo ignoran. Y saben también que únicamente
Cristo puede acabar con el Imperio pagano. El Imperio, en virtud
de un dinamismo que sería todopoderoso si Dios no fuese
más poderoso que él, tiende a la divinización
del orden político y del jefe que lo representa: hace de
lo político la regia y la medida suprema, superior a la
ley eterna y a la gracia de Dios.
Entonces ¿cuál
es el principio de lo político así comprendido,
así comprendido y vivido? Uno de los teóricos más
inteligentes del nacional socialismo: Carl Schmitt. [3] nos lo
sugiere cuando describiendo "fenomenológicamente"
el concepto político nos dice que consiste esencialmente
en la relación: con el amigo contra el enemigo, y que es
esencial para la comunidad política el atacar a alguien.
Es el principio de contra el otro o del odio constitutivo. Para
la política del Imperio pagano, el odio contra el enemigo,
interior o exterior, de la comunidad surge al mismo tiempo que
el amor a la política, son dos cosas inseparables e igualmente
primitivas: es constituyéndose y a condición de
constituirse contra su enemigo como la comunidad política
sabe verdaderamente con quien se constituye; es constituyéndose
y a condición de constituirse para aplastar a los otros
como el Estado sabe con quien cuenta. Soberanía del odio.
Yo no estoy
de acuerdo en que ésta sea la ley de lo político
considerado en su esencia. Si Cristo es el salvador del mundo
es que lo político puede también ser salvado, es
decir, puede también ser penetrado y vivificado por la
gracia de Cristo y demuestra, pues, que su esencia no es rebelde
a esta gracia, ni a la justicia, ni al amor.(4) Es suficiente,
por otra parte, considerar el horror e ignominia a qué
los llamados realistas de la política los que saben,
naturalmente, que Cristo habló para no decir nada
reducen este desgraciado planeta, para poder apreciar los resultados
del bien común de los hombres y el valor político
de la política.
Yo no creo,
pues, que las fórmulas de Carl Schmitt nos revelen la última
esencia de lo político. Pero en cambio nos revelan la esencia
de la política pagana y de los fundamentos del Imperio
pagano, nos revelan la esencia de esta terrible realidad que es
lo político separado de la ley eterna y de las energías
vivificantes de Cristo, lo político tal como el espíritu
del mundo lo realiza en ferocidad y energía.
Es verdad
que la aversión, la presencia del enemigo y del odio al
enemigo, según vemos en la terrible realidad, está
en la base de la vida política. Es verdad que para el Imperio
pagano la ciudad política se constituye contra otro, contra
sus enemigos, contra los malos, y que sabe quienes son los suyos
y quiénes son los buenos. Es verdad que para esta política,
para lo político separado de la moral y de la ley divina,
la cumbre de la inteligencia política es el descubrimiento
del enemigo; es verdad que el Imperio no puede atraer la savia
de la humanidad para que le dé sus frutos si no tiende
a subyugar y esclavizar a todo el resto del mundo. Porque, en
definitiva, el hombre sin Dios sólo puede unirse para odiar.
He aquí por qué los totalitarios van directamente
a la guerra, interior o exterior, en virtud de una ley metafísica
mucho más potente que la voluntad y los cálculos
de los hombres de Estado. Es la ley mística del Imperio
pagano y de la política pagana; es la ley mística
del espíritu del mundo que el odio esclavice al amor y
que sólo se ame a los suyos en la medida en que se odia
a los otros. La consecuencia inmediata de esto es que la unidad
del Estado y la "amistad" ¡qué amistad!
entre sus miembros sólo se realiza sobre la base
del odio colectivo, del odio de clan, y que exige de inmediato
el aniquilamiento de la vida y de los derechos de la persona y
que es fundamentalmente incompatible con la libertad.
Esta es la
ley del espíritu del mundo, según el sentido que
el Evangelio da a esta palabra. El Evangelio, oponiéndose
radicalmente al espíritu del mundo, lleva el nuevo mandamiento
contra el cual todo Imperio pagano se estrellará y al cual
nosotros no podemos substraernos; proclama que el amor prima sobre
el odio y se dirige a todos los hombres porque todos los hombres
son hijos de Dios, porque cada uno es una persona dotada de un
alma inmortal que vale más que todo el universo de los
cuerpos, una persona rescatada por la sangre de Cristo y llamada
a la libertad de los hijos de Dios, y porque Dios es el Amor que
subsiste, Deus caritas est.
«Un
nuevo mandamiento os doy
dijo Jesús , que os améis los unos a los
otros; así como yo os he amado, para que vosotros también
os améis los unos a los otros». (5)
«El
segundo mandamiento es semejante al primero: amarás a tu
prójimo como a ti mismo».(6)
¿Y
quién es el prójimo?, pregunta el doctor de la Ley.
(7) Y Jesús le contesta contándole la historia de
aquel hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó y
que los ladrones dejaron medio muerto en el camino, y un sacerdote
que venía por el mismo camino vio a aquel hombre y pasó
de largo; y de igual manera un levita también vino al lugar
y no se detuvo; pero un samaritano tuvo piedad de él. «¿Quién
de estos tres te parece haber sido prójimo de aquel que
cayó en manos de los ladrones?» Y el doctor respondió: «Aquel que usó con él de misericordia».
«Vé y ház tú lo mismo»,
le respondió entónces Jesús, enseñándonos
así que sólo nuestra falta de piedad y nuestra falta
de amor nos impiden reconocer en todo hombre a nuestro prójimo.
«Amad
a vuestros enemigos continúo citando el Evangelio . Si amáis
a aquellos que os aman, ¿qué recompensa merecéis...?
¿No hacen lo mismo los paganos?». (8)
Sí,
los paganos hacen lo mismo. Su amor se detiene, para ceder lugar
al odio, en las fronteras de su ciudad terrestre, de su comunidad
temporal de naciones, de raza, de imperio, de partido. Pero la
Iglesia de Cristo no es una ciudad terrestre, el Espíritu
Santo no es un espíritu de Imperio o de partido, de nación
o raza, de clan o facción. Y en cuanto a la ciudad política,
tal como debe ser concebida según su verdadera naturaleza
y según el cristianismo, no según el Imperio pagano,
no le es de ninguna manera esencial constituirse contra su enemigo.
Si tiene amigos (es bien sabido que los tiene) es una consecuencia,
no su esencia, del pecado original. Y al luchar contra estos enemigos
ella debe aún hacerlo amando en ellos a la criatura de
Dios, respetando su dignidad humana.
Odiar el mal
es cristiano; pero odiar la persona del pecador no lo será nunca. «Allí donde se encuentran el amor y la
caridad dice la Iglesia , allí se halla
Dios». Y en ninguna parte es posible hallarle sin esta
presencia de inmensidad por la cual está también
en las piedras y en los demonios.
Yo no digo
que la civilización cristiana haya realizado la palabra
del Evangelio: sólo las santos se acercan a realizarla.
Yo digo qué la civilización cristiana, y lo que
nos queda todavía de civilización cristiana laicizada,
sabía por lo menos que esta tabla de valores es la verdadera.
Es esto lo que el espíritu del mundo, el espíritu
del Imperio pagano, de la Bestia en la visión dé
San Juan, es decir, el espíritu de la soberanía
del odio, se está tratando de destruir ante nuestros ojos.
El espíritu
del Imperio pagano tiene dos maneras de atacar el cristianismo:
desde afuera y desde adentro. El comunismo ruso y el racismo alemán
tratan abiertamente de expulsar de la existencia, sobre todo de
la existencia política, todo lo que posee un valor cristiano.
Por lo menos se quitan la careta y, sin sospecharlo, ayudan de
esta manera a los cristianos. Hitler, en su libro Mein Kampf,
condenaba la táctica de la guerra contra la religión,
pero hoy desencadena una guerra implacable y pérfida contra
la religión. Sin embargo, se pregunta uno, ¿no hubiera
podido erigirse en campeón del cristianismo contra el ateísmo?
Si los dirigentes del nacional socialismo hubieran tenido la habilidad
de proteger la religión, cuántos cándidos
creyentes no hubieran sido indulgentes para con los grandes sofismas
y grandes ambiciones de su política. Pero la habilidad
de que se habla era metafísicamente imposible, y ésta
es sin duda la grandeza del hitlerismo. Proteger la religión
no sería suficiente, sería necesario todavía
conceder un cierto mínimum a la libertad de la palabra
de Dios, y por pequeño que este mínimum fuese, sería
demasiado para el Imperio. Como el demonio y su llama, el espíritu
del racismo está unido, según he demostrado antes,
al odio para el Dios del Calvario y el Dios del Sinaí.
En un pequeño
libro que publiqué hace algunos años, (9) denunciaba
el error en que se incurre al pensar que la comunidad espiritual
del reino de Dios es como una comunidad temporal o una ciudad
terrestre. Profundicemos. Si se reflexiona en la oposición
que existe entre el Imperio pagano y el Evangelio, es necesario
decir que cada vez que un cristiano piensa y obra como si el odio
dominase sobre el amor y como si la comunidad cristiana estuviese
establecida sobre el odio, sobre el odio hacia un enemigo del
grupo, de un pecador, al hacer esto cede al espíritu del
Imperio pagano, al espíritu del mundo. Sería pueril
extrañarse que a menudo seguimos más al espíritu
del mundo que al espíritu de Cristo, pero sería
más grave fingir, querer ignorar, que cuanto más
traicionamos el espíritu de Cristo, tanto más herimos
el corazón del cristianismo y de la civilización.
Yo digo que
si creemos que el verdadero catolicismo es el de los dos apóstoles
la Pascua no había tenido lugar todavía
que querían que el fuego del cielo cayese sobre los malos,
es que nuestro catolicismo está más de acuerdo con
el espíritu del mundo que con Jesús. ¿No
sabéis a que espíritu pertenecéis?",
respondió Jesús a los que le pedían que convirtiese
en ceniza a los infieles.
Yo digo que
si creemos que la verdadera prueba de la fe en Dios y del amor
de Dios no es solamente, como algunos han afirmado, estar dispuesto
a morir por él, sino a matar por él, es que seguimos
al espíritu del mundo en lugar del espíritu de Cristo
y blasfemamos de la fe en Dios, ya que matar por el Imperio es
la suprema señal de la fe en el Imperio pagano. Pero la
suprema señal de la fe en Dios consiste en dar la propia
vida a Dios, no la de otro. «Nadie tiene amor más
grande que éste: que ponga uno su vida por sus amigos».
(10)
Pero hay todavía
otras psicosis. Yo digo que si ponemos el odio a una raza en la
base de la idea de cristiandad, y de la comunidad que implica,
con esto pervertimos la noción de esta comunidad y pensamos
en la cristiandad, en la comunidad temporal cristiana, de acuerdo
con el espíritu del Imperio pagano. El año pasado,
en una conferencia que di en el "Ambassadeurs", dije
en el mismo sentido: «Que los cristianos sean antisemitas
es una cosa posible y ocurre con frecuencia. Pero esto sólo
les es posible porque en vez de obedecer al espíritu cristiano
obedecen al espíritu del mundo».
Las personas
a las cuales las verdades que recordaba en aquella conferencia
no les complacieron, seguramente consentirán oír
lo que el Papa, algunos meses más tarde, decía a
un grupo de peregrinos belgas. Comentando las palabras del Canon
de la Misa Sacrificium Patriarcae nostri Abrahae, el sacrificio
de nuestro padre Abraham, el Papa exclamó: «Observad
que Abraham es llamado nuestro patriarca, nuestro antepasado.
El antisemitismo no es compatible con el pensamiento y la realidad
sublime que se expresan en este texto. Es un movimiento en el
cual nosotros los cristianos no podemos tomar parte en absoluto».(11)
Espiritualmente somos semitas: ninguna palabra tan fuerte como ésta ha sido pronunciada por un cristiano contra el antisemitismo,
y este cristiano es el sucesor del apóstol Pedro.
Cuando se
ha comprendido qué triunfo del mundo contra Cristo, en
el seno del alma humana, representa el racismo, y cuando se contemplan
los resultados visibles; cuando se sabe hasta qué grado
han podido alcanzar, en los países que sufren el azote,
por un lado la crueldad, el desprecio a la persona humana, el
sadismo, la bestialidad feroz y, por el otro, el dolor y la agonía,
no es sin duda de extrañar que en todas partes los profesionales
de la bajeza ofrezcan a una tal fiesta su alegre colaboración.
Pero el hecho de que el estado de espíritu racista pueda
encontrar alguna complicidad en las almas que creen servir a Dios,
aparece en su verdadera perspectiva, que no es otra que la agonía
de Cristo que continúa hasta el fin del mundo.
Nuestra época
ofrece a los demonios homicidas festines inauditos. Stalin les
ha dado kulaks; Hitler, judíos. Y a ambos lados los cristianos
agonizan. El inmenso clamor que llega de los campos de concentración
no es percibido por nuestros oídos, pero penetra en las
fibras más ocultas de la vida del mundo y su invisible
vibración las desgarra.
El día
en que el Presidente de los Estados Unidos pidió a todos
los hombres de buena voluntad rogasen «para los desgraciados
que en otros países sufren una horrenda angustia»;
(12) el día en que ante la terrible impotencia del mundo
civilizado para socorrer a una muchedumbre tan vasta de inocentes
perseguidos, un jefe de Estado se ha dirigido de esta manera al
Cielo ha demostrado cuáles son las dimensiones reales del
problema que sacude hoy la conciencia de los pueblos. Nunca todavía
en la historia del mundo, los judíos habían sido
perseguidos de una manera tan universal, y nunca la persecución
ha alcanzado como hoy a los judíos y a los cristianos.
Esta es una de las señales de la conmoción profunda
de nuestra civilización. Pero no hay que temer. Durante
un cierto tiempo los injustos triunfantes pueden hacer lo que
quieran, pero saben que su tiempo está medido y por esto
muestran una prisa tan terrible.
He hablado
del espíritu del Imperio pagano, des espíritu del
mundo. En todas partes encuentra hoy terribles complicidades.
Una clase obrera fatigada, hastiada, materializada por exceso
de política, una burguesía entregada a una anarquía
egoísta y ciega y cuyas estructuras morales se debilitan
cada vez más, están sin defensa contra dicho espíritu.
Séame permitido añadir que ante este espíritu
los católicos franceses, agrupados detrás de sus
obispos y confiando en el gran Papa que sufre y combate sin temblar
por la verdad y la palabra de Dios, que nada puede encadenar,
ante el espíritu del Imperio pagano, ante el espíritu
de la brutalidad y el odio, los católicos franceses cuentan,
con la ayuda de Dios, no dejarse vencer en sus corazones.
Aludiendo
a ciertos peligros que no son ilusorios, el Cardenal Patriarca
de Lisboa denunciaba,hace algún tiempo, esta concepción
política, no evangélica, de la religión que
tiene por finalidad descristianizar el catolicismo. «Desear escribía una Iglesia vacía de su
tesoro, la vida divina, imponiéndose por la violencia exterior,
manteniéndose gracias á la protección oficial,
afirmándose exclusivamente por el equilibrio de la sabiduría
humana de su organización y gobierno, es descristianizar
a la Iglesia, renegar de la Redención cristiana, continuar
la obra del laicismo moderno. Todo esto no serviría a la
grandeza del reino de Dios, sino que establecería una nueva
tiranía eclesiástica...».
«Algunos,
continuaba diciendo el Patriarca de Lisboa, hablando del Papa
Pío XI, algunos se han mostrado' sorprendidos de la invencible
energía de este augusto anciano que, con el Evangelio en
la mano, intrépido en su fe, ha condenado al comunismo,
el totalitarismo, el estatismo, el racismo, el nacionalismo pagano,
todos estos nuevos ídolos de nuestro tiempo ante los cuales
se inclinan masas dirigidas que han perdido el sentimiento de
su dignidad y de su libertad desde que han perdido a Cristo. Los
que se escandalizan del supremo alegato del Papa contra los regímenes
de persecución que se enorgullecen de haber salvado a Europa
del comunismo no saben (según dice el Evangelio) qué
espíritu alienta en ellos».
(13)
Ahora bien,
yo no creo anticiparme mucho si afirmo que un falso cristianismo
que no supiese de qué espíritu está poseído,
que pactase con la política estatal o con el racismo hitleriano
y encontrase a sus doctores entre los periodistas de los Estados
totalitarios, un falso cristianismo que fundase su comunión
sobre el odio de un enemigo político, que contase con la
violencia exterior más bien que con la gracia y la caridad,
que desesperase del alma del pueblo y de la savia evangélica
y renunciase a penetrar la vida temporal de las naciones, un falso
cristianismo de esta clase no es fácil que se aclimate
entre nosotros.
4.
CRISTIANISMO Y DEMOCRACIA
Durante el
otoño del año 1938 me encontraba en los Estados
Unidos. Si las condiciones concretas de la actividad política
son en este país más complejas y activas de lo que
se cree en Francia, en cambio la situación de los espíritus
se perfila con rasgos muy acusados. Una de las cosas que me han
impresionado más es que no solamente tienen una clara consecuencia
del peligro que ha corrido la civilización y de las responsabilidades
que dicho peligro comporta, sino que América siente la
necesidad de revisar su tabla de valores morales y de renovar
su filosofía política. Esto es, según mi
opinión, un fenómeno de importancia capital. América
comprende que necesita a la vez defender la democracia y elaborar
una nueva democracia y que esta obra sólo es posible a
condición de que los valores cristianos se integren en
ella vitalmente. He constatado esto en todos los sitios por donde
he pasado.
Y he aquí
que en respuesta a una carta del Papa en que les pedía,
como un deber urgente de su cargo, que reorganizaran estudios
de filosofía social y política a fin de "elaborar
un programa constructivo de acción social, adaptado en
sus detalles a las necesidades locales y susceptible de despertar
la admiración y la adhesión de todos los espíritus
honrados", los obispos americanos, en octubre último,
declararon: «Su Santidad nos insta a la defensa de nuestras
instituciones democráticas, regidas por una constitución
que protege los derechos inalienables del hombre... El cumplimiento
de esta orden del Santo Padre necesita que nuestro pueblo, desde
los niños a los ancianos, sean instruidos de una manera
completa sobre la naturaleza verdadera de la democracia cristiana».
(14)
Según
una observación del padre La Farge (15), la palabra democracia
cristiana, empleada por primera vez por León XIII
y que debía suscitar tantas disputas, es así vuelta
a introducir oficialmente por el episcopado americano en el vocabulario
católico. Estoy convencido de que nadie tomará a
causa de esto a los obispos de los Estados Unidos por rojos cristianos.
Por otra parte,
el Presidente Roosevelt insiste con su energía habitual,
sobre el hecho de que la democracia, el respeto a la persona humana,
la libertad, la buena fe internacional tienen su más sólido
fundamento en la religión y dan a la religión sus
mejores garantías. El mensaje del 4 de enero de 1939 es
desde este punto de vista un acontecimiento considerable. Walter
Lippmann,
este excelente observador de las realidades políticas,
ve en él un viraje decisivo del pensamiento occidental. «Este discurso, escribe en el New York Herald, (16)
da fe de un cambio absolutamente fundamental en las ideas,
un cambio que no se refiere únicamente al pensamiento de
Mr. Roosevelt, sino, lo, que es mucho más significativo,al
pensamiento de las grandes masas de hombres de América
y de otras partes, de las cuales es, por razón de su cargo,
el intérprete más representativo.
«Este
mensaje señala la reconciliación, en camino ya después
de un siglo de conflicto destructor, entre el patriotismo, la
libertad, la democracia y la religión... El hecho de que,
continúa Walter Lippmann, el presidente, que es el líder
democrático más influyente del mundo, reconozca
la religión como la fuente de la democracia y de la buena
fe internacional, constituye una nueva orientación fundamental
de la concepción democrática de la vida».
Y después de haber hecho alusión a la lucidez del
espíritu francés y al retoñar religioso que
tiene lugar entre nosotros desde hace algunos años, el
escritor americano termina diciendo que el mensaje referido contiene
en germen «una filosofía donde se halla la respuesta
positiva del Occidente a las fuerzas que amenazan destruir el
mundo occidental, a estas fuerzas de disgregación moral
que el comunismo, el fascismo y el nazismo han heredado y explotan;
dicho mensaje esboza esta reconstrucción de la filosofía
moral que las democracias tienen la obligación de emprender
si quieren sobrevivir».
He aquí,
pues, que este problema de un nuevo humanismo y de una nueva democracia,
que nosotros, los filósofos, no hemos olvidado de plantear,
los hombres de Estado lo hacen entrar hoy en la actualidad política.
La palabra democracia se presta a tantos malentendidos que desde
el punto de vista especulativo sería deseable encontrar
otra. Pero de hecho es la costumbre de los hombres y de la conciencia
común la que fija el empleo de las palabras en el orden
práctico y, además, el desprecio de que los partidarios
del absolutismo hacen objeto a la palabra democracia es una justificación
suficiente para remozarla. Contra los estandartes de la servidumbre
es todavía bastante válida.
Importa decir
que si es exacto que siempre habrá temperamentos de derecha
y temperamentos de izquierda, por el contrario la filosofía
política no es de derecha ni de izquierda, sino que debe
ser simplemente verdadera. Y en épocas de crisis general
como la nuestra, es particularmente necesario que el esfuerzo
del espíritu trascienda de sus marcos apolillados por disposiciones
psicológicas o partidos. Una filosofía política
que se puede llamar democrática en el sentido de que se
opone a la dictadura y al absolutismo es algo más amplio
de lo que se llama la forma democrática de gobierno o partidos
democráticos. Se define por el hecho de que reconoce los
derechos inalienables de la persona humana, atrae a la persona
como tal a la vida política y ve a los investidos de la
autoridad como vicarios de la multitud, como decía Santo
Tomás de Aquino.
Por mi parte
he criticado sin contemplaciones los mitos salidos de Rousseau
y los errores homicidas del liberalismo individualista; es decir,
lo que podríamos llamar la democracia fallida. Pero aun
esto me ha permitido mejor comprender y afirmar con más
fuerza que sería una falta mortal condenar, con los errores
del siglo XIX, las verdades y las aspiraciones automáticamente
humanas donde dichos errores parasitaban. Hay otra democracia
que no es la democracia según Rousseau, y es a los valores
contenidos en ella a los que muchos hombres, en el curso de la
historia moderna, hombres valerosos, engañados por una
falsa ideología, aspiraban realmente desde el fondo de
su corazón. Ya he expuesto en otra parte, y mucho más
detalladamente que lo puedo hacer aquí,lo que yo pienso
sobre esto. Hoy me limitaré a decir lo siguiente:
La democracia
fallida y el humanismo fallido procedían de la inspiración
antropocéntrica señalada al principio de este trabajo.
El materialismo, el ateísmo, la anarquía disimulada
en el estatismo y finalmente la dictadura, eran sus fatalidades.
Un humanismo
integral y una democracia orgánica, la democracia cristianamente
inspirada de la que habla el episcopado americano, proceden de
una inspiración teocéntrica. Respetan realmente
la dignidad humana, no en un individuo absorto, intemporal o inexistente,
que ignora las condiciones históricas y las diversidades
históricas y que devora sin piedad la substancia humana,
sino en cada persona concreta y existente en el contexto histórico
de su vida. Es a la libertad de eclosión de la persona
que ellos aspiran, y saben que les será necesaria toda
la historia humana para conseguir la conquista de esta libertad.
Saben también que en la jerarquía de los valores
es el desarrollo de la vida del espíritu, la contemplación
y el amor los que ocupan el primer lugar. Lo principal para ellos
en la obra política no es la codicia insatisfecha ni la
dominación externa sobre la naturaleza material o sobre
los otros pueblos, sino la marcha lenta y difícil hacia
un ideal histórico de amistad fraternal entre los pobres
hijos heridos de una desgraciada especie nacida para la alegría
absoluta. En fin, esta democracia y este humanismo reconocen por
igual los derechos de la comunidad política y del bien
común político y, antes que nada, los derechos de
la familia y de la persona humana. Y si preguntáis cuáles
son estos derechos inalienables de la persona, os citaré
las palabras de Pío XI en la encíclica Divini
Redemptoris, «el derecho a la vida humana, a la integridad
del cuerpo, a los medios necesarios de existencia; el derecho
a tender hacia el último fin en el camino trazado por Dios;
el derecho de asociación, el derecho de poseer y usar de
la propiedad...». A todo lo cual se podría todavía
añadir: el derecho de no tener que ceder ante el temor
a la pena de muerte, a lo pardo, negro o rojo; el derecho de no
ser reeducado en un campo de concentración, el derecho
de pensar y manifestar lo que significan para la consciencia los
medios civilizadores de los poderes totalitarios.
La religión
cristiana no es feudo de ningún régimen temporal;
es compatible con todas las formas legítimas de gobierno;
no es de su incumbencia determinar lo que los hombres deben adoptar
hic et nunc, no tiene preferencias por ninguna. La religión
tampoco impone (desde el momento en que están salvaguardados
ciertos principios superiores) una filosofía política
determinada, por válida y general que sea, como la que
nos ocupa en este momento, para no importa qué forma de
gobierno legítimo. Pero el problema que se plantea aquí
es de otro orden, es un problema que de hecho se relaciona, como
en el caso de la esclavitud y de su progresiva abolición,
con las germinaciones naturalmente producidas en el seno de la
consciencia profana y temporal bajo la aceleración del
fermento cristiano. Se trata de saber, además, si en el
instante y circunstancias presentes de la historia humana, las
oportunidades de la religión, de la consciencia y de la
civilización coinciden con las de la libertad.
Pero que quede
bien entendido que no se trata de echar vino nuevo en odres viejos.
Lo que se requiere es una purificación radical. Y en el
orden de los hechos, en el orden de las sanciones de la historia,
esta purificación se produce ante nuestros ojos bajo formas
atroces. Asistimos a la liquidación histórica del
mundo de Rousseau. Si desde hace algunos años parece que
en el dominio político las democracias son derrotadas a
cada nuevo golpe, no es solamente a causa de las faltas en que
incurren continuamente, ya que estas faltas y estas debilidades
parecen fatales. La fatalidad que interviene contra las democracias
proviene de la falsa filosofía de la vida que durante un
siglo ha alterado su principio vital auténtico y que paralizando
desde dentro a este principio les hace perder a las democracias
toda confianza en sí mismas. Durante todo este tiempo las
dictaduras totalitarias, que ponen en práctica mucho mejor
a Maquiavelo, tienen confianza en su principio de la fuerza y
de la astucia y saben arriesgarse. La experiencia dolorosa de
la historia continuará hasta que hayan sido descubiertos
la raíz del mal y el principio por fin integrado
a su verdadera naturaleza de una esperanza renovada y de
una fe invencible.
Si las democracias
occidentales no deben ser barridas, y entonces sobrevendría
para la civilización una noche que duraría varios
siglos, es a condición de que descubran la pureza de su
principio vital, que es la justicia, la justicia y el amor de
origen divinos, es a condición de que reconstruyan su filosofía
política y que hallen de nuevo el sentido de la justicia
y del heroísmo, volviendo a hallar a Dios.
En este crepúsculo
de la tarde que nos envuelve, algunas señales, a las que
he hecho alusión antes, hacen creer que ya apuntan las
primeras claridades de un crepúsculo de la mañana.
El levantamiento espiritual que se realiza desde hace algunos
años en nuestro país interesa a todo el porvenir
de la civilización, así como el desarrollo, en campos
cada vez más vastos entre la juventud francesa, de concepciones
políticas y sociales establecidas sobre el valor de la
persona humana. De estas perspectivas se vislumbra la alta significación
que posee la palabra que el Cardenal Verdier pronunció
recientemente (enero de 1939) al referirse al nuevo eje de civilización
que Francia constituirá con la Iglesia. Supongo que nadie
pretenderá desnaturalizar esos pensamientos prestándoles
una intención de "cruzada ideológica".
No obstante, me interesa salir al paso de este absurdo para desviarlo
explícitamente. Cruzada ideológica y guerra santa,
yo mismo he señalado el peligro de estos mitos perniciosos
y la sangrienta ilusión que llevan en sí. No se
trata de ir a la guerra contra los pueblos que no tienen nuestra
filosofía del hombre y de la ciudad. No. Se trata de tener
no por medios de violencia, sino por virtud de inteligencia
nuestra filosofía del hombre y de la ciudad, nuestro
principio de vitalidad histórica, nuestra idea de los valores
supremos de los cuales dependen la existencia del hombre y de
la civilización, se trata de existir ante nosotros mismos,
¿quién podría, pues, obrar y resistir si
antes no existiese? iFrancia, toma consciencia de ti misma,
de tu existencia carnal y espiritual, tierra, vieja tierra de
Juana de Arco y de Péguy, vieja tierra de justicia, de
honor y libertad!
¿Es
demasiado tarde ya para salvar a Europa? Con la Europa actual,
¿quién osaría creer en la posibilidad de
una nueva cristiandad? Pero Europa no se encuentra aislada. El
problema de la civilización no es un problema europeo,
en definitiva en cuanto a la adhesión interna de los corazones,
de una eficacia dudosa.
Se trata de
saber si los pueblos aún libres son capaces de alcanzar,
por los caminos de la libertad y del espíritu, una suficiente
unanimidad moral y de resistir las alteraciones que amenazan desde
adentro a su consciencia. Cada vez que en uno de estos países
alguien cede a alguna infiltración del espíritu
totalitario, no importa bajo qué forma ni qué disfraz,
es una batalla perdida para Francia y para la civilización.
Se trata de saber si ante un desencadenamiento de violencia pagana
sin precedentes y de todos los medios que sacan su fuerza de la
degradación del ser humano, comprendemos que es necesario
remontarnos hasta los orígenes de las energías espirituales
y de esta violencia que alcanza el reino de los cielos y que puede,
ella sola, elevar las fuerzas naturales del hombre, por medio
de la lucha y de la paciencia, a un grado donde dominen verdaderamente
la historia.
NOTAS
(1)
Rusia está actualmente en guerra contra el nazismo. Incorporada
así a la comunidad occidental, es posible que se realicen
en ella profundos cambios interiores.
(2)
Estas líneas fueron escritas antes de la guerra actual.
(3)
Cf. Carl Schmitt, "DerBegriff des Politischen", München,
Duncker und Humblot, 1932.
(4)
Sobre este punto no estoy de acuerdo con Pierre Klossowski quien,
en un interesante estudio sobre las fuerzas del odio (Esprit,
1 dic. 1938), ha señalado la oposición entre el
Evangelio y la política en el sentido de Carl Schmitt.
(5)
San Juan, 13, 34.
(6)
San Mateo, 22, 39.
(7)
San lucas, 10, 29.
(8)
San Mateo. 7, 40.
(9)
J. Maritain, 'Religion et Culture'.
(10)
San Juan, 15, 13, Cf. Sumo theol. II-II, 124, 3.
(11)
Cf. la Croix, 16 de septiembre- 1938.
(12) ". . . for the unfortunate peoples in other lands who are
in dire distress..." New York Times, Nov.. 20, 1938.
(13)
Discurso pronunciado el 18 de noviembre de 1938 por S. E. el
Cardenal Cerejeira, en el IX aniversario de su elevación
al patriarcado de Lisboa. (Docum. Cathol.. 20 diciembre, 1938).
(14)
Carta pastoral redactada en la asamblea anual de Washington
(12, 13 Y 14 de octubre de 1938) llamando a todos los católicos
de los Estados Unidos a la "cruzada católica" inaugurada en el mes de noviembre de 1938 en favor de la democracia
cristiana (Docum. Cathol. 5 enero 1939).
(15)
R. P. John La Farge, América, 12 enero 1939. (Doc. Cathol.
ibid).
(16)
New York Herald, 2 enero 1939.