NOVEDAD DEL DISCURSO SOCIAL DE JUAN PABLO II
Sergio Bernal Restrepo S.J.
El pontificado de Juan Pablo II no solamente ha sido uno de los más largos de la historia, sino que ha sobresalido por su riqueza doctrinal y esto vale particularmente en el campo de la doctrina social. Una reflexión sobre el pensamiento de este gran hombre nos revela que, aunque quizá no hay muchas cosas nuevas, se puede hablar de una gran novedad. ¿Cómo se explica esta aparente contradicción?
Con frecuencia el Papa habló de las "cosas nuevas y viejas", con una clara referencia al escriba del Evangelio. Mucho insistió también, sobre la "continuidad y renovación" del discurso social católico. Los autores tienen la tendencia a señalar períodos muy precisos en la historia de los cien años transcurridos desde la Rerum novarum (RN) hasta la Centesimus annus (CA). Algunos indican el pontificado de Juan XXIII como el momento del cambio, mientras otros señalan el Vaticano II. A mi manera de ver, el verdadero cambio se da con el magisterio del Papa Wojtyla. En realidad, Juan XXIII introdujo una metodología más inductiva, lo que lo llevó a considerar algunos problemas inéditos como la socialización, y abandonó la actitud apologética. Pero, en el fondo, dejó prácticamente intacta la naturaleza del discurso. El Vaticano II, con la Gaudium et spes (GS) abre la reflexión teológica y centra el discurso en torno a la antropología [1], pero, en cuanto a los contenidos, no va mucho más allá de las dos encíclicas de Juan XXIII, que resumieron, enriqueciéndolo, el magisterio de Pío XII. Con todo, hay que aceptar que la Constitución pastoral marcó una etapa nueva en cuanto a la actitud de la Iglesia de ponerse en diálogo con el mundo con la posibilidad, inclusive, de aprender algo de él.
Juan Pablo II toma la GS como punto de partida y hace de todo su magisterio una estupenda y profunda catequesis del documento conciliar, sobre todo de los primeros capítulos y, muy especialmente analiza el sentido de los números 22 y 24 en los que se afirma que Cristo revela plenamente el sentido del hombre al hombre y que el hombre es la única criatura que Dios ha amado por sí misma. Es necesario advertir que la correcta interpretación del magisterio de Juan Pablo II supone conocer el pensamiento de Karol Wojtyla, el hombre que en su diálogo con la fenomenología husserliana, y mediante la experiencia del Vaticano II, logró hacer una estupenda síntesis de su pasado neo tomista con la metafísica personalista. Wojtyla no rompió propiamente con la escolástica, pero recorrió un camino muy distinto que, entre otras cosas, lo llevó a pensar en la persona concreta, no en la noción abstracta propia de la filosofía tradicional. De esos hombres y mujeres situados e históricos, hizo el camino que la Iglesia tiene que recorrer en el desempeño de su misión.
No es fácil interpretar al Papa. Su pensamiento eslavo es profundo y, aparentemente, repetitivo, pero, en realidad lo que parece una redundancia representa una profundidad siempre creciente. A diferencia de otros Papas, Juan Pablo II es social en todo su magisterio y ello requiere un esfuerzo de interpretación nada fácil, pues supone el conocimiento de todos sus grandes documentos y de cada uno de ellos, punto por punto.
Lo dicho se aplica de manera particular a la primera encíclica de su pontificado, la Redemptor hominis (RH) que es la clave de lectura del pensamiento wojtyliano. En general se puede decir que la primera encíclica de un Papa es programática y esto vale especialmente de Juan Pablo II [2]. En cierta manera en ella están presentes todos los temas que encontraremos en los 27 años de servicio pastoral. La clave de lectura es la antropología cristológica y el mismo Papa, en su segunda encíclica, Dives in misericordia, describe la RH, curiosamente, como una encíclica sobre el hombre [3].
Toda la realidad es vista por el Papa desde la perspectiva de la persona. Así, por ejemplo, reflexionando sobre el fantástico progreso que ha alcanzado la humanidad, afirma que la primera inquietud de todo cristiano tiene que referirse a la cuestión esencial y fundamental: ¿este progreso, cuyo autor y fautor es el hombre, hace la vida del hombre sobre la tierra, en todos sus aspectos, "más humana"?; ¿la hace más "digna del hombre"? [...] si el hombre, en cuanto hombre, en el contexto de este progreso, se hace de veras mejor, es decir, más maduro espiritualmente, más consciente de la dignidad de su humanidad, más responsable, más abierto a los demás, particularmente a los más necesitados y a los más débiles, más disponible a dar y prestar ayuda a todos [4].
Encontramos en estas líneas la continuación de la preocupación del Concilio por construir un mundo más humano, pues el crecimiento del hombre tiene que ser espiritual y moral. Desarrollando la noción del dominio de la creación, como misión asignada al primer hombre y a la primera mujer, Juan Pablo II la completa afirmando que ese dominio consiste en la prioridad de la ética sobre la técnica, en el primado de la persona sobre las cosas, en la superioridad del espíritu sobre la materia [5]. He aquí el parámetro para evaluar cualquier sistema o modelo histórico que se debe tener presente cuando se leen las llamadas "encíclicas sociales" si se quiere hacer de ellas una lectura justa.
Pensar en el hombre supone definir su situación en el mundo contemporáneo distante de las exigencias objetivas del orden moral, distante de las exigencias de justicia y, más aún, del amor social [6]. Juan Pablo II anticipa así en la RH un pensamiento que desarrollará durante su pontificado.
Profundizando en los problemas del hombre contemporáneo encontramos a la base la carencia de una verdad objetiva de la que derivan los totalitarismos, los abusos, la manipulación consumística que aliena al hombre contemporáneo y lo reduce a una verdadera forma de esclavitud. El problema de la justicia es otra gran preocupación del Papa y debe ser la de todo cristiano. En casi todas las encíclicas de Juan Pablo II encontramos una referencia a la realidad de millones de personas que mueren por falta de lo necesario, y que son marginadas en tantas formas. Ante esa realidad surge la exigencia de lo que el Papa en la RH llama el "amor social", que luego se convertirá en la solidaridad, virtud basilar de su magisterio.
En el mundo dominado por el mercado se quiere imponer un concepto inaceptable de libertad que va unido precisamente a un comportamiento consumístico no controlado por la moral, lo cual limita contemporáneamente la libertad de los demás, es decir, de aquellos que sufren deficiencias relevantes y son empujados hacia condiciones de ulterior miseria e indigencia [7]. Aquí se ve la interrelación entre los fenómenos sociales y la centralidad de la justicia, pues las víctimas son siempre los pobres. Vale la pena notar cómo, contrariamente a cuanto pretende la ideología dominante, el mal uso de la libertad de los poderosos limita la libertad de grandes masas de la humanidad.
Encontramos así en la RH la clave de lectura que no ha sido tenida en cuenta por muchos de los comentaristas de la Centesimus annus que han deformado gravemente el pensamiento del Papa y han disimulado la crítica de fondo que él ha hecho del sistema económico dominante. Más que una encíclica sobre economía, se trata de una reflexión antropológica sobre la situación del hombre en el mundo dominado por la ideología del mercado. Es una respuesta-propuesta antropológica, a la visión cerrada del hombre que esta ideología propone. Se trata de ofrecer los criterios para interpretar el sistema económico. De éstos, el principal es el hombre mismo visto en su realidad de imagen de Dios con quien, por lo mismo, tiene una verdadera afinidad. El hombre tiene así una realidad trascendente que hace que no solamente puede usar de los bienes de la creación, sino que debe subordinar su uso a la semejanza divina del hombre y a su vocación a la inmortalidad [8]. Este es el parámetro interior según el cual se debe medir y orientar la economía.
Veamos algunos puntos que sirven para confirmar la novedad a que nos hemos
referido al comienzo.
l. La inducción-deducción. Algunos autores han acusado a Juan Pablo 11 de haber dado un paso atrás volviendo a la deducción propia de la teología. No se ha entendido la habilidad que, probablemente por su carácter eslavo, tiene el Papa para poder combinar estos dos procesos sin caer en la involución de que se le acusa. La Laborem exercens (LE) es, tal vez, el ejemplo más claro de esta metodología. Íntimamente relacionado con ésta es el uso que el Papa hace de la Escritura. En el magisterio anterior los textos del Antiguo y del Nuevo Testamento se usan, pero, casi para confirmar lo dicho. Juan Pablo II hace de la Escritura su fuente principal de inspiración, de la que recibe la verdad sobre el hombre y sobre el mundo, sin seguir un método estrictamente deductivo. Es decir, toma los textos, pero para lograr una mejor comprensión de la realidad del hombre en el mundo y por eso mantiene viva su preocupación por éste y su problemática existencia!. Así se entiende la afirmación de que todo el magisterio de este Papa es social. En CA encontramos la razón del éxito del Papa en el uso de esta metodología: solamente la fe le revela plenamente su identidad verdadera, [del hombre] y precisamente de ella arranca la doctrina social de la Iglesia, la cual, valiéndose de todas las aportaciones de las ciencias y de la filosofía, se propone ayudar al hombre en el camino de la salvación [9].
Para algunos esta manera de pensar es nueva e, inclusive difícil de aceptar. El Papa corrige esta percepción cuando afirma que la Doctrina Social de la Iglesia (DS!) tiene su fuente en la Sagrada Escritura, Antiguo y Nuevo Testamento y que ha pertenecido desde el principio a la enseñanza de la Iglesia misma, a su concepción del hombre y de la vida social [10].
2. El trasfondo de la DSI siempre ha sido la preocupación de la Iglesia por la salvación de la persona y, por tanto, hay un fondo moral en las intervenciones de los Papas y Obispos en campos que a algunos parecían extraños a la misión propia de los pastores. Sin embargo, la DSI seguía siendo la cenicienta, considerada como algo secundario que no exigía ser tomada demasiado en serio y que no lograba entrar definitivamente en la corriente de la misión de la Iglesia. Por ello una de las grandes contribuciones de Juan Pablo II ha sido su preocupación por describir con mayor precisión la naturaleza de la doctrina social y así se explican las numerosas referencias a ésta, en los tres documentos que más directamente tocan los problemas sociales. En SRS el Papa afirma que la DSI es el resultado del discernimiento de la Iglesia sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial. Su objetivo principal es interpretar esas realidades, examinando su conformidad o diferencia con lo que el Evangelio enseña acerca del hombre y su vocación terrena y, a la vez, trascendente, para orientar en consecuencia la conducta cristiana. Por tanto, no pertenece al ámbito de la ideología, sino al de la teología y especialmente de la teología moral [11].
Queda así inscrita en el ámbito de la teología moral. Ya Pablo VI había anticipado esta concepción en Octogesima adveniens, cuando habló de la "moral social cristiana" (40), y en la Evangelii nuntiandi al describir de la evangelización completa. Juan Pablo II ha descrito los documentos sociales como documentos pastorales (SRS 35) que no se limitan a analizar las causas políticas y económicas de los fenómenos, sino que tienen que ir a las causas morales de los mismos, precisamente, para su comprensión total y para poder orientar el comportamiento de las personas.
Respondiendo a la dificultad de muchos, de aceptar plenamente esta expresión magisterial de la Iglesia [12], Juan Pablo II va todavía más a fondo y declara que la DSI pertenece y es parte esencial de la misión evangelizadora de la Iglesia (SRS 41). Se trata de un instrumento de evangelización que en cuanto tal, anuncia a Dios y su misterio de salvación en Cristo a todo hombre y, por la misma razón, revela al hombre a sí mismo. Solamente bajo esta perspectiva se ocupa de lo demás: de los derechos humanos de cada uno y, en particular, del "proletariado", la familia y la educación, los deberes del Estado, el ordenamiento de la sociedad nacional e internacional, la vida económica, la cultura, la guerra y la paz, así como del respeto a la vida desde el momento de la concepción hasta la muerte [13]. En esta óptica, Juan Pablo II lee los documentos de sus predecesores, inclusive la RN.
Podríamos decir que no solamente se precisa la naturaleza de la DSI, sino que de manera indirecta se propone un replanteamiento de la misma teología moral y de la evangelización. No obstante el esfuerzo que supuso el Vaticano II por superar las antiguas concepciones dicotómicas que se habían infiltrado en el cristianismo, no se ha logrado todavía una visión integral de la realidad. La DSI tendría que ser la espina dorsal de todo proyecto pastoral, no simplemente un aspecto, muchas veces de segundo orden. Y es que el Papa considera el Evangelio no como una teoría, sino por encima de todo, un fundamento y un estímulo para la acción (CA 57). Hemos hablado de la novedad en Juan Pablo n. Pues bien, esta concepción del Evangelio tiene su fundamento en el famoso capítulo 25 del Evangelio de Mateo y a él se refiere frecuentemente el Papa. La credibilidad del Evangelio depende de las obras y en ellas se juega también la credibilidad de la misma Iglesia.
Una de las manifestaciones de esta coherencia es la opción preferencial por los pobres que tuvo su primera expresión formal en América Latina, pero que hoy ha entrado a ser parte de la opción universal. La Iglesia ha considerado siempre su compromiso de estar presente donde existe la degradación del hombre por la miseria y la injusticia, como verificación de su fidelidad a Cristo, para poder ser verdaderamente la "Iglesia de los pobres" (LE 8). Esta presencia hace parte de la dimensión profética de la DSI que tiene que denunciar cualquier situación que signifique la ruptura con los valores del Evangelio. La Iglesia no tiene modelos para proponer, pero sí los criterios para juzgar cualquier modelo histórico por su conformidad (siempre relativa y parcial) o disconformidad con la verdad sobre el hombre y el mundo que ha recibido de la Revelación.
3. Otro punto interesante que constituye novedad en el magisterio de Juan Pablo II es el de la sociabilidad de la persona. La DSI se ha elaborado en contextos históricos y culturales concretos, lo que hace casi imposible un discurso totalmente aséptico, libre de contaminaciones culturales. Algo de esto encontramos en la concepción que en la tradición de la DSI se tenía de la sociabilidad de la persona. Predominaba un concepto sociológico-psicológico de la necesidad de los demás que la persona siente al tomar conciencia de su limitación. Resultaba así la posibilidad de utilizar al otro para mi perfeccionamiento. La intención era positiva, pero el lenguaje no correspondía a ella y quedaba flotando una cierta ambigüedad que encontramos inclusive en la es que introdujo el argumento teológico que Juan Pablo II desarrollará con una gran fidelidad creativa. En el n.12 de la GS se abre un camino nuevo cuando se dice que Dios no creó al hombre en solitario, sino que hombre y mujer los creó, y que este hecho es la primera expresión de la comunidad humana. Pero, enseguida se añade que este ser social no puede desplegar sus cualidades sin relacionarse con los demás.
Juan Pablo n se encargará de disipar toda posible ambigüedad con una reflexión original sobre la Revelación y haciendo del don de sí un tema central de su magisterio. La persona se realiza solamente en la medida en que se da al otro gratuitamente, es decir, no buscando su propio interés, sino el bien del otro. El fundamento del don es el amor, no el interés. El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente [14]. El recto uso de la libertad, a ejemplo de Cristo, se da en la donación y el servicio a los demás. La novedad está en partir de la vocación al amor, desde una concepción de la fe que, más que un acto racional es un acto de amor en respuesta al infinito amor de Dios que tiene que expresarse prácticamente en el amor al hermano: "tuve hambre y me disteis de comer...".
4. Elemento sin duda novedoso en el magisterio de Juan Pablo II es el lenguaje utilizado para tratar el argumento de la situación del hombre en el mundo dominado por el materialismo económico propio de la cultura del mercado. Es tan original, que algunos han llegado a decir que, por primera vez la Iglesia entra en economía, afirmación muy discutible que parece ignorar la historia de la DSI en su verdadera comprensión, e inclusive hace una lectura no del todo correcta de la CA. Pero, este lenguaje que podría ser una virtud favorable al diálogo, ha dado origen a muchas falsas interpretaciones [15]. Este aspecto se encuentra especialmente en la CA que, como se dicho más arriba, no es un documento económico, sino una reflexión antropológica, pero con una antropología que reflexiona sobre el hombre en su realidad singular y que escribe su propia historia por medio de numerosos lazos, contactos, situaciones y estructuras sociales, en los ámbitos en que se desarrolla su vida diaria. Esta concepción obliga a la Iglesia a formularse preguntas muy concretas y, sobre todo, la gran pregunta si las estructuras sociales, económicas y políticas ayudan al hombre a crecer en humanidad. Esta es la pregunta de fondo de la CA que el Papa trata de responder con su maravilloso documento.
La recta interpretación de CA supone conocer el pensamiento del Papa y sus numerosas intervenciones a diversos niveles de autoridad (encíclicas, cartas apostólicas, exhortaciones, discursos, etc.). Además, y de manera especial, las dos encíclicas precedentes sobre temas más cercanos a la economía, como son el trabajo y el desarrollo. Ya desde los comienzos de su pontificado, en 1979, dirigiéndose a las Naciones Unidas [16], el papa decía que los sistemas sociales, económicos y políticos deben ser juzgados según criterios humanísticos, es decir, según su capacidad de reducir e inclusive eliminar en lo posible cualquier forma de explotación y de asegurar la participación de todos en la distribución de los bienes materiales y espirituales. Lo que está en juego es la dignidad de la persona. No se debe olvidar que los mecanismos del mercado son creación humana, son conducidos por el hombre y orientados a servir al hombre. Sólo con este criterio podrá el mercado producir efectos benéficos, si son guiados por la responsabilidad de individuos y pueblos que son libres, iguales y unidos por la solidaridad y con reglas y normas morales vinculantes para todos.
5. El capitalismo siempre fue criticado por los predecesores de Juan Pablo II, pero, en el fondo, se veía como un sistema menos malo que el socialismo e, inclusive, con Pío XII, se le miraba como un posible freno al sistema comunista. Juan Pablo II emprende un camino nuevo. Con su visión antropológica renovada pone al socialismo y al capitalismo liberal sobre el mismo plano del economicismo, denunciando su materialismo craso, deshumanizante. Cuando se sacan de contexto algunas frases o, incluso párrafos enteros, se distorsiona el pensamiento del Papa. Hay valores fundamentales en su discurso, que el capitalismo liberal no acepta, como son, el concepto del bien común como cuadro de referencia obligado, el concepto de solidaridad como virtud necesaria en la organización de la economía, la necesidad de la intervención del Estado para crear el marco jurídico dentro del cual se mueva el mercado, el concepto de persona humana y de libertad, la necesidad de la ética.
Cuando el Papa se refiere al capitalismo liberal como a un sistema ético y cultural, me parece que hace una de las críticas más violentas, que va al corazón de la problemática. ¿Se podría proponer la hipótesis que el Papa piensa en una ideología, más que en un sistema técnico? La lectura atenta de todo el documento y de otros muchos, parece confirmar la hipótesis. En la Encíclica Laboren Exercen se habla del liberalismo como ideología del capitalismo. Se critica el "economismo" que, no es otra cosa que materialismo práctico ya que por el modo de valorar los bienes materiales piensa que éstos pueden apagar todas las necesidades del hombre. Este economismo es anterior a ambos sistemas, capitalismo liberal y materialismo dialéctico, y ha tenido un influjo decisivo sobre el planteamiento no humanístico del sistema de producción y consumo. En la Solicitude Rei Socialis el Papa habla de una contraposición de orden ideológico entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, cada uno de los cuales tienen su visión del hombre, de su libertad y de su finalidad social y propone formas concretas de organización del trabajo y de la propiedad de los medios de producción. Se habla de "concepciones" del desarrollo, de los hombres y de los pueblos. Aquí encontramos ya el sentido de la ideología que interpreta la realidad y en base a esta interpretación busca estructurarla.
Conviene notar que el Papa es fiel a cuanto ya había afirmado Pablo VI, cuando decía que la comunidad cristiana no puede apoyar la ideología liberal "que cree exaltar la libertad individual sustrayéndola a toda limitación, estimulándola con la búsqueda exclusiva del interés y del poder, y considerando las solidaridades sociales como consecuencias más o menos automáticas de iniciativas individuales y no ya como fin y motivo primario del valor de la organización social". En la Encíclica Cuadragesimo Anno (CA) y se encontrará una extraordinaria coherencia: si por "capitalismo" se entiende un sistema en el cual la libertad, en el ámbito económico, no está encuadrada en un sólido contexto jurídico que la ponga al servicio de la libertad humana integral y la considere como una particular dimensión de la misma, cuyo centro es ético y religioso, entonces la respuesta es absolutamente negativa.
Los límites del presente artículo no permiten tratar todos los puntos de novedad, como la solidaridad, el concepto de justicia, la opción por los pobres en su forma de defensa de los derechos humanos. Podemos concluir con el renovado concepto de propiedad privada. También en éste había bastante ambigüedad en la presentación tradicional de la DSI. En ella, ciertamente, se habla de sus límites, de su dimensión social, pero, a veces se deja la impresión de ser más una defensa del derecho del propietario, que de las víctimas de la injusta distribución de los bienes. Juan Pablo II admite que se pueden poner "fundados reparos" al principio de la propiedad privada y llega inclusive a proponer una posible socialización de los medios de producción, con tal que sea una forma que garantice la subjetividad de la sociedad mediante cuerpos intermedios y así se logre que cada uno pueda sentirse "copropietario" del gran taller del trabajo.
Juan Pablo II, especifica el tradicional concepto de la destinación universal de los bienes con el de la "donación" hecha por Dios a los primeros y, en ellos, a cada hombre y mujer. Esa donación, cuyo progreso es fruto del patrimonio histórico ¿el trabajo humano, constituye el gran banco del trabajo en el cual se realiza toda la actividad humana?. Ya en Laborem Exercens aclara el Papa que la propiedad se adquiere, ante todo mediante el trabajo, para que ella sirva al trabajo. Los medios de producción creados o mejorados por el trabajo humano, no pueden ser poseídos contra éste, ni para poseer. Así se explica la dureza de Cuadragesimo Anno "La propiedad de los medios de producción, tanto en el campo industrial como agrícola, es justa y legítima cuando se emplea para un trabajo útil; pero resulta ilegítima cuando no es valorada o sirve para impedir el trabajo de los demás u obtener unas ganancias que no son fruto de la expansión global del trabajo y de la riqueza social, sino más bien de su compresión, de la explotación ilícita, de la especulación y de la ruptura de la solidaridad en el mundo laboral. Este tipo de propiedad no tiene ninguna justificación y constituye un abuso ante Dios y los hombres".
Quien así se expresa no es un utopista ni un revolucionario. Es alguien que ha vivido la dureza del colectivismo marxista y, por tanto, no siente simpatías por dicho sistema, ni se deja arrastrar por los señuelos de su ideología. Es un Papa que ha comprendido que su misión no solamente es anunciar al mundo la correcta visión del hombre y de la humanidad, sino declararse un acérrimo defensor de su dignidad amenazada por el materialismo práctico que niega toda realidad trascendente y hace superflua la fe.
NOTAS
1 M.e. HICKERT, O.P., The Human Vocation. Forty Years after Gaudium et spes: New Insights in Christian and Secular Anthropology, New Theology, v. 18, n. 1, 2005, pp. 5-16.
2 En la encíclica Redemptoris missio el Papa se refiere a la RH como a su encíclica programática (RM 4).
3 DM,1.
4 RH 15.
5 RH 16.
6 Ibid.
7 Ibid.
8 SRS 29.
9 CA 54.
10 LE 3.
11 SRS 41.
12 El Sínodo del 71, sobre la justicia, había declarado que la lucha por la justicia y el compromiso por la transformación del mundo aparecen claramente como una dimensión constitutiva de la predicación del Evangelio, es decir, de la misión de la Iglesia por la redención del género humano y por la liberación de cualquier forma de opresión.
13 CA 54.
14 RH 10.
15 B. DOERING, The Theocons and Maritain in America, Notes et Documents, 1,2005, pp. 61-70.
16 Solidarieta e collaborazione nei rapporti fra i popoli (Messaggio alla Conferenza dell'ONU per il commercio e lo sviluppo, 26 de abril 1979), Insegnamenti di Giovanni Paolo II, 1979, pp. 1083-1086.