HUMANISMO CRISTIANO

LA MISIÓN TEMPORAL DEL CRISTIANO

Jacques Maritain


(Este texto forma parte del Capítulo III, 'El Cristiano y el Mundo', del libro ‘Humanismo Integral’. 1936)

 

 


Nos encontramos aquí ante un gran problema, no ya teórico, sino práctico: el de la misión temporal del cristiano. Dividiremos este estudio en tres partes, e intentaremos, primero, caracterizar lo que podría llamarse las carencias temporales de un mundo cristiano que, cada día más, es cristiano tan sólo de apariencia en el curso de la Edad Moderna y sobre todo en el siglo XIX. Trataremos en seguida de indicar brevemente las causas de este fenómeno, y pasaremos entonces a las consideraciones acerca del papel temporal del cristiano y, particularmente, a la instauración de una nueva vida cristiana del mundo.

Hemos advertido en otras oportunidades que lo espiritual debe vivificar lo temporal. El cristianismo debe informar, o mejor, penetrar el mundo, y no porque éste sea su fin principal (para él es un fin secundario indispensable), ni tampoco para que el mundo se convierta desde ahora en el reino de Dios, sino para que la refracción del mundo de la gracia sea en él cada vez más efectiva y el hombre pueda vivir mejor en él su vida temporal.

Es lo acaecido en gran parte en tiempo de la cristiandad medieval. Todos saben el capital papel representado por la Iglesia en la edificación del mundo cristiano de la Edad Media; esta edad llena de desfallecimientos podía, no obstante, ser vivida.

Al producirse la decadencia de la cristiandad medieval y el advenimiento de los tiempos modernos se ve, por una parte, al mundo separándose progresivamente de Cristo; y, por otra, se comprueba que en la historia del mundo todavía representa la Iglesia un papel importantísimo, esforzándose en mantener lo que había sido adquirido, de realización de los principios del derecho natural en el orden temporal y de subordinación de éste al orden espiritual. Era aquella una posición de defensa necesaria, pero ingrata, porque se exponía a solidarizar en apariencia al cristianismo con las estructuras de un mundo que se iba deshumanizando de día en día.

Entre tanto, el juego de las fuerzas históricas permanecía – y continuó bastante tiempo – normal; y si el mundo del "Ancien Régime" terminó por hacerse insoportable, su estructura político social, con sus tres órdenes cualitativos (nobleza, clero, tercer Estado) siguió siendo durante mucho tiempo una estructura orgánica adaptada a las necesidades de la vida.

Las cosas tomaron un giro trágico cuando, tras el fin del "Ancien Régime", ya inevitable tras la Revolución Francesa y Napoleón, acaeció el advenimiento del mundo industrial y mercantil; cuando la sociedad se halló dividida en dos clases: una, que vive exclusivamente de su trabajo; otra, que vive (o más bien vivía) de la renta de sus capitales; clases que no tienen entre sí ya otra relación económica que el contrato de arrendamiento de trabajo, convertido así el trabajo en pura mercancía.

Aun guardando vestigios de cristiandad en sus bases éticas y culturales, aun empleando ampliamente, en sus sectores conservadores, el nombre cristiano y el vocabulario moral, una civilización que en conjunto se apartaba del cristianismo bajo la presión de energías adversas, y cuya savia cristiana estaba en sí misma debilitada, iba a aceptar, aun en sus elementos cristianos, la situación inhumana creada al proletariado por un capitalismo desenfrenado, iba a dejarse arrastrar enteramente por el ciego movimiento de un materialismo social que prácticamente, en la existencia, proclamaba por sí la ruina del espíritu cristiano.

Que está por hacerse el proceso del capitalismo, se ha convertido ya en un lugar común sobre el cual temen insistir los espíritus que repugnan la vulgaridad. Me limitaré a recordar en pocas palabras que si, en sí mismo, el mecanismo ideal de la economía capitalista no es esencialmente malo e injusto, como pensaba Marx, el espíritu que concretamente se sirve de este mecanismo y determina sus formas concretas y sus realizaciones particulares, cubre un oculto desorden fundamental. La energía que estimula y mantiene esta economía ha sido progresivamente viciada por un pecado "capital": no, ciertamente, un pecado que dé muerte al alma de los individuos forzados a vivir en el seno de este mundo y a utilizar sus engranajes, sino un pecado que da poco a poco la muerte temporal al cuerpo social: el culto al enriquecimiento terrenal convertido en forma de la civilización.

El espíritu objetivo del capitalismo es un espíritu de exaltación de las potencias activas e inventivas, del dinamismo del hombre y de las iniciativas del individuo, pero es también un espíritu de odio a la pobreza y de menosprecio del pobre; el pobre no existe más que como instrumento de producción que rinde; no como persona.

Por su parte, además, el rico no existe más que como consumidor (para el lucro del dinero qué sirve a esa misma producción), no como persona; y la tragedia de un mundo así es que, para sostener – y desarrollar – al monstruo de una economía usuraria, será preciso tender a hacer de todos los hombres, consumidores o ricos; pero entonces, si ya no hay pobres, o instrumentos, toda esta economía se paraliza y muere; y muere también, como se ve en nuestros días, si no hay bastantes consumidores en acto para hacer trabajar a los instrumentos.

Pues bien, si un régimen tal ha podido desarrollar libremente sus virtualidades más inhumanas, ¿no es ello un signo particularmente grave de la decadencia del mundo que ha salido de la disolución de la cristiandad y que, desde hace mucho, repudiaba sus propios principios y renegaba de su propio Dios? Y en esta decadencia de un mundo que sociológica y culturalmente (a pesar de la potencia y la variedad de las energías de infidelidad que en él se despliegan ) aún debe ser llamado cristiano, a causa de sus bases históricas, la responsabilidad de los cristianos mismos, ¿no está acaso comprometida? ¿No implica una carencia del "mundo cristiano" en el más estricto sentido del vocablo, es decir, de los elementos sociales y de las formaciones sociales reunidas bajo la denominación religiosa de la cristiandad?

Creo que sería injusto reprochar a los cristianos el no haber impedido el desarrollo de las nuevas estructuras económicas y de las nuevas formas de vida que los errores y los males propios de la edad capitalista han desviado y deformado, pero que no eran malas en su esencia abstractamente considerada y respondían a un proceso normal; mas, en el orden puramente ético del uso personal que hacían de las nuevas estructuras económicas (dicho de otro modo, en el orden de lo social considerado desde el punto de vista de las virtudes privadas), hay que deplorar la indiferencia mostrada por tantos cristianos, en el tiempo de la bárbara y conquistadora juventud del capitalismo, a las leyes de la conducta cristiana en su comportamiento social; un régimen social que, tomado en concreto, no era bueno, iba así a empeorar hasta hacerse intolerable.

Y ha de deplorarse asimismo el hecho de que en el orden de lo social, considerado en el aspecto de la vida social misma y de las actividades de la civilización terrenal, el lugar que el socialismo halló vacante y ocupó enarbolando grandes errores, no haya sido conquistado, invocando una filosofía social fundada en la verdad, por fuerzas de inspiración cristiana que dieran la señal del movimiento emancipador del trabajo. La cuestión que se plantea es la de explicar esa doble carencia.


ALGUNAS CAUSAS DE ESTAS CARENCIAS

No pocas pueden ser indicadas: primeramente, el dualismo de la Edad Moderna, cuyo resultado extremo se manifiesta como una de las formas de la división del trabajo entre Dios y Mammon.

Puede, además, advertirse que, de manera general, es natural que existan en mayor número los "malos cristianos" que los "buenos cristianos", en una civilización cristiana; así es como, por debilitación gradual, se llega con demasiada frecuencia a una naturalización sociológica de la religión y a utilizaciones del cristianismo para fines completamente temporales.

Conviene, por fin, señalar una tercera causa, de orden más bien intelectual, que nos hace ver hasta qué punto la civilización moderna, aun en el tiempo en que se tenía por cristiana, ha padecido la ausencia de una filosofía cristiana. En la cristiandad medieval, de modo irreflexivo y por instinto espontáneo de la fe, la civilización se orientaba, a pesar de enormes obstáculos, hacia una realización del cristianismo, no sólo en la vida de las almas, sino también en el orden social temporal.

«Cuando, en la 'edad de la reflexión', la diferenciación interna de la cultura ha llegado a ser el proceso predominante, y el arte, la ciencia, el Estado se han puesto a adquirir cada uno conciencia de sí mismos (y qué terrible conciencia), no parece inexacto decir que ha faltado, sin embargo, semejante adquisición de conciencia en lo social como tal y en la realidad propia que constituye, y, ¿cómo hubiera sido posible en un mundo que iba a crecer bajo el signo cartesiano? ... Lo que durante ese tiempo ha faltado a las partes vivas y a las personas del mundo cristiano es, no el espíritu evangélico, sino una conciencia suficientemente explícita de uno de los campos de la realidad a los que este espíritu debe aplicarse.

«Por excesiva que sea la pretensión de Augusto Comte de haber inventado la ciencia de lo social, se puede pensar a este respecto que las ilusiones 'científicas' del sociologismo, así como las del socialismo, han trabajado para el pensamiento cristiano constriñéndole al 'descubrimiento' reflexivo del campo de la realidad» [1].

Estas consideraciones pueden contribuir a explicarnos que la transformación que sustituyó poco a poco el régimen de la economía medieval por el régimen del préstamo a interés y del capitalismo, si desde el principio y en sus diversas etapas, como lo ha recordado Groethuysen [2], provocó la hostilidad de la Iglesia y suscitó en la inteligencia del pueblo cristiano numerosas cuestiones referentes a la conciencia individual y al confesionario, no haya sido, durante tanto tiempo, pensada y juzgada por esta inteligencia desde el punto de vista de su significación y de su valor propiamente sociales; de suerte que el régimen capitalista haya podido instalarse en el mundo hallando la resistencia pasiva y la sorda hostilidad de las formaciones sociales católicas, pero sin provocar un eficaz esfuerzo de rectificación, ni de oposición activa y deliberada, en el seno del mundo cristiano o "temporal cristiano", ni siquiera católico.

«Importa, sin embargo, notar que la protesta de la conciencia católica no ha dejado de hacerse oír. En particular, en el siglo XIX, cuando el capitalismo llegaba a su madurez y tomaba posesión del mundo, han elevado su voz hombres como Ozanam, Vogelsang, La Tour du Pin. Y sobre todo, la Iglesia Católica, por la enseñanza de los Papas, ha suplido por sí las deficiencias del mundo cristiano, formulando los principios que están por encima de lo económico y que el régimen de los pueblos modernos desconoce ampliamente» [3].


LA MISIÓN TEMPORAL DEL CRISTIANO
EN LA TRANSFORMACIÓN DEL RÉGIMEN SOCIAL


Querríamos ahora proponer algunas consideraciones respecto a la misión temporal del cristiano en el trabajo de transformación del régimen social. Advirtamos, primero, que para el pensamiento cristiano al menos, parece haberse liquidado el dualismo de la edad precedente. Para el cristiano, tanto el separatismo como el dualismo, de tipo maquiavélico o de tipo cartesiano, han acabado. En nuestros días se produce un importante proceso de integración, por retorno a un saber teológico y filosófico a la vez; a una síntesis vital.

Las cosas del dominio político y económico deben, pues, encontrarse conforme a su naturaleza, vinculadas a la ética.

Por otra parte, ese adquirir conciencia de lo social, que faltaba más o menos al mundo cristiano o llamado cristiano de la Edad Moderna, comienza por fin a realizarse para el cristiano. Hay en ello un fenómeno de importancia considerable, tanto más cuanto esa conciencia se adquiere, según parece, cada día más, por una justa comprensión de la historia moderna y de sus procesos normales, viciados ayer por el materialismo capitalista, hoy por el materialismo comunista subsiguiente.

Al mismo tiempo aparece lo que puede llamarse misión propia de la actividad profana cristiana respecto al mundo y a la cultura; diríase que mientras la Iglesia, cuidadosa ante todo de no enfeudarse a ninguna forma temporal, se libera cada día más, no del cuidado de juzgar desde lo alto, sino del de administrar y gestionar lo temporal y el mundo, el cristiano se encuentra entregado a ello cada vez mas, no en cuanto cristiano o miembro de la Iglesia, sino en cuanto miembro de la ciudad temporal, es decir, en cuanto miembro cristiano de esta ciudad, consciente de la tarea que le incumbe, de trabajar por la instauración de un nuevo orden temporal del mundo.

Si así es, en seguida se ve qué problemas se plantearán ante el cristiano, en este orden de ideas.

Necesitará elaborar una filosofía social, política y económica, no limitada tan sólo a los principios universales, sino capaz de descender hasta las realizaciones concretas, lo que supone todo un vasto y delicado trabajo; este trabajo ha comenzado ya y las encíclicas de León XIII y de Pío XI han fijado sus principios.

Advirtamos que se trata de un trabajo de razón, de razón iluminada por la fe, pero trabajo de razón sobre el cual sería vano esperar un acuerdo unánime en cuanto se dejan los principios para descender a las aplicaciones. Si hay diversidad de escuelas en teología dogmática, habrá fatalmente también diversidad de escuelas en sociología cristiana y en política cristiana; y tanto más cuanto más se aproxime a lo concreto. Sin embargo, puédese llegar a una doctrina común en cuanto a las verdades más generales, y en lo demás, lo importante es que se desprenda una dirección de conjunto verdaderamente precisa, para un número suficientemente grande de espíritus.

Pero el cristiano consciente de estas cosas deberá también abordar la acción social y política, no sólo para poner al servicio de su país, como siempre se ha hecho, las capacidades profesionales que en este aspecto pueda ofrecer, sino, también y además, para trabajar, como acabamos de decir, por la transformación del orden temporal.

Ahora bien, es claro que siendo lo social-cristiano inseparable de lo espiritual-cristiano, es imposible que una transformación vitalmente cristiana del orden temporal se produzca de la misma manera y por los mismos medios que las demás transformaciones y revoluciones temporales. Si tiene lugar, será en función del heroísmo cristiano.

"La revolución social será moral o no existirá". Esta célebre frase de Charles Péguy puede ser entendida al revés.

«No significa: antes de transformar el régimen social es preciso que todos los hombres se hayan convertido a la virtud. Así comprendida, no sería sino un pretexto farisaico para eludir todo esfuerzo de transformación social. Las revoluciones son obra de un grupo de hombres relativamente poco numerosos que les consagran todas sus fuerzas: a ellos es a quienes la frase de Péguy se dirige.

«Significa: no podéis transformar el régimen social del mundo moderno sino provocando al propio tiempo – y primeramente en vosotros mismos – una renovación de la vida espiritual y de la vida moral, ahondando hasta los fundamentos espirituales y morales de la vida humana, renovando las ideas morales que presiden la vida del grupo social como tal y que despiertan en sus entresijos un ímpetu nuevo...

«Pues bien, el más verdadero y perfecto heroísmo, el heroísmo del amor, ¿nada tiene que decir aquí? Una vez ya reconocido, por la conciencia cristiana, el dominio propio de lo social, con sus realidades, sus técnicas, su "ontología" característica, la santidad cristiana, ¿no tendrá que trabajar también allí mismo donde trabaja el heroísmo particular de la hoz y el martillo, o del fascio, o de la cruz gammada? ¿Acaso no es hora de que la santidad descienda del cielo de lo sagrado (que le habían reservado cuatro siglos de estilo barroco) a las cosas del mundo profano y de la cultura, trabaje en transformar el régimen terrenal de la humanidad y haga obra social y política?

«Sí, ciertamente, a condición de que siga siendo santidad y no se pierda por el camino. Ahí está todo el problema.

«Para la comunidad cristiana hay dos peligros inversos, en una época como la nuestra: el peligro de no buscar la santidad sino en el desierto, y el peligro de olvidar la necesidad del desierto para la santidad; el peligro de encerrar exclusivamente en el claustro, de la vida interior y de las virtudes privadas el heroísmo que debe ofrecer al mundo y el peligro de concebir éste – cuando desborda sobre la vida social y se aplica a transformarla – como lo conciben sus adversarios materialistas, pervirtiéndolo y disipándolo en un tipo de heroísmo absolutamente exterior. El heroísmo cristiano no tiene las mismas fuentes que los otros; procede del corazón de un Dios flagelado y escarnecido, crucificado fuera de las puertas de la ciudad.

«Hora es ya para él de poner de nuevo mano en las cosas de la vida terrenal, como antaño en los siglos medievales, pero sabiendo bien que su fuerza y su grandeza son, por lo demás, de orden distinto» [4].

Una renovación social vitalmente cristiana será así obra de santidad o no existirá; y me refiero a una santidad vuelta hacia lo temporal, lo secular, lo profano. ¿No ha conocido el mundo jefes de pueblos que han sido santos? Si una nueva cristiandad surge en la historia, será obra de una tal santidad.


UN ESTILO NUEVO DE SANTIDAD

Henos aquí llegados a un nuevo y último problema, sobre el cual sólo diré pocas palabras. Si nuestras observaciones son exactas, hay derecho a esperar el crecimiento de una santidad de nuevo estilo.

No hablamos de un nuevo tipo de santidad; la palabra sería equívoca (el cristiano reconoce sólo un tipo de santidad eternamente manifestado en Cristo). Pero las cambiantes condiciones históricas pueden dar lugar a modos nuevos, a estilos nuevos de santidad. La santidad de Francisco de Asís tiene fisonomía distinta de la de los Estilitas; la espiritualidad de los jesuitas, la de los dominicos o la de los benedictinos responden a estilos diferentes. Puede así pensarse que el adquirir conciencia del oficio temporal del cristiano reclama un estilo nuevo de santidad, que se puede caracterizar, ante todo, como la santidad y la santificación de la vida profana.

En verdad, este estilo es nuevo, sobre todo respecto a ciertas concepciones erróneas y materializadas. Cuando éstas sufren una especie de postración sociológica – lo que frecuentemente ocurrió en la edad humanista clásica –, la distinción bien conocida de los estados de vida (estado regular y estado secular) comprendida en sentido material, se entiende de manera inexacta; el estado religioso, es decir, el de los que se entregan a buscar la perfección, es considerado entonces como el estado de los perfectos, y el estado secular como el de los imperfectos, de tal manera que el deber y la función metafísica de los imperfectos es el ser imperfectos y quedarse tales; llevar una vida mundana no demasiado piadosa y sólidamente anclada en el naturalismo social, ante todo en el de las ambiciones familiares. Hubiérase tenido por escandaloso que unos laicos tratasen de vivir de otro modo; se les pedía sólo que hiciesen prosperar en la tierra, por fundaciones pías, a los religiosos que, en cambio, les ganarían el Cielo; así se guardaba el orden debido.

Esta manera de concebir la humildad de los laicos parece haber estado bastante difundida en los siglos XVI y XVII. Así es como el catecismo explicado a los fieles del dominico Carranza, arzobispo entonces de Toledo, fue condenado por la Inquisición española, en vista del informe del célebre teólogo Melchor Cano. Este declaraba "completamente condenable la pretensión de dar a los fieles una instrucción religiosa que sólo conviene a los sacerdotes... Se elevaba así vigorosamente contra la lectura de la Sagrada Escritura en lengua vulgar, contra los que tomaban por tarea el confesar toda la jornada. El celo desplegado por los espirituales para llevar a los fieles a confesarse y a comulgar era, según él, bien sospechoso y se le atribuye haber dicho en un sermón que, a su parecer, uno de los signos de la venida del Anticristo era la gran frecuencia de sacramentos".

Más profundamente – y con ello abordamos una cuestión muy importante de la filosofía de la cultura – puede advertirse que existe una manera no cristiana, sino pagana, de entender la distinción entre lo sagrado y lo profano.

Para la antigüedad pagana, santo era sinónimo de sagrado, es decir, lo que – física, visible y socialmente – está al servicio de Dios. Y sólo en la medida en que las funciones sagradas la penetraban, la vida humana podía tener mi valor ante Dios. El Evangelio ha cambiado esto profundamente, interiorizando en el corazón del hombre, en el secreto de las relaciones invisibles entre la personalidad divina y la personalidad humana, la vida moral y la vida de santidad.

Desde entonces ya no se opone lo profano a lo sagrado como lo impuro a lo puro, sino como un cierto orden de actividades humanas; aquellas cuyo fin específico es temporal, se oponen a otro orden de actividades humanas socialmente constituidas para un fin específico espiritual. Y el hombre entregado a este orden profano o temporal de actividades puede y debe, como el hombre entregado al orden sagrado, tender a la santidad, para llegar él mismo a la unión divina y para atraer hacia el cumplimiento de las voluntades divinas el orden entero al cual pertenecen. De hecho, este orden profano, en cuanto colectivo, será siempre deficiente, pero debemos, no obstante, esforzamos en que sea lo que debe ser; pues la justicia evangélica requiere por sí el penetrarlo todo, el apoderarse de todo, el descender a lo más profundo del mundo.

Puede advertirse que este principio evangélico se ha traducido y manifestado progresivamente en los hechos, y su proceso de realización aún no está terminado.

Tales observaciones nos hacen comprender mejor la significación de ese nuevo estilo de santidad, de esa nueva etapa en la santificación de lo profano, de la que hablábamos antes. Agreguemos que ese estilo, por afectar a la espiritualidad misma habrá de tener, sin duda, caracteres particulares propiamente espirituales, por ejemplo, una insistencia sobre la simplicidad, sobre el valor de las vías ordinarias, sobre aquel rasgo específico de la perfección cristiana, de ser la perfección no de un atletismo estoico de virtud, sino de un amor entre dos personas, la persona creada y la Persona Divina, y, finalmente, sobre la ley de descendimiento del Amor increado a las profundidades de lo humano, para transfigurarlo sin aniquilarlo (de lo que hemos hablado en el capítulo precedente); ciertos santos de la edad contemporánea parecen haberse encargado de hacemos presentir la importancia de estos caracteres. Entra también en el orden de las cosas el que no sea en la vida profana, sino en ciertas almas ocultas al mundo (unas viviendo en el mundo, otras en lo alto de las más elevadas torres de la cristiandad, es decir, en las Ordenes más altamente contemplativas), donde comienza a aparecer ese nuevo estilo y ese nuevo impulso de espiritualidad, que desde allí ha de extenderse por la vida profana y temporal.


EL MISTERIO DEL MUNDO

Nos reservamos, para volver sobre ella después, esta cuestión del mundo y de su significación, que es capital para la filosofía cristiana y cuyos múltiples problemas reclaman estudio profundo. .. En este capítulo no hemos podido más que abordar lo exterior del asunto e indicar algunas posiciones generales que nos parecen importantes en principio.

Resumámoslas: creemos, que, en espera del más allá de la historia en que el reino de Dios se realizará en la gloria de la plena manifestación, la Iglesia es ya el reino de Dios en el orden llamado espiritual y en estado peregrino y crucificado; y que el mundo, el orden llamado temporal, este mundo encerrado en la historia, es un dominio compartido y ambiguo, a la vez de Dios, del hombre y del "príncipe de este mundo".

La Iglesia es santa; el mundo no lo es. Pero el mundo se salva en esperanza y en él actúa ya la sangre de Cristo, el principio vivificador de la Redención. Una obra divina y oculta se prosigue en la historia, y en cada edad de civilización, en cada "cielo histórico", el cristiano debe trabajar por una realización proporcionada (en espera de la realización definitiva del Evangelio, que es para después del tiempo), por una realización de las exigencias evangélicas y del saber práctico cristiano en el orden social-temporal, realización contrariada en sí, de hecho, y más o menos encubierta y deformada por el pecado; pero esto es otro asunto.

Considerados colectivamente los hombres, que más frecuentemente viven "según los sentidos" que según la razón, el trabajo de que hablamos (salvo si los cristianos mismos son los que faltan, en cuyo caso las fuerzas adversas se encargan de ello bajo el signo de la destrucción) es, según el curso ordinario de las cosas, tanto más combatido, tanto más traicionado cuanto más logra penetrar en la existencia; de ahí una necesidad de recomenzar, de reanudar el esfuerzo en su punto más bajo, obligando a la historia a superarse "de caída en caída", perpetuamente, hasta que llegue a su término.

NOTAS

1. Du Régíme Temporel et de la Liberté.

2. Bemard Groethuysen,. Origines de l'esprit bourgeois en France, I. L'Eglise et la Bourgeoisie, París, N. F. R., 1927.

3. Du Régíme Temporel et de la Liberté.

4. Du Régíme Temporel et de la Liberté.