Al hacer uso
de la palabra en esta Segunda Conferencia Internacional de la
UNESCO, quisiera referirme, ante todo, a dos observaciones hechas
por el presidente León Blum el 19 de noviembre de 1945,
cuando habló en la Conferencia establecida por la Organización.
En aquella oportunidad, León Blum recordó que poco
antes, en 1944 y en la ciudad de San Francisco, la delegación
francesa había propuesto que se adoptara una moción
cuya primera cláusula establecía que «la
paz entre las naciones, si ha de ser justa y duradera, debe basarse
en la comprensión y el conocimiento recíprocos».
Luego, el señor Blum agregó: «Lo que todos
nosotros deseamos (no sólo los aquí reunidos, sino
también aquellos cuya ocasional ausencia lamentamos) es
contribuir a lograr la paz y la seguridad internacionales, así
como el bienestar de los pueblos del mundo, como lo establece
el libro oficial de la Conferencia de Ministros, en su primera
proposición».
Al referirse
al pedido de la delegación francesa de presidir la Comisión
Preparatoria establecida en París, Blum dijo lo siguiente: «Os rogamos no interpretar nuestra Solicitud como algo
que Francia considera como derecho surgido de alguna prerrogativa
intelectual o espiritual. Los méritos de Francia, en este
sentido, son más antiguos que los de otras naciones; no
son, empero, más gloriosos. Si tuviéramos alguna
ventaja, ésta derivaría del hecho de que la cultura
francesa siempre tendió hacia la universalidad, y por que
en Francia hay una añeja tradición de generosidad
y liberalidad con respecto a las cuestiones del espíritu,
que concuerda con el carácter de la futura organización.
Dicha ventaja derivaría asimismo del hecho de que en Francia
todas las ramas o formas de la civilización humana
las ciencias, la cultura general, la literatura, las artes y la
técnica, en cuanto ésta linda con el arte ,
siempre se desarrollaron en forma pareja y relación recíproca.»
A mi juicio,
estas palabras del señor Blum expresan en forma adecuada
la contribución que puede esperarse del espíritu
francés, como aporte a la obra común de una organización
en la que todas las culturas y civilizaciones deben desempeñar
su papel, cada cual animada por su propio y peculiar espíritu,
ya proceda del orbe de habla latina o del orbe de habla inglesa,
ya provenga del cercano Oriente o del lejano Oriente, y en la
que la investigación y la indagación paciente y
experimental, de acuerdo con principios racionales, ha de complementarse
con las contribuciones particulares. Las observaciones del señor
Blum tienen también gran valor para un filósofo
como lo soy yo cuya vocación le exige examinar
las cosas en sus aspectos universales y esforzarse por extraer
de la realidad los principios de una síntesis inteligible.
De manera que me siento estimulado a llamar vuestra atención
sobre ciertos problemas generales que me parecen de importancia
decisiva.
Nuestra Conferencia
se reune en un momento particularmente grave de la historia del
mundo; en un momento en que nos hallamos frente a crecientes tensiones
y antagonismos internacionales, cuyos peligros no podemos ignorar,
y cuando vastos sectores de la opinión pública están
a punto de caer víctimas de la obsesión del espectro
de la catástrofe y de que la guerra es inevitable. La angustia
de los pueblos estalla como las olas al romper en todas las riberas.
En este mundo
postrado por las aflicciones de la postguerra y aplastado por
el pesado manto de las rivalidades económicas, políticas
e ideológicas, ¿no deberán, aquellos que
están dedicados a las obras del espíritu y que sienten
la responsabilidad de su misión, hacer oír la voz
del instinto primario de conservación, del inmenso anhelo
de paz y de libertad? ¿No deberán repudiar la muerte
y la desdicha que, a pesar de una extraña y aparente pasividad,
más se asemeja a la desesperación que a la fortaleza
del alma, y que conmueve las más recónditas profundidades
de la conciencia humana? ¿No habrán de proclamar
que resignarse al desastre es la peor de las locuras? ¿Que
el miedo y los reflejos engendrados por el miedo, si nos entregamos
a ellos, atraen los peligros más temidos? ¿Que cuanto
más dramática se hace la situación de los
pueblos y cuanto mayor firmeza y claridad de visión exige
a los estadistas, tanto más vigorosamente será menester
denunciar que la idea del carácter inevitable de la guerra,
es como una rendición fatal de la inteligencia y dignidad
humanas? ¿No deberán, aunque sólo sea por
el honor del género humano, apelar a la conciencia de los
hombres, que debe despertar, y de la que depende todo el resultado
de esta lucha contra un suicidio colectivo, y el establecimiento
real de la paz?
Bien sé
que estas declaraciones no son propias de la esfera de actividad
de la UNESCO ni de esta conferencia. Pero por lo menos puedo aducir
que la situación actual nos lleva forzosamente a recordar
que la misión de la UNESCO consiste en contribuir eficazmente
como lo dijo León Blum en el discurso que acabo
de citar a lograr la seguridad y la paz internacionales.
También puedo afirmar, como Archibald Mac Leisch lo señaló
en la segunda reunión del Consejo Ejecutivo, que la UNESCO
no se creó para buscar el progreso teórico de la
educación, la ciencia y la cultura, sino para emplear la
educación y la ciencia y la cultura en la obra concreta
y positiva de paz que ha de establecerse entre los pueblos.
Este objetivo
práctico de nuestra organización es el que deseo
destacar. Al mismo tiempo procuraré analizar su contenido.
I.
TRES PROBLEMAS
Antes de referirme
a la obra específica de la UNESCO, me tomaré la
libertad de hacer algunas observaciones referentes a problemas
que surgen inevitablemente al considerar el objetivo práctico
a que acabo de referirme y que tienen importancia para la conciencia
personal de cada uno de nosotros. Porque, en efecto, la tarea
preliminar que condiciona y prepara la obra de paz que puede llevarse
a cabo en el mundo y en la conciencia humana no puede realizarse
sólo mediante ideas, ni únicamente
a través de hechos y cifras.
Aquí es menester un esfuerzo de las facultades espirituales
del hombre para sacar a la luz las dificultades esenciales y para
llegar a decisiones respecto de ellas; y semejante esfuerzo sólo
puede nacer de una meditación personal a la que se comprometa
cada individuo.
Las primeras
cuestiones que se presentan al espíritu de quien medita
seriamente acerca de las condiciones necesarias para lograr una
paz justa y duradera, son evidentemente aquellas suscitadas por
la idea de una organización supranacional de los pueblos
del mundo. Todos tenemos noción de los obstáculos
que surgirían si tal idea se llevara a la práctica;
esos obstáculos son hoy aún mayores que inmediatamente
después de obtener la victoria. Actualmente, una organización
mundial verdaderamente supranacional está fuera de la esfera
de las posibilidades. Con todo, un filósofo dejaría
de cumplir con su deber si no agregara que eso que hoy es imposible,
es sin embargo necesario, y que sin tal organización no
puede concebirse el establecimiento de una paz justa y duradera.
Síguese de ello que la primera obligación que incumbe
a los hombres de hoy es trabajar con todas sus fuerzas para hacer
posible lo que es necesario.
Si hablamos
a los especialistas de derecho internacional sobre las ideas expuestas
por Emery Reves en su Anatomía de la paz,
si les decimos que el advenimiento de un estado de paz permanente
presupone necesariamente el abandono del concepto de la soberanía
nacional absoluta, y exige que las relaciones entre las naciones
se regulen no ya por tratados sino por la ley, nos responderán
que esas ideas no son nuevas para ellos, que están enterados
de todo eso hace ya mucho tiempo. Lo que también saben
muy bien es que, en la actual estructura del mundo, tal como la
formó la historia, y precisamente porque se basa en la
soberanía absoluta de los Estados todos los caminos que
Estados y gobiernos, aun deseándolo, podrían tomar
para llegar a semejante transformación, están obstruidos
por impedimentos insuperables.
¿Qué
otra cosa hemos de sacar en conclusión de esto, sino que
dicha transformación, si es que alguna vez se alcanza,
lo hará por otros caminos? Pienso que lo hará a
través de un impulso, nacido de la conciencia humana y
de la voluntad de los pueblos, impulso tan vasto y poderoso que
se impondrá a Estados y gobiernos, aun a los menos dispuestos
a conceder libre curso a los movimientos espontáneos de
la opinión. Si existe un esfuerzo tendiente a lograr una
transformación creadora en apoyo de la cual los hombres
de buena voluntad pueden apelar a los pueblos de la tierra (y
hasta se unirían a ese impulso algunas corrientes irracionales,
como habitualmente suele ocurrir en tales casos), ese esfuerzo
es precisamente el encaminado a lograr una comunidad supranacional
fundada en la ley, y dirigida, dentro de los límites de
sus poderes bien definidos, por hombres cuyas funciones los invistan
de una ciudadanía que en sí misma sea supranacional.
¿Es
capaz el mundo de realizar tal esfuerzo? ¿Qué crisis
serán aún necesarias para convencer a los hombres
de que ese esfuerzo es indispensable? Todo cuanto podemos decir,
sin ser indebidamente optimistas, es que se ven ya algunos signos
preliminares. No deja de tener significación el hecho de
que en 1945, bajo la autoridad del doctor Robert M. Hutchins,
se fundara en los EE. UU. una Comisión de intelectuales
y educadores, para estructurar una constitución mundial,
inspirada en la iniciativa del 'Federalista' de la época
de las luchas por la constitución de los EE. UU. de América.
No deja de tener significación (y para mí es un
privilegio tener el honor de recordarlo ahora) el hecho de que
uno de los párrafos del preámbulo de la Constitución
de la Cuarta República Francesa esté redactado en
los siguientes términos: «Con la condición
de reciprocidad, Francia consiente las limitaciones de soberanía
necesarias para organizar la paz.»
Permítaseme
ahora detenerme un momento en una observación que, aunque
sea un lugar común, exige, creo, que le prestemos toda
nuestra atención. Me refiero al hecho de que en la historia
humana las realizaciones del espíritu siempre quedaron
rezagadas con respecto a los hechos materiales y a los acontecimientos
positivos. Hoy día no hay lugar a dudas de que el espíritu
ha fracasado en buen número de tareas esenciales que el
mundo esperaba de él, y cuya no realización puede
muy bien costar cara. Nuestra atmósfera intelectual permanecerá
viciada mientras no se planteen claramente algunos problemas decisivos
y no se proponga a los hombres su solución; por lo menos
en lo tocante a la verdad intrínseca de la cuestión.
Citaré sólo tres de estos problemas, cada uno de
naturaleza bien distinta.
El
primero es el problema del maquiavelismo y de la
Realpolitik. La rehabilitación del mundo de postguerra
exigía imperiosamente que (si no, desgraciadamente, en
la conducta de los Estados, por lo menos sí en la conciencia
de los pueblos y en la inteligencia común) comprendiéramos
que es un engaño criminal la máxima que expresa
que la política es ajena al bien moral y a la maldad.
Debíamos
comprender que el maquiavelismo, por más que pueda obtener
éxitos inmediatos, lleva a la larga, y en virtud de su
propia naturaleza, a la ruina; que el maquiavelismo absoluto devora
inevitablemente al maquiavelismo moderado y que el principio y
las virtudes del maquiavelismo, ya se trate del maquiavelismo
absoluto o del maquiavelismo moderado, sólo pueden vencerse
por obra del principio y de las virtudes de la auténtica
justicia política, en un clima espiritual apropiado para
el desarrollo de una determinación heroica.
El
segundo problema se refiere a la transgresión moral
colectiva en que un pueblo puede incurrir y a la recuperación
moral colectiva. Para el pensamiento especulativo, así
como para el juicio práctico, ya no hay dificultad alguna,
ya no existe ningún problema peligroso; pero éste
no es un motivo para rehuir el problema. Aunque nunca hubiéramos
sido testigos de los crímenes cometidos por la Alemania
nazi contra la humanidad, este problema igualmente nos habría
agobiado. No es conveniente que los hombres no estén enterados
de ello.
Ninguna nación
está exenta de culpa, por cierto; en los distantes orígenes
de los conflictos que se desarrollaron en el curso de la historia,
toda nación puede tener mayores o menores motivos para
acusarse a sí misma. Pero no es ésta la cuestión,
ni la cuestión está tampoco en el hecho de que las
faltas cometidas por un Estado y por sus jefes políticos
comportan sanciones históricas que la nación debe
aceptar no sólo como inevitables, sino como justificadas.
La verdadera cuestión se refiere a la conciencia o a la
falta de conciencia del mal en virtud de la cual los pueblos consienten
en contaminarse, y mediante la cual los miembros de una comunidad
(aun aquellos que permanecieron personalmente inmunes, aun los
que lucharon contra ese mal) reconocen o no reconocen que la comunidad
fue culpable.
No está
bien que un pueblo se humille ante otros, pero tampoco es bueno
que un pueblo se encastille en un orgullo inquebrantable. Hay
una forma de golpearse el pecho y de aceptar la abyección,
que destruye la dignidad de un pueblo; pero existe también
una manera de rehusarse a golpearse el pecho, engañando
la propia conciencia y alimentando rencores, forma que destruye
la dignidad tan despiadadamente como la anterior.
¿No
hay modo de salir de este dilema? ¿No hay forma de reconocer,
con pesar y fuerza de ánimo, las faltas de la comunidad
a que pertenecemos, y de desear a toda costa que la comunidad
las repare y las expíe, de manera que para un pueblo resuelto
a rehabilitarse moralmente, sea a la vez una prueba y una garantía
de su dignidad? Después de haber deseado esclavizar al
mundo y después de haber confiado en un Führer de perdición, anteponiendo los intereses nacionales a cualquier
otra consideración, el pueblo alemán sufrió
una derrota sin precedentes. Hoy los alemanes están sufriendo
penosamente y es nuestro deber, como seres humanos, compadecerlos
en su dolor. Pero lo realmente trágico, para ellos, hubiera
sido que tales sufrimientos resultaran vanos y que no alcanzaran
a despertar en ellos la conciencia de sus responsabilidades, junto
con un espanto por el mal cometido, y la voluntad de prestar dignos
servicios a la comunidad humana en una atmósfera morar
purificada. Todas las naciones deben ayudar al pueblo alemán
para que no caiga en la desesperación. Les toca hacerlo
a aquellos que anhelan la rehabilitación espiritual del
pueblo alemán, particularmente a quienes, dentro de la
propia Alemania, rigen los intereses morales y religiosos, y también,
y sobre todo, es su deber decirles la verdad, no para humillarlos
o abrumados, sino para darles lo que ellos tienen derecho a esperar
en su desgracia, que es la condición primaria de su renacimiento
moral. Aquí es necesario, más que nunca, reafirmar
la primacía de lo espiritual. Si, en las profundidades
de la conciencia alemana no se despiertan al unísono el
arrepentimiento y la esperanza un arrepentimiento viril
y una recta esperanza el problema alemán continuará
agobiando de desdicha al mismo pueblo alemán, y constituirá
un obstáculo para el logro de la paz mundial.
El tercer problema, cuya urgencia comprendemos todos, es el problema
del valor humano y del empleo humano de la ciencia y de
la técnica. El advenimiento de la era atómica
expuso repentinamente al mundo el aspecto terrible de este problema.
El hombre ya no cree que la ciencia y la perfección de
la técnica puedan por sí mismas asegurar el progreso
y la felicidad del género humano.
Más
bien se siente invadido de terror al contemplar la destrucción
y las calamidades que la ciencia y la perfección técnica
pueden llevar a cabo. Los científicos están haciendo
su examen de conciencia. Y nosotros debemos considerar con profundo
respeto y en un sincero intento de comprensión, el angustioso
drama de un hombre de ciencia genial como lo es Alberto Einstein.
No basta con
llamar la atención de los pueblos sobre las catástrofes
mundiales de destrucción a que pueden conducir los descubrimientos
de la física moderna, si estallara un nuevo conflicto armado.
El miedo no basta para hacer sabios a los hombres. Y tampoco basta
con decirles que esos mismos descubrimientos, empleados con fines
de paz, pueden abrir perspectivas inauditas de prosperidad y libertad
al género humano. Una posibilidad no basta para crear la
felicidad. Lo que hace falta es que la inteligencia humana tenga
conciencia del hecho de que hemos entrado en una era decisiva
de nuestra historia, en un período en que, so pena de muerte,
los gigantescos elementos de poder obtenidos por el dominio científico
de la naturaleza han de subordinarse a la razón, período
en que es necesario superar las tentaciones irracionales a que
están sometidos los seres humanos, especialmente en su
existencia colectiva. Asimismo, es necesario comprender que hay
una jerarquía interna y una interrelación vital
entre las virtudes del alma humana, de suerte que mientras la
esfera de la ciencia trata de los medios,
la esfera de los fines corresponde a algo que no
es ciencia, a algo que no puede compararse con ella y que se llama
sabiduría.
No podremos
asegurar ni la paz ni la libertad ni la dignidad en el mundo del
futuro, mientras en las estructuras de la civilización
y en la conciencia de los hombres (y en la de los propios hombres
de ciencia) la ciencia y la sabiduría no se hayan reconciliado,
y en tanto que la aplicación práctica de la ciencia
no esté rigurosamente subordinada a la recta voluntad ética
y a los verdaderos fines de la vida humana.
Hubo un tiempo
en que todos esperábamos que la ciencia resolviera o eliminara
los problemas de la ética, la metafísica y la religión;
entonces confiábamos en que los hombres de ciencia constituyeran
un día la autoridad espiritual que condujera a la humanidad
hacia las verdes praderas del progreso necesario. Hoy tenemos
que defender a la ciencia contra aquellos que, después
de haberle exigido más de lo que ella podía dar,
la acusan ahora, con igual sinrazón, de estar en quiebra.
Y, por otra parte, vemos cómo algunos hombres de ciencia
han comenzado un grave examen interior, en el que consideran la
relación entre su conciencia como seres humanos y el posible
empleo de su obra como hombres de ciencia. Y hasta los vemos en
peligro de que los Estados los traten como a meros agentes industriales
o que les asignen un valor especial, según sea el rendimiento
propio, en materia de descubrimientos. Lo que aquí está
en peligro es la dignidad misma de la ciencia y del científico.
Y para conservar y preservar esa dignidad, así como para
enderezar las aplicaciones de la ciencia hacia el bienestar del
mundo y no hacia su destrucción, la humanidad precisa una
vigorosa renovación de las disciplinas de la sabiduría,
necesita volver a integrar verdades éticas, metafísicas
y religiosas, en su cultura, y llegar a la reconciliación
de la ciencia y de la sabiduría a que me referí
más arriba.
II ¿LOS HOMBRES INTELECTUALES DIVIDIDOS PUEDEN
COOPERAR EN CUESTIONES PRÁCTICAS?
He hablado
de unos pocos problemas que nos interesan a todos, porque se refieren
a ciertas condiciones espirituales y culturales relacionadas con
el establecimiento de la paz, a cuya realización la UNESCO
espera contribuir. Mis observaciones finales tratarán acerca
de otro tipo de problema, la cuestión referente a la obra
propia de la UNESCO y al tipo de acuerdo indispensable para realizar
esa obra, a que puede llegarse a través de una diversidad
de opiniones.
A primera
vista hay algo paradójico en la misión de la UNESCO:
ésta implica un acuerdo intelectual entre hombres cuyas
concepciones del mundo, de la cultura y del conocimiento mismo
son diferentes y hasta opuestas. A mi juicio, nos toca a nosotros
abordar esta paradoja que, en el fondo, no es sino una expresión
de la precaria situación actual del espíritu humano.
Al pensamiento
moderno se le ha aplicado, y no sin razón, el rótulo
de babelismo; y en verdad, nunca los espíritus
de los hombres estuvieron tan profunda y cruelmente divididos
como hoy. Cuanto más dividido se halla el pensamiento humano
en innumerable compartimientos de especialización, tanto
más difícil se nos hace adquirir conciencia de las
filosofías implícitas a las que, quiera que no,
cada uno de nosotros está verdaderamente entregado. Las
doctrinas y las creencias, las tradiciones espirituales y las
escuelas de pensamiento entran en conflicto sin que les sea posible
comprender siquiera los signos que las otras emplean para expresarse.
La voz de cada ser humano no es sino ruido para sus semejantes.
Y por más que profundicemos, ya no encontramos un fundamento
común del pensamiento especulativo. No existe un lenguaje
común del pensamiento.
¿Cómo,
pues, en estas circunstancias, puede concebirse una concordancia
entre hombres reunidos con el fin de cumplir conjuntamente una
tarea referente al futuro del espíritu, entre hombres que
provienen de los cuatro puntos cardinales de la tierra y que pertenecen
no sólo a diferentes culturas y civilizaciones, sino a
diferentes corrientes espirituales y a escuelas de pensamiento
antagónicas? ¿Debería una constitución
oficial como la UNESCO abandonar la partida, desistir de todo
empeño por lograr una comunidad de concepciones y principios,
y darse por satisfecha con compilar sólo documentos, informes,
datos positivos y estadísticas? ¿O debería,
por el contrario, esforzarse por establecer alguna conformidad
artificial de los espíritus y por definir algún
común denominador doctrinario que, en el curso de
la discusión, quedaría igualmente desvanecido?
Creo que la
solución ha de buscarse en una dirección diferente;
precisamente porque, como lo señalé al comienzo,
la meta de la UNESCO es una meta práctica, el acuerdo entre
sus miembros sólo podrá alcanzarse espontáneamente,
no sobre nociones especulativas comunes, sino sobre nociones prácticas
comunes; no sobre la afirmación de una concepción
semejante del mundo, del hombre y del conocimiento, sino sobre
la afirmación de igual serie de convicciones concernientes
a la acción.
Desde luego
que esto es muy poco; pero es en verdad el último refugio
de la concordancia intelectual entre los hombres. Sin embargo,
basta para emprender una gran obra, y ya habríamos adelantado
mucho si descubriéramos cuál es esté cúmulo
de convicciones prácticas comunes.
Quisiera hacer
notar aquí que la palabra ideología
y la palabra principio pueden entenderse de dos
maneras muy diferentes. Acabo de afirmar que el estado actual
de división intelectual entre los hombres no permite llegar
a un acuerdo sobre una ideología especulativa común, ni sobre principios explicativos comunes.
Sin embargo, cuando, por el contrario, se trata de la ideología práctica fundamental y los principios fundamentales
de acción que reconoce de manera vital en
la actualidad la conciencia de los pueblos libres si bien no formulada,
ocurre que ellos constituyen grosso modo una especie de
base común, una especie de ley común no escrita
en la que coinciden ideologías teóricas y tradiciones
espirituales extremadamente diferentes. Comprender esto basta
para distinguir claramente entre las justificaciones racionales
(que son inseparables del dinamismo espiritual de una doctrina
filosófica o de una fe religiosa) y las conclusiones prácticas
que, justificadas separadamente para cada uno, son para todos,
analógicamente, principios comunes de acción.
Estoy plenamente
convencido de que mi manera de justificar la creencia en los derechos
del hombre y en el ideal de la libertad, de la igualdad y de la
fraternidad es la única basada sólidamente en la
verdad. Esto no me impide estar de acuerdo, sobre tales principios
prácticos, con aquellos que están persuadidos de
que su modo de justificar esa creencia y ese ideal (procedimiento
completamente diferente del mío, o hasta opuesto al mío
en su dinamismo teórico), es también el único
que se basa en la verdad.
Suponiendo
que un cristiano y un racionalista crean en la carta democrática,
ambos la justificarán de maneras incompatibles entre sí;
ambos estarán empeñados en esas justificaciones
con su alma, con su inteligencia y con su sangre, y lucharán
por ellas. ¡Y Dios me guarde de afirmar que carece de importancia
saber cuál de los dos tiene razón! Eso es de una
importancia esencial. Pero lo cierto es que el cristiano y el
racionalista se hallan, así y todo, de acuerdo sobre la
afirmación práctica de la carta democrática,
y que, conjuntamente, pueden formular principios comunes de acción.
Así,
pues, puede superarse, a mi juicio, la paradoja a que me referí
poco antes. El acuerdo ideológico necesario entre quienes
trabajan para que la ciencia, la cultura y la educación
contribuyan a establecer una paz verdadera, queda restringido
a cierto conjunto de puntos prácticos y de principios prácticos
de acción. Pero, dentro de esos límites, hay y debe
haber una concordancia ideológica que, si bien es de naturaleza
meramente práctica, no por ello deja de tener gran importancia.
En la justificación que cada cual hace de ese cúmulo
de principios prácticos, cada cual se compromete por entero,
con todas sus convicciones filosóficas y religiosas, porque,
¿cómo se podría hablar con fe, si no fuera
a la luz de las convicciones especulativas que animan el propio
pensamiento? Pero, lo que no tenemos derecho a hacer es pedir
que los demás compartan nuestra propia justificación
de los principios prácticos que defendemos. Y los principios
prácticos a que aludimos forman una especie de carta magna
indispensable para toda acción común efectiva y
cuya formulación importa al bien mismo y al éxito
de la tarea de establecer la paz, a la que están dedicados
los esfuerzos comunes.
Ésta
es la razón por la cual considero pertinente destacar la
importancia decisiva aunque limitada al orden puramente
práctico de la ideología común a que
la UNESCO apeló desde el momento de su fundación.
Pienso especialmente en la declaración de principios contenida
en el preámbulo redactado en la Conferencia de Londres,
en el cual se afirma, entre otras cosas, «que la grande
y terrible guerra que acaba de terminar fue hecha posible por
la negación del ideal democrático de la dignidad
y la igualdad y del respeto por la persona humana, y por la voluntad
de sustituir tal ideal haciendo valederos la ignorancia
y los prejuicios por el dogma de la desigualdad de las
razas y de los hombres». Y «que, puesto que
la dignidad del hombre requiere que la cultura y la educación
se hagan accesibles a todos con miras a promover la justicia,
la libertad y la paz, todas las naciones tienen, a este respecto,
obligaciones sagradas que cumplir en un espíritu de ayuda
recíproca». Por eso creo que una de las tareas
más importantes emprendidas por las Naciones Unidas es
la nueva declaración de los derechos del hombre, que la
UNESCO está ayudando a redactar. (El 10
de diciembre de 1948, las Naciones Unidas adoptaron y proclamaron
esta nueva declaración.)
Desde un punto
de vista más general diré que, si bien es cierto
no sólo que el objetivo de la tarea de la UNESCO es un
fin práctico, sino también que de ese fin práctico
dependen la armonía de los espíritus en el seno
de la organización y la efectividad de su acción,
¿no es obvio acaso que la Organización de las Naciones
Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura puede
cumplir más eficazmente la difícil obra que le fue
encomendada y la realización de las esperanzas de los pueblos,
concentrando su actividad primordialmente en un pequeño
número de objetivos de amplio alcance? En anteriores ocasiones
los representantes de Francia ya sostuvieron este punto de vista.
Quisiera agregar
otra recomendación: no deberíamos dedicar a las
ciencias humanas menos interés y atención que a
las ciencias físicas. ¿No creemos acaso que el conocimiento
del hombre y el desarrollo de un nuevo humanismo son, en
el orden de la ciencia y de la cultura, lo más importante
en la preparación de una paz duradera? Por otra parte,
el conocimiento del hombre es mucho más difícil
y está mucho menos adelantado que el conocimiento del mundo
físico; tiene, pues, mayor necesidad de que se lo fomente
y apoye. A este respecto, nos sorprende ver que, hasta ahora,
en el presupuesto de la UNESCO, los créditos asignados
a gastos administrativos son considerablemente mayores que los
destinado a empresas de creación y que, aun dentro de esta
última categoría, los fondos proyectados para las
ciencias humanas para esa ciencia de las relaciones humanas
cuya importancia destacó acertadamente el presidente Roosevelt
fueron mucho menores que los destinados a las ciencias
materiales de la naturaleza.
También
quisiera añadir que poner la ciencia, la cultura y la educación
al servicio de las tareas de la paz, no significa separar la organización
de la obra científica de la acción pro establecimiento
de la paz, de manera tal que por un lado, nos concentráramos
en análisis y planificaciones puramente teóricos
y supuestamente exhaustivos, y por otro, limitáramos nuestra
actividad práctica
para establecer la paz a un mero esfuerzo por difundir los ideales
de la UNESCO mediante las técnicas de la propaganda en
gran escala.
Nuestra tarea
específica consiste más bien en organizar la obra
científica en sí, como la obra cultural y educativa,
con miras al logro de la paz que ha de promoverse. Desde un primer
momento, la Organización debería tender a esa meta
práctica, apoyando a la ciencia en su búsqueda de
la verdad, fomentando la cooperación internacional entre
estudiosos y hombres de ciencia y urgiéndolos a que unan
sus fuerzas en la tarea de ilustrar la conciencia común;
de este modo podríamos lograr interesar al mundo de la
ciencia y de la cultura, así como al público en
general, en la obra de paz que persigue la UNESCO.
De todos modos,
lo que procuré señalar en esta última parte
de mi mensaje es la naturaleza práctica de la meta que
todos nos esforzamos por alcanzar y la necesidad de que nuestra
tarea se base en convicciones prácticas y en principios
prácticos sostenidos en común. La finalidad de la
UNESCO consiste en contribuir a la paz del mundo, a la seguridad
internacional y al bienestar duradero de los pueblos, empleando
como instrumentos la educación, la ciencia y la cultura.
Todos sabemos
que no puede haber paz sin justicia. Sabemos que, según
las palabras del Preámbulo a que me referí poco
antes, «puesto que las guerras nacen en el espíritu
de los hombres, en el interior del espíritu de los hombres
es donde hay que erigir las defensas de la paz». Y sabemos
también que si la obra de paz ha de prepararse en el pensamiento
de los hombres y en la conciencia de las naciones, será
a condición de que los espíritus lleguen a estar
profundamente convencidos de la verdad de principios tales como
éstos: la buena política es primeramente y ante
todo una política justa; cada pueblo debe esforzarse por
comprender la psicología, el desarrollo, las tradiciones,
las necesidades materiales y morales, la dignidad propia y la
misión histórica de los demás pueblos, porque,
cada nación debería buscar no sólo sus propias
ventajas, sino el bien común del conjunto de las naciones;
esta comprensión mutua y este sentido de la comunidad civilizada,
si bien suponen (teniendo en cuenta los antiguos hábitos
formados a lo largó de la historia humana) una especie
de revolución espiritual; responden, ello no obstante,
a apremiantes necesidades públicas en un mundo que, desde
ahora, es un mundo de vida o de muerte, mientras permanezca desastrosamente
dividido en cuanto a las pasiones e intereses políticos;
colocar el interés nacional por encima de todas las cosas
es un medio seguro de perderlo todo; una comunidad de hombres
libres sólo puede concebirse si en ella se reconoce que la verdad es la expresión de lo que es,
y que el derecho es la expresión de lo que es justo y no de lo que es más ventajoso en un momento dado, para
los intereses de un grupo; no es lícito quitar la vida
a un hombre inocente porque éste haya llegado a ser inútil
o un peso gravoso para la nación, o porque sea un obstáculo
para las empresas exitosas de cualquier grupo dado; la persona
humana está dotada de una dignidad que el bien mismo de
la comunidad presupone y debe respetar por sí misma, y
tiene además (ya sea como persona cívica, como persona
social o como persona obrera) ciertos derechos fundamentales y
ciertas obligaciones fundamentales; el bien común está
por encima de los intereses privados; el mundo del trabajo tiene
derecho a las transformaciones sociales requeridas por su desarrollo
en la historia humana, y las masas tienen derecho a participar
del tesoro común de la cultura y del espíritu; el
dominio de la conciencia es inviolable; los hombres de diferentes
creencias y de diferente formación espiritual deben reconocer
los derechos de los demás como conciudadanos en la comunidad
civilizada; es deber del Estado, por amor al bien común,
respetar la libertad religiosa, así como la libertad de
investigación; la igualdad básica de los hombres
hace que los prejuicios de raza, de clase o de casta, y las diferencias
raciales se conviertan en ofensas contra la naturaleza humana
y la dignidad de la persona, y en una temible amenaza para la
paz.
Si una declaración
de paz digna de tal nombre, firme y duradera llega a establecerse
un día entre los pueblos de la tierra, ello dependerá
no sólo de los pactos económicos y financieros concertados
por diplomáticos y estadistas, dependerá no sólo
de la constitución jurídica de un organismo verdaderamente
supranacional y coordinado, dotado de medios eficaces de acción,
sino que también dependerá de la profunda adhesión
de la conciencia humana a principios prácticos tales como
los que acabo de señalar. Y, para decir las cosas como
son, dependerá también de ese alma más
grande que, según Bergson necesita nuestro mundo, que
se ha hecho técnicamente grande; y también de un
victorioso fluir de esa suprema y libre energía que desciende
a nosotros desde lo alto y cuyo nombre es, como sabemos
cualquiera sea nuestro credo religioso o nuestra escuela de pensamiento
, amor fraternal, nombre que los Evangelios
pronunciaron en tal forma, que conmovió para siempre la
conciencia del hombre.